massobreloslunes

sábado, 12 de noviembre de 2011

La Primavera Trompetera

Voy camino de Bolonia en la furgo del Kpot. Es viernes, ya es de noche y planeamos dormir allí para escalar mañana. Me suena el móvil y es la PK, superemocionada por su post de cumpleaños. Está en Alcañiz visitando a Arantxa, que por detrás se queja de que ella también quiere un post homenaje y no tiene ninguno.
- Que vamos al concierto de Los Delinqüentes - me dice la PK -. Que te vamos a llamar cuando suene La Primavera Trompetera. Tú no oirás nada, nosotras no te oiremos a ti, pero todas sabremos que es La Primavera Trompetera y seremos felices.

Me río, les digo que les quiero y cuelgo, que no me gusta hablar por teléfono cuando estoy con alguien. Kpot y yo charlamos de la escalada, de la vida, del amor y otra vez de la escalada. Llegamos al Bartolo, nos juntamos con Ara y cenamos en el Kiosko deliciosos bocadillos de pollo con mayonesa.

En mitad de la cena suena el móvil. Arantxa, claro, y por detrás un barullo tremendo que infiero que es La Primavera Trompetera en directo. Me levanto de la mesa y echo a andar en dirección al camino de tierra, porque no quiero que la gente piense que soy monguer, colgada del teléfono durante tres minutos sin decir nada.

Escuché por primera vez esta canción cuando fui a Italia y el Giò, el novio italiano de la PK, la tocaba en su guitarra mientras cantaba en español macarrónico. Cuando volvimos a Granada y la PK y yo nos fuimos a vivir juntas, escuchábamos y cantábamos la canción con una frecuencia preocupante, si tenemos en cuenta que era noviembre y que el frío ya había entrado directamente del Mulhacén a nuestra casa sin calefacción.

Para mí cantar La Primavera Trompetera era desafiar al invierno. Era gritar alegre que existía la primavera aunque los calendarios dijeran lo contrario. Era casi ridículo tocarla con la guitarra envuelta en mi poncho de lana y sin querer salir del brasero. El veintiuno de marzo, cuando por fin la primavera llegó oficialmente, pasamos la tarde en la terraza de la hermana de Metemary, cantando con la guitarra. Creo que toqué La Primavera Trompetera en bucle como cinco veces, mientras la gente de la calle nos miraba, se reía y bailaba un poco, con cara de pensar que aquello era una broma de la tele.

Al contrario de lo que dijo la PK, la canción se escucha de puta madre, y mientras yo camino por el carril de tierra pienso que se me van a descoyuntar los labios de tanto sonreír. Canturreo bajito, casi como un mantra que suena extrañísimo en el silencio campestre de la noche. Hay una luna llena y gigante que se refleja en las nubes e ilumina los contornos de los árboles, y yo pienso que estoy viviendo un momento perfecto, así, completamente perfecto, mientras escucho al Caniho en vivo de fondo y mientras la PK y Arantxa gritan el estribillo y cambian "Niña" por "Marina".

Gracias, pequeñas, sois geniales las dos. La PK ya lo sabe. Y Aran, tú tranquila, que aunque sé que tú también lo sabes, tu post está en camino.

viernes, 11 de noviembre de 2011

Son las once y media de la mañana y estoy en el Palacio de Justicia de Cádiz, esperando a que se celebre un juicio por posesión de drogas. Han convocado a mi tutora como testigo y he venido por aprender y tal.

En la puerta de la sala están mi tutora, la trabajadora social, la abogada y los dos acusados, uno de ellos con su familia y el otro solo. Me quedo de pie junto a las sillas mientras mi tutora aclara con la abogada lo que le va a preguntar dentro. El chico que está solo, que en realidad no es un chico, sino un señor de unos cuarenta, se presenta y me saluda.
- ¿Tú también trabajas en el CTA?
- Más o menos, sí. Estoy allí de prácticas hasta diciembre - lo que no es del todo cierto, porque yo no estoy de prácticas, pero explicar lo que es la residencia me da demasiada pereza.

Hay un ellos y un nosotros. Siempre. Hay una creencia estúpida y prepotente de que ciertas cosas a nosotros no nos van a pasar nunca. Esos hombres ahí parados esperando a que un juez decida qué va a ser de su vida los próximos años me producen un desconsuelo difícil de describir. Es como las ejecuciones. Que llegues a un punto en el que otros pueden decidir si vives o mueres, si quedas libre o entras en prisión, me parece tremendo. Así que supongo que por eso es más fácil que ellos sean ellos, y no nosotros.

Los drogodependientes me transmiten desamparo. Actúan con la lucidez perversa y ambivalente de quien sabe que lo que hace está mal pero ve dificilísimo solucionarlo. La droga es como un dragón enorme. Su putada es que ellos han encontrado una solución parcial a sus problemas y se resisten a dejarla; quizá nosotros no somos drogadictos porque no nos soluciona nada, no porque seamos especialmente fuertes o superiores a nadie.

El chico que está solo ha entablado conversación conmigo y me cuenta que está nervioso, que lleva días sin dormir. Seguimos separando: nosotros, ellos, y cuando vemos por la tele juicios de este tipo, o pensamos en el drogata al que pillan con cincuenta gramos de coca en su casa, son ellos, y no te imaginas que el día antes del juicio que se han ganado a pulso por semejante temeridad pueda estar nervioso.
- Tengo hasta náuseas por las mañanas. Me siento como si estuviera embarazado - me dice, y se ríe.
- Bueno - contesto yo - embarazado no estás, eso seguro.

Me siento un poco violenta. Me gustaría poder hablar con mi tutora, que charla con la trabajadora social, o incluso poder sentarme en una esquinita a leer la segunda parte de los Guerreros de la Roca. Porque estamos nosotros y están ellos.
- Van a intentar decir que era para consumo propio, ¿sabes? - me explica el hombre -. Ese señor de ahí - señala a un tipo mayor con una cartera que habla con la abogada - es otorrino. Ha examinado nuestros tabiques nasales para probar que somos consumidores.
- Ajá.
- Parece ser que en función de la erosión del tabique puedes saber cuánto se droga una persona. Es como los anillos en los troncos de los árboles.

De todas las cosas que he hecho desde que empecé la residencia, los controles de orina son lo peor. He visto citologías, hemorroides, he cortado verrugas, sacado quistes y contemplado cicatrices en las muñecas y agitaciones con cabezazos contra la pared. Pero de momento nada es comparable a tener que observar detrás de un espejo como una persona mea. Hoy, sin embargo, concluyo que estoy viendo un nuevo nivel de indignidad, que consiste en ir a la Audiencia Provincial e intentar probar por medio de radiografías de tu tabique que te drogas tanto, tanto, que esos cincuenta gramos de coca que había en tu casa te los ibas a soplar tú solo.

Al final llegan a un acuerdo y el juicio no se celebra. Vamos todos en procesión a una oficina que hay en la primera planta a pedir los justificantes de asistencia. El otro acusado, al que he visto en consulta un par de veces, espera en la puerta. Yo apoyo la cabeza en el quicio y también espero, porque no voy a pedir justificante ya que en general a la gente se la suda dónde esté mientras me porte razonablemente bien.
- ¿Estás cansada? - me pregunta el paciente.
- Me duele un poco la cabeza.
- A ver si estás abusando de las lentillas - lo dice porque el primer día que me vio yo llevaba gafas, y me parece intensamente dulce que se esté preocupando por mis hábitos oculares.

Sale el otro chico y los dos se quedan frente a frente, esperando a que termine el papeleo. Entonces miro sus zapatos: uno lleva unos botines bicolores extraños con pinta de baratos, el otro unos mocasines de cordones viejos pero muy limpios. Y mientras estoy ahí de pie, con mi leve dolor de cabeza, y miro sus zapatos y pienso en sus tabiques erosionados, de repente me parece que el mundo al final sí que está lleno de cosas feas y tengo que hacer esfuerzos para contener las ganas de llorar.

miércoles, 9 de noviembre de 2011

PK, hoy es tu cumple... sé muy feliz, PK...


Ésta es una de esas noches en las que estoy muy cansada y un poquito triste, así que necesito, NECESITO hablar de algo que sea bonito y buenrollante para no tirarme de mi segundo piso y en lugar de matarme quedarme gilipollas.

Así que hoy vamos a hablar de la PK. Típico post que a los que no la conocéis os importa un carajal, y encima típico post que no debería ni de escribir porque si a alguien en mi vida le he hecho canciones, odas, homenajes, dibujos, cartas, poesías y rituales de adoración en general es a la PK. Es una agonías. Pero hoy es su cumpleaños y pensar en ella me alegra, así que escribamos.

La PK y yo nos conocemos desde hace ya casi veinte años, que se dice pronto. Nos hemos visto crecer y hemos intercambiado frases del tipo de "tía, no me crecen las tetas", "pues a mi sí". Resumir veinte años de amistad en un post es ambicioso, porque encima ha sido una amistad intensa, full time, nada de vernos un par de veces al año; hemos compartido clase como diez años seguidos, nos hemos ido juntas de campamento mil veces, hemos vivido un año juntas. Así que haré lo que pueda por escribir este post-homenaje y pararé cuando tenga demasiado sueño.

La PK no conoce el miedo. Ni el miedo, ni el frío, ni la incomodidad, ni prácticamente el hambre. La PK es como Chuck Norris, lo que es muy gracioso porque, como su propio nombre indica, es una chica pecosa y supermona, de rizos largos y piel muy blanca. Pero es dura, la cabrona: cuando yo necesito un abrigo tres cuartos, ella va por la vida con una rebeca corta de pelo de llama que ni siquiera tiene botones, diciendo "es que la llama abriga que no veas". Ya, vale, PK, abrigará, pero no es mágica y estamos en febrero.

La PK es muy, muy divertida. En orden ascendente de personas que me hacen reír está la gente, está la gente graciosa, luego está(ba) mi mejor amigo, que ya no me habla, y reinando en la parte de arriba del todo, la PK. Su humor es un poco como el mío: completo, surrealista, absurdo e imperecedero. No hay nada de lo que le avergüence reírse. Es torcida y maligna, como yo a veces, y cuando digo barbaridades a causa de mi impulsividad y mi tendencia a pasar de los sentimientos de la gente en aras del humor, escucho cómo sus carcajadas bajitas y descontroladas celebran que ella entiende exactamente de qué estamos hablando.

La PK es... bueno, no sé, la PK es total. Dice que SÍ por defecto. Nada le avergüenza, ninguna idea le parece demasiado estúpida. Con la PK he celebrado fiestas del papel en el baño del colegio, tirando papel higiénico al techo y soplando después para mantenerlo en el aire. He jugado a "la meada más punky del verano", que consiste en que meas en la calle y todo el mundo te ve, pero a ti no te importa. He bailado, sí, pero no en bares o en fiestas como la gente normal: en mi casa, por la noche, en pijama, las dos solas, poniendo en bucle vídeos italianos en el youtube mientras el Húngaro y quien anduviese por allí de visita nos miraban como diciendo "por favor, repartid lo que sea que os hayáis fumado".

Tiene una piel alucinante, blanca, rosada, pecosa e infernalmente suave, que siempre cuida con cremitas naturales que huelen bien. Sus ojos son verdes preciosos y su nariz es perfecta. Es el tipo de persona que SABE hacer maletas. Yo, por ejemplo, llevo ropa estándar que combine todo con todo y me paso el viaje en vaqueros. La PK hace una maleta que abulta la mitad que la mía y después aparece con una faldita, medias de colores, un fular divino y unos pendientes que tiene desde que era pequeña porque, ojo al dato, la PK NUNCA pierde pendientes. Porque es muy cuidadosa y ordenada, y tiene reglas para la vida del tipo de "todo lo que te eches en el pelo tiene que ser del tamaño de un garbanzo".

Le gusta viajar, le gusta leer, le gusta la gente. Además, le gusta de verdad, no como a mí, que después me vuelvo una nazi y no aguanto a la mitad del mundo. Es peculiar y atrae a los peculiares. Hace amigos en el Polo Sur si hace falta. Llega a un sitio, pone en marcha el imán PK para gente personaje y en dos semanas tiene un grupo de amigos con el que organiza partidos de fútbol y cenas internacionales. Porque es una chica SÍ y porque tiene buena estrella.

Puedo guardar fácilmente mil fotos de la PK, de las cuales al menos quinientas son de la PK y yo. La PK y yo comiendo toblerone, fumando ibuprofeno, haciendo portés de Fama, cogidas de la mano en el Dragón Khan. Disfrazadas de hippies, de cabareteras, de futuristas, de flamencas. La PK y yo en Málaga, en Granada, en Italia, en Salamanca, en Asturias.

La vida muchas veces es una hija de puta y te separa de la gente a la que quieres, o te presenta a gente estupenda y luego los coloca en otra ciudad o en otro país. Pero otras veces te dice: aquí tienes una persona que te va a acompañar siempre, alguien con quien compartirás tantos momentos que al final os unirá una amistad total, tan polimorfa y completa que lo resistirá todo. No concibo pelearme con la PK o dejar de hablarme con ella. Podría decir que es porque nos conocemos demasiado y nunca nos haríamos daño y blablabla, pero creo que sencillamente se trata de que tengo acumulado tanto amor hacia ella que no puedo deshacerlo. Está fosilizado, fundido con mi existencia, enhebrado en tantos momentos de mi vida que sería imposible eliminarlo. No puedo dejar de quererla.

PK: eres genial de principio a fin. Lo sabes, ¿no? Sabes que cuando acaricio tu cabecita y te abrazo, y huelo tu champú y toco tus jerseys bonitos, y te digo que te quiero mucho y te estrujo aunque tú te quejes porque eres un poco rancia... sabes que lo digo en serio, que te quiero. Que eres mi sangre, mi hermana. Que tu cumpleaños es el único que no se me olvida NUNCA, y que digo yo que será por algo.

Cumple muchos más, mi niña. Y que yo lo vea.

PD: Me encuentro mucho mejor. Escribir es mágico y la PK más.

martes, 8 de noviembre de 2011

Sobre ver, mirar y mi preocupante sistema nervioso

Comentaba Pab al leer el post de ayer que se alegra de no ser el único que es testigo de momentos increíbles y extraños. Para mí está bastante claro que percibir o no esos momentos no es un tema de suerte, sino de tener los ojos muy abiertos y de darles la suficiente importancia como para registrarlos en la memoria.

Yo vivo en la activación mental. El otro día lo comentaba con DDM. "Yo tengo una capacidad ilimitada para entretenerme solo", me decía él, "podría quedarme una semana en mi casa y no me aburriría o, más bien, aunque me aburriera no me importaría". A mí también me pasa, pensé, pero no sé si lo dije, porque no quise entrar en el juego del "pues a mí". Le expliqué que hay teorías que dicen que las personas que buscan activación externa lo hacen porque su sistema nervioso está demasiado tranquilito, mientras que los que necesitan (necesitamos) poca estimulación tenemos de por sí el cerebro en modo turbo.

A mí me pasa. Yo voy por la vida a tope de manera casi preocupante. Hoy estaba frente al ordenador, iba a sacar el pen drive y me he quedado un rato con la mano encima, sintiendo cómo se apagaba la vibración minúscula del plástico cuando el ordenador anunciaba que podía desconectarlo. Y he pensado "por el amor de Dios, Marina, la vibración del pen drive... que no es que vayas por la vida abrazando árboles, no; es que acabas de flipar con el zumbido eléctrico de un microchip". Por la tarde he ido a una tienda de ultramarinos que hay cerca de la piscina a cambiar veinte euros para la máquina de tickets. Mientras esperaba a que la tendera me pusiera la media docena de huevos y, de paso, reflexionaba sobre los huevos y sus cajas, he olfateado el aire: olía a pescado, pero en plan agradable si es que eso es posible, y he visto una caja de arenques en salmuera justo a mi lado, y mirando los arenques enormes y amarillentos he pensado: cómo me mola la vida.

Luego está el tema de la gente. Yo sintonizo emocionalmente con un apio, ya lo he dicho, y con la gente me pasa de una manera muy cafre. Eso está muy bien para mi profesión, pero a veces, cuando voy en moto por las mañanas y me voy fijando en las caras de los conductores y los peatones, y puedo percibir de manera casi violenta el hastío, o la alegría, o el enfado, me siento tan abrumada que me pregunto si no seré una especie de idiot savant de la empatía. El momento que describí ayer duró medio segundo. De hecho, hay detalles que he añadido para darle consistencia a algo que a mí me llegó como un relámpago medio inconsciente.

Así que no sé, no sé si observo mucho porque soy así, no sé si tengo el sistema nervioso como las maracas de Machín ni sé si en realidad empatizo o simplemente invento. Lo que sé es que la vida así es bastante más interesante. Que me quedo prendida en los rostros anónimos, en los grafitis de las calles o en el olor tranquilizador del cloro de la piscina, y que igualmente no importa, que son sólo sensaciones e interpretaciones incorpóreas y efímeras... y, sin embargo, de alguna forma hacen más nutritivos mis días, como la levadura de cerveza en las ensaladas, y me ayudan a pasar por este valle raro de tristeza sin morirme demasiado de hambre.

lunes, 7 de noviembre de 2011

Momentos

Es sábado por la noche, y aunque aún es temprano ellos tres ya van borrachos. O drogados, a saber, que la juventud está fatal. No tendrán más de dieciocho años: una chica no muy guapa, con el pelo largo y castaño y el culo un poco gordo. Dos chicos: uno guapo, alto, con greñas cuidadas alrededor de una mandíbula cubierta de barba suave. Otro más normalito, con el pelo tieso de gomina, un poco de acné y los hombros demasiado estrechos.

Yo camino a unos metros, y aunque intento ir despacio para quedarme sola con mis pensamientos profundos sobre el amor, la vida y la escalada, ellos dan rodeos o se paran, y al final acabo teniéndoles enfrente todo el rato, mientras rodeo el perímetro de la ciudad en dirección a mi casa. Caminan alegres y desordenados. El chico guapo coge a ratos de la mano a la chica no muy guapa mientras el otro revolotea delante y detrás.

Al rato la chica está andando sola delante y los chicos charlan entre sí en voz baja. Ella parece distraída, se acerca a la barandilla, mira al mar y de vez en cuando les apresura a voces sin girar la cabeza. Ellos hablan, se ríen y se suben jugando a los pies de las farolas.

De pronto los dos chicos ralentizan la marcha, siguen riéndose, se miran. El chico no muy guapo agarra de la nuca al otro, que enarca las cejas, alarmado, pero sigue sonriendo. La presión en la nuca se hace más fuerte y el guapo señala con la coronilla a la chica, que camina sola y ajena a todo. El no guapo se encoge de hombros y abre las mandíbulas como en un gruñido del león de la Metro, pero no llega a tocar al guapo; simplemente juntan las frentes casi con violencia durante un momento breve, tan breve que no sé si me lo he inventado, y después el guapo se despega y tuerce un poco la cabeza, como excusándose, y se va hacia la chica, que sigue andando, dando tumbos y bebiendo despacio de la cerveza que tiene en la mano.

Y mientras caminamos los cuatro en dirección a la Viña y el viento norte nos congela las esquinas de la cara, sólo puedo pensar que es curioso cómo algunos momentos contienen dentro de sí toda la extraña complejidad de la vida.

jueves, 3 de noviembre de 2011

Fuerte






Nunca en mi vida había estado tan fuerte como ahora. De hecho, nunca en mi vida había estado fuerte. De hecho, si me apuráis, nunca en mi vida había pensado que mi cuerpo tenía el potencial de cambiar y ponerse fuerte, o que mi mente podría obligar a mi cuerpo a hacer el ejercicio suficiente como para que cambiara. Tú sabes, la posibilidad siempre está ahí: cualquier día me apunto al gimnasio y me vuelvo una tía buena. Pero en lo profundo de mi corazón no me veía manteniendo la motivación el tiempo suficiente como para observar un cambio real. Me imaginaba creciendo y evolucionando de joven redondita a adulta redonda, embarazada hinchona, madurita degradada y anciana lastimosa.

A ver, yo nunca he estado gorda, gorda tal cual. Pero siempre he sido... cómo lo diría... blandita.

[DISGRESIÓN: Esto me recuerda a la peor frase que me ha dicho nunca un tío, y que ya os dije que os contaría en algún momento.

Situación: en la cama, semidesnudos, chico cuyo nombre no voy a revelar intenta convencerme para que tengamos sexo porque yo no lo veo claro. En un momento dado, me agarra alguna parte carnosa del cuerpo, tipo muslo, o culo, o algo.
YO: Este curso, como no he hecho deporte, me he quedado un poco más blandita.
ÉL: Ya...

Obviamente, no mojó. Lectores varones, apuntad en vuestro manual de seducción que la mejor manera de tratar a una mujer es no diciéndole nunca jamás bajo ninguna circunstancia que está gorda. De hecho, como me dijo una vez mi hermano, la frase perfecta es "a ti te faltan un par de kilos". FIN DE LA DISGRESIÓN]

Una de las muchísimas cosas que me molan de escalar es que me está dando la posibilidad de ser una yo que nunca había pensado que pudiera ser. Una yo física. Si a mí me dicen que iba a estar comentando por Facebook vídeos donde un tipo noruego hace dominadas con un dedo, me habría reído. ¿Moi? Yo soy una intelectual. Yo anido en el mundo abstracto y difuso de las ideas, y utilizo el cuerpo básicamente para llevar las gafas.

Me lo decía IA: que no eres una gafapasta, mujer, que tú eres deportista, que una cosa no está reñida con la otra. Pero no creo que sea deportista. Sigo subiendo a los pisos en ascensor y paso de ir en bici al curro teniendo la moto. Creo que lo único que pasa es que escalar me gusta lo suficiente como para que no me suponga un esfuerzo de la voluntad. La diferencia entre sudar en un gimnasio deseando con todas mis fuerzas que el tiempo pase, y sudar en el roco deseando poder transplantarme la piel de las manos para seguir entrenando, es parecida a lo que hablábamos ayer de follar con un chico anodino o con un DDM (como categoría, no como persona concreta).

Desde que escalo estoy más musculosa por todas partes; de hecho, ahora el chico del diálogo anterior no podría decir "Ya", porque no sería cierto y porque, además, podría darle una paliza. Se me ha ensanchado la espalda, me lo noto en las chaquetas de invierno. Además, me han salido callos en las manos y ni siquiera me importa; me los limo con primor cada vez que me hago la manicura. También se me está formando el juanete del escalador en la parte externa del dedo gordo del pie. Si me llegan a decir que sacrificaría la estética magnífica de mis pies sagrados por algo que no fueran taconazos maravillosos, no me lo habría creído.

Todos estos cambios no sólo no me molestan, sino que me gustan. Y me encanta estar fuerte, como si hubiera algún tipo de continuidad entre la mente y el cuerpo. Como si mis nuevos bíceps pudieran servirme para aguantar el peso del resto de la vida.

¿Hay moraleja? Siempre. Es la siguiente: vive como si no hubiera mañana y también como si no hubiera ayer. Como si haberte pasado la vida huyendo del deporte no te impidiera convertirte ahora en una guerrera de la roca. La existencia está llena de posibilidades sorprendentes y el mayor límite está en ti, en tu coco. Os lo digo mientras escribo con los antebrazos doloridos, desde el orgullo de mis agujetas, tocando alucinada mis bíceps bajo la piel de mis brazos.

Nota: La de los vídeos soy yo, obvio. Cuando aún era rubia. Son muy cortitos porque con la mierda del HD ocupan un montón y no puedo subirlos más largos. Pero así me veis escalar, que me hace ilusión. Y veis la espalda que estoy echando. Que yo antes no era así, de verdad: Elsa, MQEN, dad testimonio.

Nota para quien entienda de escalada básicamente IA: Es en San Bartolo, Bolonia, en el sector Mosaico, probando por primera vez "No es broma, es kanfor", 6a+. La pared es de arenisca y es una pasada, con cantos y regletas, pelín desplomada y muy bonita. ¡Y voy de primera! Aunque dejé las dos primeras cintas puestas porsiaca.

miércoles, 2 de noviembre de 2011

Necesidad de compartir esto ahora

"Annie lo intentó por última vez.
- Lo siento. No sé qué decir. Sé que... el amor tiene que ser algo capaz de transformarte. - Ahora que había utilizado la palabra, sintió que se le aflojaba la lengua -. Y así es como trato de ver esto. Así. Exactamente. Y a mí me ha transformado, y cómo haya sucedido no tiene mayor importancia. Puedes irte o quedarte, y esto no habrá dejado de suceder. He estado tratando de mirarte como a una metáfora de algo. Pero no funciona. Lo terrible es que, sin ti aquí, todo vuelve a ser como antes. No puede ser de otra manera. Y he de decir que los libros no me han ayudado mucho en esto. Porque cuando lees algo sobre el amor, cuando tratas de definirlo, siempre sale a relucir un estado, o un nombre abstracto, e intentas pensar en ello de esa forma. Cuando en realidad el amor es... bueno, el amor es tú. Y cuando te vas, el amor se ha ido. No hay nada abstracto en ello."

Nick Hornby - Juliet, desnuda