
- ¿Sabes cuál es una de las cosas más bonitas que me han dicho en mi vida?


Prometo no mandar más cartas
(ni más mails)
y no pasar por aquí
(aunque no paso yo, es tu imagen la que viene).
Prometo no llamarte más
(ni mandarte mensajes al móvil)
y no inventar ni mentir
(ni manipular, ni buscar razones o pretextos donde no los hay).
Prometo no seguir viviendo así
(con esta tristeza aleatoria y persistente)
prometo no pensar en ti
(ni en Ishiguro, ni en los parques, ni en la miel con vinagre balsámico).
Prometo dedicarme solamente a mí
(a mi meditación, mis libros, mis pacientes).
Prometo que a partir de ahora lucharé por cambiar
(por ser más buena y sensata, más callada y coherente).
Prometo que no me verás, que no voy a molestar
(seré una santa).
Y sabes que lo digo de verdad
(esta vez sí, te lo juro),
que no voy a fallarte en nada
(te dejaré tranquilo de una vez).
Tengo mucha fuerza de voluntad
(estudié mañana y tarde durante meses, saqué el número 12 del PIR),
no te fallaré en nada
(tampoco me dejas).
Prometo no seguir así
(porque es patético),
prometo que no voy a pensar en ti
(y yo lo que prometo lo culpo),
prometo dedicarme solamente a mí
(qué remedio).
Y el aire que me sobra alrededor
(me sobra aire vacío, no sólo de ti, vacío de muchas cosas)
y el tiempo que se queda en nada
(se me disuelven los días y no tengo ni idea de a dónde van).
Nunca más escucharé tu voz
(y, de hecho, no la recuerdo),
energía nunca liberada
(que se queda conmigo y me consume los huesos).
Palabras que se perderán entre estas cuatro paredes
(¿dónde van las palabras cuando no las escucha nadie?),
como lágrimas en la lluvia se irán
(y pasará el tiempo, y nos cubrirán los años, y nos haremos viejos...).
Se irán, se perderán, se irán, se perderán, se irán, se perderán,
se irán, se perderán, se irán, se perderán...
Como lágrimas en la lluvia...
¿Dónde estabas entonces?



Ya he comentado alguna vez que mi ánimo se divide entre los días en que pienso que me puedo comer la vida y otros en que la vida se me come a mí. Hoy ha sido un día del tipo B, así que estoy cansada y desmoralizada, preguntándome qué sentido tiene todo esto, hacia dónde voy y de dónde vengo. MQEN dice que la vida sirve porque aprendes cosas. ¿Cosas para qué? Para vivir mejor. ¿Y para qué quiero vivir? Para aprender cosas. Y así, sucesivamente.
Por las mañanas cojo el autobús en el paseo marítimo. Cruzo la calle, me acerco al malecón y observo el mar, la ciudad y el amanecer tras los edificios. Es tan bonito que no se puede describir y, al mismo tiempo, cada mañana pienso que es una mierda que no pueda absorberme por completo en el cielo y el agua, porque estoy demasiado preocupada por lo que pasará cuando llegue al trabajo.
Entonces llega el autobús, me subo y miro por la ventanilla. A esa hora suelo encontrarme entre animosa y tensa. Mi trabajo es impredecible. Puedes saber qué pacientes tendrás, pero no qué te va a traer cada uno de ellos o qué clase de marrones confusos te pueden endosar tus compañeros o superiores, así que es difícil un entusiasmo sin fisuras.
Observo la playa mientras escucho en el ipod alguna canción que me haga sentir que hay vida detrás de las paredes grises del Centro de Salud Mental. Miro a las gaviotas en la orilla y a los gatos tumbados en el murete que separa el paseo de la arena y me da envidia su tranquilidad plácida. Me acuerdo de ese pasaje de la Biblia en el que Jesús decía algo así como “si Dios cuida de los pájaros del campo, ¿no va a cuidar de vosotros, que sois más importantes?”. Como razonamiento es una puta mierda, sobre todo viendo cómo se desarrollaron los hechos desde entonces para los humanos, pero reconforta en el sentido poético. Después miro a la gente que pasea o corre por la orilla. Los desocupados, o los que entran a trabajar tarde, quién sabe, y también me dan envidia por poseer un trozo de tiempo que ahora no es mío.
Odio los días como hoy, en los que la vida me parece sobre todo insatisfactoria. Aunque sepa que normalmente llegan otros en los que me parecerá bella, rica y significativa. Porque luego llegan más días en los que me vuelve a parecer insatisfactoria. Es el cuento de nunca acabar.
Hoy me lloraba una niña en consulta porque no quería separarse de su madre para pasar un test de inteligencia. Al final hemos hecho un trato. Yo ponía la alarma cinco minutos después. Su madre salía. Si cinco minutos después ella seguía llorando, llamaríamos a la madre. A los cinco minutos la alarma nos ha sorprendido a las dos pendientes de algo totalmente distinto. Por supuesto, la niña no lloraba.
Todo será cuestión de aplicarme el cuento.