massobreloslunes

miércoles, 5 de octubre de 2022

La venganza de la mediana edad


No recuerdo pensar mucho en mi edad hasta los doce años.

En ese momento, compré mi primera Super Pop y pensé: «¿soy demasiado joven para comprar la Super Pop?». Creo recordar que escribí una carta a la revista preguntándolo y que nadie me contestó. 

Yo quería ser adolescente. La adolescencia sonaba intensa y emocionante, llena de canciones desgarradas y besos a medianoche. Contaba los días hasta cumplir los trece; después, hasta los quince y, por último, hasta cruzar la ansiada frontera de los dieciocho.

De repente, a los veintitrés, empecé a darme cuenta de que los años se seguían acumulando. Un día entré en Bershka y reflexioné, sorprendida: «esta ropa ya no es para mí». ¿Desde cuándo la Marina que nunca llenaba los sujetadores era demasiado mayor para algo?

El resto de la veintena todavía estaba sólidamente anclada en la época de la inmortalidad. Cumplí treinta y, de la forma menos original posible, entré en crisis y quise tener un hijo. Los años pasaron y empezó a ser «demasiado tarde para». 

Para convertirme en una enfant terrible de la literatura.

Para ser madre joven.

Para tener familia numerosa.

Para aparecer en 20 under 20 o en 30 under 30

Y un día miré una foto de unos años atrás y pensé: ya no soy joven o, más bien: ya no tengo esa juventud. Esa frescura indescriptible, ese brillo que ignoras mientras lo tienes porque te preocupan demasiado los granos, la grasa del pelo o los kilos que crees que te sobran.

Estos últimos años me los he pasado en un duelo desesperado por la juventud perdida.

Solo quería volver a la veintena, recuperar la inmortalidad, disfrutar de la suave vibración de sentir todas las posibilidades abiertas frente a ti.

Y, por fin, a los treinta y siete, algo ha cambiado: de repente, la gente joven ha empezado a aburrirme. Me sorprendo escuchando las conversaciones de los escaladores veinteañeros de la isla:

—¿Qué tal acabaste ayer?

—Uf, ni me acuerdo.

Y pienso: my God, qué aburrimiento más grande.

Paso el rato con mujeres con menos de treinta y, sobre todo, que todavía no tienen hijos, y me dan ganas de agitar con suavidad sus bonitas seseras llenas de ideas clarísimas sobre la vida. Solo ahora puedo intuir lo insoportable que debía de ser yo a esa edad.

A los jóvenes les faltan matices.

Y no es que yo tenga todavía suficientes, pero me sorprendo buscando entrevistas y libros de gente mayor que yo y pensando que ellos sí que saben y que a ver si me enseñan sobre la vida para evitarme los patinazos.

Así que, persona joven, que lo sepas: quizá tú estás mirando hoy a alguien mayor y compadeciéndote de las arrugas, las canas y las lorzas, y esa misma persona te mira a ti y piensa que no eres lo bastante interesante.

Es la venganza de la mediana edad y aunque pueda parecer una tabla desesperada a la que agarrarse mientras el brillo de tu piel desaparece para siempre, te aseguro que no se está mal aquí. 

PD: Soy consciente de que leeré esto dentro de diez años y pensaré que la Marina de treinta y siete era joven y estúpida.

A grandes males


Hace cinco meses dije que iba a volver y, obviamente, no volví.

Es ridículo y vergonzoso tanto para mi faceta de escritora, como para la de psicóloga. Si fuera una escritora comprometida, mi pasión desbordante por el oficio me traería aquí cada día, pero si al menos fuera tan solo una buena psicóloga, podría convencerme a mí misma para hacerlo aunque no me apeteciera.

Sin embargo, ¡las cosas han cambiado, lectores! ¡Hay futuro para Más sobre los lunes!

En un alarde de a grandes males, grandes remedios, he dejado mi trabajo. BUM. He cerrado mi empresa (estoy en ello, más bien) y voy a dedicarme un tiempo a mis labores. No lo he hecho para escribir aquí, o al menos no en apariencia pero, ¿y si en realidad sí? ¿Y si todas mis justificaciones no son más que una elaborada fachada que oculta el deseo ardiente de retomar este blog?

En mayo de 2023 hará diez años que conocí a Pablo, y todos sabemos que eso tuvo la culpa de que yo dejara de escribir aquí. Lo dice Elizabeth Gilbert en su entrevista con Tim Ferriss: la gente abandona la escritura cuando descubre que otras cosas pueden cumplir la misma función. Master Card, Muffin, Merlot, Men. En mi caso, fue un hombre, y ni siquiera el hecho innegable de que es un hombre bueno me absuelve de la vergüenza de haber abandonado la escritura.

Así que he dejado el trabajo y, esta vez sí, voy a volver. Hoy he iniciado una nueva rutina: todas las mañanas, después de levantarme, vendré a Sofrano, una cafetería para escaladores de la isla griega en la que vivo, y escribiré aquí. Será lo primero que haga y no fallaré salvo por causas de fuerza mayor.

(Ejemplo de causa de fuerza mayor: en un par de semanas me voy a un curso de meditación donde no podré hablar, ni usar el teléfono, ni hacer otra cosa que no sea poner mi culo en el cojín y perseguir el Nirvana)

Hoy es mi primer día de mi nueva rutina. Me acabo de zampar un desayuno con: rúcula, huevos duros, queso griego, pan, mantequilla y miel. A veces me pregunto si no me he ido de España porque los desayunos en el extranjero son mejores. 

Para inaugurar esta nueva rutina y demostrarme a mí misma que yo puedo, voy a escribir no uno, sino DOS posts. 

A por el segundo. 

miércoles, 18 de mayo de 2022

La mayor mentira


La mayor mentira que puedes contarte nunca es «no me hace falta escribirlo, me acordaré».

Kevin Kelly

Hace ocho días terminé, por fuckin' fin, mi One Line a Day Diary.

La idea del OLADD es escribir todos los días un par de frases sobre lo que te ha pasado, lo que has aprendido, qué has hecho, etcétera. Cada página del libro contiene los huecos correspondientes a cinco años en esa misma fecha, para que puedas decir «hace dos años, tal día como hoy, estaba yo haciendo X», que es una frase muy así como de señora antigua, pero que mola.

Digo que es un diario del mal porque cualquiera pensaría que tardas dos minutos y que no es problema escribirlo, ¿verdad? NO. ERROR. Llevo cinco años sufriendo la pereza extrema de todas las noches, antes de acostarme, rellenar el OLADD.

Al principio no era tan terrible, porque solo tenía el mío. Más adelante, tuve la osadía de comprar uno para mi hija, así que llevo tres puñeteros años y medio rellenando no uno, sino dos OLADDs todos los puñeteros días solo por no tener huecos más tarde.

En ocasiones, lo confieso, hago trampa: paso varios días sin escribir y luego lo relleno de memoria. En el pecado, no obstante, llevo la penitencia, porque si hay algo peor que rellenar un día del OLADD es tener que completar varios días seguidos. Te frustras porque tu memoria ya no es lo que era y tienes un espacio en blanco en tu mente tal día como antes de ayer. Te mueres de sueño y quieres acostarte, pero el OLADD te reclama como un amo inclemente.

Por fin, el día de mi cumpleaños, se terminó una de las condenas. Todavía tengo el OLADD de mi hija, y si acabo por quedarme embarazada otra vez, que está por ver, tendré que mantener otro por aquello de que el segundo o segunda no se sienta desplazado nada más nacer. La idea me horroriza.

Por increíble que parezca, estuve muy, muy cerca de comprar otro OLADD cuando se me acabó el primero, pero luego pensé: no. En lugar de eso, volvamos a Más sobre los lunes. Es la cosa más estúpida del mundo no hacer algo que te da tanto placer, y quizá el miedo a no recordar los siguientes años de tu vida te lleve a ello.

Hay algo de verdad. Estoy aquí por miedo a olvidarme, a que se me pase la vida sin darme cuenta de qué hacía en ella. Es una gran mentira que nos acordaremos. Cinco años escribiendo el maldito OLADD me han hecho darme cuenta de que se te olvida todo, hasta lo que ocurrió antes de ayer, hasta eso tan gracioso que decía tu hija todos los días y que pensabas que nunca abandonaría tu cerebro.

Así que aquí estoy, en la enésima repesca de este blog, tratando de no mentirme a mí misma y de no olvidarme por el camino. 

viernes, 30 de julio de 2021

Ficción y pandemia

Salvo excepciones como This Is Us o New Amsterdam, parecería que el mundo de la ficción se ha puesto de acuerdo en ignorar la pandemia. Lalalaaa —parecen decir—, no hay virus, el mundo sigue como antes.

Imagino que, igual que me ha pasado a mí como escritora, se han dado cuenta de que  hay dos opciones: o ignoras la pandemia o el único género de ficción que quedará en pie será el apocalipsis distópico. 

Me pregunto si ha sido así siempre. ¿Se escribía sobre la Segunda Guerra Mundial mientras estaba sucediendo? ¿Se creaba ficción, de hecho, o estaban todos demasiado preocupados por sobrevivir?

Lo que es seguro es que se ha escrito y hecho cine en abundancia sobre todas las grandes crisis, pero parecería que hace falta resolverlas para poder mirarlas desde la distancia y esto no tiene pinta de ir a resolverse pronto. 

Quizá algo que hace esta pandemia especialmente poco fiction-friendly es el tema de las mascarillas. Confesión: en noviembre del año pasado, durante el NaNoWriMo, me puse a escribir una novela juvenil que transcurría en tiempos del COVID, y la razón principal por la que lo cambié fue que pensé que sería un coñazo verlo en Netflix porque todos los actores llevarían la cara tapada.

(Delirios de grandeza nivel no escribo nada que no pueda acabar en Netflix)

Yo apruebo la negación generalizada del COVID en las series y pelis y, de hecho, es el camino que voy a seguir en los libros que escriba a partir de ahora; por lo menos, hasta que haya pasado tanto tiempo desde esta crisis que no me importe recordarla. 

El mero hecho de pensar que esa sea un posibilidad (la pandemia lejos, en la distancia, como un mal sueño), me hace sentir pena por mí misma. Sé que eso no va a suceder. Me da pena por la Marina que vivió treinta y cuatro años de su vida sin saber lo que se le venía encima y, sobre todo, me da pena por mi hija Alana, que no va a recordar el mundo como era antes. Todavía me parten el corazón las últimas fotos que le hicimos antes del primer confinamiento, el último día que estuvimos en el parque con ella antes de que se pasara dos meses sin que le diera el sol. 

Pero yo no quería hablar de la Maldita Pandemia. Nunca quiero.

Es ella la que no se calla. 

lunes, 26 de julio de 2021

Incomodidad


Últimamente pienso en el valor de la incomodidad. Con la edad, cada vez me he ido volviendo más comodona. La última casa que alquilamos antes de venir, en Castellón, se estaba convirtiendo en la nave donde vivían los gordos de la peli de Wall-e. Paradójicamente, una de las cosas que compré fue una cinta de correr que, por cierto, todavía hoy considero que era una buena idea para andar mientras trabajaba. Pero llegó un momento en que sentía que estaba diseñándolo todo para que hubiera la mínima fricción posible entre la realidad y yo, y de alguna forma, eso se sentía sucio espiritualmente hablando.

Venir a Costa Rica ha sido un baño de fricción. Que sí, que estamos en una urbanización privada con piscina, pero la casa no deja de ser un apartamento de dos habitaciones con unas espantosas luces blancas por todas partes y cortinas que dejan pasar la luz. El nivel de incomodidad que toleramos aquí es inaceptable para mucha gente. Incluso algunos expats se quejan de que esto es demasiado rústico, demasiado crudo: las calles de tierra, no poder comprar como lo hacías en casa, que no esté todo tan disponible y al alcance de la mano con Amazon Prime.

Para mí it's a feature, not a bug. Y ojo, hay que tener cuidado y no frivolizar porque lo que para mí es optativo y un ejercicio espiritual de estoicismo, para otros es su vida y no les quedan opciones. Pero teniendo en cuenta que no voy a solucionar la vida de los ticos sintiéndome culpable, lo mejor que puedo hacer es estar contenta de vivir aquí y gastarme el dinero en sus negocios. 

Me decía mi amiga María que ella ve una tontería buscar estar deliberadamente incómodo. Hay una doctrina entera de filosofía que piensa lo contrario, pero más allá de eso, para mí la incomodidad es movimiento. Cuando no estás cómodo, te mueves; de ahí, por ejemplo, el valor de sentarse en el suelo en vez de en una silla. Cuando estás cómodo te incomodas y anquilosas. Me gustaría ser capaz de tolerar mayores niveles de incomodidad y voy, sin duda, a tratar de encaminar mi vida por ahí. Porque mi prioridad es seguir moviéndome y no llegar a los setenta preguntándome a dónde se fue la segunda mitad de mi vida.

lunes, 19 de julio de 2021

Objetos



Mi abuela murió el pasado Día de Todos los Santos. No es ningún drama: era mayor y hacía tiempo que había perdido la cabeza, y en esta época loca de COVID, aislamiento y mascarillas, la pobre ya no tenía mucho de lo que disfrutar.

La cuestión es que hoy se han reunido mis seis tíos a repartir sus pertenencias. No tengo claro qué se ha llevado mi madre; el único recado que yo le di fue: pide el reloj con la campana.

Se trata de un reloj antiguo cubierto con una campana de cristal. Lo tuvimos un tiempo en mi casa y siempre me gustó: me parecía mágico, como la rosa de La bella y la bestia. Cuando le dije a mi madre hace un par de días que me gustaba, me respondió: 

—Pero ¿para qué lo quieres tú, si no sabes dónde vas a poner el huevo?

No le falta razón. Ahora mismo hay como seis universos de distancia entre la yo actual y Marina comprándose una casa o instalándose a largo plazo en algún sitio. Aun así, no sé, me gusta este reloj y me gusta pensar que algún día tendré dónde ponerlo. 

Esto me ha hecho pensar en objetos a los que doy valor sentimental, que no son muchos.

Así que recuerde ahora mismo (e imagino que si no lo recuerdo ahora mismo, será porque no cuenta) solo se me ocurren tres: mi alianza de casada, mi llavero de Matilda y el Señor Chupete.

La alianza me la compré en el Multiplaza Escazú: un enorme centro comercial de San José donde me pasé un día probándome todo lo que tuvieran en blanco tratando de encontrar algo para la boda. 

Había perdido la esperanza de encontrar una. En todo sitios las hacían solo por encargo y no estaríamos en San José el tiempo suficiente. Me resigné a casarme sin alianza y pedir una más adelante.

Sin mucha fe, entré en una de las varias joyerías del Multiplaza. Aquel día llovía un montón y se escuchaba el aguacero contra los tejados del centro comercial. 

—Quiero una alianza —dije.

—¿Oro blanco, rosa, con diamantes...?

—Oro amarillo normal, de las de toda la vida.

«Señora —me entraron ganas de decirle—, si usted supiera. Nunca pensé que me casaría. Tengo hasta una etiqueta en mi blog sobre eso. Incluso aunque encontré a mi Maromo Definitivo, no creía que lo convencería para hacerlo oficial porque es de los de a mí el Estado no va a decirme a quién quiero. Pero ME CASO, SEÑORA, y el mundo ha de saberlo, y por eso quiero que mi alianza parezca una alianza y no cualquier otra cosa hippie».

Solo tenían una pareja de alianzas de oro amarillo. Me probé la más pequeña y me encajaba como anillo al dedo (JAJAJA). Además, me pareció preciosa. No sé cuántos kilates tiene, pero su dorado es como muy mágico y puro. 

La compré en el momento y luego me encerré en un baño del centro comercial, me senté sobre la tapa del váter, deshice los lazos de la bolsa y de la cajita donde me la habían guardado y me la probé con gran orgullo.

Quedaban solo dos semanas para la boda y me las pasé deseando que llegara para poder ponerme mi anillo.

E igual parece muy superficial en plan esclava del patriarcado, pero estoy orgullosa de mi anillo porque mi relación con Pablo es lo que me hace sentir más orgullosa de mi vida ahora mismo. Es lo que mejor me está saliendo. Mi hija me enorgullece, claro, pero no me da la sensación de que sea mérito mío nada de lo que hace. Mi matrimonio es otra cosa: eso sí que me lo he ganado con sangre, sudor y lágrimas.

En cuanto al llavero de Matilda: creo que ya he hablado de él otras veces. Me lo regaló mi querido Anxo por sorpresa. Se lo encargó a su madre, que iba a la feria del libro de Frankfurt, si no me equivoco, donde ella había comprado uno igual varios años antes. 

No sé si es el llavero en sí o el hecho de que hubiera tanta logística involucrada en el regalo (su madre, la feria del libro de Frankfurt, que su madre lo trajera de Guadalajara, donde vivía, a Cádiz). El caso es que fue uno de los regalos que más me han conmovido en mi vida.

El último objeto entrañable lo perdimos en el avión de España a Costa Rica. Se trata del Señor Chupete: el primer chupete de Alana y su favorito desde que nació, al que Pablo le había cortado el asa para que no se lo quitara sin querer con su manita. Imaginaba ese chupete como uno de los pocos objetos de mi hija que guardaría toda la vida, pero se perdió para siempre entre los asientos de un avión de Iberia cualquiera.

Es lo que tienen los objetos con valor sentimental, supongo; que su destino último es perderse en el olvido. O igual solo soy yo con mi despiste.

lunes, 12 de julio de 2021

Prioridades

 

Esta mañana estaba escuchando una entrevista de Tim Ferriss a una tal Debbie Millman, una diseñadora muy famosa que vive en Manhattan desde hace treinta años. Al parecer, se crió entre Brooklyn y Queens, y Manhattan había sido su sueño desde que era niña. Después de la universidad, se trasladó a un piso minúsculo: para entrar a su habitación tenía que pasar por el dormitorio de la pareja con la que vivía, y en el exterior de su ventana, que no podía abrirse, anidaba una familia entera de palomas. 

Debbie se contaba a sí misma que lo que de verdad quería en la vida era ser artista: escritora o pintora, pero que para eso necesitaba un sueldo decente. Decidió hacerse diseñadora porque así pagaría el alquiler mientras se convertía en artista. No fue hasta mucho tiempo después que se dio cuenta de que se había mentido a sí misma.

«Si hubiera querido de verdad ser artista —explica—, me habría mudado a un sitio más barato. Me hice diseñadora porque mi verdadera prioridad era vivir en Manhattan». 

Es curioso mirar nuestras decisiones en retrospectiva y darnos cuenta de que ellas son las que revelan la auténtica historia de nuestras prioridades. La mía, sin duda, nunca ha sido ser escritora. En todas las bifurcaciones del camino he tomado decisiones que me han llevado a otros lugares. ¿Cuál ha sido mi prioridad, entonces?

No sé: llevo todo el día dándole vueltas a una pregunta, como el que trata de resolver un crucigrama difícil, y no encuentro la respuesta. ¿Ha sido el dinero? Tampoco. Por dinero habría tomado muchas decisiones de manera distinta. ¿Ha sido el amor, la amistad, vivir en un lugar determinado? No lo sé. Quizá no había ninguna gran prioridad, y esa opción es, quizá, la más aterradora. 

Sería bonito encontrar una respuesta a esta pregunta. Vale, no sé si bonito es la palabra, pero podría ser práctico; poético, incluso. ¿Qué tienen en común la decisión de estudiar en Granada, hacer la residencia en Cádiz, mudarme a Margalef, luego a Granada de vuelta, luego a Castellón y luego ni más ni menos que a Tamarindo, Costa Rica? ¿Qué tienen en común estudiar psicología, después hacer el PIR, después montar mi negocio, después crear una membresía de desarrollo personal?

Tengo la sensación de que si hay algo que vincula todas esas decisiones es mantener los desafíos en el campo de lo predecible, lo probable, lo que puedo controlar con relativa facilidad. No me gustan los retos demasiado ambiciosos ni me gusta jugar a la lotería con mis elecciones.

Quizá lo que ha guiado todas mis decisiones hasta ahora es el control. Decida lo que decida, quiero seguir controlando, quiero seguir sabiendo que la mano ganadora la sostngo yo. O puede que sea la comodidad: que las cosas sean medianamente asequibles, que la famosa zona de confort siga rodeándome incluso aunque a ojos de otros parezca que estoy fuera de ella.

Ni idea. Es una pregunta interesante que explorar. Si se me ocurre algo nuevo, seréis los primeros en saberlo.