Porque yo te quiero, le dice ella, de verdad que te quiero. ¿Y sabes por qué lo sé?
Él se encoge de hombros
No tengo ni idea, dice.
Te quiero porque me alegro de verdad de no estar contigo. De que esto sea imposible. Me alegro de no plantearme siquiera la idea de que tú también puedas quererme.
Él se rasca la cabeza, sin entender.
¿Por qué te alegras?
Pues muy fácil, contesta ella.
Porque si alguna vez estuviéramos juntos, si alguna vez pudiera estar contigo, tendría que vivir a diario con la certeza de que un día uno de los dos tendrá que morirse.
Y no creo que pudiera soportarlo.
domingo, 2 de diciembre de 2012
Madrid, subir de grado y las nostalgias futuras
Queridos:
Dentro de un mes y cinco días estaré viviendo en Madrid. La idea me aberra y me atrae a partes iguales. Me gustaría poder hacer las dos cosas a la vez: permanecer en mi Cádiz, con mi gente, mis marismas, mi roco y mis cuatro cosas, y a la vez conocer Madrid, más gente, más rocos, más cosas. Barajo la posibilidad de volverme en mayo, después de la primera rotación, porque la primavera gaditana es excesivamente hermosa. Vaya ánimos llevo, por otra parte, si lo primero en lo que estoy pensando antes de irme es en volver antes de tiempo.
Cuando le digo a mi madre lo bien que estoy en Cádiz, ella insiste en que en Granada también estaba bien, y en que yo estoy bien en todos lados. Creo que es una forma sutil de pedirme por favor que no me vaya a quedar aquí para siempre. Pero qué va: Granada estaba bien porque me gustaba y porque lo pasé muy bien cuando vivía allí, pero hoy por hoy Cádiz es mi hogar. Quiero decir, que yo vivo aquí. No es que mi gente de aquí sea mejor que cualquier otra gente a la que haya querido a lo largo de mi vida. Es que son mi gente de ahora. Los compis del curro, mi admirado R mayor, el MIR, las recientes adquisiciones huelguísticas que ahora se conocen con el nombre de los Patos. La Roquipandi, mi psiquiatra Pilar, mi querido Anxo. Mis pacientitos.
Todo eso sumado a lo mucho que me gustan mi vida, mi piso, mi furgo y mi Isla, a la ilusión absurda con que me levanto cada mañana sin contar estos últimos catorce días de infierno huelguístico. Sumado a mis proyectos presentes y futuros, al roco por las tardes, la bici por las marismas, los miércoles en Vejer, mis obesos de endocrino, los paseos por la playa y la búsqueda no culminada del desayuno callejero definitivo.
Aun así, me voy a Madrid. Porque hay que seguir ensanchándose. Pero no puedo evitar pensar que soy idiota si cada vez que me siento feliz y segura en una situación de mi vida me apaño para cambiarla.
Hoy he encadenado mi tercer 6b (el grado más difícil en escalada que he hecho hasta ahora, pero que no deja de ser bastante asequible, que conste). Venía pensando en que creo que subir de grado es un cambio de mentalidad. Cuando empiezas a escalar no quieres más que agarres buenos. Quieres meter la mano hasta el fondo en el canto que te da seguridad y apoyar los pies en una repisa. Creo que yo seguiré subiendo de grado si acepto que para ello tendré que escalar apoyándome en mierda pura, confiar en que las regletas les servirán a mis dedos y en que los pies de gato se apoyarán en muescas minúsculas.
Como siempre, me empeño en seguir aplicando a la vida las lecciones de la escalada. Escalar no es más que renunciar una y otra vez a la seguridad de quedarse quieto. Alcanzas cierto confort, tu cuerpo grita desesperadamente por permanecer ahí, y tu mente tiene que obligarle a moverse. Ahora quiero vivir más grado. Y creo que sólo lo lograré si supero el miedo y aprendo de una vez que hacerse fuerte consiste en necesitar cada vez menos apoyo para seguir subiendo.
Dentro de un mes y cinco días estaré viviendo en Madrid. La idea me aberra y me atrae a partes iguales. Me gustaría poder hacer las dos cosas a la vez: permanecer en mi Cádiz, con mi gente, mis marismas, mi roco y mis cuatro cosas, y a la vez conocer Madrid, más gente, más rocos, más cosas. Barajo la posibilidad de volverme en mayo, después de la primera rotación, porque la primavera gaditana es excesivamente hermosa. Vaya ánimos llevo, por otra parte, si lo primero en lo que estoy pensando antes de irme es en volver antes de tiempo.
Cuando le digo a mi madre lo bien que estoy en Cádiz, ella insiste en que en Granada también estaba bien, y en que yo estoy bien en todos lados. Creo que es una forma sutil de pedirme por favor que no me vaya a quedar aquí para siempre. Pero qué va: Granada estaba bien porque me gustaba y porque lo pasé muy bien cuando vivía allí, pero hoy por hoy Cádiz es mi hogar. Quiero decir, que yo vivo aquí. No es que mi gente de aquí sea mejor que cualquier otra gente a la que haya querido a lo largo de mi vida. Es que son mi gente de ahora. Los compis del curro, mi admirado R mayor, el MIR, las recientes adquisiciones huelguísticas que ahora se conocen con el nombre de los Patos. La Roquipandi, mi psiquiatra Pilar, mi querido Anxo. Mis pacientitos.
Todo eso sumado a lo mucho que me gustan mi vida, mi piso, mi furgo y mi Isla, a la ilusión absurda con que me levanto cada mañana sin contar estos últimos catorce días de infierno huelguístico. Sumado a mis proyectos presentes y futuros, al roco por las tardes, la bici por las marismas, los miércoles en Vejer, mis obesos de endocrino, los paseos por la playa y la búsqueda no culminada del desayuno callejero definitivo.
Aun así, me voy a Madrid. Porque hay que seguir ensanchándose. Pero no puedo evitar pensar que soy idiota si cada vez que me siento feliz y segura en una situación de mi vida me apaño para cambiarla.
Hoy he encadenado mi tercer 6b (el grado más difícil en escalada que he hecho hasta ahora, pero que no deja de ser bastante asequible, que conste). Venía pensando en que creo que subir de grado es un cambio de mentalidad. Cuando empiezas a escalar no quieres más que agarres buenos. Quieres meter la mano hasta el fondo en el canto que te da seguridad y apoyar los pies en una repisa. Creo que yo seguiré subiendo de grado si acepto que para ello tendré que escalar apoyándome en mierda pura, confiar en que las regletas les servirán a mis dedos y en que los pies de gato se apoyarán en muescas minúsculas.
Como siempre, me empeño en seguir aplicando a la vida las lecciones de la escalada. Escalar no es más que renunciar una y otra vez a la seguridad de quedarse quieto. Alcanzas cierto confort, tu cuerpo grita desesperadamente por permanecer ahí, y tu mente tiene que obligarle a moverse. Ahora quiero vivir más grado. Y creo que sólo lo lograré si supero el miedo y aprendo de una vez que hacerse fuerte consiste en necesitar cada vez menos apoyo para seguir subiendo.
viernes, 30 de noviembre de 2012
Largo lunes de noviazgo
Son las doce de la noche y yo salgo ahora de tomar algo con las niñas cerca del mercado. He venido hoy a Málaga por las circunstancias menos agradables del mundo, y en plena vorágine huelguística no sé si recordar que hay más vida aparte de la huelga me sienta bien o mal.
Camino hacia la plaza de la Merced y, como siempre, recuerdo tu casa. El año que pasaste en ese ático azul y luminoso con el sol entrando a través de la cortina de colores. De tus siestas de gato y tu incapacidad para tener organizadas las bolsas de reciclaje.
Sobre todo, recuerdo nuestras mañanas. El despertador sonando, tú gruñendo y encendiendo la luz para buscar una camisa, yo tapándome la cara con las manos. Te escuchaba ducharte mientras intentaba apurar el sueño. Salías del baño y te abalanzabas sobre mí con el pelo húmedo y la piel fría. Luego me levantaba yo y desayunábamos juntos en las bandejas de madera que tanto te gustaban. Cantabas loas al inventor de los cereales rellenos de Mercadona. Dudabas una eternidad entre dos camisas prácticamente iguales.
Bajábamos juntos en el ascensor. Tú, yo y la bicicleta como el tercero en discordia. Y a mí esos minutos se me hacían tan cortos. Yo iba a estudiar a la biblioteca y tú a trabajar todo el día frente al ordenador, y me agobiaba pensar que no había nada que yo pudiera hacer para mantenerte conmigo. Que tu empresa tenía más derecho que yo sobre tu cuerpo.
De aquella época recuerdo sobre todo esa imagen. Tú alejándote inexorablemente con tu bicicleta. Yo con el corazón encogido, como si te fueras a la guerra, a pesar de tu imagen desenfadada de treintañero chic. Desde entonces pienso que el amor es rebelarse todo el rato frente a los momentos en que la vida nos separa por fuerza. Como el trabajo, o los sueños. O a veces, qué te voy a contar a ti, simplemente las circunstancias. O el timing. O la falta de intenciones claras.
Ahora estás lejos de verdad, y no deja de ser curioso que no me importe ni la mitad que entonces.
Camino hacia la plaza de la Merced y, como siempre, recuerdo tu casa. El año que pasaste en ese ático azul y luminoso con el sol entrando a través de la cortina de colores. De tus siestas de gato y tu incapacidad para tener organizadas las bolsas de reciclaje.
Sobre todo, recuerdo nuestras mañanas. El despertador sonando, tú gruñendo y encendiendo la luz para buscar una camisa, yo tapándome la cara con las manos. Te escuchaba ducharte mientras intentaba apurar el sueño. Salías del baño y te abalanzabas sobre mí con el pelo húmedo y la piel fría. Luego me levantaba yo y desayunábamos juntos en las bandejas de madera que tanto te gustaban. Cantabas loas al inventor de los cereales rellenos de Mercadona. Dudabas una eternidad entre dos camisas prácticamente iguales.
Bajábamos juntos en el ascensor. Tú, yo y la bicicleta como el tercero en discordia. Y a mí esos minutos se me hacían tan cortos. Yo iba a estudiar a la biblioteca y tú a trabajar todo el día frente al ordenador, y me agobiaba pensar que no había nada que yo pudiera hacer para mantenerte conmigo. Que tu empresa tenía más derecho que yo sobre tu cuerpo.
De aquella época recuerdo sobre todo esa imagen. Tú alejándote inexorablemente con tu bicicleta. Yo con el corazón encogido, como si te fueras a la guerra, a pesar de tu imagen desenfadada de treintañero chic. Desde entonces pienso que el amor es rebelarse todo el rato frente a los momentos en que la vida nos separa por fuerza. Como el trabajo, o los sueños. O a veces, qué te voy a contar a ti, simplemente las circunstancias. O el timing. O la falta de intenciones claras.
Ahora estás lejos de verdad, y no deja de ser curioso que no me importe ni la mitad que entonces.
miércoles, 28 de noviembre de 2012
La pluma
Cuando saqué el PIR, mi padre me regaló una pluma azul y plateada muy bonita. Fue un regalo de mierda, no os equivoquéis, porque yo no escribo a mano casi nunca y no escribo con pluma Jamás. Él me lo vendió como que "una escritora debe tener una pluma", y también me dijo que así podría firmar con ella mi primer contrato.
Recuerdo cuando me la entregó. Habíamos ido a comer a un japonés fusión muy bueno que hay en el centro de Málaga y atacábamos un surtido de maki sushi. Cuando me dio la pluma pensé esto mismo que os estoy contando: que si lo primero que me dices cuando me das el regalo es "yo sé que tú no escribes con pluma, pero aun así te la voy a regalar", me estás demostrando que lo que yo necesite o quiera te importa un carajo. A lo mejor estoy siendo un poco dura, pero el tema de los regalos me toca especialmente las narices. No es tan difícil ser capaz de mirar al otro el tiempo suficiente como para encontrar lo que le hace ilusión.
Todo esto viene a que llevo peleada con mi padre desde el jueves pasado por su apoyo más bien justito a mi huelga indefinida. Entre otras cosas. Esto es un poco como lo de la pluma: una incapacidad para mirar más allá de su ombligo. A ver, papá, que eres mi padre. Que deberías ser algo así como mi fan number one. Si a mí me pinchan, tú sangras, y si yo me voy a la huelga, tú conmigo a muerte hasta que el cuerpo aguante. Así que me he declarado en huelga indefinida de hijismo hasta que me relaje un poco y sea capaz de renegociar nuestra relación en términos justos.
Hoy he encontrado la pluma en mi bolso. Hace un par de semanas decidí tratar de utilizarla más a menudo y me la coloqué en el bolsillo de la bata, pero resultó que se le había acabado la tinta y me la traje para cambiarle el cartucho. Al desenroscar la parte superior ha caído un papelito enrollado. En él pone lo siguiente:
¡Hola!
Si estás leyendo esto, significa que he perdido mi pluma. Me la regaló mi padre y es muy importante para mí. Te agradecería mucho que me la devolvieras. Ofrezco gratificación. Después añado mi teléfono y mi firma.
Una nota de socorro en un regalo de mierda. Ese es el retrato de mi relación con mi padre.
Y lo peor es que en esta huelga está bastante claro quién dará el primer paso hacia la negociación.
Recuerdo cuando me la entregó. Habíamos ido a comer a un japonés fusión muy bueno que hay en el centro de Málaga y atacábamos un surtido de maki sushi. Cuando me dio la pluma pensé esto mismo que os estoy contando: que si lo primero que me dices cuando me das el regalo es "yo sé que tú no escribes con pluma, pero aun así te la voy a regalar", me estás demostrando que lo que yo necesite o quiera te importa un carajo. A lo mejor estoy siendo un poco dura, pero el tema de los regalos me toca especialmente las narices. No es tan difícil ser capaz de mirar al otro el tiempo suficiente como para encontrar lo que le hace ilusión.
Todo esto viene a que llevo peleada con mi padre desde el jueves pasado por su apoyo más bien justito a mi huelga indefinida. Entre otras cosas. Esto es un poco como lo de la pluma: una incapacidad para mirar más allá de su ombligo. A ver, papá, que eres mi padre. Que deberías ser algo así como mi fan number one. Si a mí me pinchan, tú sangras, y si yo me voy a la huelga, tú conmigo a muerte hasta que el cuerpo aguante. Así que me he declarado en huelga indefinida de hijismo hasta que me relaje un poco y sea capaz de renegociar nuestra relación en términos justos.
Hoy he encontrado la pluma en mi bolso. Hace un par de semanas decidí tratar de utilizarla más a menudo y me la coloqué en el bolsillo de la bata, pero resultó que se le había acabado la tinta y me la traje para cambiarle el cartucho. Al desenroscar la parte superior ha caído un papelito enrollado. En él pone lo siguiente:
¡Hola!
Si estás leyendo esto, significa que he perdido mi pluma. Me la regaló mi padre y es muy importante para mí. Te agradecería mucho que me la devolvieras. Ofrezco gratificación. Después añado mi teléfono y mi firma.
Una nota de socorro en un regalo de mierda. Ese es el retrato de mi relación con mi padre.
Y lo peor es que en esta huelga está bastante claro quién dará el primer paso hacia la negociación.
domingo, 25 de noviembre de 2012
Cansada
Quiero que termine ya la huelga.
No por el dinero. El dinero es lo de menos. Quiero trabajar y ver a mis pacientes. Les echo un montón de menos, queda poco para que termine el rotatorio y aún tenemos muchas cosas por hacer. Quiero ir a Vejer con Anxo a pasar consulta. Quiero recuperar mi rutina y mi energía, seguir escribiendo para Psicosupervivencia y entrenar en el roco. Quiero escalar. Estoy muy cansada de todo esto. Estoy muy cansada de tener que justificar día tras día tras día una protesta que ni siquiera debería tener lugar porque lo que se está haciendo con nosotros es ILEGAL. Estoy harta de currar para un sistema que no me valora a mí ni a todos mis compañeros, personitas brillantes, trabajadoras y dulces que llevan toda la semana partiéndose los cuernos con unos niveles de tensión enormes. Juro por Dios que me voy a hacer autónoma porque no pienso volver a hacer una huelga en mi vida.
Estoy vacía de temas en estos días. En el tiempo que paso en casa no hago mucho más que intentar dormir, comer con cierto orden y conectarme al Facebook para enterarme de cómo van las cosas. Claro que tiene cosas bonitas esto. Conocer a los compañeros, empuñar el megáfono con soltura, sentir que estás donde tienes que estar en el momento en que tienes que hacerlo. Que se te acerque una señora a darte su DNI para que le ayudes a firmar en señal de apoyo. Irte de cañas con los demás huelguistas el viernes por la noche porque no queréis más que olvidaros de todo y beber como si no hubiera un mañana, y terminar la noche charlando con un intensivista majísimo que promete llevarte a hacer surf. Saber que amas tanto tu trabajo que te cuesta pasear por el hospital sin pasarte por las habitaciones de los pacientes.
Pero la cuestión no es poner las cosas en una balanza. Personalmente, siento que no tengo opción. Que mientras esta huelga no se desconvoque o el resto de Andalucía no esté de acuerdo, no puedo permitir que otros luchen por mis derechos mientras yo no hago nada. Lo siento por mi hucha, por mis tareas pendientes y mis nervios destrozados. No me moverán.
Espero poder venir pronto a contaros otras cosas. Tened un muy feliz lunes y recordad a esta niña tan indignada como triste.
No por el dinero. El dinero es lo de menos. Quiero trabajar y ver a mis pacientes. Les echo un montón de menos, queda poco para que termine el rotatorio y aún tenemos muchas cosas por hacer. Quiero ir a Vejer con Anxo a pasar consulta. Quiero recuperar mi rutina y mi energía, seguir escribiendo para Psicosupervivencia y entrenar en el roco. Quiero escalar. Estoy muy cansada de todo esto. Estoy muy cansada de tener que justificar día tras día tras día una protesta que ni siquiera debería tener lugar porque lo que se está haciendo con nosotros es ILEGAL. Estoy harta de currar para un sistema que no me valora a mí ni a todos mis compañeros, personitas brillantes, trabajadoras y dulces que llevan toda la semana partiéndose los cuernos con unos niveles de tensión enormes. Juro por Dios que me voy a hacer autónoma porque no pienso volver a hacer una huelga en mi vida.
Estoy vacía de temas en estos días. En el tiempo que paso en casa no hago mucho más que intentar dormir, comer con cierto orden y conectarme al Facebook para enterarme de cómo van las cosas. Claro que tiene cosas bonitas esto. Conocer a los compañeros, empuñar el megáfono con soltura, sentir que estás donde tienes que estar en el momento en que tienes que hacerlo. Que se te acerque una señora a darte su DNI para que le ayudes a firmar en señal de apoyo. Irte de cañas con los demás huelguistas el viernes por la noche porque no queréis más que olvidaros de todo y beber como si no hubiera un mañana, y terminar la noche charlando con un intensivista majísimo que promete llevarte a hacer surf. Saber que amas tanto tu trabajo que te cuesta pasear por el hospital sin pasarte por las habitaciones de los pacientes.
Pero la cuestión no es poner las cosas en una balanza. Personalmente, siento que no tengo opción. Que mientras esta huelga no se desconvoque o el resto de Andalucía no esté de acuerdo, no puedo permitir que otros luchen por mis derechos mientras yo no hago nada. Lo siento por mi hucha, por mis tareas pendientes y mis nervios destrozados. No me moverán.
Espero poder venir pronto a contaros otras cosas. Tened un muy feliz lunes y recordad a esta niña tan indignada como triste.
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Arrebatos y voluntos,
La vida me supera,
Trabajo
jueves, 22 de noviembre de 2012
Seguimos en la lucha
Donando sangre para nuestros pacientes hoy en el Hospital Puerta del Mar. Dándolo todo por ellos. Como siempre.
(Y sí, por si alguno se lo pregunta, yo soy la del megáfono xDDDD)
(Y sí, por si alguno se lo pregunta, yo soy la del megáfono xDDDD)
Tres días
El primer día es fácil. Hay mucha gente. Vas a Sevilla. Cantas, bailas, gritas, hablas para la cámara y le haces rimas a la consejera.
El segundo día es peliagudo. Ahora estamos menos. Muchos se han descolgado. No sabes muy bien qué decir ni cómo ponerte en la entrada de tu hospital y la gente te mira raro. Lo primero que aprendes es que nadie sabe qué es un residente. Que la consejera recuerda que estáis en formación y que tenéis que agradecer que cobráis por formaros en vez de pagar. A ti te entran ganas de decirle que vale: que cambie el sistema y contrate a facultativos para hacer el trabajo que haces tú. Después recuerdas que tú cuestas tres veces menos que un facultativo y empiezas a entender las cosas.
Poco a poco vas encontrando tu sitio. Extiendes pancartas. Empiezas a gritar un poco. Alguien saca una cacerola. Te entusiasmas. En dos minutos se hace un escote y se compra un megáfono, pilas y media docena de silbatos. Alguien dice que no hagamos ruido, por los pacientes, pero la gente quiere hacer ruido. Estamos muy cabreados y queremos que se note. Para esto les importan los pacientes; para otras cosas, parece que no tanto.
De alguna forma, el segundo día por la tarde se deciden muchas cosas. Se cruzan mensajes de facebook y de twitter. Se cualgan vídeos. Se hacen apuestas sobre cuántos seremos mañana.
Entonces llega el tercer día, y para tu sorpresa la gente es más puntual que el primero, y hay más gente, y se grita más, y los ciudadanos empiezan a enterarse de qué es un residente. Se enteran de que residente es el que te ve en la puerta de urgencias a las tres de la mañana, o el que te atiende solo en una consulta de especialista, o el que procesa las muestras para análisis en el laboratorio, o el que te lleva la nutrición o las medicinas. Que un residente trabaja tanto o más que un facultativo.
Además, el tercer día ya conoces las caras, ya sabes dónde se guardan las pancartas, hay que comprar más pilas al megáfono pero ya os sabéis bien el camino hasta el chino, ya no te da vergüenza pedir firmas. Te repartes, subes fotos al facebook, te apañas para reírte, vas a la facultad de medicina, acabas entrando en la sala donde se diseccionan los muertos y aunque te mueres del asco viendo tu primer cadáver, Chispas, te tienes que reír, porque tu compañero, que acaba de soltarles a los estudiantes un discurso tipo Braveheart, ahora está en el pasillo abanicándose con las hojas de firmas y diciéndote que se le va a salir el estómago por la boca.
El tercer día ya sois un grupo. Ya se cuelgan en el Facebook vídeos de discursos épicos de 300 o de El Señor de los Anillos. Ya se tienen chistes compartidos, se planea para mañana y tú sabes que hay un alto porcentaje de gente que ha erradicado la duda de su mente. Tú misma te has abstraído. Has dejado de hacer cálculos. El dinero te da igual, y asaltarás tu hucha de monedas de dos euros si es necesario. Estás luchando por tu dignidad. Estás luchando porque todas esas horas, esos marrones, esos pacientes y esas dudas que te llevas comiendo durante casi tres años no se las lleve el viento.
Te das cuenta de que eres más que tú, más que un residente: eres un reflejo de lo que está pasando con la juventud en este país de los huevos. Que no os respeta nadie. Que trabajéis en lo que trabajéis, no tenéis derecho ni a respirar. Que da igual que seas un médico y estés salvando vidas, o un psicólogo que lleva a sus espaldas el peso de la locura ajena, o un biólogo, un farmacéutico; lo que sea. No tienes derecho a nada. No tienes derecho a pedir, a costa del montón de dinero que te está costando esta huelga, que te dejen hacer igual que a los adjuntos cuyo puesto sustituyes con tanta alegría: trabajar MÁS cobrando lo mismo.
El tercer día es un follón de emociones. Te quieres ir a la cama, pero no quieres. Tienes miedo de lo que vaya a pasar mañana. Piensas que esto no sirve de nada. Piensas que estáis haciendo historia. Quieres de verdad que esto se termine en alguna dirección, porque te sientes agotada. No te puedes despegar del ordenador.
Y al final, igual que ayer, se te saltan las lágrimas a última hora. A lo mejor es porque te tienes que poner con la regla. Pero miras el facebook y las fotos de tus compañeros y ves sus sonrisas. En medio de la que les está cayendo, les ves sonreír de verdad, con la boca y con los ojos. Y esas sonrisas indefensas de chicos que en dos, tres o cuatro años estarán en la puta calle y que están luchando ahora para no tener un presente de mierda además de un futuro de mierda, te parten el corazón.
Pero al menos hoy tienes claro por qué es.

(Voy a parar con la segunda persona, que me acabaré pareciendo a Paul Auster).
El segundo día es peliagudo. Ahora estamos menos. Muchos se han descolgado. No sabes muy bien qué decir ni cómo ponerte en la entrada de tu hospital y la gente te mira raro. Lo primero que aprendes es que nadie sabe qué es un residente. Que la consejera recuerda que estáis en formación y que tenéis que agradecer que cobráis por formaros en vez de pagar. A ti te entran ganas de decirle que vale: que cambie el sistema y contrate a facultativos para hacer el trabajo que haces tú. Después recuerdas que tú cuestas tres veces menos que un facultativo y empiezas a entender las cosas.
Poco a poco vas encontrando tu sitio. Extiendes pancartas. Empiezas a gritar un poco. Alguien saca una cacerola. Te entusiasmas. En dos minutos se hace un escote y se compra un megáfono, pilas y media docena de silbatos. Alguien dice que no hagamos ruido, por los pacientes, pero la gente quiere hacer ruido. Estamos muy cabreados y queremos que se note. Para esto les importan los pacientes; para otras cosas, parece que no tanto.
De alguna forma, el segundo día por la tarde se deciden muchas cosas. Se cruzan mensajes de facebook y de twitter. Se cualgan vídeos. Se hacen apuestas sobre cuántos seremos mañana.
Entonces llega el tercer día, y para tu sorpresa la gente es más puntual que el primero, y hay más gente, y se grita más, y los ciudadanos empiezan a enterarse de qué es un residente. Se enteran de que residente es el que te ve en la puerta de urgencias a las tres de la mañana, o el que te atiende solo en una consulta de especialista, o el que procesa las muestras para análisis en el laboratorio, o el que te lleva la nutrición o las medicinas. Que un residente trabaja tanto o más que un facultativo.
Además, el tercer día ya conoces las caras, ya sabes dónde se guardan las pancartas, hay que comprar más pilas al megáfono pero ya os sabéis bien el camino hasta el chino, ya no te da vergüenza pedir firmas. Te repartes, subes fotos al facebook, te apañas para reírte, vas a la facultad de medicina, acabas entrando en la sala donde se diseccionan los muertos y aunque te mueres del asco viendo tu primer cadáver, Chispas, te tienes que reír, porque tu compañero, que acaba de soltarles a los estudiantes un discurso tipo Braveheart, ahora está en el pasillo abanicándose con las hojas de firmas y diciéndote que se le va a salir el estómago por la boca.
El tercer día ya sois un grupo. Ya se cuelgan en el Facebook vídeos de discursos épicos de 300 o de El Señor de los Anillos. Ya se tienen chistes compartidos, se planea para mañana y tú sabes que hay un alto porcentaje de gente que ha erradicado la duda de su mente. Tú misma te has abstraído. Has dejado de hacer cálculos. El dinero te da igual, y asaltarás tu hucha de monedas de dos euros si es necesario. Estás luchando por tu dignidad. Estás luchando porque todas esas horas, esos marrones, esos pacientes y esas dudas que te llevas comiendo durante casi tres años no se las lleve el viento.
El tercer día es un follón de emociones. Te quieres ir a la cama, pero no quieres. Tienes miedo de lo que vaya a pasar mañana. Piensas que esto no sirve de nada. Piensas que estáis haciendo historia. Quieres de verdad que esto se termine en alguna dirección, porque te sientes agotada. No te puedes despegar del ordenador.
Y al final, igual que ayer, se te saltan las lágrimas a última hora. A lo mejor es porque te tienes que poner con la regla. Pero miras el facebook y las fotos de tus compañeros y ves sus sonrisas. En medio de la que les está cayendo, les ves sonreír de verdad, con la boca y con los ojos. Y esas sonrisas indefensas de chicos que en dos, tres o cuatro años estarán en la puta calle y que están luchando ahora para no tener un presente de mierda además de un futuro de mierda, te parten el corazón.
Pero al menos hoy tienes claro por qué es.

Y la rubia en medio con el megáfono xD
(Voy a parar con la segunda persona, que me acabaré pareciendo a Paul Auster).
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