massobreloslunes

jueves, 20 de enero de 2011

MI segundo objeto favorito en el mundo mundial

Me han traído mi moto de Málaga para poder ir y venir por la ciudad del viento cuando me deje el levante. Ayer llegó por Seur, envuelta en plástico de burbujas, con el portaequipajes roto porque los de la furgoneta son unos brutos. Y me dio penita verla ahí, en mi calle, tan viejecilla ya, con la pegatina de la bruja que pegué hace ocho años llena de polvo y despintada.

Me dio penita porque si la moto está aquí, no está en Málaga. Y Málaga sin moto es el fin de una era. Del por saco que di para que me la compraran, de cómo me convertí en la chica con moto antes de empezar a ser la chica sin coche que soy ahora (curioso cómo cambia en un momento la posición en el escalafón socio-motorizado).

En mi moto iba yo por el amanecer del paseo marítimo para ir al colegio, y por las calles oscuras cuando volvía de fiesta. Cantaba a gritos mientras conducía y bajaba el volumen en los semáforos. Aguantaba la lluvia para no tener que coger el autobús y parpadeaba con fuerza para que las gotas no se me metieran en los ojos.

En mi moto llevaba a Funes a su casa cuando le amaba y él pasaba de mí, y me ponía de los nervios notando su cuerpo de metro noventa y pico pegado a mi espaldita de persona pequeña. A la moto me subía para darle besos cuando conseguí conquistarle tras duros meses a pico y pala, y en la moto me iba llorando cuando se nos acababan las vacaciones juntos.

Además, aunque la moto no ha muerto, que si la bujía le hace perlilla, pues se le cambia y punto, sé que la pobre seguramente ha venido a morir a Cádiz. Y cuando se me estruja el corazón de verla aparcada en mi calle, extranjera la pobre en este universo paralelo y curioso que es la Viña, lo que pienso es que soy gilipollas. Que soy una pobre idiota hipersensible que va por la vida sintiendo congoja por cosas que a los demás no les importan.

Hale, ya se me ha puesto tonta la noche del jueves...

miércoles, 19 de enero de 2011

Eres más triste que un policía en Suecia


Hoy voy a haceros una recomendación literaria. Igual es un post tostón que no interesa a nadie, pero me apetecía escribir sobre ello, y además así puedo usar la etiqueta “Cosas absurdas que sólo me interesan a mí”.

Estoy leyendo Cortafuegos, una de las diez novelas de Henning Mankell que tienen al inspector Wallander de protagonista: un inspector de policía que vive en Ystad, en el sur de Suecia, y resuelve con brillantez crímenes macabros.

Novela policiaca sueca... ¿os suena un poco a Los hombres que no amaban a las mujeres? Pues Henning Mankell mola doscientos millones de veces más que la trilogía Millenium. Yo me leí los tres libros de Larssen porque pillé la gripe A y no me apetecía levantarme de la cama, y porque Lisbeth Salander es un personaje molón; pero, francamente, el autor es un tipo con un sentido de la narratividad nulo capaz de pasarse tres páginas enumerando muebles de Ikea y otras dos describiendo comidas guarreteosas suecas con pepinillos, panecillos, albóndigas y mermelada de arándanos.

Una vez que tenemos claro esto, sigamos.

¿Por qué engancharse a Wallander?

Para empezar, porque Henning Mankell no escribe súper-mega-bien, pero tiene mucho oficio. Sabe lo que se hace: no se lía con chorradas, avanza con agilidad y termina cada capítulo con una frase emocionante que te hace morirte de ganas de seguir leyendo. Cuando tienes uno de los libros de Wallander en el bolso estás deseando encontrar un huequecito libre para leer un poco. Son novelas adictivas. Además, son muchas: nueve o diez, creo. Y gordas. Esto quiere decir que si te enganchas al Universo Wallander, tendrás una fuente abundante de material policiaco adictivo y divertido para momentos de necesidad, como enfermedades, hastío vital o largos viajes en avión.

Por último, el Universo Wallander mola mucho porque está bien construido y bien ambientado. Esto quiere decir que leerse una novela de Henning Mankell es como hacerse un viajecito a Suecia, a un lugar que conoces, con personajes familiares de los que no consigues aprenderte los nombres y calles suecas de nombres raros que empiezan a sonarte. Y en la lectura, como en la vida, está bien tener un lugar al que volver.

Ahora bien, hay cosas que uno debe saber si se va a adentrar en el Universo Wallander por su cuenta y riesgo.

La primera es que en las novelas de Wallander siempre hace mal tiempo. ¡Es Suecia, por el amor de Dios! Siempre hay vientos huracanados, frío intenso, oscuridad y escarcha, y te lo está recordando todo el rato con constantes miradas al termómetro del coche y alusiones a los jerseys que llevan todos. Y las pocas veces que hace buen tiempo, los personajes se pasan todo el rato preguntándose por qué hace tan buen tiempo en esa época del año, con la típica actitud de “coge una chaquetita por si acaso”.

Además de frío, en las novelas de Mankell a uno le entra sueño. Esto es básicamente porque Wallander nunca jamás puede dormir lo suficiente mientras está en una investigación. Se acuesta a las seis de la mañana después de haber pasado toda la noche en comisaría revisando el caso y le llaman a las siete porque ha aparecido un cadaver, y claro, Wallander se levanta más reventado de lo que se acostó. Bebe café y más café y nunca duerme. Agota nada más de leerlo.

[Nota: anda, que buena inspectora de policía iba a ser yo: “Sí, de verdad que yo luego entrevisto al sospechoso, pero NECESITO mi siesta”]

Para terminar de castigar a su pobre personaje, Henning Mankell siempre le manda enfermedades como un dios vengador. En la novela anterior a la que estoy leyendo a Wallander le diagnostican diabetes. En la de ahora parece que está consiguiendo controlar la diabetes, y resulta que en el segundo capítulo le entran anginas. Y claro, en cada párrafo el autor te explica que cuando traga saliva le duele, que necesita concentrarse y no puede por la fiebre, y te mueres de la angustia.

Todo esto se debe a que Wallander es un personaje muy torturado, que sufre todo el rato. Sufre antes de empezar las investigaciones, porque se aburre y tiene problemas existenciales, su mujer le dejó, su padre se ha muerto, su hija pasa de él y su piso está sucio. Sufre mientras investiga porque se pasa todo el rato maldiciendo la barbarie humana y empatizando a tope con todo el mundo: con las víctimas, con los familiares de los asesinos y con sus compañeros policías. Y sufre cuando resuelve el caso porque sabe que seguirá existiendo la maldad, y porque además los suecos no respetan a la policía como en los viejos tiempos. Ya ves tú. En España te quería yo ver.

Pues eso, que Wallander sufre todo el rato, pero es muy buen policía, y aunque en verdad no le gusta, se siente atado a su destino como un Sísifo moderno y sueco, así que ahí está el pobre, novela tras novela, arrastrándose de su piso cochambroso a su oficina cochambrosa en un coche cochambroso que se le ha roto en el cuarto capítulo de esta novela (lo que en verdad no importa, ¡¡¡porque a Wallander le hace falta andar para controlar su diabetes!!!).

En fin, que a pesar de esto yo recomiendo a Henning Mankell a tope. No decepciona y divierte incluso aunque Wallander sea un triste. Yo he estudiado para exámenes con un libro de Henning Mankell abierto bajo la mesa, intercalando páginas de apuntes con capítulos de la novela, como cuando estaba en el colegio y leía bajo el pupitre y los profesores me regañaban. Y esa dulce adicción, la necesidad de leer como quien quiere respirar, la vía de escape a un mundo paralelo oculto bajo las cubiertas de un libro... eso, queridos, no tiene precio.

jueves, 13 de enero de 2011

Querido sobrino barrita a:




Hace apenas cinco días que me enteré de que existías. Es curioso pensarlo: ya eres un cacahuetito dentro de la tripa de tu madre, mi amiga. Si pudiéramos atravesar su panza con rayos X veríamos el pequeño conjunto de células que eres ahora. Y, si todo va bien, te vas a convertir en una personita completa, con tus propios pensamientos y sentimientos, con una cara y un nombre.

Que sepas que eres un niño muy afortunado (permíteme que utilice el masculino, que si no nos va a quedar el texto muy ortopédico. Aunque creo que vas a ser un niño, tengo esa intuición. Pero yo nunca acierto con esto, así que a saber).

Para empezar, tu madre, mi amiga Elsa, es la persona más genial que conozco. A primera vista parece que está como un cencerro, pero luego es increíblemente dulce, inteligente y profunda. A veces creo que no ha venido a la tierra a sufrir y penar como los demás mortales, sino a pasar por la vida con facilidad y a regalarnos a los demás un poco de su luz.

Cocina espectacularmente bien y no le da miedo atreverse con nada: lo mismo reboza huevos cocidos, que prepara lasaña vegetal para quince, que se va de camping equipada con un tarro de hummus casero y un paquete de tortitas de arroz. Es independiente y aventurera, se ha recorrido medio mundo, habla cuatro idiomas y ha vivido ya en cinco o seis países. Se ríe todo el rato, y cuando algo le hace mucha mucha gracia da palmas como una foquita feliz.

Está un poco chalada, hay que admitirlo. Se va de viaje con la ropa en una bolsa de plástico, baila como si estuviera poseída y tiene un abrigo reflectante del carrefour al que duele mirar. Se inventó el trailer de una película de miedo en el que sólo decía la palabra "patata". La he visto disfrazarse de limón, de fin de año, de gitano flamenco; fue a una boda en sari, a una izada de campamento con el pelo lleno de espuma y si le dices cualquier frase es capaz de repetirla al revés.

Pero sabe escuchar como nadie, y aunque pregunta con curiosidad de periodista cansina, es un placer tener a alguien como ella para desahogarse o para recibir consejo. Inventa todo el rato: dibujos, cuentos, canciones, juegos. No es que sea creativa; es que su mente parece ir por caminos distintos a los del resto, como si el mundo fuera una tela gigante donde ella va a pintar con los dedos lo que se le antoje. Y dice sí a todo. Sí a la vida, a la fiesta, a los planes, a los viajes. No conozco a nadie que viva con más intensidad que ella.

Va a ser una madre increíble. Te va a dar amor, espacio, tiempo. Va a jugar contigo más que tú mismo. Cuando estés cansado y tengas ganas de pasar a otra cosa, ella seguirá entusiasmada, llena de energía y de ganas de jugar a juegos absurdos, y le tendrás que decir que pare, porque al final seguro que se pone un poco coñazo.

Además, sobrino barrita a, estamos tus tías, que te vamos a querer tela.

Tita Marta será la que siempre quiera meterse contigo en el agua cuando vayamos a la playa. No se hartará de olas por mucha brasa que le des, y nada tan bien que seguro que te rescata si te fallan los manguitos.

Tita Arantxa te hará fotos y vídeos, y luego los montará para que los veas de mayor y te rías de lo graciosísimo que vas a ser.

Tita Metemary te enseñará a cantar y a tocar las castañuelas, y te apoyará si en tu adolescencia te da por ponerte contestatario y alternativo. Te comprará botas rockeras de contrabando y te invitará a cerveza.

Tita Caro te regalará pinturas y las utilizará contigo, y seguro que te hace dibujos preciosos para que los cuelgues en tu habitación.

Tita Guti siempre tendrá un hueco para ti en sus hoteles, y es tan increíblemente lista que cuando le preguntes los porqués de las cosas te los sabrá explicar todos.

Tita Erika inventará canciones sobre ti y las cantará con su bonita voz de hawaiana grunge, y después te escribirá cuentos ilustrados sobre ornitorrincos y torrehabitantes.

Y yo... bueno, yo seré tita gruñona, que lo sepas. La típica que cuando le digas que juegue contigo a lo mejor te dice que no le apetece o que eres un pesado. La que se sale pronto del agua porque tiene frío mientras tita Marta se ríe de ella. Pero te contaré cuentos fabulosos, te enseñaré a hacer galletas de chocolate y te escribiré bonitos post-homenaje que te avergonzarán toda la vida. Y seré tita pastelosa, la que se abalance todo el rato sobre ti para darte miles de besos y abrazos y decirte que te quiere mientras tú pones cara de asco y esperas a que termine.

Te va a sobrar amor, querido sobrino barrita a. Tienes mucha, mucha suerte. Y cuando miro a tu madre, a tus tías, a tu abuela, al entorno alegre y seguro en el que vas a nacer, sólo se me ocurre pensar que en tu última vida has debido hacer algo muy, muy bueno.


miércoles, 12 de enero de 2011

De semanas y ciclos


La idea me la ha dado él
Pero que conste que ha prometido no denunciarme.


El lunes son legañas en la almohada,
un autobús que siempre llega tarde,
dos zapatos con prisas.
El martes casi nunca pasa nada.
El miércoles es intercambiador
que me huele a parada de autobús
en bar de carretera;
promete el jueves más de lo que entrega.
Llega un viernes de siesta perezosa,
con una noche larga como un látigo
y me echa a patadas hacia el sábado,
un tobogán de libertad fingida
que me deja sentada en el domingo,
aturdida y desnuda,
las persianas cerradas de las calles
gritando al aire azul de la mañana.

Y en la tarde inclemente del domingo,
si como palomitas en el cine,
o escribo en un café poco ruidoso,
o pongo lavadoras,
seguro soñaré con otro lunes
donde sean tus legañas las que miren
detrás de mi almohada.

lunes, 10 de enero de 2011

Reflejo

Estamos en Granada, es invierno y es de noche, y yo voy caminando por el Realejo hacia casa de MQEN. Vamos a meditar y quizá a cenar o a ver una peli. Llevo un gorro feo que me he comprado en los chinos porque hace un frío inmenso, y voy apretujada dentro de un abrigo de mangas demasiado largas.

Entro en Pavaneras y me conquista como siempre la vivacidad de la calle, los bares y tiendas y portales y personas que vibran en la temprana noche de invierno. Antes de girar hacia la iglesia de Santo Domingo hago una parada en la pastelería pija. Cuando voy a meditar a casa de MQEN me gusta llevar un par de muffins de chocolate para comerlas antes de sentarnos. Él hace Chai de especias con leche y un montón de azúcar y nos comemos las magdalenas en su salón oscuro, mientras Jesús trastea con el ordenador o Adri toca el piano con los auriculares puestos.

Cuando entro en la pastelería, el pastelero me sonríe y me saluda. Yo aún no lo sé, pero ese pastelero me va a tirar los trastos sin piedad hasta que un día me invite a entrar con él a la trastienda y yo, espeluznada, no vuelva nunca más a comprarle magdalenas. Pero hoy aún me parece entre simpático y halagador, así que le devuelvo el saludo y la sonrisa.
- Hace frío, ¿no? - me pregunta.
- Sí, bastante.
- Se nota... tienes la nariz colorada.

Y no sé por qué, pero esa constatación me conmueve. No en el sentido presumido de la palabra. No se trata de que se haya fijado en mi cara porque le parezco guapa, a pesar de mi gorro feo y de que el abrigo amenace con engullirme. Se trata de que hasta este momento yo era invisible, una clienta y punto, y de repente él me dice estas palabras, utiliza esa segunda persona del singular tan curiosa, y yo me hago visible, aparezco.

He escrito esta escena y no sé por qué. La recuerdo a veces, así que supongo que la escribo aquí para ver si consigo averiguar qué significa para mí. Pero llevo un rato intentando completar el texto, cerrarlo o llámalo X, y no me sale.

Quiero hablar de lo difícil que es que la gente te vea. Quiero hablar de que a veces paso todo el día en el trabajo y no escucho ni una sola frase que me demuestre que existo. Quiero hablar de que el amor es un preguntar constante y el sufrimiento una ausencia de preguntas, una declamación sin fin, un yo gigantesco.

Quiero hablar de que me sigue pasando lo del pastelero, me conmueven las frases en segunda persona de singular, los "qué haces", "qué vas a cenar", "estás muy guapa". Me veo reflejada por unos segundos, tomo constancia de que existo y me siento tan agradecida que quiero llorar.

Y como es tarde y me quiero ir a la cama, y quién sabe si ésta es la mejor forma de cerrar el post o quizá cualquier otra, lo voy a dejar así.

jueves, 6 de enero de 2011

¿No es bonito pensar hoy...


... en todos los niños en sus camitas, cerrando fuerte los ojos para dormirse antes, con la ilusión de que vengan Los Reyes?

Por mi parte, esta tarde he ido al Carrefour y he comprado:
- Un roscón tamaño mínimo (¿un rosquín? xD).
- Un brik de chocolate a la taza.
- Un brillo de labios.
- Un exfoliante de vainilla y macadamia.
- Un pelapatatas.

He llegado a mi casa, me he tomado medio roscón y una taza de chocolate, he envuelto las demás cosas en papel de regalo y las he colocado en el sofá. Luego lo he espolvoreado todo con caramelos sin azúcar de regaliz y fresa.

Y que no se diga que la ilusión se pierde con la edad.

miércoles, 5 de enero de 2011

El mal capilar II: El Flequillo Venganza

Hoy he ido a la peluquería. Yupi por mí, que trabajo y me puedo permitir ir a la peluquería pija cada dos meses, en lugar de esperar a ahorrar lo suficiente mientras me convierto en un champiñón gigante. He vuelto a Llongueras y no sé por qué, después del episodio del mal capilar. Supongo que por perezón de buscar otra peluquería en Cádiz y por si me tocaba alguna peluquera que no fuera la Nazi Flequillil (En adelante, NF).

Obviamente, había tres peluqueras y me ha tocado la NF. La parte buena es que hoy estaba muy llena la peluquería y no me ha parecido que fuera una tapadera de un negocio de venta de drogas, como la vez anterior.

Yo hoy no estaba por hacerme mala sangre. La NF me ha dado el catálogo de peinados Llongueras, que me sé ya entero y que no sé para qué miro, si en general parece que a todas les hayan cortado el pelo de rapideo para mandarlas a la guillotina. En fin. Le he explicado a la NF más o menos lo mismo que la vez anterior, pero introduciendo una peligrosa innovación. Chachán.

- Nazi Flequillil, te explico: llevo como cinco años con el flequillo más o menos igual y querría innovar. Quiero probar con un flequillo inclinado. Tú sabes: la raya un poco al lado y una línea que descienda suavemente a lo largo de mi frente divina.

La idea que yo tenía en mi mente era más o menos así:


La próxima vez le llevo la foto.


- Claro, claro – ha contestado la NF en un tono sospechosamente sumiso.

Ha empezado a texturizarme la cabeza como una chalada, lo cual está guay, porque la última vez no me texturizó y tuve que texturizarme yo en casa con unas tijeras de cocina, que tiene huevos si has pagado treinta y cinco pavos para que te corten el pelo. Yo levantaba de vez en cuando la vista del Hola y me iba gustando el resultado.

[Inciso: yo no sé por qué la gente dice que ir a la peluquería le sube la moral. Personalmente, cada vez que paso más de cinco minutos leyendo una revista del corazón acabo deprimidísima porque Halle Berry me saca veinte años y está bastante más buena que yo, porque nunca tendré la cara de Natalie Portman y porque Carlota Casiraghi está de vacaciones en el Caribe mientras yo me caliento los pies con una bolsa de cereales. Fin del inciso.]

Y hemos llegado a la parte delicada. El flequillo. Me lo ha recortado levemente de forma inclinada y luego ha empezado a secarme.

- ¿Podrías dejarme el flequillo más corto?

- Sí, sí, lo miramos en seco.

Me tendría que haber callado, porque la asertividad en la peluquería, como ya expliqué, tiene una reserva limitada, y para qué desperdiciarla cuando el flequillo me lo pensaba mirar en seco. Me ha empezado a secar tirándome del pelo como si me odiara, pero el resultado molaba bastante y me he dejado hacer.

Entonces hemos llegado al flequillo. Me lo ha recortado un poco y me ha preguntado qué tal, en un derroche de humildad anormal en su especie.

- ¿Me lo podrías dejar más corto? - Ahora sí, asertividad: haz tu aparición.

Y aquí la cagamos. Porque en ese momento entra en acción el Flequillo Venganza (en adelante, FV). El FV se define como aquel flequillo que te dejan las peluqueras cuando el primero que te hicieron no te ha gustado. Es un rollo “con que no te gusta, ¿eh? Pues ahora te vas a cagar”.

Cuando me ha enseñado el resultado, me he dado cuenta de que tenía dos opciones.

1) Decirle que no me gustaba y arriesgarme a un flequillo aún más vengador. Un nivel de venganza muy superior, un Kill Bill de los flequillos. He temblado sólo de pensarlo.

2) Callarme como una perra e intentar arreglarlo en casa.

Obvio que he escogido la opción 2. Las otras peluqueras revoloteaban a mi alrededor diciéndome que había quedado divina de la muerte, y de hecho el resto del corte está bastante chulo. Supertexturizado. Sin embargo, el Flequillo Venganza... bueno, es muy vengador.

Así de vengador:



Por el amor de Dios, ¿qué coño es esto? ¿Por qué no hay dos pelos de la misma longitud? ¿Por qué es como si una rata furiosa me hubiera estado dando mordiscos en el flequillo?

Lo peor es que volveré.

Aunque sólo sea por tener temas para el blog.