Hoy he tenido momentos de particular empatía con los pacientes. Empatía de la mala, de la dolorosa. Creo que es fácil darse cuenta de que uno es afortunado en cuanto a dinero, a salud, a posibilidades, pero no es fácil darse cuenta de que uno es afortunado en amor. Porque todos nos sentimos más o menos solos, porque la gente va a su puta bola y las relaciones románticas se están convirtiendo en un compás neurótico a dos voces. Pero a veces ves a alguien que está solo, solo de verdad: una familia realmente patológica, donde a un miembro se lo está silenciando. Y la enfermedad mental es una de las mejores excusas para silenciar a alguien. Es muy terrible.
Hoy estaba de observadora en la consulta y ha habido un momento en que he tenido que mirar al suelo porque no podía aguantar mirar a la paciente a la cara. Porque me dolía. El psicólogo estaba empeñado en dejarle muy, muy claro hasta qué punto estaban equivocados los delirios y las alucinaciones del principio del ingreso. La chica estaba mejor y empezaba a hacer crítica, pero yo sentía como si se le estuviera robando algo muy básico. Es decir, que los delirios son falsos, claro que lo son, pero el sentimiento que esconden es verdadero. Y nadie le estaba reconociendo ese sentimiento, y ella estaba triste y desconcertada y yo me daba cuenta de hasta qué punto tenía que estar sola.
Así que luego me he venido a casa pensando que me da mucha penita, y pensando también que no es bueno que me dé tanta penita, y pensando, por último, que me estoy sobreimplicando y que eso puede perjudicar a la paciente. Porque después están todas esas barreras que nos ponemos, el cuidado extremo en que no se confundan papeles, en que nadie se tome más confianza de la cuenta. Y acabas sintiéndote mal y encima sintiéndote culpable por sentirte mal.
Lo que decía: que el amor es un bien muy preciado. Es muy, muy importante que construyamos vínculos. Por la tarde he estado dando vueltas por el Corte Inglés y hablando con Elsa por teléfono, y en realidad yo quería escribir hoy sobre eso: sobre una conversación completamente absurda que hemos tenido en la que intentábamos dilucidar si un hombre puede ser a la vez espiritual Y sexy. La hipótesis general es que no: que lo sexy tiene que ver con cierto componente retador y cuasi-malvado que no está presente en lo espiritual. El tema es que tener amigos es tan guay. Tan positivo. Amigos y familia, gente que te quiere, que te valida y que te escucha. De verdad que los vínculos son muy importantes. Y tenemos mucha suerte de poder tener vínculos sanos y de que nuestras cabezas están sanas.
A algunos pacientes hay que inyectarles psicofármacos una o dos veces al mes, y nosotros nos quedamos tan panchísimos, ¿sabéis? Tan jodidamente panchos. Pensando en el buen, buenísimo rollo que da que exista una medicación que favorece el cumplimiento terapéutico porque sólo hay que administrarlo una vez al mes. Sin darnos cuenta de lo que está significando para una persona el hecho de tener que ir una vez al mes a un centro de salud mental y ponerse en cola con otro montón de enfermos abotargados y rechonchos a que le pinchen su inyectable. Y mientras vamos por ahí con nuestras batas y los bolis, los cuadernos, los calendarios con las caritas sonrientes del Risperdal y el logotipo futurista del Xeplion. Y los compañeros te cuentan orgullosos que el de Janssen se los lleva de congreso a Barcelona con todos los gastos pagados. Y no es que yo esté en contra de la medicación, en absoluto. La medicación es una ayuda muy grande que muchas veces controla y apacigua lo que nosotros, por desgracia, todavia no sabemos controlar ni apaciguar. Pero no se puede tratar de eso, es decir: no puede consistir todo en convencer al paciente de que acepte el inyectable y después sentarnos con él en una consulta para que reconozca que lo que dijo en la primera parte del ingreso no eran más que delirios absurdos inducidos por su enfermedad. Hay algo dentro de mí que se rebela muy mucho contra eso y es lo que me tiene hoy un poco dolida.
Esta mañana hemos visto también a un preso que había matado a otro notas de una puñalada, verídico. Nos ha contado una historia familiar que me abstendré de detallar por la confidencialidad y demás, pero que era tan sórdida que llorabas. Y al final te dice que se está tomando su antidepresivo y su alprazolam. WHAT THE FUCK. Es decir, ¿qué cojones estamos haciendo con nuestras vidas? ¿Qué clase de sociedad estamos produciendo? Como si los putos niveles de serotonina fueran el puto problema del notas. Un chico con problemas familiares, de drogas, de alcohol: un chico que, sencillamente, tiene la cabeza y el corazón tan destruidos que muy probablemente no sea capaz de establecer relaciones normales y sanas nunca. Porque tiene el alma torcida ya, desde siempre.
Es que no sé. No sé muy bien cómo expresar esto, porque insisto en que yo soy muy pro pastis cuando las pastis ayudan. Lo que pasa es que cuando llevas un tiempo trabajando en el SAS empiezas a darte cuenta de que el mundo no es esto, es decir: el mundo no es el puto twitter. El mundo no es nuestras movidas, no es decidir si te compras el Ipad de 16 o de 32 gigas, no es preguntarnos si mi trabajo de ocho a tres llena todas las aspiraciones de mi alma inmortal ni es preocuparse todo el rato por el Acné del Averno. No sé. Recuerdo el día que mi padre me dio mi tarjeta de la seguridad social, cuando se empezaron a utilizar las individuales en lugar de las cartillas. Me soltó una charla larguísima acerca de las desigualdades. Me dijo que debía tener en cuenta que el mundo se dividía en dos clases: los de arriba y los de abajo. Y que nosotros, por pertenecer a la clase media, o a la clase mediaestúpida, que diría Mafalda, no nos teníamos que equivocar. Que no estábamos arriba. Que arriba estaban otros, los muy, muy poderosos, esa gente que va por ahí ganando mucho, mucho dinero a costa de jugar con el bienestar más básico de los demás. Y yo estoy de acuerdo con mi padre, pero también discrepo en el sentido de que me temo que están los de abajo, sí, pero también los de Muy Abajo, como el de la cárcel o como la paciente del inyectable. Los hay que están realmente muy desprotegidos. No sabéis cuánto. Están en la parte de abajo de toda esta cadena alimenticia económica y afectiva que recorre el mundo, y lo peor de todo esto es que tres de los cinco medicamentos más vendidos en el mundo son psicofármacos. Tres. Y tú los ves rodando y rodando, desde que una cabecita privilegiada los concibe y otras cabecitas privilegiadas los venden y te imaginas esa cajita de alprazolam llegando hasta Puerto II, que es la parte de prisión preventiva del Penal del Puerto de Santa María y dices: ¿en esto es en lo que estamos pensando? ¿En esto piensan los laboratorios cuando invierten en regalar cosas bonitas a los médicos, en comprarles libros y en invitarles a viajes? ¿Esta es la manera en que la Salud Mental está arreglando el mundo?
No sé, todo es muy confuso y yo estoy muy cabreada. Por esto no hablo de noticias de actualidad y por esto adopto la táctica del avestruz, a saber: cierro los ojos. Si no lo pienso, no existe. Bastante tengo con la Guardia Civil hoy apostada a la puerta de la consulta. Está bien recordarlo, sin embargo: recordar que esas cosas existen y que hay gente que está viviendo así. En nuestra ciudad. En nuestro primer mundo. Que cómo no estarán los de abajo. Porque yo hago lo que puedo con mi vida, de verdad: hago lo que puedo. De entre toda la cantidad tremenda de sufrimiento que uno puede escoger ayudar a aliviar, yo elegí el emocional: porque lo que me toca es esa privación afectiva horrorosa que está matando de sed a mis pacientes. Pero aun así es como poner una cabeza de alfiler en un colador enorme y a veces duele. Y hoy duele.
En fin. Lo voy a dejar ya aquí, porque es que no me encuentro ni un poquito mejor. Ni un poquito. Y yo que quería escribir sobre la relación inversamente proporcional entre espiritual y sexy. Así me va.

