massobreloslunes

jueves, 29 de septiembre de 2011

Aquellos años, que en verdad no eran tan maravillosos pero que lo parecen ahora a través del tiempo

Nadar me divierte bastante últimamente, y el hecho de ir a la piscina también. Es curiosa esa intimidad súbita con desconocidos, todos allí medio en pelotas haciendo estiramientos y exhibiéndonos con esos gorritos tan antilujuria. En la piscina no hay término medio: o un tío te pone brutísima o se te quitan los instintos heterosexuales. Ves maravillas de la naturaleza y aberraciones de la especie. Últimamente voy a la misma hora que el equipo juvenil de natación. Son diez o doce adolescentes fuertes como limones que nadan rapidísimo, y me encanta ver sus piernas levantando espuma y sus brazos hundiéndose veloces y precisos en el agua.

Cuando termino tarde, coincido en la ducha con las adolescentes nadadoras. Son en general feíllas pero bellas, con sus cuerpos altos y fuertes y sus espaldas anchas. Yo, que siempre he sido de las blanditas y me estoy dando al deporte a la vejez, admiro sus músculos potentes de guerreras del agua. Al mismo tiempo, me pone de los nervios que griten en la ducha mientras yo intento encontrar algo parecido al relax después de darme la paliza.

Ayer estaban especialmente expansivas. Yo intentaba sentir la calma mientras me ponía mascarilla de miel y karité y dejaba caer el agua ardiendo sobre mis hombros maltratados, y ellas hablaban a gritos de una esquina a otra de un tal Óscar que no les comentaba en el Tuenti. Cuando entramos al vestuario seguían con la historia de Óscar, y entonces una de ellas dijo que había una canción que le recordaba un montón a él. Sacó su smartphone con funda rosa y puso a toda pastilla a Álex Ubago, más concretamente "Me muero por conocerte".

La ostia, gente. Eso es de cuando yo tenía dieciséis, es decir: de hace diez añazos. Para estas chavalas será hasta antiguo, como cuando yo a su edad escuchaba Sergio Dalma. El primer disco de Álex Ubago me recuerda a cuando representé Jesucristo Superstar en el colegio y estaba superenamorada de mi amigo José Luis, que hacía de Pilatos y pasaba de mí. Se enrolló con otra chica de la obra, Alejandra, una preciosidad de ojos verdes y pelo rizado, y yo suspiraba mirando a las estrellas mientras ellos se daban el lote en el jardín de su casa. Luego él la dejo de forma dramática y ella empezó a odiarme porque pensaba que había sido mi culpa; como si yo pudiera hacer algo para influir en la testaruda cabeza de mi amigo José Luis.

Así que pienso en Álex Ubago y lo que recuerdo es a mí y a José Luis en el jardín de su urbanización, sentados juntos en un banco una noche de verano. Habíamos montado algún tipo de fiesta con la gente del teatro en la pérgola comunitaria y nos escabullimos con un porro y un par de vasos de calimocho a charlar de literatura y viajes, de un futuro próximo en el que él se iría a estudiar a Madrid y yo me quedaría terminando el bachillerato y añorándole en silencio.

Entonces empieza a sonar Álex Ubago a lo lejos, más concretamente "Me muero por conocerte", y yo le digo:
- Esta canción me recuerda a ti, no sé por qué -. Aunque claro que sé por qué: porque la canción describe exactamente lo que yo siento, cómo quiero saber lo que él piensa, cómo me muero por quererle y darle todo el amor de mi corazón exagerado.

Él me mira con intensidad, sonríe bajo sus rizos y sus gafillas de intelectual aficionado y contesta:
- A mí Álex Ubago me recuerda a Alejandra.

La segunda peor frase que me ha dicho un tío. Ya os contaré la primera en un post que me quede menos largo y disperso que éste.

Ahora tengo veintiséis años, estoy en el vestuario de una piscina en Cádiz y sólo me doy cuenta a ratos de lo lejísimos que me queda la adolescencia. No ya la edad, que no es más que un número, sino ese morir de amor y desesperación silenciosa, y escuchar a Álex Ubago, y aguantar como una capulla el tirón en los bancos de un parque mientras piensas que, si lo deseas con la suficiente intensidad, el chico que tienes al lado girará la cabeza y te verá de verdad de una vez por todas.

Las nadadoras ponen la misma canción en bucle y la cantan a gritos. Se hacen fotos con el móvil y luego dicen "sácame otra, que se me ve mucha barriga", sin saber que nunca tendrán tan poca barriga como ahora. Mientras yo me peino despacio y me echo crema en los codos, ellas salen por el pasillo en dirección a los secadores, con el móvil todavía sonando, pisando fuerte con sus gemelos de atleta. Yo canto bajito, porque me sé la canción entera, y recuerdo aquellos días dulces de teatro, amores platónicos, canciones ñoñas y barbacoas en la pérgola. Mola la adolescencia y esa turbia intensidad siempre inconclusa.

Y después de este bonito momento interpersonal, patrocinado por Nabaiji (la marca de natación del Decathlon), esta niña se va a dormir para ver si el viernes llega antes.

miércoles, 28 de septiembre de 2011

Relax (take it easy)

Esta mañana el terapeuta ocupacional del centro donde trabajo me ha invitado a hacer relajación con él y con una paciente. Es un tipo un poco extraño que colecciona smileys y está especializado en risoterapia. A mí tanta risa así por huevos no me inspira confianza; me resulta un poco agresiva. No en vano reírse es enseñar los dientes.

En cualquier caso, me apetecía relajarme esta mañana. Hace un par de días que empecé a meditar de nuevo, en la típica disyuntiva de o medito o me vuelvo loca, y cada vez que lo retomo después de un tiempo sin sentarme paso unos días terribles, con las emociones a flor de piel. Es como si abriera una presa invisible y tuviera que aguantar el violento empuje del agua antes de que pueda volver a su cauce.

La paciente me ha explicado que lleva dos años viniendo a relajación y que le está siendo muy útil. "Ya sólo me tomo el valium cuando no puedo más", comenta antes de empezar. La sala es grande, está cubierta de parqué y huele a incienso. Suena una de esas musiquillas cutres de flauta y campanitas tipo Natura y las persianas están bajadas. La paciente se tumba en la camilla y yo coloco dos aislantes en el suelo. Me quito las sandalias, el reloj y los pendientes, me tumbo boca arriba y me tapo con una mantita ligera, porque sé que en breve el aire acondicionado empezará a molestarme.

El risoterapeuta habla de sentir el cuerpo y decirse a uno mismo "estoy bien, estoy en calma, estoy tranquila". Las instrucciones son un poco batiburrillo entre relajación, meditación y visualización, pero procuro no juzgar y hacer lo que me dice. Yo visualizo fatal. Me hago un lío con las perspectivas. Por ejemplo, si estoy tumbada y visualizo un campo, ¿el campo tiene que estar horizontal al suelo o paralelo a mi cara? No sé si me explico. Parece una duda estúpida, pero a mí me perturba.

Más que relajarme, me abandono a no hacer nada. Es agradable, en el sentido de que mientras estoy ahí tumbada y el risoterapeuta sonriente enuncia las instrucciones con voz grave, me siento cuidada de una forma colateral. Cuando te acostumbras a estar en el otro lado (el lado que escucha, el lado que dice las instrucciones, el lado que asiente y comprende y empatiza), es raro cambiar de frente y que alguien intente hacerte sentir bien a ti.

Vivimos en un mundo en el que la gente pasa de la gente, eso está claro. A mí en general no me cuida nadie. Me cuido yo bastante bien, las cosas como son, que hacia mí misma soy una mezcla entre autoindulgente y hedonista, pero nadie más. Me acuerdo de cuando estuvo MQEN visitándome hace un tiempo. Yo tenía que descargar un programa para uno de los módulos que tenemos que hacer en la residencia y no era capaz de encontrarlo. Estaba cansada y quería dormir la siesta. MQEN me dijo que podía dormir mientras él lo buscaba, y esa sensación de alguien haciéndose cargo me resultó extraordinaria. No estoy acostumbrada a eso últimamente. Yo reconozco que voy por la vida como si no me hiciera falta nadie y tal, pero hoy, mientras intentaba visualizar un prado horizontal a mi cara tumbada en los aislantes, me ha dado miedo de que ese cuidado indirecto y ridículo me hiciera llorar.

Esta noche estoy triste y dolorida. A veces una hace lo que puede: medita, nada, charla con amigos y escribe, y aun así se siente el corazón como debajo de una apisonadora. Menos mal que es pasajero y menos mal que sé que el agua correrá tranquila si le doy el tiempo suficiente para que lo haga. Pero por hoy es mejor dormir, así que buenas noches.

martes, 27 de septiembre de 2011

Formspring, o en mi curro me aburro

Lectores de mi amor:

He estado dudando un tiempo sobre si hacer esto o no, porque a veces me parece que lo único que me gusta de la web 2.0 es bloguear. Como twittera no sirvo, al menos hasta que consiga centrar mi atención dispersa y/o me compre un iPhone. Como facebookera sí que he eclosionado a tope, pero no todos me tenéis en Facebook. El Formspring me parece como un canto al ego en do menor, pero yo qué sé. Me apetece escribir y tengo un montón de tiempo libre en el trabajo, así que... ¡preguntadme cosas!

Edito para aclarar que el Formspring consiste en enviar preguntas y que el autor en sí te las responda. Las preguntas pueden ser anónimas y sólo las veo yo hasta que decido publicarlas. Podéis preguntar sobre lo que queráis y ya veré yo lo que contesto. Es una manera bonita de establecer contacto. Vamos a probarlo y a ver qué tal.

lunes, 26 de septiembre de 2011

Friki blog de escalada

Pues eso, que he abierto un friki blog de escalada. En realidad es más para mí que otra cosa, como un álbum de recuerdos escaladores, y no sé si le interesará a quien no le mole ese tema. Pero para aquellos que sois superfans y tal, pues os dejo la dirección por si le queréis echar un ojo.

No hay mañana, escalada novata extrema. Hu ha, gente.

domingo, 25 de septiembre de 2011

La inocuidad sentimental

Voy a dejar de numerar los post, porque me estoy fumando algunos días y esto es un cachondeo. Pero seguiré escribiendo todos los días, que conste.

Hoy he llegado de Grazalema a eso de las nueve. He pasado un finde muy, muy bueno. De estos que son tan buenos que mejor no escribes mucho sobre ellos porque va a parecer que quieres fardar ante el mundo de que tu vida es guay y, en realidad, vosotros mejor que nadie sabéis que mi vida tiene sus más y sus menos.

La cosa es que cuando he soltado la mochila y me he dado una ducha tipo lavado prequirúrgico, me he acordado de que justo antes de irme a escalar bajé el primer capítulo de la nueva temporada de Anatomía de Grey. La felicidad me ha inundado de golpe. Lo peor del verano es el parón de las series, pero se compensa en otoño, cuando los nuevos capítulos que van apareciendo en seriesyonkis maquillan tu depresión estacional.

Grey suele salir el jueves por la noche, así que el año pasado me bajaba el capítulo el sábado por la mañana, me hacía un súper desayuno de paleocrepes y me lo veía más a gusto que un arbusto. Me requeteencanta esa serie por varios factores. El primero es que hay una cantidad de tíos buenos indecente, que encima va aumentando en cada temporada. Yo soy de las que piensa: si hay actores guapos, para qué los vas a poner feos. Además, los personajes pereza se han marchado y el argumento no deja de mejorar.

Pero el año pasado, cuando estaba aquí en Cádiz un poco sola y un poco desubicada de la vida, me daba la impresión de que la verdadera razón por la que veía Grey era por la intensidad. Cuando uno observa a otros personajes vivir en el drama como si no hubiera un mañana, tus neuronas espejo se lo curran de tal manera que te parece que la que lo está viviendo eres tú. Tú te enamoras, salvas vidas, amputas piernas en momentos críticos y estás ahí observando la vida, la muerte, el surgir del amor y los corazones rotos, oh-ah-uh. Con la diferencia de que, en realidad, tú estás tirada en tu sofá chaiselonguero comiendo paleocrepes y sintiéndote segura.

Durante los últimos años he pasado bastante tiempo creyendo que era una loca peligrosa en lo que se refería a las cuestiones sentimentales. La lié tanto y de formas tan diversas que pensaba que era una bomba de relojería oculta bajo un montón de pelo rubio. Así que creo que una parte de mí creía que si experimentaba las emociones así, a salvo bajo mi mantita, no sólo yo estaría segura, sino que también los demás lo estarían. Quería ser inocua y no quería sufrir, y me encantaba mi ración de tíos buenos y sentimientos precocinados de los sábados por la mañana.

Han pasado cuatro meses desde la última vez que vi Grey. De hecho, había partes del argumento que ni recordaba. El de hoy ha sido un capitulazo doble maravilloso, con un mega accidente y mogollón de muertos, drama, sangre, peleas, rupturas, reconciliaciones y de todo. Yo estaba cansada y un poco dolorida, que el recuento de lesiones post escalada de este finde está siendo abundante. Y mientras escogía un esmalte de uñas para reemplazar el que llevaba, y que estaba hecho polvo de arañar roca, he pensado en la de cosas que han cambiado desde el último capítulo de la última temporada. Ha cambiado que no es por la mañana y no estoy sola en casa viendo paleocrepes; es domingo por la noche y he tenido uno de esos findes de tobillos sucios que significan vida feliz.

Además han cambiado dos cosas. La primera es que me he sentido lo suficientemente fuerte como para salir al mundo a vivir emociones de verdad. A que no sean las neuronas espejo las que actúen, sino las otras: los órganos de los sentidos comunicando con el la amígdala, los neurotransmisores dándose una fiesta de dopamina en mi núcleo accumbens y el prefrontal intentando controlar el cotarro sin mucho éxito. Eso tiene sus más y sus menos, porque una no puede cerrar el quicktime player de la vida y volver a sus cosas como si nada, pero es más interesante, y además los tíos buenos son de verdad y los puedes tocar, y eso mola.

La segunda es que ya no me siento como una bomba de relojería. Sé que tengo repercusión en la vida de otra gente, y que al final no tengo más remedio que influir en los sentimientos ajenos. Pero también siento que estoy haciendo lo posible por ser inocua y conservar la buena intención, y que lo estoy consiguiendo bastante bien. Y eso me hace feliz.

Ah, y para quien tenga curiosidad, toca semana de uñas rojas. No tengo claro lo que significa, pero ahí está.

Feliz lunes, queridos lectores. Y gracias. Vosotros sabéis a lo que me refiero.

sábado, 24 de septiembre de 2011

55. El post que nunca estuvo allí

Llevo varios días en los que me está costando bastante escribir. Es el típico caso del elefante en la habitación. Hay un elefante en la habitación de mi mente ocupando todo el espacio, y mientras me empeño en ignorar que existe no puedo ver el resto del mobiliario.

Así que vamos a aprovechar que el elefante en sí está haciendo surf en nosedonde y en teoría no va a mirar este blog hasta el lunes y vamos a explayarnos un poco. Tampoco mucho, porque ya os dije una vez que la primera regla de oro para un bloguero es que si no quieres que alguien lea algo, no lo escribas, punto. Así que elefante: si lees esto, que sepas que en realidad no me importa tanto como para no escribirlo.

Supongo que lo peor de este asunto es el blog. Una vez que ya has decidido poner punto final a algo, una vez que has eliminado móviles, facebooks y fotos, una vez que quieres salir de la vida de alguien y que ese alguien salga de la tuya, ¿qué haces cuando tienes un blog en el que cuentas tus intimidades y que en principio ve todo el mundo? Cuando llegué a la conclusión de que mi amigo A., el que no me habla, no iba a hablarme ya nunca jamás, le pedí que dejara de leerme. No sé si lo hizo, pero a mí la idea me tranquilizaba. Si no lo hizo: hola, A. Llevas casi dos años sin hablarme, así que deja de leer mi blog; no te lo mereces.

La cosa es que es una mierda. Si algo me saca de quicio es la falta de información. Y estar ofreciendo mi información, mi vida, a quien ya me ha dejado claro que no la quiere, me pone de mala ostia. En el sentido de que bueno, está guay leerme, ¿no? Es como la parte buena siempre. La parte corregida y pulida, la parte optimista pero fuerte y divertida y a la vez siempre bajo control de mí. La parte creativa y loca, pero loca en plan guay, rollo entrañable. Luego está la yo real, que supongo que no es ni de lejos tan guay, o quizá también es guay pero tiene sus historias. Es desordenada, tiene pesadillas y chirría los dientes cuando duerme. Cuando la yo real no interesa pero la yo literaria sí, es como si se abriera en mí una falla de incomprensión, un crack en mi cerebro de yo esto no lo entiendo, por qué una cosa sí y otra no, cuando en realidad sé perfectamente que mi escritura y yo no somos la misma cosa. Lo que pasa es que mi escritura no tiene contras, no exige nada, sólo está ahí para quien quiera disfrutarla y punto.

Y aun así, me jode. Me jode seguir dando cuando sé que no voy a recibir. Me entran ganas de ponerle contraseña al puto blog, aunque sea unas semanas, hasta que se me pase este cabreo y estas ganas de no escribir nada más nunca porque qué queréis que os diga: a veces se harta una de ir por la vida con el corazón en las manos. A veces echo de menos darle un poco más de uso a mi caja torácica. Pero no quiero ponerle contraseña, me parece un rollo. Quiero que esto esté abierto porque es como ha estado siempre y es la forma en que me gusta escribir y vivir. Me gusta que luego venga Elsa y me diga que el otro día escuchó a una amiga de su madre utilizar la expresión "flequillo venganza". Me parece super guay, no sólo por el masajito en el ego, sino porque es curioso y divertido que tus miserias se extiendan por ahí y diviertan y conmuevan a los demás.

Así que ésa es la disyuntiva. O sigues dando indiscriminadamente, en cuyo caso sientes que se te está quitando el derecho a una intimidad que en realidad no tienes, porque a ver, Marina, corazón, por eso escribes un blog y no un diario, seamos serios... o das un poco menos, y en ese caso lo que se te está quitando es el derecho a la apertura y a crear unos lazos que también te pertenecen. Odio muchas cosas, pero sobre todo odio sentir que no puedo ser como soy o escribir como quiero. Sentir que soy demasiado intensa, que doy demasiado, que escribo post muy largos y doy abrazos muy fuertes y me pego demasiado al otro mientras duerme. Que me despierto demasiado contenta y como demasiado chocolate y doy demasiados besos con lengua en momentos inapropiados.

Estoy desvariando. He tenido una tarde de mierda. Se me han saltado las lágrimas en la ferretería escuchando a Lady Gaga, tócate los huevos. Menos mal que después he ido a nadar, y casi me ahogo haciendo sprints de 50 metros con una sensación superdesagradable de no querer más que morirme. Pero al final no me he muerto, he entrado en calor, y al salir me dolía el cuerpo un poco más y el corazón un poco menos. Hoy estoy pesimista, de verdad. Hoy pienso que hay un abismo gigante entre los corazones y pienso que sí que hay razones para tener miedo. Que la próxima vez me lo voy a pensar más antes de todo: antes de escribir, de coger el teléfono, de coger un avión o de bajarme los pantalones, porque para acabar como hoy, escribiendo mierda autocompasiva, lloriqueando en el sofá chaiselonguero y pensando que lo prefiero todo antes que este vacío, y que para mí, que vivo entre palabras y me entiendo con ellas, el silencio me parece una ofensa tan grande, tan grande que querría gritar y arrancarte los ojos y partirte las piernas sólo para que te dieras cuenta de lo mucho que me duele.

Este post se autodestruirá el domingo por la noche. Hasta entonces podéis comentar con solidaridad y tal. Os lo agradeceré. No sé si releer el post o colgarlo del tirón. Me voy a dormir y mañana a escalar a Grazalema, así que no creo que publique nada más hasta el domingo por la noche. Me siento mejor, de una forma rara y seguramente transitoria.

Resumiendo: buenas noches.

jueves, 22 de septiembre de 2011

54. El otoño ya llegó

Se ha terminado el verano. Curiosamente, ya he pasado en Cádiz la mitad de mis veranos como PIR. Se han ido dos y me quedan dos. Por una parte me da penita que se termine este verano, porque ha sido lindo. Mucha escalada, mucha playita, poco trabajo y hasta una dosis inesperada de amor y sucedáneos. Por otra, me apetece descansar un poco de toda esta emoción triposa que me ha invadido de un tiempo a esta parte y que empiecen el otoño y la rutina tranquila del curso.

Ahora que trabajo me cuesta cogerle el ritmo a las estaciones. Los años de residencia empiezan a contar a partir de mayo, que es una fecha rarísima. A veces no me acuerdo bien de la época del año en la que estoy y me tengo que plantear por unos segundos si el verano ya ha llegado o cómo de cerca queda la navidad. Es verdad que a medida que te haces mayor los años pasan cada vez más rápido, pero ni me importa ya. Qué más da la edad, qué más dan las marcas que le hace uno al calendario. Si estás en el presente no importa mucho la cantidad de tiempo que tengas detrás o delante.

Tengo propósitos de otoño. El primero es que este año voy a participar en el Nanowrimo. Resumo en una frase y el resto lo miráis en el enlace, ¿vale?: se trata de escribir una novela de 50000 palabras a lo largo de noviembre. Creo que alguna lectora por aquí es nanowrimera (¿Aldery? ¿Coseta?), así que agradecería consejos y sugerencias durante el mes y pico que me queda. La idea me tiene entre divertida y acojonada, porque o no soy capaz de terminar o lo hago y me vuelvo loca, dejo el PIR y me dedico a escribir tirada debajo de un puente, lo que veo inviable porque yo escribo a ordenador y a ver dónde enchufo yo el Mac si me hago transeúnte.

Más proyectos. Seguir escalando. Este verano ha sido mágico en ese sentido. Era como si el universo estuviera a favor de que yo trepara, verídico. La gente que conocía escalaba, todo cuadraba para poder escalar y hasta mi sucedáneo de amor trepaba estupendamente. No sé si la racha de viento trepador seguirá flotando a mi favor, pero tengo claro que quiero comprometerme con este deporte y ver hasta dónde me lleva. Eso mola, porque cuando me haya hecho una chiflada del escalar y vaya por ahí con mi furgo, podré escribir otra entrega de "Por eso me quedé soltera" que se titulará "Pues me quedé soltera porque no hay tíos que escalen, mediten, lean, sean guapos, listos, alegres, dulces, crean en el amor y la tengan grande". Será un gran post.

Otro proyecto... ¿la artesanía? Quizá vuelva a pintar camisetas o a fabricar bisutería con Fimo. Una amiga pone un puesto en el rastro de Vejer una vez al mes y yo ahora tengo mucho tiempo libre. ¿Psicóloga de día, escaladora los findes, perriflauta una vez al mes? ¿Psicoescaliflauta? ¿Escapsicoperra?

Ey, y no olvidemos la Iluminación. Es mortalmente necesario que medite más a menudo. Me encuentro bastante bien, gracias a que el deporte me mantiene tranquila, escribir me mantiene cuerda y la luz de Cádiz me tiene el eje hipotalámo-hipofisiario más feliz que una perdiz. Peeero es verdad que no hay nada como la paz que te da meditar a diario. Entonces es como que todo te da igual, porque tú tienes paz interior y lo demás te la pela. Todo te fascina, la gente te cae bien, te da lo mismo ir que venir y puedes ver el devenir de las cosas en una perspectiva kármica. Es genial, en serio; es una pena que dé tanta pereza sentarse. Pero en estas últimas semanas estoy retomándolo muy poco a poco, y creo que ahora que se va el calor voy a empezar a coger otra vez el ritmo.

Me gustan todos mis proyectos y me gusta el otoño en Cádiz. Baja el calor, se van los turistas, la gente se relaja, cambian la hora y el centro se pone precioso, con las luces de los comercios todavía encendidas cuando se hace de noche. Me apetece comer castañas, ponerme chaquetas y botas, dormir debajo del nórdico y cocinar sopa. Quien inventara lo de las estaciones mola, porque no te aburres.

Y después de esta chorrada de post, que lo he escrito sin ninguna convicción y con unas ganas de irme a dormir que me muero, os deseo buenas noches, un feliz otoño y un bonito viernes.