Espero que os guste y no doy más la brasa con el tema. Ahí va.
domingo, 21 de agosto de 2011
37'5. Otra versión
Vale, seguramente éste sea el discurso definitivo, porque me gusta bastante y no tengo mucho más tiempo. Casi lloro leyéndolo, no os digo más. La boda va a ser un festival de la lágrima, que mi primo es un tierno.
37. Mi primer podcast, Chispas
Bueno, peña, pues aquí seguimos con el texto del amor de los cojones el regalo inspirador y cariñoso para el bodorrio de mi primo. Me gustaría tener vuestra opinión, a ser posible pronto porque lo tengo que enviar mañana como muy tarde. Yo sé que me ha pillado el toro, lo sé, pero lo sabía hace exactamente un año cuando me lo propusieron y ya es demasiado tarde para arrepentimientos.
Para que os motivéis a tope (tú también, Anónimo76) y para recrear al máximo el efecto lectura en boda, he decidido lanzarme al mundo podcast y ofreceros en primicia primiciosa una grabación de mi voz.
Aviso: mi voz es fea. J. decía que la primera vez que me oyó por teléfono pensó que parecía una camionera. Pues él tampoco es que fuera Constantino Romero, tócate los pies. Pero bueno, lo importante, insisto, es el efecto lectura en boda.
Este primer intento es una especie de cuento sobre el amor que me he inventado yo basándome en el capítulo de un libro que leí ayer en la librería, justo antes de que mi primo me llamara. Bucay, no es tan difícil. El cuento es cortito, así que seguramente añada más cosas. Seguiré un poco con las pajas mentales sobre el amor, después hablaré de que mi primo es genial, luego declamaré que creo en el amor mientras rasgo mis vestiduras azul petróleo... un completo, vamos.
Espero que funcione el enlace, que me ha costado la misma puñeterísima vida descubrir cómo grabar, exportar, alojar y publicar el podcast de las narices. Voy a abrir hasta una etiqueta nueva por si me mola esto del podcasteo los días que no tenga ganas de escribir (a quién quiero engañar, si siempre tengo ganas de escribir).
Ahí va:
sábado, 20 de agosto de 2011
36. El amor en los tiempos del levante
Llevo un día rarísimo. Desde ayer hace un levante del Averno asqueroso que me ha dejado toda la noche sin dormir, tirada en el sofá y encendiendo el aire acondicionado a intervalos de media hora. Esta mañana he ido a mirar más vestidos para el bodorrio, con un resultado que podríamos calificar suavemente de escasito. Al final me he metido en la librería y me he sentado en una esquinita a ojear novedades caras. Estaba enfadada con la existencia, no sé si por la falta de sueño o por el levante molesto.
Entonces ha sonado el teléfono. Era mi primo Sergio, que está en Málaga unos días para las vacaciones y quería saber si nos veríamos. Le he dicho que no, que me quedo en Cádiz hasta el lunes, que viajaré a Santiago a ver a una amiga y a su Corte Inglés con ventanas, pero que en cualquier caso nos vemos prontito en el bodorrio. Me ha contestado que guay, y que a ver si le envío el texto a nosequé amigo que va a hacer un cuaderno conmemorativo con todo lo que se lea en la ceremonia.
- ¿Lo tienes ya listo?
- Mshssí, algo tengo ya medio preparado - lo que, traducido al castellano, quiere decir: he pensado vagamente sobre el tema y lo he comentado en mi blog, pero sigo sin tener ni puta idea de qué decir.
- Pues envíalo ya, anda, que tiene que estar diecisiete días antes.
¿Diecisiete? What the fuck! Si la boda es el diez eso quiere decir básicamente que tenía que estar para antesdeayer, como quien dice
Pero hablar con mi primo me pone de buen humor, y al fin y al cabo está nublado con un calor del copón y un levante de 34 km/h que hace que donde mejor se esté hoy en Cádiz sea en casa de uno con el aire puesto. Así que me he ido a casa, sin vestido pero toda llena de buenas intenciones. Me he hecho una jarra de limonada con hierbabuena y un tazón de helado de chocolate hecho en casa con receta inventada y me he puesto a escribir.
Ciclo de la escritura frustrante: escribo diez minutos, doy vueltas por mi casa hablando sola, escucho Vetusta Morla en bucle. Me grabo en el ordenador leyendo un texto antiguo para ver cómo suena mi voz y calibrar si haré el ridículo en la ceremonia con mi acento andaluz. Escribo veinte minutos. Pienso que todo es una basura, lo borro, saco el helado de chocolate homemade del congelador y le doy un pegue. Me pregunto por qué no sabe como el de las heladerías, obviando el hecho de que me he inventado la receta y me he dedicado a mezclar derivados de la leche con un montón de cacao puro y un chorro de sacarina líquida (antes muerta que tomar azúcar). Saco la guitarra y toco Vetusta Morla en bucle. Abro el blog y me pongo a contaros mis penas.
¿Qué escribiría yo sobre el amor? Yo creo en el amor a tope. En el amor y en el matrimonio, tócate los pies, que estaría guay decir que soy una jipy que piensa que no existe el amor para toda la vida y que, como decía Woody Allen en Manhattan, somos como las palomas y estamos destinados a ir cambiando de pareja every now and then. Que los bodorrios son un paripé y un invento absurdo del Corte Inglés para sacarnos dinero a todos y plegarnos a las convenciones establecidas.
Bueno, pues no. A mí me gustan los bodorrios. Me parece muy admirable que alguien sea capaz de afrontar ese compromiso. Joder, ojalá a mí me pase. Ojalá alguien confíe tanto en mí y piense que soy tan guay que me va a aguantar para siempre, aunque me vaya haciendo progresivamente más gruñona y maniática, aunque engorde y se blanquee mi maravilloso pelazo rubio. Ya os dije que yo creo en un amor inocuo, incondicional y para siempre, y que alguien tenga los huevos de unirse a otro para poner en práctica ese difícil ejercicio del corazón me parece como para hacerle la ola.
Qué queréis que os diga. Yo creo que el amor es la respuesta. El fin último de todo. Y, de hecho, cuando uno es capaz de mirar así la vida, se vuelve mucho más fácil y enriquecedora. Se empieza a pensar en los demás en vez de pasarse todo el día manoseándose metafóricamente el ombligo y todo cobra más sentido.
El amor es el sentido de mi trabajo. Hace unos meses tuve un paciente un tanto personaje que me decía que "el aerobic era su gran pasión". Se trataba de un tío grande como un camión, con una melena rubia y rizada hasta los hombros y un poco de cara de empanamiento. Me lo imaginaba haciendo aerobic con una cintita en la cabeza y tenía que hacer grandes esfuerzos para no desconojarme en su cara. Le di el alta cuando me fui del equipo y llevo unos cuantos días seguidos encontrándomelo a la salida de la piscina municipal, porque va a correr por ahí. Pues ayer lo vi en la clase de aerobic, supermotivado, siguiendo la música perfectamente y con cara de felicidad jadeante. Y sentí amor, verídico, amor por mi paciente y porque estuviera lo suficientemente bien como para estar haciendo lo que le gusta.
El amor me ha salvado esta mañana, cuando estaba hasta el culo de levantes, de vestidos azul petróleo y de las luces indignas de los probadores. Me ha llamado mi primo y me he alegrado tanto de oír su voz que he recordado que lo del vestido es secundario, que lo que importa es ir a su boda y compartir su felicidad unas horas, hacerle la ola por tener los huevos de casarse y, de paso, escribir algo precioso precioso que no olvide nunca.
El amor le da sentido a escribir y hasta a meditar. A escribir porque al final la escritura acaba siendo un regalo, para mi primo este caso, pero también para Elsa, para MQEN, para IA y en general para todos vosotros, que estáis disfrutando de esto. A meditar porque uno no medita sólo para sí mismo, sino para los demás: para ser capaz de distribuir su alegría y de querer mejor.
Tengo mucho que decir del amor, y casi todo son ideas cursis y estúpidas que me hacen quedar como una naive medio colocada. A pesar de ser atea, me repito la última parte de la "Oración simple", de San Francisco, que siempre me ha gustado. "Señor, haz que yo no busque tanto ser consolado, sino consolar. Ser comprendido, sino comprender. Ser amado, sino amar." Hazme fuerte y generosa. Hazme inocua y unidireccional. Y, por lo que más quieras, dame inspiración para escribir el texto. Y búscame un vestido bonito, que voy a tener que ir en vaqueros.
viernes, 19 de agosto de 2011
35. Vestidos del Averno, toma 1
Bueno, pues después de ver el exitazo de mi post de ayer, voy a escribir sobre lo del vestido, a ver si os mola más. Quiero que sepáis que cada vez que un post se queda sin comentarios, Dios mata a un gatito y yo me voy a la cama llorando. Dicho esto, ahí voy con el tema del vestido.
Es por todos sabido que yo a la boda de mi primo quiero ir estupenda. Porque es mi primo, porque lo idolatro y porque a pesar del Acné del Averno últimamente estoy alcanzando cotas de atractivo nunca vistas en mi persona. En primer lugar, ¡¡estoy morena!! Un moreno verídico, del que te ve la gente y te dice "qué morena estás". Si estoy o no invirtiendo en un futuro melanoma, pues no lo sé, pero yo me veo guapísima. Además, ya os he contado que me estoy poniendo fuerte como los limones, así que ahora me quedo en los probadores mirándome de arriba abajo y preguntándome si eso que veo bajo mi ombligo son mis abdominales. A lo mejor para los demás estoy normalita, pero yo qué sé, yo me veo guapa y eso es lo que importa.
Ahora bien: entre la estupendez bodil y yo se alza una barrera del tamaño de los Urales, a saber: el absurdo concepto de moda de los diseñadores del planeta. Yo no lo entiendo, de verdad. De moda no sé un carajo, pero sé lo que favorece a las mujeres en general y lo que no. Creo que podría diseñar vestidos razonablemente bonitos sin quebrarme mucho. A lo mejor no serían rompedores y tocados por el genio de los grandes, pero favorecerían a las mujeres aunque no tuvieran el cuerpo de Gisèle Bundchen (un poner).
Así que ayer iba yo por el Corte Inglés aberrando de los diseñadores y de la madre que les parió. ¿Por qué, por qué ese empeño en fabricar, producir y distribuir ropa fea? La ropa fea me pone triste. Iba entrando por la puerta del CI de Cádiz que, por cierto, es el primer CI con ventanas que he visto en mi vida y me requetechifla, y rezando silenciosamente una oración: Señor, que encuentre un vestido bonito y no muy caro. Que me luzcan las piernas y el escote. Que tenga un poco de vuelo, así rollo princesita. Y preferentemente rosa.
Primera parada: las marcas baratuzas del Corte Inglés: Fórmula Joven y compañía. Antes de empezar, debo decir que a mí el CI me mola. Creo que el mundo se divide entre personas a las que les mola el CI y personas a las que les aberra. Yo no sé si es porque mi madre me ha llevado allí de siempre y lo tengo condicionado a bonitos recuerdos, o porque es amplio y no suele estar muy lleno, o porque todos esos objetos ahí expuestos me tranquilizan de una forma extraña, pero me gusta el CI. Yo sé que no encaja con mi imagen de chica espiritualgafapastaaventurera, pero es lo que hay.
Como os decía, entro a la sección baratuza. Y he ahí que ya empiezo a aberrar de entrada, encontrándome con varios conceptos de la moda que ni me gustan, ni favorecen, ni deberían existir en esta dimensión. A saber:
1) Los vestidos asimétricos. A ver, diseñadores: la simetría es belleza. Lo decían los griegos. ¿Por qué asimétrico? ¿Por qué un solo tirante? Lo asimétrico no queda bien. En un cuerpazo escultural puedes decir: qué chulo el vestido. Pero es mentira. Lo chulo es el cuerpazo y sería más chulo con un vestido simétrico.
2) El azul petróleo. Ese color que se inventó para deprimir a las masas. Crear vestidos del color de un mono de trabajo: nunca lo entenderé. Es triste, no favorece a las rubias, no favorece a las morenas y sin embargo, vuelve sistemáticamente cada X temporadas. Quizá sea un mecanismo oculto de control político. Aquí los paranoides antisistema tienen mucho que decir.
3) Los lazos y los moñoños. Ese momento de tu existencia en el que ves un vestido estupendo, de un color que favorece y con una forma que podría quedarte bien aunque no seas una top model, y a alguna mente iluminada se le ha ocurrido colocarle un lazo o moñoño en algún lugar bien visible. Para darle el toque. Para hacerlo original. A ver, diseñador de Satán misógino de los cojones, que yo no quiero ser original, que yo quiero estar guapa y sexy, y es muy complicado ser sexy con un moñoño en la pechera.
4) El palabra de honor. De nuevo tenemos un concepto sólo apto para mujeres esculturales y con todo en su sitio. ¿Qué nos pasa a las mujeres normales, es más, incluso a las mujeres fuertes como limones? El palabra de honor es un desafío a la gravedad: tiene que sostenerse sin esos inventos bonitos, favorecedores y bellos en su útil simpleza que son los tirantes. ¿Cómo se sostiene? Pues por presión. Entonces hace su aparición el concepto que me aberra de los PH, a saber: la molla sobaquera. Ese pliegue de piel entre tu sobaco y el vestido que te hace parecer una morsa pellejosa y que aniquila tu capacidad de lujurizar.
Todos estos conceptos, todos, estaban presentes en la sección de marcas baratuzas del CI. Me probé varios vestidos con PH porque no eran azul petróleo, pero me repelió la molla sobaquera y me dediqué a sacar bíceps frente al espejo en ropa interior. Algo es algo.
Después caminé lenta pero inexorablemente hacia la zona cara. La zona "de firmas". El tema de las firmas es curioso. Tú ves una marca que no habías escuchado en tu vida. Agarras una etiqueta, miras los precios y dices "joder, pues debe de ser buena", y entonces ya miras la marca desconocida con respeto renovado. Si queréis triunfar en el mundo de la moda, poned la ropa muy cara desde el principio y punto.
Mi intención en ese momento era ver si por casualidades del universo había algo muy rebajado, mono, sexy, rosa y etc que pudiera llevarme sin arruinarme. Pero me conozco y soy de las que cuando va de rebajas se le antoja la ropa de la nueva colección. Es que no me jodas. Entras en una tienda de rebajas, que parece que ha pasado una manda de elefantes locos por allí, y ves muy colocadita en una esquina de la tienda la ropa de nueva colección. Brilla con un aura prohibida. Parece mucho más bonita y favorecedora que los trapajos de tallas extremas que quedan después de que los elefantes haya arrasado con toda la ropa mona de talla 38.
Total, que me voy por las ramas. Empiezo a dar vueltas por la sección cara con expresión de "aunque vaya en chanclas, podría ser como Julia Roberts en Pretty Woman". No hombre, puta no; podrida de pasta por cuestiones de la vida y dispuesta a gastármela en un vestidazo. Así que al loro, dependientas presumidas.
Llego a una marca de cuyo nombre no puedo acordarme (no sirvo para el fashionismo) pero que me sulibeya enseguida. Vestidos bonitos, con buenos cortes y pinta de sentar bien. Ojeo las etiquetas. Joder, 150 euros pone la primera que miro. Entonces reparo en que no son euros, ¡son libras! Antes de que me dé tiempo a mirar la equivalencia comienzo a darme autoinstrucciones: vaale, Marina, quiero que te quedes tranquiliiiita y dirijas suavemente tus pasos hacia la zona barata de los moñoños. Aléjate de aquí, ¡Aléjate!
Entonces lo vi. El Vestido. De tirantes, una tela rollo sedosa-vaporosa, por las rodillas, ajustado a la cintura, con un bonito escote... ¡y rosa! Mis autoinstrucciones seguían: Vaamos, Mariiina, aléjate, ¡no te veo alejarte! Pero el vestido me llamaba. Me llamaabaa. Así que me dije "me lo voy a probar, si total, aunque no me lo lleve, por lo menos me doy el gusto de mirarme al espejo con algo que no me haga molla sobaquera". Leí la etiqueta con miedo y respeto. Ciento ochenta euros. Al loro. Entonces experimenté una disociación. Mi mente decía "suelta el vestido, suéltalo, suéltalo, no te vas a comprar un vestido de ciento ochenta euros, te pongas como te pongas, que tienes que comer y pagar la luz y echarle gasolina a la moto". Mi cuerpo, entre tanto, estaba mirando las tallas como un chalado.
Total, que me lo probé. Estaba preciosa de la muerte. Resaltaba mi dorado gaditano y mis piernas no muy largas pero formaditas. Princeseé frente al espejo mientras la Dependienta Presumida (DP) me gritaba al otro lado de la puerta si necesitaba más tallas, con voz de "si manipulas la etiqueta para llevarte el vestido llamaré a seguridad". Hice cálculos. Me pregunté si podría sobrevivir un mes a base de arroz. Me propuse ir en bici a todas partes y ganarle la guerra a la dependencia del petróleo. Al final me quité el vestido con lágrimas en los ojos y se lo di a la DP, que me miraba con expresión de compasión por mi pobreza.
Aquí termina el relato de mi primer intento de comprar el vestido del bodorrio (en adelante, VB), que se saldó como sigue: Marina, cero; diseñadores de Satán+limitaciones económicas, uno.
Seguiremos informando.
jueves, 18 de agosto de 2011
34. El miedo
Ayer estuve escalando. Sí, otra vez. Sí, soy un coñazo. No os preocupéis, que en breve (quizá hoy mismo) voy a abrir un blog sólo de escalada donde hablaré de escalada hasta que reviente sin temor a aburrir a mis lectores.
La cosa es que ya expliqué el tema de ir de primero e ir al torro. Alex, que sabe mucho de la escalada y de la vida, me dijo que intentara ir de primera todo lo que pudiera. La explicación es que cuando vas de primera cuentas con un factor que es mucho más poderoso que el tamaño de los agarres o la dificultad de la vía, a saber: el miedo. Es muy curioso cómo cambia el cuerpo a medida que te alejas de la última chapa y empiezas a contar con el factor caída. Estoy segura de que es más fácil escalar con pesas en las piernas que con miedo. Y al final está ahí y te tienes que relacionar con él, integrarlo y superarlo.
Yo siempre he sido miedica. Desde pequeña. Cuando iba a los campamentos de los scout era la típica que se tapaba los oídos cuando se contaban historias por la noche. Ahora creo que mi problema era que tenía demasiada imaginación. Los demás niños estaban muertos por dentro y claro, les daba igual lo que les contaran, porque se metían en el saco y se quedaban en modo encefalograma plano; yo, sin embargo, de un par de frases me sacaba una historia truculenta y vívida que no me dejaba dormir. Al final me inmunicé sola contra las historias de miedo leyendo cuentos de terror hasta que perdían el sentido. Así era yo de pequeña: recia.
El miedo vital es otro rollo. Es la emoción que subyace a todas las demás emociones negativas. Tenemos celos porque nos da miedo perder a alguien. Somos infieles porque nos da miedo quedarnos con la persona errónea. Nos ponemos a la defensiva por temor a que nos hagan daño o nos alejamos por miedo a sentir. Y lo paradójico y absolutamente estúpido de todo esto es que al final el miedo se basa en una sensación de seguridad que es falsa. Noticias frescas: nada es seguro. El mundo podría reventar mañana mismo. Planeamos nuestros movimientos basándonos en cálculos de probabilidades que pueden ser muy cercanos a la realidad, pero que no dejan de ser eso: cálculos. Aproximaciones. Ideas.
Por eso, cuando me entra el pánico me digo que al final sólo se puede surfear en el filo de la ola que es este preciso momento. Y cada vez tengo menos miedo, o mejor dicho, cada vez intento decidir menos basándome en el miedo. Creo que son las peores decisiones que pueden tomarse. Son decisiones que van con el no delante. Propósitos de cadáver, como los llamaba un libro sobre Terapia de Aceptación y Compromiso, porque no hay nadie más tranquilo y seguro que un muerto.
Si escalas, o si vives, tira y tira y tira para adelante, joder, que si te caes te caíste y si te matas te mataste. La muerte está presente ahí, todo el rato. Hoy iba con la moto tranquilamente, adelantando a un autobús parado en un semáforo, y resulta que dos tíos estaban cruzando delante del autobús, justo por mitad del paseo. Si hubieran cruzado una milésima de segundo más tarde, yo habría dado un volantazo/manillarazo y me habría ido a tomar viento al carril contrario. Y no es malo: es real. Puede pasar cualquier día, pasará algún día y debemos estar preparados. Mientras tanto, ¿a qué hay que tenerle miedo? Todo son sensaciones y sentir no va a matarte.
Y ya paro, que me estoy poniendo como superdramática. Que hoy dudaba entre escribir sobre el miedo o sobre la búsqueda infructuosa de un vestido para el bodorrio de mi primo y me estoy arrepintiendo de no haberme puesto a hablar de lo mucho que me aberra el raso azul petróleo.
33. Coincidencia
Estaban haciendo la compra en el Mercadona. Por el amor de Dios, qué nerviosa la ponía él en el supermercado. Iba de un lado a otro sin rumbo fijo, agarrando los productos de los estantes a medida que se acordaba. Ella insistía en recorrer todos los pasillos desde el principio, incluso el de comida para los animales que no tenían. Al final acababan haciendo las dos rutas: él llamaba a la primera "la de aproximación", y a ella le sacaba de quicio.
A veces, mientras compraban, se dividían por unos minutos y ella se acercaba a por compresas, por ejemplo, o él se daba una vuelta por la sección de vinos. Después se reencontraban dando vueltas entre las estanterías, y ella pensaba en lo extraño que era que de toda esa gente sólo le interesara él. Había algo consolador y desesperado en su figura acercándose a ella y en cómo sus ojos le miraban bajo el pelo. Le tendía las manos, a veces sosteniendo en ellas el vino o la mayonesa para someterlos a su veredicto, y ella lo aprobaba o le echaba la bronca por elegir siempre lo más barato y cutre, pero siempre estrechaba la mano libre y empezaba a andar con él en la misma dirección.
Llegaron a la caja registradora, mientras ella daba vueltas en la cabeza a la lista que nunca recordaban llevar y pensaba, como siempre, que si hicieran desde el principio un recorrido sistemático no se les olvidaría nada. Observó a las personas que les rodeaban. No sabía si sería el efecto de las luces halógenas, pero todos eran muy feos. Podía ver las arrugas, las manchas, los granos. La carne que sobraba sobre los músculos flácidos. El vello en el entrecejo y encima del labio superior.
Colocaron la compra en la cinta, pagaron, la guardaron en bolsas y salieron a la calle. Caminaron en silencio hacia el coche, él con las bolsas de más peso, ella con las más ligeras en una mano y el papel higiénico en la otra. Se pararon en el semáforo, dejaron las bolsas en el suelo y entonces él la miró y le dijo:
- Qué fea es la gente, ¿verdad?
Ella sonrió, conmovida por la coincidencia de esa momentánea percepción de lo feo. Pensó que quizá ése era el papel que él jugaba en su vida. Eres lo bonito. Eres la isla de belleza en la que puedo fijar mi vista mientras lo demás se desmorona.
- Es curioso - dijo -, porque mientras pagábamos he pensado exactamente lo mismo.
Le observó sonreír despacio bajo las pestañas espesas y le tocó suavemente la nariz con la mano. Y no le pudo dar un beso porque no le dio tiempo: el semáforo se había puesto en verde para los peatones, hacía calor bajo el sol y los dos tenían ganas de llegar al coche.
A veces, mientras compraban, se dividían por unos minutos y ella se acercaba a por compresas, por ejemplo, o él se daba una vuelta por la sección de vinos. Después se reencontraban dando vueltas entre las estanterías, y ella pensaba en lo extraño que era que de toda esa gente sólo le interesara él. Había algo consolador y desesperado en su figura acercándose a ella y en cómo sus ojos le miraban bajo el pelo. Le tendía las manos, a veces sosteniendo en ellas el vino o la mayonesa para someterlos a su veredicto, y ella lo aprobaba o le echaba la bronca por elegir siempre lo más barato y cutre, pero siempre estrechaba la mano libre y empezaba a andar con él en la misma dirección.
Llegaron a la caja registradora, mientras ella daba vueltas en la cabeza a la lista que nunca recordaban llevar y pensaba, como siempre, que si hicieran desde el principio un recorrido sistemático no se les olvidaría nada. Observó a las personas que les rodeaban. No sabía si sería el efecto de las luces halógenas, pero todos eran muy feos. Podía ver las arrugas, las manchas, los granos. La carne que sobraba sobre los músculos flácidos. El vello en el entrecejo y encima del labio superior.
Colocaron la compra en la cinta, pagaron, la guardaron en bolsas y salieron a la calle. Caminaron en silencio hacia el coche, él con las bolsas de más peso, ella con las más ligeras en una mano y el papel higiénico en la otra. Se pararon en el semáforo, dejaron las bolsas en el suelo y entonces él la miró y le dijo:
- Qué fea es la gente, ¿verdad?
Ella sonrió, conmovida por la coincidencia de esa momentánea percepción de lo feo. Pensó que quizá ése era el papel que él jugaba en su vida. Eres lo bonito. Eres la isla de belleza en la que puedo fijar mi vista mientras lo demás se desmorona.
- Es curioso - dijo -, porque mientras pagábamos he pensado exactamente lo mismo.
Le observó sonreír despacio bajo las pestañas espesas y le tocó suavemente la nariz con la mano. Y no le pudo dar un beso porque no le dio tiempo: el semáforo se había puesto en verde para los peatones, hacía calor bajo el sol y los dos tenían ganas de llegar al coche.
miércoles, 17 de agosto de 2011
32. Cuerpo
Lo del cuerpo es un rollo raro. Tener un cuerpo y que sea nuestro vehículo desde que nacemos hasta que nos morimos. Ser hombre, mujer, blanco, negro, alto, bajito y serlo para siempre.
A mí no me disgusta mi cuerpo. Sobre todo desde que estoy fuerte como un limón y tal, que me siento como si lo tuviera todo más en su sitio. Si me preguntaran qué cambiaría, supongo que al final lo dejaría como está (excepto en la piel de princesa: pediría una piel de princesa sin pensármelo dos veces). Pero sí que hay rasgos físicos que me llaman la atención y que me gustaría probar, aunque sólo fuera por un rato.
Por ejemplo: ser alta. Siempre me acuerdo de una chavala a la que conocí en Barcelona que era muy pequeñita, más que yo, y que siempre decía "Si jo fós alta... quantes coses faria...". No os equivoquéis: ser bajita está guay. Es cómodo para casi todo, excepto para colocar objetos en estantes altos. Pero cabes mejor en todas partes, te acurrucas en cualquier rinconcillo, te valen los tíos de cualquier tamaño y si estás desproporcionada no se nota tanto. Pero teniendo en cuenta que mi ego es del tamaño de Manhattan, creo que necesitaría unos centímetros más para proyectar la imagen de pedazo de tía segura de mí misma que anida en mi interior.
También querría ser flaca. Flaca de ésas que se atiborran a comer y siguen flacas porque es su complexión, o que sencillamente no aman la comida como yo la amo. Yo no soy flaca ni gorda: soy normal. Pero sé que hay una gorda dentro de mí que lucha por salir, y la tengo que mantener a raya a base de ensaladas y yogures vitalínea. Me gustaría poder comer desaforadamente y seguir divina. Aunque a lo mejor eso no es un rasgo físico, sino metabólico; quién sabe.
Otra cosa que me haría un montón de ilusión es tener la piel morena. Ir a la playa dos días y ponerme negraca. O, por lo menos, no repeler el sol en lugar de absorberlo, como me pasa ahora. Me gustan las pieles morenas. Me parecen sanas, bonitas y que quedan bien con todos los colores. Lo que pasa, por otra parte, es que me encanta ser rubia y estoy superapegada a mi color de pelo, y los dos rasgos mezclados quedarían un poco en un plan Leticia Sabater del que paso.
Por último, me gustaría probar durante unos días a ser perturbadoramente guapa. De esas tías que te caen mal en cuanto las conoces porque piensas: qué asquerosa, qué guapa es. De las que no tienen amigas porque siempre se llevan a los tíos y las demás se sienten un callo malayo a su lado. De las que reciben mensajes en plan "no sabes quién soy, pero te vi el otro día en la fiesta de Pepito y me encantaría conocerte". Pero sólo querría ser perturbadoramente guapa un tiempecito, en plan ver lo que se siente al causar ese efecto en la gente. Tiene que ser agotador y malísimo para el karma. Debes de sentirte en la obligación de demostrar vete a saber qué por ser tan guapa. Yo prefiero ser agradable a la vista y que después se me aprecie por mi interior.
Vaya post raro que me ha quedado. Estoy que me caigo de sueño. En realidad sé que ya había escrito hoy, pero es que me estoy volviendo una yonqui de sentarme aquí al final del día y soltar estupideces.
Hale, a dormir, que estar de vacaciones también cansa.
A mí no me disgusta mi cuerpo. Sobre todo desde que estoy fuerte como un limón y tal, que me siento como si lo tuviera todo más en su sitio. Si me preguntaran qué cambiaría, supongo que al final lo dejaría como está (excepto en la piel de princesa: pediría una piel de princesa sin pensármelo dos veces). Pero sí que hay rasgos físicos que me llaman la atención y que me gustaría probar, aunque sólo fuera por un rato.
Por ejemplo: ser alta. Siempre me acuerdo de una chavala a la que conocí en Barcelona que era muy pequeñita, más que yo, y que siempre decía "Si jo fós alta... quantes coses faria...". No os equivoquéis: ser bajita está guay. Es cómodo para casi todo, excepto para colocar objetos en estantes altos. Pero cabes mejor en todas partes, te acurrucas en cualquier rinconcillo, te valen los tíos de cualquier tamaño y si estás desproporcionada no se nota tanto. Pero teniendo en cuenta que mi ego es del tamaño de Manhattan, creo que necesitaría unos centímetros más para proyectar la imagen de pedazo de tía segura de mí misma que anida en mi interior.
También querría ser flaca. Flaca de ésas que se atiborran a comer y siguen flacas porque es su complexión, o que sencillamente no aman la comida como yo la amo. Yo no soy flaca ni gorda: soy normal. Pero sé que hay una gorda dentro de mí que lucha por salir, y la tengo que mantener a raya a base de ensaladas y yogures vitalínea. Me gustaría poder comer desaforadamente y seguir divina. Aunque a lo mejor eso no es un rasgo físico, sino metabólico; quién sabe.
Otra cosa que me haría un montón de ilusión es tener la piel morena. Ir a la playa dos días y ponerme negraca. O, por lo menos, no repeler el sol en lugar de absorberlo, como me pasa ahora. Me gustan las pieles morenas. Me parecen sanas, bonitas y que quedan bien con todos los colores. Lo que pasa, por otra parte, es que me encanta ser rubia y estoy superapegada a mi color de pelo, y los dos rasgos mezclados quedarían un poco en un plan Leticia Sabater del que paso.
Por último, me gustaría probar durante unos días a ser perturbadoramente guapa. De esas tías que te caen mal en cuanto las conoces porque piensas: qué asquerosa, qué guapa es. De las que no tienen amigas porque siempre se llevan a los tíos y las demás se sienten un callo malayo a su lado. De las que reciben mensajes en plan "no sabes quién soy, pero te vi el otro día en la fiesta de Pepito y me encantaría conocerte". Pero sólo querría ser perturbadoramente guapa un tiempecito, en plan ver lo que se siente al causar ese efecto en la gente. Tiene que ser agotador y malísimo para el karma. Debes de sentirte en la obligación de demostrar vete a saber qué por ser tan guapa. Yo prefiero ser agradable a la vista y que después se me aprecie por mi interior.
Vaya post raro que me ha quedado. Estoy que me caigo de sueño. En realidad sé que ya había escrito hoy, pero es que me estoy volviendo una yonqui de sentarme aquí al final del día y soltar estupideces.
Hale, a dormir, que estar de vacaciones también cansa.
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