Acaba de terminar el quinto día de mi convalecencia esguincera, y el sentimiento que me inunda de forma más potente es el de un Gran Perezón. Todo es TAN cansado. Todo cuesta el triple. Vestirse, hacer la cama, ducharse, ir al baño, cocinar, desplazarse. Por no hablar de las subidas y bajadas de las Escaleras del Averno.
Evaluemos la situación.
Adecuación a las instrucciones médicas: regulera. Ayer fui por fin capaz de pincharme el Clexane que me habían dado en urgencias, y he de decir que inyectarse a uno mismo da una grima suprema. Me hice un moratón gigante, por torpe, y me dolió un montón. Lo del pie en alto va muy regular. Demasiada deambulación, me temo; como resultado, la base de mis dedos está gris. Pero es que la inmovilidad me aberra. Quizá sea mejor tardar un poco más en curarme el pie y mantener la salud mental.
Adquisición de nuevas habilidades: óptima. Tengo la pierna derecha como un cable de acero a causa del frecuente desplazamiento monópedo. Las muletas van bien, gracias a mi poderoso tren superior de escaladora. El problema es llevar objetos, especialmente líquidos. No puedo dar saltitos con líquidos en la mano, así que me desplazo con mi pierna hábil a lo James Brown mientras sujeto la taza en una mano y las gatas me miran, anonadadas. Lo de subir y bajar los cinco pisos con muletas para que me dé el aire tiene mucho mérito, pero es que si no me empieza a entrar síndrome Ana Frank y me pongo violenta.
Aprovechamiento del reposo: razonable. Tonteo mucho por los mundos virtuales. Aun así, hoy he terminado la increíble y maravillosa Guía Práctica para Evitar al Psicólogo, que podréis obtener por el módico precio de gratis siguiendo las instrucciones que aparecen aquí. Ha sido guay escribir tanto. Me ha hecho sentir merecedora de pertenecer a la especie humana, a pesar de mi invalidez. Cuando escribo soy poderosa. Soy SuperMarina y me dan igual la vida, los esguinces, la proximidad de San Valentín y todo.
Proximidad de San Valentín, por cierto: la tolero. Tengo un plan para el jueves que incluye a una lectora que es amor, la promesa de molletes y quizá una caña en algún bar en diez metros a la redonda. De hecho, hoy he rechazado otro plan propuesto por un Galante Admirador o GA (¿le vale como seudónimo, señor M.?) que se había ofrecido para quedar el jueves y ayudarme a sobrellevar SV sin defenestrarme.
Más sobre los maromos: estoy en trámites de gestionar una ingesta de alcohol programada con ChMM, en línea con el compromiso con la honestidad del que hablaba ayer. Más detalles en tiempo real vía Twitter.
Y poco más. He llamado a un paciente para explicarle lo del esguince y casi le hago una entrevista clínica completa por teléfono, en pleno síndrome de abstinencia laboral. Si alguien queda conmigo estos días y le pregunto si él o alguien de su familia ha sido visto alguna vez en Salud Mental, por favor, que me disculpe: es la costumbre.
De todo se aprende, gente. Hasta de la cojera temporal. Aun así, espero que el traumatólogo me dé buenas noticias el viernes y reincorporarme al mundo deambulante. Por otra parte, si la enfermedad me sirve como excusa para la mencionada ingesta programada de alcohol con ChMM, ni tan mal.
Gracias a todos los lectores amorosos que se han interesado por mí y me han dado cariño y consejitos. Gracias a la gente que intenta convencerme de que inspiro amor en lugar de celivibraciones. Si yo no es por ser negativa: mi celivifrecuencia es una pura cuestión objetiva y observable. Gracias también a los lectores amordio (a saber: LauraBQA y KHaL Yeleytr), porque mi ambivalencia hacia vosotros, vuestros pintaúñas caros y vuestras correcciones prematuras de mis ebooks os hacen aún más adorables. Que sepáis todos, y muy especialmente GA, que no contesto los comentarios últimamente porque el Firefox no me deja (verídico) y cambiar al Safari me da perezón. Pero me esforzaré más. Creo. Y a los mails contesto siempre. O casi.
Os quiero, chicos. El día que muera Internet muero yo con él. Todavía no entiendo bien cómo sobrevivió Ana Frank sin perder la olla.
PD: Estado de la mar: marejadilla.
martes, 12 de febrero de 2013
Escrihonestación
Tengo tres ideas para hoy:
Escritura.
Honestidad.
Aceptación.
Sobre la escritura: reflexiono que nunca pensé que me vería en ésta. En sentirme tan cómoda como escritora. Desayuno con Álex en la Libre, y mientras engullo mi panecillo inglés con crema de queso y mermelada de arándanos, convenientemente denominado Barnes, charlamos sobre escribir y sobre lo que significa para nosotros. Hablamos acerca de la posibilidad de parar de escribir, y le digo una frase de Paul Auster que antes repetía mucho: "No es que escribir me produzca una gran placer, pero es mucho peor si no lo hago". Aunque ahora sea mentira, porque ahora escribir sí que me produce un gran placer, y lo compruebo en estos mismos momentos, en estos instantes de flow silencioso que me regala como cada día este ratito frente al portátil.
Ahora, a mis veintisiete años, me veo en la curiosa posición de no contemplar ni por una milésima de segundo la posibilidad de dejar de escribir. Siempre pensé que me daría por vencida. Que dónde iba yo con el tema de la escritura. Estaba segura de que abandonaría en algún punto, y de que sería una adulta aburrida con un trabajo estándar y diría "es una pena que lo dejara; con lo bien que se me daba".
Cuando era más pequeña escuchaba la canción de Sabina: "no tenía salida el callejón del cuartel/ para el desertor del batallón/ de los nacidos para perder", y pensaba que yo estaba allí: con el traje gris de la multitud, incapaz de escapar de un porvenir chungo, incapaz de salir tan corriendo como lo había hecho él.
A estas alturas de la vida, aunque nunca consiguiera nada más como escritora de lo que he logrado hasta ahora y que no es mucho, puedo decir que he llegado más lejos de lo que habría soñado nunca. Para empezar, porque no me he dado por vencida. Pero es que además es eso: que escucho a Álex y debato con él sobre la posibilidad de no escribir como sobre un concepto abstracto y entretenido, pero no-puedo-no-escribir. Eso es así. Le planteo la duda fundamental del escritor: ¿preferirías dejar de escribir o dejar de leer? Yo dejaría de escribir antes que de leer, seguro, pero si dejara de escribir me moriría de la pena.
Sobre la honestidad: ojalá pudiera comprometerme con eso. A lo mejor no hacen falta semáforos de disponibilidad sexual, ni lloriquear sobre cómo está montada esta sociedad de mierda. A lo mejor sólo hace falta que yo sea honesta, y no me refiero a invitar a ChMM a tomar un café, que tampoco es tan grave, sino a decir las cosas y desentenderme de los resultados. Tengo verdades mucho más graves y más difíciles que un potencial café con ChMM. Más prohibidas, más oscuras, más si tú supieras lo que yo pienso quizá no me podrías mirar a la cara. Hay muchos sentimientos dormidos o anestesiados en este corazón tan pequeño, y ojalá pudiera comprometerme con ellos de forma radical y pelar las capas de mi cebolla emocional hasta quedarme sin nada.
Pero no puedo, punto. Aún no. En algún momento dejaré de tener miedo. Pero aún no.
Sobre aceptar: intento que cada día cuente. Quiero estar sana y tener a mi tobillo de vuelta, y al mismo tiempo sé que tengo la responsabilidad de aceptar bien esto. Por mí, por mis pacientes, porque estas cosas nunca suceden en un buen momento y porque no puedo pretender ayudar a los demás a que se adapten a vivir sin un pulmón o sin su marido muerto cuando yo no puedo convivir con un esguince de tobillo. Así que procuro disfrutar de estos días. Del esforzadísimo paseo con muletas hasta el desayuno de la Libre. De observar cómo se estira la gata al sol sobre la silla del salón. De escuchar reírse a Cris y a sus colegas mientras se tatúan imperdibles en las caderas (verídico) y de escribir como si no hubiera un mañana un mini ebook para Psicosupervivencia (más información pronto).
Hay momentos en la vida que parece que no merecen la pena, como recuperarse de un esguince, o como estar terminal. "Animar a los moribundos es una tarea de Sísifo", me dice J. por el Skype, y le contesto que no es exactamente así; el problema de Sísifo era que la piedra volvía a caerse cada noche; el problema de los moribundos es, precisamente, que la piedra se cae y punto, y que después de eso ya no hay nada. Lo que quiero decir es que todos los momentos están llenos de dignidad, y a mí estos momentos míos me parecen muy raros. Miro a toda la gente con sus tobillos sanos y me resulta extraño pensar que tantas cosas que amo están ahora mismo fuera de mi alcance. Sé que como pensamiento es un dramón injustificado, y que también está injustificado hablar de esto y de los enfermos terminales en el mismo párrafo, pero no sé si me estoy explicando. No puedo andar, no puedo correr, no puedo escalar, y cruzar hoy mi calle de lado a lado me ha costado la misma vida, y hoy por hoy esa es mi realidad, y es rara.
En cualquier caso, estoy más animada que los días anteriores. Más reconciliada. Me encuentro mejor desde que he decidido que todo tiene que contar y que tengo que hacer que merezcan la pena todas mis horas sobre esta tierra. Sigo preguntándome las mismas cosas al final del día: si he ayudado a alguien, si he expresado amor hacia alguien, si he aumentado mi nivel de atención, mi nivel de conciencia; si la respuesta es que sí, está todo bien, pueda o no andar, pueda o no escalar.
Gracias a todos los que me estáis mandando ánimos vía mail, twitter, comentarios y etcétera. Haced el favor, por cierto, de comentar el post anterior, que me quedó bien bonito. Y seguid ahí. Yo estoy comprometida con esto porque vosotros estáis comprometidos con esto. Y a día de hoy, madrugada del doce de febrero de 2013, a menos de cuarenta y ocho horas de constatar, un año más, mi incapacidad absoluta para generar amor romántico, va a resultar que mi relación con este blog y con vosotros es la más importante que tengo en mi vida. No sé si eso es bueno o malo, pero gracias.
Escritura.
Honestidad.
Aceptación.
Sobre la escritura: reflexiono que nunca pensé que me vería en ésta. En sentirme tan cómoda como escritora. Desayuno con Álex en la Libre, y mientras engullo mi panecillo inglés con crema de queso y mermelada de arándanos, convenientemente denominado Barnes, charlamos sobre escribir y sobre lo que significa para nosotros. Hablamos acerca de la posibilidad de parar de escribir, y le digo una frase de Paul Auster que antes repetía mucho: "No es que escribir me produzca una gran placer, pero es mucho peor si no lo hago". Aunque ahora sea mentira, porque ahora escribir sí que me produce un gran placer, y lo compruebo en estos mismos momentos, en estos instantes de flow silencioso que me regala como cada día este ratito frente al portátil.
Ahora, a mis veintisiete años, me veo en la curiosa posición de no contemplar ni por una milésima de segundo la posibilidad de dejar de escribir. Siempre pensé que me daría por vencida. Que dónde iba yo con el tema de la escritura. Estaba segura de que abandonaría en algún punto, y de que sería una adulta aburrida con un trabajo estándar y diría "es una pena que lo dejara; con lo bien que se me daba".
Cuando era más pequeña escuchaba la canción de Sabina: "no tenía salida el callejón del cuartel/ para el desertor del batallón/ de los nacidos para perder", y pensaba que yo estaba allí: con el traje gris de la multitud, incapaz de escapar de un porvenir chungo, incapaz de salir tan corriendo como lo había hecho él.
A estas alturas de la vida, aunque nunca consiguiera nada más como escritora de lo que he logrado hasta ahora y que no es mucho, puedo decir que he llegado más lejos de lo que habría soñado nunca. Para empezar, porque no me he dado por vencida. Pero es que además es eso: que escucho a Álex y debato con él sobre la posibilidad de no escribir como sobre un concepto abstracto y entretenido, pero no-puedo-no-escribir. Eso es así. Le planteo la duda fundamental del escritor: ¿preferirías dejar de escribir o dejar de leer? Yo dejaría de escribir antes que de leer, seguro, pero si dejara de escribir me moriría de la pena.
Sobre la honestidad: ojalá pudiera comprometerme con eso. A lo mejor no hacen falta semáforos de disponibilidad sexual, ni lloriquear sobre cómo está montada esta sociedad de mierda. A lo mejor sólo hace falta que yo sea honesta, y no me refiero a invitar a ChMM a tomar un café, que tampoco es tan grave, sino a decir las cosas y desentenderme de los resultados. Tengo verdades mucho más graves y más difíciles que un potencial café con ChMM. Más prohibidas, más oscuras, más si tú supieras lo que yo pienso quizá no me podrías mirar a la cara. Hay muchos sentimientos dormidos o anestesiados en este corazón tan pequeño, y ojalá pudiera comprometerme con ellos de forma radical y pelar las capas de mi cebolla emocional hasta quedarme sin nada.
Pero no puedo, punto. Aún no. En algún momento dejaré de tener miedo. Pero aún no.
Sobre aceptar: intento que cada día cuente. Quiero estar sana y tener a mi tobillo de vuelta, y al mismo tiempo sé que tengo la responsabilidad de aceptar bien esto. Por mí, por mis pacientes, porque estas cosas nunca suceden en un buen momento y porque no puedo pretender ayudar a los demás a que se adapten a vivir sin un pulmón o sin su marido muerto cuando yo no puedo convivir con un esguince de tobillo. Así que procuro disfrutar de estos días. Del esforzadísimo paseo con muletas hasta el desayuno de la Libre. De observar cómo se estira la gata al sol sobre la silla del salón. De escuchar reírse a Cris y a sus colegas mientras se tatúan imperdibles en las caderas (verídico) y de escribir como si no hubiera un mañana un mini ebook para Psicosupervivencia (más información pronto).
Hay momentos en la vida que parece que no merecen la pena, como recuperarse de un esguince, o como estar terminal. "Animar a los moribundos es una tarea de Sísifo", me dice J. por el Skype, y le contesto que no es exactamente así; el problema de Sísifo era que la piedra volvía a caerse cada noche; el problema de los moribundos es, precisamente, que la piedra se cae y punto, y que después de eso ya no hay nada. Lo que quiero decir es que todos los momentos están llenos de dignidad, y a mí estos momentos míos me parecen muy raros. Miro a toda la gente con sus tobillos sanos y me resulta extraño pensar que tantas cosas que amo están ahora mismo fuera de mi alcance. Sé que como pensamiento es un dramón injustificado, y que también está injustificado hablar de esto y de los enfermos terminales en el mismo párrafo, pero no sé si me estoy explicando. No puedo andar, no puedo correr, no puedo escalar, y cruzar hoy mi calle de lado a lado me ha costado la misma vida, y hoy por hoy esa es mi realidad, y es rara.
En cualquier caso, estoy más animada que los días anteriores. Más reconciliada. Me encuentro mejor desde que he decidido que todo tiene que contar y que tengo que hacer que merezcan la pena todas mis horas sobre esta tierra. Sigo preguntándome las mismas cosas al final del día: si he ayudado a alguien, si he expresado amor hacia alguien, si he aumentado mi nivel de atención, mi nivel de conciencia; si la respuesta es que sí, está todo bien, pueda o no andar, pueda o no escalar.
Gracias a todos los que me estáis mandando ánimos vía mail, twitter, comentarios y etcétera. Haced el favor, por cierto, de comentar el post anterior, que me quedó bien bonito. Y seguid ahí. Yo estoy comprometida con esto porque vosotros estáis comprometidos con esto. Y a día de hoy, madrugada del doce de febrero de 2013, a menos de cuarenta y ocho horas de constatar, un año más, mi incapacidad absoluta para generar amor romántico, va a resultar que mi relación con este blog y con vosotros es la más importante que tengo en mi vida. No sé si eso es bueno o malo, pero gracias.
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Amor y sucedáneos,
Escribir,
Reflexiones profundas
domingo, 10 de febrero de 2013
Tú en febrero, todavía
Lo que tú no sabías esa noche es que yo no quería volver. Que esa noche, concretamente esa noche, pensaba mandarte de una vez por todas al olvido y seguir con mi vida, y que nada de la charla intensa y negociadora que habíamos mantenido minutos antes había servido para moverme un milímetro de mi postura. Entonces sacaste aquel relato: una hoja de papel sobre la muerte de tu abuela. Me la alargaste para pedirme opinión. Yo sabía que harías lo que quisieras. Que aguantarías estoicamente mis broncas por escribir frases de seis líneas, que discutiríamos un par de comas y que después tú corregirías el texto como te diera la gana. Anda que no teníamos broncas tú y yo por corregir textos. Eres una bruja, me decías, y yo así no puedo escribir. No respetas lo que hago. Tú siempre más y mejor.
Aun así, me pudo la curiosidad, cogí la hoja y empecé a leer. Y ahí estabas tú. Ahí estaba esa escritura nunca perfecta, pero sí sensible. Así has sido siempre. Capaz de ponerle palabras a las cosas con una precisión preocupante. Y durante mucho tiempo me bastó con eso, y me bastó también aquella noche. Te vi de pie junto a tu abuela muerta de miedo, con ganas de decirle todo lo que te habías callado en años, sabiendo que no podías acompañarla más allá de la última frontera, y me reenamoré de ti como una gilipollas.
Esa noche volví contigo por el relato. Lo corregiste como te dio la gana, claro; aun así, volví contigo porque quería estar con alguien capaz de sentir de esa manera.
Te sigo leyendo. Cada vez menos, porque publicas poco, pero te sigo leyendo. Me sigue sorprendiendo tu capacidad para sentir las cosas. Hoy hablas de por qué nos gusta ser parte de relatos, y explicas esa cualidad de peso existencial que sentirnos narrados aporta a nuestras vidas. Me recuerdas a cuando tenía catorce o quince años y decía mucho eso de que alguien era "un personaje". Y cómo me dio por ponerme mística, Matilda style, y reflexionar sobre que ser un personaje estaba bien porque quería decir que eras interesante. Ni bueno ni malo; interesante, y lo bastante lleno de matices como para que alguien quisiera escribir sobre ti.
Hoy leo lo de los relatos y me encanta que hayas puesto palabras a algo que yo había pensado desde siempre. Que sentirnos narrados es desafiar a la muerte. Yo escribo sobre la gente, ¿sabes? También sobre ti. Lo estoy haciendo ahora. Eres mi personaje. Y me siento mal cuando lo hago, verídico: como si estuviera robando almas o poseyendo realidades ajenas. Me propongo siempre inventar más, aliñar con más ficción los trozos de esta realidad que me fascina. Aun así, acabo relatando a la gente a la que conozco. No sé si les gusta o no. No sé si les da más peso. Ya lo he dicho; trato de entender y, en cualquier caso, ya no sé ser de otra manera.
Decía Hornby en 31 canciones que dejamos de escuchar un tema cuando, de alguna forma, lo resolvemos. Cuando deja de ser un enigma. Mientras siga escribiéndote, seguiré resolviéndote. Mientras tú sigas escribiendo y yo siga teniendo ganas de leerte, seguirás creando enigma, siendo enigma. Compartiré esto con el mundo porque me hace falta, y porque no creo que te importe ser parte de mi relato a estas alturas. Seguiré siempre un poco enamorada de alguien capaz de sentir como tú.
Y como último secreto, te confieso que eres mi lugar seguro. Que en los talleres de relajación del hospital a menudo nos dicen que imaginemos un lugar donde nos sintamos completamente a salvo, totalmente seguros; que yo siempre lo intento con las playas, los campos y el sandwich de plumas en que he convertido mi cama. Aun así, terminas por ser tú. Tú tendido bocarriba sobre tu cama de COU, inmóvil bajo el sol de media tarde, serio y dormido a la hora de la siesta. Yo encajada sobre tu pecho, tranquila como la gata Mia ahora mismo en mi regazo, sin ninguna necesidad de moverme, de acomodarme, de rascarme. Cien por cien conforme con el hueco que estaba ocupando en el espacio y el tiempo.
Que sigas siendo mi lugar seguro a estas alturas; hay que joderse. Confesiones de domingo de una mujer con esguince.
Aun así, gracias. Por escribir, por ser y por venir a calmar a mi mente inquieta en los ejercicios de imaginación guiada. Espero que alguien o algo te quite por fin el protagonismo de mis febreros. Quizá el año que viene. Quizá otro año.
Aun así, me pudo la curiosidad, cogí la hoja y empecé a leer. Y ahí estabas tú. Ahí estaba esa escritura nunca perfecta, pero sí sensible. Así has sido siempre. Capaz de ponerle palabras a las cosas con una precisión preocupante. Y durante mucho tiempo me bastó con eso, y me bastó también aquella noche. Te vi de pie junto a tu abuela muerta de miedo, con ganas de decirle todo lo que te habías callado en años, sabiendo que no podías acompañarla más allá de la última frontera, y me reenamoré de ti como una gilipollas.
Esa noche volví contigo por el relato. Lo corregiste como te dio la gana, claro; aun así, volví contigo porque quería estar con alguien capaz de sentir de esa manera.
Te sigo leyendo. Cada vez menos, porque publicas poco, pero te sigo leyendo. Me sigue sorprendiendo tu capacidad para sentir las cosas. Hoy hablas de por qué nos gusta ser parte de relatos, y explicas esa cualidad de peso existencial que sentirnos narrados aporta a nuestras vidas. Me recuerdas a cuando tenía catorce o quince años y decía mucho eso de que alguien era "un personaje". Y cómo me dio por ponerme mística, Matilda style, y reflexionar sobre que ser un personaje estaba bien porque quería decir que eras interesante. Ni bueno ni malo; interesante, y lo bastante lleno de matices como para que alguien quisiera escribir sobre ti.
Hoy leo lo de los relatos y me encanta que hayas puesto palabras a algo que yo había pensado desde siempre. Que sentirnos narrados es desafiar a la muerte. Yo escribo sobre la gente, ¿sabes? También sobre ti. Lo estoy haciendo ahora. Eres mi personaje. Y me siento mal cuando lo hago, verídico: como si estuviera robando almas o poseyendo realidades ajenas. Me propongo siempre inventar más, aliñar con más ficción los trozos de esta realidad que me fascina. Aun así, acabo relatando a la gente a la que conozco. No sé si les gusta o no. No sé si les da más peso. Ya lo he dicho; trato de entender y, en cualquier caso, ya no sé ser de otra manera.
Decía Hornby en 31 canciones que dejamos de escuchar un tema cuando, de alguna forma, lo resolvemos. Cuando deja de ser un enigma. Mientras siga escribiéndote, seguiré resolviéndote. Mientras tú sigas escribiendo y yo siga teniendo ganas de leerte, seguirás creando enigma, siendo enigma. Compartiré esto con el mundo porque me hace falta, y porque no creo que te importe ser parte de mi relato a estas alturas. Seguiré siempre un poco enamorada de alguien capaz de sentir como tú.
Y como último secreto, te confieso que eres mi lugar seguro. Que en los talleres de relajación del hospital a menudo nos dicen que imaginemos un lugar donde nos sintamos completamente a salvo, totalmente seguros; que yo siempre lo intento con las playas, los campos y el sandwich de plumas en que he convertido mi cama. Aun así, terminas por ser tú. Tú tendido bocarriba sobre tu cama de COU, inmóvil bajo el sol de media tarde, serio y dormido a la hora de la siesta. Yo encajada sobre tu pecho, tranquila como la gata Mia ahora mismo en mi regazo, sin ninguna necesidad de moverme, de acomodarme, de rascarme. Cien por cien conforme con el hueco que estaba ocupando en el espacio y el tiempo.
Que sigas siendo mi lugar seguro a estas alturas; hay que joderse. Confesiones de domingo de una mujer con esguince.
Aun así, gracias. Por escribir, por ser y por venir a calmar a mi mente inquieta en los ejercicios de imaginación guiada. Espero que alguien o algo te quite por fin el protagonismo de mis febreros. Quizá el año que viene. Quizá otro año.
sábado, 9 de febrero de 2013
Lesionada
Cuando te lesionas, siempre tienes la sensación de que podías haberlo evitado con facilidad y te sientes gilipollas. Eso fue lo primero que pensé el jueves, justo después de escurrirme de una presa roma y notar cómo crujía mi tobillo izquierdo sobre el colchón del roco. Es un instante. Un puto instante. Y lo cambia todo. Me quedé tendida boca abajo sobre la lona, hiperventilando y llorando como una chiflada. La gente del roco se portó muy bien. Todos me consolaban: va, tía, es sólo un esguince, cuando te quieras dar cuenta estás aquí otra vez, y total, hace un montón de frío y todavía no es buena época para la roca. Yo sollozaba descontrolada: que no, que todo es una mierda, que yo quiero escalar y todo es una mierda.
Tardé un buen rato en conseguir coordinar las neuronas suficientes como para decidir que me iba al hopital. Mi tobillo tenía un huevo morado de un tamaño curioso. "Es horrible, horrible - repetía yo -. Tiene una pinta horrible". Verídico. Nunca se me había inflamado tanto un tobillo en tan poco tiempo. Me imaginaba roturas, operaciones y recuperaciones larguísimas.
Me acompañó al hospital Álex, el novio de una amiga, que había venido esa tarde a entrenar por primera vez. Tuvo el mérito enorme de convertir un rato angustioso en uno agradable. Estuvimos charlando de escritura, de blogs y de los Aristogatos. A mí después del primer analgésico intramuscular me empezó a entrar la risa absurda, y cuando el técnico de rayos me preguntó si tenía posibilidades de estar embarazada, le expliqué algo sobre la imposibilidad en estos momentos de algo así, mis celivibraciones y lo mala que está la cosa. Después me dio un ataque de risa mientras me pinchaban heparina y casi pateo al residente cuando intentó cortarme mis vaqueros favoritos. "Es que me hacen un culo estupendo", expliqué. Tuve momentos de despersonalización, en los que pensaba que esto no me podía estar pasando a mí. No me podía haber hecho un esguince de una forma tan absurda. Quería despertarme con normalidad y poder seguir con mi vida.
Ayer estaba sumamente triste. Por muchas cosas, no sé. No sólo por el esguince. Por la sensación de injusticia y de desprotección. La vida es injusta e incierta, eso ya lo sabemos todos, pero ayer concretamente me preguntaba qué mensaje me estaba mandando el universo. Ha sido una semana de mierda. Primero perdí mi cámara, luego resulta que el embrague de mi furgo no va bien y arreglarlo me sale por un pico, y ahora me quedo sin tobillo. La salud mal, el dinero mal, del amor ni hablamos, y encima todos los días rondando por Muertelandia y con mi precario equilibrio mental pendiente de un hilo.
No sé. Por primera vez en mucho tiempo, me encuentro desbordada.
Hoy el día ha ido mejor. He conseguido organizarme para escribir, leer y trabajar algo en Psicosupervivencia. He hecho suspensiones de dedos y dominadas en la espaldera que tenemos en el salón. Cuando le mandé ayer a Juanjo, mi colega valenciano, las fotos de la escayola por el whatsapp, me dijo que tenía mucha suerte; que ojalá él tuviera jodido el pie en lugar del tendón del dedo desde navidades. Que se pondría inhumano haciendo campus.
Están locos, estos escaladores.
El caso es que hoy, mientras ponía el lavavajillas apoyada en una muleta, pensaba que a saber lo que te va a tocar en esta vida, y que mira que si en lugar de un esguince me hubieran amputado la pierna y me tuviera que acostumbrar a vivir así. ¿Qué iba a hacer entonces? ¿Autocompadecerme? Tendría que tirar adelante de alguna forma.
A ratos pienso que es verdad que en esta sociedad no se tolera el malestar, pero que igual yo sí que estoy viendo demasiado malestar. Que la gente no se entera de las Verdades Chungas, pero que yo últimamente estoy convirtiendo mi vida en una Verdad Chunga y que las cosas tampoco son tan así. Y que quizá torcerse el tobillo es una buena defensa. No creo que las cosas pasen por una razón. Creo que esto es azar y punto, y que es nuestra esforzada mente narrativa la que se empeña en encontrarle un sentido a los acontecimientos. Aun así, quizá mi tobillo me está protegiendo de observar más desgracias durante unos días. A lo mejor no me viene mal quedarme en casa viendo pelis y durmiendo más de la cuenta, y olvidarme por un ratito de Muertelandia.
El miércoles tuve a una paciente con un duelo complicado. Estaba tan triste que me empezó a dar pena que su ser querido se hubiera muerto, en plan "con lo majo que era". ¿Estamos locos? No me puede dar pena que se muera el ser querido de otra persona. No lo puedo sentir como una pérdida personal, ni tener ganas de haberle conocido por lo majo que parece en palabras de mi paciente. Es excesivo y tengo que encontrar la manera de racionar todo eso, porque si no se me va a ir la olla.
[Concluyo diciendo que hoy ya estoy mejor y que creo que voy en marcha hacia reconciliarme con mi nuevo estatus de lesionada. Estoy planeando paseos con muletas por Lavapiés. Las muletas te ponen los brazos fuertes y no hay que perder esa oportunidad nunca. Aunque sólo sea porque no me puedo permitir bajar el ritmo de cara a mi viaje a Denver. O porque bueno, ahí está el pobre Juanjo haciendo senderismo porque su tendón no le deja escalar, y hay que ser solidarios con los colegas]
PD: Si de verdad, de verdad, queréis animarme, pasaros por Psicosupervivencia y compartid/comentad/suscribiros a la lista de correo. Necesito que alguien me convenza de que puedo ayudar a los demás, porque últimamente no me siento muy capaz *modo autocompasivo off.
Tardé un buen rato en conseguir coordinar las neuronas suficientes como para decidir que me iba al hopital. Mi tobillo tenía un huevo morado de un tamaño curioso. "Es horrible, horrible - repetía yo -. Tiene una pinta horrible". Verídico. Nunca se me había inflamado tanto un tobillo en tan poco tiempo. Me imaginaba roturas, operaciones y recuperaciones larguísimas.
Me acompañó al hospital Álex, el novio de una amiga, que había venido esa tarde a entrenar por primera vez. Tuvo el mérito enorme de convertir un rato angustioso en uno agradable. Estuvimos charlando de escritura, de blogs y de los Aristogatos. A mí después del primer analgésico intramuscular me empezó a entrar la risa absurda, y cuando el técnico de rayos me preguntó si tenía posibilidades de estar embarazada, le expliqué algo sobre la imposibilidad en estos momentos de algo así, mis celivibraciones y lo mala que está la cosa. Después me dio un ataque de risa mientras me pinchaban heparina y casi pateo al residente cuando intentó cortarme mis vaqueros favoritos. "Es que me hacen un culo estupendo", expliqué. Tuve momentos de despersonalización, en los que pensaba que esto no me podía estar pasando a mí. No me podía haber hecho un esguince de una forma tan absurda. Quería despertarme con normalidad y poder seguir con mi vida.
Ayer estaba sumamente triste. Por muchas cosas, no sé. No sólo por el esguince. Por la sensación de injusticia y de desprotección. La vida es injusta e incierta, eso ya lo sabemos todos, pero ayer concretamente me preguntaba qué mensaje me estaba mandando el universo. Ha sido una semana de mierda. Primero perdí mi cámara, luego resulta que el embrague de mi furgo no va bien y arreglarlo me sale por un pico, y ahora me quedo sin tobillo. La salud mal, el dinero mal, del amor ni hablamos, y encima todos los días rondando por Muertelandia y con mi precario equilibrio mental pendiente de un hilo.
No sé. Por primera vez en mucho tiempo, me encuentro desbordada.
Hoy el día ha ido mejor. He conseguido organizarme para escribir, leer y trabajar algo en Psicosupervivencia. He hecho suspensiones de dedos y dominadas en la espaldera que tenemos en el salón. Cuando le mandé ayer a Juanjo, mi colega valenciano, las fotos de la escayola por el whatsapp, me dijo que tenía mucha suerte; que ojalá él tuviera jodido el pie en lugar del tendón del dedo desde navidades. Que se pondría inhumano haciendo campus.
Están locos, estos escaladores.
El caso es que hoy, mientras ponía el lavavajillas apoyada en una muleta, pensaba que a saber lo que te va a tocar en esta vida, y que mira que si en lugar de un esguince me hubieran amputado la pierna y me tuviera que acostumbrar a vivir así. ¿Qué iba a hacer entonces? ¿Autocompadecerme? Tendría que tirar adelante de alguna forma.
A ratos pienso que es verdad que en esta sociedad no se tolera el malestar, pero que igual yo sí que estoy viendo demasiado malestar. Que la gente no se entera de las Verdades Chungas, pero que yo últimamente estoy convirtiendo mi vida en una Verdad Chunga y que las cosas tampoco son tan así. Y que quizá torcerse el tobillo es una buena defensa. No creo que las cosas pasen por una razón. Creo que esto es azar y punto, y que es nuestra esforzada mente narrativa la que se empeña en encontrarle un sentido a los acontecimientos. Aun así, quizá mi tobillo me está protegiendo de observar más desgracias durante unos días. A lo mejor no me viene mal quedarme en casa viendo pelis y durmiendo más de la cuenta, y olvidarme por un ratito de Muertelandia.
El miércoles tuve a una paciente con un duelo complicado. Estaba tan triste que me empezó a dar pena que su ser querido se hubiera muerto, en plan "con lo majo que era". ¿Estamos locos? No me puede dar pena que se muera el ser querido de otra persona. No lo puedo sentir como una pérdida personal, ni tener ganas de haberle conocido por lo majo que parece en palabras de mi paciente. Es excesivo y tengo que encontrar la manera de racionar todo eso, porque si no se me va a ir la olla.
[Concluyo diciendo que hoy ya estoy mejor y que creo que voy en marcha hacia reconciliarme con mi nuevo estatus de lesionada. Estoy planeando paseos con muletas por Lavapiés. Las muletas te ponen los brazos fuertes y no hay que perder esa oportunidad nunca. Aunque sólo sea porque no me puedo permitir bajar el ritmo de cara a mi viaje a Denver. O porque bueno, ahí está el pobre Juanjo haciendo senderismo porque su tendón no le deja escalar, y hay que ser solidarios con los colegas]
PD: Si de verdad, de verdad, queréis animarme, pasaros por Psicosupervivencia y compartid/comentad/suscribiros a la lista de correo. Necesito que alguien me convenza de que puedo ayudar a los demás, porque últimamente no me siento muy capaz *modo autocompasivo off.
viernes, 8 de febrero de 2013
lunes, 4 de febrero de 2013
El sandwich de plumas
Mi día de hoy ha sido asqueroso nivel oncología, así que en lugar de ponernos serios y hablar de que igual se me está pirando un poco la olla porque voy viendo a la muerte en todas partes, rollo Destino Final, vamos a escribir un post absurdo para olvidar que la realidad es básicamente una puta mierda.
El post se subtitula: por qué si eres un maromo bueno, interesante, escalador y razonablemente atractivo debes tener sexo conmigo PRONTO.
Antes de continuar, querido lector, tómate tu tiempo. Los humanos somos seres rapidillos a los que nos gusta anticiparnos y buscar explicaciones. Estarás pensando que te voy a contar otra vez que soy a la par estupenda y entusiasta, y que lo explícito de mis posts con la etiqueta "no puedo creer que no tuviera etiqueta para sexo" habla por sí solo. Después lloriquearé un rato diciendo que quiero un novio, empezaré a penar porque San Valentín se acerca y culminaré con un intento de salvar mi dignidad diciendo "pero el sexo sin compromiso no me afecta, así que venid a mí".
Pues no. Listo, que eres un listo.
Resulta que de un tiempo a esta parte, me he dado cuenta de que mi querido nórdico, el que compré en el Hipercor de Granada (pronúnciese hipercá) hace ya cinco años, no abriga tanto como antes. No sé por qué. Quizá las plumas han perdido plumicidad. Quizá envejezco y soy más friolera. Quizá me he quitado una capa cálida de grasita corporal. La cuestión es que últimamente el frío y yo hemos entrado en escalada, como EEUU y la URSS, y cuando me he querido dar cuenta, estaba durmiendo con leotardos térmicos, leggins, calcetines, camiseta térmica, pijama, forro polar, el nórdico y una manta. Verídico. A pesar de eso, me levantaba helada. Esta casa no está muy bien aislada y es un ático, así que de madrugada se parece demasiado a un iglú.
Así que hoy, después de darle un par de vueltas y concluir que total, en algún punto tendré que empezar a alimentarme de arroz blanco así que de perdidos al río, me he plantado en El Corte Inglés a aprovechar la Semana Fantástica de las Sábanas, o algo parecido. Que todas las semanas son fantásticas en el Corte Inglés, por otra parte, así que no tiene mérito haber pillado esta. He enganchado a un señor muy amable, nivel el Vendedor Motivado de los vaqueros de este verano, y le he dicho que quiero un edredón calentito con buena relación calidad-precio. Este señor ha tenido más suerte que VM, porque como el edredón no tiene por qué hacerme buen culo, soy menos sibarita. Me ha vendido un nórdico tirolés con nosecuántos millones de plumas de ganso y cientos de hilos de satén entretejidos, que encima estaba a mitad de precio y que venía en una cómoda funda de algodón.
"Es una buena compra", repetía el señor mientras me cobraba. "Más le vale - he contestado -, porque como siga pasando frío por las noches, va a tener usted un karma horrible". Ha sonreído con pavor. No sabe que se lo digo en serio.
Después he llegado a casa lista para hacer la cama y cambiar mi vida nocturna. He sacado el edredón antiguo y me disponía a guardarlo cuando he recordado algo. Una de las que llamaremos "las lecciones para la vida de Marian Keyes". Ahora mismo sólo recuerdo otra, que es: "si me quedara una hora de vida, la pasaría haciendo galletas en forma de zapato", pero seguro que hay más, porque MK es muy sabia. Lo que he recordado hoy es algo que hacía la protagonista de uno de sus libros y a lo que llamaremos el sandwich de plumas.
El sandwich de plumas no es una mera comodidad. Es lujuria. Es pereza. Es todos los pecados capitales a la vez, menos quizá la gula, pero sólo porque no puedes comer edredón nórdico.
Consiste en que utilizas dos nórdicos, dos. Uno lo colocas sobre el colchón y lo tapas con la bajera; el otro lo metes en su funda y lo pones encima. Como resultado, duermes con nórdico por arriba y otro por abajo, en un maravilloso bocadillo de calor y suavidad del que el despertador te arrancará sin piedad y con lágrimas en los ojos.
Así es mi cama ahora.
Y por eso, maromo bueno, interesante, escalador y razonablemente atractivo, éste (y no otro) es el momento óptimo para tener sexo conmigo. Porque podrás experimentar el sandwich de plumas con una rubia natural emocionalmente deprivada y debes hacerlo ahora, antes de que llegue la primavera y tenga que decirle adiós a mis dos maravillosos nórdicos. Así que ya sabes: no pierdas el tiempo. Esto es como la Semana Fantástica del Corte Inglés: luego habrá más oportunidades de conseguir beneficios, pero éstos, concretamente, tienen fecha de caducidad.
(Aprovecho para decir que quien quiera seguir mis estupideces musicales en Melomarina, e incluso apuntarse a escuchar los disquitos conmigo, lo mejor que puede hacer es agregarme a twitter -> @marinalunes, porque he configurado el Tumblr para que se coordine con twitter y avisar cada vez que publique algo nuevo. He dicho)
El post se subtitula: por qué si eres un maromo bueno, interesante, escalador y razonablemente atractivo debes tener sexo conmigo PRONTO.
Antes de continuar, querido lector, tómate tu tiempo. Los humanos somos seres rapidillos a los que nos gusta anticiparnos y buscar explicaciones. Estarás pensando que te voy a contar otra vez que soy a la par estupenda y entusiasta, y que lo explícito de mis posts con la etiqueta "no puedo creer que no tuviera etiqueta para sexo" habla por sí solo. Después lloriquearé un rato diciendo que quiero un novio, empezaré a penar porque San Valentín se acerca y culminaré con un intento de salvar mi dignidad diciendo "pero el sexo sin compromiso no me afecta, así que venid a mí".
Pues no. Listo, que eres un listo.
Resulta que de un tiempo a esta parte, me he dado cuenta de que mi querido nórdico, el que compré en el Hipercor de Granada (pronúnciese hipercá) hace ya cinco años, no abriga tanto como antes. No sé por qué. Quizá las plumas han perdido plumicidad. Quizá envejezco y soy más friolera. Quizá me he quitado una capa cálida de grasita corporal. La cuestión es que últimamente el frío y yo hemos entrado en escalada, como EEUU y la URSS, y cuando me he querido dar cuenta, estaba durmiendo con leotardos térmicos, leggins, calcetines, camiseta térmica, pijama, forro polar, el nórdico y una manta. Verídico. A pesar de eso, me levantaba helada. Esta casa no está muy bien aislada y es un ático, así que de madrugada se parece demasiado a un iglú.
Así que hoy, después de darle un par de vueltas y concluir que total, en algún punto tendré que empezar a alimentarme de arroz blanco así que de perdidos al río, me he plantado en El Corte Inglés a aprovechar la Semana Fantástica de las Sábanas, o algo parecido. Que todas las semanas son fantásticas en el Corte Inglés, por otra parte, así que no tiene mérito haber pillado esta. He enganchado a un señor muy amable, nivel el Vendedor Motivado de los vaqueros de este verano, y le he dicho que quiero un edredón calentito con buena relación calidad-precio. Este señor ha tenido más suerte que VM, porque como el edredón no tiene por qué hacerme buen culo, soy menos sibarita. Me ha vendido un nórdico tirolés con nosecuántos millones de plumas de ganso y cientos de hilos de satén entretejidos, que encima estaba a mitad de precio y que venía en una cómoda funda de algodón.
"Es una buena compra", repetía el señor mientras me cobraba. "Más le vale - he contestado -, porque como siga pasando frío por las noches, va a tener usted un karma horrible". Ha sonreído con pavor. No sabe que se lo digo en serio.
Después he llegado a casa lista para hacer la cama y cambiar mi vida nocturna. He sacado el edredón antiguo y me disponía a guardarlo cuando he recordado algo. Una de las que llamaremos "las lecciones para la vida de Marian Keyes". Ahora mismo sólo recuerdo otra, que es: "si me quedara una hora de vida, la pasaría haciendo galletas en forma de zapato", pero seguro que hay más, porque MK es muy sabia. Lo que he recordado hoy es algo que hacía la protagonista de uno de sus libros y a lo que llamaremos el sandwich de plumas.
El sandwich de plumas no es una mera comodidad. Es lujuria. Es pereza. Es todos los pecados capitales a la vez, menos quizá la gula, pero sólo porque no puedes comer edredón nórdico.
Consiste en que utilizas dos nórdicos, dos. Uno lo colocas sobre el colchón y lo tapas con la bajera; el otro lo metes en su funda y lo pones encima. Como resultado, duermes con nórdico por arriba y otro por abajo, en un maravilloso bocadillo de calor y suavidad del que el despertador te arrancará sin piedad y con lágrimas en los ojos.
Así es mi cama ahora.
Y por eso, maromo bueno, interesante, escalador y razonablemente atractivo, éste (y no otro) es el momento óptimo para tener sexo conmigo. Porque podrás experimentar el sandwich de plumas con una rubia natural emocionalmente deprivada y debes hacerlo ahora, antes de que llegue la primavera y tenga que decirle adiós a mis dos maravillosos nórdicos. Así que ya sabes: no pierdas el tiempo. Esto es como la Semana Fantástica del Corte Inglés: luego habrá más oportunidades de conseguir beneficios, pero éstos, concretamente, tienen fecha de caducidad.
(Aprovecho para decir que quien quiera seguir mis estupideces musicales en Melomarina, e incluso apuntarse a escuchar los disquitos conmigo, lo mejor que puede hacer es agregarme a twitter -> @marinalunes, porque he configurado el Tumblr para que se coordine con twitter y avisar cada vez que publique algo nuevo. He dicho)
Mi última estupidez
Mi última estupidez no es haber perdido mi cámara réflex, aunque eso es algo que ha sucedido hoy. Lo de la cámara se lo he contado a los jipis de la lista de correo de psicosupervivencia, que son amor, y ya está aceptado y superado. Mi última estupidez es que hoy he ido a la Fnac y no se me ha ocurrido otra cosa que comprarme "1001 discos que hay que escuchar antes de morir". Que yo sé que estoy muy pesada con la muerte y tal, pero esta vez la cosa iba más de música que de muerte.
Mi absoluta carencia de gusto musical es de mis mayores vergüenzas. Soy una persona que por las mañanas se sube al metro y se pone Gangnam Style sólo para mirar a la gente, imaginarles bailando en plan flashmob y reírse sola. Acto seguido, continúo mi programación matutina con "La raja de tu falda", "Hips don't lie" y perlas así. Lo único que me salva de la vergüenza musical es pensarme como una persona a la que al menos le gustan Sabina y Extremoduro, que son como medio dignos, y que le da mucha importancia a las letras bonitas.
Cuando empecé con MQEN no sabía nada de la vida, así que cometí el error de decirle que me recomendara música. MQEN es amor y es musicólogo, pero de recomendar(me) música no tiene ni idea. Creo que en algún lugar de su mente esperaba que yo mutara y me transformara en el tipo de persona que valora las suites de rock sinfónico de veinte minutos de duración, pero eso no iba a suceder. Yo hacía esfuerzos descomunales por comprender y apreciar su música, pero terminaba quedándome con las baladas sencillitas de cada álbum.
Terminé con MQEN y decidí escuchar lo que me saliera del potorro el resto de mi vida, y aquí me veo. Veintisiete años, un halo de culturilla polivalente y los gustos musicales de una espectadora de Físcia o Química (porque yo NUNCA he visto Física o Química, qué va, y además Cabano no me ponía nada, nonono). Y bueno, a estas alturas no es que me importe lo que nadie piense de mí, pero opino que quizá me esté perdiendo algo. La oportunidad de apreciar otros niveles de belleza. En realidad me gusta la música, y cuando encuentro algo que me conmueve soy muy feliz. El problema es que estoy un poco perdida. Mis padres nunca le han dado mucha importancia a la música; son de gustos más bien sencillotes. Mi hermano tuvo su época reggaetón y su época rap, y no sé bien por dónde anda ahora, así que tampoco es útil. J. era igual de terrible que MQEN para encontrar convergencias musicales conmigo, y mis amigas hacen cosas como confesar en momentos insospechados que se escapaban en feria para ir a los conciertos de Andy y Lucas. Verídico.
Así que bueno, sé que es como muy cutre comprarse un libro que se llame "1001 discos que hay que escuchar antes de morir" y pretender escucharlos en el Spotify. La cultura musical, en teoría, no se adquiere así. Mola más el rollo "yo tenía doce años y con mi paga semanal me compraba cintas para que me las grabara el vecino" Pero qué queréis que os diga. Me gusta organizarme. Me gusta que las cosas tengan un método y orientarme en el espacio tiempo. Me mola que alguien seleccione artistas, discos y canciones, y que encima me explique cosas de unos y otros. Me da sensación de seguridad.
Así que aquí estoy, con mi libro y mi suscripción premium (que ya la tenía de antes, por cierto, para escuchar a Shakira sin interrupciones publicitarias). No tengo claro por dónde empezar. Por orden cronológico me aberra un poco; si tengo que estar meses escuchando música de los 50, quizá pierda el interés por este proyecto. Así que creo que voy a ir saltando un poco entre épocas, según me vaya fluyendo la movida. Me gustaría escribir sobre los discos que voy escuchando, pero tengo un problema serio con la escritura, a saber: me paso. Escribo DEMASIADO para tener además un trabajo a jornada completa. Aun así, como no tengo remedio, he abierto un tumblr para la ocasión, porque además creo que es la única red social que me falta por explorar (junto con Pinterest, que no lo pillo guay, pero bueno; dadme tiempo. Las redes sociales son como los pantalones de pitillo: al principio te horripilan y luego no podrías vivir sin ellos).
Resumiendo el percal: voy a escuchar música y quizá escriba algo sobre ello. Quizá no. Tampoco os matéis mirando el tumblr porque igual duro dos días. Si duro más de dos días, os lo haré saber para que volváis por allí. Si voy a buen ritmo, quizá llegue a los treinta años con... bueno, no con un culturón musical de la ostia, pero al menos con respuestas menos vergonzosas para la pregunta "y a ti qué música te gusta".
Y digo que es una estupidez porque mi vida es un macroproyecto constante y todo, en realidad, ¿para qué? Cualquier día me dejo de metas e historias y me tumbo delante de la tele a ver Sálvame mientras me alimento de tuppers del chino. Cualquier día, como diría Miguelito el de Mafalda, doy el marinazo.
Tened una muy feliz semana, lectores queridos. Moláis.
Mi absoluta carencia de gusto musical es de mis mayores vergüenzas. Soy una persona que por las mañanas se sube al metro y se pone Gangnam Style sólo para mirar a la gente, imaginarles bailando en plan flashmob y reírse sola. Acto seguido, continúo mi programación matutina con "La raja de tu falda", "Hips don't lie" y perlas así. Lo único que me salva de la vergüenza musical es pensarme como una persona a la que al menos le gustan Sabina y Extremoduro, que son como medio dignos, y que le da mucha importancia a las letras bonitas.
Cuando empecé con MQEN no sabía nada de la vida, así que cometí el error de decirle que me recomendara música. MQEN es amor y es musicólogo, pero de recomendar(me) música no tiene ni idea. Creo que en algún lugar de su mente esperaba que yo mutara y me transformara en el tipo de persona que valora las suites de rock sinfónico de veinte minutos de duración, pero eso no iba a suceder. Yo hacía esfuerzos descomunales por comprender y apreciar su música, pero terminaba quedándome con las baladas sencillitas de cada álbum.
Terminé con MQEN y decidí escuchar lo que me saliera del potorro el resto de mi vida, y aquí me veo. Veintisiete años, un halo de culturilla polivalente y los gustos musicales de una espectadora de Físcia o Química (porque yo NUNCA he visto Física o Química, qué va, y además Cabano no me ponía nada, nonono). Y bueno, a estas alturas no es que me importe lo que nadie piense de mí, pero opino que quizá me esté perdiendo algo. La oportunidad de apreciar otros niveles de belleza. En realidad me gusta la música, y cuando encuentro algo que me conmueve soy muy feliz. El problema es que estoy un poco perdida. Mis padres nunca le han dado mucha importancia a la música; son de gustos más bien sencillotes. Mi hermano tuvo su época reggaetón y su época rap, y no sé bien por dónde anda ahora, así que tampoco es útil. J. era igual de terrible que MQEN para encontrar convergencias musicales conmigo, y mis amigas hacen cosas como confesar en momentos insospechados que se escapaban en feria para ir a los conciertos de Andy y Lucas. Verídico.
Así que bueno, sé que es como muy cutre comprarse un libro que se llame "1001 discos que hay que escuchar antes de morir" y pretender escucharlos en el Spotify. La cultura musical, en teoría, no se adquiere así. Mola más el rollo "yo tenía doce años y con mi paga semanal me compraba cintas para que me las grabara el vecino" Pero qué queréis que os diga. Me gusta organizarme. Me gusta que las cosas tengan un método y orientarme en el espacio tiempo. Me mola que alguien seleccione artistas, discos y canciones, y que encima me explique cosas de unos y otros. Me da sensación de seguridad.
Así que aquí estoy, con mi libro y mi suscripción premium (que ya la tenía de antes, por cierto, para escuchar a Shakira sin interrupciones publicitarias). No tengo claro por dónde empezar. Por orden cronológico me aberra un poco; si tengo que estar meses escuchando música de los 50, quizá pierda el interés por este proyecto. Así que creo que voy a ir saltando un poco entre épocas, según me vaya fluyendo la movida. Me gustaría escribir sobre los discos que voy escuchando, pero tengo un problema serio con la escritura, a saber: me paso. Escribo DEMASIADO para tener además un trabajo a jornada completa. Aun así, como no tengo remedio, he abierto un tumblr para la ocasión, porque además creo que es la única red social que me falta por explorar (junto con Pinterest, que no lo pillo guay, pero bueno; dadme tiempo. Las redes sociales son como los pantalones de pitillo: al principio te horripilan y luego no podrías vivir sin ellos).
Resumiendo el percal: voy a escuchar música y quizá escriba algo sobre ello. Quizá no. Tampoco os matéis mirando el tumblr porque igual duro dos días. Si duro más de dos días, os lo haré saber para que volváis por allí. Si voy a buen ritmo, quizá llegue a los treinta años con... bueno, no con un culturón musical de la ostia, pero al menos con respuestas menos vergonzosas para la pregunta "y a ti qué música te gusta".
Y digo que es una estupidez porque mi vida es un macroproyecto constante y todo, en realidad, ¿para qué? Cualquier día me dejo de metas e historias y me tumbo delante de la tele a ver Sálvame mientras me alimento de tuppers del chino. Cualquier día, como diría Miguelito el de Mafalda, doy el marinazo.
Tened una muy feliz semana, lectores queridos. Moláis.
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