massobreloslunes

martes, 27 de diciembre de 2011

Aran

De mis Muy Mejores Amigas, Aran fue la última en llegar, aunque última en nuestro grupo signifique que hace diez años que la conocemos en lugar de veinte. Aun así, se pica un poco cuando le llamamos llamo "la nueva", o cuando le digo que le vamos a convalidar la infancia para que no se sienta marginada. Es intérprete de lengua de signos y está especializada en sordociegos, y también tenemos cierta coña con el tema de que su hobbie en la vida sean los discapacitados. Lo que no sé si ella sabe es lo mucho que admiro el trabajo que hace y su manera de poner el corazón en dar palabras a quien no las tiene.

Es valiente de cojones. Se fue a vivir a Mallorca sin conocer a nadie por un sueldo de seiscientos euros y acabó enamorada de la ciudad. Recuerdo cuando nos invitó a pasar unos días allí con ella. Por aquella época trabajaba por las tardes con Julio, un sordociego adulto, y le tocó llevarlo a comer uno de los días en que estábamos de viaje. De camino al restaurante ella iba delante con él, agarrándole de las manos mientras signaba. Nosotras caminábamos detrás, y recuerdo perfectamente cómo miraba a mi amiga, que llevaba una falda vaquera y una cinta verde en el pelo, y pensaba en lo fuerte y hermosa que me parecía y en lo orgullosa que me hacía sentir.

Ahora vive en un pueblo de Teruel. Allí la mandaron cuando ya se había acostumbrado a Mallorca, e igual que no se lo pensó la primera vez, no lo pensó después y allí anda, adorando a la niña con la que trabaja y apañándoselas para sentirse en casa. De todas nosotras, Aran es la única que tiene problemas de verdad. Problemas serios y tristes de los que ella no tiene la culpa. Pero tira para adelante, porque su capacidad para soportar el dolor y, aun así, mantenerse dulce y entera, es espectacular.

Aran es la que siempre va a estar ahí para mí, y eso lo sé y me tranquiliza. El año en que fuimos a pasar la Nochevieja a Granada y agarré una infección de orina de caballo, y me levanté por la mañana llorando de dolor y sin haber pegado ojo, sabía que a quien tenía que despertar para que me acompañara a la farmacia era a Aran. Si alguien tiene que llevarte al aeropuerto, o pagarte los billetes de avión para que hagas un viaje con ella, o hacerte un regalo espectacular, ésa es Aran.

Porque hace los mejores regalos del mundo. No se trata sólo de que se gaste el dinero, sino de que realmente te observa e intenta averiguar qué es lo que te haría ilusión, y te fabrica cosas, y hace montajes fotográficos con música para verlos contigo y que llores de la emoción. Es muy, muy cariñosa y nunca olvida un cumpleaños.

Y además está llena de poesía. Como a mí, le emocionan y conmueven las palabras, y a veces inventa algunas, como acurrucosa: dícese de la persona o cosa susceptible de ser acurrucada. De vez en cuando nos manda al correo textos sobre su vida en Alcañiz, sobre la niña con la que trabaja o la trompeta que está aprendiendo a tocar.

Tiene mucho talento y no sé si lo sabe. Le gusta la vida, le entusiasman las cosas hasta fronteras ridículas, le encanta la comida alta en carbohidratos y el ajo en polvo del Mercadona. Es limpia y cuidadosa, siempre huele bien y sabe hacer cajitas con postales. Adora a su familia, a sus amigos y a su chica. Es realista y entusiasta, activa y perezosa, dura y dulce. Tiene una gigantesca, enorme, indescriptible y admirable capacidad de amar.

Chanchita, te quiero mucho. Sé que están siendo unas navidades difíciles. Ojalá pueda contribuir un poco a hacértelas más fáciles.




Ciego te crees al sentir que no ves nada.... pero hasta que no cierres los ojos y veas color ante ellos, seguirás ciego y vacío de sentimientos.

(Lo escribió Aran el verano en que la conocí, creo que en una cajetilla de cigarros. Y ahí se quedó, clavado en mi corazón y en mi memoria, exactamente igual que ella).

lunes, 26 de diciembre de 2011

De vuelta en Cádiz. Me tocaba currar un día esta semana y me preocupaba demasiado escaquearme, así que aquí estoy. Después volveré a Málaga hasta Reyes o hasta que vivir en una casa sin agua caliente me perturbe demasiado.

Hoy es uno de esos días en los que estoy tan cansada que querría meterme en la cama ya, y al mismo tiempo me parece demasiado temprano para meterme en la cama, con lo cual pierdo el tiempo por mi casa y lloriqueo diciendo "qué cansada estoy" y no hago nada útil y rompo cosas, y al final termino acostándome más tarde de lo normal porque me he entretenido a última hora con alguna chorrada.

No se muy bien qué contaros. Con eso del cansancio no me va bien el coco. Esto era más bien una entrada de hey, estoy aquí y hey, he de escribir para ubicarme un poco y ya mañana pensaré en algo artístico. Es increíble lo mucho que me perturban estos cambios de ciudad. Creo que en realidad yo nací para ser Amish, para vivir y morir en la misma tierra y llevar una vida sencilla, ahí con mi cofia, mis vacas y mi Fe Inquebrantable en Dios. Y en cambio aquí estoy, más perdida que el barco del arroz, dando tumbos en autobús y en un permanente deshacer de maletas.

Va, venga, me voy a ir a dormir. Voy a no cumplir mi propia profecía y me voy a meter en la cama tempranito. Me he comprado unas sábanas tan bonitas que debería poder utilizarlas como argumento para que la gente tuviera sexo conmigo, en plan "oye, de verdad, que no es por follar conmigo, es que tienes que dormir bajo esas sábanas tan preciosas". (Hasta que reúna el valor para algo así, sin embargo, creo que tendré que conformarme con mi bolsa caliente de cereales)

Noche-buena

La Nochebuena en familia es una cosa extraña, mezcla entre reconfortante, melancólica y perturbadora. Reconfortante porque, como decía alguien, la familia es el único lugar que está abierto toda la noche, y gusta que te conozcan y que te quieran de una forma más o menos incondicional. Melancólica porque bueno, uno piensa en cómo pasa el tiempo y en que tus primas pequeñas tienen todas más tetas que tú y es fácil ponerse tonto. Perturbadora por esa convivencia extrema y súbita aliñada con cantidades indecentes de alcohol, regalos y comida indigesta.

Lo que me parece curioso a medida que pasan los años es ver cómo crece la gente. Yo soy la prima mayor, así que cuando miro dónde están cada una de mis primas pequeñas tengo raros flashbacks de mi pasado. Me veo en mi prima Eva, que tiene cuatro años y busca todavía los regalos de Papá Noel escondida detrás de su madre, porque le da miedo encontrárselo de repente. Me veo en Silvia, que tiene diez, u once, nunca me acuerdo, y que ya sabe que los reyes no existen, pero se hace un poco la loca porque no quiere enfrentarse a ese momento violento en que tus padres deciden envolver los regalos en tu cara. Me veo en Carmen y Emma, que tienen dieciséis y que ayer andaban negociando la longitud de las faldas para salir a dar una vuelta por el centro de Nerja. Me veo en Ana, que está acabando la carrera ahora, y hasta en mi hermanito querido, que se administra los aguinaldos para poder darse un par de caprichos.

Y supongo que me veo en mí, la Prima Mayor y un poco rara, que de repente decide que escala, y se pone pelirroja, y deja a esos novios tan apañados y tan guapetones que se había echado (¿Y aquel tan alto ya no te gusta?, me dice mi abuela. ¿Y ese que charlaba tanto conmigo, tampoco?). Que toca la guitarra mezclando la improvisación con el histrionismo, que unos años cocina y otros no, que tiene un blog público y una falta preocupante de pudor y que a veces, pero sólo a veces, es un poquito borde, como su padre.

Ha sido una buena Nochebuena, valga la redundancia. Sin empachos, sin broncas más allá de ocasionales tensiones de juegos de mesa. Somos más que el año pasado y la mayoría estamos más contentos.

Después de la cena yo, que en el fondo soy más tierna que el mazapán, apoyo la cabeza en el regazo de mi madre. Dame mimitos, le digo. Tú quieres que yo te diga que todo va a salir bien, ¿verdad, Pitu?, me dice ella. Sí, porfa. Todo va a salir bien, Pitu, ya verás, repite mientras me acaricia la cabeza. Claro que va a salir bien, contesto yo, estamos bien, todos juntos, sanos, calentitos. Tenemos bebida y comida. Y trankimazines, me dice ella, también tenemos muchos trankimazines.

sábado, 24 de diciembre de 2011

TMS


Cuando hoy Kpot me propone ir a tomar un café después de comer, decido saltarme mi Muy Sagrada Siesta y enfilo con la moto hacia Cortadura. Hace un frío húmedo y antipático, y la ciudad ha estado todo el día enterrada en una niebla rara. Kpot lleva su plumas amarillo y un gorro marrón de lana, y yo me he envuelto los pies en plástico de bocadillos entre dos capas de calcetines (verídico) porque el otro día me dijo la psicóloga del CTA que servía para conservar el calor.

Charlamos de la vida y especialmente del amor, de lo sumamente capullos que somos los dos, y de cómo cada uno sabe lo que el otro debería hacer pero es incapaz de hacerlo él mismo.
Después me voy al Corte Inglés, donde doy vueltas como una zumbada por entre los mostradores. Todas las dependientas me preguntan si me pueden ayudar en algo, porque creo que con mi mochila del roco a la espalda y mi jersey de lana gorda parezco una homeless. Y eso que no saben lo del plástico para bocadillos. Me apaño para comprar un par de regalos y entro en el Hipercor a dar vueltas ensimismada entre los estantes de comida internacional.

Entonces me llama el Kpot para contarme sus movidas sentimentales y le digo que quiero ir a la Zona Franca, donde están los polígonos, a comprar una cinta de equilibrio para mi hermano. Yo estoy aquí al lado, me dice, vente y te espero. Así que tiro para allá con la moto, que entre la niebla y mi falta de orientación no sé ni cómo llego, y ahí está él, parado al lado del Maxi Día. Que no me arranca el coche, quilla, me dice. ¿Y qué hacemos? No sé, cohone, contesta, porque el Kpot dice cohone aproximadamente una vez cada tres palabras. Ya veremos. Voy a fumarme un cigarro.

Estamos ahí parados, en mitad del polígono, con la niebla cubriendo las farolas como en una novela de Sherlock Holmes. Él no parece nada preocupado, y yo tampoco lo estoy mucho, aunque tengo frío y querría irme a mi casa a cenar algo y ver Bones. Pero en realidad cuando estoy con el Kpot me da igual, porque con él nunca me aburro. Que es más de lo que puede decirse de la mayoría de la gente.

Cuando conocí al Kpot pensé que nunca en la vida seríamos amigos. Le veía en otro plano de realidad: el de los escaladores avanzados y enfermizos. Ahora creo que es la persona de mi vida a la que veo con más frecuencia. Vamos al roco dos o tres veces por semana, coincidimos escalando los findes y, en general, estamos en contacto todo el puto día, desde que nos levantamos y nos saludamos por el Facebook hasta que nos vamos a dormir.

Es muy, muy divertido. O, por lo menos, a mí me hace mucha gracia. Tiene un sentido del humor mezcla entre absurdo e hijo de perra que me encanta. También es muy listo, y por alguna extraña razón nuestros mecanismos mentales se parecen tanto que a veces terminamos el uno la frase del otro, o sabemos lo que piensa el otro sobre un tema sin necesidad de decirlo. Le gustan tanto las iniciales como a mí, así que hemos creado el concepto TMS: Telepatía de las Mentes Sucias.

Por ejemplo hoy, hablando de A., su Gran Amor Complicado, hemos tenido esta conversación.
YO: Te voy a hacer una pregunta: ¿si te dieran la oportunidad...
ÉL: ... de no haber conocido nunca a A.?
YO: Sí, ¿cómo lo has sabido?
ÉL: TMS, compadre.
YO: TMS.

Y así todo el día. A ratos somos pesados, lo sé, porque otras veces hablamos en inglés para que él practique, y también tenemos bromas absurdas que sólo nos hacen gracia a nosotros. Nos llevamos muy muy bien, y es curioso, porque él es difícil, yo soy difícil, pero los dos juntos somos fáciles. Saca lo mejor de mí. Y aquí es donde aclaro que no le quiero dar un pegue (jerga de escalada, equivale al sexo y a casi todo), no sólo por lo típico de no estropeemos la amistad y blablabla, sino porque sería una mezcla entre incestuoso y poco serio.

Pasamos como una hora al lado del coche, empujándolo, charlando, fumando y diciendo chorradas. Por fin aparecen unas chicas que nos ayudan y el coche arranca. Nos vamos a tomar algo al paseo marítimo con Ara, que ha sacado a pasear a su enorme perro negro y después ha quedado con unas amigas. Cuando volvemos al coche, otra vez no podemos arrancarlo. Lo sacamos del aparcamiento empujando, que menos mal que estoy fuerte del roco, y después otro chico nos ayuda a ponerlo en marcha. Antes de irse, el Kpot me achucha un poco. "Ay, mi niña", me dice, "qué haría yo sin ti". Y me entran ganas de explicarle que, mientras pueda, yo siempre voy a estar ahí para él, porque me inspira una lealtad profunda y extraña que no sé muy bien de dónde sale. TMS, supongo.

Ya lo dije ayer: la vida sigue y nos trae a gente. La forma en que los humanos nos vinculamos unos a otros me fascina, y que un desconocido se vaya haciendo hueco en tu vida despacio hasta convertirse en parte de ella me parece precioso. Porque cuando paso unos días sin ver al Kpot, le echo un montón de menos, y eso que hace medio año ni sabía que existía.

Si tuviera que pensar en una moraleja para el post de ayer, diría que la vida es demasiado corta como para desperdiciarla con gente que no te quiere. Y si tuviera que buscar una para hoy, diría que, además, hay tanta tanta gente linda que sí que te quiere y que quiere pasar tiempo contigo que es esa gente quien se merece algo tan importante como tu lealtad y tan valioso como tu tiempo.

jueves, 22 de diciembre de 2011

El olvido, esa cosa con plumas

Cuando mi mejor amigo A. dejó de hablarme, hace ahora dos años, pensé que me moría. Al principio no le di mucha importancia, porque creí que era un berrinche y se le pasaría pronto, pero cuando me di cuenta de que realmente tenía intención de No Volver a Hablarme Nunca, se me partió el corazón.

Yo no soy nada rencorosa. Dicen que para serlo hacen falta buena memoria y fuerza de voluntad, y yo no tengo ni una cosa ni otra. El rencor ajeno, por lo tanto, me resulta extraño y sobrecogedor. Vale que mi mejor amigo dejó de hablarme por mi puñetera y grandísima culpa, y vale que yo tendría que haber hecho las cosas de otra manera pero, ¿dos años? ¿Cómo puede alguien estar enfadado tanto tiempo? ¿No se aburre?

Hoy quería escribir sobre esto no por contar el asunto en sí, que es demasiado íntimo y escabroso incluso para este blog, sino para hablar del proceso. Porque aunque la realidad me siga atravesando con sus uñas de bruja, y aunque aparezcan nuevos niveles de dolor y puteo que desconocía, pienso que si pude con lo de A. podré con todo.

Porque fue un proceso muy difícil. El silencio me saca de quicio, ya lo he dicho alguna vez. Me gusta el lenguaje, la comunicación, y prefiero cualquier tipo de enfrentamiento a la dolorosa ausencia de palabras. Ahí estaban todos mis sentimientos: mi rabia, mi ira, mi culpa, mis fantasías de perdón y de venganza. Pero estaban solos. Se estrellaban contra la nada de su silencio y se quedaban así, removidos y hambrientos de que alguien los escuchara.

El dolor iba y venía, por oleadas. Había veces que pasaba semanas levantándome y acostándome con mi amigo en la cabeza, y me preguntaba qué iba a ser de mí, si me iba a seguir doliendo siempre. Porque la intensidad no disminuía con el tiempo: cada vez que reaparecía la pena, era igual de fuerte que la vez anterior, y por más que pasaban los meses me veía incapaz de arrancarle de mi cerebro.

Intenté muchas estrategias. Ignorarle, escribirle aunque él no me contestara, escribir yo sola en mi ordenador largándolo todo sin pudor cuando sabía que nadie iba a leerme. Mi casa estaba llena de objetos que me recordaban a él. El libro de ajedrez que me regaló cuando quise aprender a jugar. El cubo de rubik de competición que me compró por ebay. La pulsera y la rosa de los vientos que me trajo de Túnez. Con todas aquellas cosas yo mantenía una relación ambivalente: quería que estuvieran por allí, y al mismo tiempo cada vez que las miraba me pinchaba el corazón. Pero esconderlas o tirarlas suponía renunciar por completo a la presencia de mi amigo en mi vida, y no estaba dispuesta a hacer eso.

Los sentimientos se me iban revelando como las capas de una cebolla. Al principio, la culpa y la vergüenza no me dejaban respirar. No quería más que volver atrás en el tiempo o darme cabezazos contra la pared por haber sido tan estúpida. Luego llegué a un punto en que fui capaz de perdonarme, y entonces empecé con la autocompasión. Recuerdo que le decía en silencio "no lo harías si supieras cuánto me duele", lo que era mentira, porque él sabía perfectamente cuánto me dolía y aun así seguía haciéndolo. No por nada, sino porque no podía ser de otra manera. Después de la autocompasión vino una rabia tremenda y me cabreé mucho.

No sé en qué punto empezó a dejar de doler, pero fue mágico. Como cuando una muela te está haciendo polvo y te tomas un ibuprofeno, y cuando el dolor deja de sacudirte es como si se hubiera producido un minimilagro en tus nervios. Llevaba tanto tiempo sufriendo por ese asunto que de repente me notaba relajada y ligera.

Tampoco sé muy bien qué ayudó. Creo que por una parte fue el tiempo. No hay mal ni bien que cien años dure, es verdad; la vida sigue, nos llenamos de nuevas experiencias, conocemos a otras personas y al menos cambiamos de preocupaciones. Mi amigo A., sencillamente, ya no forma parte de mi vida; ya no le computo. Me costó un montón llegar a ese punto, porque antes absorbía cada gota de información que podía conseguir de él por otras vías. Un día dejé de preguntar, sin más, y todo fue más fácil.

También me di cuenta de que él ya no me quería. Yo no creo en el amor de ida y vuelta, ya lo he dicho. No entiendo ni entenderé jamás que los sentimientos puedan cambiar de esa manera. He estado muy cabreada, pero sigo queriendo a mi amigo o, por lo menos, a su recuerdo. Sigo pensando que era un encanto cuando me invitaba a comer a su casa o me dejaba elegir bar de tapas; extraño su risa y su sentido del humor, ir al cine con él y negarme a compartir palomitas; me sigue enterneciendo el recuerdo de su sensibilidad, de cómo le gustaban Calvin y Hobbes o tocaba a Beethoven en su piano eléctrico. Pero, noticias frescas, no todo el mundo siente como yo, y parece ser que hay quien es capaz de dejar de querer. Y a mí mi amigo A. ya no me quiere.

El invierno pasado me lo encontré en Granada cuando fui de visita. Nos cruzamos por casualidad y charlamos unos minutos, y en realidad fue como si nos hubiéramos visto el día anterior. Fue bonito. Entonces él me dijo que si quería quedar luego para tomar algo, y aunque yo no podía ver mi cara, porque eso es imposible, la sentí iluminarse como un árbol de navidad. Claro, dije, claro que quiero, dame el toque luego y nos vemos en el centro. Y bajé Cartuja ilusionada como una niña, sólo de imaginarme que tomaba café con mi amigo en el Bohemia o en algún otro bonito bar granadino, que podía mirarle a los ojos oscuros, reírme con él y contarle cómo estaba siendo mi nueva vida en Cádiz.

No llegamos a quedar. Se evadió con excusas ese día, y después en Málaga en vacaciones, y al final me mandó un mail en el que puso que creía que ya no tenía nada que decirme. Y no me molestó tanto descubrir que me odiaba, que era algo que yo más o menos intuía, sino que me dolió la forma en que él había agarrado mi ilusión y la había estrellado contra el suelo. Creo que ése fue más o menos el momento de insight: cuando te das cuenta de que alguien te está haciendo daño de una manera tan frontal y directa que tú, si tienes un mínimo de sentido del autocuidado, no puedes permitir que suceda.

A partir de ahí todo fue más fácil. Guardé el libro, el cubo, la pulsera y demás objetos transicionales en el cajón inferior del armario, dentro de una bolsa de plástico. Quité su número del móvil, renunciando al breve alivio que me producía verlo cuando buscaba un teléfono con la letra A. Le borré por fin del messenger, porque cada vez que veía su nombre en la pantalla y él no me hablaba era un nuevo rechazo. En realidad, me dedicaba a borrarle y añadirle cada cierto tiempo, pero llegó un día en que no sentí la necesidad de añadirle otra vez.

Escribo esto porque es navidad, hace ya dos años que no nos hablamos y barajo la idea de escribirle por si le apetece tomar algo. Es raro, porque ya no siento que esté poniendo mucho en juego. Sé que, me conteste lo que me conteste, no me va a dejar con esa sensación de puñetazo en el estómago que me daban antes sus respuestas. Ya no tiene ese poder porque ya no es parte de mi vida ni parte de mí. Pero me da un poco de pereza que me mande otra vez a la mierda. Y ni siquiera sé si me apetece mucho verle.

También escribo esto porque me ha parecido importante compartir el proceso. El mágico proceso de sanación de los corazones, oh ah uh. El indicador definitivo de que ya pasó es que hace meses que no sueño con él, cuando hubo una época en que me pasaba casi todos los días. Le veía en sueños, estábamos bien y entonces yo le decía: "¿Esto es real, no es un sueño? Porque tú no me hablas". Y él sonreía con sus ojos redondos y me decía: "Es real, te lo juro." Así de puteante era mi inconsciente.

Y a pesar de todo esto, pasó. Pasó y ha pasado y ya no duele. Ahora duelen otras cosas, claro, porque mientras el apego permanezca, el sufrimiento seguirá encontrando su camino a través de mi pequeño y cansado corazoncito. Pero está bien recordar nuestra capacidad de salir adelante, sobre todo en días como hoy, cuando la navidad me está estrujando el cerebro como si fuera un estropajo y no quiero más que acurrucarme en la cama en posición fetal y desear que algunas cosas sean de otra forma.

martes, 20 de diciembre de 2011

Querida Lucía Etxebarria:

Me he leído por lo menos cuatro libros tuyos, así que no pienso que lo hagas del todo mal. Para mí, leer tus novelas es el equivalente a comerme una palmera de chocolate o una bolsa de cheetos: te lo comes si tienes hambre, entra bien, pero ni es alta cocina ni a la larga es bueno para tu salud física y mental.

Aun así, respeto a la gente que es capaz de escribir una o varias novelas y, sobre todo, que es capaz de escribir novelas que mi déficit de atención y yo queramos terminar. Dicho esto, me parece que lo de anunciar públicamente que dejas de escribir ficción para adultos por la piratería ha sido una columpiada tamaño pirámides de Bisbal.

No se trata sólo de que en estos momentos, cuando la gente las está pasando putas putas, pero putas de verdad, tú vayas por ahí diciendo que te puedes permitir dejar un trabajo que en teoría amas y te llena, sólo porque consideras que las condiciones no son lo bastante buenas. Lucía, corazón: el sábado pasado vi en consulta a un señor que se había tomado una caja de diazepam porque lleva dos años buscando trabajo, se le acaba el dinero de la indemnización y no sabe cómo sacar adelante a sus hijas. Estamos hablando de un señor con dos carreras y quince años de experiencia laboral que va a hacer entrevistas de trabajo a Murcia, a Sevilla, a Alicante; que se fue en verano a Londres a ver si le salía algo. Estamos hablando de que cuando la ambulancia lo recogió estaba tan hecho polvo que tenía una puntuación de cuatro en una escala, la escala de Glasgow, que va del tres al quince.

Es decir, que este señor no es que perciba poco por lo que trabaja, Lucía: es que no puede trabajar. No puede. Y está tan desesperado que casi se mata. Eso es lo que hay ahora en España: eso es lo que veo yo todos los días. Me preguntaron que por qué no escribía sobre actualidad: bueno, porque la actualidad, a pie de calle, en vivo y en directo, sin periódicos de por medio, es una puta mierda. Así que si todos los que creen que sus condiciones de trabajo son malas o que cobran menos de lo que merecen dejaran de trabajar... bueno, pues no curraría nadie, eso es así. Tienes todo el derecho del mundo a tu opinión, pero en en el clima social que estamos viviendo me parece una falta de sensibilidad y sensatez que un personaje público suelte algo como esto.

Tienes razón, Lucía, en que hay que pagar por aquello de lo que se disfruta. Yo creo que lo gratis no existe; que, casi siempre, lo gratis se basa en aprovecharse del esfuerzo ajeno. También opino que la solución, en este punto, no es criminalizar ni culpabilizar a los internautas. Creo sinceramente que entre todos tenemos que encontrar la manera de generar cultura sostenible, encontrando modelos de negocio que hagan que al usuario le compense pagar esa cantidad. Por ejemplo: yo estoy suscrita a Spotify por no oír publicidad. A mí me compensa. Así, poquito a poco, podremos ir cambiando la mentalidad de que por las cosas de Internet no se paga; igual que pagas diez euros por tomarte unas tapas, los puedes pagar por escuchar música todo el mes.

También creo, Lucía, que a lo mejor como escritora tienes que cambiar la mentalidad. A lo mejor ahora escribir ya no da para vivir. Bueno, mujer, pues es lo que hay. No sé en qué mundo vives, pero saca tu cabeza de tu piso de Lavapiés y échale un ojo al panorama cultural de ahora. Yo fui hace unos meses a un concierto buenísimo de Fede Comín en Madrid y éramos menos de diez personas. A diez euros por cabeza, menos lo que se llevaba el bar, no creo que ganara más de sesenta o setenta euros por tocar dos horas. Y es bueno, de verdad. Fede ha utilizado el concepto de micromecenazgo para financiar su último disco: donaciones pequeñas que retribuye con regalitos y participaciones en sorteos. También ofrece a su banda para tocar en fiestas privadas. No se le caen los anillos con tal de seguir adelante y poder vivir, mal que bien, de su música.

Así hay tela de gente, Lucía. Gente que no tiene por qué ser peor artista que tú; simplemente, ha tenido menos suerte, menos acierto o no ha estado en el momento adecuado y en el lugar adecuado. Mi colega Fuckowski ha estado vendiendo y enviando uno por uno ejemplares de sus libros durante años. Javier Malonda ofrece contenido gratuito, vende sus libros en formato electrónico y da la posibilidad de donar por Flattr. Laura Pacheco, tan brillante como su hermana Carmen, empezó a dibujar gratis en Tumblr y ha sacado su primer libro de cómics hace unos días, al parecer con un éxito razonable.

La gente, en resumen, se está buscando la vida. Gente que no tiene nombre ni fama más allá de los círculos de Internet. Qué no podrás hacer tú, que dices una parida del calibre de ésta en tu Facebook y sales literalmente en los periódicos. ¿Que no vendes novelas? Pues monta talleres, da charlas, métete en la facultad. Si no te gusta el sistema de distribución de tus libros o el porcentaje que percibes por ellos, hazte tú cargo. Quique González montó su propio sello cuando se cabreó con su discográfica y no le va mal. Deja de llorar por cómo están las cosas, porque las cosas están así, y tú y tus colegas pro canon y persecución policial no hacéis más que hostilizar a la peña.

Aun así, Lucía, lo que más me entristece de tu declaración, y creo que me decepcionaría si me pudiera considerar fan tuya, es el tema de dejar de escribir. No se deja de escribir. No. O, por lo menos, no se anuncia así. Uno lee ese anuncio y se siente estafado, como cuando ves los trucos que esconde el mago o la cara vieja y cansada detrás del maquillaje de los actores. Uno quiere creer que los escritores a los que admira son apasionados, que escriben porque no pueden hacer otra cosa, que existe cierto atisbo de generosidad y belleza en lo que hacen. Creo que ése ha sido tu mayor error. Trivializar tanto la escritura como para poder decir que la dejas con esa tranquilidad. Eso es lo que a mí me huele chungo en tu discurso y creo que por ahí va a ir la boca que hará que tu pez se muera.

Por último, quiero decir que a mí no me da ningún miedo que se dejen de publicar libros. Primero, porque ya hay un montón de libros en el mundo, más de los que voy a poder leer en mi vida. Segundo, porque creo que la cultura y la belleza no se van a morir nunca, porque veo cultura y belleza todos los días por estos mundos internáuticos del Señor. Salen a paletadas de mentes brillantes que tengo la suerte de vislumbrar sin intermediarios que las filtren.

En fin, Lucía, bonita, que me imagino que se te pasará pronto la pataleta ésta del "pues ahora no respiro". Que dices que escribirás novelas para niños: cuidado, porque los niños ven una cosa llamada tele que es preocupantemente gratis. Que escribirás teatro; bueno, espero que luego no vayas por ahí apedreando pasacalles o festivales de entrada libre. No sé, la verdad. Allá tú. Pero no olvides nunca lo que daríamos muchos por estar donde tú te hayas. No seas desagradecida, Lucía, que está muy feo.


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Hay material muy interesante sobre piratería en el blog de Centinel. Aquí hay un artículo de Javier Malonda hablando sobre modelos alternativos de financiar un blog que también está muy bien.

lunes, 19 de diciembre de 2011

Escribirlo todo

En este vídeo dice Adam Ondra, un escalador que se parece preocupantemente a Harry Potter, que él quiere escalarlo todo. Paredes verticales, desplomadas, boulder, deportiva... todo.

Así me siento yo con la escritura. Yo quiero escribirlo todo.

Quiero escribir novelas policiacas, románticas, de humor, dramones tremendos que al final se arreglen en un final feliz. Quiero escribir poesía rimada, humorística, seria, poesía de Dios Se Me Está Partiendo el Corazón Ahora, sucedáneos de Luis García Montero, acrósticos, verso libre. Quiero escribir ensayos sobre literatura o psicología. Quiero escribir biografías de gente conocida e inventarme una para mí. Quiero escribir mis diarios, siempre, y cuentos cortos y largos, incluso algún microrrelato, aunque se me den fatal.

Quiero escribir realismo sucio, con descripciones escuetas de escenas urbanas que terminen en un final inquietante y Carveriano. Quiero escribir sencilla, como Auster, y a veces dejarme ir con metáforas coloridas y largas, a lo Belén Gopegui o Isabel Allende. Quiero tener una imaginación desbordante y también la capacidad de atenerme a lo real. Inventarme mundos extraños y explorar el que ya tenemos. Escribir con ilusión Coelhiana o cinismo a lo Buckowski, con ironía a veces, con sencillez, con pasión siempre.

Quiero relatar lo que me pasa todos los días e inventarme lo que me gustaría que pasara. Quiero contar las historias de la gente que se me cruza por la calle, hablar de mis amigos y de la gente linda, explicar por qué me parecen importantes casi todas las cosas. Quiero escribir sobre nadar, sobre escalar, quiero contar mis recetas de cocina favoritas y la mejor manera de pintarse las uñas. Quiero escribir en primera persona, en un tú indefinido, en narrador omnisciente. Quiero escribir bellas historias de amor y sucias escenas de sexo.

Quiero escribir por las mañanas, cuando me levanto y todo está silencioso y frío, mientras se hace el café en mi cocina-armario y se despierta el sol por detrás de la Catedral. Quiero escribir en el trabajo, en los ordenadores corporativos que no me dejan abrir más que el bloc de notas chungo porque no tienen Office, o en las libretas con publicidad de los laboratorios. Quiero escribir por las tardes, ahora que anochece temprano y está bien quedarse a veces en casa, protegido por la luz del flexo. Quiero escribir de noche, cuando todos se han callado, no me queda nada por hacer y puedo escuchar mis pensamientos alinearse tranquilos y claros.

Quiero escribir en mi moleskine, en los asientos traseros de un autobús de línea o en un avión, justo antes de que empecemos a aterrizar y las azafatas me obliguen a cerrar la mesita. Quiero escribir en mi Mac blanco de teclas suaves o en teclados antiguos que hagan mucho ruido cuando los pulse rápido con mis dedos de uñas pintadas. Quiero escribir en libretas grandes de anillas, con hojas blancas o de rayas (cuadros no, cuadros nunca).

Quiero escribir sola en casa, en talleres rodeada de gente, en bares. Quiero escribir en mi salón mientras un hombre guapo también escribe o quizá lee, o cocina algo rico mientras me mira a ratos de reojo. Quiero escribir desnuda o con mitones en las manos porque hace muchísimo frío. Quiero escribir despacio, parando en cada párrafo para mirar el Facebook, o deprisa, dejándome llevar mientras se me olvida el resto y pienso en que cuando tecleo a gusto la boca me sabe a sangre.

Quiero escribirlo todo.

(El tema, supongo, es que hay que vivir un poco también. Qué pereza.)