massobreloslunes

miércoles, 29 de febrero de 2012

Tercer post: mi primo amarillo

Ya sabéis todos lo mucho que quiero a mi primo. Bueno, no, no lo sabéis. Os hacéis un poco una idea, pero no lo sabéis. El caso es que después de leer el libro de los amarillos he llegado a una conclusión importante:

Mi primo Sergio es el amarillo definitivo.

Os recuerdo la definición de amarillo, by Albert Espinosa: persona que no es amigo ni es amante. Que te hace sentir especial. Que no necesita mantenimiento. Que te toca y deja que le toques. Que te ve dormir y despertar. Insisto en que es una definición rara y quizá un poco cursi, y que cuando uno lo lee piensa: Albert Espinosa, se te ha ido el coco y te estás inventando una nueva categoría de gente. Pero dándole vueltas al asunto llegué a la conclusión de que si existen, mi primo Sergio es mi amarillo definitivo, porque me hace sentir única y estupenda, me da cariño físico sin reservas, está ahí contra el tiempo y la distancia y me ha visto muchas veces dormir y despertar.

El sábado fuimos a tomar cañas seguidas de cafés seguidas de copas. Al principio toda la familia; después los adultos se fueron y nos quedamos los jóvenes que, por otra parte, ya tenemos una edad. Nos fuimos al Zeus, el bar de un colega de mi primo.
- ¿Yo a ti por qué te querré tanto? - me preguntó Sergio en algún lugar entre la quinta y la décima cerveza.

Es un tema recurrente entre nosotros. Por qué nos queremos tanto. Porque es un poco inexplicable: él me quiere desde que nací y yo a él desde que tengo memoria. Pero no es un amor típico de primos, ya sabéis: te quiero porque bueno, tengo que quererte, pero en realidad ni siquiera nos vemos mucho. Es un amor mucho más intenso y más salvaje, casi de enamorados no incestuosos. Cuando estamos él y yo, los demás no nos importan mucho. Le escucho hablar, decir chorradas, hacerme reír y no puedo más que abrazarle y/o mirarle embelesada.

El sábado él decía que es una cuestión de vidas pasadas. En el café habíamos estado hablando de qué queremos que hagan con nosotros cuando muramos. Es curioso, porque a mí se me había ocurrido la misma idea mientras iba en el tren, y pensaba que sí, que incineración, pero que a ver qué hacían luego con mis cenizas. Y ahora creo que si sigo escalando el resto de mi vida igual pido que las entierren al pie de una vía difícil y bonita, para ver cómo la gente le da pegues y más pegues durante su eternidad inmutable de roca.
- Yo no creo que todo se acabe aquí, de verdad - me decía mi primo mientras quitaba con la cuchara la nata de su café irlandés -. Yo creo que hay otras vidas. Dime si no por qué tú y yo tenemos esta conexión. Es algo especial, no se explica porque seamos primos, porque yo te quiero a ti bastante más que a todos los demás.

Me reí. Yo digo mucho también lo de las otras vidas; no sé si porque me lo creo de verdad o porque me resisto a pensar que todo se acabe después de setenta u ochenta raquíticos años y que tenga que dejar aquí a gente a la que quiero tanto.

Estuvimos en el Zeus un montón de rato, pero como habíamos llegado temprano aún eran las diez cuando ya estábamos listos de papeles. Sergio y yo bailábamos los Piratas: éramos los únicos del bar y nos podíamos permitir el lujo de pedirlos en bucle. "Ahora prometo solo pensar en ti", cantaba mi primo señalándome, y yo me partía mientras le daba tragos a mi gintonic, porque Sergio borracho baila decentemente pero canta muy, muy mal.

Entonces me miró muy fijamente.
- Si descubro la forma de hacerme vampiro, ¿quieres que te convierta?
- ¿Qué?
- Vampiro, vampiro inmortal. Porque yo cada vez tengo más claro que querría ser inmortal. Pero igual la eternidad solo es muy aburrida, así que dime, ¿quieres que te convierta?
- Claro que sí - asentí yo, decidida. Él sonrió y siguió bailando.

Hoy ha venido al mediodía a despedirse, justo antes de que yo saliera en dirección a Atocha. Está mortal de guapo con su traje azul marino y su camisa celeste, que le hace juego con los ojos. Entra como un torbellino en la cocina y se abalanza sobre mí, que me estoy pintando las uñas en la mesa.
- Que tengo un montón de prisa, dame un beso, gorda, que te quiero - me agarra, me abraza fuerte, yo le abrazo también e intento no mancharle de esmalte la chaqueta del traje -. Uy, casi se me olvida - añade luego, y saca del bolsillo interior un librito. Muchas vidas, muchos maestros, de Brian Weiss: un libro sobre las regresiones y la reencarnacion.

Desaparece detrás de la puerta de la cocina. Luego vuelve, "dame otro beso", y por fin se va, dejándome con la soledad reversible de quien se queda de pronto sin su amarillo favorito y con el libro sobre las regresiones en la palma de la mano. Voy a omitir lo que pienso de las regresiones y/o de los libros que hablan de ellas. En el debate entre el escepticismo y la fe, creo que agoté toda mi fe queriendo ser santa y sólo me queda el escepticismo. Aun así, es bonito, pienso. Es muy, muy bonito que alguien te regale un libro sobre la regresión sólo porque quiere demostrarte que te conoce de otras vidas y que quiere estar contigo siempre.




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Edito hoy miércoles para contaros que escribir una novela es motherfucking difícil y que llevo una hora sintiéndome como si intentara bañar un gato. Así que podéis regocijaros, que igual pronto me doy por vencida y estoy aquí otra vez en mi confortable casita bloguera.

martes, 28 de febrero de 2012

Segundo post: Madrid en amarillo

Quedo con Erika en la Puerta del Sol. Que te llamen por teléfono, te pregunten dónde andas y tú digas "En Sol", así como si nada, me suena madrileño de la muerte. Estoy en el Corte Inglés, en el stand de MAC, a la búsqueda del rojo de labios perfecto. Lo cual es absurdo, porque me voy a pintar los labios de rojo dos veces en los próximos cien años, pero esas dos veces quiero estar estupenda. Al final, por una extraña confusión de mi cerebro que no voy a explicar porque es larga y absurda, acabo con dos rojos, dos: uno mate y potente, otro brillante y un poco más suave. Me pinto los labios en el baño del Corte Inglés y salgo a la plaza.

En Madrid uno se siente no exactamente pequeño, sino anónimo. Aquí en Cádiz, por ejemplo, es como que la vida tiene peso. La gente es parte de cosas. Lo notas en cuanto sales a la calle: vas caminando por la Viña y de repente tienes que pararte, y es porque se ha formado uno de sus típico atascos de gente, que consisten en que dos o más personas se han encontrado por casualidad y ahora están tranquilamente charlando y bloqueando el paso. La gente se conoce, canta en público, le grita a sus hijos en las plazas. Las vidas tienen una especie de entidad. En Madrid una se siente todo el rato como el cliché de alguien más que como alguien en sí. El cliché de chica solitaria que se duerme la siesta en el Retiro. El cliché de pareja guapa que toma café junto a la ventana del Starbucks.

Lo que no es necesariamente malo, ojo. El momento siesta en el Retiro ha sido sencillamente perfecto. Andaba yo con una hipoglucemia del Averno tras haber tenido la ocurrencia de tomarme un café bombón por ahí, así que me compré una bolsita de anacardos que tragué sin transición: para cuando me di cuenta de que estaba medio indigestada, ya era demasiado tarde, así que me tumbé al suave sol primaveral con el bolso bajo la cabeza y me quedé frita. Llevaba toda la mañana leyendo "El mundo amarillo", de Albert Espinosa, que es de esos libros que no me compraría pero que puedo pedir prestado de la biblioteca para ver qué hace que todo el mundo lo compre. Y a ver, el tal Albert está como unas maracas. Es como el estereotipo de "el cáncer me enseñó tanto, y ahora soy como Papá Noel harto de Prozac echando un polvo en Disneylandia". Y cuenta cosas que como que no te las crees mucho, porque cuando estaba en el hospital todo el mundo a su alrededor era sabio y compasivo, y la enfermera bailó con él una canción de Machín el día antes de que le cortaran la pierna y blablablá. Pero a pesar de todo esto y a pesar del cinismo que también a mí me sale a veces, el tipo consigue que te metas en tu juego, que sonrías con sus ocurrencias y que te sientas contento sin saber bien por qué. Lo que no es moco de pavo.

El caso es que paso el resto del día tomando cafés en sitios sucesivos, pensando en la novela que voy a escribir, sintiéndome feliz por estar viva, comprando libros y dándole vueltas al concepto de "amarillos". Todo así revuelto. Lo de los amarillos lo dice Albert en el libro: personas que no son exactamente amigos ni tampoco amantes. Que aparecen en tu vida y te hacen sentir especial. Personas que te tocan y a las que tocas, que te han visto dormir y despertar. Que no necesitan mantenimiento, como llamadas o mensajes, porque vuestra conexión no depende de eso. Es un concepto muy raro; mejor leer el libro para entenderlo. Pero es bonito. Creo que los amarillos existen y creo que he tenido algunos, y mientras doy vueltas por Madrid esperando a que Erika salga de currar pienso que sin duda ella es una amarilla.

Aparece por la calle Montera que, por cierto, ¡¡qué fuerte!! Está llena de putas. Pero qué clase de ciudad rara es esta, con la gente tomando cañas a las ocho de la tarde y un montón de prostitutas así tan campantes esperando de pie con medio culo al aire. La cosa es que llega Erika y me dice que estoy  guapísima, y yo también se lo digo a ella, y me alegro un montón de que nos encontremos en la Gran Ciudad. Erika es hawaiana (verídico), pero lleva tanto tiempo aquí que habla español con acento andaluz. Coincidimos en Cádiz los primeros meses del PIR, pero luego tuvo que irse porque terminaba la carrera. Es indescriptiblemente guay. Todo lo que dice o hace es como si lo escucharas por primera vez. Tiene el superpoder de crear tiempo nuevo, de poner las cosas sobre la mesa como recién lavadas y hacer que tú las veas igual.

"Que eres mi amarilla," le explico en cuanto nos sentamos en un Rodilla a tragar un par de sandwiches. Se ríe mucho con el concepto." Eres mi amarilla - le explico -, porque me haces sentir especial. Porque no necesitas mantenimiento, y como eres fisio me has tocado un montón, me has dado masajes y me has utilizado como cobaya para las prácticas de movilización de articulaciones. Y nos hemos visto dormir y despertar, como aquella vez que eché la siesta en tu casa y al despertar te miré muy fijamente y te dije que ojalá estuvieras hecha de chocolate para poder darte un bocado."

"Qué guay ser tu amarilla", contesta, y luego le cuento la idea de mi novela y le parece genial, y nos pasamos el resto de la noche buscando un nombre para el protagonista. "Llámale Domingo, o Bienvenido", me dice, porque son nombres que le gustan. Mira el significado desde su espíritu libre de no hispanoparlante y le encanta que alguien pueda llamarse como un día feliz de la semana, o que a alguien se le diga siempre que es bien recibido en algún sitio. Yo me niego a llamar así al protagonista de mi novela, pero me río igual.

Nos pintamos los labios de rojo. Ella se pone el clarito brillante, yo el fuerte mate, y nada más ponérselo le queda tan bien. Destaca reluciente en medio de sus rasgos japoneses y de su pelo liso y negro, así que le regalo el pintalabios y nos vamos a buscar algún lugar donde poder tomar un vino. "Te cambia el aura", me dice al cabo de un rato. "¿El qué? ¿El vino? ¿La amistad? ¿Los amarillos?". "No, no, el pintalabios rojo".

Vuelvo tarde a casa, mirando mi reflejo de labios rojos en las ventanas oscuras del metro. Me pesa un horror el bolso porque me he gastado un dineral en libros. Que la culpa no es mía, la culpa es de ese paraíso en la tierra llamado La Casa del Libro, que te tienes que subir con escalera a la sección de psicología para bucear entre los estantes de terapia familiar, muy fuerte. Me bajo en Coslada Central por bajarme en algún lado, que no os creáis que tengo muy claro hacia dónde queda la casa de mi tía. En la calle no hay ni Dios y yo me oriento como puedo. Me entra un poco de miedo: yo, tan pequeña, con mis labios rojos y mis bolsas de libros, ahí sola a medianoche en la periferia de la Gran Ciudad. Luego pienso que el miedo no me va a servir de nada: que ahora mismo mi misión es orientarme bien y estar alerta. Me alejo de las paredes, abro mucho los ojos y me esfuerzo en recordar que hay que gritar "fuego" si te atacan, porque es más probable que la gente acuda.

Llego sana y salva a casa de mi tía. Estoy contenta. Lo he pasado muy bien. No sólo mirando libros y material de montaña, o tomando un caramel macchiato enorme porque el Starbucks será Satán, pero hacen un café bien rico. Sobre todo, me lo he pasado bien con Erikita. Mi amarilla. Y las ciudades serán lo que sean. Me da miedo Madrid y perderme entre un montón de gente que parece estar haciendo lo mismo que yo. Me da miedo no ser capaz de encontrar el silencio. Pero en realidad lo importante, lo digo siempre, es la gente. Erika convirtiendo Madrid en una extensión de Cádiz, o de Málaga, o de cualquier lugar en que te hayas sentido feliz, acompañada y muerta de risa.

Y aquí queda el segundo post de hoy. Voy a cenar y a ver si me atrevo con el tercero. Mi estado de ánimo mejora de manera exponencial. La lavadora ya está centrifugando. Todo va bien.

jueves, 23 de febrero de 2012

Fuertectual: fuerte e intelectual

El comentario de Khal Yeleytr en el post anterior me ha hecho reflexionar. Dice algo como que le cuesta conciliar mi faceta de escaladora con la de intelectual con blog, post diario, trabajo sedentario etc etc. Eso me ha hecho pensar un poco en mí y en mi relación con el deporte. La verdad es que ayer, mientras saltaba a la comba en plan Rocky entre serie y serie de movimientos de escalada, le decía a otra chica que hace poco que entrena: "Yo antes no era así. En serio". "¿Así cómo?". "Yo qué sé, así de... ¿activa?".

A lo largo de toda mi vida, mi relación con el deporte ha sido terrible. Para mí era un castigo; algo como si Dios, cuando lo de la manzana, hubiera dicho: "ganarás el pan con el sudor de tu frente y además tendrás que hacer deporte".

Cuando era pequeña, mis padres parecían conscientes de que tenía que hacer deporte para salvarme de la obesidad infantil. Durante muchos años probé, de forma más o menos intensa, el ballet, la natación, la orientación, la vela, la equitación, el esquí, el tenis, el baloncesto, el atletismo y el yoga. Sólo se me dio medio bien la orientación, porque había que pensar y pensar es mucho mi rollo: fui a campeonatos y gané hasta medallas. Yo en un podium con dos medallas de oro al cuello: una vez en un siglo, como los eclipses.

El resto se me daba normal o directamente fatal. En baloncesto, por ejemplo, tardé MESES en meter una canasta EN LOS ENTRENAMIENTOS. No era un lastre para el equipo porque jamás me eligieron para los partidos. En tenis el profesor repartía dos tipos de puntos reforzantes: unos amarillos por jugar bien, otros verdes por portarse bien. Adivinad cuáles me daba a mí. A yoga me apuntaron porque con once años ya estaba tan estresada por la vida como para que me lo recomendara la psicóloga del colegio, y con mi elasticidad nula gemía de dolor en la postura del loto mientras me preguntaba por qué me odiaban mis padres.

Luego llegó la adolescencia y el deporte pasó a convertirse en "eso que debería hacer para estar buena". Claro, que en mi caso estar buena era algo bastante improbable si tenemos en cuenta que iba a las mercerías a buscar sujetadores y los dependientes me decían que tan pequeños no los fabricaban. Pero todos los meses la Super Pop sacaba alguna tabla de ejercicios donde chicas preciosas posaban sonrientes, y te permitías creer que si sacabas tiempo para hacer tres series de abdominales al día durante un mes tú también te parecerías a esas chicas perfectas. Así que hacía abdominales durante más o menos cuatro días y luego volvía a comer donetes y a medirme las tetas para ver si me habían crecido.

En la facultad pasé al pragmatismo. Ni me iban a crecer las tetas ya más, ni iba a estar buena, ni nada. Más me valía pasarme a los hombres gafapasta, que apreciarían mi encanto intelectual y mi genio creativo. Y el deporte pues bueno: una vez al año me proponía salir a correr, y durante el mes y pico que aguantaba me sentía fuerte y sana. Y pensaba: ya está, me he convertido en deportista. ¿Cómo he podido vivir antes sin esto? Soy adicta al deporte, lo necesito, soy sana y activa. Mentira cochina, que a la mínima excusa volvía a dejarlo estar y a pasarme las tardes sentada en el ordenador y/o en el taburete de un bar.

Para no convertirme en un desecho obeso, caminaba mucho por Granada y montaba en bicicleta. También me apunté a danza del vientre o, como decía J., a danza de la panza. Allí conocí a Silvia, por cierto. Fue divertido y aguanté un año y pico, e incluso participé en un super espectáculo que montó mi profesora. Estuvo bien porque tampoco soy de las que bailan. Hasta entonces, mi cara de bailar era algo como "no sé bailar y me da vergüenza y soy un fraude y todo el mundo se está dando cuenta". A partir de la D de la P adquirí un poco de confianza en mi coordinación, y ahora directamente me da todo igual y bailo como una retrasada así, sin complejos.

Y llegamos a la etapa actual. La Etapa Adulta. A partir de mi diagnóstico de rodillas de anciana y de darme cuenta de que no podría correr más, ni siquiera un mes al año, decidí que tenía que hacer deporte. No para estar buena ni para evitar la obesidad, sino para estar sana. Física y mentalmente. Así que empecé a nadar. Y no me iba mal; nadar me gusta. Me relaja, me desconecta el cambio de gaseoso a líquido y cuida mi espalda. Y así habría seguido, nadando despacito y mal hasta ser una anciana que toma leche de soja enriquecida con calcio, de no haber sido por ese evento que cambió mi vida para bien hace ocho meses, a saber:

EMPECÉ A ESCALAR (¡¡sorpresa!!)

Y bueno, para mí escalar no es deporte. No lo es en el sentido que para mí ha tenido el deporte siempre, a saber: esa actividad sufridora que quieres que se acabe cuando la estás empezando. Cuando miras a los que salen del gimnasio cuando tú entras y piensas: qué envidia, cojones. Yo quiero estar en mi casa comiendo ensalada con la sensación del deber cumplido, y no aquí sudando mientras me grita el monitor de spinning.

No sé qué tiene la escalada que la hace tan distinta a todo lo demás. No sé si es la parte mental: es analítica, exige cierta creatividad y mucho autocontrol. No sé si es el chute intermitente de neurotransmisores felices que te produce conseguir un paso difícil o encadenar una vía. El caso es que a mí no me hace falta fuerza de voluntad para escalar ni para entrenar. Me apetece siempre.

Y sobre si siento que no encaja con el resto de mí... me está costando aceptarlo. Sí que me siento un poco una farsante. Como si no perteneciera a ese mundo tan físico. Además, me neurotizo con las lesiones, y me preocupa estar, como dice Murakami en su libro sobre correr, "echando sin parar agua en una olla que tiene un agujero". Peeeero... me gusta vivir la vida como si de verdad contuviera todas o la mayoría de las posibilidades. Que ahora, después de 26 años de sedentarismo intermitente,  ponerme fuerte sea una meta en mi vida, me parece divertido. Me ilusiona como pocas cosas. En mi mundo gafapasta de alternar escribir con dibujar con tocar el piano con leer con pensar muy fuerte, desarrollar mi parte física ha enriquecido mi vida de una forma que no me esperaba.

J. siempre decía que la canción que le recordaba a mí era "Physical", de Nine Inch Nails. "You're just too physical to meeeee", me cantaba aporreando su guitarra eléctrica. Yo. Que me he pensado siempre como un cerebro con patas. Y ahora me siento física. Miro mis manos, capaces de agarrarse (más o menos) de finas regletas, y mis brazos, capaces de levantar mi cuerpo de una barra de dominadas, y me siento orgullosa. Diferente. Más persona. Y me ayuda a escribir mejor y a trabajar mejor, sin duda. Me relaja, me construye, me integra.

Y no creo que pase con todos los deportes ni a todas las personas. Creo que tienes que encontrar el tuyo, y que igual ni aun así. Pero cuando pasa pues mola mucho. Así que espero seguir mucho tiempo.

Y ahora os copio un trocito del libro de Murakami:


Aunque este tipo de vida, vista desde fuera, pueda parecer efímera, inútil y sin mucho sentido, o sumamente ineficaz, me digo que hay que resignarse a lo que hay. Y aunque realmente no se trate sino de un acto vano, como verter agua en una vieja olla agujereada, al menos siempre quedará el hecho de haber realizado el esfuerzo. Tendrá su utilidad o no, será o no atractiva a los ojos de los demás pero, en definitiva, lo más importante para nosotros es, en la mayoría de los casos, algo que no puede verse con los ojos (aunque sí sentirse con el corazón). Y, a menudo, las cosas realmente valiosas son aquellas que sólo se consiguen mediante tareas y actividades de escasa utilidad.

miércoles, 22 de febrero de 2012

La soledad y la escalada: llevando el frikismo un poco más allá

No sé exactamente qué hora es, pero digamos que algún momento entre las cinco y las siete de la tarde. Estoy en una tienda de alimentación del centro de Puerto Real. En estos momentos mi aspecto es el siguiente: trenza despeluchada, pantalones de deporte grises hasta la rodilla, camiseta de tirantes, una rebeca larga de lana morada y un pañuelo al cuello. Los pies de gatos puestos, aplastándome los dedos en la puntera. La cara y las manos llenas de magnesio, con las uñas pintadas de rojo destacando en medio del polvo blanco.

La razón de que lleve esta pinta de loca y no me haya quitado ni los gatos para ir a comprar agua es que ahora mismo me quedan siete minutos, medidos por el cronómetro del Kpot, para la siguiente serie de veinte movimientos en el desplome del roco. Cuando terminen los siete minutos sonará la alarma que hemos elegido, algo como una sirena de submarino en estado de emergencia, y me tocará colgarme de nuevo para que me marque otra vía.

El tema es que el amigo Kpot y yo no estamos leyendo un libro sobre entrenamiento para la escalada. Que no se puede ser más frikis. Que él vale, porque hace 8a y está muy fuerte y tal, pero ¿yo? Metro y medio de ex rubia sedentaria que cualquier día se lesiona y se tiene que poner a hacer ganchillo. Pero yo qué sé, vi el libro y me llamó la atención, lo compré, luego se lo presté al Kpot y este mediodía me ha recogido del hospital con un planning en Excel de lo que iba a ser a partir de ahora mi entrenamiento de escalada. Algo como: lunes y jueves nadar a muerte, sábado y domingo escalar a muerte, martes y miércoles en el roco a muerte. Ha diseñado series de movimientos con dificultad ascendente, descansos entre vías y entrenamiento de los músculos antagonistas. "Serás mi cobaya", me ha dicho. Y hemos echado la tarde con el cronómetro zumbando cada X tiempo, él marcándome vías y yo tirada de risa, apretando a muerte y sintiéndome como Patxi Usobiaga.

Me comenta Silvia en el post anterior que es complicado construir los vínculos necesarios para acabar con la soledad. Hoy he terminado el libro, y la verdad es que la conclusión es poco esperanzadora. Las herramientas no están claras, y aunque a veces parece que el fin de una soledad grave llega como resultado del esfuerzo de la persona, otras veces sucede de manera casi fortuita. Te cambias de trabajo, conoces a tu pareja en un bar o te apuntas a un curso de escalada de fin de semana, y bueno, los vínculos aparecen y la soledad se va. Más o menos.

La escalada ayuda porque es un deporte que necesita de la gente. No se puede ser un escalador independiente; como mínimo, necesitas a un compañero que te asegure desde abajo. Y asegurar o que te aseguren, de por sí, es una experiencia. Pones tanta confianza en la persona que dejas tu vida en sus manos. Confías en que responderá cuando lo necesites, en que te prestará toda su atención y sabrá amortiguar el dolor cuando te caigas. Aunque no sea más que una metáfora, creo que de alguna forma ayuda a que tu subconsciente construya esos vínculos y esa imagen de los demás como personas que están ahí para respaldarnos.

El tema del post de hoy es que bueno, yo parecía una loca en la tienda de comestibles. El dependiente me miraba contar monedas con las manos temblorosas y llenas de magnesio y no creo que se imaginara que soy la psicóloga de la Unidad de Agudos, y que por las mañanas hago cosas serias como valorar si un paciente tiene o no la intención de suicidarse. Y que es muy divertido y muy motivante ir al roco con un plan hecho, marcarse objetivos, querer mejorar y ser capaz de entrenar tres horas porque realmente no hay ningún otro sitio en el mundo en el que te apetecería estar.

Pero lo que de verdad me ha conmovido del día de hoy es el hecho de que el Kpot se haya parado a pensar un plan para mí. Porque yo me paso la vida en constante autocoaching. Que si escribe todos los días, que si estudia una tarde por semana, que si intenta meditar algo aunque sea antes de dormir. Que si ahora voy a planear mis menús para esta semana o a buscar en Google cómo cojones se cambia la bombilla del techo del baño. Vivo en la autosuficiencia. Y cuando alguien hace algo así por mí sin que yo se lo pida pues oye, me llega. Lo demás, teacher, no tiene tanta importancia: los minutos entre series,  el peso de las mancuernas, la cantidad de movimientos. Lo esencial ya lo tenemos.

Así que bueno, Silvia, no sé cómo se construyen vínculos. Es triste, pero creo que la suerte tiene mucho más que ver de lo que pensamos. Pero a veces sucede. A veces sientes esa conexión. Con una actividad, con una pasión, con una o varias personas. Y cuando sucede es tan estupendo que lo único que puedes hacer es agradecerlo así casi con disimulo y cuidarlo con todo el esmero del que seas capaz, porque es algo raro y valioso. Porque sabes que no es fácil. Porque merece la pena.

La habitación vacía



Este post es bastante largo (oh, oh, novedad de la vida, con lo breve que eres tú siempre, Marina). Además, me resulta un poco espeso. Pero repasándolo, no encuentro nada que quiera cortar o resumir. Llevo todo el día dándole vueltas al tema y me resulta importante compartirlo con vosotros. Así que os animo a que lo leáis, aunque a priori parezca un tostón.

La primera vez que vi "La habitación vacía" en la librería, hace como un mes, me sobrecogió. Acababa de tener el accidente de moto y llevaba diez días metida en casa. Apenas habían venido a verme un par de amigos, y dedicaba mis horas a leer, dormir, escribir y arrastrarme cojeando al Covirán a comprar provisiones. La segunda mitad de 2011 había sido genial. Conocer gente, aprender a escalar, hacer amigos, viajar. Pasar fines de semana fuera, recuperar el campo, respirar, divertirme mucho, mucho, mucho. La sensación de pertenecer a un grupo. Los chistes compartidos, las tardes entrenando, la página del roco en Facebook, los illoooooo de treinta segundos. La cena de navidad, la cuerda de equilibrio, las noches con la guitarra, las catas de vino de más de un euro y menos de dos.

Y, de repente, estaba otra vez sola. Otra vez se me acumulaban los días sin ver a nadie más que a mí misma. Mi parte racional sabía que era transitorio y que tenía que ver con las lesiones físicas; a mi parte emocional todo aquello le sonaba demasiado como para no tener miedo. Así que cuando ojeé la contraportada del libro y vi de qué trataba, a saber: de la experiencia de la autora con la soledad crónica, me negué a compralo. No quería saber nada del tema porque no quería estar sola; confiaba en recuperar, junto con la movilidad del tobillo y de las rodillas, la apaciguadora sensación de comunidad que había creado los últimos meses.

Según Emily White, ésta es una de las principales características de la soledad. Nos resistimos a nombrarla. Es un tabú. No nos gusta reconocer que estamos solos ni que los demás lo sepan. En ese momento, aunque pareciera absurdo, coger ese libro de la estantería y pagar por él me resultaba no tanto humillante como casi gafe.

El viernes pasado, sin embargo, decidí llevármelo. Había vuelto a entrenar y a escalar, llevaba un mes trabajando en Agudos y entusiasmada con los locos, me sentía fuerte para leer sobre la soledad. Hoy martes ya casi he terminado el libro. He tenido poco trabajo y he podido leer casi toda la mañana y toda la tarde. De vez en cuando levantaba la mirada, estremecida. Tenía tanto que ver conmigo y con la gente que me rodeaba. Podía identificar mi soledad, la soledad de muchas personas a las que quiero e incluso la de mis pacientes.

El primer mensaje del libro es que la soledad existe. Como problema con entidad propia. Es distinto a la depresión, a la ansiedad, a la tristeza. No es un trastorno del ánimo, sino de las relaciones. No es una debilidad de carácter, sino una experiencia emocional muy dura a la que todos podemos vernos abocados en un momento dado. No sé si alguno habéis pasado por la experiencia de estar realmente aislado. Yo sí. Por fin he podido poner nombre a lo que sentí desde que me fui a Barcelona a estudiar periodismo hasta que empecé en serio con J., casi tres años después. Yo no estaba deprimida. Yo estaba muy, muy, muy sola.

Ahora, desde la distancia, me resulta complicado recordarlo y explicarlo. Sólo sé que mi soledad no disminuía con la compañía. En Barcelona, yo vivía con compañeras de piso, iba a clase con un montón de alumnos de mi edad, tenía amigas de Málaga que también estudiaban allí y un novio estupendo pero tristemente lejano. Y me sentía totalmente apartada. No me integré con mis compañeras de piso, no me integré en la facultad y desplazarme al centro me daba muchísima pereza. Salir con gente me horrorizaba. Los jueves, cuando toda la Vila Universitària donde yo vivía se llenaba de estudiantes con ganas de fiesta, yo sólo quería meterme en mi habitación y enterrar la cabeza en la almohada. Paseaba sola por Barcelona, montaba sola en tren; la única sensación de vínculo la tenía con MQEN, y eso era horrible, porque él siempre se iba.

Cuando llegué a Granada pensé que aquello iba a cambiar. Que podría sentirme unida a alguien. Recuerdo haberle preguntado a mi compañera de piso, que ya llevaba allí un año, cuánto tiempo había tardado en hacer amigos en su facultad. Pero tampoco encajé en el primer curso de Psicología. En una asignatura nos pidieron que hiciéramos una lista con las personas de la clase con las que sentíamos más afinidad. Luego teníamos que preguntarles su opinión sobre una serie de temas para ver hasta qué punto coincidíamos. De las tres personas que escogí, ninguna me había elegido a mí; de hecho, nadie en la clase lo hizo. Al año siguiente cambié de turno, pero tampoco logré enganchar con la gente de la mañana. Todos los viernes me despedía alegremente de mis compañeros exclamando "¡Buen finde!", y en realidad sabía que yo no haría nada interesante con el mío. Y es raro, porque tenía amigos, buenas compañeras de piso e incluso mi relación con J. empezaba a dar sus primeros coletazos, pero seguía estando muy, muy sola.

El concepto a lo mejor es difícil de entender. Yo misma no sé muy bien qué hace que no te sientas vinculado en una etapa determinada de tu vida, porque probablemente ahora paso más tiempo sola que entonces y, sin embargo, no me siento sola. Pero todos estamos en riesgo de llegar a ese punto. No depende de lo sociables, interesantes o atractivos que seamos: quien me conozca en persona sabe que no soy ni tímida ni torpe. Pero te cambias de ciudad, o lo dejas con tu pareja, o pierdes el trabajo, o tus amigos se casan y, cuando te quieres dar cuenta, la soledad ha golpeado y no sabes cómo salir de ella. Siempre he tenido la teoría de que mi vida habría sido distinta de haberme tocado otro piso en la Vila Universitària: un piso con estudiantes de primero con las que haber podido hacer piña. O de haber acertado con la carrera a la primera y haberme sentido identificada con mis compañeras de clase. Sin embargo algo no cuajó, y la soledad atacó de una forma tan profunda que no conseguí quitármela de encima en años.

El libro explica que la soledad es peligrosa. Por una parte, porque por sí misma puede conducir a más soledad: te mantiene en un estado de miedo, de alerta. Te vuelve obsesivo, controlador, casi paranoide. Te dificulta establecer nuevas relaciones sociales: mientras más solo estás, más te cuesta buscar compañía porque, paradójicamente, tu soledad se convierte en un lugar donde puedes estar seguro. Al final de mi estancia en Barcelona, paseaba por las zonas del campus lejanas a mi facultad para no encontrarme a nadie conocido. Me sentía intensamente atacada por todo el mundo. No creía que contar mis problemas o intentar profundizar en las amistades que tenía fuera a solucionar nada. La soledad también tiene consecuencias devastadoras para la salud. Por sí sola, deteriora la función cognitiva, deprime el ánimo, empeora el sistema inmunitario, aumenta el riesgo de complicaciones cardiacas.

Y estar solo no es deseable. La autora nos plantea que en este mundo que nos están vendiendo, donde el individualismo está a la orden de día, donde se transmite la idea de que si uno se lo curra, en realidad, no necesita a nadie, parece que es un estado del que hay que disfrutar por narices. Que si no suena la flauta y no somos capaces de sentirnos emocionalmente unidos o socialmente integrados, no pasa nada: preparemos un baño, compremos cosas ricas para cenar, veamos una buena película. Disfrutemos de nuestra propia compañía. Cuando la realidad es que estamos preparados para socializar igual que para respirar o para comer. Que nuestro sistema nervioso, nuestra sensación de identidad y nuestro cuerpo necesitan la compañía ajena y la sensación de seguridad que proporcionan las relaciones.

Siempre me quejo de que la autoayuda y la psicología contemporáneas son muy individualistas. Como si nos diera miedo contar con los demás, porque no estamos seguros de tenerles. Todo pasa deprisa, la gente llega a nuestro lado y se marcha muy rápido. Nos cuesta esforzarnos para mantener las relaciones que tenemos o para crear otras nuevas. Nos cuesta sacrificar espacio o recursos para darnos a otras personas, nos cuesta arriesgarnos a que nos partan el corazón. Lo más importante que me ha transmitido el libro es que debemos meter a los demás en nuestra ecuación de la felicidad. Da miedo, porque los demás no son nosotros y porque no sabemos lo que van a hacer. Son impredecibles y a veces duelen. Pero no podemos hacerlo solos. No debemos hacerlo solos.

Quería escribir esta entrada para todos los que os podáis estar sintiendo solos ahora mismo o lo hayáis sentido en algún punto. Para que tengáis la oportunidad de ver la situación con cierta perspectiva. Si cuando vivía en Barcelona alguien me hubiera dicho que cada movimiento hacia el aislamiento me hacía más propensa a seguir sola, empeoraba mis habilidades sociales y me estresaba más profundamente, a lo mejor me habría esforzado más por vincularme. Si hubiera podido admitir en estos últimos años que socializar y tener gente en la que apoyarme es un objetivo lícito y deseable, a lo mejor me habría sentido no sé si menos sola, pero sí menos perdida. Es un tema importante. Merece toda nuestra atención. Leed el libro.

(Y con esto me despido, que ya llevo colándome en términos de tiempo y espacio por lo menos cinco párrafos.)

lunes, 20 de febrero de 2012

Terapias

"A ver por dónde empiezo, que para mí no es fácil contarlo... estoy un poco nervioso, de hecho. Yo es que no creo en los psicólogos, ¿sabe? Pero bueno, se lo cuento y punto.

>> Que todo empezó por una contractura en el cuello. El típico día que te levantas y dices "habré cogido una mala postura", y te pasas la mañana frotándote el hombro con disimulo. Luego van pasando los días y cada vez te duele mas, y te frotas, te encoges, el hombro cada vez más pinzado y tú hecho polvo... y al final alguien me propuso lo de ir al fisio. Pedí un número, llamé, me dieron cita y allí que me planté.

>> La fisio era una chica alta, más bien grande, de rasgos dulces aunque no especialmente guapa. Me gustaron sus manos potentes y me gustó la música clásica que salía de los altavoces camuflados en el techo. Me masajeó con una mezcla muy apropiada entre placer y dolor: a ratos me clavaba los dedos en los puntos sensibles y me hacía aullar, pero después calentaba la zona con toda la palma y yo me relajaba como un niño.

>> Seguí yendo una vez por semana para que me tratara la contractura. Cuando se me quitó, iba simplemente a que me masajeara la espalda y deshiciera los pequeños nudos de la vida cotidiana. Entonces me torcí el tobillo y alguien me recomendó a otro fisio distinto, y pensé: "por qué no probar".

>> Y, sin darme cuenta, los jueves eran el día de la espalda y los martes del día del tobillo. El tipo de los martes era un hombre bajito pero recio, que masajeaba poco pero que me colocaba después unos electrodos que transmitían una corriente eléctrica la mar de curiosa. Al principio me daba por reír cuando empezaba, pero después me acostumbré.

>> A los martes del tobillo les siguieron los miércoles de la reflexología, donde una chica dulce de pelo moreno me tocaba las plantas de los pies para equilibrarme los órganos. Los lunes encontré a una chinita diminuta que caminaba por mi espalda y la hacía crujir, incluso aunque los jueves la primera fisio siguiera masajeándome con suavidad. Para los viernes encontré a un terapeuta craneosacral que me colocaba las manos en la cabeza y las movía con sutileza hasta conseguir marearme.

>> Todo habría ido bien. No me importaba gastar dinero. Ahorraba en comida, ahorraba en gasolina: empecé a ir al trabajo en bicicleta, y luego le pedía a la chica de los jueves que me masajeara los gemelos y los muslos. Habría ido bien, y no creo que tuviera ningún problema. Simplemente, me gustaba cuando toda aquella gente me tocaba. Me gustaba que se ocuparan de mí y de mi dolor. El tema es que un día el terapeuta craneosacral me vio entrando en la consulta de la reflexóloga y me miró ofendido, como si le hubiera puesto los cuernos. Yo balbuceé alguna excusa sobre acompañar a un familiar, pero no me creyó. La siguiente vez que me atendió, entre suaves manipulaciones de mi cráneo, me sonsacó que veía a otros durante la semana. Y no sé si fue por ego o porque lo pensara realmente, pero al final me dijo que tenía un problema. Que más que un fisioterapeuta, lo que yo necesitaba era un psicólogo.

>> Y bueno, por eso estoy aquí, no sé, usted verá. Si lo necesito o no, yo qué sé. La verdad, ya se lo he dicho: no creo que sea un problema. No creo que haga daño a nadie. Que debería hacer más amigos; pues quizá. Que debería llamar a Marta y explicarle lo mucho que la echo de menos; pues a lo mejor. Tranquila, ya le contaré quién es Marta. Pero no sé. Tanto como un psicólogo... Me pongo en sus manos, en cualquier caso."

El paciente tomó aliento y se arrellanó en la silla. Se quedó mirando satisfecho a la psicóloga cognitivo-conductual que le había recomendado un compañero. Era guapa y parecía simpática, aunque tendría que aceptar cambiar las citas de día, porque si no iba a pisarse con el psicoanalista de los jueves. Y sumando al coach de los lunes y a la terapeuta gestalt de los viernes, ya solo le quedaba un día que llenar para tener de nuevo completa la semana.

domingo, 19 de febrero de 2012

Soledad y amor (II)

El primer día que hablé con IA no pude dormir. Bueno, sí, algo dormí, digo yo, pero es cierto que pasé un montón de rato en la cama, con los ojos abiertos como platos, pensando que aquello era algo fuerte. Algo distinto. Un lector que te escribe y que al día siguiente te llama por teléfono y que, sin tú tener muy claro cómo ni por qué, te atrapa el corazón desde la primera frase.

La conexión fue brutal, creo que por ambas partes. A mí me encantaba su voz con acento del norte, su dulzura y su forma de decir "¿qué pasó, pequeña?" cuando se cortaba la conversación y tenía que volver a llamarle. También me encantaba el moreno de ojos verdes que me miraba desde las fotos suyas que había visto. Aquellas primeras semanas hablábamos por teléfono todos los días durante horas, nos escribíamos mensajes, chateábamos por el Facebook y nos mandábamos fotos al móvil. Era algo muy, muy raro pero muy, muy bonito.

Pero lo más importante que me dio IA cuando le conocí fue la inocencia. Todo era sencillo. Yo llamaba y él contestaba y si no, llamaba él. Yo le escribía mensajes y sabía que él me los respondería. A él le interesaba yo. Leía mi blog. Buscaba fotos de Cádiz para imaginarme allí. Me regaló sin venir a cuento la capacidad de ilusionarme y de pensar que a alguien le gustaba tal y como era. Que alguien quería acercarse a mí, compartirme, saber qué hacía, qué pensaba, qué música escuchaba, en qué ciudades quería vivir.

Yo estaba tan, pero tan flipada que llegué literalmente a pellizcarme durante el día para saber si estaba soñando. No podía escuchar canciones tristes o de desamor; me dolía. Tampoco podía pensar en otros tíos, ni reales ni ficticios: el post de los personajes de ficción, por ejemplo, no habría podido escribirlo, porque sencillamente no había otros ni falta que hacía: él estaba ahí y le gustaba yo y era una persona alucinante. En ese momento pensaba que me alucinaba su capacidad de arriesgarse conmigo, de dejarse conocer, de conocerme, y también todo lo que me iba revelando a medida que hablábamos. El puente con palabras que estábamos construyendo: las historias de montaña que contaba, cómo me aconsejaba sobre material de escalada, cómo me relataba despacio su fuerza, su coraje, su intento valiente y doloroso de vivir una vida con sentido. Ahora pienso que quizá me alucinó por lo que me permitió sentir: porque después de años y años de marear la perdiz con J., de liarla parda con otros, de cinismo, de prevención, de ofuscación y de miedo, ahora podía ser completamente niña e idiota, dejarme mecer en aquella ola inesperada de encanto mutuo aún sin tener ni puta idea de hacia dónde iba a llevarme.

Luego... bueno, resumamos. No me gusta hablar de las partes feas. Digamos simplemente que aquello no había por dónde cogerlo: yo en Cádiz, él en el rudo Norte y cada uno en etapas muy, muy distintas de nuestra vida. Yo acababa de cortar emocionalmente con J. y estaba libre, abierta y valiente. Había empezado a escalar, me sentía capaz de casi cualquier cosa. Me planté en su ciudad sin tener claro qué iba a pasar pero dispuesta a vivirlo todo. Él no estaba en ese punto y lo entiendo.

Lo que pasé entre la nube de felicidad drogadicta y la comprensión clara de que él no quería seguir adelante fue el miedo más tremendo y frío que he vivido en mucho tiempo. Y no era solo miedo a perderle. A él no le había tenido durante toda mi vida. Dos meses antes no sabía ni que existía. A lo que tenía miedo era a aquello en que iba a convertirme yo si perdía la inocencia y la ilusión que él me había regalado.

Y efectivamente, dolió. Dolió un huevo (ahora diría mi amigo el Kpot: "¿y por qué te dolió un huevo, si lo que te habían partido era el corazón?"). La situación degeneró. El cinismo no tuvo más remedio que volver. Mi mente no entendía las cosas y se rebelaba: por qué me ha tenido que pasar esto a mí, me preguntaba. Por qué, por qué he vivido esto, con esta intensidad; por qué ha sido tan bonito y después tan terrible. Ojalá esto no hubiera pasado, con lo bien que estaba yo antes de conocerle. Me sentía como si fuera la primera persona del planeta a la que le ha gustado un tío que después ha resultado no ser tan maravilloso como parecía al principio: el tamaño de mi decepción era absoluto, se extendía al mundo, me hacía perder la fe en la humanidad entera.

Sobre la soledad y sus tendencias absurdas. Cuando estaba a punto de viajar por primera vez para conocer a IA, pensaba muchas veces en cuánto iba a echar de menos esos momentos una vez que nos hubiéramos visto en persona. Algo dentro de mí me decía: no puede ser real, no puede ser tan bueno, no va a salir bien. E intentaba convencerme: que no, que te mereces esto, Marina, te mereces que este chico sea así de lindo y de guapo, te mereces gustarle, te mereces que apueste por ti. No mucho, pero sí un poco. No sé si era mi parte sola la que se empeñaba en aguarme la fiesta. Sí sé que al final resultó que era verdad, que no podía ser real, que no podía ser tan bueno y que no salió bien.

Así que llevo meses haciendo el duelo por eso. Por esa inocencia recuperada y esa fe tan súbita que se perdieron casi tan rápido como habían nacido. Y que no son culpa de IA, al fin y al cabo; creo que él lo hizo lo mejor que pudo. Es que la vida es así, o a lo mejor mi vida es así, o a lo mejor tengo que dedicar más tiempo a imaginar que es posible. No con él, sino conmigo. Que es posible que algún día pueda quedarme con alguien y que ese alguien se quede conmigo; que me prefiera a todas las demás personas.

Mientras tanto, escribo aquí. La semana pasada, a pesar de todo, fue una buena semana. Digamos que entendí cosas porque él me las explicó, lo cual es bueno y es sano. Entender ayuda, siempre. Escribí que contaría lo que pasó cuando hubiera dejado de importarme. Y bueno, eso no es exactamente así, claro que me importa, pero ahora estoy menos en guerra con la situación. Más tranquila. Y en realidad lo que tenía que contar no es tanto lo que ocurrió: qué hice yo, qué hizo él, en qué consistieron los días que pasamos juntos. Eso es nuestro. La historia con IA resonó en mi vida por lo que me hizo sentir, por el lugar que ha ocupado. El momento en que apareció y el que eligió para marcharse. Eso es lo que quiero compartir aquí. Eso y lo que tiene que ver con la soledad de la que hablaba y con la capacidad peligrosa que tiene el amor para mentirnos y decirnos: que no, que no estás sola, que todo va a salir bien.

Y luego me acuerdo de las noches en que he dormido de espaldas a otra persona, acurrucada en una esquina de la cama y pensando que estaba muy lejos, y deseando solamente que se acercara un poco no por nada, sino porque yo tenía mucho, mucho frío... y me doy cuenta de que ni aun ahí estaba la respuesta. Que dice Anónimo76 que dos personas tienen que haberse acercado al abismo para tener la capacidad de conectar. Y que digo yo que igual ni eso, porque hay tantos abismos y están tan lejanos, y todos tenemos una manera tan particular de ser infelices...