massobreloslunes

martes, 5 de julio de 2011

Robado -- TMC24

El otro día me sacaron un robado. No sé si se dice así, en realidad, pero creo que sí. Me refiero a que un extraño me sacó una foto en la calle y sólo me di cuenta al final, justo cuando el fotógrafo bajó la cámara después de apretar el disparador.

Es gracioso, porque yo me paso la vida observando a la gente, escribiendo sobre ellos y hablando sobre ellos, y cuando de repente el foco se vuelve hacia mí me quedo como desconcertada. Aunque en realidad, siempre he querido estar al otro lado. Ser el objeto del post en lugar del sujeto. Que alguien hable sobre, qué te digo yo, la chica rubia que escribe en las escaleras de la catedral y de vez en cuando deja las manos suspendidas sobre el teclado mientras mira cómo vuelan las gaviotas.

Así que el otro día iba en la bici por el Campo del Sur, que es como le llaman aquí a la parte de paseo marítimo de Cádiz antiguo. Estaba atardeciendo, y detrás de mí debía de verse la ciudad recortada contra el cielo turquesa y el mar plateado rompiendo contra el malecón. Yo pedaleaba despacio y giraba la cabeza a ratos para mirar la vista. Y entonces oí el clic, miré hacia el frente y vi al fotógrafo bajando la cámara con expresión un poco avergonzada. En mi mente se compuso la imagen que debió sacar su objetivo. El paseo y la chica en bicicleta que mira el mar. Me pareció una foto bonita y me sentí vagamente halagada.

Hoy pienso que ahora estoy en el disco duro de algún extraño. No me molesta, no pienso que me vayan a quitar el alma como los antiguos; me siento más bien honrada de poder ser un objeto medio artístico, o al menos el objeto de la sensibilidad de alguien. Equivale a que utilicen contigo la segunda persona del singular y te hace visible. Así que ahora escribo sobre el extraño que me fotografió. Porque me gustó el momento. Y porque, si al final resulta que sí que se llevó un trocito de mi alma, ahora yo tengo un pedazo de la suya atrapada en mi blog.

lunes, 4 de julio de 2011

Sobre ser vistos -- TMC 23

Hoy no tengo muchas ganas de pensar, así que voy a contar una breve anécdota de mi curro. Es curioso cómo, a medida que vas observando a la gente, cada vez te vas fijando más no sólo en lo que te cuenta, sino en todo lo que rodea a ese relato, incluso desde antes de entrar en la consulta.

La paciente en cuestión es una chica de 31 años que perdió a su madre hace cuatro meses a causa de un cáncer. Ahora su padre tiene demencia, es la pequeña de cinco hermanos y, entre que es la única mujer y que ahora está en paro, es la que se ocupa principalmente de él. Está tan desbordada que apenas come, no duerme y no es capaz de pensar con claridad.

Cuando ha llegado la hora de su cita, yo estaba de pie en mitad de la consulta del médico observando fijamente un poster de anatomía. De hecho, iba de camino a la puerta, pero me he distraído porque me encanta la anatomía. Me parece mágico cómo encajan todos esos huesos y músculos para formar personas. La chica ha llamado a la puerta y ha entrado. "No sabía si abrir o no", me dice.

Durante la consulta, una de las cosas que más me llama la atención es que repite "Me siento pequeñita. Nadie puede verme". De hecho, pesa cuarenta y tres kilos y medirá en torno al uno sesenta. Está volviéndose literalmente lo más invisible posible.

Al terminar me ha preguntado qué hacer la semana que viene, cuando vuelva a venir a verme para practicar algo de relajación. No sabe si llamar a la puerta si la encuentra cerrada. "Hoy he estado a punto de irme", me dice. "No te preocupes", contesto yo, "llama y ya está. Lo peor que puede pasar es que esté con otro paciente y tengas que esperar un rato". Le sonrío, ella sonríe un poco, se encoge de hombros y se va, diminuta dentro de sus vaqueros anchos.

Despues de que se marchara, me he quedado pensando. Está tan obsesionada con que nadie puede verla, con que nadie podrá ayudarla, que piensa que incluso yo, que trabajo en esto y que tengo una cita con ella apuntada en la agenda de mi ordenador, me voy a olvidar de atenderla y tendrá que marcharse. Hasta ese punto ha abandonado la esperanza.

Hoy comentaba un amigo que queremos tener pareja para que alguien sea testigo de nuestra existencia. Para importarle a alguien sobre la faz de la tierra. Me he acordado de mi paciente y de lo invisible que se sentía. He pensado que a veces mi función como profesional no es más que la de ser un par de ojos. Y también he pensado, no sé por qué, que abandonar la esperanza de que los demás puedan vernos es tirar la toalla demasiado abajo. No nos hemos vuelto invisibles. Siguen ahí nuestros huesos y nuestros músculos, animando nuestro espíritu por debajo de la piel. A veces sólo hace falta llamar a la puerta.

domingo, 3 de julio de 2011

Hoy toca hablar de nuestro colega el Acné del Averno -- TMC22

Desde que en octubre dejé por imposible la medicina tradicional y me lancé a la búsqueda de una solución natural para el AA han pasado muchas cosas.

Si escribo sobre esto no es porque me guste hablar del estado de mi piel, que no me gusta. Es porque el AA, más allá de un problema estético, no deja de ser una enfermedad más o menos crónica con la que estoy luchando una batalla sin cuartel. Y lo peor de ella es lo solo que se siente uno. Sientes que nadie puede entenderte y nadie puede ayudarte. Al fin y al cabo, durante muchos años has confiado en los demás y te han fallado, así que ahora no puedes confiar en nadie. Nadie puede hacerse cargo de ti. Esa desesperanza y esa soledad son lo más duro por lo que he tenido que pasar en todo este asunto. Por eso quiero escribir sobre ello: porque a lo mejor alguien está pasando por lo mismo, o por una enfermedad distinta pero que igualmente no consigue solucionar, y a lo mejor leyendo esto puede sentirse un poco menos solo y desesperanzado.

En este asunto del AA y los remedios naturales hay una primera fase de luna de miel. Los dermatólogos son unos inútiles, te dices. Hacen medicina basada en parchear los síntomas y no tienen ni idea de las causas subyacentes. Ahora yo sé que hacer y será fácil: comeré sano, haré deporte y todo irá bien. En esta fase hay una ventaja y un peligro. La ventaja es que empiezas a hacerte cargo de tu salud y dejas de ser una víctima. Te das cuenta de que a nadie le importa tu problema tanto como a ti y de que tienes margen de acción para intentar solucionarlo. El peligro es creerte que el camino va a ser fácil.

No pretendo explicar todo lo que he intentado durante estos meses. Resumo diciendo que estoy probándolo todo: la dieta, el ejercicio, el descanso, el sol, los suplementos vitamínicos, los jabones, las cremas e incluso un libro de psicología de los problemas de piel llamado Skin Deep. Diré también que después de más de nueve meses con toda esta historia, en una escala del uno al diez donde uno es Horrores del Infierno y diez es Piel Fabulosa, mi cara está en un tres y medio. No se acerca ni al aprobado. Por otra parte, si descontamos mi piel, me encuentro mejor física y mentalmente que en mucho tiempo.

Hoy por hoy pienso que tengo el organismo revolucionado. Años y años de anticonceptivos, antibióticos, cuatro tandas de Roacután, un montón de jabones y cremas asesinas y un estilo de vida con carencias (dos años de vegetariana, seis años de estudiante nutriéndome básicamente de pasta y sedentarismo crónico) no se arreglan en un mes, ni en seis. También pienso que este tema tiene mucho de psicosomático. Por eso, hoy por hoy creo que me queda mucho, pero que mucho tiempo antes de que el estado de mi cara sea más o menos normal.

Donde más he avanzado, sin embargo, es dentro de mi cabeza, justo detrás de esa piel del Averno que tanto me preocupa. El año pasado por estas fechas, la posibilidad de tener un rebrote me parecía una pesadilla. Lo había dejado con mi novio, había perdido a mi mejor amigo y, aun así, la peor experiencia de mi vida seguía siendo el AA. Más concretamente, el brote que tuve en cuarto de carrera, cuando me agarró la tipa asesina del centro de estética y convirtió mi cara en la de una leprosa.

Empecé con toda esta historia de la cura natural con la piel bastante bien, gracias a la acción paliativa y engañosa de la píldora, así que me creía que iba a ser fácil. Bastaba con cuidarse un poco y mantenerse. No estaba dispuesta a empeorar, ni estaba dispuesta a esperar. Pensaba que si la cosa se ponía chunga, volvería a la píldora y punto, porque no quería vivir una vida en la que el miedo y la obsesión por el AA llenaran cada uno de mis pensamientos conscientes. Al principio aguanté bien, pero después el efecto rebote post-píldora ha sido importante. He estado peor que hace mucho tiempo, tanto en intensidad de las lesiones como en su extensión.

Al final, no estar dispuesta a empeorar y querer que todo pase rápido no son más que caras diferentes del miedo. ¿Miedo a qué? Al final no es miedo al AA. El AA sólo son granos. Mi miedo tiene más que ver con la pérdida de control, con el pánico a mostrarme como soy, con la dificultad para aceptar mis fallos y los de los demás, con el temor a que no me quiera nadie.

Ahora tengo menos miedo. No se me ha quitado del todo y sigo teniendo días horribles en los que no paro de darle vueltas al asunto, pero el miedo ha disminuido. Y he luchado, estoy luchando y seguiré haciéndolo mientras piense que me queda margen para mejorar, pero también estoy encontrando el camino de la aceptación. Hoy he leído este artículo en un blog sobre nutrición tipo paleo. Habla de que, en ocasiones, ni la nutrición ni la medicina tienen la respuesta porque, por mucho que cueste reconocerlo, no todos los problemas tienen solución. También dice que la esperanza y la desesperación son simples estados mentales basados en la idea que uno tiene acerca del futuro. No se trata de que la esperanza sea lo deseable: los dos son un engaño y tienen que ver con estar fuera del presente, pensando en cómo sería la vida si fuera de otra manera.

En relación a eso, el consejo que más me ha servido últimamente me lo dio J. Me dijo: "Tómatelo como algo crónico; es parte de ti." Después me habló de la novia de un amigo, que era muy guapa pero a la que le faltaba una mano (típica historia de J.). En su momento, me sentó regular. Yo no quería que me dijeran que era algo crónico. Necesitaba esperanza, necesitaba creer que podría controlarlo y solucionarlo. Ahora me he dado cuenta de que vivir pensando que puedes arreglarlo todo es vivir con la mente puesta en un futuro mejor, donde tu piel es perfecta, tú eres perfecta, no sufres por nada, la gente no puede verlo y todo va bien. Vivir así es muy triste.

Considerar el AA como algo crónico y saber que tengo días mejores y peores me está ayudando. Me ayuda a vivir en el presente, porque sé que a lo mejor no hay otro futuro mejor en ese aspecto. Estoy haciendo las paces con el problema. Está perdiendo (parte) de su poder sobre mí. Conseguir hablar de ello con la gente, escribir aquí, hacerme fotos, mirarme al espejo, estar dispuesta a empeorar y observar todo el proceso con más curiosidad que pánico son avances que los demás no ven, pero que para mí son enormes.

Algún día espero poder enseñar aquí fotos de antes y después, de esas super impactantes que cuelgan en las páginas de remedios para el acné. Ahora mismo no las tengo y no sé si existirán algún día. Imagino que sí, aunque sólo sea porque no he visto a ninguna vieja con acné y yo espero llegar a vieja. Pero si no sucede nunca, pues qué le vamos a hacer.

sábado, 2 de julio de 2011

Estoy tan cansada que no se me ocurre un título -- TMC21

Hoy he estado aquí. Después de seis horas de camino trepando por las rocas como cabra, cuatro rappels, un tobogán de roca al agua congelada, un cuasi rescate en una poza y dos cervezas sin alcohol al calor de la sierra, siento muchas cosas. Un poco de euforia, un mucho de cansancio, un algo de aturdimiento. Pero, sobre todo, me siento muy agradecida.

Por poder pisar la naturaleza, aunque sea con una rodillera.

Por seguir conociendo a personas lindas cuando pensaba que hacía tiempo que había agotado mi cupo.

Por mis brazos, mis piernas, mis ojos, mi pelo, mis huesos, mi sangre y por la piel que lo recubre todo.

Por el agua congelada de las pozas, que me recuerda a los baños helados en los ríos de los campamentos.

Por el sol, el aire, la piedra calcárea y las grutas catedralicias.

Por mi libertad, por el dinero que no lo paga todo, pero sí lo que es necesario pagar.

Por poder volver a casa por la noche, mirar a la gente que camina por las calles de la ciudad y sentirme un poco distinta, muy sucia y muy orgullosa.

Por la cena opípara y bien merecida.

Por el alegre post micheliano.

Por el descanso al que se entrega una cuando piensa: hoy sí, hoy lo he hecho bien. Hoy he utilizado bien las horas de vigilia que me han tocado.

viernes, 1 de julio de 2011

Parafilias -- TMC 20

Ella dice:
oye, ¿y tú por qué tienes tanto interés en conocerme en persona? no serás un psicópata...

Él dice:
xDD
qué va, mujer... aunque no eres la primera que me lo pregunta

Ella dice:
jajaja
si algún día quedamos, no me estrangules, porfa

Él dice:
podría estrangularte un poco, en según qué situaciones
jeje

Ella dice:
paso... la falta de oxígeno mata neuronas

Él dice:
pero intensifica los orgasmos ;)

Ella dice:
eso me da una idea de tus prioridades

jueves, 30 de junio de 2011

Orden -- TMC19

Tengo un sueño que me muero. Es curioso lo delicada que es la frontera entre una siesta gustosa y otra que te deja lista de papeles para el resto de la tarde. Hoy ha sido un día raro. Me he olvidado de una reunión que tenía con mi tutora y he llegado una hora tarde, y ni siquiera me he sentido culpable. Luego no he podido nadar en la piscina municipal porque había un campeonato de nosequé y me he frustrado a tope. Nunca pensé que sería el tipo de persona a quien le jode no poder hacer deporte, pero desde que me apunté a este rollo de la vigorexia soy una caja de sorpresas.

Desde hace dos o tres semanas soy incapaz de ordenar mi casa. Mantengo niveles mínimos de higiene, pero el orden está fuera de mi control. Toda mi ropa está fuera del armario, tirada en el suelo. Sobre la mesa del salón hay, entre otros objetos, unos pendientes, un bote de crema anticelulítica, un salero, la cámara de fotos, un paquete de clínex, la cejilla de la guitarra, un martillo, la cartera, una caja de regaliz, y así hasta el infinito.

Mi desorden es mi defecto más molesto. A los demás (a ser borde, impulsiva, creída, despistada, carecer de estilo en el vestir, escribir como si tuviera cuarenta años o tener pocas tetas) me he acostumbrado y les veo hasta cierto encanto. El desorden me resulta muy molesto. Me gusta tener la casa ordenada y sentarme en ella como en una fotografía de dominical. Pero es superior a mí. Mantener el orden me parece increíblemente aburrido y exigente. Puedo hacerlo durante una o dos semanas, pero después todo se va precipitando hacia la entropía y llega un punto en el que simplemente dejo de luchar. Además, ser ordenada es una batalla que doy por perdida. Creo que podré escribir mejor, ser más deportista e incluso creo que en algún momento me libraré del acné del Averno, pero creo que nunca jamás seré ordenada; supongo que porque no me importa lo suficiente.

En realidad, creo que la casa es el espejo del alma, y creo que la mía está desordenada porque, por muy contenta y tranquila que me encuentre en la superficie, mi mente está agitada. Estoy un poco aturdida. Necesito parar un poco, dejar de nadar, de escalar, de escribir todos los días, de enamorarme del primero que pasa, de alucinar a tope con los pacientes. He de meditar si no quiero descompensarme. Pero bueno. Llegará cuando llegue. Me lo estoy pasando bien estas últimas semanas y también me merezco a ratos las riendas un poco sueltas. Incluso mi feroz autocoaching tiene un límite.

miércoles, 29 de junio de 2011

Sobre el dolor de huesos que da la vida -- TMC18

Hace un par de meses tuve una crisis profesional. Me planteé con seriedad moderada dejar el PIR e irme a vivir a un centro de Vipassana, o a viajar por el mundo, o a Granada a una cueva en el Sacromonte. Tuvo que ver con conocer y amar al Perriflauta Meditador (no sé qué me ha dado últimamente con los hippys, una especie de filia rara) y a otros meditadores alternativos que sirvieron conmigo en el curso de Abril. Entendedme: una está aquí, trabajando como una capulla, pagando impuestos y contando los días de vacaciones como si fueran pepitas de oro, y ahora llega el PF y te dice que ha estado en India comprando pañuelos y que los va a vender en Barcelona mientras vive en una casa okupa y recicla comida del supermercado de la esquina.

En mi momentazo de crisis profesional me preguntaba qué estaba haciendo con mi vida. El PIR me parecía una opción aburrida como el Averno y no quería más que irme por ahí a vivir a lo bohemio. Quería meditar pero, sobre todo, quería escribir. No sé cómo me irá en esta vida con la meditación, porque soy tan inconstante que no tengo claro que vaya a progresar mucho en ese camino, pero quiero escribir, y a veces pienso que no podré hacerlo mientras no deje todo lo demás (pensamiento que, como prueba el Michelian Challenge, es erróneo en su planteamiento, pero no es ésa la cuestión).

Además de todo esto, estaba hasta el potorro de trabajar en el Equipo de Salud Mental. La curva exponencial de pringamiento del PIR no parecía tener asíntota, y me pasaba los días comiéndome marrones en sucesión sin que ningún facultativo estuviera ahí para respaldarme. Paradójicamente, sin embargo, había desarrollado una especie de Síndrome de Estocolmo y no quería irme del Equipo ni con agua caliente. A pesar de los marrones, me gustaba trabajar allí: había encontrado mi sitio, conocía a la gente, sabía a qué atenerme. Me escaqueaba de la consulta para criticar a mi jefe con el MIR de psiquiatría, cotilleaba con las auxiliares y entre marrón y marrón hasta ayudaba a algún paciente. Me daba pánico mortífero cambiar de rotación y enfrentarme otra vez a dar vueltas por un sitio de trabajo hostil sin saber dónde meterme.

Dos meses después, puedo decir que todo es tan impermanente como prometía Buda, porque me encuentro mejor de lo que me he encontrado en meses. Rotar por Primaria me ha permitido relajarme un poco, y entre unas cosas y otras me he vuelto a enamorar de mi profesión.

Cuando estaba ahí ahí, pensando si abandonaba la plaza o no, si me cortaba las venas o me las dejaba largas, mi amiga Elsa me dio un gran consejo. Me dijo "Mopi, ya has empezado esto. Termínalo y a ver dónde te lleva". Qué gran verdad. Uno no puede ir por ahí probando y hartándose a la primera frustración. No sé si el PIR es la mejor opción de vida. No sé si habría crecido más como persona siendo una escritora bohemia en una casa okupa. Lo que sí sé es que si quiero aprender lo que me tiene que enseñar este camino, tengo que seguirlo hasta el final.

El PIR me ha cambiado y me sigue cambiando en muchos sentidos. Porque es trabajo y por el trabajo que es. Porque es tremendamente real. Dejas lo teórico, lo filosófico, las pajas mentales de la facultad, y empiezas a incidir de forma directa en las vidas de la gente. Tienes el privilegio enorme de compartir sus emociones. Quiero mucho a Granada, pero ya conozco más Cádiz, aunque sólo sea porque he hablado con (literalmente) cientos de gaditanos que me están contando todos los días cómo es la vida aquí. Me cuentan cómo es quedarse inválido trabajando en Astilleros, que cierren Delphi y te tengan contratado en cursos de mierda, cómo es crecer pasando hambre y comiéndote lo que mariscabas, pescar caballas en la Caleta cuando entra el verano, tener a toda la familia en paro y apañarse con una ayuda raquítica. Me hablan de bajar a los niños a la plazoleta en invierno y a la playa en verano, de vivir exiliado en San Fernando y extrañar a tu Cádiz, Cádiz, de meterse pastillas debajo de la lengua. Hoy han venido a la consulta de Primaria dos mujeres, madre e hija, con sendas cadenas de oro con la foto impresa de un hombre joven: su hijo/hermano, muerto hace unos años en un accidente de coche. Hoy iba por el Hipercor, un niño ha gritado "Ese Cádiz" y yo he contestado bajito: "oé".

Lo que quiero decir no es que me esté dando un arranque de gaditanismo, que me disperso. Quiero decir que más allá de que me paguen o de que vea a muchos más pacientes que en cualquier máster, trabajar me ha cambiado y me sigue cambiando. Le da a mis actos un peso que, aunque les quita ligereza, les da una trascendencia mínima, casi anecdótica, pero verdadera. Creo que estoy perdiendo algo que tenía en la facultad, aunque no sabría nombrarlo. No es ilusión, ni alegría, ni capacidad de hacer el idiota, que de eso tengo a patadas. Es esa insustancialidad capulla del universitario que te da una libertad enorme pero que hace que tus pasos tengan la misma profundidad que caminar en el agua. Se desgasta despacio pero inexorablemente, como mis cartílagos, y creo que es lo que me está marcando arrugas entre la nariz y los labios.

A cambio, estoy ganando algo que tampoco sé nombrar. Cierta competencia, cierta habilidad difusa en esta profesión que nadie sabe muy bien de qué se trata. Algo de peso en el mundo, flexibilidad en la mente, ensanchamientos dolorosos del corazón y de la capacidad de sentir. Un poco se sensatez. No mucha. Ojalá quisieras tener la oportunidad de verme ahora.

Voy a dejar ya aquí este post indecentemente largo. Me ha gustado escribirlo, aunque no sé si habréis tenido paciencia para llegar hasta el final. Como siempre, no sé si la sensación que experimentaba ha encontrado, como decía Kerouac, la forma que le conviene, pero lo importante de todo este asunto es que si sigo escribiendo mucho rato más no me dará tiempo a publicar para cumplir el Michelian Challenge.

Y, por cierto, ayer mentí. Escribir a gusto, aporrear el teclado con convicción, es mucho mejor que cualquier previo.