massobreloslunes

viernes, 12 de octubre de 2012

La escena del crimen

Imaginad que me muero ahora. Como he muerto, no me presento mañana a las nueve y cuarto en la gasolinera de Cortadura para ir al encuentro de escaladoras que se celebra este puente en el Chorro. Mis amigos piensan que me he retrasado y esperan, después me acosan a whassaps, luego me llaman y, por último, se preocupan. Tardan un poco en averiguar donde vivo, y cuando la policía echa abajo la puerta de mi casa me encuentran ahí. Muerta, probablemente porque me atraganté con una nuez y no había nadie cerca para hacerme la maniobra de Heimlich. Que nadie pueda salvarme si me atraganto es una de las cosas que más me putea de vivir sola, junto con no poder llamar a mi móvil para que suene cuando no lo encuentro.

Como decía, estoy aquí muerta como una capulla y la policía científica acude para asegurar que me morí de muerte natural y que no vino nadie a meterme por la fuerza la nuez en la tráquea. ¿Qué verán cuando investiguen el piso?

Verán un piso que hoy, concretamente, está hecho un desastre. Sobre la vitrocerámica hay un brownie recién hecho que pretendo llevarme al Chorro, sólo porque cocinar pastel, comer masa cruda con los dedos y el olor a chocolate saliendo del horno, me dan sensación de hogar y me permiten sentir que estoy cuidando a alguien. No sabrán que ni siquiera he cocinado comida normal para mañana, y que llevo toda la tarde eludiendo preparar algo parecido a un equipaje de forma seria.

Verán la guitarra tumbada encima del sofá, con el mástil apoyado en la almohada donde me he echado una siesta relámpago. Se imaginarán que yo las siestas me las echo en el sofá por principio, y se preguntarán qué habré tocado con esa guitarra antes de encontrarme con mi destino trágico de atragantada. Si trastean el historial del ordenador, se enterarán de que he estado otra vez perpetrando Zahara y algo de Vetusta Morla al auditorio mudo de mi ventana abierta.

Verán los tapones de los oídos junto al ordenador, pero no creo que lo relacionen con la lavadora todavía puesta, y con que no soporto el ruido del centrifugado. Verán el bloc abierto encima del microondas y la foto que he copiado en estos dos días: el perfil de un amigo de la roquipandi asegurando a otro, mirando al cielo con la cuerda atravesando el plano. Quizá piensen que el dibujo no está mal: no sabrán lo descontenta que estoy con las proporciones del cráneo y lo mala que me ha parecido a posteriori la idea de utilizar un lápiz 2b para la cara y un 4b para el pelo.

Verán los tiestos de la furgo amontonados en la entrada, e ignorarán que me he apañado para dejar otra vez para el final el equipaje del finde. Que por mucho que me embargue la emoción cada vez que lleno las mochilas antes de salir hacia la roca, sigo aplazando los preparativos hasta que no tengo más remedio. Verán los platos sucios en el fregadero y sentirán un poco de lástima: quizá anticipen el Síndrome de Diógenes que pienso padecer cuando me haga vieja y tenga que vivir sola y rodeada de gatos.

No verán que hoy ha sido un día raro pero bueno, de biorritmos trastocados y estado de ánimo cambiante. Que ha empezado conmigo arrastrándome penosa por el hospital, pensando que Hoy De Verdad Que No Quiero Trabajar, y ha ido mejorando hasta encontrarme esta tarde sentada en el suelo de una librería, fisgando en las baldas de abajo y preguntándome por qué tengo tantas manías absurdas en lo que se refiere a los libros. Que hoy he cantado Shakira dentro del coche, como si mis ventanas fueran espejos unidireccionales y los peatones que cruzaban el paso de cebra no pudieran mirarme con preocupación. Que a lo mejor estoy mucho más cerca de ingresar en Agudos de lo que piensan.

Sabrían mucho de mí los polis que me encontraran y, al mismo tiempo, ignorarían mucho. Qué curiosos icebergs somos las personas. Cómo flotamos en el espacio del mundo enseñando sólo la octava parte de lo que sabemos, sumergiendo lo demás en una intimidad gélida, sacándolo a veces a flote (siempre con esfuerzo, siempre sabiendo que volveremos a hundirnos) para creer durante un rato que no estamos solos.

miércoles, 10 de octubre de 2012

Un post me manda hacer Violante

La escritura es una herramienta muy buena, me dice Anxo mientras volvemos en coche de Vejer, poco antes de dejarme en la rotonda cercana a mi casa. Asiento con energía y digo algo como que la escritura es de lo mejor que tengo ahora. Me tengo que marchar ya y, por otra parte, llevamos todo el día intercambiando información, así que ya está bien. Mientras camino hacia casa, sin embargo, me pregunto si le habrá quedado claro del todo lo importante que escribir es para mí.

Llego a casa y me tumbo en el sofá. Hoy estoy cansada. Ha sido un día agotador. Uno de estos días en los que ves a gente, les escuchas y piensas: a mí se me escapan cosas, a mí me faltan cosas, yo como psicóloga hago aguas por todos lados. No me caben tantas historias en el coco. A veces me siento como si fuera un recipiente enorme de secretos ajenos, y pienso que como siga destinando a cada historia una cantidad tan generosa de empatía, me voy a quedar seca. Hoy he tratado de mirar a los pacientes con ojos de dibujante. Leí hace poco que cuando dibujas, todo el mundo te parece guapo. A mi eso me empezó a pasar hace ya tiempo, cuando Erika me reveló su concepto de hermosura y yo empecé a mirar a con ojos más amables. Hoy, sin embargo, es verdad que mientras mido proporciones de orejas y observo los juegos de luces y sombras, pienso que la gente no  es nada fea.

Como os decía, me tumbo en el sofá y duro allí concretamente diez minutos. Enseguida me obligo a coger la bicicleta. Va, Marina, que luego te alegras. Venga, que tu cuerpo necesita moverse ahora para poder descansar luego. Empiezo a rodar tan despacio que parezco discapacitada. Luego me voy animando y acabo haciendo sprints con entusiasmo y cierto miedo a salir volando en una curva. Las marismas son lo mejor que le ha pasado a mi vida deportiva desde la escalada. Los niveles de pereza para salir a pedalear por allí son cero: es tan llano, tan tranquilo, tan de no pensar. Me paro en un recodo a hacer dominadas en unas barras de madera y compruebo con vergüenza que mi máximo ha descendido de mis gloriosas seis este verano a unas patéticas y esforzadas dos. He de volver a entrenar.

Después de cenar algo, me siento frente al ordenador. Mi plan es ventilar el post del día y dibujar un rato. Antes de ayer imprimí unas cuantas fotos a tamaño folio y pretendo aprender a dibujar caras. Con conocidos es más complicado que con fotos de revistas, porque de los conocidos sabes más y no puedes mentirte. O se parece o no se parece. Y cuando consigues que se parezca, es mágico: analizo la longitud de las cejas, la curvatura de los labios y las proporciones y me pregunto qué milímetro de raya a lápiz ha hecho que la persona en mi dibujo sea mi colega y no cualquier tipo anónimo.

Esa es mi intención, ya os digo, y de repente me encuentro otra vez en uno de esos bucles en los que lo que escribo me parece una mierda y lo tengo que borrar sesenta veces, y mientras más tiempo pasa más cansada estoy, y mientras más cansada estoy menos disfruto de lo que escribo y menos me gusta. Al final me alejo del ordenador. Pongo algo de música. Me siento en el sofá mirando anonadada al frente, repasando todos los temas que se me han ocurrido a lo largo del día y que en su momento me parecían buenos. Saco mi libreta roja del bolso y la ojeo, a ver si por un casual apunté alguna brillantez hace un tiempo y la puedo rescatar ahora. En una página he escrito "Horror vacui" en letras grandes, y debajo un monigote se aprieta la cara como El Grito de Munch, o como el niño de Solo en Casa, si me apuras. El Horror Vacui no me inspira, así que me pongo a fregar los platos.

Y mientras estoy ahí, frotando la vajilla por vez número cincuenta millones desde que me hice adulta, pienso que sí, que escribir mola, pero que a veces es una puta maldición. Porque yo soy polivalente, como mi bici, y hay muchas cosas que disfruto y que me enriquecen. La escalada, la bici, nadar, dibujar, relajarme, ver pacientes, reírme, las buenas pelis y un larguísimo etcétera que más o menos os va sonando. Pero tengo la intuición de que en lo profundo de mí soy una escritora. A veces ni siquiera sé qué significa eso, porque, total: todo el mundo escribe, ¿no? Todo el mundo usa las palabras. Tampoco es tan mágico. De un tiempo a esta parte, ni siquiera tengo claro que evolucione. Me voy a embarcar otra vez en el NaNoWriMo e intuyo que voy a fracasar otra vez, y bueno, a lo mejor nunca jamás se materializa mi novela y se me queda todo en estos post que más o menos domino.

El caso es que todo eso da igual, porque soy escritora, vamos a admitirlo. Entonces, cuando no estoy escribiendo no es que no sea feliz, pero es como que no estoy cumpliendo con mi misión en la tierra. Igual esto suena muy dramático o igual es una gilipollez. "A quien Dios le da un talento, también le da un deber", le dicen en un momento de la peli al protagonista de Shine. La frase me resonó desde pequeña. Tengo el deber de escribir, he pensado siempre. De un tiempo a esta parte, no obstante, ya no es deber. Es la adicción a cumplir con la única actividad que nunca, nunca me ha hecho pensar que estoy perdiendo el tiempo. Lo único que, cuando la cosa se da bien, no me hace desear nunca estar en otro lugar.

Y aquí me encuentro, que al estilo del soneto aquel de Lope de Vega que se autoexplicaba, ya estoy casi al final de otro post más. La alquimia se ha repetido, he llegado al otro lado y estoy contenta. Sé que habrá que seguir, que mañana me encontraré otra vez en el mismo aprieto. Me mesaré los cabellos y me crujirán los dientes, meteré el dedo en el tarro de miel para consolarme y daré vueltas por páginas ajenas buscando inspiración. Al final saldrá algo. Siempre sale. Y, para variar, como de puro optimista a veces parezco idiota, terminaré alegrándome de mi talento, mi deber y todas estas tonterías que me explico para acabar decidiendo que escribir me gusta, sí, y bastante.

martes, 9 de octubre de 2012

Me desvanezco de sueño, así que sólo algunos datos provisionales sobre la encuesta para lectores.

1) Ya van 42 respuestas (¡¡gracias!!). Es decir, que quedan ocho incautos por convencer para que escriba un libro este noviembre. Animad a conocidos y amigos, a ver si sale algo.

2) Normal que no tenga novio, si de esos 42 lectores sólo 8 son hombres. ¡¡Así no llegamos a ninguna parte, gente!!

3) Por otro lado, un 30% de mis lectores piensan que me quejo demasiado por no tener novio, así que voy a intentar ocultar mi profunda y desesperada necesidad de afecto un poco mejor.

[En esa misma línea de pensamiento, os comunico que esta noche he soñado que tenía un perro. ¡¡¡No un novio!!! ¡¡¡Un perro!!! Ni mi subconsciente piensa que vaya a conseguir una pareja JAMÁS]

4) Os gusta tela la psicología y la autoayuda, lo que me motiva para retomar Psicosupervivencia. A ver si me animo a ello.

5) Sin embargo, el libro ganador, de momento, es una novela, que según la mayoría de lectores debería vender a un precio digno, porque peores cosas y más caras se ven por ahí. Os agradezco vuestra valoración de mi trabajo (insertar besitos).

Gracias de nuevo a todos. La encuesta no deja de ser un enorme y colectivo masaje a mi ego, pero es cierto que eso se necesita de cuando en cuando. Creo que a todos nos gusta una palmadita en la espalda después del esfuerzo y, aunque parezca que no, yo me esfuerzo mucho. Pero de buen rollo, que ya sabéis que me gusta.

Hale, a dormir. Muchos besitos. Shmuak, shmuak.

lunes, 8 de octubre de 2012

Dibujar y mirar

Saber pintar es saber decir las cosas. Es una frase de un cuento infantil: Julieta y la caja de colores. Como frase es bonita, pienso cuando la leo, pero no tengo claro que sea cierto. Saber pintar es saber mirar las cosas.

Estoy dibujando últimamente, ya os lo dije. Ahora mismo es la actividad que más me relaja. Se supone que si uno dibuja con toda su atención, el hemisferio izquierdo, el verbal, no tiene más remedio que callarse, y el derecho, que es visual y creativo, campa a sus anchas por la página en blanco.

No debes dibujar las cosas como crees que son, sino como son, me decía J. cuando íbamos lápiz en mano a las plazas del Albayzín. El problema es que desde pequeños hemos generado un sistema de símbolos para los objetos que nos rodean. Simplificamos, y cuando tenemos que copiar la realidad acudimos al primitivo sistema que utilizábamos cuando éramos pequeños. La cabeza es un redondel, los ojos están arriba, la nariz es un triángulo. Es necesario aprender a mirar de nuevo y darse cuenta de que los ojos quedan en mitad de la cabeza, que el cuello es más ancho de lo que pensábamos, que los ojos no son dos almendritas separadas en los extremos de la frente.

Dibujar es saber mirar las cosas, y curiosamente me acuerdo también de J. y de cuando fuimos a visitar iglesias románicas en el Valle de Liébana. Yo observaba las pinturas planas, la representación infantil de las personas, la ausencia de perspectiva, y me preguntaba si aquella gente no sabía mirar el mundo bien. Si realmente veían así la realidad y no se les había ocurrido algo tan sencillo como copiar sus líneas con toda la exactitud posible para intentar representarla de forma ajustada.

Yo dibujo, y mientras dibujo intento olvidarme de cómo pienso que es el mundo. Es una buena lección para la vida. La realidad no es como te gustaría que fuera. Dibujo personas y retratos, y después me entero de que es la mejor forma de empezar. A la mayoría de la gente las personas le resulta lo más difícil, el modelo que plantea un mayor desafío, así que si uno es capaz de dibujar personas, después se atreverá con cualquier cosa. Las áreas visuales del cerebro están engranadas con una precisión que asusta. Es fácil desconcertarlas: una línea un poco más larga o más oscura de lo que debería, o colocada unos milímetros más a la izquierda, y nuestro cerebro sabe que algo va mal, aunque al principio no sepa definir bien qué.

Disfruto de este ejercicio de observación atenta y del vacío repentino que se crea en mi cabeza. Recuerdo también las tardes del taller que hice en Granada, cuando me sentaba en un rincón de una plaza y pasaba tres horas seguidas sin levantar la cabeza del papel. Aquellas tardes, las tardes dibujando, fueron pocas pero extrañamente felices. Yo iba Reyes Católicos arriba con la carpeta tamaño A3 atravesada sobre mi espalda y después simplemente dibujaba. No recuerdo a ninguno de mis compañeros de taller: ni sus nombres, ni sus caras, ni lo que hacían. Sólo a la profesora, que se llamaba Alhambra, como la Alhambra, y a mí encontrando un placer desconcertante en callar al siempre hiperactivo caudal de mi cabeza.

Encuentro un tutorial sobre dibujo de retratos en Internet. Me llama la atención que diga muchas de las cosas que yo ya había pensado: que dibujar es más una facultad de la vista que de la mano, y que si uno lo intenta lo suficiente, después esa capacidad de mirar sin juicio se puede trasladar a lo que nos rodea. Intento ser dibujante cuando no dibujo: me miro en el espejo y, por una vez, dejo que se marchen las ideas preconcebidas que tengo sobre mí misma. Siempre he pensado que tenía los ojos de mi padre. ¿Cómo son los ojos de mi padre? Con las pestañas cortitas y claras, los párpados más bien estrechos, la mirada viva. La sonrisa de mi madre: una sonrisa horizontal de la que J. se reía siempre, porque la parte superior de los labios no termina de curvarse. La proporción entre el cuello y los hombros, entre la cadera y la cintura. Tomo nota de un ejercicio que consiste en dibujar un autorretrato mirándose en un espejo, y aunque creo que me queda mucho para estar preparada para eso, sé que sería interesante en algún momento del futuro.

Como siempre, pienso que aprender es la mitad de la felicidad. Aprender cosas nuevas y alejadas de la imagen de nosotros que siempre hemos tenido. Nada de salsa, percusión o esas habilidades relativamente sencillas de taller de fin de semana. Apunta alto. Aprende ballet, violín, pintura al óleo. Aprende algo para lo que pensabas que no servías en absoluto.


Es lunes y estoy contenta. Y para seguir el resto de la semana con el mismo buen pie, me voy a dormir antes de que se me haga demasiado tarde, no sin antes enseñaros mi última obra.


viernes, 5 de octubre de 2012

Ideal lifestyle

Quiero pasear por la playa por las mañanas. O nadar en la piscina, o entrenar; quiero hacer deporte por la mañana.

Quiero pasar una gran parte del tiempo al aire libre. Que mi despacho tenga ventanas al exterior. Poder tomar el sol un rato a lo largo de la mañana.

Quiero parar para comer cuando tenga hambre.

Quiero poder permitirme hacer parte de mi trabajo gratis. Quiero que me paguen bien por el resto.

Si acabo como psicóloga, querría poder trabajar con mi pareja. Me gustaría que también fuera psicólogo y poder pensar juntos a nuestros pacientes.

Si termino como escritora, espero no terminar con un escritor. Habría sangre.

Quiero tener jardín/ huerto y a) un maromo que lo cuide o b) suficiente dinero como para que alguien lo cuide. No sirvo para cuidar un jardín/ huerto. Lo sentimos.

Quiero libertad para coger vacaciones o días libres. No necesariamente muchos, pero sí cuando y como yo quiera. 

Quiero viajar.

Quiero volverme más fuerte, más ágil y más resistente para poder disfrutar de la naturaleza.

Quiero que alguien me limpie la casa. Tampoco sirvo para mantener una casa limpia.

Quiero mejorar tocando el piano y aprender algún otro instrumento.

Quiero vivir en un país extranjero y aprender el idioma.

Quiero una furgo más grande. En algún momento.

No quiero necesariamente niños. Son una opción, sí, pero una opción que engulle una cantidad de tiempo preocupante. Y me encanta el tiempo.

Sí quiero una pareja. Además, quiero que sea absolutamente fabuloso.

Quiero gatos. 

No quiero perros. Pero podría tenerlos. Creo que aprendería a amarlos.

Quiero paz interior. Aunque no estoy segura de lo que estoy dispuesta a hacer para lograrla.

¡Quiero escalar! (¿Alguien lo dudaba?)

Quiero escribir. Lo anoto ahora porque lo daba tan por supuesto que no me he molestado en ponerlo al principio.

Quiero sol la gran mayoría de los días del año.

Quiero dormir en la oscuridad y en silencio.

Quiero estanterías abarrotadas de libros. Me la pela mucho el formato electrónico. Quiero libros de papel de todos los tipos y tamaños, animando mis días y velando mis sueños.

Quiero vivir un montón de años, pero quiero estar sana.

No quiero morir. De momento. Seguramente nunca me apetezca mucho.

jueves, 4 de octubre de 2012

Gordos, soledad y novedades sobre el Acné del Averno

En esta vida hay muchas causas por las que luchar, así que elige una y lucha por ella. En mi caso, yo lucho por disminuir la cantidad de sufrimiento mental que tiene que aguantar la gente. Y ahora mismo, en concreto, mientras roto por Endocrino, soy una mujer en una misión, a saber: evitar la cirugía bariátrica.

La cirugía bariátrica, o reducción de estómago, consiste en que después de haber intentado perder peso un montón de tiempo con un montón de dietas bienintencionadas, sin que nadie te ayude a descubrir qué se esconde detrás de ese hambre que te devora, aterrada de vergüenza y de culpa, hundida porque te parece que el mundo no va a entender ni a aceptar nunca a nadie como tú... decides que lo único que puede hacerse contigo es abrirte en canal y cerrarte el estómago. Anular una parte de estómago y otra de intestino, disminuir tu hambre, limitar la absorción de nutrientes y obligarte por cojones a comer como es debido.

La gente adelgaza, ya lo creo que sí. También se desnutre con frecuencia preocupante, tiene diarreas, vomita, desarrolla problemas de imagen corporal, continúa teniéndole miedo a la comida y a su propio apetito. En mi opinión personal, la cirugía bariátrica es un puto drama. Y lo es porque, en realidad, es cierto que ahora mismo es la medida más efectiva contra la obesidad, y es cierto también que la obesidad en sí es un desastre. Para la imagen, la autoestima y la salud. Recordemos que no estamos hablando de personas con unos kilitos de más, sino de hombres y mujeres con ciento veinte, ciento cincuenta, doscientos kilos.

A mí me gustaría evitar aunque fuera una. Como Dios en Sodoma y Gomorra. Sacar a alguien de esa carnicería. Yo estoy convencida de que la relación con la comida es un noventa por ciento coco y un diez por ciento metabolismo, problemas de salud, genética o llámalo X. Hablas con las pacientes y todas te cuentan lo mismo: la ansiedad, la culpa, la vergüenza. Comer por aburrimiento, por impulso, porque "total, qué más me da". El horror de imaginarse una vida a dieta, las miradas de la gente por la calle y los niños que le dicen a la madre "mira, mami, mira ésa qué gorda". Por el amor de Dios: si incluso el MIR que ha entrado hoy a la consulta con la endocrinóloga ha dicho, literalmente, "qué asco de gordos".

Me generan mucha compasión. Igual que yo con mi AA (que, por cierto, creo que ha vuelto; más detalles en unos párrafos), los gordos se ven obligados a llevar su sufrimiento delante de la gente. Han tenido la desgracia de encontrar para consolarse algo que deja huella. Los demás pueden imaginar la cantidad de donuts, galletas y helados que se han comido y no deberían haber comido. Pueden apuntarles con el dedo y decir: "si tan sólo pusieras un poquito más de tu parte".

Como decía, creo que el AA ha vuelto. No puedo decir que me sorprenda, ni tampoco que no me importe. Creo que es el típico rebrote de otoño, combinado con los altos niveles de estrés que tuve que aguantar este verano, combinado con algún tipo de efecto secundario psicosomático de mis complejos y angustias. Así que estoy otra vez liada con lo mismo: que si mis dietas, mis ejercicios, mi relajación, mi paleofrikismo... mis cuatro cosas de sufridora cutánea. Y bueno, el lunes pasado pedí cita para mi médico de cabecera con un plan: pedir una derivación al dermatólogo y, posteriormente, arrastrarme sobre mis rodillas todo lo que hiciera falta para conseguir una receta de Roacután. Verídico. Era algo como "por el amor de Dios, se me está pasando la vida con esta puta enfermedad de los huevos". No podía más. Sencillamente, no podía más: no podía sola.

Puedo entender a los pacientes que se quieren reducir el estómago. Si yo me pudiera trasplantar entera la piel de la cara, lo haría. El problema es que no puedo, y que el Roacután, de hecho, es un tratamiento muy agresivo con muchos efectos secundarios, que te fríe el hígado, te daña las articulaciones, te reseca las mucosas y es tan perjudicial para un posible embarazo que te obligan a firmar un documento asegurando que vas a tomar la píldora. Y si yo realmente fuera al dermatólogo y le llorara por una receta de Roacután, sería un poco bastante hipócrita: dejándome la salud por el camino para tener una cara bonita durante un tiempo variable (porque el AA es como el mar: siempre vuelve).

Así que bueno, es una mierda esto de tener que llevar el propio dolor a la vista de todos. De verdad, es un ascazo. La pérdida de control, la vergüenza, el picor, el miedo. Leí hace poco la experiencia de otra chica con acné que utilizaba la expresión "inflicting my face on people". Algo como infligir mi cara a la gente. Es exactamente así como me siento en los días malos, y es (insisto) un sentimiento de mierda. Aun así, no os creáis; no lo llevo ni la mitad de mal que otras veces. Ando aquí experimentando con la enésima dieta superrestrictiva, durmiendo un montón y procurando tomarme la historia con calma. Ya se curará (o no).

Creo que ya lo conté, pero una de mis líneas de investigación sobre el AA fue la lectura de un libro sobre enfermedades psicosomáticas de la piel llamado Skin Deep. En él hablaba de que los problemas de piel cumplen una función en la vida de la persona, y tenías que buscar cuál era la que pensabas que se identificaba más contigo. Yo elegí dos. La primera era "your skin is playing sexual policeman", es decir: hacer de policía sexual. Creedme que es mucho más fácil pensar que la gente no te quiere por tu piel horrible que porque no les gusta cómo eres. Cuando me siento mal por el AA, ni siquiera me planteo intentar mínimamente ligar con alguien. No miro a los tíos a la cara.

La segunda era "your skin is telling the world you're not perfect". Tu piel le dice al mundo que no eres perfecta. Hay que joderse, pienso yo. ¡Claro que no soy perfecta! Claro que sufro. Sufro porque a veces me siento sola y tengo miedo del futuro, y a veces me da miedo la muerte, o que se me pase la vida, o que nadie más vuelva a abrazarme NUNCA, y la pobreza, y tener que volver a la casa familiar. Me da miedo la enfermedad mental, que toda la gente a la que quiero algún día se alejará o morirá. Me da miedo quedarme sola mientras todo el mundo forma hermosas familias felices, me da mucho, mucho miedo pasarme la vida probando dietas y milagros para librarme de esta puñetera lacra, pendiente de cómo me sientan las cosas, sin ser capaz de salir, tomarme una cerveza y un trozo de pizza, acostarme tarde y dormir poco.

Hoy es uno de esos días en los que me pregunto de qué coño va esto de la radical sinceridad bloguera, y qué clase de placer perverso encuentro en contaros mi vida. No lo sé. Algunas personas lo hacemos. Pienso en Geneen Roth, una autora que escribe precisamente sobre problemas de alimentación y que habla de su vida, sus desamores, sus problemas familiares y sus sentimientos con una crudeza impactante. Algunos lo hacemos. Pienso en cómo me siento cuando la leo y en qué misterioso mecanismo hace que saber que otras personas también pelean dificultosamente para salir adelante te haga sentir mejor.

Al final, lo malo de la gordura, del acné, de la diabetes, de otros mil problemas, otras mil historias de salud, es que nos aíslan. Me hablaba hoy una paciente de cuando le pusieron a dieta siendo niña y de cómo veía a las demás desayunar mientras ella sólo podía tragarse una pastillita verde con un vaso de agua. Dice que cree que lleva desde entonces intentando alimentar la privación de esa niña. Igual que ella quería sentarse a desayunar con las demás, yo a veces sólo quiero poder pedirme un mollete con aceite y un café con leche, y no preocuparme del gluten, del cortisol y la cafeína, de las proteínas y hormonas de la leche, de la inflamación, la hipoglucemia y todas esas mierdas.

Lo malo del AA es el aislamiento. Así que digo yo que esa es la respuesta: por eso lo escribo.

Pero supongo que al final todos estamos solos.

miércoles, 3 de octubre de 2012

Rubifén

Aquella noche había fiesta en casa del Berni, porque los padres se habían ido de crucero a los fiordos noruegos. No me sorprendió ver aparecer a Francesca del brazo del Alber. "Mirad a quién me he encontrado en la heladería", dijo él.

Se veía venir desde el día anterior, cuando el Alber había tirado la pelota de palas en la toalla de la guiri guapa que se bronceaba a solas. Entonces, como siempre, me había preguntado qué se sentiría al ser él. Levantarse por la mañana, mirarse en el espejo y ver lo que veía el Alber cada día: los abdominales marcados, el pelo revuelto, la sonrisa traviesa, los ojos verdes y estrechos. El Chino, le llamábamos de pequeños, pero resultó que aquellos ojos oblicuos a las tías les encantaban. "Tiene mirada de niño, ¿no te das cuenta?", me había explicado una de sus trescientas amantes, mientras yo contenía las ganas de preguntarle si le iba la pederastia.

No es que me gustara la italiana, aunque tenía cierta cualidad serena que me atraía y, sobre todo, unas teta gloriosas asomando debajo del bikini. Simplemente, me jodía aquel guión y el papel que me había tocado en él. Durante todo el verano el Alber había sido el guapo y yo el tímido. Francesca era la guapa. Yo sabía que el guapo se liaba con la guapa, pero que en una peli al final a la guapa le habría gustado más el tímido. En una realidad más compasiva, al menos, habría tenido una amiga menos guapa que se habría enrollado con el tímido. Aquella realidad, sin embargo, era cruda: a la guapa le gustaba inequívocamente el guapo y, además, viajaba sola.

Cuando el Alber me ofreció la pastilla yo ni lo pensé. ¿Qué es?, pregunté justo después de metérmela en la boca. Rubifén, me explicó. Se lo dan a los niños para que estudien mejor. Es como las anfetas, pero más barato. Cojonudo, dije. La fiesta seguía en su apogeo, pero  nosotros tres habíamos coincidido en el porche: ellos dos acurrucados en un columpio colgante, yo en una silla de mimbre de jardín. Francesca se levantó para ir al baño.
- ¿Qué te parece? Está buena, ¿verdad?
- ¿La italiana o la pastilla?
- Anda, Fer, no me jodas.
- Sí, sí, está muy buena. Todas están muy buenas.
- Las italianas están bien. No son como las brasileñas, claro. Ninguna es como las brasileñas. Ya te lo he contado, ¿verdad? Lo del ocho.
- Sí, me lo has contado.
- Es una cosa que aprenden allí, no sé de quién. Igual se lo enseñan las madres, a saber, que allí están todos salidos. Se te colocan encima y...
- Que sí, joder, Alber, que me has contando lo del ocho mil veces.

El Alber se rió. Una risa franca, sonora, casi tan infantil como sus ojos rasgados. Francesca apareció por detrás de la puerta corrediza del porche. Yo empezaba a notar el efecto de la pirula. Era como diez cafés mezclados con la voz de tu madre diciéndote que todo va a salir bien, mezclado con una brasileña cachonda que te ha prometido hacerte el ocho apenas pongas los pies en el dormitorio. El Alber sonreía y Francesca le buscaba el cuello con los labios. Apuesto a que ella también ha tomado, pensé, y después me di media vuelta porque tenía clarísimo que quería bailar.

Pasaron las horas y me acosté porque tenía que acostarme. Todo el mundo había empezado a subir por las escaleras en dirección a la enorme buhardilla acristalada y, sin saber bien cómo, me vi tumbado junto a la pared sobre una mezcla indistinguible de cojines, colchonetas y toallas de playa. Me quedé un rato observando el cielo a través de los cristales. Todo era cojonudo. Yo era uno con el universo. No tenía ningún sueño, pero todas y cada una de esas estrellas era una galaxia entera en sí misma, y yo podía pasarme toda la noche mirando esas galaxias, y eso me hacía feliz. Las conversaciones se fueron apagando, y un rato después todos dormían o fingían dormir. Un par de figuras se hicieron un hueco a mi lado. Giré la cabeza y no podría decir que me sorprendí cuando vi que eran Francesca y el Albert. "Ciao, Fer", soltó ella, y se quedó tumbada bocarriba en silencio, con los ojos cerrados, sonriendo como si se estuviera contando un chiste. Un momento después se giró y empecé a escuchar sonidos acuáticos: el Alber haciéndole a la italiana una endoscopia lingual con todas las de la ley.

No me molestó. Yo era uno con el universo, recordadlo, y aquello era amor, joder, aquello eran mi amigo y una italiana que estaba buenísima dándose amor. El universo tenía sus razones para haberle dado al Alber los ojitos rasgados y los abdominales, y en aquel momento sentía como si tumbado junto a él y a Francesca les estuviera protegiendo. Era un ángel de la guarda

Ella se giró hacia mí con los ojos cerrados. Sí que se han hartado pronto, me dije, pero entonces vi cómo extendía una pierna morena encima del cojín que nos separaba y escuché el roce de la ropa y pensé: joder, y luego ya no pensé nada. Mi cerebro había perdido toda capacidad para el pensamiento discursivo. Entendía de una forma intuitiva y directa que el Alber se estaba follando a la italiana ahí, a medio metro de mi cara. Le levantó la camiseta y apareció una teta que casi dejó oír un "boing", como los del porno manga. Yo estaba tan absorto en esa teta, en la rodilla moviéndose sobre el cojín, en la sonrisa de placidez bajo los ojos cerrados, que me costó un rato darme cuenta de que el Alber me miraba. Estaba concentrado y serio, pero no había ninguna duda: me miraba, y los ojos verdes le brillaban en la oscuridad. Mi capacidad de reflexión seguía detenida, así que yo también le miré muy fijamente, casi esperando una telepatía del follar que me revelara un significado secreto en mitad del silencio nocturno.

Entonces mi mano derecha comenzó a levitar. Lo juro, yo no tuve nada que ver: miré casi divertido cómo viajaba hasta mi polla y empezaba a tocarla, arriba y abajo, arriba y abajo al ritmo de las tetas de Francesca. Ella abrió un momento los ojos y observó cómo me la cascaba con la mirada perdida. El Alber seguía mirándome fijamente a la cara hasta que cerró fuerte los párpados y ahogó una exclamación; se había corrido, y yo tuve que parar un segundo para tomar aire. Todo se quedó quieto, con el Alber respirando fuerte y la italiana tendida, inerte, como muerta. Entonces él la agarró del hombro y la cadera y la giró en un movimiento diestro como una maniobra de salvamento. Todavía tenía bajadas las bragas del bikini.

No hizo falta mucho más. Un toque de barbilla del Alber, un levísimo alzar de cadera de la italiana y, igual que antes había levitado mi mano, ahora mi polla se encaminaba hacia ella como teledirigida. Me corrí mucho antes de lo que habría querido y mucho después de lo que las circunstancias habrían hecho prever. Ni tan mal.

Y bueno, podría haber quedado así la historia, podría ser un mero relato sórdido y drogadicto de un trío o, más bien, de un sexo por turnos. Me habría quedado satisfecho después de correrme con la italiana, porque además creo que ella también se corrió, tocándose por delante con mano experta. Habría quedado satisfecho, ya te digo, y habría dormido como un bendito a pesar del Rubifén, mientras ella se acurrucaba entre los dos, con las estrellas sobre mi cabeza y pensando que era uno con el universo, si no fuera por él. Si no fuera por una media sonrisa que no acababa de entender muy bien. Si no fuera por sus ojos verdes, abiertos frente a mí mucho rato después de que Francesca se hubiera dormido.