No te has enterado de nada, le dice en silencio mientras la mira dormir, sentado en el borde de la cama. Ella se ha acurrucado en el sofa vestida con una camiseta de tirantes demasiado grande, y no se ha dado cuenta de que la sábana que le tapa medio cuerpo es en realidad una bajera. Él se levanta, se acerca a la cocina, come un poco de queso y bebe agua directamente del grifo. No te has enterado, piensa, enfadado, y después vuelve a su cama a mirar cómo duerme, lo abandonada que está en el territorio que escogió al llegar a casa para dejar muy clara la frontera entre los dos.
No te has enterado de nada, repite, porque no sabes que no hacían falta las fronteras. Porque cuando te piense después de esta noche, lo que recuerde no será tu vientre desnudo, ni la curva de tus caderas moviéndose sobre las mías. Será esta versión de ti, tumbada en el sofá de una ciudad desconocida, con el hombro descubierto brillando bajo la luz de las farolas. Será la soledad que te empeñas en escoger una y otra vez. Será la idea de que seguro que tienes fría la piel que no te tapan las sábanas. Y serán estas ganas que voy a tener siempre de abrazarte fuerte, protegerte del mundo y consolarte de algo. Ni siquiera sé muy bien de qué.
miércoles, 16 de enero de 2013
martes, 15 de enero de 2013
Las lesiones hacen hogar
Soy una capulla que no calienta bien y que se pone a escalar un bloque duro en una sala de Leganés cuando sus músculos tienen la misma consistencia que una piedra. Y como soy una capulla, subo mucho los pies, bloqueo a muerte para alcanzar la siguiente presa y el brazo derecho me da un latigazo. Pero bueno, eso no es lo peor. Eso le podría pasar a cualquiera. Lo peor, me temo, son las dos horas que paso escalando después, frotándome a ratos el deltoides y pensando que si me concentro lo suficiente, el dolor desaparecerá.
Por la noche me pongo hielo un rato, y después hago un mejunje con todas las pomadas antiinflamatorias que tengo en la mesilla de noche y me masajeo. Quiero entrenar mañana en mi roco nuevo y quiero escalar con el Chaval Muy Mono *
Por la mañana no es que no pueda escalar, sino que apenas puedo alzar el brazo por encima del hombro. Me paso todo el día cabreada y sintiéndome como una minusválida. Luego tengo a una paciente a la que le han quitado un pulmón y claro, en la competición de quién está más fastidiado por su organismo, me deja por los suelos.
El cuerpo. Qué cosas. Desde que trabajo en muertelandia, me estoy precipitando cuesta abajo hacia la hipocondría. Cuando el cuerpo te falla y se interpone entre tu mente y el mundo, te jode. Joden un brazo dolorido y un pulmón de menos y, por supuesto, jode un tumor creciendo de forma maligna en tu organismo sin que puedas hacer nada para remediarlo.
Hoy iba caminando por la calle y he sentido una gran compasión por mi cuerpo. Por mis músculos, mis huesos, mis órganos. Veintisiete años trabajando a todo gas para mantenerme viva. Está mi piel defectuosa (que, por cierto, va mucho mejor gracias al Roacután, viva y bravo), mis rodillas doloridas, mi estómago barrita hormigonera. Mis ovarios poliquísticos, los callos de las manos, las no arrugas de la cara. Las huellas de pasar por este mundo siendo un poco lista y un poquitín torpe. Siento penita por mi cuerpo porque al final acabará por perder la partida. Está ahí, luchando como un loco contra el tiempo, y no sé si sabe que el tiempo gana siempre, sin importar la ventaja que te deje.
Pero bueno. Lo importante no es eso. Lo importante es que esta noche me dolía mucho menos que por la mañana, que ahora estoy en medio de otra sesión de hielo y pomadas y que, si todo va bien, en breve nada se interpondrá entre mi cabeza escaladora y las estupendas paredes de resina de mi roco nuevo (por no hablar de los ojos de Chaval Muy Mono, que son una cosa rara entre azules y grises y que le brillan cuando sonríe).
*Escribir con mini letra es mi última táctica para que el blog no me gafe los maromos. Habil, ¿eh?
Por la noche me pongo hielo un rato, y después hago un mejunje con todas las pomadas antiinflamatorias que tengo en la mesilla de noche y me masajeo. Quiero entrenar mañana en mi roco nuevo y quiero escalar con el Chaval Muy Mono *
Por la mañana no es que no pueda escalar, sino que apenas puedo alzar el brazo por encima del hombro. Me paso todo el día cabreada y sintiéndome como una minusválida. Luego tengo a una paciente a la que le han quitado un pulmón y claro, en la competición de quién está más fastidiado por su organismo, me deja por los suelos.
El cuerpo. Qué cosas. Desde que trabajo en muertelandia, me estoy precipitando cuesta abajo hacia la hipocondría. Cuando el cuerpo te falla y se interpone entre tu mente y el mundo, te jode. Joden un brazo dolorido y un pulmón de menos y, por supuesto, jode un tumor creciendo de forma maligna en tu organismo sin que puedas hacer nada para remediarlo.
Hoy iba caminando por la calle y he sentido una gran compasión por mi cuerpo. Por mis músculos, mis huesos, mis órganos. Veintisiete años trabajando a todo gas para mantenerme viva. Está mi piel defectuosa (que, por cierto, va mucho mejor gracias al Roacután, viva y bravo), mis rodillas doloridas, mi estómago barrita hormigonera. Mis ovarios poliquísticos, los callos de las manos, las no arrugas de la cara. Las huellas de pasar por este mundo siendo un poco lista y un poquitín torpe. Siento penita por mi cuerpo porque al final acabará por perder la partida. Está ahí, luchando como un loco contra el tiempo, y no sé si sabe que el tiempo gana siempre, sin importar la ventaja que te deje.
Pero bueno. Lo importante no es eso. Lo importante es que esta noche me dolía mucho menos que por la mañana, que ahora estoy en medio de otra sesión de hielo y pomadas y que, si todo va bien, en breve nada se interpondrá entre mi cabeza escaladora y las estupendas paredes de resina de mi roco nuevo (por no hablar de los ojos de Chaval Muy Mono, que son una cosa rara entre azules y grises y que le brillan cuando sonríe).
*Escribir con mini letra es mi última táctica para que el blog no me gafe los maromos. Habil, ¿eh?
domingo, 13 de enero de 2013
Aterrizando, pero esta vez ya de verdad
Cuando te mudas mucho, empiezas a aprender que las casas son como las personas: no hay ninguna perfecta, así que aprovecha las ventajas de la que tienes en cada momento y trata de ignorar los pequeños defectos.
Ya estoy en mi nueva casa, en el centro de Lavapiés. Es un quinto sin ascensor, así que de aquí a agosto voy a tener un culo para partir nueces. Está a diez minutos de mi roco nuevo y a dos de la parada de metro. Tiene vigas en el techo, una estantería llena de plantas y una espaldera para estirarse en una de las paredes.
Me va a gustar mi cuarto, que da a tejados. Todas las casas en las que he sido feliz últimamente han dado a tejados: la última de Granada y las dos de Cádiz. Me encanta el paisaje de tejas frente a mis ojos e imaginarme a seres traslúcidos que se sientan en ellas con las piernas colgando. Me va a gustar tener cama de matrimonio, que siempre esconde la posibilidad de que quepan dos, y mi enorme armario con hueco para guardar mi desorden sin que se vea. Me van a gustar las dos gatas, Mía y Musa, y la calefacción central, y el suelo de parqué.
Nunca pensé que viviría en Madrid, le digo a Cris poco después de llegar, mientras ordeno por trigésimo octava vez en mi vida el contenido de las cajas. ¿Y eso? pregunta ella. Pues no sé, contesto; supongo que llegó un punto en el que creí que me quedaría siempre en el sur. Es raro: por una parte Cádiz está muy reciente, a la vuelta de la esquina del pasado, y también planea sobre un futuro feliz y luminoso de aquí a ocho meses. Por otra parte, desde que llegué el martes todo esto me ha absorbido, y mi presente inmediato es muy Madrid, y eso me gusta. Estoy aquí sentada en pijama y me encanta la sensación de tener un hueco en esta ciudad invivible.
Cuántas ciudades ya. Cuántas maletas. Y qué bonita la oportunidad de descubrir una nueva. De cruzar la frontera entre un turista y una persona que tiene un hogar bajo uno de esos tejados. De conocer despacio y desde abajo otra manera de estar en el mundo.
Hoy sí, hoy ya va en serio. Hoy inauguramos oficialmente Madrid.
Que tengáis un feliz lunes.
Ya estoy en mi nueva casa, en el centro de Lavapiés. Es un quinto sin ascensor, así que de aquí a agosto voy a tener un culo para partir nueces. Está a diez minutos de mi roco nuevo y a dos de la parada de metro. Tiene vigas en el techo, una estantería llena de plantas y una espaldera para estirarse en una de las paredes.
Me va a gustar mi cuarto, que da a tejados. Todas las casas en las que he sido feliz últimamente han dado a tejados: la última de Granada y las dos de Cádiz. Me encanta el paisaje de tejas frente a mis ojos e imaginarme a seres traslúcidos que se sientan en ellas con las piernas colgando. Me va a gustar tener cama de matrimonio, que siempre esconde la posibilidad de que quepan dos, y mi enorme armario con hueco para guardar mi desorden sin que se vea. Me van a gustar las dos gatas, Mía y Musa, y la calefacción central, y el suelo de parqué.
Nunca pensé que viviría en Madrid, le digo a Cris poco después de llegar, mientras ordeno por trigésimo octava vez en mi vida el contenido de las cajas. ¿Y eso? pregunta ella. Pues no sé, contesto; supongo que llegó un punto en el que creí que me quedaría siempre en el sur. Es raro: por una parte Cádiz está muy reciente, a la vuelta de la esquina del pasado, y también planea sobre un futuro feliz y luminoso de aquí a ocho meses. Por otra parte, desde que llegué el martes todo esto me ha absorbido, y mi presente inmediato es muy Madrid, y eso me gusta. Estoy aquí sentada en pijama y me encanta la sensación de tener un hueco en esta ciudad invivible.
Cuántas ciudades ya. Cuántas maletas. Y qué bonita la oportunidad de descubrir una nueva. De cruzar la frontera entre un turista y una persona que tiene un hogar bajo uno de esos tejados. De conocer despacio y desde abajo otra manera de estar en el mundo.
Hoy sí, hoy ya va en serio. Hoy inauguramos oficialmente Madrid.
Que tengáis un feliz lunes.
viernes, 11 de enero de 2013
Viernes
Este mediodía iba yo caminando junto a las Cuatro Torres y pensaba que me gusta Madrid. Imagino que cinco días aquí no son suficientes para hacer un juicio como ese, pero lo he pensado. Es curioso cómo el estado de ánimo inluye en lo que nos rodea. Las grandes ciudades siempre me han angustiado; las veía enormes y hostiles. Como últimamente, sin embargo, vivo en el país de la piruleta, no me siento amenazada por Madrid. Pienso que a mí me gusta la gente y aquí hay mucha, y que me gustan los detalles y aquí hay muchos también.Tiene uno la sensación de que está en el cogollo, de que aquí pasan cosas.
Ayer me apunté al roco, viva y bravo. Mi roco nuevo es fabuloso. Es gigante y tiene varias salas de distinto tipo, con presas sobre un plafón que imita a la roca. Me he unido a un grupo de entrenamiento dirigido, con el loable fin de ponerme fuerte como un limón salvaje, y ayer di mi primera clase. Al principio estaba de los nervios, como si se me hubiera olvidado escalar de un día para otro. Después resultó que hice un papel bastante digno, encadenando a la primera varios bloques de una compe que celebraron hace poco. Estoy más fuerte de lo que pensaba. Lo mejor, sin embago, fue encontrarme al final de la clase exclamando los mismos "vamos, bicho" que en Cádiz y discutiendo dónde íbamos a ir a escalar en cuanto den bueno.
Creo que lo voy a pasar muy bien aquí.
La muerte la voy llevando. Aún es pronto para hablar de eso. Ésta es la vez de toda la residencia que más rechazo estoy sintiendo hacia enfrentarme al sufrimiento ajeno. Normalmente no me da miedo, pero a ratos pienso que esto me viene un poco grande. He pasado la mañana a medias entrando con mi adjunta y a medias leyendo el capítulo sobre paliativos de un libro sobre psicooncología, tratando de reunir el valor para visitar a mi paciente la semana que viene. La situación de tener que acompañar a alguien a la muerte me parece todavía demasiado fuerte y surrealista, y creo que algo dentro de mí se rebela frente a ella. Aun así, no me va a quedar más remedio que agarrarme los machos y tirar adelante. Porque a veces pienso que quién me manda a mí meterme en esto. Y la mayoría de las veces contesto que bueno, que alguien tiene que hacerlo.
Aun así, curiosamente, esta profesión sigue haciéndome regalos. Ayer pensé en no ir al roco. Estaba cansada y casi decido dejarlo para la semana que viene. Después me dije que estoy viva y sana, y que si puedo escalar hoy, por qué no hacerlo. Pensé en todos los pacientes a los que he visto esta semana, y que no pueden ir a un roco porque están enfermos o doloridos o tristes. Pensé que mañana podría estar demasiado lejos, y que cada segundo que pasamos sobre la tierra es tan, pero tan precioso. Y me fui al roco, y lo pasé genial.
Me estoy dando cuenta de que una buena vida, en realidad, tiene que ver con prepararse bien para la muerte. Con vivir cada momento planteándonos si esa decisión nos hará estar más o menos en paz con la vida cuando nos toque irnos.
[Estamos apañados. Lo que le faltaba a mi cansina felicidad es el contacto diario con la muerte. Ya os podéis ir preparando para meses y meses de "oh-Dios-estar-vivo-es-la-ostia". Os pido disculpas de antemano.]
Este post se parece a las entradas de mi diario cuando tenía quince años, pero no doy para mucho más. Tengo el cerebro agotado de procesar información nueva y me quiero ir a dormir. Os veo en breve. Os quiero.
Ayer me apunté al roco, viva y bravo. Mi roco nuevo es fabuloso. Es gigante y tiene varias salas de distinto tipo, con presas sobre un plafón que imita a la roca. Me he unido a un grupo de entrenamiento dirigido, con el loable fin de ponerme fuerte como un limón salvaje, y ayer di mi primera clase. Al principio estaba de los nervios, como si se me hubiera olvidado escalar de un día para otro. Después resultó que hice un papel bastante digno, encadenando a la primera varios bloques de una compe que celebraron hace poco. Estoy más fuerte de lo que pensaba. Lo mejor, sin embago, fue encontrarme al final de la clase exclamando los mismos "vamos, bicho" que en Cádiz y discutiendo dónde íbamos a ir a escalar en cuanto den bueno.
Creo que lo voy a pasar muy bien aquí.
La muerte la voy llevando. Aún es pronto para hablar de eso. Ésta es la vez de toda la residencia que más rechazo estoy sintiendo hacia enfrentarme al sufrimiento ajeno. Normalmente no me da miedo, pero a ratos pienso que esto me viene un poco grande. He pasado la mañana a medias entrando con mi adjunta y a medias leyendo el capítulo sobre paliativos de un libro sobre psicooncología, tratando de reunir el valor para visitar a mi paciente la semana que viene. La situación de tener que acompañar a alguien a la muerte me parece todavía demasiado fuerte y surrealista, y creo que algo dentro de mí se rebela frente a ella. Aun así, no me va a quedar más remedio que agarrarme los machos y tirar adelante. Porque a veces pienso que quién me manda a mí meterme en esto. Y la mayoría de las veces contesto que bueno, que alguien tiene que hacerlo.
Aun así, curiosamente, esta profesión sigue haciéndome regalos. Ayer pensé en no ir al roco. Estaba cansada y casi decido dejarlo para la semana que viene. Después me dije que estoy viva y sana, y que si puedo escalar hoy, por qué no hacerlo. Pensé en todos los pacientes a los que he visto esta semana, y que no pueden ir a un roco porque están enfermos o doloridos o tristes. Pensé que mañana podría estar demasiado lejos, y que cada segundo que pasamos sobre la tierra es tan, pero tan precioso. Y me fui al roco, y lo pasé genial.
Me estoy dando cuenta de que una buena vida, en realidad, tiene que ver con prepararse bien para la muerte. Con vivir cada momento planteándonos si esa decisión nos hará estar más o menos en paz con la vida cuando nos toque irnos.
[Estamos apañados. Lo que le faltaba a mi cansina felicidad es el contacto diario con la muerte. Ya os podéis ir preparando para meses y meses de "oh-Dios-estar-vivo-es-la-ostia". Os pido disculpas de antemano.]
Este post se parece a las entradas de mi diario cuando tenía quince años, pero no doy para mucho más. Tengo el cerebro agotado de procesar información nueva y me quiero ir a dormir. Os veo en breve. Os quiero.
miércoles, 9 de enero de 2013
Madrid y la muerte
Estoy sentada en el escritorio de la habitación de mi primo, en Coslada. Al otro lado de la pared escucho cómo mis tíos agitan los dados en los cubiletes del parchís mientras ven Puenteviejo. Todavía no he podido mudarme al piso de Lavapiés, así que estoy aquí de refugiada política. Aunque tardo hora y media en llegar al curro, mi tía es amor, me hace lentejas y lava el olor a humedad gaditana de toda la ropa que traigo.
Me resulta complicado escribir hoy. Hay tantos datos nuevos en mi cerebro que no sé por dónde empezar. Quizá deba hacerme caso a mí misma y utilizar los detalles para ver hasta dónde me llevan.
Son las nueve de la mañana y estoy en la estación de Chamartín. Hoy entro más tarde, pero a partir de mañana tendré que salir de casa a las siete menos cuarto. El termómetro marca menos tres grados y las Cuatro Torres se pierden en la niebla. Yo salgo de la estación y bajo unas escaleras para cruzar bajo una carretera enorme. Llevo en la mano un café con leche de la enésima franquicia madrileña y me lo voy bebiendo a sorbitos.
En ese momento, tengo una revelación: voy a trabajar con personas con cáncer. CÁNCER. No sé si había contado eso aquí. En la rotación que estoy haciendo ahora te asignan a un dispositivo dentro del hospital, y a mí me ha tocado psicooncología y dolor crónico. En princpio, ni me iba ni me venía; pensé que aprendería de cualquier lugar. Pero hoy he caído en la cuenta.
Gente con cáncer. Gente que igual se muere. Me he dicho: a ver, Marina, si tú te encariñas con un apio, qué cojones piensas hacer cuando tus pacientes empiecen a palmar. Luego he pensado: bueno, no se morirán tanto. Seguro que la mayoría sobrevive. La lucha contra el cáncer, los avances de la ciencia y tal.
A última hora, ya me habían asignado a mi primer paciente y, adivinad qué: se está muriendo.
Íbamos con la psiquiatra por las habitaciones y nos presentaba a los pacientes que íbamos a tener cada uno. Y yo, que ya sabía que el mío se estaba muriendo, pensaba cada vez "por favor, que no sea éste, que es muy joven, que parece agradable, que me cae muy bien".
A la salida del hospital, miraba otra vez las torres. Pensaba que son grandiosas. Realmente grandiosas. Te pueden gustar o no, pero nada puede negar el hecho de que los humanos han conseguido apilar uno sobre otro un montón de pisos hasta llegar casi a los 250 metros. Un cuarto de kilómetro en vertical. Pensaba en mi paciente y en la putada que tiene que ser saber que te vas en breve y que te vas a perder todo esto. Toda esta locura humana tan absurda y tan bella.
Las torres, la niebla, los menos tres grados bajo cero. El café caliente entre las manos, los cientos de coches cruzando las calles, la cara de la dependienta del Rodilla cuando te tiende un sandwich de pan integral y pavo. Las lentejas de mi tía, el parchís, caminar con calcetines sobre el parqué templado sabiendo que fuera hace frío. Escribir, leer, escalar, los amigos, los abrazos, los besos, las celivibraciones y las vibraciones obscenas. Todo eso se queda y tú te vas.
Sé que no es un buen primer post madrileño. Podría escribir con más ánimos sobre las miles de horas de transporte público que me estoy chupando, mis complejos andaluces y mi miedo a que empiecen a llamarme "la Juani" o lo mucho que echo de menos los molletes con tomate, pero hoy mi verdad es esa. Ya llegará la alegría, porque siempre llega, pero hoy Madrid es Madrid y la muerte, y no puedo ni quiero hacer nada para esconderos eso.
Me resulta complicado escribir hoy. Hay tantos datos nuevos en mi cerebro que no sé por dónde empezar. Quizá deba hacerme caso a mí misma y utilizar los detalles para ver hasta dónde me llevan.
Son las nueve de la mañana y estoy en la estación de Chamartín. Hoy entro más tarde, pero a partir de mañana tendré que salir de casa a las siete menos cuarto. El termómetro marca menos tres grados y las Cuatro Torres se pierden en la niebla. Yo salgo de la estación y bajo unas escaleras para cruzar bajo una carretera enorme. Llevo en la mano un café con leche de la enésima franquicia madrileña y me lo voy bebiendo a sorbitos.
En ese momento, tengo una revelación: voy a trabajar con personas con cáncer. CÁNCER. No sé si había contado eso aquí. En la rotación que estoy haciendo ahora te asignan a un dispositivo dentro del hospital, y a mí me ha tocado psicooncología y dolor crónico. En princpio, ni me iba ni me venía; pensé que aprendería de cualquier lugar. Pero hoy he caído en la cuenta.
Gente con cáncer. Gente que igual se muere. Me he dicho: a ver, Marina, si tú te encariñas con un apio, qué cojones piensas hacer cuando tus pacientes empiecen a palmar. Luego he pensado: bueno, no se morirán tanto. Seguro que la mayoría sobrevive. La lucha contra el cáncer, los avances de la ciencia y tal.
A última hora, ya me habían asignado a mi primer paciente y, adivinad qué: se está muriendo.
Íbamos con la psiquiatra por las habitaciones y nos presentaba a los pacientes que íbamos a tener cada uno. Y yo, que ya sabía que el mío se estaba muriendo, pensaba cada vez "por favor, que no sea éste, que es muy joven, que parece agradable, que me cae muy bien".
A la salida del hospital, miraba otra vez las torres. Pensaba que son grandiosas. Realmente grandiosas. Te pueden gustar o no, pero nada puede negar el hecho de que los humanos han conseguido apilar uno sobre otro un montón de pisos hasta llegar casi a los 250 metros. Un cuarto de kilómetro en vertical. Pensaba en mi paciente y en la putada que tiene que ser saber que te vas en breve y que te vas a perder todo esto. Toda esta locura humana tan absurda y tan bella.
Las torres, la niebla, los menos tres grados bajo cero. El café caliente entre las manos, los cientos de coches cruzando las calles, la cara de la dependienta del Rodilla cuando te tiende un sandwich de pan integral y pavo. Las lentejas de mi tía, el parchís, caminar con calcetines sobre el parqué templado sabiendo que fuera hace frío. Escribir, leer, escalar, los amigos, los abrazos, los besos, las celivibraciones y las vibraciones obscenas. Todo eso se queda y tú te vas.
Sé que no es un buen primer post madrileño. Podría escribir con más ánimos sobre las miles de horas de transporte público que me estoy chupando, mis complejos andaluces y mi miedo a que empiecen a llamarme "la Juani" o lo mucho que echo de menos los molletes con tomate, pero hoy mi verdad es esa. Ya llegará la alegría, porque siempre llega, pero hoy Madrid es Madrid y la muerte, y no puedo ni quiero hacer nada para esconderos eso.
martes, 8 de enero de 2013
Aterrizando
Demasiado cansada para escribir.
Madrid bien.
Nostalgia gaditana en niveles máximos a las nueve y media de la mañana con tres grados bajo cero.
La rotación tiene una pinta alucinante.
Mañana más.
(¿Me echáis de menos? Últimamente paro mucho en twitter: @marinalunes Pero tranquilidad en las masas, que no voy a ser una de esas que abandonan su blog por twitter. Blog forever.)
Madrid bien.
Nostalgia gaditana en niveles máximos a las nueve y media de la mañana con tres grados bajo cero.
La rotación tiene una pinta alucinante.
Mañana más.
(¿Me echáis de menos? Últimamente paro mucho en twitter: @marinalunes Pero tranquilidad en las masas, que no voy a ser una de esas que abandonan su blog por twitter. Blog forever.)
lunes, 7 de enero de 2013
La de Zuckerberg
Yo tendría que estar escribiendo una entrada mortal de conmovedora sobre dejar Cádiz, la luz blanca que baña los edificios y lo mucho que voy a llorar cuando la gente a mi alrededor no diga "pisha". En lugar de eso, estoy haciendo la de Zuckerberg, a saber: me he puesto frente al ordenador con una cafetera y medio roscón de reyes y A DIOS PONGO POR TESTIGO de que no me levantaré de aquí hasta que no tenga lista Psicosupervivencia.
Así que hoy el cafelito os lo tomáis allí ;)
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