massobreloslunes

miércoles, 18 de enero de 2012

Libros, churros y tardes de invierno

Esta tarde he ido a la biblioteca a devolver unos libros. He pasado un rato leyendo "Escribir y Publicar", una revista que edita Silvia Adela Kohan dirigida a aspirantes a escritores. Lo que gusta el rollo metaliterario cuando uno está empezando: que si Hemingway comía mandarinas, que si Auster compró un cargamento de cintas para su máquina de escribir cuando se enteró de que iban a dejar de fabricarlas. He estado leyendo un texto de Steinbeck sobre sus costumbres literarias. No te dirijas a una masa anónima de lectores, dice; eso da miedo. Escribe en segunda persona o para alguien en concreto: alguien que conozcas, alguien que te quiera.

Desde que escribo de manera casi furibunda, la metaliteratura cada vez me da más igual. Cada vez pienso más que el proceso trata básicamente de escribir y que te lean, punto. Escribir no tiene mucho más misterio que ir poniendo una palabra delante de la otra con valor y cierto tiento. Que te lean te la medida de tus palabras y te proporciona un otro que hace que la comunicación sea posible. Aun así, me gusta imaginar a Steinbeck buscando lápices con la consistencia y la oscuridad perfecta, holgazaneando mientras mira por la ventana, lijando el barniz de su escritorio para crear una superficie de escritura novedosa.

Después he salido a la calle. Atardecía en el cielo despejado, surcado sólo por unas cuantas nubes azuladas y lila. Cádiz es brutalmente bonito. Brutal, brutalmente bonito. Ahora que trabajo en Puerto Real cruzo todos los días la bahía en autobús, y todos los días me sorprenden la amplitud del agua, el amanecer asomando detrás del puente y las barquitas solitarias meciéndose en el frío. Y a la vuelta, la luz blanca del sol calentando el autobús a través de los cristales, los destellos hirientes sobre la superficie del mar y un cielo tan ancho que te parece mentira que quepa en el mundo.

Vago por el centro sin hacer nada en concreto. Me pruebo pintaúñas en el KIKO y compro uno de color vino mortal de precioso. Después entro en un bar a tomarme un café, y por no se qué mecanismo misterioso de mi mente, el café se convierte en chocolate y el chocolate en chocolate con churros. Pero bueno. Quién se va a resistir a unos churros cuando te los ofrece un camarero diciéndote algo como "anda, muhé, tómate unoh shurritoh, que son shicoh".

Abro mi nuevo libro. He terminado hoy "Amores en fuga", con la pena que da cuando se acaban las cosas bellas. Ayer compré "Libertad", de Jonathan Franzen, un tío del que no había oído hablar en mi vida, sólo porque es gruesa y parece entretenida. Los churros con chocolate son perfectos para tomarlos leyendo, porque no necesitas cubiertos ni las dos manos. Con la izquierda, que está limpia, sujetas el libro; con el pulgar, índice y corazón de la derecha coges los churros y los mojas en chocolate, y con el meñique limpio de la derecha pasas las páginas.

¿Cómo empezáis vosotros los libros? Yo miro la foto del autor sin leerme su biografía, porque me gusta imaginar la cara a la que pertenecen esas palabras. Después busco el título de la versión original, para ver si lo han traducido literalmente o se lo han inventado, y si es diferente al castellano lo retengo para poder relacionarlo con el contenido. Luego miro la dedicatoria. Me pregunto quiénes serán esos nombres que se merecen que otra persona ofrezca un libro entero. Hace poco volví a dejar una novela en la estantería de la librería cuando leí la dedicatoria: "Para Melody, Summer y Phoenix, mis tesoros". Si les pones esos nombres a tus hijos, qué no harás con tus pobres personajes.

Después leo la cita del principio. La de "Libertad" dice así:

Id juntos, ilustres y felices ganadores, mientras lo sois. Cambiad vuestros regocijos con compañía. Yo, vieja tórtola, iré a suspenderme de alguna rama seca y allí lamentaré hasta el fin de mis días la pérdida de mi compañero, que nunca será hallado.

Lo encuentro críptico y claro, terrible y precioso. Luego leo las cuarenta primeras páginas mientras mojo los churros en el chocolate. A ratos observo el bar. Hay gente, pero está tranquilo y no hay televisor. Una de las paredes esté cubierta con un panel enorme modernista y feo, y en otra cuelga una maceta de geranios rojos de plástico. Estoy calentita y resguardada en una esquina mientras fuera brillan en la noche las farolas y los puestos de flores.

Escribir es escribir y punto, no es pasarse la vida dándole vueltas al tema, afilando lápices, preguntándose cómo lo hacían Steinbeck y Hemingway, planeando a qué concursos va a presentar uno sus relatos. Igual que vivir. Vivir es vivir y punto, no plantearse todo el rato de qué va la vida, porque lo más seguro es que la vida no vaya de nada. Va de estar aquí por cojones, porque no tenemos elección, esperando una muerte segura y un futuro incierto. Y entretanto va de no hacerse tantas preguntas, no buscar tantas respuestas y tomarse unos churritos de vez en cuando. Porque estás vivo y, si tienes el suficiente estómago, a todo este asunto le puedes encontrar hasta la gracia. Y porque es maravilloso poder merendar dulce cuando fuera está oscuro y hace frío.

martes, 17 de enero de 2012

Cuentos

Hoy va a ir la cosa de recomendaciones literarias. No soy muy partidaria de escribir sobre libros, a no ser que alguno en particular me haya impresionado mucho. Pero hace poco, revisando los comentarios sobre la entrada de "El lector", me di cuenta de que escribir sobre libros sirve, básicamente, para que una persona se sienta atraída por un libro, lo compre y disfrute con él igual que yo. Y sólo eso ya me parece hacer buen karma.

Vamos a hablar de cuentos/relatos/llámalo X. El cuento es un género gourmet: poco leído pero muy valorado. Yo no os voy a engañar: donde se ponga una buena novela, que se quite lo demás. El problema de los relatos cortos es que uno tiene que realizar demasiadas veces en poco tiempo el esfuerzo de meterse en una historia, y también que a veces te quedas con ganas de saber más de los personajes. Pero cuando un relato está bien construido, proporciona un momento breve de belleza, una especie de satori del alma, que a veces a las novelas les cuesta alcanzar.

Si no estáis acostumbrados a leer relatos, aquí tengo algunas recomendaciones para comenzar. Leer cuentos da mucho glamour cuando te preguntan qué tipo de literatura te gusta: te rascas la cabeza, te subes las gafas y dices "yo soy un admirador del relato corto como género, ya sabes: herederos de Carver y Chéjov, realismo sucio... todo eso". Y la gente flipará con tu gafapastismo. Ya en serio: está muy bien leer relatos de vez en cuando, abre nuevas posibilidades a la ficción y a tu cabeza.

Se me ha ocurrido esta entrada porque sigo leyendo a Bernhard Schlink; concretamente, los relatos de "Amores en fuga". Qué puedo decir. Hoy le he dado un beso al libro. Un beso. A un libro. Así, por la cara: lo he sacado del bolso para colocarlo en la mesilla y he visto su cubierta amarilla diseño Anagrama, repleta de amor y belleza y vida y todo lo que me gusta de la literatura, y me ha salido del alma. Espero que mi vida no resulte ser al final como el show de Truman, porque entonces estoy haciendo el ridículo pero bien.

Schlink, cojones, eres GRANDE. De verdad. Excepto uno de los relatos, que no me ha hecho mucha gracia porque no me he enterado muy bien de la trama política, el resto son una maravilla. Bien construidos, conmovedores, imaginativos, maravillosamente escritos. Con un gran equilibrio entre reflexión y acción, y con una mirada sobre el mundo que es sensata y trágica, esperanzada, realista, compasiva y triste, si se puede ser todo eso al mismo tiempo. Brillante. Compradlo. Leedlo. Ahora.

Otro libro de cuentos que es bueno para llorar es "Si te gustó la escuela, te encantará el trabajo", de Irvine Welsh. Welsh, en general, es muy grande: es el autor de Trainspotting y de su segunda parte, Porno, que son tan duras como divertidas. Pero el libro de relatos me impresionó: es muy, muy bueno. Y si sólo tenéis que elegid uno, por favor, leed "Miss Arizona", que es una de estas historias que no vais a poder olvidar nunca. Escribo el título y se me pone la piel de gallina sólo de pensarlo. Welsh, por cierto, me ha recordado a "Fantasmas", de Chuck Palahniuk, que no es un libro de relatos, sino una sucesión de historias unidas por una trama común pelín floja, para mi gusto. Los relatos son durísimos pero brillantes. Ésta es la historia que comienza la novela. Aviso que es un poco escatológica/desagradable. Bastante. Mucho. Pero está tan bien construida que te da igual que al terminar tengas que ir a potar al baño.

Grace Paley fue profesora de A.M. Homes, que no es relatista pero también es muy buena. Su recopilación de relatos casi me hace llorar. Paley es la que decía en el prólogo: "los escribí con toda la verdad y la belleza de la que fui capaz", y vaya si lo hizo. Ahora es cuando me da rabia no tener el libro aquí, porque recuerdo un párrafo sobre el amor, que simplemente hablaba de cómo el marido antes compartía con ella sus cigarrillos y ahora no, que te parte el corazón.

Cortázar. En la lista de cosas que de verdad de verdad me animan en la vida, y no me refiero a salir por ahí con los colegas o irme a nadar, que puede animarme o me puede dejar igual, sino medicinas emocionales con un 100% de fiabilidad, está la escritura, está Extremoduro y está Cortázar. Cortázar, queridos, es otra historia. Sabe algo que los demás no sabemos. Es de estos escritores de los que dices: me follaría a su cerebro, pero no a él como escritor porque es listo, sino que le encontraría erotismo a su materia gris así pura y repugnante, porque está llena de belleza y de ideas hermosas. Hay Que Leer A Cortázar.

Truman Capote también es un buen cuentista. A mí me gustaron más sus relatos que "A Sangre Fría", que es un libro que, por la temática y la forma de tratarlo, y sobre todo por la historia de perversión moral que lleva detrás, a saber: Capote no queriendo interceder por los asesinos de los Clutter para que los ejecutaran y poder publicar su novela... me pone un poco los pelos de punta, en el mal sentido. Pero los relatos son conmovedores y humanos, muy América profunda y esas cosas que me gustan.

Paul Auster no tiene relatos, pero tiene una recopilación espectacular de historias reales y curiosas llamada "Creía que mi padre era Dios", que no es que te guste, sino que te engancha exactamente igual que una buena novela. Son relatos cotidianos llenos de casualidades extrañas, situaciones absurdas, amor, sueños, amigos, familias... Pura vida. Muy recomendable.

Bolaño, que también es grande grandísimo, tiene un libro de cuentos, "Llamadas telefónicas", que me gustó mucho. Aunque si queréis empezar con Bolaño, leed "La pista de hielo": menos amenazador que sus mamotretos tipo "2666" pero hermoso, hermoso, hermoso.

No sé si Nick Hornby tiene libros de relatos suyos; ahora mismo creo recordar que no, pero hizo una recopilación de cuentos de otros escritores, "Hablando con el ángel", cuyos beneficios iban destinados a una asociación de autismo. Y ahí el propio Hornby decidió partir la pana y escribió él mismo el cuento más bonito y conmovedor del libro y, en general, casi de todos los que he leído en mi vida. Un cuento sobre un guardia de museo y un cuadro que te hace pensar: me da igual que el mundo sea una basura y la crisis y el hambre y todo, porque existe esto, existe un humano en el planeta con esta sensibilidad y, como en Sodoma y Gomorra, sólo él basta para salvarnos a todos. Así de bueno es el cuento.

Ishiguro, que oscila peligrosamente entre la magia y el aburrimiento, sacó hace poco unos "Nocturnos", relatos con la música como elemento común, que afortunadamente cayeron del lado de la magia. Quim Monzó también escribe muy buenos cuentos, aunque son más soprendentes que conmovedores, y quizá por eso me inquietan un poco.

Éstos son los que se me han ocurrido. No son los mejores relatistas de todos los tiempos. Podéis leer a Chéjov, obvio, y a Carver, obvio. A Dorothy Parker, a Flannery O'Connor, a Kafka, a Poe, a Aldecoa, a toda esa gente que recomiendan en los talleres. Podéis leer hasta a Clarice Lispector que, ojo, a mí No Me Gusta, lo siento por el gafapastismo. Pero las de antes son recomendaciones con sello de garantía massobreloslunes, es decir: que me atrevo a afirmar que si os gusta este amasijo literosentimental que escupo todas las noches, más os van a gustar los cuentos que he recomendado.

Y ahora os voy a decir algo: podéis saltaros todas las recomendaciones anteriores, pero todos y cada uno de vosotros, sea cual sea vuestra edad, condición, extracción social, sexo u orientación sexual, todos, TODOS...

TENÉIS QUE LEER A ROALD DAHL. Es fundamental. Os alegrará el día, mejorará vuestro humor, os hará personas más risueñas, sorprendidas y fascinadas de lo que sois ahora. Se os olvidará el mal de amor y el dolor de tripa. Dejaréis de escribir si sois escritores, y lloraréis en la cama por no poder crear historias como las suyas. Como decía Aracne, Roald Dahl es una recomendación segura para cualquier amigo, porque si no le gusta puedes dejar de ser su amigo sin sentimiento de culpa. Leed "Relatos de lo inesperado", "Historias extraordinarias" o cualquier otra recopilación de cuentos suyos: todos son buenos. Y, por supuesto, si no lo habéis hecho aún, leed sus libros infantiles, sin importar la edad que tengáis. Roald mejoró este mundo. Fue un ser humano de categoría A, mejor que la mayoría, así os lo digo, al menos en proporción a los niveles de felicidad que ha producido y seguirá produciendo.

Y sin más me voy a dormir para despertar, desayunar, coger el bus y seguir leyendo allí a Bernard Schlink, porque esta semana, sin duda, él ha sido lo mejor de mis mañanas.

Escribe

Hoy pensaba en escribir para los que no escriben y querrían escribir (vaya trabalenguas me ha quedado). Yo animo a todo el mundo a que escriba, igual que animo a todo el mundo a que medite y a que escale y cante y saque fotos y toque instrumentos y, en general, a que viva la vida de todas las formas que pueda y no se dedique sólo a tomar cubatas y a ver Sálvame. Pero escribir me parece particularmente beneficioso y bonito, porque es mi rollo. Es lo que se me da bien, el lugar donde respiro y la zona que habito.

Si quieres escribir, escribe y punto. Es mucho más fácil empezar a escribir que a hacer cualquier otra cosa. Es barato, silencioso y no requiere de habilidades especiales previas. Encontrarás que al principio te cuesta comenzar. Esto es porque tus expectativas son mayores que tus capacidades y te bloquean. A la escritura hay que enfrentarse como un samurai y colocar el ego al lado: escribes tú, pero no eres lo que escribes, y en el mismo momento en que abandona tus dedos deja de pertenecerte a ti y comienza a formar parte del proceso de la vida. Así que ponte metas de cantidad, no de calidad; no te juzgues, deja que todo salga, ya cortarás luego.

Escribe todos los días. Te lo dice alguien que ha pasado los veintiséis años de su existencia luchando consigo misma en la batalla continua del "escribe", "no quiero", "deberías escribir más", "no me apetece", etc etc etc. Ahora mismo sentarme aquí al final del día es el mejor momento de todos. Me apetece desde por la mañana. Hoy, por ejemplo, iba en la moto pensando en este post y la perspectiva de escribirlo me ha animado durante todo el día. Si escribes a diario te encontrarás con que tienes algo sólido a lo que agarrarte, y ésa es la mejor base desde la que partir.

Acaricia tiernamente los divinos detalles. Esta frase no es mía, pero ahora mismo no recuerdo el autor y no soy capaz de encontrarlo en Google. La vida está hecha de detalles. Utilizar los detalles es el consejo más útil y poderoso que te pueden dar para escribir bien, y no quiere decir volverse tediosamente descriptivo. Quiere decir que si quieres describir a una persona observes aquello que la hace única y lo plasmes de forma sencilla, como si estuvieras recorriendo con palabras los rincones de una fotografía. Te fijas en las raíces oscuras del pelo que asoman dos centímetros por debajo del tinte barato. Te fijas en el tatuaje con un nombre de mujer en su antebrazo y asumes que será el suyo o el de su hija. Te fijas en las uñas mal pintadas, en las ojeras y en que, a pesar de todo, le brillan encima unos ojazos azules que reflejan la luz tímida del sol de la mañana. Escribir es un arte visual y nuestros cerebros se agarran como monos a lo concreto.

Utiliza frases cortas y palabras potentes. No desperdicies energía con rodeos, ni en la escritura ni en la vida. La energía es preciosa y debe ser conservada, y tu tiempo y el de tus lectores es valioso como el oro. No uses demasiado palabras ambiguas, como "cosa" o "asunto", y ten cuidado con las expresiones dubitativas, con los "creo", con los "¿no?". Sé preciso y valiente: estás aquí para contar tu verdad y no tienes por qué dudar de ella. Cuidado con las palabras complicadas y con el buscador de sinónimos del Word.

No tengas miedo. Sabes contar historias: lo haces todo el rato. Cuentas lo que te pasó estando de viaje en Praga, cuando te cogiste un cebollón de vodka y acabaste perdido por la ciudad a diez grados bajo cero. Cuentas cómo conociste a tu novio o la pelea que has tenido esta mañana en el trabajo. Todo eso son historias y tú sabes manejarlas, distribuir el tiempo, introducir los diálogos, volverlas interesantes. Sé intuitivo y veraz; todo irá bien.

Relee mucho. Yo releo lo que escribo aquí una media de diez veces antes de publicarlo. Cuando una frase me chirría dos veces seguidas, la cambio. Aquí tienes que ser de nuevo un samurai y cortar lo que no funcione: no dejes que la gente se aburra, ponte en el pellejo del que te lee; empatiza, por el amor de Dios. Escribes para comunicar, que no se te olvide nunca. Una vez, una chica de uno de los talleres que di en Granada declaró muy seria que ella escribía "con letra pequeña, a lápiz y a oscuras", para que nadie lo viera. Es una opción, pero anímate a escribir con letras grandes y a que te lean los demás. Atrévete a que te conozcan, a contactar. Es tan doloroso como bonito.

Sé ferozmente tierno con lo que escribes. Crítico pero acogedor. Ya es un mérito que te estés derramando en palabras a cambio de nada, a no ser que seas Carlos Ruiz Zafón, en cuyo caso te estás derramando en palabras a cambio de un montón de pasta y debes ser ferozmente feroz. En cualquier caso, admira tus virtudes y procura trabajar tus defectos. Lee mucho, mucho, mucho. Lee lo que te guste y no lo que la gente te diga que leas. Hay tantos libros hermosos que para qué malgastar el tiempo con los que no lo son. Escribe lo que te gustaría leer. No te preocupes demasiado por el copyright, por lo menos al principio. No te aferres.

Valora más el proceso que el contenido. Hurga donde duela. Disfruta y sufre al mismo tiempo; aprieta, bicho. Estás en un ejercicio de generosidad y de honradez. Tienes la oportunidad de mirarte en un espejo claro y despiadado, y si consigues permanecer ahí el tiempo suficiente podrás entrar al laberinto y salir victorioso. Eres grande sólo por ser persona y tienes un montón de cosas que decir. Que nadie te arrebate el derecho a contar la verdad de tu experiencia.

Si piensas que no sabes utilizar las palabras, ponte a ello y verás cómo aprendes. Yo reconozco que a estas alturas de la vida me resulta fácil. Me imagino mi cerebro como uno de esos talleres de la gente a la que le encanta el bricolaje, con decenas de herramientas ordenadas y colocadas por colores y tamaños. Siento que he ido adquiriendo un conocimiento intuitivo de lo que funciona o no, y cuando tengo una sensación o un pensamiento, incluso cuando estoy viviendo una escena de la vida real, en seguida las palabras se alinean en mi cabeza para contarlo. Imagino que la mente de alguien que empieza a escribir es un poco como yo cuando intento arreglar algo en mi casa con mi martillo y mi llave inglesa del chino. Pero no te preocupes. Las herramientas se adquieren con la práctica.

Escribir es muchas cosas. Es hermoso. Te ensancha la existencia. Si acaricias los detalles te acostumbras a buscarlos, y entonces empiezas a observar a tu alrededor sin juzgar, simplemente registrando esos rincones particulares y relucientes de tu vida cotidiana. El drama de tu vida se aligera porque lo puedes contar luego. Procesas tu experiencia en historias y cobran un sentido, aunque en realidad sea el sentido que les das tú y no cambie en nada el hecho de que estás triste o sola o te ha dejado tu novio. Compones un bonito álbum de palabras que puedes mirar luego y que te enseña acerca de cómo te sentías en el pasado y cómo las situaciones cambian y las heridas sanan.

Sobre todo, es muy divertido. Y me gusta hacerlo. Y se me da bien. Os animo a todos a que lo probéis. Ya me contaréis cómo va la cosa.

lunes, 16 de enero de 2012

Añadir contacto

Elena para a uno de los empleados del museo para preguntarle el camino al salón de actos y, cuando él se gira para contestarle y le ve la cara, se reconocen en seguida.
- ¡Mario! ¡Cuánto tiempo! ¿Te acuerdas de mí?

Él sonríe.
- Claro, Elena... ¿qué es de tu vida? Madre mía, debe de hacer como cinco o seis años que no nos vemos, ¿no?
- O más... desde la última cena de alumnos.

Se resumen mutuamente en tres frases. Él trabaja en el museo de gestor cultural. Se vino a Madrid a estudiar Historia del Arte y lleva aquí desde entonces. Ella terminó Bellas Artes en Sevilla y está de visita un fin de semana para asistir a un ciclo sobre Kandinsky.
La amiga de Elena, que no conoce a Mario, le tira ligeramente del brazo, así que ella se despide, un poco a regañadientes.
- Tengo que irme, pero me alegro mucho de verte...
- Yo también. Oye, ¿te apetece tomar algo luego? Yo salgo a eso de las tres, si todavía estás por aquí podemos echar una caña juntos.

Ella sonríe, asiente y le asombra ver cómo él apunta su teléfono en su smartphone caro y después le da un toque para que ella tenga el suyo. Se sonríen otra vez, se dan dos besos y Elena sale caminando rápido detrás de la sombra de su amiga, que ya ha averiguado cómo se va al salón de actos.

Apenas puede concentrarse en las conferencias. Repasa el encuentro con la mente. Él está guapo, su amiga coincide: ha sido capaz de anticipar el cambio de metabolismo masculino de los veintimuchos y empezar a cuidarse. No ha perdido pelo, y el traje sin corbata y con camisa violeta oscuro le cae con gracia sobre los hombros anchos. Y le ha pedido su número. Su Número. Se alegra absurdamente de haber elegido el vestido en lugar de los vaqueros. Le disimula las caderas y le marca el escote, que también resalta debajo de la media melenita tipo paje que se cortó hace un par de semanas. Está guapa, distinta, y él se ha dado cuenta y le ha pedido Su Número.

Se acuerda de ella. Y eso que ya hace mucho desde que dejaron el colegio. ¿Cuánto, diez o doce años? Pero imagina que toda una infancia compartiendo clase no se olvida así, con facilidad. Se pregunta si ella podría olvidar a alguno de sus compañeros, incluso a los más anodinos, cuando a veces se sorprende canturreando la lista de los nombres por orden alfabético. Rosa Aguilar, Luis Arellano, Carlos Bustos, María Cerezo: lo escuchaban tantas veces a lo largo del curso que se lo sabían mejor que las lecciones.

Lo de Mario pasó casi al final, en el penúltimo curso de la ESO. Ahí fue cuando Elena se dio cuenta por primera vez de que la gente cambia de color cuando te gusta: todos están ahí, en blanco y negro, iguales unos a otros, y de repente una persona empieza a colorearse y a brillar con más energía, y a veces quieres mirarle con más atención, a veces quieres apartar la vista, pero nunca te es indiferente. Mario Moreno Miras, que aquel año era el número veintidós en la lista de clase; Elena lo sabía porque escuchaba la letanía con atención cuando pasaban lista, o cuando el de inglés decía en público las notas de los exámenes, y al llegar a Mario suspiraba despacio del leve placer que le producía sólo escuchar su nombre. La triple eme de su inicial adquirió poderes casi mágicos, y aquel verano, mientras sólo podía soñar y preguntarse qué estaría haciendo Mario en sus vacaciones, Elena se rayó una M en la pierna con una horquilla de pelo, para que cuando la costra saliera y le diera el sol en la piscina se le formase una cicatriz que poder ver durante el invierno.

No es que fuera muy, muy guapo, pero tenía los ojos verdes y un cuerpo moreno y huesudo que cubría con enormes camisetas de baloncesto. Había conseguido combinar el éxito académico con el deportivo y le querían por igual los profesores y los alumnos. Se rapaba el pelo cada cierto tiempo y a Elena le encantaba mirarle en esos días, cuando los ojos enormes y la nariz adolescente y ganchuda le daban un aire vulnerable de prisionero de guerra.

Era incapaz de hacer nada por llamar su atención. Incapaz. Y no sólo porque supiera que no era muy guapa, con el pelo lacio y castaño, la frente demasiado ancha y las caderas redondas. Es que para ella no existían los pasos intermedios entre su mente y la realidad: le parecía que Mario tenía que darse cuenta sin su intervención, igual que ella se había dado cuenta de que le amaba: que sus sentimientos, tan puros y enérgicos como su determinación al herirse en el muslo con su nombre, tenían que atravesar el aire espeso del aula y llegar a la cabeza de Mario como por ensalmo. Así que suspiraba, y amaba, y escribía emes, y seguía amando y soñando con la veta secreta de virtudes que sabía que había debajo del aspecto tranquilo de Mario, y que sólo ella conseguiría sacar a la luz por completo.

Hizo algunos intentos tímidos. Muy tímidos. Le llamaba a casa con excusas del colegio, y cuando él le contaba algo que no fuera exclusivamente académico ella soñaba toda la noche con la intimidad que pensaba que construían. Era de los pocos que tenía internet en casa, así que le mandaba mails no muy largos y calculadamente ingeniosos, y después no era capaz de dirigirle la palabra en clase. Siempre había demasiada gente a su alrededor, así que ella pensaba en él muy fuerte y no decía nada.

Un día puso toda la carne en el asador y se le declaró por mail. No recuerda segundos más angustiosos que los que pasó un día después, entre la visión del correo en la bandeja de entrada y el tiempo que el maldito módem de 128 ks tardó en abrirlo. "Algo me imaginaba", decía él, y luego se excusaba diciendo que no sentía lo mismo, pero que podían ser amigos. A ella le sorprendió tan poco su respuesta que ni siquiera se esforzó por bajar la cabeza cuando se lo encontró al día siguiente en clase.

Ahora han pasado diez años y Mario tiene su número. Su Número. Se lo ha pedido voluntariamente; nadie le ha puesto una pistola en la cabeza. Pasa la primera mitad de la mañana y Elena sale con su amiga a tomar un café. No mira el móvil; es demasiado temprano, e imagina que le dará el toque justo antes de salir. La segunda parte de las conferencias se le hace un poco más pesada. Pone el móvil en vibración y se lo mete en el bolsillo. Lo mira a cada rato. Piensa que la tela del vestido es demasiado gruesa, así que lo mete entre la cadera y la goma de las bragas, en contacto con su piel.

Se lo imagina así: los dos van a comer juntos en una tasca con encanto que él conoce. Elena debería volver luego a las charlas, pero han pedido una botella de vino a medias y al final decide que se las va a saltar, por muy cara que le costara la matrícula. Mario la lleva a tomar café a alguna terraza soleada, luego pasean por el parque, recuerdan viejos tiempos, se ríen. Compran un litro en algún chino, se lo toman en el Retiro, se tumban muy juntos, vuelven a reírse. Él piensa que ella está muy guapa después de todos estos años y se lo dice. Le pasa la mano por la nuca despejada. Se besan. Ella llama a su amiga y le dice que no irá a dormir. Se despierta feliz y aturdida en un piso de Madrid que es cutre pero tiene encanto, y él le ha dejado preparado el desayuno antes de irse a trabajar.

Almuerza con su amiga cerca del museo, en un bar que pone menús a un precio medio decente.
- A lo mejor me llama para quedar por la tarde.
- A lo mejor no te llama.
- ¿Cómo no me va a llamar? Se le ocurrió a él, de verdad. Tú estabas allí. Yo no dije nada.
- Ya, sí, pero yo qué sé... igual tiene otros planes.
- Entonces, ¿para qué me iba a pedir el teléfono? Sería absurdo.

Van a una última charla, que a Elena le parece insoportablemente larga y tediosa, y después salen a dar una vuelta por las calles del centro. Su amiga vive en Madrid, así que le guía por algunas de las tiendas de moda, la lleva a una cafetería con encanto y le propone planes para la noche. Elena tiene el móvil en modo muy alto, pero se apaña para no mirarlo más de tres o cuatro veces cada hora. Los planes con Mario van cambiando. Todavía tienen tiempo para el café en la terracita. Todavía podrían ir al parque. Todavía podrían tomar cañas en algún bar del centro.
- ¿Vamos al concierto, entonces? - propone su amiga.

Elena duda, pero piensa que, a las malas, puede salir del concierto para coger el móvil, y luego dar alguna excusa y quedar con él en una parada de metro. Con el metro se llega a todas partes. Y tomar cerveza negra en algún irlandés, ¿le gustarán a Mario los irlandeses? Y después al piso cutre, mensajito al móvil de la amiga, igual él no trabaja mañana y pueden desayunar juntos en la mesa de la cocina, o incluso en la cama.

Van al concierto, el cantante es bueno y el móvil no suena. Se despierta en el piso de su amiga y desayunan cereales con chocolate delante de la tele.
****

Mario da unos pasos y vuelve la cabeza, justo a tiempo para ver entrar a Elena en el salón de actos. ¿Por qué he hecho esto? se pregunta. Qué absurdo. Tiene que dejar de ser amable por defecto. Le sale solo; será porque se ha acostumbrado a trabajar de cara al público y no sabe desperdiciar contactos ni ahorrar en amabilidad. Quedar para tomar una caña; vaya idea absurda. De qué van a hablar después de todos estos años. Además, ella está... bueno, está un poco gordita, sin ánimo de ofender. Tampoco es que antes fuera un pibón. Elenita, Elena... ¿cómo era su apellido?

Menea la cabeza, sin ganas siquiera de hacer el esfuerzo de borrar el número, y echa a andar hacia la cafetería. No le ha dado tiempo a desayunar en casa y tiene un montón de hambre.

domingo, 15 de enero de 2012

Exs (en realidad no sé si el plural se forma así)

Estamos en un banco cualquiera, en un barrio que desconozco y en una ciudad ajena, grande y fea. Yo me voy mañana y él lo sabe. Llevamos un rato paseando sin cogernos de la mano y charlando de cosas intrascendentes. Me explica el paisaje: por este parque salgo yo a correr a veces, en ese bar ceno cuando no me apetece cocinar, ese otro tiene wi-fi y me voy algunas noches con el portátil. Fuma distraído mientras camina. Fuma demasiado, de hecho, pero no seré yo quien se lo diga.

Entonces nos sentamos en un banco y él se me empieza a poner triste. Y no es por mí; yo no sé bien qué ha desencadenado esta tristeza, pero no soy yo. Me habla de que el tiempo pasa muy deprisa y de cómo se está yendo la gente de su lado. Me habla de su ex. Yo no me lo puedo creer: a ver, notas, me entran ganas de decirle. Que me voy mañana, que igual no te vuelvo a ver nunca (¿tú sabes la de tiempo que cabe en la palabra nunca?) y me estás hablando de tu ex. Vamos, no me jodas. Pero, de hecho, lo entiendo.

Los exs son una cosa inmensa y desoladora. Toda esa intimidad que se va, todos esos años que quieres creer que no están perdidos, pero que de alguna manera sí que lo están. El notas del banco también me enseñó fotos de esta ex de la que os hablo, de un viaje que habían hecho juntos unas navidades. Se les veía contentos. Recuerdo en concreto una autofoto de los dos en mitad de la calle y cómo eran sus sonrisas. No eran sonrisas de posado: eran como los restos de haberse estado riendo mucho, muchísimo, justo un segundo antes, reírse de verdad, de algo que les había hecho mucha mucha gracia, y por eso abrían los dientes más de la cuenta y les brillaban tanto los ojos. En esa foto, sólo en esa foto, cabía toda la desolación del banco. Porque ése es el tamaño de la pérdida: el tamaño de las sonrisas enormes que producen los chistes que sólo entendéis vosotros.

Los exs, además, se quedan solitos, a merced de la vida. O eso nos parece a veces. Les vemos sufrir de lejos, nos conmovemos y, al mismo tiempo, sabemos que no podemos hacer nada. No nos corresponde a nosotros. Pensamos en todo el amor que hemos puesto en ellos y que ahora no está en ninguna parte. No es que lo hayan tirado por el suelo, porque si son buenos exs van a honrarlo de alguna forma. Pero no se sabe qué hacer con él: se coloca en una esquina, o en un altillo, como las cosas que no utilizas pero no te atreves a tirar.

Es curioso cómo cambian los significados de las canciones en función de quién las escuche. La PK dice que la canción de "Tenía tanto que darte", la de Nena Daconte, le pone de buen humor, porque escuchó cómo en un bar una madre se la cantaba a su hija. Yo recuerdo la primera vez que la escuché. Era fin de año, cenaba en casa de mi tía la de Madrid y, como siempre, las navidades estaban llevando al límite a mi ya precario sistema nervioso. Nos tomamos las uvas y luego empezó el desfile de cantantes de moda por el programa de la tele, y apareció Mai Meneses con su vestidito popero y el guitarrista, que está cañón, en una esquina del escenario. Y esa canción, cojones, esa canción tan simple y tan ñoña y tan jodidamente desgarradora. Tenía tanto que darte. Tantas cosas que contarte. Tenía tanto amor guardado para ti. Y yo, que llevaba toda la noche resistiendo los embates del drama familiar, casi lloro escuchando aquello, porque era mi primera navidad sin J. y, joder, tenía tanto que darle. Le había guardado tanto amor, siempre.

Por eso, notas del banco, no es bonito que me hables de tu ex, no es elegante, pero te entiendo. Entiendo que la eches de menos y que mires con cariño las fotos donde ella observaba el mar, profunda y distraída. Que sufras porque ella sufre. Yo sufro también cuando J. me dice desde el otro lado del Skype que no se encuentra bien, y extiendo la mano hacia la pantalla y acaricio su imagen pixelada: verídico, muevo los dedos de abajo arriba mientras hago con la lengua un ruidito que él me hacía a veces por las noches para que me durmiera. Un tch tch consolador.

Hoy le comentaba a Rorschach su último post y él me hablaba de cuando un ex es Tu Ex, no necesariamente tu última pareja, pero sí esa persona que siempre te va a poner un poco la carne de gallina cuando la veas por casualidad al otro lado de la calle. MQEN es mi ex y es mi amigo. J., de momento, es Mi Ex. No sé si dentro de unos cuantos maromos seguirá siendo mi Ex, con mayúsculas, ese ex que siempre te toca un punto débil del corazón y de la memoria. No sé si el del banco seguirá teniendo clavada para siempre entre los ojos a la chica de la sonrisa gigante. Es tremendo que vayan a seguir ahí, vetados y confusos, reteniendo entre sus dedos nuestro cariño y nuestros recuerdos. Siempre nos va a faltar más de lo que tenemos.

Y, sin embargo, ahí seguimos. Intentándolo otras veces, como si compensara. Olvidando de manera conveniente y selectiva, arriesgándonos como gilipollas. Sin asumir que, como decía Neruda, es tan corto el amor y es tan largo el olvido. O que, como decía mi amiga Eire, los novios son pasajeros, pero los exs son para siempre.

sábado, 14 de enero de 2012

Sueños

En días como estos, cuando mi vida se pone en pause y está muy alejada de lo que quiero que sea, intento soñar. Para que no se me paralice la imaginación y seguir sintiendo que me muevo. No soy muy soñadora: procuro centrarme en la realidad que tengo aquí y ahora. Pero a veces ejercito la capacidad para que no se me oxide, temiendo que a lo mejor, si no imagino suficiente, no podré seguir creando el espacio para que sucedan cosas buenas.

Sueño con escalar. Con escalar Muy Bien. No por ego ni por nada, sino porque convertirme en una persona que escala ya era para mí bastante increíble, pero convertirme en una persona que escala bien, que puede agarrarse de regletas estrechísimas y trepar por desplomes desafiando a la gravedad, me parece brutal y fascinante, y me encantaría ser esa persona. También sueño con la naturaleza salvaje. No sólo quiero escalar. Querría hacer rutas largas, dormir al raso, subir a cumbres, ver paisajes que poca gente haya llegado a ver, trepar grandes paredes. Son sueños lejanos, sobre todo desde esta islita de luz donde vivo ahora y que tiene la montaña más cercana a hora y media, pero supongo que no del todo imposibles. Me preocupan mis rodillas, eso sí, y mi reciente tendencia al descalabro. Pero lo sueño.

Sueño con vivir de escribir. No de escribir bien, sino de escribir simplemente. Si a mí me pagaran, digamos, a doce euros la hora, sin importar qué clase de material basuril saliera de allí, firmaría hoy. Una especie de oficinismo de la escritura. La idea de tener éxito con una novela no me atrae tanto; me parece que debe de dar muchos quebraderos de cabeza. En "La velocidad de la luz", Javier Cercas dice de su protagonista algo como "no quería escribir una novela, sino haber escrito una novela". A mí me pasa al revés. Me gusta el proceso, pero me da un miedo tremendo qué pasará cuando acabe. Igual no es más que miedo al fracaso.

Sueño con una vida totalmente distinta a la que llevo. Con ser una de esas personas que lo dejan todo y se van, por ejemplo, a un cortijo en La Alpujarra, como el de "Entre limones". Me gustaría muchísimo vivir en el campo algún tiempo. En el campo campo, así profundo y verdadero, aunque fuera incómodo y pasara frío. Me gustaría, como dijo una vez una señora cántabra que nos encontramos J. y yo yendo de ruta, "entrar en casa, encender la chimenea y que nieve todo lo que quiera".

Sueño con vivir en Estados Unidos, y a veces pienso que es porque, de tanto ver pelis sobre aquello y leer libros sobre aquello, tengo la idea de que si viajo allí entraré en una realidad paralela donde cambiará la consistencia del aire y mi vida será distinta. Pero quiero pisar la tierra de Auster, Capote, Faulkner, Irving, Dorothy Parker, Steinbeck, Carver, Flannery O'Connor, Hemingway, A.M. Homes y tantos otros. Quiero visitar Nueva York, San Francisco, Nuevo Mexico, Seattle... y también los grandes bosques, el Middle West, el Gran Cañón, Yosemite.

(Por cierto, tengo controlados a mis dos lectores americanos más asiduos: Ángel, desde Seattle, y Neikos, desde Chicago, pero hay alguien en California que me lee más que ellos dos juntos y tengo mucha curiosidad. Lector/a californiano/a: cuando te apetezca, me encantaría saber de ti)

Sueño con tener una familia mía. Me imagino con al menos tres niños, para que tengan opciones cuando se mosqueen unos con otros. Ningún perro: no me gustan los perros, pero sí un par de gatos caseros y mimosos. Y con ese chico inexistente que, sin embargo, sé que existe en algún lugar, pero que me preocupa que esté demasiado lejos o un poco distraído. Al principio será perfecto y después irá mostrando sus defectos, como todos, pero me conformaría con que después de X años de convivir conmigo, con los tres niños y los dos gatos, todavía tengamos de qué hablar siempre y siga haciéndome reír. Y con que si le veo acercarse después de haberse ido, por ejemplo al volver del baño en un bar, o cuando venga de trabajar al mediodía, yo siga asombrándome un poco de que esté conmigo.

Y éstos son un poco mis sueños, tal día como hoy. Algunos son potencialmente alcanzables: con las paredes, por ejemplo, todo es ponerse. Otros ya dependen un poco del destino. Pero ya sabéis: yo, el optimismo, la fe absurda. Somos todo uno.

jueves, 12 de enero de 2012

Accidente

¿Qué piensa tu cerebro cuando te caes de la moto? Hay un momento en que te das cuenta de que te vas a caer. No ha sucedido aún, pero ya has perdido el equilibrio, las ruedas han resbalado y tú lo sabes. Y encima sabes que te caes porque ibas rápido. Con prisas. Así que en el segundo que dura la caída a ti te da tiempo a pensar que eres gilipollas y que ya te vale coger así la curva. Te invade un sentimiento de inevitabilidad, de "lo sabía, Marina, lo sabía, si es que vas como las locas". La sensación es rara: la moto, que era una cosa estable entre tus piernas, de repente se escurre y cae pesadamente detrás de ti, como un animal abatido. Y tú te chocas contra el suelo. Y duele.

Entonces, rápidamente, tu cerebro se ajusta. Ya no hay trabajo al que llegar ni autobuses que coger, nada: ahora tu prioridad es curarte las heridas. Empiezas a procesar las señales de dolor, y en realidad no crees que te hayas hecho mucho daño, porque es difícil pensar que tu cuerpo, que hace unos segundos estaba estupendamente, ahora pueda haber cambiado: que lo que estaba entero pueda haberse roto. Te miras y ves sangre y los pantalones rotos, y piensas "mierda, mis vaqueros nuevos", y la sangre es rara, ahí tan súbita y roja, tan gratuita.

Esta mañana me he puesto a llorar nada más caerme y no he parado hasta que, una hora después, el traumatólogo de guardia me ha dicho que no tenía nada roto. Lloraba en el Campo del Sur, esperando al taxi; lloraba en el taxi, mientras el conductor me consolaba contándome que él también se había caído y que "todos los moteros nos caemos, antes o después". Lloraba en urgencias mientras le mandaba whatsapp autocompasivos al Kpot, que estaba en El Chorro. Debía de dar mucha pena yo ahí solita, con los vaqueros rotos y llenos de sangre, con el abrigo en la mano y la bufanda arrastrando de camino al triaje.

Si lo pienso ahora, no sé exactamente por qué lloraba. Me dolía, sí, pero no era eso. Yo aguanto bien el dolor. Cuando estuve haciéndome las limpiezas faciales del Averno en Granada, la tía me tenía hora y media torturándome encima de una camilla y yo no movía un músculo. Puedo sentarme a meditar y no moverme en una hora aunque la espalda me esté haciendo polvo. Creo que lloraba porque estaba asustada y sola y desconcertada, y sobre todo lloraba porque pensaba que si me había partido algo, no iba a poder escalar en un montón de tiempo. Llamadme idiota.

Per no era sólo eso, no sé. Eran más cosas. Como si todo lo que me da pena de la vida y de mí misma se hubiera condensado al mismo tiempo en mis rótulas. Se pone uno blandito cuando se hace daño. Esta percepción repentina de la propia fragilidad, y darte cuenta de pronto de que necesitas que alguien te cuide.

Ha venido a rescatarme el MIR, que estaba saliente de guardia en Puerto Real. Me ha recogido en el coche y me ha dado abracitos: "ya está, PIR, ya está, no llores", me ha llevado a casa y ha traído mi moto a la puerta. He tenido todo el día una sensación rara de irrealidad y penita, como si me hubieran dado una paliza, toda autocompasiva y blanda. La gente me llamaba y me escribía y yo sólo podía decir algo como "qué ratito más malo he pasado, joder".

En el libro de "Quién vive, quién muere y por qué" el autor decía algo como que los accidentes tienen que ocurrir y ocurrirán siempre con una probabilidad constante, porque son una propiedad del sistema al que pertenecen. Lo importante es que no te ocurran a ti. Así que acepto que lo de hoy haya pasado, pero no olvido que es una manera como cualquier otra que tiene la vida para darme un toque. Que se resume en: céntrate, Marina. Presta atención. Cuida de ti misma, que necesitas tu cuerpo para trabajar, amar, meditar y escalar, no necesariamente por ese orden. Y hazme el favor de salir con tiempo, que vas siempre con la hora pegada al culo.