massobreloslunes

sábado, 3 de diciembre de 2011

Esta niña de aquí...

... se va de puente.

Me marcho mañana al Chorro y volveré cuando me harte de escalar, así que planeo estar missing unos cuantos días. Lo siento, que sé que os tenía ya muy bien acostumbrados con tanta actualización.

Pasadlo bien en mi ausencia. Ya os contaré qué tal cuando vuelva. Intentaré tener una aventura amorosa con algún maromo guapo para así poder escribir sobre algo que no sea la escalada. Si es que lo hago todo por y para vosotros, lectores...

Se os quiere.

Besitos.

jueves, 1 de diciembre de 2011

El mal capilar, V: La vida ya es dura y encima yo voy y me tiño

Lectores queridos:

El castaño rojizo de mi último experimento capilar me duró más bien poco. La acción combinada de lavarme el pelo todos los días, ir a la piscina y haberme dejado el tinte poco tiempo puesto por si me quedaba hórrido hizo que se desprendiera pronto de mi cabello. Además, como dice un amigo mío, ser rubia no es un color: es una actitud. Se me había quedado un color precioso precioso: así mi rubio natural, pero ligeramente cobrizo al sol y un poco más oscuro que después del verano. Precioso y brillante y cada vez más larguito: una maravilla de pelo, vamos. Que yo guapa guapa no soy, pero tengo un pelazo.

Sin embargo, yo quería emociones fuertes. ¿Tanto rollo con el tinte para volver a ser rubia en tres semanas? Nah. Así que hice caso a mis lectores. Que si el rojo cuesta que agarre, que si prueba con algo más fuerte si total se va en seis semanas. Ni corta ni perezosa (de nuevo, ¡me encanta esa expresión!) me planté en el Bodybell del Palillero. Que, por cierto, van a abrir un Kiko al lado y me voy a querer morir comprándome pintaúñas.

Decidí cambiar también de marca. ¿Antes había usado L'oreal? Pues ahora Garnier. Que no sé por qué lo hice, porque a mí Garnier es una marca que me cae como mal, así con su rollito somos naturales, sus botes de colores ácidos y sus modelos jovencitos e hiperfashions lanzándose a piscinas sin que se les encrespe el pelo. Pero bueno. Me puse a mirar los colores de la gama de tintes impermanentes. Lo que tiene Garnier es que los nombres de los tintes son larguísimos: que si Castaño Claro Cobrizo Caoba, que si Castaño Oscuro Violín Madera y todos así. Que no te da la memoria de trabajo para componer en tu mente el concepto del color, porque cuando llegas al final se te ha olvidado el principio.

Entonces vi el Tono de la Vida: Cobrizo Salvaje. Cobrizo era lo que yo me había echado la vez anterior, y puesto que lo quería un poco más, digamos, llamativo, el Salvaje era lo que yo estaba buscando. Quizá, pero sólo quizá, era un poco cantoso, pero después de la experiencia "el ámbar es castaño" quise creer en mi mente ingenua que el cobrizo salvaje se volvería ámbar.

Llegué a mi casa y me puse el tinte, así envalentonada. Ni pruebas previas con mechones cortados ni ostias. Todo a saco. Además, se me piró ligeramente la olla con el tiempo de posado porque me puse a decir chorradas por Facebook, pero pensé: "No pasa nada. Más salvaje aún. ¿Qué somos, hombres o gallinas?".

De nuevo, enjuague guarreteoso en la ducha (¡los tintes manchan mucho!) y mirada relajada al espejo, rollo "a mí nada me sorprende".

Lo siguiente que supe de mí misma fue que me había convertido en Morticia Adams.

Lo bueno del asunto es que el día anterior estaba preocupada por mi acné. Ahora mi piel pasaba a un segundo o tercer plano: de la piel ya estoy mentalizada, pero a ver qué cojones hacía yo con ese pelo negro zahíno ligeramente rojizo y de una textura un poco rarita, así como de imitación de Barbie.

Así que busqué en Google "cómo aclarar baño de color", y Google me devolvió que debía llenarme el pelo de mascarilla, envolvérmelo en papel transparente, darle calorcito, ponerme una toalla y esperar. La teoría era que el calor y los aceites de la mascarilla disolverían el pigmento y aclararían el tono.

He repetido esa operación como seis veces en tres días, y lo bueno es que ahora mi pelo no está negro, no. Ahora está rojo. Muy rojo. ¿Sabéis que me quejaba de que la otra vez no era nada rojo? Pues ahora sí lo es. Mucho, en serio, mucho en plan Alaska mezclada con Morticia a la sombra, Alaska mezclada con El Rey León al sol.

Como muestra, unas fotos del día siguiente a la Operación Tinte del Averno, escalando en San Bartolo.


Morticia


Alaska


La foto Alaska va con gorrito para no impactar vuestra sensibilidad con la visión de TODA MI CABEZA brillando en rojo intenso.

Mi entorno me dice cosas como "no está tan mal", "el color el bonito", "es que no estamos acostumbrados a verte así". Qué adorables. A mí me parece que estoy horrorosa. No es sólo que el color sea cantoso, sino que es feo, así intrínsecamente. Pero bueno, en teoría el tono es impermanente, como el amor, así que espero que en un par de semanas la cosa adquiera un aspecto razonable. Claro, que también puede pasar que la rojez siga incrementándose con el desteñido y al final no se me pueda mirar porque brille con refulgencia.

No lo llevo mal, no obstante. Me hace como gracia, sobre todo porque se me olvida y de repente me veo en un cristal y/o espejo y digo: joder, tengo el pelo Muy Rojo. Pero ya me vale. Porque esta vez, ni peluqueras del Averno, ni nazis flequililes ni nada: esta vez, queridos, me la he buscado yo más que solita.

martes, 29 de noviembre de 2011

La extraña parada en seco de mi reloj biológico

Lectores de mi amor:

Hoy podría escribir sobre todos mis grandes temas. Sobre las uñas, porque me he gastado una cantidad de dinero obscena en una lima de vidrio que romperé en una semana, como siempre, y en un tono de rojo que sólo se diferencia de una forma muyyy sutil de los otros cinco que ya tengo. Sobre el Mal Capilar, porque mi segundo intento de ponerme pelirroja ha culminado con un look Morticia Adams preocupante. Sobre el Acné del Averno, porque hoy he vuelto a llorar pensando que no tengo ninguna esperanza (pero poquito, mamá, no te preocupes) y he concluido que si no soluciono esto en un plazo razonable quizá vaya de rodillas al dermatólogo a pedirle Roacután forever, que yo así no puedo vivir.

No obstante, una amiga acaba de anunciar por Facebook que está preñada, así que he decidido hablar de los hijos. Rollo espontáneo, no preparándome los post durante horas, como hago normalmente.

Yo siempre siempre siempre he tenido el reloj biológico haciéndome un tic tac preocupante. Me gustan muy mucho los niños, y quiero formar una familia con la que vivir en el campo y hacer paleopasteles. Además, como dice mi amiga Luna, la sensación cenestésica del embarazo me interesa. Así que siempre había contemplado en mi mente la posibilidad de quedarme preñada como una cosa guay. Primero con MQEN, porque aunque cada uno vivíamos en una punta de España y éramos muy jóvenes y encima a ver cómo paría yo los bebés gigantes que él probablemente iba a engendrar, nos queríamos tela y hubiéramos sido padres geniales. Además, habíamos pensado nombres estupendos para nuestros hijos, como Lluvia si era niña o Pollo si era niño.

Con J. ya la cosa era más realista, por aquello de que él tenía curro y podría alimentar a nuestra familia hipotética, y yo fantaseaba con ser una mantenida de arquitecto y pasear a mis churumbeles por Pedregalejo. Luego explotó la burbuja inmobiliaria y, en paralelo, recobré la cordura y renuncié a ser un florero con mechas, pero aun así siempre me hizo ilusión pensar en un Jotita así moreno, guapete y con déficit de atención, como su padre.

Desde que estoy soltera y las posibilidades de encontrar pareja se van reduciendo cada vez más hasta convertirse en un puntito lejano en el firmamento, lo de los hijos ha pasado a un octavo plano. Curiosamente, creo que esto lo ha precipitado el preñamiento y posterior alumbramiento de mi genial amiga Elsa. Que sí, que ser madre está superguay y ella está muy, muy feliz y la niña es preciosa. Pero creo que el hecho de que una de mis mejores amigas haya tenido un bebé saca la maternidad del espacio abstracto y casi imposible que ocupaba en mi cabeza y lo coloca en la realidad. En una realidad preocupantemente cercana.

Yo estoy mentalmente bastante sana, quiero creer, pero también tengo mis carencias y mi porcioncita de analfabetismo emocional. Y soy patológicamente independiente, que hasta me echo yo sola el tinte Morticia Adams. Y me aterra que me hagan daño, o que me abandonen, o tener hijos y que acaben en una familia rota. Hoy estaba en el Carrefour y había delante de mí un padre joven con su hija pequeña, de unos cuatro años. La niña le decía "¿Entonces, para navidad vas a estar conmigo?", y el padre le contestaba "Pues claro que voy a estar contigo, mi amor, pase lo que pase, eso tenlo clarísimo". Y luego le daba miles de besos, le acariciaba el pelo y le decía que se llevara las galletas que habían comprado para comérselas con su madre. Motherfucking heartbreaking.

Así que bueno, igual que siempre he pensado (y pienso) que sería una madre estupenda, ahora estoy cero preparada para tener hijos. Pero cero, y no sólo por no tener maromo. Sino porque en este momento de mi vida, dar el giro existencial y emocional de vivir para alguien más que para mí me parece sobrehumano. Supongo que luego eso se hace y punto, que no te lo planteas y que claro que te compensa. Pero la posibilidad de perderme de esa forma me da un montón de miedo.

Espero conseguir madurar emocionalmente, atreverme a depender de alguien y encontrar a un chico que me quiera y que no estruje mi pobre corazón entre sus dedos. Espero, también, hacerme pronto millonaria y retirarme de trabajar por mis propios medios. Y entonces espero, además, no ser estéril porque tenga las hormonas como unas maracas y poder procrear bebés listísimos y un poco cabezones con nombres medio normales. Y seguro que cuando suceda me hará muy feliz. De momento, me temo, castidad y condones a partes iguales.

lunes, 28 de noviembre de 2011

Por eso me quedé soltera, V: La pasión

Hoy estaba yo durmiendo la siesta y soñando literalmente con escalar, es decir: soñando con la vía frente a mí, con el musgo verde que cubría la roca donde trepé ayer, con la manera de agarrar los cantos y las regletas y los bidedos y con que me caía justo al final. Luego luchaba con el despertar, porque emerger de las siestas de invierno me cuesta tela, y pensaba en la muerte, porque a esa hora es cuando me vuelvo consciente de mi mortalidad, no sé por qué.

Y entonces se me ha ocurrido: "encuentra algo que te apasione y hazlo", así rollo consejo para el blog nuevo. Todos deberíamos vivir momentos de gran pasión, aunque sea dosificados en una vida estable de persona sensate. Todo el mundo debería sentirse así en algún momento: echarse una siesta tranquila en el sofá chaiselonguero y descubrirse soñando con algo tan absurdo y friki como un trozo de pared.

A mí me gustan los tíos que se apasionan por cosas y el tipo de amor puro y extraño que generan por ellas. A MQEN le encanta la música, y no os creáis: es un puto coñazo. Me traía aburrida siempre con los discos de rock sinfónico que empezaban con temas instrumentales de veinte minutos. Aun así, era bonito. Me gustaba caminar por el campus de la Autónoma oyendo los discos que él me grababa, porque aunque no entendía nada pensaba: ésta es su sensibilidad, con esto vibra él. Era como escuchar su corazón.

También es verdad que no creo que sirve cualquier pasión. Hola, Marina, soy un apasionado de la filatelia, ¿te seduce eso? Pues mira, no, la verdad. Coleccionar sellos me parece una chorrada tamaño jumbo. Me seducen las pasiones así sexys, como el dibujo, o la montaña, o el piano; que pueda hasta cierto punto entender, supongo, y compartir. Porque me encanta pensar que alguien puede tener un amor tan intenso y tan ensimismado como el que tengo yo, por ejemplo, con escribir. Que exista algo en su vida que le consuele y le ayude tanto y, sobre todo, que se involucre con algo. Que piense que las cosas importan.

Hay que tener cuidado, claro, porque las pasiones tienen como grados de ser molestas. Un poner: un tío apasionado por los sellos será un rollo, pero a ti sus sellos te dan igual. Ni siquiera ocupan mucho espacio en casa. Ahora júntate con un tío apasionado por tocar un instrumento y aguántale ensayando horas y horas. O que tu maromo/a se flipe con escalar, a ti te la pele y ahora tengas que aprender a asegurar y pasarte los fines de semana en el campo, sentada en una piedra, oyendo hablar de pasos y de agarres y maldiciendo el día en que tu churri topó con esa adicción del Averno.

Porque es difícil entender a un apasionado, las cosas como son. Requiere grandes dosis de paciencia, respeto y buen humor. Requiere aceptar que su pasión es importante para él y es parte de lo que te enamoró. Lo ideal, claro, es que compartáis eso y que los dos vibréis con lo mismo, pero si no sucede tendrás que intentar comprender su pasión desde la tuya; si la tienes, claro. Quizá el verdadero problema lo tengas si es a ti a quien le falta.

Por último, que me disperso y tampoco estoy llegando a ninguna conclusión redonda y potente, real life story. Sábado por la mañana, día de escalada. Kpot y yo estamos desayunando en la venta de la Barca de Vejer de camino a San Bartolo. Entonces aparecen el Cabesa, al que llamamos así porque le dice a todo el mundo "cabesa", con su novia, que también va a escalar. "¿Os vais a venir al Mosaico?", les preguntamos. El Mosaico es uno de los sectores más famosos de la zona, donde grabé los vídeos de este post. "Qué va, cabesa", dice el ídem. "Me voy con Maribel a los sectores fáciles para enseñarle a escalar".

Los dos entran en el bar a pedir y el Kpot, que es una persona brutalmente apasionada con la escalada a un nivel cuasipatológico, se queda pensativo, rascándose la cabeza con la mano mientras fuma tabaco de liar.
- ¿Sabes qué? - me dice -. Me dan envidia estos dos. Pero no como pareja, no sé. Me da envidia él. Porque va a echar un día de escalada de mierda, ¿no? Ahí en las vías fáciles con su piba, enseñándole lo básico, sin apretar ni nada. Pero a él le compensa. Y eso es bonito.

Nos quedamos los dos reflexivos y meditabundos, supongo que preguntándonos, hasta cierto punto, si el amor a lo mejor es patrimonio de estas personas. De las que pueden vivir un día sin su pasión porque tienen otra más grande. O preguntándonos si somos ese tipo de personas, si hay algo de esa generosidad dentro de nuestros corazones exagerados. Preguntándonos, en general, que el Kpot y yo pensamos mucho. Imaginando, o al menos yo, que nos toca ese tipo de amor, mientras tomamos molletes con aceite de camino al Mosaico.

domingo, 27 de noviembre de 2011

Onicoterapia II

Así que últimamente llego a Cádiz los domingos así guay, con las endorfinas por las nubes, toda contenta y satisfecha de mis días de escalada. Hago el parte de lesiones: me duelen los dedos, por las malditas regletas de la vía que he estado probando hoy; me duelen las rodillas, porque me sigo dando golpes cuando me aturrullo; me duelen las yemas por la roca abrasiva de San Bartolo y los filos cortantes de Benaocaz. Me duelen los hombros de apretar, el cuello de llevar mi cuerda nueva, los pies de los gatos. Esto NO puede ser sano, me digo.

Entro en mi casa, cierro la puerta y saludo, "hola, casa". Cada uno tendrá sus rituales de domingo, y pienso en IA llegando tarde en la furgo y poniendo la lavadora. Qué limpito y qué apañao eres, IA: desde aquí te lo digo. Yo llego, tiro las cosas sobre la cama y abro el ordenador. Sacio un poco el mono de blog-facebook-chorradas y me pego una ducha espectacular, lavándome la cabeza con las muñecas porque, ya lo he dicho: me duelen las yemas. Friego los platos del desayuno, que me los he dejado sucios con las prisas de salir siempre tarde. Ceno los restos de la comida del mediodía, que ya sabéis que los escaladores no comen. Después quizá deshaga la mochila (quizá no) y por último me pongo a escribir.

Entonces me miro las manitas. Si os pensáis que por escalar me pinto las uñas menos, estáis en un error. Lo que pasa es que ahora he creado un ciclo del pintarse las uñas que voy ajustando a mis entrenamientos en el roco y a las salidas de escalada y consigo estar medio presentable casi todos los días. La manicura del domingo es fundamental, que se me ha caído la mitad de la pintura de tanto apretar. Echo un ojo a mi estante de esmaltes y elijo uno así como intuitivamente, desde el corazón. A veces pienso en qué me voy a poner al día siguiente, pero normalmente elijo más la ropa en función de las uñas que al revés.

Hoy sí, hoy pienso que mañana me voy a poner el vestido morado hippie granadino o quizá la falda negra con las medias moradas. Lo que sea, pero falda: los lunes de otoño es más que necesario enseñar las piernas. Así que me voy a pintar las uñas del morado nuevo que me compré en el Mercadona, que no sé por qué pero pinta mal, como raruno, pero con un par de capas no queda mal. Me quito el esmalte viejo, corto y limo las uñas muy muy bien para no arañar el martes las presas del roco y me pinto con destreza. Algún día os contaré los secretos de la vida para no salirte cuando te pintas las uñas y haré mucho bien a la humanidad.

Y en esa pintada de uñas nocturna hago mi ritual, mi pequeña transición. Del domingo al lunes. Del finde lleno de libertad y aire y amigos y vías al lunes lleno también de vida, también de otra libertad, de otro aire (calefacción) y compañeros y pacientes. Me escuece el quitaesmalte en los arañazos de las manos, pero en cuanto puedo ver mis diez uñas pintaditas pienso: ya está, ya soy una dama otra vez y ya estoy lista.

Que venga el lunes, si se atreve. Tengo una falda, unos tacones, unas manos divinas y todo un blog que gritan que no me da ningún miedo.


PD: Os cuelgo otro vídeo de mí escalando, hu ha. Porque sí, así de forma gratuita.

sábado, 26 de noviembre de 2011

El mal menstrual

Queridos y sufridos lectores:

Hoy os voy a hablar del ciclo menstrual. Esto quiere decir que todos los que no queráis leer sobre el tema, tenéis todo el derecho del mundo a cerrar la página y esperar a mañana.

¿Por qué? Os preguntaréis. ¿Por qué Marina quiere hablarnos de sus ovarios? Pues porque creo que la gente, y más concretamente los hombres, deben saber a qué clase de fuerza de la naturaleza se enfrentan. Creo que el tema de los ciclos menstruales no está lo suficientemente extendido y tratado, y es mi obligación como persona y como mujer que el mundo lo sepa y pueda entendernos.

Yo antes tenía la regla cada eclipse solar completo, por aquello de que mis hormonas estaban locas y se dedicaban a bailar la conga por mi torrente sanguíneo, generando poliquistes en mis ovarios, taponando mis folículos y en general haciéndose las longuis respecto a su función corporal. Era bastante divertido, por la incertidumbre. Una vez tardó tanto que pensé que me había quedado preñada y que encima no podría saber quién era el padre, porque en el tiempo que había durado ese ciclo me había dado tiempo a conocer carnalmente a varios maromos. Mis amigas empezaron a llamarme tita Marina y al final Aran (que el Cielo la guarde) me compró un predictor, que me hice en mi casa mientras mi tía gritaba desde el piso de abajo: "¡Pues yo que tú no lo tendría, que luego los niños agotan!".

Luego empecé a tomar la píldora y aquello era una maravilla. Sabía cuándo me iba a bajar la regla, podía calcular los encuentros con mis novios a distancia y si se me retrasaba un solo día me podía poner nerviosa y comprarme predictors. Es cómica la cantidad de predictors negativos que me he hecho en mi existencia sin tener motivos fiables para creer que estaba preñada. Creo que como siempre he estado en fase de tener el reloj biológico a tope, me hacía un poco de ilusión pensar que estaba embarazada. Ahora concretamente no quiero tener hijos ni en pintura, pero como tampoco tengo contacto carnal con maromos, pues esos problemas que me quito.

Después dejé la píldora y volvieron los ciclos de eones de duración. Peeero empecé con la paleodieta y el deporte y ahora resulta que debo de haber regulado mis hormonas, porque soy puntual como un reloj. Puedo predecir cuándo me va a bajar la regla. Eso me da una sensación de funcionar bien bastante agradable. Por desgracia, el Acné del Averno permanece y se carga mi teoría de que todo es hormonal, pero menos da una piedra.

Y ahora, con veintiséis años, he descubierto el horror verdadero: los ciclos menstruales. Porque resulta que yo no soy una sola persona todos los días del año, no. Soy por lo menos cuatro. A saber:

1: La Marina normal: comienza cuando acabo de terminar con la regla y dura como dos semanas y media. Es una chica dulce, tranquila y mesurada. Se siente ligera, come sano, se raciona adecuadamente el chocolate y piensa que el mundo es un lugar feliz. Está soltera y le gusta, porque sabe que el amor llegará en su momento y que mientras tiene que aprovechar. Esa Marina me encanta, peeero en breve llegará...

2: ...la Marina Presíndrome Premenstrual: aparece una semana-diez días antes de la fecha prevista para que te visite tu amiga la de rojo. Es una Marina que, sin saber muy bien por qué, empieza a tener un montón de hambre, preferentemente de chocolate, a sentirse hinchada y rara, a no encontrar su lugar en la vida y a pensar que se le ha vuelto a escapar esa felicidad difusa que estaba conquistando. Hasta que mira el calendario y se da cuenta: no es que esté deprimida, es que ya queda poco para que llegue...

3: ...la Marina SPM: esa Marina llega tres días antes de la regla y no es una persona. Es una criatura desatada que funciona a base de carbohidratos y chocolate, que odia a la Humanidad, que dice palabrotas mientras conduce y que se acurruca en posición fetal en su camita queriendo tener novio. Esa Marina no es mi amiga y no me cae nada bien. Y lo peor es que cuando desaparece es para dejar paso a...

4: ...la Marina menstrual: se siente enferma y flojita, quiere que alguien la abrace todo el rato y tiene dolor de riñones. Su mejor amiga es la bolsa de cereales para el microondas, que se va rulando entre la panza y la espalda. Está hinchada como un balón y va por ahí derrochando autocompasión y miseria física. Subsiste a base de espidifén y no puede entender cómo un cuerpo tiene que pasar por eso una vez al mes.

Y ese es el plan durante AÑOS Y AÑOS, doce-trece veces al año, todo para no saber siquiera si en este mundo cruel alguien va a querer tener descendencia conmigo. No hay derecho. No hay derecho a que una tenga miedo a haberse vuelto ciclotímica para descubrir luego que es una marioneta en manos de sus hormonas. Todo esto debería conocerse y regularse, para que en nuestros días/semanas pochos se nos redujera la carga laboral, se subvencionara el chocolate y se nos alquilaran gigolós cariñosos. La vida no es justa.

Y con este post tan instructivo, me voy a meter en la cama. Y no os voy a decir en qué fase estoy ahora, que lo que me faltaba ya era que mis lectores estuvieran al tanto de mi ciclo menstrual, que pasamos la barrera de la intimidad y entramos directamente en lo preocupante.

Conceptos raros de mi mente, I: Guapos que me aberran

Hoy me he dado cuenta de que en mi vida existen dos tipos de guapos: los guapos que me encantan y los guapos que me aberran. Seguro que te ha pasado: ves a un tío que es tan guapo que es "demasiado perfecto", y que te da como grimita. Por cierto, que una vez leí que eso sólo nos pasa a las tías: nunca oyes a un tío decir "es que es como demasiado perfecta".

Hoy, por ejemplo, iba yo en mi moto camino de la estación de tren de cercanías. Me he parado en el semáforo que da a la Avenida, frente al hotel Barceló. Entonces se ha colocado junto a mí un ciclista. Era joven, probablemente un par de años más que yo, y tenía una piel tan perfecta que parecía que llevaba maquillaje. Me he fijado en su pelo rubio, largo y liso, recogido en una coleta descuidada detrás de los hombros. Clavaba los ojos azules en el tráfico de la Avenida mientras esperaba a que el semáforo se pusiera en verde.

"A mí no me la pegas", he pensado. "Eres guapo como un dios del Averno, pero a mí no me la das, chaval, porque yo me conozco a los de tu tipo como si los hubiera parido. Para empezar, ni muerta salgo yo con un tío que tenga el pelo más liso y más rubio que yo. Eso es así. Y además, esa coletita, colega. Que yo tengo el pelo largo, y esa coletita así, con esos mechones saliendo por delante, NO es cómoda. Esa está muyy estudiada. Ya te imagino, maromo, mirándote en el espejo de tu casa y calculando qué porcentaje tiene que quedar dentro y fuera de la gomilla para que resalten tu mandíbula marcada y tus afilados pómulos. ¿Y esa bici rollo antigua? ¿Dónde te crees que estás, en Florencia? Y el roto en los vaqueros, y los bajos remangaditos... por favor, que el Corte Inglés ya no va a ficharte para que le hagas de modelo. Te crees muy guapo, ¿no? Pues que sepas que eres lo peor y no te tocaría ni con un palo."

Y todo esto en el tiempo que dura un semáforo. Verídico. Luego el chaval me ha mirado y ha debido de flipar con mis ojillos llameando detrás del casco, y entonces me ha salido la vena compasiva y he pensado que seguro que a pesar de ser tan mono también sufre, y que gastará una pasta en champú de camomila y que le entiendo.

Para terminar, me pregunto si debería archivar esta entrada en "Por eso me quedé soltera". Que al final entre los feos, los gordos, los guapos que me aberran, los que no escalan y los que pasan de mí, el número de potenciales maridos míos que viven ahora mismo en el planeta debe de ser más o menos de dos, a lo mejor uno está en San Francisco y el otro en Bali y cualquiera se pone ahora a buscarlos.