massobreloslunes

jueves, 17 de mayo de 2012

Esa delicada frontera entre la tristeza y la falta de sueño

¿Qué puedes escribir cuando estás triste? No te sale escribir cosas alegres, porque estás triste. Tus intentos de humor no te hacen gracia. Querrías contar que con la furgo tienes mucho menos peligro del que piensa el Kpot, que te llama "el Ángel de la Muerte", aunque el tema de aparcarla y/o moverla en espacios pequeños se te da regular. Que ayer te fuiste al Mercadona a comprar cosas pesadas sólo porque no tenías que llevarlas después a cuestas, y que después te pasaste diez minutos buscando la palanca para abrir el depósito de gasolina cuando el coche no tiene ninguna. Pero esas cosas, que en su momento te hicieron mucha gracia, ahora mismo te resultan forzadas y huecas porque tú en realidad sólo quieres dormir.

Así que piensas en contar lo que te lleva poniendo triste todo el día, pero a lo mejor no es tan buena idea. No tienes claro si va a ser mejor o peor. El caso es que en el curro han empezado a primera hora a hablar de recortes, y a ti te han dicho en cuánto se te queda tu sueldo base y te han dado ganas de llorar. Y no sólo porque te recorten el sueldo, que bueno, a las malas tienes un sueldo, de hambre no te mueres, tienes para vivir y para tus caprichitos. Es más bien porque encima es eso, que tienes que estar agradecida, cuando en realidad eres una mujer de veintisiete años con una licenciatura que sacó el puesto doce entre tres mil personas, que toma decisiones, asume responsabilidades y trabaja todo lo bien que puede.

El caso es que a media mañana te avisa el MIR para bajar a la despedida de los residentes de cuarto año. Tú ya has dicho muchas veces que el MIR es amor en estado puro, y tenerle rotando en la Unidad contigo es de lo mejor que te podía pasar. Porque él te ve, aunque a veces se ponga pesado con su "¿qué te pasa, PIR?" y tú tengas que explicarle que es sólo la hipoglucemia de las dos de la tarde. Porque conserva la calma en medio de la tormenta y el optimismo en medio del pesimismo. Así que bajáis los dos juntos por las escaleras, que a él no le gustan los ascensores y tú estás dispuesta a hacer el esfuerzo aunque prefieras ir en dirección ascendente. Te miras en el espejo. Vas supermona hoy, con unos vaqueros negro, una camiseta de tirantes de color coral y la bata remangada hasta los codos que te da un aspecto así como de profesional casual, de extra mal pagada de Anatomía de Grey.

Os sentáis en la primera fila del salón de actos. La ceremonia en sí pues nada, un rollo, o más bien un rollo si no formas parte de la ceremonia, ni conoces a los mires, ni nada. Estáis ahí para dar apoyo moral a la psiquiatra, que además ha ganado un áccesit a la mejor trayectoria y se merece vuestro aplauso. Cuchicheas con el MIR y le cuentas un chiste que acabas de inventarte: Va un hombre a urgencias y le dice al médico "oiga, que me duele el ojo", y el médico le contesta "porque tiene un cuerpo extraño", y el hombre dice "y usted una cara rara, pero no veo qué tiene que ver eso con el ojo". El MIR se ríe, no sé si por educación; a ti, personalmente, te parece un buen chiste.

Salen dos residentes a dar el discurso de despedida. El típico discurso jocoso. Van vestidos con batas rotas y manchadas, llevan cajas de cartón y colocan frente al atril unos carteles donde pone "limosna" y "dame un contratito". Hablan de la residencia, de las guardias, los adjuntos, las fiestas, los marrones, los amigos y, en fin, un poco todo lo que es esto. Tienen su gracia incluso para ti, que no los conoces y no eres médico, pero en realidad, mientras te ríes a ratos y toqueteas el móvil cuando te aburres, todo esto no deja de parecerte muy, muy triste. Porque ahí hay treinta o cuarenta personas que son buenos profesionales. Especialistas de área. Gente que ha tenido en sus manos la vida o la salud de otra gente, y que ahora están aquí haciendo bromas sobre cómo en breve se van a quedar sin trabajo. 

Así que bueno, te encoges de hombros y te preguntas cómo estará el asunto cuando acabes tú, dentro de dos años. "Vamos a tomarnos una coca cola", te dice el MIR, que está saliente de guardia y ha dormido cuatro horas. Os coláis en la cafetería, que es grande y luminosa,y pedís un par de coca colas light, la tuya con mucho hielo. Cómo te molan los extremos térmicos. Charláis de las cosas que os gustan de la Unidad y de las que no. El MIR entiende bien. Es un chico sensato y crítico sin cinismo. Esta mañana habéis visto un paciente juntos; le has pedido permiso para entrar con él porque atendiste al paciente en Urgencias la primera vez que vino y te interesa pero, sobre todo, porque te gusta pasar consulta con el MIR y observar su forma compasiva y atenta de escuchar.

"Nos están recortando la vida", dices tú. "No compares la vida con el dinero, PIR. Ni por un momento. El valor de la vida es incalculable". El MIR no es un tipo especialmente optimista: es realista, y cree de forma realista y sensata que encontraremos la forma de sobrevivir cuando terminemos la residencia. "Tú no te preocupes por eso. Nosotros valemos y seremos capaces de adaptarnos". Te encoges de hombros y piensas que ojalá que sí, pero que en cualquier caso a ratos te resulta difícil encontrar tu sitio en un sistema que parece no quererte. 

Lo que sí querrías es decirle al MIR lo muchísimo que te gusta tenerle cerca para que te recuerde las cosas importantes, y que él igual no lo sabe, pero su presencia tranquila y sólida en la Unidad te alegra las mañanas. No es que te quite la tristeza. El día transcurre a medias entre el cansancio físico y el agotamiento mental. Llegas, comes, sigues colocando cajas de la mudanza, te tumbas cinco minutos en la cama y cuando te quieres dar cuenta estás roncando suavito. Te acercas al roco, intentas colgarte, no te salen un par de pasos duros y tienes ganas de llorar como una idiota, no porque te importe un carajo hacer éste o aquel paso, sino porque quieres tener fuerzas para esto. No quieres que lo otro, lo feo, te quite fuerzas para lo que te gusta, para lo hermoso, que es trepar y es la roca además de muchísimas otras cosas. Pero bueno; te vas a casa, cenas arroz a la cubana acordándote de cuando te lo preparaba J. y procuras subir temprano a tu cuarto. Sólo es cansancio, y lo sabes. El cansancio nunca mató a nadie.

Buscas los puntos luminosos, buscas tema para el blog y piensas en el MIR, que es amor. Al final es lo que queda en todo esto, en toda esta crisis de mierda que nos tiene paralizados y asustados como ciervos iluminados por un faro muy pontente. Queda amor, queda esfuerzo, quedan personas lindas. Queda hacer chistes, como el del ojo o como uno que ha dicho esta mañana que si esto acaba en guerra, mandemos a luchar a los pensionistas y así nos los quitamos de encima. Que es un humor muy negro, lo sé, que tú para la risa siempre has sido oscura.

Y ahora te obligas a cerrar esto y a dormir por Dios Marina que no paras un puto segundo quieta. Y te das cuenta de que escribir lo ha vuelto a hacer. No arreglar nada. No ponerte contenta. Pero sí darte una entidad. Darle una forma a esto. Algo que se parece de forma sospechosa a un sentido.

domingo, 13 de mayo de 2012

El moreno con nombre de moreno

Moreno, tu nombre significa oscuro. Lo sabes, ¿no? Todos sabemos el significado de nuestro nombre, aunque sólo sea por los típicos llaveros que encuentra uno en los expositores de las tiendas de regalos. El mío significa "perteneciente o relativo al mar", por cierto; mira tú qué original. El caso es que no deja de tener cierta poesía que te llames así, y en eso pienso mientras me digo que hay que ver los morenos, que os carga el diablo, que no sé qué os dan para que esa piel aceitunada y esos ojos oscuros me perturben tanto. Te voy a contar una cosa, y te la voy a contar mientras te miro de reojo desde lejos, y mientras me presento porque nos han sentado en la misma mesa, y mientras hablamos del estilo rimbombante con que han escrito los nombres de los platos en el menú de la boda. Voy a contarte que hay muchas maneras de encontrarse con la gente. Charlando, leyendo, escribiendo. Muchas formas de contactar y muchas cosas que pueden tenerse en común; por eso te pregunto si escalas y me dices que sí, pero que hay otras cosas de la montaña que te gusta más hacer, y por eso me explicas que viviste unos meses en San Fernando y que Cádiz estaría mejor si no fuera por el viento. Pero sobre todo, moreno, te quiero explicar que la piel es un idioma por sí mismo, un idioma independiente con sus propias normas de ortografía y gramática, y esto lo pienso en cuanto me tocas como por casualidad el hombro descubierto cuando nos encontramos en la barra libre. Lo pienso cuando te pongo la mano sobre el brazo y cuando nos sentamos muslo con muslo y cuando, después de vacilarme un poco ("qué haces aquí sentada, podrías estar con cualquier otro") y sin saber muy bien con qué excusa nos estamos comiendo la boca y tú besas bien, mordiendo un poco, como a mí me gusta, abriendo la boca lo justo, llevando enseguida las manos a donde hay que llevarlas.

La piel, moreno, no entiende de horas ni de edades, no entiende de cuánto hace que nos conocemos o de todas esas cosas que podríamos o no tener en común, y cuando nos escapamos orilla abajo y se queda la música de la fiesta sonando al fondo estamos suspendidos en una franja horaria que no pertenece a ningún huso. La piel no sabe que seguramente no vamos a volver a vernos porque tú te vas en unas horas y yo en unos días, ni que yo a veces soy un desastre y tú tendrás tus neuras que no conozco; ahora mismo sólo entiende de cremalleras que se bajan, vestidos que se suben y labios y mordiscos y dedos y arañazos precipitados uno sobre otro con una urgencia que es difícil explicarse. La piel es piel y no hay que darle más vueltas a eso, y le importan cosas como lo bien que hueles y lo bien que sabes; mejor, incluso, que los platos complicados del menú de la cena. Y no sé qué va a pasar mañana, cuando volvamos al mundo de las palabras y de la resaca y de dormir tres horas y de joder yo no quiero ir a ver a mi abuela con este sol y este mal cuerpo que tengo, pero ya se verá. Sé, como ya te he explicado, que lo que hablamos esta noche, en este momento, es el idioma de la piel, que está al margen de cualquier otra cosa.

Y ese idioma, moreno, resulta que lo hablas la mar de bien.

miércoles, 9 de mayo de 2012

Últimos minutos de mis veintiséis años (emoción, emoción)

Hoy ha entrado el calor de forma brusca y salvaje: un levante del Averno que ha tenido al Kpot protestando toda la tarde mientras íbamos, sucesivamente, a tomar café, a entrenar y a recoger las llaves de la casa nueva. Era para vernos a los dos saludando a los propietarios con las manos llenas de magnesio y colocando como primer adorno una chorrera rota de la Chamán encima de la tele. Este calor repentino le ha dado a todo un aire de cambio: de clima revuelto, épocas nuevas, oportunidades recién estrenadas.

No sé muy bien qué escribir. Los veintiséis han sido tan geniales. Es como si hubiera tenido veintiséis dos años seguidos, de lo que me han cundido. Me sentía como si fuera a quedarme siempre en esta edad. Y no sé qué escribir precisamente por eso. Porque estoy muy contenta, y la felicidad mola pero no inspira. 

Soy más feliz y más fuerte que hace un año. Está mejor mi piel, están mejor mis bíceps. Puedo hacer tres dominadas seguidas en la barra, tres, sin apoyarme en el suelo, sin que nadie me ayude un poquito a subir. Me están saliendo arrugas, pero son de reírme, y pecas, pero son de sol. Y aunque no tengo novio, en mi vida hay un montón de amor. 

Hace escasamente media hora he pulsado el ratón del portátil para hacer una transferencia al notas que me va a vender la furgo. Acabo de comprarme un coche, señores. Esas cosas que nunca pensé que sucederían están sucediendo: la vida te va pasando, quieras o no. Y de verdad, de verdad que hace un año, mientras le pedía a Fede Comín que me firmara su disco y me iba en metro a casa de Luna pensando que echaba de menos algo y no sabía bien qué, no podía imaginar lo que iba a ser mi vida justo un año después. 

Así que bueno, no voy a decir mucho más. No quiero hacer balance. Todos sabéis qué me ha pasado este año, que por algo llevo doce meses contándolo a tiempo real. La escalada, la escritura, los amigos, el amor, el desamor. Ha sido un buen año. Ahora estoy a punto de entrar en el 10 de mayo de 2012, en mi cumpleaños número 27, en la vigésimo séptima vuelta que le doy al sol montada en este planeta tan raro. Voy a disfrutar mucho de mi día. Me gusta porque me lo paso entero esperando que la vida me sorprenda, aunque sólo sea en forma de felicitación inesperada o de regalo bonito.

A lo mejor ahí está el truco. El de la felicidad, digo. En vivir todos los días como si fuera tu cumpleaños: sabiendo que son únicos, que son especiales. Manteniendo todo el rato un ánimo curioso y atento, confiando todo el rato en la capacidad de la vida para sorprenderte. Porque te sorprende, seguro. Quieras o no. Si hay algo que he aprendido este año, es eso.

(Así que, como en la foto, chapo este seguro y sigo escalando sin mirar atrás)

martes, 8 de mayo de 2012

Trastos (o tiestos, como dicen aquí en Cádiz)

Me cuesta escribir en mi casa a medio mudar, como si todos estos trastos revueltos por el salón me quitaran hasta cierto punto la sensación de arraigo. ¿Qué es la vida? Un frenesí. Llevo toda la semana en un puro estado de nervios. Por las mañanas me recoge el MIR en su Harley y nos vamos juntos al hospital. Me gusta empezar así los días: detrás de la espalda ancha y tranquila del MIR y de su cazadora de cuero. Cruzamos las carreteras de Puerto Real al sol, en mitad de los campos, y parece una de estas pelis europeas en las que todo brilla mucho y parejas guapas de americanos conducen motos alquiladas por caminos rurales. Como os decía, el MIR me recoge y yo tengo que esforzarme por decirle a mi cabeza que pare. Que pare de planear, de encajar horarios, de combinar el trabajo, la mudanza, la sesión clínica, mi cumpleaños, la boda de Erika, los entrenamientos del roco, las altas de mis pacientes y mi sueño fragmentado.

Recojo mis trastos de casa y me parece increíble haber acumulado tantas cosas en dos años. Si mi padre y yo lo trajimos todo en un solo porte, ¿cómo me he apañado para tener ahora la casa llena de cajas y que aún me quede por recoger la mitad? No sé si lo que uno acumula es proporcional al espacio del que dispone para guardarlo; lo curioso es que mi casa es pequeña. J. me dijo que la primera vez que vivió solo le inquietaba que todas aquellas cosas fueran suyas y de nadie más. A mí tener tantos objetos me da una sensación rara de estar ocupando más sitio en el planeta del que me corresponde, como cuando en el autobús coloco el bolso en el asiento de al lado y me siento culpable aunque esté todo vacío.

Hace unos años J. y yo conocimos a una señora que venía con nosotros al taller de escritura. Era una de estas mujeres de edad indefinida, soltera independiente, esforzada en no arreglarse y mezcla entre intelectual y alternativa. De las que lee a Cortázar comiendo pan de higo ecológico. Nos fuimos con ella de viaje a la Alpujarra y lo pasamos bien visitando los reductos hippies escondidos en los pueblos. Luego nos invitó a cenar en su casa del Albayzín, que estaba de reformas. No sé lo que imaginábamos J. y yo que sería su casa, pero seguro que algo coqueto, recogido, con jarapas de colores en el suelo y lamparitas de cristales adornando los rincones. Cuando llegamos, encontramos una casa vieja donde habitaciones de suelo torcido se enganchaban de forma absurda unas con otras. Las paredes estaban cubiertas de estanterías llenas de libros antiguos, revistas atrasadas, apuntes, adornos feos. Una amenaza de Síndrome de Diógenes flotaba en el ambiente.

También conocí a un chico que tenía la casa tan ordenada que daba miedo. Tenía los diez libros de Mafalda (punto a su favor) apilados en dos columnas alineadas de cinco y cinco ejemplares (punto en su contra). Su congelador estaba lleno de bandejas de pollo del mismo tamaño amontonadas una junto a otra, y cenaba la misma cantidad de pollo cocinada de la misma manera todos los días. Sólo pasé una noche allí, pero todavía me estremece recordar la soledad desgarradora que espiraba aquella casa.

Nos relacionamos con las personas y también con los objetos. Intentamos ordenar de alguna forma este caos colorido que nos rodea. Al principio de "Mi vida sin mi", la protagonista dice algo como que las tiendas, los supermercados, los centros comerciales y, en general, la forma en que tenemos organizado el mundo, no son más que un intento de olvidar que un día vamos a morirnos. A mí me gustan casi todos mis trastos, y a pesar de mi voluntad firme de simplificar y deshacerme de cosas he descubierto que no tengo tanto que no me sirva. Es preocupante que estos cincuenta y pocos kilos de niña tengan que arrastrar tantas cosas por las casas de Cádiz, y espero no ir camino de la acumulación indiscriminada de nuestra amiga de Granada. Aunque, por otra parte, prefiero terminar así (un poco chalada, en una casa vieja, rodeada de papeles arrugados) a apilar en mi frigorífico un montón de bandejas congeladas de pollo.

lunes, 7 de mayo de 2012

Slightly overwhelmed

Queridines:

Pensaba escribir algo hoy sobre la mudanza. Algo intenso y profundo que elevara vuestros corazones de lunes. Pero llevo un día de lo más estresante. La Unidad parece una mezcla entre Alcatraz y el camarote de los hermanos Marx; los niveles de locura son elevados incluso para los que vamos teniendo tolerancia. La mudanza, por otra parte, va fatal; confío en que el jueves me dé un ataque de inspiración y sea capaz de meterlo todo en el coche.

En cuanto a mis reflexiones sobre el tema... bah, ya las imaginaréis. Blablabla el paso del tiempo, blablabla recuerdo cuando llegué aquí hace dos años y no conocía el barrio y pensaba "cuándo conoceré el barrio" y ahora ya lo conozco y las dependientas me saludan, y hay que ver los buenos ratos que he pasado yo en chanclas por la Viña. Blablabla por qué me voy si estoy bien, qué es lo que busco, hacia dónde va mi vida, lloro por dentro pero la soledad no es mejor que la buena compañía, y todo esto me recuerda a Granada y a mis pacientes y por supuesto a J.

Más o menos eso escribiría si tuviera tiempo, ganas y menos cansancio. Así que no os perdéis mucho.

Ya en serio: todo va bien. Estoy contenta. El jueves cumplo veintisiete y no tengo ni un poco de crisis. Me parece un bonito número y me gusta ser mayor, aunque me preocupa que después de millones de años con acné ahora resulta que me han salido unas arrugas debajo de los ojos que parezco Nosferatu. Pero bueno.

Se os quiere.

viernes, 4 de mayo de 2012

Preocupante pesimismo de viernes

Una unidad de agudos, en realidad, es igual que en las pelis. Los pacientes paseando con la mirada ida, los mutistas, los agresivos, los maniacos. Uno que canturrea solo, otra que se desmaya de histerismo en medio del pasillo, otro que necesita correr en calcetines por las noches porque si no, no puede dormir. Los contenidos, amarrados a sus camas y gritando "¡Dejadme salir! ¡Yo no estoy loco!". Los que bajan por las mañanas a que les den terapia electroconvulsiva. Y, aun así, tú te acostumbras a eso, entras, sales, saludas, sonríes, intentas trabajar y te tomas tus yogures a media mañana. Como en todos lados, hay momentos aburridos, y también días desesperantes en los que te harías una camiseta que pusiera "no te voy a dar el alta hoy por mucho que te empeñes" o "no, aquí no se puede fumar".

Otros días, sin embargo, la realidad te atrapa y te sobrecoge, y tú no puedes más que asistir boquiabierto y asombrado a las muchas maneras de sufrir que tiene la gente. Y yo hoy me he reído y casi he llorado también cuando después de su entrevista la pequeñita se resistía a marcharse del despacho, y nos miraba a los ojos, y nos preguntaba si íbamos a acordarnos después de ella... y antes de cerrar la puerta me ha dicho adiós con la mano, así enfundada en su bata naranja, y el psicólogo me ha mirado y me ha dicho "qué ganas tiene de establecer un vínculo, ¿verdad?". Y yo me he tenido que morder los labios para no llorar.

Porque en una unidad de agudos uno puede ver de verdad que la soledad y el abandono taran a la gente, y que algunas familias, algunos entornos, convierten a ciertos seres sensibles en carne de cañón. Buceas por las historias de pacientes antiguos y ves ingresos y más ingresos y salidas y otros ingresos, listas y listas de fármacos, diagnósticos, entrevistas. Todas las veces que alguien se ha sentado delante de ese paciente y le ha preguntado "a ver, qué te pasa", y tú como profesional lo haces con la mejor intención, claro, pero no puedes obviar la realidad de que después te vas a tu casa y tus pacientes se quedan solos. También la pequeñita. A mí de verdad que a ratos me estruja el corazón pensar que ahora estoy aquí en mi casa y que ellos están tumbados en las habitaciones azules de la planta, con esos pijamas tan horrorosos que les dan, en medio de su angustia o de su pena. Esa angustia psicótica tan solitaria, esa certeza de que el mundo es raro y tú no entiendes las cosas y hay mucha gente que quiere hacerte daño sin que sepas por qué. Que en realidad no se diferencia de la angustia de cualquiera más que en una cuestión de grado.

Abro el google y no sé por qué mierda pero me salta siempre con publicidad de periódicos que no quiero leer y estúpidos artículos de suplemento para mujeres. Ventajas de ser soltera, se titula uno: anímate, la soltería está de moda. Sustitutos para el sexo, se llama otro, verídico, y menciona el chocolate, el deporte y la danza del vientre. Yo me cabreo porque no es esa la solución. Porque todos necesitamos vincularnos hasta el punto de terminar haciéndonos los remolones para salir del despacho del psiquiatra que nos trata. Necesitamos amor de una forma enorme e indescriptible, y no es malo, no es nada malo, es completamente normal, y la solución no es atiborrarse de chocolate mientras se piensa en lo genial que es ser independiente. No sé cuál es la solución, pero estoy harta de solterismo irracional y también de familias taradas. Los humanos venimos mal hecho, faltos de equipamiento, incapaces para el vivir, y al final los que pagan el pato son mis queridos renglones torcidos de Dios, que vagan por los dispositivos de salud mental preguntándose qué les está pasando.

Esta tarde tenía muchas cosas que hacer y al final me he escaqueado de la mitad. Porque ha sido una mañana dura, aunque bonita, aunque dura, y necesitaba descansar de ella. Todavía no sé si quiero seguir toda la vida en esto. Me enseña cosas, está claro, seguramente las cosas más importantes que puede aprender uno, y a veces pienso que tiene la culpa de que se me esté poniendo esta cara de adulta que apenas reconozco. Pero a veces me pregunto si el precio que tengo que pagar por aprenderlas no puede llegar a ser demasiado alto.

lunes, 30 de abril de 2012

Más sobre la crisis

En mi escala del dormir, que últimamente va del medio qué al fatal, anoche dormí muy pero muy fatal. Como un bebé: me despertaba llorando cada dos horas. Lo del llorar es un decir, pero sí que me removía en la cama mientras me quejaba bajito de lo mucho que me dolía el cuerpo. Ascazo de sueño fragmentado.

Esto, unido a que hoy me gusta ser mujer, ha hecho que llegue al trabajo en un estado entre agotado y perplejo. Las dos primeras horas de mi curro te las puedes pasar en modo zombi: primero se da el cambio de guardia, luego se desayuna con calma y después es la reunión con enfermería, algo así como el resumen diario del Gran Hermano, donde te cuentan cosas como "Fulanito amenaza a un auxiliar con un cepillo de dientes" o "Menganito se queja de estreñimiento, por lo que se le proporciona un laxante, que es efectivo".

El tema es que cuando una tiene la mañana poco inspirada parece que los demás se lo huelen. Así que una adjunta se ha pasado todo el desayuno intentando hablar conmigo de la crisis, que es un tema que me aberra hasta la estratosfera. Me agobio, me siento impotente e indefensa y empiezo a pensar que no tengo futuro y que tendré que alimentarme de patatas con tomate frito el resto de mi vida. Y creedme: cuando una ha aprendido tanto sobre el omega 3 como yo en el último año, la perspectiva es bastante chunga.

Me gustaría hablar de la crisis si supiera qué puedo hacer yo para ayudar a solucionarla, más de lo que hago ahora mismo (trabajar, pagar mis impuestos, intentar que mis pacientes mejoren para que a su vez puedan trabajar y pagar sus impuestos). Yo soy de tipo proactivo. Si tengo un problema, busco soluciones  y las pongo en práctica. Más o menos. Esto de que me recorten la vida desde un estrado sin saber cómo decir esta boca es mía me agobia tela.

Sin embargo, a nivel individual y pequeñito me estoy replanteando algunas cosas. Querría aprovechar la situación para reubicar mis prioridades. A ratos me parece que lo que estamos haciendo en esta crisis es intentar vivir de la forma más parecida posible a como vivíamos antes, agachando la cabeza, aguantando el tirón y rezando para que de alguna manera esto se recupere. Cuando a lo mejor lo de antes no era lo deseable. Lo de comprar y tirar y comprar y tirar, y pedir créditos para seguir comprando, y construir y comprar y vender y seguir comprando. A lo mejor no era lo más feliz del mundo.

La gente se queja del precio de la gasolina y, sin embargo, si uno mira los coches que cruzan la Avenida por la mañana la mayoría va con una sola persona al volante. A mí me gustaría que de esta crisis saliera una voluntad por, por ejemplo, coordinarse con los compañeros para compartir gastos al ir al trabajo. Pero ya sabéis: depender de otros, tener que esperar o que te esperen, ¡ponerse de acuerdo! Dónde vas a parar. Mejor decido a qué hora pongo yo en marcha mis nosecuántas toneladas de metal quemapetróleo para dirigirme al curro. Y como eso un poco todo.

Yo últimamente intento simplificar y ser austera en el buen sentido. Pensar bien lo que compro y para qué lo compro. No por ahorrar, que también, sino porque ese efecto Corte Inglés del consumismo capitalista de que existe un objeto para cada una de nuestras necesidades me parece perverso. Intento ejercitarme en necesitar poco, quizá también porque me tranquiliza pensar que es mucho lo que pueden quitarme antes de empezar a afectarme de verdad. Por otra parte, me da rabia la sensación que os comentaba hace un tiempo de que todo esto no es culpa mía y que estoy pagando las consecuencias, y que en cualquier caso yo las estoy pagando baratas mientras otros las pasan putas de verdad.

Qué sé yo. Procuro ver las cosas no ya por el lado bueno, sino por el lado didáctico. A ver si aprendo algo. Desde que mi economía personal se fue parcialmente al carajo hace unas semanas, mi coco está más limpio. He dejado de hacer malabares con mis ahorros porque ya no tengo ahorros. Me voy a compartir piso y, por el camino, me pienso limpiar de algunos lujos físicos y mentales a los que me estaba acostumbrando demasiado. No quiero ser una individualista maniática y autocomplaciente. Me apetece más charlar mientras ceno con alguien.

Y mientras todo esto pasa, o no, yo sigo dándole vueltas a cómo quiero vivir mi vida en un futuro. Y me gusta imaginármela incluso más simple que esto. En contacto con la naturaleza, cerca del silencio, ocupada de cosas sencillas y más o menos reales. Por otra parte, me gustan mis locos y mis cosas. En fin. Quién sabe hacia dónde nos lleva este barco colectivo y raro de la existencia humana.

(Nota: yo sé que mis reflexiones socioeconómicas son bastante cutres, pero es a lo más que llego. Y porque me obligan, que yo por mí entraba en modo avestruz y no salía más que para escalar)