massobreloslunes

martes, 13 de diciembre de 2011

Navimal, II: Cualquier tiempo pasado fue mejor

Andaba yo esta tarde paseando por la Viña, que es un barrio antidepresivo, en serio. Un barrio Prozac. Estás en tu casa pensando que la vida carece de sentido, sales a la calle y si no te animas es que estás muerto por dentro. Caminas por las callecitas oscuras y sin coches, con las luces de navidad encendidas y los villancicos saliendo de la puerta de los comercios. Ves al ferretero, a la frutera, al zapatero y escuchas salir de las tiendas el rumor de las conversaciones, "llévate esta lana que no pica nada", "ponme chirimoyas, pero sólo si están para comerlas". Mi tutora me cuenta que su padre vive en el centro de Cádiz porque dice que está "seducido por los callejones". Así me siento yo: seducida por los callejones, qué preciosa frase.

Y mientras caminaba he visto un belén que había montado nosequé asociación en una casapuerta (casapuerta=portal+patio en gaditano), y entonces me he acordado de esos tiempos antiguos en que no estaba poseída por el señor Scrooge y me gustaba la navidad. Aquellos tiempos en que la vida era no mejor, pero sí más simple. La infancia.

Cuando yo era pequeña me ENCANTABA la navidad. Para empezar, las navidades de la infancia duraban como doscientos años, o por lo menos a mí se me hacían larguísimas. En el colegio preparábamos villancicos y los cantábamos en la fiesta. Nunca me elegían para hacer los solos, porque querían a niñas con la voz muy aguda y yo canto bien pero un poco ronco, pero podía llevar mi pandereta y tocarla con el dedo mojado en saliva. Y me encanta cantar y me encantan los villancicos, sobre todo los rocieros que nos enseñaban en el cole.

Además, yo de pequeña era superreligiosa. Ésa es una faceta oscura de mi vida que algún día revelaré aquí, pero el caso es que yo de verdad de verdad que creía en Dios. Oye, y estaba guay: era como no sentirse nunca sola. Dios estaba allí, te escuchaba y te consolaba por algún mecanismo extraño. Durante un tiempo, incluso, me empeñé en que quería ser santa. El proceso mental por el que llegué a esa conclusión era sencillo: si la vida duraba X años pero el cielo duraba infinito, yo prefería hacer méritos para el cielo. Y ya que iba a ir allí, quería pillar un buen sitio. Luego me di cuenta de que ser santa era muy complicado e implicaba celibato y soltería, y como yo siempre he tenido muy claro que no quería ser ni célibe ni soltera, me quité.

Al grano, que me despisto. Como era superreligiosa, pensaba en el sentido profundo y espiritual de la navidad. Me pasaba todo el Adviento intentando ser más buena para preparar la llegada del niño Jesús, porque por aquel entonces no me la pelaba el niño Jesús. La Historia Sagrada siempre me ha parecido muy bonita: como una gran cuento épico, una especie de Señor de los Anillos trascenental. Y Jesús, aunque me la pele, me cae muy bien, y de hecho de pequeña me daba verdadera penita que lo hubieran crucificado, y siempre deseaba que fuera de otra manera, como la típica peli de la que ya te sabes el final pero que no puedes evitar querer cambiar. Así que me daba pena el niño Jesús, porque pensaba: ahora eres un bebé primoroso, pero en breve serás un niño repipi y allá por marzo te putearán y te crucificarán. Así que disfruta ahora que puedes y que la gente te trae regalos en vez de escupirte.

También me encantaba el día en que ibas al colegio y te disfrazabas de pastorcita. El traje de pastora era genial: Camisa, chaleco, delantal, falda de florecitas, pañuelo en la cabeza y sobre todo sobre todo las zapatillas de pastora, esas con esparto y cintas que se ataban alrededor de la pierna y que al final del día siempre se te quedaban colgonas, a no ser que te las apretaras hasta cortarte la circulación. Y el zurrón donde tu madre te metía mantecados. Ah, porque también era una época en que te podías llevar mantecados al recreo y/o desayunar mantecados, que también era algo muy genial de la navidad y afortunadamente lo sigue siendo. De hecho, si me apuras, los mantecados casi casi hacen que esta Época del Averno me compense.


Fotito del día de disfrazarse en mi infancia. Yo soy la del centro.
La PK es la que está justo debajo del mural. ¡Te quiero, PK!


Además estaba todo lo de hacer manualidades navideñas, belenes variados, plastilina, dibujitos etc etc etc. Qué chollo los profesores, que en esa época no tienen que pensar temática para las actividades. A mí me encantaba dibujar belenes, pero no sólo el nacimiento, sino belenes con muchas figuritas, con pastorcitos, ángeles, los reyes, gallinas, patos, árboles, ríos... y la estrella fugaz encima de todo, enorme y muy amarilla, con la cola terminada en picos. Los belenes siempre me han fascinado, y de niña imaginaba que me hacía muy pequeñita y podía meterme en el belén, pasear por el río de papel albal y tocar con la mano a los burritos de plástico.

Los regalos estaban muy bien, aunque en realidad mi relación con ellos se basaba en el autoengaño. Me engañaba diciéndome que este año sí, que este año jugaría con la Nena Melenas, el Penique Elástic o La Herencia de la Tía Ágata, cuando en realidad yo nunca en mi vida he jugado a prácticamente nada. Mi infancia se reducía a leer todo el rato, y no estoy fardando de intelectual: es que leer me parecía mucho más divertido que todo lo demás. Como ya os he contado alguna vez, menos mal que mi madre me llevó a los scouts aunque llorara y me salvó de convertirme en una autista. Aun así, los regalos me hacían siempre mucha ilusión, y pasaba por lo menos tres días inseparable de mi nueva muñeca/peluche/cosa y creyéndome que era una niña normal.

Había más navicosas en mi infancia. La obra de teatro, que solía ser vanguardista e incomprensible porque mi profesora estaba loca. La fiesta de los scouts, que también tenía sus teatrillos y donde hacíamos concursos de tartas y disfraces. Con los scouts también fuimos un par de veces de... ¿cómo se llama? Cantando por la calle para recoger dinero para los pobres. Tiene un nombre, pero no me sale ahora mismo (Edito: PASTORAL. Íbamos de pastoral). Y después de Nochebuena nos íbamos de campamento, que era un campamento que a mí nunca me apetecía porque se pasaba muchísimo frío dondequiera que fuéramos, pero que al final me acababa molando.

Total, que aquello sí que eran navidades bonitas y especiales y ambientadas. Eran mágicas. Estaba guay que todo estuviera lleno de navidad, porque tú eras parte de ello, eras el núcleo. Porque hacías cosas divertidas con alegría y con ilusión. Así que bueno, a lo mejor sí es verdad que las navidades se hacen por los niños, y a lo mejor hay que resignarse a su obligatoriedad aunque sólo sea para que ellos se lo pasen tan bien como yo me lo pasaba entonces. En cualquier caso, ahí están, que le vamos a hacer, así que intentaré poner buena cara, comer muchos mantecados y, ¿quién sabe?, quizá comprarme una pandereta.

lunes, 12 de diciembre de 2011

Llevando el exhibicionismo siempre un poco más allá

Sin mucha presentación, me lanzo de lleno en el mundo del videoblogging... chanchanchán...

Nota: el contenido del vídeo es otra pregunta del formspring. Que ya me vale a mí, por cierto, que soy lo peor contestando :(

Nota 2: Hablo muy bajito, pero es porque me da vergüenza que me escuchen los vecinos y piensen que estoy loca.


domingo, 11 de diciembre de 2011

Navimal, I: primer alegato

A mí antes me gustaban todas las fiestas, así, sin criterio. Navidad, Semana Santa, San Valentín, Halloween: todas. Ni día del Corte Inglés, ni invento consumista: yo siempre decía que las oportunidades de divertirse hay que aprovecharlas. Divertirse, regalar, zampar, salir por ahí a organizar cenas caras. Era una entusiasta. Lo que yo no sabía y sé ahora es que la vida se va encargando de que tus experiencias en los festejos varios vayan siendo cada vez más decepcionantes, hasta que se te quitan las ganas de volver a celebrarlos. Y en ese punto, cuando ya no tienes ganas, llega la gran putada de estos acontecimientos: que son por cojones. Que no te dan opción.

Las navidades me aberran desde su planteamiento, que es absurdo desde el principio. Celebramos que ha nacido el niño Jesús, en un pesebre y tal, vale. ¿Cómo lo celebramos? Comiendo hasta reventar, bebiendo como si no hubiera un mañana, regalándonos un montón de cosas que no necesitamos, gastando en luces navideñas, gastando en fiestas de fin de año, y todo esto encima con bastante mal humor. Esto ya de por sí sería chungo si yo fuera creyente, pero es que encima yo No Creo en Absoluto. Sin profundizar en las razones morales y filosóficas, digamos que todo el rollo del Dios cristiano me resulta como muy poco verosímil.

Total, que tenemos unas fiestas religiosas, impuestas porque sí y que se contradicen en su planteamiento. Aquí voy a soltar los típicos tópicos: que si el niño Jesús querría que compartiéramos con los pobres, que si mandemos a Africa el dinero que nos íbamos a gastar en turrón... etc etc etc. Y es muy cierto, pero insisto, ¡es que yo no creo en el niño Jesús! ¡Es que me la pela que naciera! Para mí lo ideal no es mandar el dinero a los necesitados, que también, sino que la Navidad se aboliera por anticonstitucional y me dejaran tranquila.

Pensando profundamente en por qué la Navidad es tan chunga y pone a la gente tan depresiva, creo que tiene que ver con varias cosas. Lo primero es lo que dije el otro día: cuando te restriegan por la cara esa felicidad tan gratuita, tus propias carencias saltan a la luz. Y encima sin motivo, porque es una felicidad falsa. ¿Por qué hay que estar feliz? ¿Porque nació Jesús? ¿A traer paz al mundo? Venga ya, hombre. Si realmente existe un Dios, está claro que es bastante perverso. Mandar a su hijo se suponía que iba a arreglar algo: lo del pecado original, que total también lo organizó Dios con toda la historia de la manzana. Pues desde entonces yo no veo que nada haya ido lo que se dice a mejor, qué queréis que os diga.

La otra razón es que las navidades, en general, son tan previsibles que te hacen ser dolorosamente consciente del paso del tiempo. Piensas que no te puedes creer que ya haga un año desde la última vez que te viste comiendo gambones con tus tíos y cantando "Ve y dile a las montañas", una canción super rara que creo que sólo conoce mi familia. Y luego piensas en lo que ya no es igual, que normalmente va a peor: en la gente que ya no está, en los niños que son mayores y menos graciosos, en los adultos que están más feos y arrugados. En ti misma, también más fea, arrugada no porque la increíble capacidad sebácea de tus glándulas mantiene tu cara congelada en el tiempo... pero sí mayor, para bien o para mal, signifique lo que signifique.

Y en medio de todo eso deberían quedar cosas bonitas. Los regalos pueden ser algo bonito. No tienes por qué ir por ahí comprando cosas estúpidas, como neveras para vinos o cojines cervicales del Natura. Puedes realmente ponerte en la piel de la otra persona, pensar en qué necesita o qué le haría ilusión y regalárselo. Eso es bonito y a mí me gusta regalar. No me importa dar vueltas por las tiendas cuando tengo en mente la imagen de lo que quiero comprarle a esa persona, no me importa gastarme el dinero y me hace feliz hacer regalos. También se me dan bien los regalos currados, del tipo montajes con fotografías y vídeos de los de llorar, libros con mis cuentos, poemarios anotados... Pero a la gente de mi alrededor no parece hacerle mucha gracia regalar, lo cual en realidad entiendo, porque de aquí a veinte años de regalos navideños casi seguro que yo también estoy hasta el mismísimo.

El ambiente de queja es generalizado, por lo menos en mi entorno. La gente está harta de compras, de multitudes, todo el mundo parece ir a la comida del curro por obligación, nadie quiere darse la trabajera de cocinar tantísimos platos en la cena familiar para que sobre la mitad. Organizar el fin de año con los amigos es cada vez más titánico, y el año pasado lo dedicamos a jugar a las cartas disfrazados de cow boys. Entonces, me pregunto yo, ¿por qué hacemos esto? ¿Quién nos obliga? ¿Alguien nos está poniendo una pistola en la cabeza? Por los niños, te dirán. ¿Los niños? ¿Esos niños tiránicos y distraídos que estamos criando, que no saben a dónde atender cuando se abren los regalos porque hay muchísimos y cada uno es más grande y brillante y sonoro que el anterior? Además, ¿los niños por qué? ¿Por el niño Jesús? ¿He dicho ya en algún momento que Me Da Igual El Niño Jesús?

Creo que se podrían hacer cosas mucho más bonitas con las navidades. Creo que en algún punto todos deberíamos plantarnos y decir: tengo elección. Si voy a la cena es porque quiero, si hago regalos es porque quiero, si me pongo jincha de polvorones es porque quiero. Nadie, insisto, nadie me impide largarme unos días por ahí a la montaña, o de viaje, o quedarme en mi casa en plan autista mientras como ensaladas y medito todo el rato. Podemos elegir, de verdad. A la gente de vuestro alrededor no le importa tanto. Si queréis aprovechar para ver a la familia, id en otra fecha, sin obligaciones de regalos ni de mega cenas. Yo ya llevo un par de años yendo a Madrid fuera de fechas festivas para poder estar tranquilamente con mis tíos. Sacad a los niños de viaje. Regalad manualidades o cupones por tiempo compartido. Organizad un picnic de Nochebuena.

Y bueno, si nadie piensa en ningún plan alternativo, pues entonces a pelarla. A hundirse en el fango navideño con entusiasmo y a no quejarse. Yo este año todavía no sé lo que haré. En nochebuena iré a casa en plan relámpago, que la semana siguiente trabajo. En nochevieja y los días siguientes quiero irme a escalar o puede que incluso a meditar. Estoy pensando seriamente en decir que paso de hacer regalos y que no los quiero tampoco para mí, pero ya he dicho que en realidad me gusta hacer regalos. Voy a ir a la comida del curro porque los de mi curro actual me caen bien. Voy a comprar el décimo de lotería porque la verdad la verdad es que me encantaría ser millonaria.

Y no puedo terminar este post sin enseñaros mis uñas de este lunes, que no tiene nada que ver pero el color es fabuloso aunque no tenga ni idea de con qué ropa combinarlo.


Lunes de uñas azules... que tiemble el mundo.

sábado, 10 de diciembre de 2011

De vuelta

Llevo un montón de rato aquí sentada y en realidad no quiero más que acostarme. Y tengo un problema, porque mi cama, que es fabulosa, está cubierta de mochilas, ropa, bolsos y objetos variados, y además mi habitación está helada. Todo el calor se concentra en mi mini-salón y más concretamente en mis pies, en los que tengo enchufado el calentador de aire haciendo caso omiso de la necesidad de ahorro energético, la posibilidad de que me salgan varices en las piernas o la subida del coste de la luz.

Cádiz ya es mi hogar; eso es así. Y no es que no me dé pena dejar Málaga, porque es verdad que me encantaría poder ver más a menudo a mi gente y tener siempre la Fnac a mano. Pero ya vivo aquí; ésta es mi casa, y es lo que he sentido cuando desde el autobús he visto San Fernando asomar al fondo, y después he cruzado la bahía recién anochecida mientras escuchaba a Quique González en el iPod.

Ya se me ha pasado un poco el arrechucho del otro día, aunque sigo sin tener ganas de navidad. Uno de estos días voy a escribir un alegato largo y furibundo sobre por qué creo que debería ser anticonstitucional. Pero bueno; a aguantar el tirón con la alegría de que a la vuelta me espera mi vida moderadamente feliz y mis proyectos moderadamente entusiasmantes.

En Málaga bien. Un poco lo de siempre. Visitar a amigos, alucinar con Tahira, suspirar frente a mi padre. "Llevo mucho tiempo pensando en comprarme un molinillo eléctrico para la pimienta - me dice después de que comamos juntos en una trattoria nueva del centro -. Lo que pasa es que creo que me haría tanta ilusión usarlo que le echaría demasiada pimienta a la comida. Yo es que le echo pimienta a todo". "Claro - contesto yo -, es que hay que echarle pimienta a todo. A las ensaladas, a los purés... yo le echo pimienta hasta a los postres..." "... como los romanos", decimos los dos a la vez, y es en estas coincidencias de cocina y friquismo clásico donde reconozco el amor.

Por último, deciros que el pelo se me está aclarando y que ahora me veo guapísima de pelirroja, que sigo manteniendo la esperanza en conseguir controlar en algún momento al Acné del Averno y que sé positivamente que encontraré al maromo de mi vida. No doy más de mí hoy, que me caigo de sueño. Gracias por vuestros ánimos. Mañana más y mejor.

jueves, 8 de diciembre de 2011

Está siendo un puente muy, muy extraño. Se me olvida que el puente de diciembre siempre me perturba porque está muy cerca de la navidad, y la navidad me perturba hasta límites insospechados. Es la época del año que más emocionalmente tarada me hace sentir, con diferencia.

Estoy sentada en el sofá de la casa de mi abuela, mientras mi perro apoya la cabeza en el sofá y hace unos gruñiditos guturales con una pelota de tenis en la boca. Si pretende que se la tire, va listo, porque yo ni saco al perro, ni alimento al perro, ni juego con el perro, que no es mi perro. Llamadme insensible. El caso es que ayer llegué de El Chorro un poquito mejor que muerta, que empiezo a sospechar que no tengo edad para tanto ejercicio físico combinado con dormir en el suelo de una tienda de campaña, y hoy he conseguido medio recuperarme, combinando cafés, siestas y analgésicos, y sobre todo escribir. Porque si hay algo que me incomoda de estar fuera de casa es no poder sentarme a solas frente al ordenador para escribir un rato.

La escritura moldea mi percepción de la vida de una forma curiosa. Me ayuda a ordenar lo que vivo, y, sobre todo, me da el sentido de mí misma como persona que escribe y que así consigue alzar la voz. De verdad, de verdad que no termino de entender cómo lo hacéis el resto. Por eso estos días campestres andaba sintiéndome un poco rara, como perdida, y me preguntaba por qué si todo iba bien: escalar, estar con los amigos, ir y venir y disfrutar del sol increíble de Málaga en diciembre. Y creo que es por dos cosas: la primera, porque yo me siento más sola si estoy rodeada de gente. Empiezo a percibir con claridad la barrera que nos separa a los humanos por el simple hecho de ser eso, humanos, y me entra la angustia tremenda de no importarle a nadie y me saturo y no puedo respirar. Además, si no escribo me pierdo. Si no tengo mis ratitos de sentarme a solas a anotar la vida, es como si se me escurriera entre las manos en un todo difuso de experiencias y sensaciones que se me mezclan y me aturden.

Ahora estoy así, aturdida, sin saber muy bien cómo voy a atravesar estas semanas que le quedan al año. Llega la navidad, ya lo he dicho, y de verdad que me aberra. Su obligatoriedad, lo mucho que brillan la carencia y la tristeza cuando uno las tiene en medio de esa supuesta felicidad obligatoria. Los días cortos, las noches largas, el frío húmedo de costa que no se quita por muchas mantas que uno se eche encima por las noches. Acordarme de otras navidades más o menos afortunadas, de J. y yo comiendo caramelos de chocolate rellenos de toffee mientras buscábamos regalos en el Hipercor. Pensar por enésima vez un regalo absurdo para mi padre, recibir por enésima vez un "cómpratelo tú, que yo te lo pago luego" de su parte. Quedar con mi padre y su mujer, la persona más malvada de mi vida real. Las cenas, las comidas, el décimo de lotería, más cenas, más comidas, mantecados, la sensación angustiosa de que tu cuerpo es un blandiblú.

Ya llegará el momento de hacer balance de este 2011 que se acaba. Digamos que hay muchas cosas que pensé que cambiarían y no han cambiado, como el Acné del Averno o mi soltería sentimental. Hay otras que pensé que no cambiarían y han cambiado, como mi estatus social gaditano, empezar a escalar, escribir todos los días o tener sexo con alguien que no fuera J. El tema es que recuerdo que como deseo pedí "alguien a quien querer y cuidar", y bueno, ese alguien no ha aparecido, aunque siempre se puede querer y cuidar a los que tenemos cerca, y eso intento. El otro día soñé que me cogía de la mano con un chico desconocido: no había sexo ni amor ni casi palabras en ese sueño; solo estábamos sentados juntos, había más gente alrededor y todo lo que recuerdo es cogerle de la mano y apretársela, como diciendo "estoy aquí y tú también, estamos juntos y eso es lo que importa". Y esta noche he soñado que se acababa el mundo porque todo se inundaba, y yo caminaba sola por el resquicio de tierra que quedaba junto al agua, con una mochila grande de acampada y una navaja en la mano. No tenía miedo, sólo sabía que tenía que salir adelante y que nadie iba a ayudarme a hacerlo.

Así que tal día como hoy, sobrellevando como puedo estos sentimientos de soledad que me acompañan últimamente, corrijo: quiero a alguien a quien querer y cuidar Y que me quiera y me cuide. A alguien que me coja de la manita en las horrorosas reuniones sociales navideñas y me diga "estoy aquí y después vamos a casa, no pasa nada, no te preocupes". A alguien que me quiera y me vea, que piense en qué necesito y me lo regale envuelto en papel de colores. Lo peor de este asunto es que ahora mismo como que he perdido la esperanza en ese sentido: me parece ciencia ficción que alguien me quiera, y eso es terrible. Sé que MQEN tiene razón: que no hay que pensar ni esperar ni darle vueltas, porque al final las cosas simplemente suceden, y uno tiene que centrarse en ser el tipo de persona que quiere ser. Pero el hecho de no tener esperanza me parece más triste todavía que no tener pareja.

A veces, cuando me pongo metafísica y me harto de la paleodieta, me pregunto si el Acné del Averno no será más que un reflejo de ese convencimiento íntimo de que no le puedo gustar a nadie siendo como soy. Estos días en el campo tenía la cara fatal, pero fatal fatal mortal de necesidad, de no encender la luz del baño del camping para no verme en el espejo, y había momentos en que no podía dejar de pensar "¿cómo te va a querer alguien con estas pintas?" lo cual es muy, muy triste y muy, muy doloroso, sentirte así de invalidada por algo sobre lo que no tienes control.

En fin, yo qué sé, me estoy deprimiendo. No sé muy bien qué quería escribir hoy, y de hecho ésta es como la cuarta versión del post que tengo. Sé que mi ciclotimia me devolverá a la alegría en unos cuantos días, pero odio esta época del año y esta oscuridad prematura, y al final esa tristeza también se acaba filtrando en lo que escribo. Le quedan veintidós días al año. Veintidós días en los que estoy dispuesta a sorprenderme. Después ponemos de nuevo una marca aleatoria en el continuo del tiempo y empezamos a contar: otro capítulo, otra aventura, otra ilusión. Yo ahora me agarro al teclado del portátil e intento resistir los embates del tiempo y este ligero mareo que me aprieta las sienes con un dolor intermitente. Y a lo mejor de esto va la vida: este capear el temporal como buenamente se puede, este intentar respirar cada vez que sacas la cabeza del agua, este confiar contra todo pronóstico, contra toda lógica humana; este seguir esperando las cosas buenas con una fe que a veces raya la estupidez.

sábado, 3 de diciembre de 2011

Esta niña de aquí...

... se va de puente.

Me marcho mañana al Chorro y volveré cuando me harte de escalar, así que planeo estar missing unos cuantos días. Lo siento, que sé que os tenía ya muy bien acostumbrados con tanta actualización.

Pasadlo bien en mi ausencia. Ya os contaré qué tal cuando vuelva. Intentaré tener una aventura amorosa con algún maromo guapo para así poder escribir sobre algo que no sea la escalada. Si es que lo hago todo por y para vosotros, lectores...

Se os quiere.

Besitos.

jueves, 1 de diciembre de 2011

El mal capilar, V: La vida ya es dura y encima yo voy y me tiño

Lectores queridos:

El castaño rojizo de mi último experimento capilar me duró más bien poco. La acción combinada de lavarme el pelo todos los días, ir a la piscina y haberme dejado el tinte poco tiempo puesto por si me quedaba hórrido hizo que se desprendiera pronto de mi cabello. Además, como dice un amigo mío, ser rubia no es un color: es una actitud. Se me había quedado un color precioso precioso: así mi rubio natural, pero ligeramente cobrizo al sol y un poco más oscuro que después del verano. Precioso y brillante y cada vez más larguito: una maravilla de pelo, vamos. Que yo guapa guapa no soy, pero tengo un pelazo.

Sin embargo, yo quería emociones fuertes. ¿Tanto rollo con el tinte para volver a ser rubia en tres semanas? Nah. Así que hice caso a mis lectores. Que si el rojo cuesta que agarre, que si prueba con algo más fuerte si total se va en seis semanas. Ni corta ni perezosa (de nuevo, ¡me encanta esa expresión!) me planté en el Bodybell del Palillero. Que, por cierto, van a abrir un Kiko al lado y me voy a querer morir comprándome pintaúñas.

Decidí cambiar también de marca. ¿Antes había usado L'oreal? Pues ahora Garnier. Que no sé por qué lo hice, porque a mí Garnier es una marca que me cae como mal, así con su rollito somos naturales, sus botes de colores ácidos y sus modelos jovencitos e hiperfashions lanzándose a piscinas sin que se les encrespe el pelo. Pero bueno. Me puse a mirar los colores de la gama de tintes impermanentes. Lo que tiene Garnier es que los nombres de los tintes son larguísimos: que si Castaño Claro Cobrizo Caoba, que si Castaño Oscuro Violín Madera y todos así. Que no te da la memoria de trabajo para componer en tu mente el concepto del color, porque cuando llegas al final se te ha olvidado el principio.

Entonces vi el Tono de la Vida: Cobrizo Salvaje. Cobrizo era lo que yo me había echado la vez anterior, y puesto que lo quería un poco más, digamos, llamativo, el Salvaje era lo que yo estaba buscando. Quizá, pero sólo quizá, era un poco cantoso, pero después de la experiencia "el ámbar es castaño" quise creer en mi mente ingenua que el cobrizo salvaje se volvería ámbar.

Llegué a mi casa y me puse el tinte, así envalentonada. Ni pruebas previas con mechones cortados ni ostias. Todo a saco. Además, se me piró ligeramente la olla con el tiempo de posado porque me puse a decir chorradas por Facebook, pero pensé: "No pasa nada. Más salvaje aún. ¿Qué somos, hombres o gallinas?".

De nuevo, enjuague guarreteoso en la ducha (¡los tintes manchan mucho!) y mirada relajada al espejo, rollo "a mí nada me sorprende".

Lo siguiente que supe de mí misma fue que me había convertido en Morticia Adams.

Lo bueno del asunto es que el día anterior estaba preocupada por mi acné. Ahora mi piel pasaba a un segundo o tercer plano: de la piel ya estoy mentalizada, pero a ver qué cojones hacía yo con ese pelo negro zahíno ligeramente rojizo y de una textura un poco rarita, así como de imitación de Barbie.

Así que busqué en Google "cómo aclarar baño de color", y Google me devolvió que debía llenarme el pelo de mascarilla, envolvérmelo en papel transparente, darle calorcito, ponerme una toalla y esperar. La teoría era que el calor y los aceites de la mascarilla disolverían el pigmento y aclararían el tono.

He repetido esa operación como seis veces en tres días, y lo bueno es que ahora mi pelo no está negro, no. Ahora está rojo. Muy rojo. ¿Sabéis que me quejaba de que la otra vez no era nada rojo? Pues ahora sí lo es. Mucho, en serio, mucho en plan Alaska mezclada con Morticia a la sombra, Alaska mezclada con El Rey León al sol.

Como muestra, unas fotos del día siguiente a la Operación Tinte del Averno, escalando en San Bartolo.


Morticia


Alaska


La foto Alaska va con gorrito para no impactar vuestra sensibilidad con la visión de TODA MI CABEZA brillando en rojo intenso.

Mi entorno me dice cosas como "no está tan mal", "el color el bonito", "es que no estamos acostumbrados a verte así". Qué adorables. A mí me parece que estoy horrorosa. No es sólo que el color sea cantoso, sino que es feo, así intrínsecamente. Pero bueno, en teoría el tono es impermanente, como el amor, así que espero que en un par de semanas la cosa adquiera un aspecto razonable. Claro, que también puede pasar que la rojez siga incrementándose con el desteñido y al final no se me pueda mirar porque brille con refulgencia.

No lo llevo mal, no obstante. Me hace como gracia, sobre todo porque se me olvida y de repente me veo en un cristal y/o espejo y digo: joder, tengo el pelo Muy Rojo. Pero ya me vale. Porque esta vez, ni peluqueras del Averno, ni nazis flequililes ni nada: esta vez, queridos, me la he buscado yo más que solita.