massobreloslunes

domingo, 13 de mayo de 2012

El moreno con nombre de moreno

Moreno, tu nombre significa oscuro. Lo sabes, ¿no? Todos sabemos el significado de nuestro nombre, aunque sólo sea por los típicos llaveros que encuentra uno en los expositores de las tiendas de regalos. El mío significa "perteneciente o relativo al mar", por cierto; mira tú qué original. El caso es que no deja de tener cierta poesía que te llames así, y en eso pienso mientras me digo que hay que ver los morenos, que os carga el diablo, que no sé qué os dan para que esa piel aceitunada y esos ojos oscuros me perturben tanto. Te voy a contar una cosa, y te la voy a contar mientras te miro de reojo desde lejos, y mientras me presento porque nos han sentado en la misma mesa, y mientras hablamos del estilo rimbombante con que han escrito los nombres de los platos en el menú de la boda. Voy a contarte que hay muchas maneras de encontrarse con la gente. Charlando, leyendo, escribiendo. Muchas formas de contactar y muchas cosas que pueden tenerse en común; por eso te pregunto si escalas y me dices que sí, pero que hay otras cosas de la montaña que te gusta más hacer, y por eso me explicas que viviste unos meses en San Fernando y que Cádiz estaría mejor si no fuera por el viento. Pero sobre todo, moreno, te quiero explicar que la piel es un idioma por sí mismo, un idioma independiente con sus propias normas de ortografía y gramática, y esto lo pienso en cuanto me tocas como por casualidad el hombro descubierto cuando nos encontramos en la barra libre. Lo pienso cuando te pongo la mano sobre el brazo y cuando nos sentamos muslo con muslo y cuando, después de vacilarme un poco ("qué haces aquí sentada, podrías estar con cualquier otro") y sin saber muy bien con qué excusa nos estamos comiendo la boca y tú besas bien, mordiendo un poco, como a mí me gusta, abriendo la boca lo justo, llevando enseguida las manos a donde hay que llevarlas.

La piel, moreno, no entiende de horas ni de edades, no entiende de cuánto hace que nos conocemos o de todas esas cosas que podríamos o no tener en común, y cuando nos escapamos orilla abajo y se queda la música de la fiesta sonando al fondo estamos suspendidos en una franja horaria que no pertenece a ningún huso. La piel no sabe que seguramente no vamos a volver a vernos porque tú te vas en unas horas y yo en unos días, ni que yo a veces soy un desastre y tú tendrás tus neuras que no conozco; ahora mismo sólo entiende de cremalleras que se bajan, vestidos que se suben y labios y mordiscos y dedos y arañazos precipitados uno sobre otro con una urgencia que es difícil explicarse. La piel es piel y no hay que darle más vueltas a eso, y le importan cosas como lo bien que hueles y lo bien que sabes; mejor, incluso, que los platos complicados del menú de la cena. Y no sé qué va a pasar mañana, cuando volvamos al mundo de las palabras y de la resaca y de dormir tres horas y de joder yo no quiero ir a ver a mi abuela con este sol y este mal cuerpo que tengo, pero ya se verá. Sé, como ya te he explicado, que lo que hablamos esta noche, en este momento, es el idioma de la piel, que está al margen de cualquier otra cosa.

Y ese idioma, moreno, resulta que lo hablas la mar de bien.

miércoles, 9 de mayo de 2012

Últimos minutos de mis veintiséis años (emoción, emoción)

Hoy ha entrado el calor de forma brusca y salvaje: un levante del Averno que ha tenido al Kpot protestando toda la tarde mientras íbamos, sucesivamente, a tomar café, a entrenar y a recoger las llaves de la casa nueva. Era para vernos a los dos saludando a los propietarios con las manos llenas de magnesio y colocando como primer adorno una chorrera rota de la Chamán encima de la tele. Este calor repentino le ha dado a todo un aire de cambio: de clima revuelto, épocas nuevas, oportunidades recién estrenadas.

No sé muy bien qué escribir. Los veintiséis han sido tan geniales. Es como si hubiera tenido veintiséis dos años seguidos, de lo que me han cundido. Me sentía como si fuera a quedarme siempre en esta edad. Y no sé qué escribir precisamente por eso. Porque estoy muy contenta, y la felicidad mola pero no inspira. 

Soy más feliz y más fuerte que hace un año. Está mejor mi piel, están mejor mis bíceps. Puedo hacer tres dominadas seguidas en la barra, tres, sin apoyarme en el suelo, sin que nadie me ayude un poquito a subir. Me están saliendo arrugas, pero son de reírme, y pecas, pero son de sol. Y aunque no tengo novio, en mi vida hay un montón de amor. 

Hace escasamente media hora he pulsado el ratón del portátil para hacer una transferencia al notas que me va a vender la furgo. Acabo de comprarme un coche, señores. Esas cosas que nunca pensé que sucederían están sucediendo: la vida te va pasando, quieras o no. Y de verdad, de verdad que hace un año, mientras le pedía a Fede Comín que me firmara su disco y me iba en metro a casa de Luna pensando que echaba de menos algo y no sabía bien qué, no podía imaginar lo que iba a ser mi vida justo un año después. 

Así que bueno, no voy a decir mucho más. No quiero hacer balance. Todos sabéis qué me ha pasado este año, que por algo llevo doce meses contándolo a tiempo real. La escalada, la escritura, los amigos, el amor, el desamor. Ha sido un buen año. Ahora estoy a punto de entrar en el 10 de mayo de 2012, en mi cumpleaños número 27, en la vigésimo séptima vuelta que le doy al sol montada en este planeta tan raro. Voy a disfrutar mucho de mi día. Me gusta porque me lo paso entero esperando que la vida me sorprenda, aunque sólo sea en forma de felicitación inesperada o de regalo bonito.

A lo mejor ahí está el truco. El de la felicidad, digo. En vivir todos los días como si fuera tu cumpleaños: sabiendo que son únicos, que son especiales. Manteniendo todo el rato un ánimo curioso y atento, confiando todo el rato en la capacidad de la vida para sorprenderte. Porque te sorprende, seguro. Quieras o no. Si hay algo que he aprendido este año, es eso.

(Así que, como en la foto, chapo este seguro y sigo escalando sin mirar atrás)

martes, 8 de mayo de 2012

Trastos (o tiestos, como dicen aquí en Cádiz)

Me cuesta escribir en mi casa a medio mudar, como si todos estos trastos revueltos por el salón me quitaran hasta cierto punto la sensación de arraigo. ¿Qué es la vida? Un frenesí. Llevo toda la semana en un puro estado de nervios. Por las mañanas me recoge el MIR en su Harley y nos vamos juntos al hospital. Me gusta empezar así los días: detrás de la espalda ancha y tranquila del MIR y de su cazadora de cuero. Cruzamos las carreteras de Puerto Real al sol, en mitad de los campos, y parece una de estas pelis europeas en las que todo brilla mucho y parejas guapas de americanos conducen motos alquiladas por caminos rurales. Como os decía, el MIR me recoge y yo tengo que esforzarme por decirle a mi cabeza que pare. Que pare de planear, de encajar horarios, de combinar el trabajo, la mudanza, la sesión clínica, mi cumpleaños, la boda de Erika, los entrenamientos del roco, las altas de mis pacientes y mi sueño fragmentado.

Recojo mis trastos de casa y me parece increíble haber acumulado tantas cosas en dos años. Si mi padre y yo lo trajimos todo en un solo porte, ¿cómo me he apañado para tener ahora la casa llena de cajas y que aún me quede por recoger la mitad? No sé si lo que uno acumula es proporcional al espacio del que dispone para guardarlo; lo curioso es que mi casa es pequeña. J. me dijo que la primera vez que vivió solo le inquietaba que todas aquellas cosas fueran suyas y de nadie más. A mí tener tantos objetos me da una sensación rara de estar ocupando más sitio en el planeta del que me corresponde, como cuando en el autobús coloco el bolso en el asiento de al lado y me siento culpable aunque esté todo vacío.

Hace unos años J. y yo conocimos a una señora que venía con nosotros al taller de escritura. Era una de estas mujeres de edad indefinida, soltera independiente, esforzada en no arreglarse y mezcla entre intelectual y alternativa. De las que lee a Cortázar comiendo pan de higo ecológico. Nos fuimos con ella de viaje a la Alpujarra y lo pasamos bien visitando los reductos hippies escondidos en los pueblos. Luego nos invitó a cenar en su casa del Albayzín, que estaba de reformas. No sé lo que imaginábamos J. y yo que sería su casa, pero seguro que algo coqueto, recogido, con jarapas de colores en el suelo y lamparitas de cristales adornando los rincones. Cuando llegamos, encontramos una casa vieja donde habitaciones de suelo torcido se enganchaban de forma absurda unas con otras. Las paredes estaban cubiertas de estanterías llenas de libros antiguos, revistas atrasadas, apuntes, adornos feos. Una amenaza de Síndrome de Diógenes flotaba en el ambiente.

También conocí a un chico que tenía la casa tan ordenada que daba miedo. Tenía los diez libros de Mafalda (punto a su favor) apilados en dos columnas alineadas de cinco y cinco ejemplares (punto en su contra). Su congelador estaba lleno de bandejas de pollo del mismo tamaño amontonadas una junto a otra, y cenaba la misma cantidad de pollo cocinada de la misma manera todos los días. Sólo pasé una noche allí, pero todavía me estremece recordar la soledad desgarradora que espiraba aquella casa.

Nos relacionamos con las personas y también con los objetos. Intentamos ordenar de alguna forma este caos colorido que nos rodea. Al principio de "Mi vida sin mi", la protagonista dice algo como que las tiendas, los supermercados, los centros comerciales y, en general, la forma en que tenemos organizado el mundo, no son más que un intento de olvidar que un día vamos a morirnos. A mí me gustan casi todos mis trastos, y a pesar de mi voluntad firme de simplificar y deshacerme de cosas he descubierto que no tengo tanto que no me sirva. Es preocupante que estos cincuenta y pocos kilos de niña tengan que arrastrar tantas cosas por las casas de Cádiz, y espero no ir camino de la acumulación indiscriminada de nuestra amiga de Granada. Aunque, por otra parte, prefiero terminar así (un poco chalada, en una casa vieja, rodeada de papeles arrugados) a apilar en mi frigorífico un montón de bandejas congeladas de pollo.

lunes, 7 de mayo de 2012

Slightly overwhelmed

Queridines:

Pensaba escribir algo hoy sobre la mudanza. Algo intenso y profundo que elevara vuestros corazones de lunes. Pero llevo un día de lo más estresante. La Unidad parece una mezcla entre Alcatraz y el camarote de los hermanos Marx; los niveles de locura son elevados incluso para los que vamos teniendo tolerancia. La mudanza, por otra parte, va fatal; confío en que el jueves me dé un ataque de inspiración y sea capaz de meterlo todo en el coche.

En cuanto a mis reflexiones sobre el tema... bah, ya las imaginaréis. Blablabla el paso del tiempo, blablabla recuerdo cuando llegué aquí hace dos años y no conocía el barrio y pensaba "cuándo conoceré el barrio" y ahora ya lo conozco y las dependientas me saludan, y hay que ver los buenos ratos que he pasado yo en chanclas por la Viña. Blablabla por qué me voy si estoy bien, qué es lo que busco, hacia dónde va mi vida, lloro por dentro pero la soledad no es mejor que la buena compañía, y todo esto me recuerda a Granada y a mis pacientes y por supuesto a J.

Más o menos eso escribiría si tuviera tiempo, ganas y menos cansancio. Así que no os perdéis mucho.

Ya en serio: todo va bien. Estoy contenta. El jueves cumplo veintisiete y no tengo ni un poco de crisis. Me parece un bonito número y me gusta ser mayor, aunque me preocupa que después de millones de años con acné ahora resulta que me han salido unas arrugas debajo de los ojos que parezco Nosferatu. Pero bueno.

Se os quiere.

viernes, 4 de mayo de 2012

Preocupante pesimismo de viernes

Una unidad de agudos, en realidad, es igual que en las pelis. Los pacientes paseando con la mirada ida, los mutistas, los agresivos, los maniacos. Uno que canturrea solo, otra que se desmaya de histerismo en medio del pasillo, otro que necesita correr en calcetines por las noches porque si no, no puede dormir. Los contenidos, amarrados a sus camas y gritando "¡Dejadme salir! ¡Yo no estoy loco!". Los que bajan por las mañanas a que les den terapia electroconvulsiva. Y, aun así, tú te acostumbras a eso, entras, sales, saludas, sonríes, intentas trabajar y te tomas tus yogures a media mañana. Como en todos lados, hay momentos aburridos, y también días desesperantes en los que te harías una camiseta que pusiera "no te voy a dar el alta hoy por mucho que te empeñes" o "no, aquí no se puede fumar".

Otros días, sin embargo, la realidad te atrapa y te sobrecoge, y tú no puedes más que asistir boquiabierto y asombrado a las muchas maneras de sufrir que tiene la gente. Y yo hoy me he reído y casi he llorado también cuando después de su entrevista la pequeñita se resistía a marcharse del despacho, y nos miraba a los ojos, y nos preguntaba si íbamos a acordarnos después de ella... y antes de cerrar la puerta me ha dicho adiós con la mano, así enfundada en su bata naranja, y el psicólogo me ha mirado y me ha dicho "qué ganas tiene de establecer un vínculo, ¿verdad?". Y yo me he tenido que morder los labios para no llorar.

Porque en una unidad de agudos uno puede ver de verdad que la soledad y el abandono taran a la gente, y que algunas familias, algunos entornos, convierten a ciertos seres sensibles en carne de cañón. Buceas por las historias de pacientes antiguos y ves ingresos y más ingresos y salidas y otros ingresos, listas y listas de fármacos, diagnósticos, entrevistas. Todas las veces que alguien se ha sentado delante de ese paciente y le ha preguntado "a ver, qué te pasa", y tú como profesional lo haces con la mejor intención, claro, pero no puedes obviar la realidad de que después te vas a tu casa y tus pacientes se quedan solos. También la pequeñita. A mí de verdad que a ratos me estruja el corazón pensar que ahora estoy aquí en mi casa y que ellos están tumbados en las habitaciones azules de la planta, con esos pijamas tan horrorosos que les dan, en medio de su angustia o de su pena. Esa angustia psicótica tan solitaria, esa certeza de que el mundo es raro y tú no entiendes las cosas y hay mucha gente que quiere hacerte daño sin que sepas por qué. Que en realidad no se diferencia de la angustia de cualquiera más que en una cuestión de grado.

Abro el google y no sé por qué mierda pero me salta siempre con publicidad de periódicos que no quiero leer y estúpidos artículos de suplemento para mujeres. Ventajas de ser soltera, se titula uno: anímate, la soltería está de moda. Sustitutos para el sexo, se llama otro, verídico, y menciona el chocolate, el deporte y la danza del vientre. Yo me cabreo porque no es esa la solución. Porque todos necesitamos vincularnos hasta el punto de terminar haciéndonos los remolones para salir del despacho del psiquiatra que nos trata. Necesitamos amor de una forma enorme e indescriptible, y no es malo, no es nada malo, es completamente normal, y la solución no es atiborrarse de chocolate mientras se piensa en lo genial que es ser independiente. No sé cuál es la solución, pero estoy harta de solterismo irracional y también de familias taradas. Los humanos venimos mal hecho, faltos de equipamiento, incapaces para el vivir, y al final los que pagan el pato son mis queridos renglones torcidos de Dios, que vagan por los dispositivos de salud mental preguntándose qué les está pasando.

Esta tarde tenía muchas cosas que hacer y al final me he escaqueado de la mitad. Porque ha sido una mañana dura, aunque bonita, aunque dura, y necesitaba descansar de ella. Todavía no sé si quiero seguir toda la vida en esto. Me enseña cosas, está claro, seguramente las cosas más importantes que puede aprender uno, y a veces pienso que tiene la culpa de que se me esté poniendo esta cara de adulta que apenas reconozco. Pero a veces me pregunto si el precio que tengo que pagar por aprenderlas no puede llegar a ser demasiado alto.

lunes, 30 de abril de 2012

Más sobre la crisis

En mi escala del dormir, que últimamente va del medio qué al fatal, anoche dormí muy pero muy fatal. Como un bebé: me despertaba llorando cada dos horas. Lo del llorar es un decir, pero sí que me removía en la cama mientras me quejaba bajito de lo mucho que me dolía el cuerpo. Ascazo de sueño fragmentado.

Esto, unido a que hoy me gusta ser mujer, ha hecho que llegue al trabajo en un estado entre agotado y perplejo. Las dos primeras horas de mi curro te las puedes pasar en modo zombi: primero se da el cambio de guardia, luego se desayuna con calma y después es la reunión con enfermería, algo así como el resumen diario del Gran Hermano, donde te cuentan cosas como "Fulanito amenaza a un auxiliar con un cepillo de dientes" o "Menganito se queja de estreñimiento, por lo que se le proporciona un laxante, que es efectivo".

El tema es que cuando una tiene la mañana poco inspirada parece que los demás se lo huelen. Así que una adjunta se ha pasado todo el desayuno intentando hablar conmigo de la crisis, que es un tema que me aberra hasta la estratosfera. Me agobio, me siento impotente e indefensa y empiezo a pensar que no tengo futuro y que tendré que alimentarme de patatas con tomate frito el resto de mi vida. Y creedme: cuando una ha aprendido tanto sobre el omega 3 como yo en el último año, la perspectiva es bastante chunga.

Me gustaría hablar de la crisis si supiera qué puedo hacer yo para ayudar a solucionarla, más de lo que hago ahora mismo (trabajar, pagar mis impuestos, intentar que mis pacientes mejoren para que a su vez puedan trabajar y pagar sus impuestos). Yo soy de tipo proactivo. Si tengo un problema, busco soluciones  y las pongo en práctica. Más o menos. Esto de que me recorten la vida desde un estrado sin saber cómo decir esta boca es mía me agobia tela.

Sin embargo, a nivel individual y pequeñito me estoy replanteando algunas cosas. Querría aprovechar la situación para reubicar mis prioridades. A ratos me parece que lo que estamos haciendo en esta crisis es intentar vivir de la forma más parecida posible a como vivíamos antes, agachando la cabeza, aguantando el tirón y rezando para que de alguna manera esto se recupere. Cuando a lo mejor lo de antes no era lo deseable. Lo de comprar y tirar y comprar y tirar, y pedir créditos para seguir comprando, y construir y comprar y vender y seguir comprando. A lo mejor no era lo más feliz del mundo.

La gente se queja del precio de la gasolina y, sin embargo, si uno mira los coches que cruzan la Avenida por la mañana la mayoría va con una sola persona al volante. A mí me gustaría que de esta crisis saliera una voluntad por, por ejemplo, coordinarse con los compañeros para compartir gastos al ir al trabajo. Pero ya sabéis: depender de otros, tener que esperar o que te esperen, ¡ponerse de acuerdo! Dónde vas a parar. Mejor decido a qué hora pongo yo en marcha mis nosecuántas toneladas de metal quemapetróleo para dirigirme al curro. Y como eso un poco todo.

Yo últimamente intento simplificar y ser austera en el buen sentido. Pensar bien lo que compro y para qué lo compro. No por ahorrar, que también, sino porque ese efecto Corte Inglés del consumismo capitalista de que existe un objeto para cada una de nuestras necesidades me parece perverso. Intento ejercitarme en necesitar poco, quizá también porque me tranquiliza pensar que es mucho lo que pueden quitarme antes de empezar a afectarme de verdad. Por otra parte, me da rabia la sensación que os comentaba hace un tiempo de que todo esto no es culpa mía y que estoy pagando las consecuencias, y que en cualquier caso yo las estoy pagando baratas mientras otros las pasan putas de verdad.

Qué sé yo. Procuro ver las cosas no ya por el lado bueno, sino por el lado didáctico. A ver si aprendo algo. Desde que mi economía personal se fue parcialmente al carajo hace unas semanas, mi coco está más limpio. He dejado de hacer malabares con mis ahorros porque ya no tengo ahorros. Me voy a compartir piso y, por el camino, me pienso limpiar de algunos lujos físicos y mentales a los que me estaba acostumbrando demasiado. No quiero ser una individualista maniática y autocomplaciente. Me apetece más charlar mientras ceno con alguien.

Y mientras todo esto pasa, o no, yo sigo dándole vueltas a cómo quiero vivir mi vida en un futuro. Y me gusta imaginármela incluso más simple que esto. En contacto con la naturaleza, cerca del silencio, ocupada de cosas sencillas y más o menos reales. Por otra parte, me gustan mis locos y mis cosas. En fin. Quién sabe hacia dónde nos lleva este barco colectivo y raro de la existencia humana.

(Nota: yo sé que mis reflexiones socioeconómicas son bastante cutres, pero es a lo más que llego. Y porque me obligan, que yo por mí entraba en modo avestruz y no salía más que para escalar)

domingo, 29 de abril de 2012

Crisis existenciales y otros vicios

Hoy estaba grabando el disco de Fede Comín en mi nuevo mp3 acuático, porque después de un tiempo alejada de la piscina por el esguince de tobillo he vuelto a nadar. Al ponerme el bañador me he fijado en que ya clarea en algunas partes y debería comprarme otro antes de ir por ahí dando el espectáculo. Si os digo la verdad, cuando empecé a nadar hace ya año y medio no daba un duro por mí. Hice los cálculos y la inversión en material marca Nabaiji era lo bastante modesta como para darle una oportunidad, pero mi fe en seguir yendo después de tres semanas era nula. Y ahora aquí estoy, con mi mp3 acuático y mi bañador clareado. Aunque hay que decir que mi persistencia en el nadar está más relacionada con mi motivación escaladora que con nadar en sí, que en general me la pela.

Escuchaba la canción número 5 de Fede, Moraleja creo que se llama, que empieza diciendo "hoy, noveno día del mes/ de un año que se voló"; y fue curioso, porque cuando la oí por primera vez en su concierto era nueve de mayo y, de hecho, el año había volado.  Me pilló una época rara cuando conocí a Fede Comín. Seguramente, la peor época desde que llegué a Cádiz. Era toda yo una crisis existencial con patas. Que si debería dejar el PIR e irme a meditar a Barcelona/ viajar por la India/ escribir a Granada/ insértese plan alternativo. Los tres años de residencia que me quedaban tenían la misma pinta que las bolas de preso de los Golfos Apandadores: pesaban y me impedían moverme.

En realidad, creo que todo esto ya lo he contado en otro post, pero bueno. La cosa es que me pasé un par de meses en un estado de insatisfacción profunda con mi vida. Algo como un "pero-qué-cojones-pinto-yo-aquí" sonando sin parar en mi coco. Cuando fui a Madrid a ver a Luna me dieron ganas de vivir en Madrid; no exactamente porque me gustara, sino porque parecía que allí al menos pasaban cosas, y en mi vida no estaba pasando absolutamente nada.

Entonces, de repente, tuve un momento de insight. Debió de ser uno de los primeros días de playa del verano, mientras estaba tumbada al sol bajo la luz azul y enorme de Cádiz. ¿Habéis estado en las playas de Cádiz alguna vez? Yo soy de costa de toda la vida y, aun así, son otra historia. Las de Málaga son piscineras, de olas ausentes y tierra negra que traen los camiones del fondo para crear una orilla de la nada.  En Cádiz todo es tan amplio: la arena blanca cuando baja la marea, las olas largas, el océano al fondo. Siempre que me baño aquí me acuerdo de cuando iba con Erika al llegar a la ciudad, y las dos saltábamos las olas mientras ella exclamaba "¡qué juventud! ¡qué salud!".

Y pensé: joder, mi vida tiene tantísimas cosas buenas. Tengo un trabajo que me gusta, dinero para mis vicios, un bonito piso, una ciudad estupenda, tiempo libre, salud razonable. No debería pensar que son tres años de condena, sino tres años de estabilidad. Podría encontrar motivos para estar descontenta con cualquier otra opción. Me imaginaba en la India protestando por el calor o en Granada contando monedas para comprarme chopped. Nada es perfecto. Así que me propuse muy seriamente que iba a disfrutar de lo que tenía.

A partir de ahí, todo empezó a ir bien y no ha parado desde entonces. Con sus puntitos mejorables, como todo, pero este año ha sido así como feliz, con todas las letras. Hoy, veintinueve de abril de 2012, me siento en paz con la existencia. No quiero estar en ninguna otra parte ni haciendo otra cosa. No sé si fue por el cambio de actitud. Soy escéptica con esas cosas. ¿Realmente uno puede decidir ser positivo y fijarse en lo bueno y entonces le empezarán a pasar cosas estupendas? No sé. Creo que para entonces yo ya había hecho un buen trabajo previo y que estaba lista para eso. No sé si habría sido capaz en otras etapas de mi vida. También creo que tuve suerte.

A menudo me acuerdo de Pablo Aranda, un escritor malagueño que estudió en mi colegio y vino en mi graduación a darnos el discurso de despedida. Recuerdo el discurso como bastante desorganizado y rarillo, pero me gustó. Sobre todo, porque decía: "A menudo oiréis que la universidad es la mejor etapa de la vida, pero es mentira. O debería de serlo. Os esperan muchas cosas buenas en la vida, en la universidad y después. No dejéis que a partir de entonces todo vaya a peor".

Esta es la típica entrada que me da la impresión de haber escrito ya mil veces de distintas formas, aunque tengo la teoría de que los temas tienen sus razones para reaparecer. Igual que los sueños. Creo que estas últimas semanas estaba otra vez en una época rara, pensando en las carencias más que en las presencias y deseando que, como dijo una paciente el jueves en la unidad, alguien llegara a mi vida para darme mimitos. Pero de un tiempo a esta parte vuelvo a sentirme como hace un año: con capacidad de disfrutar, sin más. Siento que fluyo. Y sé que la felicidad es poco inspiradora. No pasa nada; ya vendrán tiempos duros y crisis nuevas y roturas de corazón, todo ello generador de desdicha literariamente fértil. Hoy voy a cerrar los ojos después de un gran domingo de lluvia, calma, roco y amigos y voy a revolcarme en esta suerte rara que tengo últimamente como un feliz cerdito rubio.