Como no le he contado a Pablo que estoy publicando aquí, puedo escribir sobre él de forma medio escondida, casi secreta, y decir que es fantástico sin sentir que le estoy haciendo la pelota. Así que hoy os voy a contar la verdadera razón de por qué conocí a Pablo. Esto es un secreto, que conste, porque yo siempre me posiciono en contra de la ley de la atracción y de las creencias pseudomágicas. Pero he aquí lo que me pasó a mí:
Hace ahora dos años y cuatro meses, fui de viaje a EEUU. El primer fin de semana que pasé allí, Pablo y Jenna me invitaron a ir con ellos de Camping a Shelf Road. Alquilé en el REI (una especie de Decathlon extremadamente profesional) un saco de dormir, pero no quedaban de mujer y me dieron de hombre. Pablo y Jenna me prestaron una tienda para que durmiera y yo me metí en mi saco de hombre, que era demasiado grande y fino para mí. Me congelé de frío toda la noche. Recuerdo aquella noche como una de las más solitarias de mi vida. Era la metáfora perfecta: estaba muerta de frío y no podía hacer nada para escapar.
Al día siguiente, mientras caminábamos hacia el sector de escalada, tuve un pensamiento alto y claro. Me dirigí al hombre de mi vida, ese que yo sabía que estaba en alguna parte, y le dije: "Ya me he hartado de esperarte. Te necesito ahora. Ven ya, por favor".
Y una semana después, conocí a Pablo.
Curioso, ¿no?
Probablemente fue casualidad. Pero quién sabe si de mi frío y mi soledad, y de todos esos años que pasé tratando de ser mejor persona para merecerme a mi chico cuando llegara, surgió un único pensamiento, poderoso cual patronus de Harry Potter, que convocó a Pablo desde un remoto rincón del sur de Colorado.
Eso era lo que quería contaros hoy.
Posdata: tengo escrito un post sobre esa noche, pero no me apetece enlazarlo. Lo podéis buscar en los archivos si os apetece, o en google; creo que se titula "todos los fríos el frío".
Posdata 2: sí, es probable que haya tardado más en escribir la posdata que en enlazar el post.
lunes, 14 de septiembre de 2015
miércoles, 9 de septiembre de 2015
Nicole Arbour y "Dear fat people"
Pues resulta que hace poco vi en Facebook el vídeo más estúpido y ofensivo con el que me he topado en los últimos meses. Es un vídeo de una tipa que se hace llamar cómica y a la que no había visto nunca: una rubia con grandes ojos azules llamada Nicole Arbour.
No os animo a que lo veáis porque son seis minutos de vuestra vida que no vais a recuperar jamás. En lugar de eso, resumo: esta señora ha grabado un vídeo llamado "Dear fat people", es decir, "Querida gente gorda", mirando fijamente a la cámara con los ojos muy abiertos, hablando rápido al ritmo de algo parecido a una marcha militar y exponiendo la siguiente tesis brillante:
La gente gorda está gorda porque nadie les dice la verdad. Se han inventado expresiones como "Fat shaming" (avergonzar a alguien por estar gordo) o "body shaming" (avergonzar a alguien por su cuerpo) para justificar las malas elecciones que toman en la vida. Si estás gordo es porque no respetas tu cuerpo y no te importa tener enfermedades cardíacas o diabetes. Ella está aquí para hacer lo que deberían hacer tus familiares y amigos: recordarte que solo tienes un cuerpo con el que viajar sobre este planeta y que tiene que durarte toda la vida.
En medio del vídeo, cuenta una ¿anécdota? sobre una familia con obesidad que encontró en el aeropuerto. Explica cómo se le colaron para facturar, cómo fueron en carrito hasta la puerta de embarque y cómo el hijo se sentó a su lado en el avión y desparramó su grasa por el regazo de la inocente Nicole. Estoy casi convencida de que esto se lo ha inventado.
Finaliza toda esta sarta de idioteces crueles diciendo que ella en realidad no te juzga por estar gordo y que te quiere tal y como eres, pero que alguien tiene que decirte la verdad para que cambies, y que por eso está ella ahí. De nada.
Este vídeo me ha enfurecido hasta el punto de escribir un post como este, cuando yo procuro no engancharme nunca con discusiones de Internet porque no me aportan nada y saturan mi delicado espacio mental. Pero ver ese vídeo fue como si alguien metiera un líquido desagradable en mi organismo que tengo que sacar de una manera; un líquido negro, apestoso y maloliente como el alma de Nicole Arbour.
No sé por qué me molesta tanto. Hay millones de vídeos ofensivos en Youtube. Además, yo no soy demasiado políticamente correcta: puedo reírme casi de todo. Podría decir que me enfurece porque se atreve a juzgar y a hacer daño a la gente desde una posición de privilegio genético, y encima lo maquilla como preocupación por la salud ajena. Que me pone de mala hostia pensar que un montón de personas con obesidad y sobrepeso van a ver ese vídeo y a acabar, literalmente, llorando, porque ella pensó que era una buena idea para volverse viral y ganar seguidores.
Pero lo que más me enfurece es su estupidez. El no tener ni puñetera idea de nada: ni de humor, ni de comedia, ni de empatía; ni siquiera de lo que hace que le gustes a quien te sigue online. Construirá una carrerita mediocre en su canal, lleno de gente que, como ella, justifica sus juicios y su odio en aras del humor y de la sinceridad, pero nadie en su sano juicio, nadie en el mundo real, que quiera a alguien atractivo para su programa, o su serie, o su marca, la contratará jamás.
Y, por supuesto, no tiene ni idea de lo que ayuda a cambiar a la gente. Pero esto es lo de menos, porque Nicole Arbour no tiene ningún interés por ayudar a nadie más que a sí misma.
Para colmo, ha hecho de la sinceridad su bandera y piensa que la corrección política está matando a la comedia. No, Nicole: a la comedia la está matando gente como tú, que grita frente a una cámara en casa diciendo "¡eh, miradme, miradme!" y, como a nadie le interesa lo que tiene que decir, termina por leerse el "manual del joven youtuber viral" e insultando a un 35% de la población de su país para ser trending topic en Twitter. Divertida es Tina Fey. Ese es un coco brillante, surrealista y abrumadoramente gracioso. Tu humor, Nicole, es tan barato como tus bromas de "ese gordo huele a salchicha".
En fin, que lo que yo quería decir de verdad es que tengas sobrepeso u obesidad, peses cien kilos o doscientos, no te mereces que nadie te diga algo así. No te mereces que nadie te juzgue. Porque, como muy bien dice Whitney Way Thore, la pura verdad es que no tenemos ni idea de los demás. No sabemos si ese hombre de ciento cincuenta kilos ayer pesaba doscientos. No sabemos si esa chica que ha ganado diez kilos en los últimos años se está encontrando, de hecho, mejor y más sana que en mucho tiempo, o si esa mujer obesa baila mejor que tú y que yo.
Querido lector o lectora que no se siente a gusto con su cuerpo: eres suficiente tal y como eres, aquí y ahora. Te mereces las cosas buenas de la vida aquí y ahora, sin necesidad de esperar a ese futuro dorado e improbable que te prometen las dietas. Mereces el respeto de gentuza como Nicole, que a su vez también merece respeto como persona, imagino, en un planeta alternativo donde soy capaz de controlar mi ira.
Si consideras que tienes un problema con tu peso, y quieres leer algo que de verdad te ayude a cambiar, puedes echar un vistazo a los libros de Geneen Roth, que habla de alimentación emocional desde la experiencia, la empatía y el cariño. Pero solo si quieres.
Entretanto, los demás estaremos aquí para apreciar tu vida tal y como es ahora.
No os animo a que lo veáis porque son seis minutos de vuestra vida que no vais a recuperar jamás. En lugar de eso, resumo: esta señora ha grabado un vídeo llamado "Dear fat people", es decir, "Querida gente gorda", mirando fijamente a la cámara con los ojos muy abiertos, hablando rápido al ritmo de algo parecido a una marcha militar y exponiendo la siguiente tesis brillante:
La gente gorda está gorda porque nadie les dice la verdad. Se han inventado expresiones como "Fat shaming" (avergonzar a alguien por estar gordo) o "body shaming" (avergonzar a alguien por su cuerpo) para justificar las malas elecciones que toman en la vida. Si estás gordo es porque no respetas tu cuerpo y no te importa tener enfermedades cardíacas o diabetes. Ella está aquí para hacer lo que deberían hacer tus familiares y amigos: recordarte que solo tienes un cuerpo con el que viajar sobre este planeta y que tiene que durarte toda la vida.
En medio del vídeo, cuenta una ¿anécdota? sobre una familia con obesidad que encontró en el aeropuerto. Explica cómo se le colaron para facturar, cómo fueron en carrito hasta la puerta de embarque y cómo el hijo se sentó a su lado en el avión y desparramó su grasa por el regazo de la inocente Nicole. Estoy casi convencida de que esto se lo ha inventado.
Finaliza toda esta sarta de idioteces crueles diciendo que ella en realidad no te juzga por estar gordo y que te quiere tal y como eres, pero que alguien tiene que decirte la verdad para que cambies, y que por eso está ella ahí. De nada.
Este vídeo me ha enfurecido hasta el punto de escribir un post como este, cuando yo procuro no engancharme nunca con discusiones de Internet porque no me aportan nada y saturan mi delicado espacio mental. Pero ver ese vídeo fue como si alguien metiera un líquido desagradable en mi organismo que tengo que sacar de una manera; un líquido negro, apestoso y maloliente como el alma de Nicole Arbour.
No sé por qué me molesta tanto. Hay millones de vídeos ofensivos en Youtube. Además, yo no soy demasiado políticamente correcta: puedo reírme casi de todo. Podría decir que me enfurece porque se atreve a juzgar y a hacer daño a la gente desde una posición de privilegio genético, y encima lo maquilla como preocupación por la salud ajena. Que me pone de mala hostia pensar que un montón de personas con obesidad y sobrepeso van a ver ese vídeo y a acabar, literalmente, llorando, porque ella pensó que era una buena idea para volverse viral y ganar seguidores.
Pero lo que más me enfurece es su estupidez. El no tener ni puñetera idea de nada: ni de humor, ni de comedia, ni de empatía; ni siquiera de lo que hace que le gustes a quien te sigue online. Construirá una carrerita mediocre en su canal, lleno de gente que, como ella, justifica sus juicios y su odio en aras del humor y de la sinceridad, pero nadie en su sano juicio, nadie en el mundo real, que quiera a alguien atractivo para su programa, o su serie, o su marca, la contratará jamás.
Y, por supuesto, no tiene ni idea de lo que ayuda a cambiar a la gente. Pero esto es lo de menos, porque Nicole Arbour no tiene ningún interés por ayudar a nadie más que a sí misma.
Para colmo, ha hecho de la sinceridad su bandera y piensa que la corrección política está matando a la comedia. No, Nicole: a la comedia la está matando gente como tú, que grita frente a una cámara en casa diciendo "¡eh, miradme, miradme!" y, como a nadie le interesa lo que tiene que decir, termina por leerse el "manual del joven youtuber viral" e insultando a un 35% de la población de su país para ser trending topic en Twitter. Divertida es Tina Fey. Ese es un coco brillante, surrealista y abrumadoramente gracioso. Tu humor, Nicole, es tan barato como tus bromas de "ese gordo huele a salchicha".
En fin, que lo que yo quería decir de verdad es que tengas sobrepeso u obesidad, peses cien kilos o doscientos, no te mereces que nadie te diga algo así. No te mereces que nadie te juzgue. Porque, como muy bien dice Whitney Way Thore, la pura verdad es que no tenemos ni idea de los demás. No sabemos si ese hombre de ciento cincuenta kilos ayer pesaba doscientos. No sabemos si esa chica que ha ganado diez kilos en los últimos años se está encontrando, de hecho, mejor y más sana que en mucho tiempo, o si esa mujer obesa baila mejor que tú y que yo.
Querido lector o lectora que no se siente a gusto con su cuerpo: eres suficiente tal y como eres, aquí y ahora. Te mereces las cosas buenas de la vida aquí y ahora, sin necesidad de esperar a ese futuro dorado e improbable que te prometen las dietas. Mereces el respeto de gentuza como Nicole, que a su vez también merece respeto como persona, imagino, en un planeta alternativo donde soy capaz de controlar mi ira.
Si consideras que tienes un problema con tu peso, y quieres leer algo que de verdad te ayude a cambiar, puedes echar un vistazo a los libros de Geneen Roth, que habla de alimentación emocional desde la experiencia, la empatía y el cariño. Pero solo si quieres.
Entretanto, los demás estaremos aquí para apreciar tu vida tal y como es ahora.
viernes, 4 de septiembre de 2015
Mi felicidad
Desde hace unas cuantas semanas, estoy extrañamente feliz. Y digo extrañamente porque ya os conté el último día que llevaba meses con una nube negra sobre mi cabeza, como si mi vida estuviera metida en un agujero que cada vez se hacía más y más estrecho. Ahora, de repente, ha vuelto la luz y todo parece apetecible y emocionante.
Disfruto de mi chico, de mi gata y del silencio.
De Pablo disfruto todo el rato. ¿Sabéis eso de "no darse cuenta de lo que tienes hasta que lo pierdes"? A mí no me pasa. Yo me doy cuenta todo el rato de que tengo a este chico fabuloso, del que me gusta hasta cómo coloca los tuppers en el lavavajillas.
Pablo ha cambiado todo lo que yo creía saber que era una relación. Hace un par de días, una amiga nos dijo que "no se sabía dónde empezaba el uno y dónde terminaba el otro", y yo me lo tomé como un halago. Me da igual ser absurdamente codependiente de Pablo, me da igual estar fusionada con él y acostarme por las noches pensando que me da pena dormir porque en ese rato no podemos estar juntos. Ahora me creo la teoría de la media naranja y de las almas gemelas, y pienso que nadie en el mundo está tan enamorado como nosotros y que seremos así siempre. Es un amor irracional y apabullante, y me encanta.
De Kalimera me gusta su curiosidad. Le interesan nuestras duchas, las películas que vemos, lo que hay detrás de cada mueble y dentro de cada bolsa. Su curiosidad es mayor que su instinto de supervivencia, y por eso cuando pasamos la aspiradora o me seco el pelo ella se queda un momento quieta, luchando contra el miedo que le da el ruido, antes de alejarse saltando sobre sus patitas blancas. Es extremadamente gatuna: molesta y adorable, juguetona y perezosa. De repente está saltando sobre ti como un ninja entrenado, y al momento siguiente se tumba a dormir y se tapa la cara con la patita porque le molesta la luz.
Y luego está el silencio hondo que hay en el pueblo después del verano, suspendido en el aire como lo contrario a una tormenta eléctrica. Salimos a escalar y hay una paz profunda, intensa, que se extiende por el cielo nublado de septiembre. Y disfruto del silencio y de sus posibilidades, de ver por fin lo que hago y lo que escribo como una oportunidad y no como una obligación.
Feliz, en resumen. Tan sencillo y complicado como eso.
domingo, 23 de agosto de 2015
Tengo un plan
Llevo algunas semanas un poco deprimida. A ver, no mucho, no en plan llorar y gemir diciendo que la vida es una mierda. Es una depre más tranquila, más existencial. De no tener grandes sufrimientos ni grandes ilusiones y de pensar que bah, al final somos puntitos diminutos en la galaxia y todo carece de sentido.
Además de esto, llevo desde que terminé el PIR convencida de que no tengo ni idea de lo que estoy haciendo, profesionalmente hablando*, aparte de crear blogs y blogs y más blogs y quedar sepultada entre ellos. Me siento frente al ordenador, pienso "¿qué me toca hacer hoy?" y me paralizo. Y hago cosas, claro que sí: las más inmediatas, como trabajar para Mailterapia o contestar mails, pero más allá de eso trabajar en cualquiera de mis proyectos a medio-largo plazo es como dejar que me arranquen las uñas de los pies.
Es muy ridículo, porque sé que desde fuera mi vida da mucha envidia a algunos (los que escalan), moderada envidia a otros (los que madrugan) y una mezcla de admiración y desconfianza al resto ("vaya, cuántos proyectos tienes, qué interesante, y encima puedes trabajar a tu ritmo"). He aquí lo que he aprendido en estos meses: "trabajar a tu ritmo" no es nada fácil. El problema no es la fuerza de voluntad. La constancia es mucho más importante, y si eres constante puedes suplir tu falta de grandes esfuerzos con un goteo insistente de esfuerzos pequeños. El problema es la completa falta de claridad. Quiero creer que es solo una etapa y que esta confusión mental irá desapareciendo, pero mientras dura, es desagradable.
Así que si alguien se está planteando montar su propio negocio, que es algo que hoy está como muy de moda y tal, quiero decirle algo: que o lo tienes todo extremadamente claro desde el minuto 1 y una brutal capacidad de trabajo que suple todas tus dudas desde ese susodicho minuto, Ángel Alegre style, o te esperan muchos, muchos meses de preguntarte "¿pero qué carajo estoy haciendo con mi vida?". Si te parece que el emprendimiento digital es un camino rápido a levantarte por las mañanas con un sentido y una misión, contento de ser el faro que alumbra al mundo, etcétera, créeme si te digo que no es así. Eso, o yo estoy haciendo algo mal, que también es posible.
A pesar de todo, no volvería ni muerta a la etapa anterior. Al PIR, esa curiosa mezcla entre aburrimiento y marrones cósmicos, donde cambiar algo es el equivalente a tratar de mover a patadas a un elefante dormido. No, gracias.
Este post está quedando un poco triste y, en realidad, yo estoy bastante contenta hoy. Porque tengo un plan. Ayer finalmente me dejé de existencialismos y de "todo esto para qué" y escribí lo que voy a hacer en los próximos meses y el año que viene. Sobre todo, escribí para qué voy a hacer todo eso en los próximos meses y el año que viene, y qué sentido tienen cada uno de mis doscientos proyectos dentro del gran esquema delas mis cosas.
Y todo esto puede parecer bastante obvio, ya sabéis: pues claro que te tendrás que hacer un plan si estás intentando montar tu propio negocio y blablabla. Es lo que hace cualquier gurú. Pim, pam, pum: un plan, un calendario de posts, tres cursos online y a vivir. Pero mientras más trabajo por mi cuenta, más tengo que asumir que yo no soy así. Que mi estilo de emprender, o llámalo X, se parece más a, como diría Robert Fulghum, perseguir pollos en un corral enorme.
Además, hacer un plan cuando no tienes ni puta idea de nada no es fácil. Es como hacer una receta de cocina en un planeta extraterrestre donde la temperatura y la gravedad funcionan de forma distinta: tendrás que quemar unos cuantos soufflés para aliens antes de atreverte. Mi plan de ahora, al menos, es más realista y tiene más sentido que los que he hecho en el pasado. Creo.
La parte buena es que cuando termine todo esto, y si logro cumplir mi plan de aquí a un año, podré escribir un libro llamado "Tú también puedes emprender siendo un desastre total". O mejor no, que ya me sobran proyectos.
Pero en serio, estoy contenta hoy :)
*Si me apuras, a veces tampoco sé lo que estoy haciendo personalmente hablando. Pero esa es otra historia y debe ser contada en otra ocasión.
Además de esto, llevo desde que terminé el PIR convencida de que no tengo ni idea de lo que estoy haciendo, profesionalmente hablando*, aparte de crear blogs y blogs y más blogs y quedar sepultada entre ellos. Me siento frente al ordenador, pienso "¿qué me toca hacer hoy?" y me paralizo. Y hago cosas, claro que sí: las más inmediatas, como trabajar para Mailterapia o contestar mails, pero más allá de eso trabajar en cualquiera de mis proyectos a medio-largo plazo es como dejar que me arranquen las uñas de los pies.
Es muy ridículo, porque sé que desde fuera mi vida da mucha envidia a algunos (los que escalan), moderada envidia a otros (los que madrugan) y una mezcla de admiración y desconfianza al resto ("vaya, cuántos proyectos tienes, qué interesante, y encima puedes trabajar a tu ritmo"). He aquí lo que he aprendido en estos meses: "trabajar a tu ritmo" no es nada fácil. El problema no es la fuerza de voluntad. La constancia es mucho más importante, y si eres constante puedes suplir tu falta de grandes esfuerzos con un goteo insistente de esfuerzos pequeños. El problema es la completa falta de claridad. Quiero creer que es solo una etapa y que esta confusión mental irá desapareciendo, pero mientras dura, es desagradable.
Así que si alguien se está planteando montar su propio negocio, que es algo que hoy está como muy de moda y tal, quiero decirle algo: que o lo tienes todo extremadamente claro desde el minuto 1 y una brutal capacidad de trabajo que suple todas tus dudas desde ese susodicho minuto, Ángel Alegre style, o te esperan muchos, muchos meses de preguntarte "¿pero qué carajo estoy haciendo con mi vida?". Si te parece que el emprendimiento digital es un camino rápido a levantarte por las mañanas con un sentido y una misión, contento de ser el faro que alumbra al mundo, etcétera, créeme si te digo que no es así. Eso, o yo estoy haciendo algo mal, que también es posible.
A pesar de todo, no volvería ni muerta a la etapa anterior. Al PIR, esa curiosa mezcla entre aburrimiento y marrones cósmicos, donde cambiar algo es el equivalente a tratar de mover a patadas a un elefante dormido. No, gracias.
Este post está quedando un poco triste y, en realidad, yo estoy bastante contenta hoy. Porque tengo un plan. Ayer finalmente me dejé de existencialismos y de "todo esto para qué" y escribí lo que voy a hacer en los próximos meses y el año que viene. Sobre todo, escribí para qué voy a hacer todo eso en los próximos meses y el año que viene, y qué sentido tienen cada uno de mis doscientos proyectos dentro del gran esquema de
Y todo esto puede parecer bastante obvio, ya sabéis: pues claro que te tendrás que hacer un plan si estás intentando montar tu propio negocio y blablabla. Es lo que hace cualquier gurú. Pim, pam, pum: un plan, un calendario de posts, tres cursos online y a vivir. Pero mientras más trabajo por mi cuenta, más tengo que asumir que yo no soy así. Que mi estilo de emprender, o llámalo X, se parece más a, como diría Robert Fulghum, perseguir pollos en un corral enorme.
Además, hacer un plan cuando no tienes ni puta idea de nada no es fácil. Es como hacer una receta de cocina en un planeta extraterrestre donde la temperatura y la gravedad funcionan de forma distinta: tendrás que quemar unos cuantos soufflés para aliens antes de atreverte. Mi plan de ahora, al menos, es más realista y tiene más sentido que los que he hecho en el pasado. Creo.
La parte buena es que cuando termine todo esto, y si logro cumplir mi plan de aquí a un año, podré escribir un libro llamado "Tú también puedes emprender siendo un desastre total". O mejor no, que ya me sobran proyectos.
Pero en serio, estoy contenta hoy :)
*Si me apuras, a veces tampoco sé lo que estoy haciendo personalmente hablando. Pero esa es otra historia y debe ser contada en otra ocasión.
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Contenta,
Dora Emprendedora,
La vida me supera
lunes, 3 de agosto de 2015
Konmari 3: Papeles y Komonos
Cuando empecé Psicología le pregunté a mi madre: "Mamá, ¿tú guardabas los apuntes de tu carrera?". "Sí", contestó ella. "¿Y alguna vez los volviste a leer?". "No". En ese momento, tomé la decisión de tirar todos los apuntes de la carrera cuanto antes. Asignatura que aprobaba, asignatura que tiraba. Mis compañeros me miraban horrorizados. Es increíble el apego que uno puede tomarles a los apuntes: te ha costado un montón de horas recogerlos, subrayarlos, organizarlos, pasarlos a limpio si perteneces a la extraña raza que lo hace. Han sido tan importantes para ti... ¿y si te hacen falta en el futuro? A mí nunca me hicieron falta, y siempre agradecí no tener que acarrearlos por mis doscientos pisos de estudiantes.
Esta es una introducción que quiere decir que nunca he tenido problemas para tirar papeles. A pesar de eso, Marie Kondo también me ha dado valiosos insights sobre el tema.
El más importante es: no guardes el material de los cursos a los que vayas. Lo acumularás durante años, esperando el momento en que tengas tiempo para repasarlo, y no lo harás nunca. Lo importante de los cursos es el curso en sí, la oportunidad de estar cara a cara con el profesor o el ponente. Marie dice: "presta atención a los cursos sabiendo que vas a tirar el material", lo que no es más que una forma de recordarte que permanezcas presente y no confíes en que en el futuro serás capaz de sacar más jugo que ahora a lo que estás viviendo.
Los papeles, por supuesto, no dan felicidad, pero algunos tienes que guardarlos, incluso en el mundo happy-flower-guarda-lo-que-te-haga-feliz de Konmari. Ella te aconseja que los guardes todos juntos para que ocupen menos espacio, y para poder revisarlos cada vez que busques uno y tirar los que ya no te sirven (garantías caducadas, contratos antiguos, etc.).
Después de los papeles, vienen los Komono: los objetos varios que no pertenecen a ninguna categoría. Tú sabes cuáles son tus Komono. En un rincón de tu mente, eres consciente de que tienes guardadas unas 300 orquillas oxidadas, varias cajas de cosméticos que nunca usarás, los DVD's sobre la Guerra Civil que regalaban con el periódico y que nunca viste, esa hucha de monedas de céntimo que te va a costar la relación con el director de tu banco... etc. Marie te aconseja, de nuevo, que lo juntes todo, aunque esté en habitaciones diferentes, y sostengas cada objeto en tu mano haciéndote la clásica pregunta: "¿esto me hace feliz?".
Algo muy interesante de la visión de Marie tiene que ver con el dinero que te cuesta almacenar objetos. Según ella, si guardas algo "por si te sirve", y ese algo está ocupando espacio en tu piso, equivale a decir que te está costando dinero, y que te saldría más barato deshacerte de él y comprarlo de nuevo si vuelve a hacerte falta dentro de dos, tres o diez años. Si vives en un micro-piso japonés súper caro, imagino que esto tiene todo el sentido del mundo. Y si vives en una casa enorme, pero estás harta de guardar esa cajita de tornillos que compraste hace siglos y no has vuelto a utilizar, pues Marie te quita el sentimiento de culpa, que tampoco está mal.
Mi consejo para ordenar Komonos es: dales un par de vueltas. Hay objetos que sobreviven a una primera ronda y caen en la segunda como un escalador novato en una compe. También te recomiendo que los ordenes en algún lugar que te permita apartarlos hasta que puedas colocarlos todos: una montaña de objetos varios tirada durante días en tu cama/suelo no es agradable y te puede desmoralizar.
Ahora, mis fotos:
Esta es una introducción que quiere decir que nunca he tenido problemas para tirar papeles. A pesar de eso, Marie Kondo también me ha dado valiosos insights sobre el tema.
El más importante es: no guardes el material de los cursos a los que vayas. Lo acumularás durante años, esperando el momento en que tengas tiempo para repasarlo, y no lo harás nunca. Lo importante de los cursos es el curso en sí, la oportunidad de estar cara a cara con el profesor o el ponente. Marie dice: "presta atención a los cursos sabiendo que vas a tirar el material", lo que no es más que una forma de recordarte que permanezcas presente y no confíes en que en el futuro serás capaz de sacar más jugo que ahora a lo que estás viviendo.
Los papeles, por supuesto, no dan felicidad, pero algunos tienes que guardarlos, incluso en el mundo happy-flower-guarda-lo-que-te-haga-feliz de Konmari. Ella te aconseja que los guardes todos juntos para que ocupen menos espacio, y para poder revisarlos cada vez que busques uno y tirar los que ya no te sirven (garantías caducadas, contratos antiguos, etc.).
Después de los papeles, vienen los Komono: los objetos varios que no pertenecen a ninguna categoría. Tú sabes cuáles son tus Komono. En un rincón de tu mente, eres consciente de que tienes guardadas unas 300 orquillas oxidadas, varias cajas de cosméticos que nunca usarás, los DVD's sobre la Guerra Civil que regalaban con el periódico y que nunca viste, esa hucha de monedas de céntimo que te va a costar la relación con el director de tu banco... etc. Marie te aconseja, de nuevo, que lo juntes todo, aunque esté en habitaciones diferentes, y sostengas cada objeto en tu mano haciéndote la clásica pregunta: "¿esto me hace feliz?".
Algo muy interesante de la visión de Marie tiene que ver con el dinero que te cuesta almacenar objetos. Según ella, si guardas algo "por si te sirve", y ese algo está ocupando espacio en tu piso, equivale a decir que te está costando dinero, y que te saldría más barato deshacerte de él y comprarlo de nuevo si vuelve a hacerte falta dentro de dos, tres o diez años. Si vives en un micro-piso japonés súper caro, imagino que esto tiene todo el sentido del mundo. Y si vives en una casa enorme, pero estás harta de guardar esa cajita de tornillos que compraste hace siglos y no has vuelto a utilizar, pues Marie te quita el sentimiento de culpa, que tampoco está mal.
Mi consejo para ordenar Komonos es: dales un par de vueltas. Hay objetos que sobreviven a una primera ronda y caen en la segunda como un escalador novato en una compe. También te recomiendo que los ordenes en algún lugar que te permita apartarlos hasta que puedas colocarlos todos: una montaña de objetos varios tirada durante días en tu cama/suelo no es agradable y te puede desmoralizar.
Ahora, mis fotos:
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| Libros y papeles, antes |
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| Libros y papeles, después |
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| Komonos, antes (sí, eso son condones, que os veo venir) |
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| Komonos, después |
Como comentaba Silvia en uno de los posts anteriores, vivir de alquiler + 50000 mudanzas + anti-Diógenes hace que en realidad mi situación de partida sea bastante buena. Aun así, ya veis que incluso siendo ya casi minimalista, el Konmarismo limpia, fija y da esplendor.
Una nota sobre los libros: como veis, los he almacenado de forma horizontal después de ordenarlos. Estoy segura de que Marie tendría algo que decir acerca de cómo así los de arriba aplastan a los de abajo y, en fin, se forma todo un injusto microcosmos capitalista, pero de la otra forma se les estaban deformando las tapas con la humedad. Así parecen mucho más felices.
A ver si en esta semana grabo el micro-vídeo de mi armario y ya termino con el Konmarismo extremo. ¡Prometo cambiar de tema pronto!
Se os quiere ;)
lunes, 27 de julio de 2015
Pelis
Ayer me acosté pensando que las relaciones más intensas y los momentos más románticos de mi vida solo han existido en mi cabeza. Quiero decir románticos de dramáticos, torturados y peliculeros. Si los participantes de esas fantasías supieran todo lo que hicieron en mi mente, se asustarían. Y no estoy hablando de fantasías sexuales. Imagino que las mujeres nos asustaríamos si viéramos las perversiones que hacemos en las cabezas masculinas; ellos se quedarían muertos si vieran lo cursis que son en las nuestras, o al menos en la mía.
Cuando era adolescente, por ejemplo, y todos (TODOS) mis amores eran platónicos, porque yo era fea y tímida y sosa, mi enamorado me salvaba la vida, o yo se la salvaba a él, y así me iba a dormir cada noche, imaginando una escena donde uno estaba arrodillado haciéndole al otro el boca a boca.
Después la cosa se puso más interesante, porque por fin empezaba a pasar algo en la vida real, y entonces las fantasías evolucionaron a relaciones complejas y fascinantes. Así, el tío con el que en la realidad me había dado dos besos y después había pasado de mí, se transformaba en un hombre profundo y comprometido que me decía que esos besos no le bastaban y no podía vivir sin mí.
Luego llegaron las propuestas de matrimonio. Recuerdo una particularmente compleja que tenía lugar en un saco de dormir, dentro de un refugio de montaña. Por aquel entonces, también fantaseaba con bodas, aunque después llegué a la conclusión de que imaginarme cómo arreglar la mesa principal con el desastre post-divorcio de mis padres era demasiado esfuerzo y no compensaba.
En un rincón particularmente oscuro están las pelis que me montaba con hombres que tenían pareja. Estas eran complicadas. Yo no quería rupturas ni divorcios, ni siquiera en mi cabeza, porque en el fondo me daba pena, así que a veces solo imaginaba que nos sentábamos de la mano sabiendo que lo que sentíamos el uno por el otro era profundo pero que, simplemente, no podía ser.
Y es curioso, porque a veces me doy cuenta de que recuerdo a las víctimas de mi mente con emociones que tienen más que ver con lo que sucedió en mi cabeza que en la realidad. Entonces me pregunto cuál es la diferencia, teniendo en cuenta que mi mundo es, de hecho, mi cerebro. Y me digo que me habría ahorrado muchos disgustos si el porcentaje de amor fantaseado hubiera sido todavía mayor.
Cuando era adolescente, por ejemplo, y todos (TODOS) mis amores eran platónicos, porque yo era fea y tímida y sosa, mi enamorado me salvaba la vida, o yo se la salvaba a él, y así me iba a dormir cada noche, imaginando una escena donde uno estaba arrodillado haciéndole al otro el boca a boca.
Después la cosa se puso más interesante, porque por fin empezaba a pasar algo en la vida real, y entonces las fantasías evolucionaron a relaciones complejas y fascinantes. Así, el tío con el que en la realidad me había dado dos besos y después había pasado de mí, se transformaba en un hombre profundo y comprometido que me decía que esos besos no le bastaban y no podía vivir sin mí.
Luego llegaron las propuestas de matrimonio. Recuerdo una particularmente compleja que tenía lugar en un saco de dormir, dentro de un refugio de montaña. Por aquel entonces, también fantaseaba con bodas, aunque después llegué a la conclusión de que imaginarme cómo arreglar la mesa principal con el desastre post-divorcio de mis padres era demasiado esfuerzo y no compensaba.
En un rincón particularmente oscuro están las pelis que me montaba con hombres que tenían pareja. Estas eran complicadas. Yo no quería rupturas ni divorcios, ni siquiera en mi cabeza, porque en el fondo me daba pena, así que a veces solo imaginaba que nos sentábamos de la mano sabiendo que lo que sentíamos el uno por el otro era profundo pero que, simplemente, no podía ser.
Y es curioso, porque a veces me doy cuenta de que recuerdo a las víctimas de mi mente con emociones que tienen más que ver con lo que sucedió en mi cabeza que en la realidad. Entonces me pregunto cuál es la diferencia, teniendo en cuenta que mi mundo es, de hecho, mi cerebro. Y me digo que me habría ahorrado muchos disgustos si el porcentaje de amor fantaseado hubiera sido todavía mayor.
viernes, 24 de julio de 2015
Konmari 2: Libros
Pues resulta que no nos va Internet porque la obra que están haciendo frente a casa ha tocado un cable, o algo así, por lo que no puedo adornar mis fascinantes (ejem) crónicas sobre el orden con fotos y vídeos, que sería lo suyo. Puedo conectarme a Internet, pero es por móvil y tengo que ahorrar megas. Así que vuelvo a la crónica verbal tradicional, y colgaré las fotos y vídeos cuando el de Telefónica se deje caer por el pueblo.
Varios días después de ordenar mi ropa, he de decir que el efecto del Konmarismo ya se deja sentir. Es curioso, porque tengo mucha menos ropa y, aun así, me da la sensación de que tengo más o, al menos, de que disfruto más la que tengo. Saber que todos los días me voy a poder poner ropa que me gusta, aunque sea más o menos la misma, se siente extrañamente lujoso.
Después de la ropa, Marie te dice que ataques la segunda fuente de acumulación de muchas personas, sobre todo los gafapasta como una servidora: los libros.
Yo tengo un interés personal por tener pocos libros que se resume en que pesan muchísimo en una mudanza, así que compro la mayoría en versión Kindle, tomo muchos prestados de la biblioteca y trato de deshacerme rápido de los que no me gustan.
Teniendo esto en cuenta, ha sido una sorpresa deshacerme de 35 de los 75 libros míos que hay en casa. ¡¡35!! Si me hubieran dicho que me sobraban tantos libros, no lo hubiera creído.
Como buen seguidor del culto Konmariano, tienes que tirar todos tus libros al suelo y después cogerlos en tus manos uno por uno, preguntándote si te hacen feliz. Aconseja empezar primero por el "Salón de la fama": esos libros que no tirarías ni muerta porque quieres que estén conmigo. Mi salón de la fama está compuesto por:
- Juliet, desnuda, de Nick Hornby.
- El mundo después del cumpleaños, de Lionel Shriver.
- Libertad, de Jonathan Franzen.
- El gozo de escribir, de Natalie Goldberg.
- No más dietas, de Geneen Roth.
Esos son los cinco libros que me llevaría a una isla desierta. Vale, quizá el de las dietas no, porque total: si solo vas a poder comer cocos y pescado, no te sirve de mucho un libro sobre dietas y atracones. En ese caso, lo cambiaría por Quién vive, quién muere y por qué, un libro con el que he dado tal por saco a mis pobres lectores en los últimos años que el autor debería darme royalties.
Después de esos, van otros libros que te encantan y te hacen disfrutar por distintas razones. Por ejemplo, el de Calvin y Hobbes, el de recetas de cocina de Marian Keyes o mi guía de los parques nacionales de EEUU Oeste.
Como soy escritora, también guardo los libros que me encantan porque de vez en cuando los consulto para tratar de aprender cómo se hace la buena literatura. Por ejemplo: los relatos de Alice Munro, David Benioff y Truman Capote; algunas novelas de Fante, John Irving y Nick Hornby; y algunos libros que podrían ser vergonzosos pero que a mí me gustan, como Bajo la Misma Estrella, de John Green.
[Paréntesis sobre John Green y su libro: aunque me gustó, creo que Green se ha beneficiado mucho del fenómeno fan de los vlogbrothers y la nerfighteria; como libro de adolescentes con cáncer, Antes de morirme, de Jenny Downham, es mejor y menos conocido]
Y como soy psicóloga, también tengo libros de terapia y psicología, aunque los libros técnicos tiendo a comprarlos en versión kindle desde que asumí que no tenía que demostrar nada a nadie apilando sesudos volúmenes en la estantería de mi consulta.
Los libros que se han ido, lo han hecho por muchas razones.
La mayoría, porque quería que los tuviera otra persona. Los mayores beneficiados van a ser mi amigo Anxo, que es un lector apasionado y voraz, y mi madre, que lee en modo cabra, es decir: lo que le echen. Pablo también se ha quedado con algunos, aunque le pasa como a mí y lleva mal que le den libros; prefiere ir buscando por su cuenta lo que le apetece en cada momento.
Ha habido también una pequeña sección de lo que Espido Freire llama "qué pena de árbol", que son libros que no deberían haber llegado nunca a la imprenta por el bien del Amazonas y nuestros cerebros. La estrella de esta sección la compré en una estación de autobús en un momento de crisis, y se llama "Single Story: 1001 noches sin sexo". Es el libro más deprimente que he leído en toda mi vida y habla de una escritora desquiciada que decide que su vida no tendrá sentido hasta que encuentre un marido que le haga un bombo. Lo dicho: qué pena de árbol.
La sección más interesante ha sido la de "libros que pensé que siempre querría que estuvieran conmigo, y sin embargo no". Por ejemplo:
- 1001 discos que debería escuchar antes de morir. Fue uno de mis proyectos más breves, hasta que me di cuenta, una vez más, de que la música y yo nunca vamos a ser buenas amigas. Es solo que me gusta demasiado el silencio.
- Los libros de Paul Auster que tenía en casa. ¿Sabéis que creo que ya no me gusta Paul Auster? Me resulta un poco deprimente, y creo que es porque él también está deprimido. Solo hay que ver la cara de torturado que tiene en sus fotos.
- El mundo que vendrá, de Dara Horn, y Este libro te salvará la vida, de A.M. Homes. Son dos novelas que en su día me encantaron, pero que por algún motivo no necesito conmigo. Es muy misterioso.
- Un par de libros de terapia que he aceptado que nunca leeré, como Mindfulness y psicoterapia, aburridísimo a morir.
En fin, que esto de organizar libros es fascinante. Al fin y al cabo, los libros físicos se tienen por muchas razones, y casi nunca es porque quieras releerlos. A veces solo te apetece tenerlos cerca porque te dan tranquilidad. Otras veces quieres que la gente vea lo culta que eres y lo sesudas que son tus lecturas. Pero a la hora de la verdad es bastante sencillo decidir los que te dan alegría de los que no.
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