massobreloslunes

domingo, 4 de enero de 2009

Vale, ya he empezado y borrado tres entradas. Esto es un desastre. Yo le pongo todo mi esfuerzo, pero no me salen más que estupideces rancias, y me acuerdo de Ana, mi ex-compañera de piso, que me dijo una vez: Mari, pero escribe como si tuvieras veinte años, no cincuenta.

(Esto para que veáis que, contrariamente a lo que pueda parecer, yo mis textos los pienso mucho y no escribo la primera tontería que se me pasa por la cabeza. He dicho)

Mis tres entradas iban básicamente de la terrible experiencia que está siendo para mí esta navidad. A mí la navidad siempre me ha gustado: hay comida rica, hay regalos, hay villancicos. Este año, sin embargo, me siento desubicada en este juego de Sims a tamaño real que es la vida. Me da un poco de miedo, porque ya me pasó a principios de curso y me pasé semanas intentando acostumbrarme a la existencia. Ahora vuelvo a tener esa sensación de irrealidad, de absurdo absoluto, como cuando miras mucho rato a una mosca que intenta salir al exterior dándose cabezazos contra un cristal.

A veces, sin embargo, la vida tiene sus momentos. Venía yo hoy de vuelta de llevar a Metemary al Rincón (un pueblo de por aquí), conduciendo despacio por la autovía. El cielo estaba violeta con grandes nubes oscuras y plateadas, y apenas había otros coches además del mío. Yo escuchaba Extremoduro y miraba de reojo la ciudad iluminada frente al mar, y pensaba "Oye, pues no está tan mal Málaga". Y me acordaba de cuando voy en bicicleta por Granada de noche, cuando las tiendas han cerrado y las calles se quedan vacías y silenciosas. Pedaleo a través del aire frío del Mulhacén y me veo en los escaparates apagados, un poco cómica en lo alto de mi bici plegable, y la libertad parece tan sencilla y hermosa como eso: elegir una dirección e impulsarse con los pies.

La navidad es un poco deprimente, es verdad. Menos mal que ya se está acabando. Y 2008 ha sido un año terrible, y que se haya acabado no sé si es un consuelo, porque como me dijo J. hace un par de días, "el fin del año es sólo un punto aleatorio en el espacio". El tiempo es continuo, y los años que nosotros marcamos en él no son buenos o malos, sino una simple manera de agrupar esa sucesión de momentos en nuestra conciencia. Aun así, yo espero que 2009 sea mejor que 2008. Guardo en el fondo de mi corazón una reserva de alegría para las sorpresas buenas de la vida. Este año me gustaría escribir un libro de relatos, poder comerme las habas que he plantado en la terraza, viajar un poquito y enamorarme de alguien.

A todos los lectores de este blog, feliz año nuevo. Que vuestra sucesión de momentos también esté llena de libros, besos, viajes y habas. Que siempre tengáis a alguien a quien amar, que vuestras cocinas huelan a café y tengáis un brasero en invierno y una playa en verano. Que Extremoduro anime vuestras noches y podáis montar en bicicleta. Porque si tengo algo claro en esta vida es que Extremoduro es un grupo buenísimo y que las bicicletas son la felicidad.

domingo, 28 de diciembre de 2008

Estoy sentada en el salón de mi casa de Málaga. La chimenea ha ardido todo el día y creo que es la primera vez en estas vacaciones de navidad que, definitivamente, no tengo frío. Ha sido un buen día. Elsa y Arantxa han venido esta mañana y hemos dibujado mandalas. Por la tarde ha venido MQEN y hemos meditado juntos. Podía observar los pensamientos cruzando fugaces por mi cerebro: apenas ráfagas de luz en la noche oscura de la consciencia. Sólo me desconcentraba cuando pensaba en J., mi J.

Después de que MQEN se fuera he estado un rato tocando el piano. Había quedado a las once en el centro, pero ya sabía que no iría, así que he esbozado unas cuantas piezas con la sordina puesta. Mis dedos están débiles y torpes por la falta de práctica. A veces saben más que mi mente, a veces menos. Y yo pienso que la estructura de las piezas está completa en mi cabeza, sin fallos y, sin embargo, por alguna teoría aleatoria del caos, un chispazo equivocado de mis neuronas, fallo: piso entre teclas, no mantengo el ritmo, desplazo los acordes.

Después de tocar mando un mensaje a Arantxa y le digo que no voy a ir al centro. Estoy cansada, la chimenea me atrapa con el arder tranquilo de sus troncos. Luego me pongo a leer La hija de la amante, de A.M. Homes. En el libro, Homes habla de su adopción y de cómo conoció a sus padres biológicos cuando tenía treinta años. Sus padres biológicos resultan ser personajes ridículos, sórdidos, así que ella lleva setenta páginas hablando de su tristeza, de cómo se siente rota cuando su padre le oculta frente a su otra familia, cuando le regala joyas ridículas por su cumpleaños. De cómo le hace fotos a los armarios de su madre cuando va a limpiar su casa tras su muerte.

Yo estoy tranquila hoy, después de tantas horas junto a la chimenea, dibujando, meditando, leyendo. Sola y en compañía de personas a las que amo. Siento compasión por A.M. Homes, por cómo hay también sufrimiento cuando hay éxito, por cómo ni siquiera escribir puede salvarnos. Me digo que a un nivel elemental, todos estamos rotos; hasta los hijos de las familias felices. Recuerdo a Mariana hablándome de cómo nunca podría aspirar al nivel de amor y felicidad que tenían sus padres, y del miedo que le daba eso. Y, en cualquier caso, hay pocas familias felices.

Releo este texto y me doy cuenta de que sólo he comenzado a situarme, de que si fuera una escritora honrada y no pensara publicar esto en el blog continuaría en alguna dirección durante un par de páginas más. Pero estoy cansada. He meditado dos horas hoy. La apertura, la capacidad de sentirlo todo, también tienen un límite. Ahora prefiero irme a dormir y encontrarme con el territorio neutral de la inconsciencia. Voy a publicar esto, aun así, aunque sólo sea porque lo he escrito a ordenador y hay que aprovechar para que no se me marchen los lectores.

Entonces, buenas noches.

viernes, 26 de diciembre de 2008

La verdad sobre perros y gatos

Tengo un perro. No por elección propia, claro está. Lo ha traído mi hermano a casa utilizando una política de hechos consumados bastante discutible. Así que realmente no es mi perro, pero paso bastante tiempo con él. Cambiemos entonces la frase inicial:

Vivo con un perro. Ésta es casi más políticamente correcta.

Esto no es lo peor. Lo peor es que mi hermano le ha llamado Hooker, que no sólo es un nombre extraño y con poca personalidad, sino que en argot significa "Puta". Y yo soy muy lacaniana, así que eso de que nuestro perro se llame como una prostituta no hace sino acrecentar mi de por sí disposición regulera hacia él. Creo que me gustaría más si se llamara algo chulo, como Kubrick o Lunes. Lo bueno que tiene es que es muy, muy mono, con unos ojitos castaños muy graciosos y el pelito suave y negro. Si fuera un perro callejero de esos raros, cabezón e hirtuso, como diría mi colega el Adri, otro gallo le cantaría.

A ver, a mí no es que no es que no me gusten los perros. Son monos y merecen amor porque son criaturas vivas, etc etc. Pero no les capto muy bien. Tuve a mi querida y perdida gatita Clementina y no sé, la entendía. Ella hacía su vida, con sus intereses (dormir, el jamón york y los mimitos, por ese orden), y cuando le apetecía me buscaba, y cuando no pues pasaba de mí. O venía un rato, nos dábamos cariñitos y luego se iba. Hooker, sin embargo, sólo tiene intereses destructivos. Llevamos juntos en casa una semana y lo único que le digo al perro es "¡No, Hooker, no!". No chupes los platos de comida, no saques la tierra de las macetas, no muerdas mi zapatilla, no me acoses, no me mordisquees de bromita que duele, sal del salón, no te comas el turrón de la bandeja, no destroces las bolas del árbol de Navidad... Etc, etc.

Sus intereses no destructivos se reducen a dar vueltas en torno a los humanos moviendo el rabito. Y eso ya sí que me desconcierta. ¿Qué se hace con un perro? Yo intento gatunizarlo subiéndomelo al regazo y acariciándole bajo la barbilla, pero no le hace mucha gracia. Además, es un perro de aguas que tiene pinta de volverse gigante, así que en un par de meses esta opción tampoco me servirá. Normalmente le acaricio un poco y luego me agobio porque da vueltas a mi alrededor como un satélite enloquecido y necesitado de atención. No hace mucho más: huele cosas invisibles en el suelo, lloriquea, ladra y se caga en las alfombras.

No sé, no lo veo claro. En mi opinión, lo de ser de perros o de gatos es un poco como lo de ser de fanta de naranja o de limón: va con el carácter de cada uno y no cambia tan fácilmente. Si tuviera que teorizar sobre el asunto, diría que los amantes de los gatos somos más capaces de aceptar una relación independiente y libre, en la que cada uno se acerca al otro cuando le apetece y es libre de irse si les da la gana, mientras que los amantes de los perros son un poco patológicos y necesitan tener asegurada la atención y la fidelidad de su animal de por vida. Pero vamos, que eso son ganas de clasificar y juzgar, y a mí eso me hace retroceder un par de peldaños en la escala evolutiva de la reencarnación, así que no me hagáis caso.

En fin. Feliz Navidad, o lo que queda de ella.

miércoles, 17 de diciembre de 2008

Sé que no estoy escribiendo mucho aquí. Sin embargo, soy muy muy traidora y escribo bastante en privado. En secreto. Todo empezó hace unas cuantas semanas, cuando un traidor virus estomacal me postró en la cama durante un par de días. Entre pota y pota empecé a releer los libros de Natalie Goldberg. Lo de esta mujer es muy curioso. Cree en la salvación espiritual a través de la escritura. Es meditadora zen con experiencia y relaciona su escritura con las sentadas de meditación. Yo no sé mucho de zen (de hecho no sé nada), pero estuve releyendo los libros a la nueva luz de mi (ejem) camino espiritual (doble ejem). Es curioso cómo cambian los significados de una lectura cuando empiezan a saltar a tus ojos matices diferentes, relacionados con lo que estás viviendo con tu vida en ese momento. La vida debería ser lo suficientemente larga como para releerlo todo.

Y lo que pasó fue que me entraron ganas de escribir más. Y que me di cuenta de que publicar en este blog me estaba deformando.

Me explico: escribir para un blog es hacerlo de una forma determinada, sobre una determinada temática y con una detemrinada extensión. Yo en ese sentido siempre he sido bastante anárquica, y he escrito desde minicuentos hasta historias gigantescas o post cuentavidas aburridísimos. Sin embargo, sí es cierto que escribir para otros todo el rato te condiciona. Necesitaba (necesito) un espacio de práctica, un gimnasio donde haer calentamiento para poder salir después aquí (o donde sea) a hacer una exhibición.

Además, me di cuenta de que todo, o casi todo, lo que alguna vez he escrito sobre J. he acabado por publicarlo aquí. No me pareció justo. Necesito despedirme de él y que no lo vea nadie. Necesito escribirle, porque vivir sin él es lo más difícil que tengo que aprender a hacer en este momento de mi vida, y no puedo hacerlo siempre de cara a la galería. Lo que no es culpa del blog, sino mía, obviamente. Así que últimamente me siento en el escritorio a escribirle despacio a J. (a mano, en la libreta verde que llevaba a los primeros talleres que compartimos) y me hace mucho bien. Y no creo que nunca se lo enseñe a nadie. Mucho menos a él.

Por otra parte, hay cosas que podría publicar aquí. Fragmentos de escritura en la libreta que no me disgustan. Pero, para terminarlo de arreglar, tengo el ordenador roto, y ahora mismo estoy escribiendo en la biblioteca del colegio, disimulando como si estuviera mandando un mail y mirando a un lado y a otro para que nadie lea lo que hay mi pantalla.

Esto no quiere decir que vaya a dejar el blog. Sólo quería dar señales de vida. Normalmente, cuando digo que voy a dejar el blog se me empiezan a ocurrir maravillosos posts y empiezo a aturrullar al personal (Murphy), así que prefiero dejar que las cosas se vayan asentando en mi vida literaria por su propio peso. De momento, me interesa más seguir escribiendo para mí. Creo que le daré aire a mi escritura, que se acabará beneficiando mucho. Si encuentro ordenadores libres y un poco de tiempo, quizá actualice de poco en poco. De lo contrario, no me echéis de menos :P

Os quiero siempre.

viernes, 28 de noviembre de 2008

El Contrapost (II): las sensaciones

Ahora vamos con otro concepto interesante: la evitación de las sensaciones negativas y la búsqueda de las sensaciones positivas. Esta dinámica, que puede parecer muy lógica y muy normal en el contexto cultural en el que nos movemos, es la causante de gran parte de nuestros males y nuestras patologías.

Creencias del mundo que nos rodea:

- Podemos elegir, comprar y comer la comida que nos gusta.
- Podemos elegir, comprar y utilizar la ropa que nos gusta.
- Podemos elegir y disponer de los pensamientos que nos gustan.
- Podemos elegir y experimentar las sensaciones que nos gustan.

La primera y la segunda afirmación son ciertas en su mayor parte, al menos para las personas con un poder adquisitivo medio (otra cosa es la satisfacción duradera que nos vaya a proporcionar esa comida o esa ropa, que al fin y al cabo vuelven a ser sensaciones agradables y efímeras. Pero no es ésa la cuestión).

La tercera y la cuarta, sin embargo, son parcialmente falsas. Podemos tener y experimentar tanto pensamientos como sensaciones agradables. Sin embargo, a menudo vamos a experimentar pensamientos y sensaciones que no son nada agradables. A menudo vamos a desear pensamientos y sensaciones agradables y no vamos a ser capaces de generarlos. De los pensamientos ya hablamos (más o menos) en el post anterior. Centrémonos ahora en las sensaciones (entre otras cosas, porque al fin y al cabo un pensamiento es agradable cuando nos proporciona sensaciones agradables).

Es decir, que actualmente creemos que si tenemos un trabajo gratificante, comemos sano, practicamos técnicas de relajación, viajamos a lugares hermosos, cuidamos nuestras relaciones, pensamos en positivo y dormimos bien, sólo experimentaremos sensaciones placenteras desde que nos levantemos hasta que nos acostemos. Este enfoque, además de irreal, es muy dañino. Convierte nuestra vida en una búsqueda de sensaciones agradables y una evitación de sensaciones desagradables que nos vuelve egoístas e impulsivos.

Pensadlo. Beber, fumar, drogarse y todas las adicciones: evitar sensaciones desagradables, conseguir sensaciones agradables. Enamorarse: conseguir sensaciones agradables. Los partidos de fútbol, los debates de televisión, las teleseries: conseguir sensaciones agradables. Los antidepresivos, los masajes, las técnicas de relajación, la terapia: evitar sensaciones desagradables y conseguir sensaciones agradables.

El gran problema es que hemos llegado a un punto en el que sólo "lo hago si me hace sentir bien". El coste de negarse a sentir el dolor puede ser enorme. Desde no ser capaces de emprender un proyecto importante para nuestro futuro porque va a requerirnos mucho esfuerzo, hasta evitar temas de conversación importantes porque nos hacen sentir violentos o nerviosos, o abandonar a nuestra pareja porque "ya no es como al principio". Aquí no pretendo reinstaurar una moral del sacrificio o de la resignación. Está bien querer sentirse bien. Es querer evitar el malestar a toda costa lo que acaba convirtiéndose en patológico. No sólo porque nos encierra en nosotros mismos y nos hace incapaces de hacer nada por los demás, sino porque nos llena de miedo hacia sentir y pensar "incorrectamente", estar enfermos o ser infelices.

Por cierto, hace un tiempo mi amigo Jose Luis me dijo que el peor insulto que podían lanzarle era "infeliz". En aquel momento, estuve bastante de acuerdo. Durante casi toda mi vida he pensado que ser feliz, entendido como sentirse bien la mayor parte del tiempo, no sólo era deseable, sino casi un imperativo moral para nosotros, los opulentos y afortunados habitantes del primer mundo. Ahora creo que la capacidad de aceptar el sufrimiento es mucho más importante que el bienestar. Paradójicamente, el empeño por estar bien y a gusto todo el rato nos vuelve egoístas. Es difícil mirar alrededor y ayudar a los demás si no se está dispuesto a tolerar cierta incomodidad.

Hoy en día estamos viviendo un impresionante auge de la autoayuda y la búsqueda de la realización personal. Esto debería ser bueno; sin embargo, paradójicamente, la mayoría de las personas que acuden a este tipo de recursos tienen como objetivo básico autoayudarSE y realizarSE. Hay pocos que vayan a relajarse o a meditar porque quieren ser capaces de ayudar a los demás o porque no quieren hacer más daño a su alrededor con su sufrimiento. Es más: curiosamente, ahora están popularizándose mucho las corrientes autoayudísticas del pensamiento positivo y la felicidad programada (tipo "El Secreto" y pelis similares), que básicamente proclaman que si uno piensa con la suficiente energía en aquello que desea, acabará materializándose. Estas ideas tienen el gran atractivo de prometer el paraíso en la tierra, y el gran peligro de terminar ignorando todo lo negativo y doloroso (incluidos mendigos, ancianos e incluso niños llorones) porque perjudica nuestras vibraciones y nos hace atraer acontecimientos "malos".

Por otro lado, gracias a Quiensea, la meditación Vipassana se está extendiendo como la pólvora, y ciertas terapias de tercera generación como la ACT (Acceptance and Commitment Therapy, o Terapia de Aceptación y Compromiso), también están empezando a pegar fuerte. En la Vipassana uno medita por sí mismo y por los demás, siendo consciente de que es "bueno para uno, bueno para todos". La ACT tiene una importante carga de orientación a valores que va más allá del conseguir sentirse bien y pretende acercar al individuo a donde realmente quiere estar, sin rechazar pensamientos o emociones del amplio espectro del sentimiento humano.

Así que estamos en un momento interesante: o hacemos todos caso a los gurús del buen rollito y seguimos mirándonos el ombligo por siempre jamás o meditamos todos y generamos la compasión suficiente como para salvar este mundo dolorido. A ver qué pasa :)

Si os interesa el tema, más información sobre meditación Vipassana aquí y sobre terapia ACT aquí.

lunes, 24 de noviembre de 2008

El contrapost (I)

Todo esto viene a un post que escribió Amanda hace unos días. Amanda es una bloguera que escribe mucho y bastante bien sobre sexo, amor, amistad, infidelidad y lo que le echen. Además, es psicóloga, así que de vez en cuando explica algunos conceptos y teorías de psicología cognitivo-conductual. En el post en cuestión hacía algunas afirmaciones bastante categóricas respecto a las relaciones pensamiento-emoción-conducta que no me convencieron mucho. Intenté rebatirlas en los comentarios, pero tienen limitación de espacio y no sé si se me entendió muy bien. Así que, como lo bueno de los blogs de uno es que puede escribir lo que le plazca, voy a intentar explicar aquí un poquito lo que yo he comprendido hasta ahora de las relaciones pensamiento-emoción conducta.

Esto quiere decir que lo que viene a continuación puede ser un coñazo para algunos. Personalmente, opino que cualquier persona humana debería esforzarse por entender su mente y su comportamiento para intentar ser feliz, en lugar de ir trampeando por la vida y finalmente morir, y por eso considero muy interesante hablar y escribir sobre este tipo de teorías. Pero advierto lo del potencial coñazo por si alguien se raja :)

También tengo que decir que, si bien Amanda afirma que sus escritos están basados en un montón de años de trabajo con pacientes, yo digo que lo que voya escribir está basado en años de trabajo conmigo misma. Ya dijo Buda: no os creáis nada que os digan los demás, por sabios que sean quienes los digan o lógicos que parezcan los razonamientos, o por mucho que se infiera de sus palabras o de sus acciones. Creed sólo lo que experimentéis por vosotros mismos. Así que voy a hablar sobre aquello que conozco, y vosotros (si queréis) podéis reflexionar sobre ello por si os ayuda en algo. Pero no busco convencer a nadie de nada. Intentar convencer a alguien de algo es un gran desperdicio de energía y tiempo.

Resumo el post de Amanda: dice ella que los actos son consecuencia directa de los pensamientos. Que un pensamiento genera una emoción y la emoción genera una conducta. Que, por tanto, cambiando el pensamiento y aprendiendo a pensar correctamente, podemos cambiar la emoción que generamos y llevar a cabo la conducta correcta en cada acción.

Pensar que los pensamientos conducen a la acción, y que debemos centrarnos en cambiar los pensamientos, es tan absurdo como angustiarnos en el cine porque estamos viendo una película de terror y empeñarnos en cambiar la cinta por una comedia para sentirnos bien. Para empezar, cambiar la cinta es complicado; para continuar, ni siquiera es seguro que la comedia vaya a hacernos sentir bien. Por último, incluso suponiendo que pudiéramos lograr cambiar la cinta y sentirnos bien con ella, ¿no sería mucho más lógico darse cuenta de que no estamos dentro de la pantalla, sino sentados cómodamente en nuestras butacas?

El símil no es del todo exacto. La película que se proyecta en nuestra mente trata sobre nosotros y está extraordinariamente bien filmada. Pero no deja de ser una película. Si examinamos detenidamente nuestros pensamientos, nos daremos cuenta de que son, en su mayoría, proyecciones distorsionadas y repetitivas de nuestro pasado y nuestro futuro. En este sentido, los psicólogos cognitivos tienen razón: pensamos mal. Lo que no me convence es su propuesta. Si cambiamos esa película mental por proyecciones positivas y alegres sobre nuestro pasado y nuestro futuro, no dejan de ser películas. ¿Y quién quiere vivir la vida tamizada por la pantalla de cine de su mente?

Ejemplo ilustrativo: una persona está tomándose el café. Mientras lo hace, piensa en la importante reunión que tiene programada para esa tarde. Empiezan a asaltarle un montón de ideas negativas: "no voy a hacerlo bien, no la llevo bien preparada, voy a hacer el ridículo, me temblará la voz..." La solución más lógica y comunmente aceptada es esforzarse por pensar en positivo: "me va a salir bien, domino el tema, podré exponer mis ideas con seguridad, voy a hacerlo lo mejor posible".

El problema es que tanto en el primer caso (pensamientos chungos) como en el segundo (pensamientos positivos y adaptativos), la persona se olvida de disfrutar del café. De olfatear el aroma a tostadas que llega desde la barra. De sonreír mirando al niño de la mesa de enfrente. De observar a las personas que caminan al otro lado de la ventana.

Y, en última instancia, los pensamientos conducen a la acción sólo porque nosotros nos hemos convencido de que es así. Existe una especie de consenso general sobre que tenemos que pensar en positivo para hacer las cosas bien, mantener una alta autoestima para conseguir nuestros objetivos, anticipar resultados favorables para lograr las cosas. Así que invertimos un esfuerzo muy valioso en cambiar nuestros pensamientos sin darnos cuenta de que podemos realizar una acción sin que ésta se vea determinada por ellos.

Por ejemplo: yo llevo todas las mañanas de mi vida pensando "no quiero madrugar", y madrugo. Es cierto que, en esos casos, suele haber una verbalización interna que nos dice "bueno, pero tienes que madrugar, porque es importante que vayas a clase, que estudies una carrera, etc etc". Pero esa verbalización no tiene conexión directa con las acciones, no se materializa instantáneamente en una conducta consecuente. De hecho, a menudo fantaseamos con acciones que no llevamos a cabo, o nos proponemos firmemente hacer algo y terminamos por dejarlo.

Es cierto que los pensamientos negativos pueden afectar el desempeño en algunas tareas. Por ejemplo: un estudiante que no hace más que pensar que no se sabe un tema puede desencadenar una serie de reacciones fisiológicas que le impidan concentrarse y hacer bien el examen. Pero es sólo porque nosotros les damos ese poder. Esto puede resultar un poco complicado de entender, pero digamos que es como si estuviéramos en una habitación y hubiera una persona gritándonos órdenes en una esquina. Que las cumplamos o no depende de que creamos o no que tengamos que cumplirlas, del poder que asignemos a esa persona. Hacemos lo que nos dice nuestro jefe, pero ignoramos a un borracho de la calle. De la misma forma, se puede llegar a un punto en el que miremos a la vocecita de la mente con compasión y nos riamos de sus estupideces.

Por supuesto que la mente es útil, y que el pensamiento también lo es. Pero cambia tan rápido y es tan difícil de controlar que no merece la pena concentrarse en que todo lo que salga por nuestra cabecita sea lógico, correcto y positivo. Es sencillamente agotador (además de muy difícil).

De momento, lo voy a dejar aquí; si os apetece, o me apetece a mí, o en los comentarios surge alguna idea interesante, continuaré ampliando el tema en posts sucesivos.

martes, 18 de noviembre de 2008

Sobre cómo se pone el sol en el Sacromonte

El miércoles pasado fui de visita a la Abadía del Sacromonte, un edificio del siglo XVII que alberga misteriosas historias de reliquias, falsificaciones y fe. No me voy a parar ahora a contar todo lo que pasó allí en su época, así que visitad esta página si queréis entrar en detalle. Lo que quiero contar es que cuando salíamos de allí, el sol se ocultaba por la Vega, en el hueco que queda entre en Albayzín y las colinas de la Alhambra. Todos nos acercamos el extremo del patio para ver el cielo y la bola redonda del sol entre las nubes, y cuál no sería mi sorpresa al ver que lo primero que hacían mis compañeros de visita era sacar las cámaras digitales y ponerse a disparar como locos.

A ver, personitas. Que no es que esté mal dispararle a la puesta de sol en lugar de sentarse a contemplarla a lo hippy. Bueno, bien bien no está, porque en lugar de admirarla en toda su grandeza, uno acaba concentrándose en encontrar el tiempo de exposición y el contraste perfecto para capturar unos colores lo más parecidos posible a la realidad. Al final nunca lo son, y uno termina por comparar la imagen en la pantalla con el cielo espléndido que tiene delante, y en lugar de agradecer el show gratuito del universo se queja por la resolución de la cámara. Pero ésa no es la cuestión.

Sacarle fotos al cielo sería razonable si al llegar a casa, descargar el contenido de la tarjeta de la cámara y sentarse frente al portátil, uno experimentara las mismas sensaciones que cuando está viendo el atardecer verdadero. Pero luego nunca es igual, por bonita que sea la foto. Lo que tienen de especial las puestas de sol es esa cualidad mágica de que algo increíblemente hermoso está ocurriendo junto al aburrimiento urbano de cada día. Es tan bonito, y es gratis, y es incomprensible y enorme, y cambia a cada instante hasta que se va. Las puestas de sol nos sacan del aturdimiento cotidiano; estamos inmersos en el trabajo, o en caminar por la calle hacia una tienda, o en rumiar nuestras preocupaciones, y de repente nos damos cuenta de que algo ha empezado sin avisarnos y es mucho más grande que cualquier importante asunto en el que podamos pensar. Ese cambio de escala provoca una especie de ruptura mental, un vacío, un satori breve pero intenso que nos tiene un tiempo variable contemplando el cielo sin pensar en nada más. Eso no tiene nada que ver con mirar la imagen en la pantalla, porque para ver imágenes bonitas en el ordenador basta con buscarlas en google. Y todos estaréis de acuerdo en que no es lo mismo.

La mañana siguiente de mi noche de amor con el italiano (suspiro, suspiro), estábamos los dos junto a playa, mirando el mar recién amanecido. A través del agua transparente de la orilla podían verse los guijarros de colores. "Mira esas piedras", me dijo Marco. "Ahora tienen unos colores preciosos: verde, azul, rosa... Bueno, pues cuando te las llevas a casa se vuelven grises. No sé por qué". "Es que a lo mejor no hay que llevarse las piedras a casa", contesté, y luego creo que le hablé de la floración de no se qué cerezo sagrado en Japón, en la que no se permite hacer fotos. Claro, que antes de volver a Málaga le saqué a él varias y, en efecto, no es lo mismo en absoluto.