- ¿Qué te pongo?
- Condones.
La farmacéutica levantó un poco las cejas. Estaba más acostumbrada al "preservativos" o al "unacajadepreservativosporfavor", todo así junto, muy rápido, como quien pide droga. El chico sonreía ampliamente.
- Eh... vale, muy bien. ¿de qué tipo?
- De los mejores.
- ¿Cómo que de los mejores?
- Pues eso - asintió con la cabeza -. De los mejores que tengas. Quiero condones del taco.
La farmacéutica resopló. Miró al chico con más atención: no tendría más de dieciocho o diecinueve años, y llevaba una gorra y una sudadera ancha.
- Es que lo de los mejores pues... depende de lo que a ti te guste.
- A ver, se supone que usted entiende de esto. ¿Cuáles son los de marca?
Este se cree que está comprando vaqueros, pensó ella.
- Las marcas son más o menos iguales. Todas las que tenemos aquí cumplen con los controles de sanidad y seguridad.
- Eso está bien, que no quiero que se pinchen.
- A ver - se dio la vuelta y empezó a tirar cajas sobre el mostrador con cierta brusquedad -. Tenemos estriados. Tenemos ultrafinos. Tenemos de los que retrasan la eyaculación.
- ¿Tardas más en correrte? Hala, ¿y eso cómo lo hacen?
- Le ponen alguna sustancia, un anestésico suave, si no me equivoco.
- ¿Y que se me duerma la polla? Yo paso.
- A ver, no es que se te duerma del todo - estudia una carrera para esto, se dijo -, pero si no te gustan, te puedes llevar otros.
- Pero es que yo quiero los mejores. Los mejores-mejores, no sé si me entiendes.
Sonó el pitido que indicaba que alguien acababa de entrar a la farmacia. Era un chico también joven, pero menos: un treintañero con aspecto despistado y gafas de pasta.
- Si yo te entiendo, pero te digo que eso es una cuestión de gustos. Llévate los más caros.
- ¿Y cuáles son los más caros?
- A ver... ocho con cuarenta... diez con veinticinco... estos. Los del anestésico.
- Ni de coña.
El chico se volvió hacia el treintañero, que miraba la colección de preservativos sobre el mostrador intentando enterarse de qué iba la cosa.
- ¿Tú qué crees? ¿Cuáles son los mejores?
- Pues...yo qué sé... depende de los gustos.
- ¿Verdad? - la farmacéutica asintió - ¡eso le he dicho yo!
El chico se quedó en silencio. Pasó la mano por los envoltorios de colores, levantó las cajas, las giró en sus manos.
- Es que ella es La Mejor.
La farmacéutica y el treintañero pudieron escuchar las mayúsculas.
- Me llevo estos - el chaval agarró la caja de ultrasensibles.
La farmacéutica los envolvió en papel con el logotipo de la farmacia, pensando que la serpiente y la copa nunca se habían visto en una parecida. Le observaron marchar con los Mejores Condones en la mano, casi saltando por la acera.
- Las hay con suerte - dijo el treintañero, subiéndose las gafas con el índice.
Ella tardó un par de segundos en contestar.
- Sí, la verdad. Las hay con suerte.
Y se apresuró a guardar de nuevo todas las cajas de preservativos mientras pensaba en el amor, esa mala hierba.
martes, 19 de febrero de 2013
lunes, 18 de febrero de 2013
Ocho años, mil entradas
Queridos míos:
Resulta que, tal día como hoy, este humilde blog lleva publicadas novecientas setenta y dos entradas. Así, como suena. Esto quiere decir que dentro de más o menos un mes, publicaremos la entrada número mil. ¡¡Viva y bravo!!
Mil es bastante de casi cualquier cosa, así que es motivo para estar orgullosa y contenta. Si hiciera mil tartas, o escalara mil vías, o aprendiera mil canciones a la guitarra, sería una gran repostera/ escaladora/ guitarrista. De momento, no sé si soy una gran escritora, pero he decidido autoadjudicarme desde ya el título de Gran Bloguera.
Cierto que cojeo un poco en algunos aspectos del mundo blog. Como me recuerda con rencor el señor M. cada vez que aparece, respondo a los comentarios sólo por temporadas. Comento en blogs ajenos muy de vez en cuando. Mi blogroll es medio simbólico. Digamos que soy una bloguera egocéntrica que escribe y escribe y escribe y punto, y que en la cosa social me quedo un poco corta. Pero bueno. Escribir y punto está bastante bien.
La cosa es que quiero celebrar las mil entradas. No sé exactamente cómo. Sé que a) va a haber una tarta y velas de mil y que b) os tengo preparada una sorpresa y una no sorpresa. La no sorpresa os la voy a decir ya, y es que el día de la entrada número mil, por fin, nos vamos a mudar a nuestro propio dominio. Massobreloslunes.com: ya era hora. La sorpresa, lógicamente, es una sorpresa. Vamos a inventarnos ya un nombre estrafalario para ponerle iniciales, ¿vale? Le vamos a llamar la Increíble Sorpresa de las Mil Entradas, o ISME, que está bien porque es un acrónimo y por tanto se puede pronunciar*
Además de la tarta, la ISME y la NOSME (NO Sorpresa de las Mil Entradas), me gustaría hacer algo más. Algo que os involucre a vosotros. Pero no tengo claro qué.
¿Fiesta en Madrid con la tarta y los lectores de aquí? Muy raro. Ya os voy conociendo por separado, pero juntaros a todos para que habléis de mí me parece excesivo. Aunque va a ser una tarta genial, lo advierto. Con glaseado rosa.
¿Contribución vuestra sobre el blog? Algo como "y entonces massobreloslunes me cambió la vida porque... (inserta tu historia personal)". O bueno, "massobreloslunes me entretiene por las mañanas mientras me tomo el café". A mí ya me vale.
¿Concurso de... yo qué sé... postales? ¿Retratos de así me imagino a Marina? Y luego llegarían caricaturas de mí con muchos rulos, muchos gatos y churretes de chocolate, y una nube saliendo de mi cabeza en la que pondría: "¿¿¿cuándo llegará el Maromo Definitivo???"
Uf, no sé. Es todo como egomaníaco. ¿Alguien tiene alguna idea mejor? Si no, podemos limitarnos a la tarta, y la ISME, y me dejáis comentarios bonitos en la entrada número mil, y ya está.
*Desde que tengo a la RAE en la barra de herramientas, hablo con esta propiedad.
Resulta que, tal día como hoy, este humilde blog lleva publicadas novecientas setenta y dos entradas. Así, como suena. Esto quiere decir que dentro de más o menos un mes, publicaremos la entrada número mil. ¡¡Viva y bravo!!
Mil es bastante de casi cualquier cosa, así que es motivo para estar orgullosa y contenta. Si hiciera mil tartas, o escalara mil vías, o aprendiera mil canciones a la guitarra, sería una gran repostera/ escaladora/ guitarrista. De momento, no sé si soy una gran escritora, pero he decidido autoadjudicarme desde ya el título de Gran Bloguera.
Cierto que cojeo un poco en algunos aspectos del mundo blog. Como me recuerda con rencor el señor M. cada vez que aparece, respondo a los comentarios sólo por temporadas. Comento en blogs ajenos muy de vez en cuando. Mi blogroll es medio simbólico. Digamos que soy una bloguera egocéntrica que escribe y escribe y escribe y punto, y que en la cosa social me quedo un poco corta. Pero bueno. Escribir y punto está bastante bien.
La cosa es que quiero celebrar las mil entradas. No sé exactamente cómo. Sé que a) va a haber una tarta y velas de mil y que b) os tengo preparada una sorpresa y una no sorpresa. La no sorpresa os la voy a decir ya, y es que el día de la entrada número mil, por fin, nos vamos a mudar a nuestro propio dominio. Massobreloslunes.com: ya era hora. La sorpresa, lógicamente, es una sorpresa. Vamos a inventarnos ya un nombre estrafalario para ponerle iniciales, ¿vale? Le vamos a llamar la Increíble Sorpresa de las Mil Entradas, o ISME, que está bien porque es un acrónimo y por tanto se puede pronunciar*
Además de la tarta, la ISME y la NOSME (NO Sorpresa de las Mil Entradas), me gustaría hacer algo más. Algo que os involucre a vosotros. Pero no tengo claro qué.
¿Fiesta en Madrid con la tarta y los lectores de aquí? Muy raro. Ya os voy conociendo por separado, pero juntaros a todos para que habléis de mí me parece excesivo. Aunque va a ser una tarta genial, lo advierto. Con glaseado rosa.
¿Contribución vuestra sobre el blog? Algo como "y entonces massobreloslunes me cambió la vida porque... (inserta tu historia personal)". O bueno, "massobreloslunes me entretiene por las mañanas mientras me tomo el café". A mí ya me vale.
¿Concurso de... yo qué sé... postales? ¿Retratos de así me imagino a Marina? Y luego llegarían caricaturas de mí con muchos rulos, muchos gatos y churretes de chocolate, y una nube saliendo de mi cabeza en la que pondría: "¿¿¿cuándo llegará el Maromo Definitivo???"
Uf, no sé. Es todo como egomaníaco. ¿Alguien tiene alguna idea mejor? Si no, podemos limitarnos a la tarta, y la ISME, y me dejáis comentarios bonitos en la entrada número mil, y ya está.
*Desde que tengo a la RAE en la barra de herramientas, hablo con esta propiedad.
domingo, 17 de febrero de 2013
Esguince mental
A veces estás escribiendo, y escribiendo, y venga a escribir (esa es mi vida) y de repente das un patinazo. Como cuando caminas. E, igual que me pasó hace diez días con el esguince, todo se tuerce y te caes al suelo partida de dolor. No sé por qué, pero estos dos últimos días ha sido así. Me sentía, como dice Natalie Goldberg en uno de sus libros, "explotada por la musa". Tenía que ver con la GPPEP, creo yo. Es cierto que es un texto sobre psicología y que no es tan íntimo como esto, pero no deja de ser escritura y de haber salido de mis manos y mi cabeza. Sigue siendo personal, significa exponerse y también duele.
A veces los pacientes tienen ansiedad y se quejan porque la medicación los seda. Yo siempre les digo que esto es como la cara y la cruz de una moneda: no puedes tenerlas a ambas al mismo tiempo. Y no puedes estar tranquilito y no sedado. O te sedas, o vives la vida con su angustia y su dolor. Creo que con esto es igual. Tienes que elegir. O escribes con todas sus consecuencias o no escribes y te callas la boca.
Ayer fue un día malo. Malo nivel que en un momento dado me tuve que resignar a que estaba muy, muy triste y muy, muy amargada de tener el pie mal y muy, muy cansada de intentar aprovechar el tiempo, ser una buena psicóloga en todos los ámbitos de mi vida y buscarle un sentido a los días. Me tiré en el sofá y me dormí con las dos gatas encima. Me desperté preguntándome si quiero seguir haciendo esto. Escribir en general y escribir sobre mí en particular. ¿Qué sentido tiene? Me deja en una posición muy débil. Soy el equivalente existencial al animal que se tira en el suelo descubriendo el cuello.
Entonces pensé que en los libros que me han ayudado a mí la gente se exponía. En la de desconocidos que me han contado sus penas y debilidades de forma más o menos directa. Pensé que esta era mi forma de hacer las cosas y que sí que merece la pena. Y decidí que no me lo iba a plantear más; que iba a hacerlo, punto. Que no es ni bueno ni malo. Que, como dice Harold Brodkey, que escribió con crudeza sobre su SIDA, su homosexualidad y la proximidad de su muerte, "no creo en el sentido de la intimidad o, mejor dicho: no creo en dejar la memoria en manos y bocas ajenas" (cito de memoria, que no he podido encontrar la frase en Google).
En estos días post escayola vuelvo a caminar por la casa. Cuando pude sostenerme de nuevo sobre los dos pies, fue mágico. Está bien recuperar poco a poco lo que antes dabas por sentado. Lo aprecias de nuevo. Camino muy despacio, como si estuviera aprendiendo a andar, procurando estar atenta al contacto de mis pies sobre el suelo. Lo mismo me pasa cada vez que tengo esguinces mentales de escritora. He de recuperar el ritmo, ponerme otra vez de pie, tener cuidado para no volver a abrir las heridas. Lo importante es seguir adelante. No abusar del reposo. Y, sobre todo, tener en cuenta que andas en una dirección. Que andas porque crees en la posibilidad de llegar a alguna parte.
A veces los pacientes tienen ansiedad y se quejan porque la medicación los seda. Yo siempre les digo que esto es como la cara y la cruz de una moneda: no puedes tenerlas a ambas al mismo tiempo. Y no puedes estar tranquilito y no sedado. O te sedas, o vives la vida con su angustia y su dolor. Creo que con esto es igual. Tienes que elegir. O escribes con todas sus consecuencias o no escribes y te callas la boca.
Ayer fue un día malo. Malo nivel que en un momento dado me tuve que resignar a que estaba muy, muy triste y muy, muy amargada de tener el pie mal y muy, muy cansada de intentar aprovechar el tiempo, ser una buena psicóloga en todos los ámbitos de mi vida y buscarle un sentido a los días. Me tiré en el sofá y me dormí con las dos gatas encima. Me desperté preguntándome si quiero seguir haciendo esto. Escribir en general y escribir sobre mí en particular. ¿Qué sentido tiene? Me deja en una posición muy débil. Soy el equivalente existencial al animal que se tira en el suelo descubriendo el cuello.
Entonces pensé que en los libros que me han ayudado a mí la gente se exponía. En la de desconocidos que me han contado sus penas y debilidades de forma más o menos directa. Pensé que esta era mi forma de hacer las cosas y que sí que merece la pena. Y decidí que no me lo iba a plantear más; que iba a hacerlo, punto. Que no es ni bueno ni malo. Que, como dice Harold Brodkey, que escribió con crudeza sobre su SIDA, su homosexualidad y la proximidad de su muerte, "no creo en el sentido de la intimidad o, mejor dicho: no creo en dejar la memoria en manos y bocas ajenas" (cito de memoria, que no he podido encontrar la frase en Google).
En estos días post escayola vuelvo a caminar por la casa. Cuando pude sostenerme de nuevo sobre los dos pies, fue mágico. Está bien recuperar poco a poco lo que antes dabas por sentado. Lo aprecias de nuevo. Camino muy despacio, como si estuviera aprendiendo a andar, procurando estar atenta al contacto de mis pies sobre el suelo. Lo mismo me pasa cada vez que tengo esguinces mentales de escritora. He de recuperar el ritmo, ponerme otra vez de pie, tener cuidado para no volver a abrir las heridas. Lo importante es seguir adelante. No abusar del reposo. Y, sobre todo, tener en cuenta que andas en una dirección. Que andas porque crees en la posibilidad de llegar a alguna parte.
jueves, 14 de febrero de 2013
SV 2013: ¿Superando mis traumas?
Lo que no sabéis mis queridos lectores, o quizá no recordáis, es que si San Valentín me aberra tanto es porque J. y yo lo dejamos poco después hace ya tres años, y por eso mi último recuerdo de SV está teñido de desesperación prerruptura. En sí que sea SV y no tener pareja no me importa tanto: igual de sola te puedes sentir el catorce de febrero que el veinte de octubre. Si estos dos años pasados me he puesto melancólica ha sido porque me acordaba de mí intentando avivar las llamas del amor en medio de la desesperación.
Hoy, sin embargo, ha sido un SV genial. Me lo he pasado entero terminando de escribir y corregir la Guía Práctica Para Evitar al Psicólogo. Ahora que ya está enviada y que la gente la está leyendo en sus casas, me siento rara. Pienso que nadie va a estar de acuerdo con nada de lo que he escrito (es más: pienso que a nadie le va a parecer lo bastante interesante como para terminarla) y que quién coño me creo para decirles a los demás cómo vivir. Pero bueno. Es mi eterna duda. La eterna cuestión de cómo adoptar una postura respecto a lo que debe ser la vida y mantenerla; el compromiso constante de vivir en tu particular versión de lo posible, aun sabiendo que perseguir una conclusión consistente es tan iluso como querer volar.
Y me lo he pasado muy bien, en cualquier caso. Da igual lo que pase con la guía: ¿no es genial Internet? Porque yo aquí en mi casa acabo de fabricar algo que no existiría de no ser por mí, lo he colgado en la red y ya lo han descargado 75 jipis, y nadie más que yo ha tenido que tomar la decisión de escribirlo. Y, como os comentaba hace unos días, simplemente siendo capaz de hacer algo así ya he superado mis expectativas más salvajes como escritora, así que hoy estamos de celebración. Además, después ha venido mi cita de SV, una lectora que es obviamente amor, y que aunque no me ha traído ni rosas ni molletes ha tenido el mérito increíble de colocarse frente a mí al bajar las escaleras con las muletas para amortiguarme si me la pegaba. Y hemos entrado en un bar cercano, y bebido vino, y comido tarta de chocolate, y hablado de psicología y de la vida, y he concluido que, efectivamente, no estoy en posesión de la verdad, pero que explorar las distintas maneras de aliviar el sufrimiento de la gente es lo bastante divertido como para que no me importe.
Así que bueno, ese ha sido mi SV y, sinceramente: ha sido bastante mejor que este. Ya os dije que igual resulta que vosotros, mi conjunto de lectores pacientes, sois la relación más importante que tengo ahora mismo, y que ni me importa. Porque, igual que Murakami, creo que ésta es una relación que no puedo no tener. Que incluso aunque llegue el MD, seguiré necesitando dirigirme a la masa anónima de gente que me lee, y que eso me gusta. Así que mi SV lo he pasado escribiendo para mis lectores, y no se me ocurre una forma mejor.
PD: Si alguien quiere conseguir la guía, no le va a quedar más remedio que esperar a que la corrija, que la primera hornada ya está entregada y pendiente de opinión por los jipis. Pero tranquilos, que avisaré de nuevo por aquí cuando esté lista.
Besitos amorosos.
Hoy, sin embargo, ha sido un SV genial. Me lo he pasado entero terminando de escribir y corregir la Guía Práctica Para Evitar al Psicólogo. Ahora que ya está enviada y que la gente la está leyendo en sus casas, me siento rara. Pienso que nadie va a estar de acuerdo con nada de lo que he escrito (es más: pienso que a nadie le va a parecer lo bastante interesante como para terminarla) y que quién coño me creo para decirles a los demás cómo vivir. Pero bueno. Es mi eterna duda. La eterna cuestión de cómo adoptar una postura respecto a lo que debe ser la vida y mantenerla; el compromiso constante de vivir en tu particular versión de lo posible, aun sabiendo que perseguir una conclusión consistente es tan iluso como querer volar.
Y me lo he pasado muy bien, en cualquier caso. Da igual lo que pase con la guía: ¿no es genial Internet? Porque yo aquí en mi casa acabo de fabricar algo que no existiría de no ser por mí, lo he colgado en la red y ya lo han descargado 75 jipis, y nadie más que yo ha tenido que tomar la decisión de escribirlo. Y, como os comentaba hace unos días, simplemente siendo capaz de hacer algo así ya he superado mis expectativas más salvajes como escritora, así que hoy estamos de celebración. Además, después ha venido mi cita de SV, una lectora que es obviamente amor, y que aunque no me ha traído ni rosas ni molletes ha tenido el mérito increíble de colocarse frente a mí al bajar las escaleras con las muletas para amortiguarme si me la pegaba. Y hemos entrado en un bar cercano, y bebido vino, y comido tarta de chocolate, y hablado de psicología y de la vida, y he concluido que, efectivamente, no estoy en posesión de la verdad, pero que explorar las distintas maneras de aliviar el sufrimiento de la gente es lo bastante divertido como para que no me importe.
Así que bueno, ese ha sido mi SV y, sinceramente: ha sido bastante mejor que este. Ya os dije que igual resulta que vosotros, mi conjunto de lectores pacientes, sois la relación más importante que tengo ahora mismo, y que ni me importa. Porque, igual que Murakami, creo que ésta es una relación que no puedo no tener. Que incluso aunque llegue el MD, seguiré necesitando dirigirme a la masa anónima de gente que me lee, y que eso me gusta. Así que mi SV lo he pasado escribiendo para mis lectores, y no se me ocurre una forma mejor.
PD: Si alguien quiere conseguir la guía, no le va a quedar más remedio que esperar a que la corrija, que la primera hornada ya está entregada y pendiente de opinión por los jipis. Pero tranquilos, que avisaré de nuevo por aquí cuando esté lista.
Besitos amorosos.
Etiquetas:
Amor y sucedáneos,
Contenta,
Escribir,
Psicología
miércoles, 13 de febrero de 2013
Profesiones inventadas, 2: El anecdotista
El anecdotista inventa anécdotas para la gente. No se trata de vulgares recuerdos, de esos que todo el mundo tiene, sino de anécdotas originales y divertidas que quedan bien en una primera cita o en una reunión social.
El anecdotista sabe adaptar su material al público que lo recibirá. Puede crear una historia para que un universitario presuma frente a sus colegas. En ese caso, hablará de aquel día, en el instituto, en que se quedó un rato después de clase y la profe de francés, aquella rubia demasiado pintada de tetas gloriosas, le pidió que le grabara con su smartphone mientras se masturbaba en un pupitre. Para la chica a la que el estudiante quiere impresionar, sin embargo, el anecdotista inventará que hace muchos años, cuando era tan pequeño que apenas se acuerda, su abuelo le llevó a un risco cercano al pueblo donde podía verse anidar al alimoche, pero que no hubo suerte y no divisaron ninguno. Y que años después, cuando el abuelo murió de insuficiencia respiratoria sin que nadie lo esperara, el chico caminó hacia el risco con el corazón encogido y justo allí, mientras se permitía llorar todo lo que no había llorado en el funeral, vio como un alimoche dibujaba un círculo elegante en el cielo de la tarde y se perdía en el horizonte.
El anecdotista sabe que la frontera entre lo interesante y lo irreal es delicada, así que procura medirse. Nunca inventará que te acostaste con un cantante famoso, pero quizá sea capaz de mencionar los suficientes datos verosímiles sobre bares, fechas y películas como para que hagas creer que te tomaste una copa con él una noche de marcha en Barcelona. También sabe que la combinación de emoción y sorpresa es la ganadora, así que toca los resortes de la gente para que hagas de ellos lo que tú quieras. La próxima vez que te llegue una historia curiosa por una red social (ya sabes: animales sabios, bebés asombrosos, increíbles historias de amor a primera vista en el metro) y te veas haciendo clics en páginas que te llevan a otras páginas, plantéate que quizá esté detrás la mano del anecdotista.
El anecdotista, por último, es consciente de que lo más importante no es el público, y por eso también te vende anécdotas privadas a un módico precio. Te las cuenta varias veces hasta que acabas por creértelas, y te encanta recordar aquel día que tuviste que ayudar en un parto de emergencia porque el avión estaba en medio del océano y no daba tiempo a llegar a un hospital, o cuando una compañera recibió un ramo de rosas en el trabajo y tú, que nunca en tu vida habías recibido rosas, te encontraste con otro en casa por pura casualidad.
A veces te sientes culpable porque sabes que tu anécdota es mentira. La cuentas frente a la gente o la recuerdas en silencio y te sientes una farsa. En ese caso, el servicio del anecdotista incluye la posibilidad de llamarle entre dudas. "No te preocupes", contestará él. "Ningún recuerdo de nadie existe ya. ¿Qué importa que los tuyos no existieran nunca?".
PD: Otorgo un Premio Especial del Público a quien recuerde cuál era la otra profesión inventada sin usar google.
El anecdotista sabe adaptar su material al público que lo recibirá. Puede crear una historia para que un universitario presuma frente a sus colegas. En ese caso, hablará de aquel día, en el instituto, en que se quedó un rato después de clase y la profe de francés, aquella rubia demasiado pintada de tetas gloriosas, le pidió que le grabara con su smartphone mientras se masturbaba en un pupitre. Para la chica a la que el estudiante quiere impresionar, sin embargo, el anecdotista inventará que hace muchos años, cuando era tan pequeño que apenas se acuerda, su abuelo le llevó a un risco cercano al pueblo donde podía verse anidar al alimoche, pero que no hubo suerte y no divisaron ninguno. Y que años después, cuando el abuelo murió de insuficiencia respiratoria sin que nadie lo esperara, el chico caminó hacia el risco con el corazón encogido y justo allí, mientras se permitía llorar todo lo que no había llorado en el funeral, vio como un alimoche dibujaba un círculo elegante en el cielo de la tarde y se perdía en el horizonte.
El anecdotista sabe que la frontera entre lo interesante y lo irreal es delicada, así que procura medirse. Nunca inventará que te acostaste con un cantante famoso, pero quizá sea capaz de mencionar los suficientes datos verosímiles sobre bares, fechas y películas como para que hagas creer que te tomaste una copa con él una noche de marcha en Barcelona. También sabe que la combinación de emoción y sorpresa es la ganadora, así que toca los resortes de la gente para que hagas de ellos lo que tú quieras. La próxima vez que te llegue una historia curiosa por una red social (ya sabes: animales sabios, bebés asombrosos, increíbles historias de amor a primera vista en el metro) y te veas haciendo clics en páginas que te llevan a otras páginas, plantéate que quizá esté detrás la mano del anecdotista.
El anecdotista, por último, es consciente de que lo más importante no es el público, y por eso también te vende anécdotas privadas a un módico precio. Te las cuenta varias veces hasta que acabas por creértelas, y te encanta recordar aquel día que tuviste que ayudar en un parto de emergencia porque el avión estaba en medio del océano y no daba tiempo a llegar a un hospital, o cuando una compañera recibió un ramo de rosas en el trabajo y tú, que nunca en tu vida habías recibido rosas, te encontraste con otro en casa por pura casualidad.
A veces te sientes culpable porque sabes que tu anécdota es mentira. La cuentas frente a la gente o la recuerdas en silencio y te sientes una farsa. En ese caso, el servicio del anecdotista incluye la posibilidad de llamarle entre dudas. "No te preocupes", contestará él. "Ningún recuerdo de nadie existe ya. ¿Qué importa que los tuyos no existieran nunca?".
PD: Otorgo un Premio Especial del Público a quien recuerde cuál era la otra profesión inventada sin usar google.
martes, 12 de febrero de 2013
Vida de una coja
Acaba de terminar el quinto día de mi convalecencia esguincera, y el sentimiento que me inunda de forma más potente es el de un Gran Perezón. Todo es TAN cansado. Todo cuesta el triple. Vestirse, hacer la cama, ducharse, ir al baño, cocinar, desplazarse. Por no hablar de las subidas y bajadas de las Escaleras del Averno.
Evaluemos la situación.
Adecuación a las instrucciones médicas: regulera. Ayer fui por fin capaz de pincharme el Clexane que me habían dado en urgencias, y he de decir que inyectarse a uno mismo da una grima suprema. Me hice un moratón gigante, por torpe, y me dolió un montón. Lo del pie en alto va muy regular. Demasiada deambulación, me temo; como resultado, la base de mis dedos está gris. Pero es que la inmovilidad me aberra. Quizá sea mejor tardar un poco más en curarme el pie y mantener la salud mental.
Adquisición de nuevas habilidades: óptima. Tengo la pierna derecha como un cable de acero a causa del frecuente desplazamiento monópedo. Las muletas van bien, gracias a mi poderoso tren superior de escaladora. El problema es llevar objetos, especialmente líquidos. No puedo dar saltitos con líquidos en la mano, así que me desplazo con mi pierna hábil a lo James Brown mientras sujeto la taza en una mano y las gatas me miran, anonadadas. Lo de subir y bajar los cinco pisos con muletas para que me dé el aire tiene mucho mérito, pero es que si no me empieza a entrar síndrome Ana Frank y me pongo violenta.
Aprovechamiento del reposo: razonable. Tonteo mucho por los mundos virtuales. Aun así, hoy he terminado la increíble y maravillosa Guía Práctica para Evitar al Psicólogo, que podréis obtener por el módico precio de gratis siguiendo las instrucciones que aparecen aquí. Ha sido guay escribir tanto. Me ha hecho sentir merecedora de pertenecer a la especie humana, a pesar de mi invalidez. Cuando escribo soy poderosa. Soy SuperMarina y me dan igual la vida, los esguinces, la proximidad de San Valentín y todo.
Proximidad de San Valentín, por cierto: la tolero. Tengo un plan para el jueves que incluye a una lectora que es amor, la promesa de molletes y quizá una caña en algún bar en diez metros a la redonda. De hecho, hoy he rechazado otro plan propuesto por un Galante Admirador o GA (¿le vale como seudónimo, señor M.?) que se había ofrecido para quedar el jueves y ayudarme a sobrellevar SV sin defenestrarme.
Más sobre los maromos: estoy en trámites de gestionar una ingesta de alcohol programada con ChMM, en línea con el compromiso con la honestidad del que hablaba ayer. Más detalles en tiempo real vía Twitter.
Y poco más. He llamado a un paciente para explicarle lo del esguince y casi le hago una entrevista clínica completa por teléfono, en pleno síndrome de abstinencia laboral. Si alguien queda conmigo estos días y le pregunto si él o alguien de su familia ha sido visto alguna vez en Salud Mental, por favor, que me disculpe: es la costumbre.
De todo se aprende, gente. Hasta de la cojera temporal. Aun así, espero que el traumatólogo me dé buenas noticias el viernes y reincorporarme al mundo deambulante. Por otra parte, si la enfermedad me sirve como excusa para la mencionada ingesta programada de alcohol con ChMM, ni tan mal.
Gracias a todos los lectores amorosos que se han interesado por mí y me han dado cariño y consejitos. Gracias a la gente que intenta convencerme de que inspiro amor en lugar de celivibraciones. Si yo no es por ser negativa: mi celivifrecuencia es una pura cuestión objetiva y observable. Gracias también a los lectores amordio (a saber: LauraBQA y KHaL Yeleytr), porque mi ambivalencia hacia vosotros, vuestros pintaúñas caros y vuestras correcciones prematuras de mis ebooks os hacen aún más adorables. Que sepáis todos, y muy especialmente GA, que no contesto los comentarios últimamente porque el Firefox no me deja (verídico) y cambiar al Safari me da perezón. Pero me esforzaré más. Creo. Y a los mails contesto siempre. O casi.
Os quiero, chicos. El día que muera Internet muero yo con él. Todavía no entiendo bien cómo sobrevivió Ana Frank sin perder la olla.
PD: Estado de la mar: marejadilla.
Evaluemos la situación.
Adecuación a las instrucciones médicas: regulera. Ayer fui por fin capaz de pincharme el Clexane que me habían dado en urgencias, y he de decir que inyectarse a uno mismo da una grima suprema. Me hice un moratón gigante, por torpe, y me dolió un montón. Lo del pie en alto va muy regular. Demasiada deambulación, me temo; como resultado, la base de mis dedos está gris. Pero es que la inmovilidad me aberra. Quizá sea mejor tardar un poco más en curarme el pie y mantener la salud mental.
Adquisición de nuevas habilidades: óptima. Tengo la pierna derecha como un cable de acero a causa del frecuente desplazamiento monópedo. Las muletas van bien, gracias a mi poderoso tren superior de escaladora. El problema es llevar objetos, especialmente líquidos. No puedo dar saltitos con líquidos en la mano, así que me desplazo con mi pierna hábil a lo James Brown mientras sujeto la taza en una mano y las gatas me miran, anonadadas. Lo de subir y bajar los cinco pisos con muletas para que me dé el aire tiene mucho mérito, pero es que si no me empieza a entrar síndrome Ana Frank y me pongo violenta.
Aprovechamiento del reposo: razonable. Tonteo mucho por los mundos virtuales. Aun así, hoy he terminado la increíble y maravillosa Guía Práctica para Evitar al Psicólogo, que podréis obtener por el módico precio de gratis siguiendo las instrucciones que aparecen aquí. Ha sido guay escribir tanto. Me ha hecho sentir merecedora de pertenecer a la especie humana, a pesar de mi invalidez. Cuando escribo soy poderosa. Soy SuperMarina y me dan igual la vida, los esguinces, la proximidad de San Valentín y todo.
Proximidad de San Valentín, por cierto: la tolero. Tengo un plan para el jueves que incluye a una lectora que es amor, la promesa de molletes y quizá una caña en algún bar en diez metros a la redonda. De hecho, hoy he rechazado otro plan propuesto por un Galante Admirador o GA (¿le vale como seudónimo, señor M.?) que se había ofrecido para quedar el jueves y ayudarme a sobrellevar SV sin defenestrarme.
Más sobre los maromos: estoy en trámites de gestionar una ingesta de alcohol programada con ChMM, en línea con el compromiso con la honestidad del que hablaba ayer. Más detalles en tiempo real vía Twitter.
Y poco más. He llamado a un paciente para explicarle lo del esguince y casi le hago una entrevista clínica completa por teléfono, en pleno síndrome de abstinencia laboral. Si alguien queda conmigo estos días y le pregunto si él o alguien de su familia ha sido visto alguna vez en Salud Mental, por favor, que me disculpe: es la costumbre.
De todo se aprende, gente. Hasta de la cojera temporal. Aun así, espero que el traumatólogo me dé buenas noticias el viernes y reincorporarme al mundo deambulante. Por otra parte, si la enfermedad me sirve como excusa para la mencionada ingesta programada de alcohol con ChMM, ni tan mal.
Gracias a todos los lectores amorosos que se han interesado por mí y me han dado cariño y consejitos. Gracias a la gente que intenta convencerme de que inspiro amor en lugar de celivibraciones. Si yo no es por ser negativa: mi celivifrecuencia es una pura cuestión objetiva y observable. Gracias también a los lectores amordio (a saber: LauraBQA y KHaL Yeleytr), porque mi ambivalencia hacia vosotros, vuestros pintaúñas caros y vuestras correcciones prematuras de mis ebooks os hacen aún más adorables. Que sepáis todos, y muy especialmente GA, que no contesto los comentarios últimamente porque el Firefox no me deja (verídico) y cambiar al Safari me da perezón. Pero me esforzaré más. Creo. Y a los mails contesto siempre. O casi.
Os quiero, chicos. El día que muera Internet muero yo con él. Todavía no entiendo bien cómo sobrevivió Ana Frank sin perder la olla.
PD: Estado de la mar: marejadilla.
Escrihonestación
Tengo tres ideas para hoy:
Escritura.
Honestidad.
Aceptación.
Sobre la escritura: reflexiono que nunca pensé que me vería en ésta. En sentirme tan cómoda como escritora. Desayuno con Álex en la Libre, y mientras engullo mi panecillo inglés con crema de queso y mermelada de arándanos, convenientemente denominado Barnes, charlamos sobre escribir y sobre lo que significa para nosotros. Hablamos acerca de la posibilidad de parar de escribir, y le digo una frase de Paul Auster que antes repetía mucho: "No es que escribir me produzca una gran placer, pero es mucho peor si no lo hago". Aunque ahora sea mentira, porque ahora escribir sí que me produce un gran placer, y lo compruebo en estos mismos momentos, en estos instantes de flow silencioso que me regala como cada día este ratito frente al portátil.
Ahora, a mis veintisiete años, me veo en la curiosa posición de no contemplar ni por una milésima de segundo la posibilidad de dejar de escribir. Siempre pensé que me daría por vencida. Que dónde iba yo con el tema de la escritura. Estaba segura de que abandonaría en algún punto, y de que sería una adulta aburrida con un trabajo estándar y diría "es una pena que lo dejara; con lo bien que se me daba".
Cuando era más pequeña escuchaba la canción de Sabina: "no tenía salida el callejón del cuartel/ para el desertor del batallón/ de los nacidos para perder", y pensaba que yo estaba allí: con el traje gris de la multitud, incapaz de escapar de un porvenir chungo, incapaz de salir tan corriendo como lo había hecho él.
A estas alturas de la vida, aunque nunca consiguiera nada más como escritora de lo que he logrado hasta ahora y que no es mucho, puedo decir que he llegado más lejos de lo que habría soñado nunca. Para empezar, porque no me he dado por vencida. Pero es que además es eso: que escucho a Álex y debato con él sobre la posibilidad de no escribir como sobre un concepto abstracto y entretenido, pero no-puedo-no-escribir. Eso es así. Le planteo la duda fundamental del escritor: ¿preferirías dejar de escribir o dejar de leer? Yo dejaría de escribir antes que de leer, seguro, pero si dejara de escribir me moriría de la pena.
Sobre la honestidad: ojalá pudiera comprometerme con eso. A lo mejor no hacen falta semáforos de disponibilidad sexual, ni lloriquear sobre cómo está montada esta sociedad de mierda. A lo mejor sólo hace falta que yo sea honesta, y no me refiero a invitar a ChMM a tomar un café, que tampoco es tan grave, sino a decir las cosas y desentenderme de los resultados. Tengo verdades mucho más graves y más difíciles que un potencial café con ChMM. Más prohibidas, más oscuras, más si tú supieras lo que yo pienso quizá no me podrías mirar a la cara. Hay muchos sentimientos dormidos o anestesiados en este corazón tan pequeño, y ojalá pudiera comprometerme con ellos de forma radical y pelar las capas de mi cebolla emocional hasta quedarme sin nada.
Pero no puedo, punto. Aún no. En algún momento dejaré de tener miedo. Pero aún no.
Sobre aceptar: intento que cada día cuente. Quiero estar sana y tener a mi tobillo de vuelta, y al mismo tiempo sé que tengo la responsabilidad de aceptar bien esto. Por mí, por mis pacientes, porque estas cosas nunca suceden en un buen momento y porque no puedo pretender ayudar a los demás a que se adapten a vivir sin un pulmón o sin su marido muerto cuando yo no puedo convivir con un esguince de tobillo. Así que procuro disfrutar de estos días. Del esforzadísimo paseo con muletas hasta el desayuno de la Libre. De observar cómo se estira la gata al sol sobre la silla del salón. De escuchar reírse a Cris y a sus colegas mientras se tatúan imperdibles en las caderas (verídico) y de escribir como si no hubiera un mañana un mini ebook para Psicosupervivencia (más información pronto).
Hay momentos en la vida que parece que no merecen la pena, como recuperarse de un esguince, o como estar terminal. "Animar a los moribundos es una tarea de Sísifo", me dice J. por el Skype, y le contesto que no es exactamente así; el problema de Sísifo era que la piedra volvía a caerse cada noche; el problema de los moribundos es, precisamente, que la piedra se cae y punto, y que después de eso ya no hay nada. Lo que quiero decir es que todos los momentos están llenos de dignidad, y a mí estos momentos míos me parecen muy raros. Miro a toda la gente con sus tobillos sanos y me resulta extraño pensar que tantas cosas que amo están ahora mismo fuera de mi alcance. Sé que como pensamiento es un dramón injustificado, y que también está injustificado hablar de esto y de los enfermos terminales en el mismo párrafo, pero no sé si me estoy explicando. No puedo andar, no puedo correr, no puedo escalar, y cruzar hoy mi calle de lado a lado me ha costado la misma vida, y hoy por hoy esa es mi realidad, y es rara.
En cualquier caso, estoy más animada que los días anteriores. Más reconciliada. Me encuentro mejor desde que he decidido que todo tiene que contar y que tengo que hacer que merezcan la pena todas mis horas sobre esta tierra. Sigo preguntándome las mismas cosas al final del día: si he ayudado a alguien, si he expresado amor hacia alguien, si he aumentado mi nivel de atención, mi nivel de conciencia; si la respuesta es que sí, está todo bien, pueda o no andar, pueda o no escalar.
Gracias a todos los que me estáis mandando ánimos vía mail, twitter, comentarios y etcétera. Haced el favor, por cierto, de comentar el post anterior, que me quedó bien bonito. Y seguid ahí. Yo estoy comprometida con esto porque vosotros estáis comprometidos con esto. Y a día de hoy, madrugada del doce de febrero de 2013, a menos de cuarenta y ocho horas de constatar, un año más, mi incapacidad absoluta para generar amor romántico, va a resultar que mi relación con este blog y con vosotros es la más importante que tengo en mi vida. No sé si eso es bueno o malo, pero gracias.
Escritura.
Honestidad.
Aceptación.
Sobre la escritura: reflexiono que nunca pensé que me vería en ésta. En sentirme tan cómoda como escritora. Desayuno con Álex en la Libre, y mientras engullo mi panecillo inglés con crema de queso y mermelada de arándanos, convenientemente denominado Barnes, charlamos sobre escribir y sobre lo que significa para nosotros. Hablamos acerca de la posibilidad de parar de escribir, y le digo una frase de Paul Auster que antes repetía mucho: "No es que escribir me produzca una gran placer, pero es mucho peor si no lo hago". Aunque ahora sea mentira, porque ahora escribir sí que me produce un gran placer, y lo compruebo en estos mismos momentos, en estos instantes de flow silencioso que me regala como cada día este ratito frente al portátil.
Ahora, a mis veintisiete años, me veo en la curiosa posición de no contemplar ni por una milésima de segundo la posibilidad de dejar de escribir. Siempre pensé que me daría por vencida. Que dónde iba yo con el tema de la escritura. Estaba segura de que abandonaría en algún punto, y de que sería una adulta aburrida con un trabajo estándar y diría "es una pena que lo dejara; con lo bien que se me daba".
Cuando era más pequeña escuchaba la canción de Sabina: "no tenía salida el callejón del cuartel/ para el desertor del batallón/ de los nacidos para perder", y pensaba que yo estaba allí: con el traje gris de la multitud, incapaz de escapar de un porvenir chungo, incapaz de salir tan corriendo como lo había hecho él.
A estas alturas de la vida, aunque nunca consiguiera nada más como escritora de lo que he logrado hasta ahora y que no es mucho, puedo decir que he llegado más lejos de lo que habría soñado nunca. Para empezar, porque no me he dado por vencida. Pero es que además es eso: que escucho a Álex y debato con él sobre la posibilidad de no escribir como sobre un concepto abstracto y entretenido, pero no-puedo-no-escribir. Eso es así. Le planteo la duda fundamental del escritor: ¿preferirías dejar de escribir o dejar de leer? Yo dejaría de escribir antes que de leer, seguro, pero si dejara de escribir me moriría de la pena.
Sobre la honestidad: ojalá pudiera comprometerme con eso. A lo mejor no hacen falta semáforos de disponibilidad sexual, ni lloriquear sobre cómo está montada esta sociedad de mierda. A lo mejor sólo hace falta que yo sea honesta, y no me refiero a invitar a ChMM a tomar un café, que tampoco es tan grave, sino a decir las cosas y desentenderme de los resultados. Tengo verdades mucho más graves y más difíciles que un potencial café con ChMM. Más prohibidas, más oscuras, más si tú supieras lo que yo pienso quizá no me podrías mirar a la cara. Hay muchos sentimientos dormidos o anestesiados en este corazón tan pequeño, y ojalá pudiera comprometerme con ellos de forma radical y pelar las capas de mi cebolla emocional hasta quedarme sin nada.
Pero no puedo, punto. Aún no. En algún momento dejaré de tener miedo. Pero aún no.
Sobre aceptar: intento que cada día cuente. Quiero estar sana y tener a mi tobillo de vuelta, y al mismo tiempo sé que tengo la responsabilidad de aceptar bien esto. Por mí, por mis pacientes, porque estas cosas nunca suceden en un buen momento y porque no puedo pretender ayudar a los demás a que se adapten a vivir sin un pulmón o sin su marido muerto cuando yo no puedo convivir con un esguince de tobillo. Así que procuro disfrutar de estos días. Del esforzadísimo paseo con muletas hasta el desayuno de la Libre. De observar cómo se estira la gata al sol sobre la silla del salón. De escuchar reírse a Cris y a sus colegas mientras se tatúan imperdibles en las caderas (verídico) y de escribir como si no hubiera un mañana un mini ebook para Psicosupervivencia (más información pronto).
Hay momentos en la vida que parece que no merecen la pena, como recuperarse de un esguince, o como estar terminal. "Animar a los moribundos es una tarea de Sísifo", me dice J. por el Skype, y le contesto que no es exactamente así; el problema de Sísifo era que la piedra volvía a caerse cada noche; el problema de los moribundos es, precisamente, que la piedra se cae y punto, y que después de eso ya no hay nada. Lo que quiero decir es que todos los momentos están llenos de dignidad, y a mí estos momentos míos me parecen muy raros. Miro a toda la gente con sus tobillos sanos y me resulta extraño pensar que tantas cosas que amo están ahora mismo fuera de mi alcance. Sé que como pensamiento es un dramón injustificado, y que también está injustificado hablar de esto y de los enfermos terminales en el mismo párrafo, pero no sé si me estoy explicando. No puedo andar, no puedo correr, no puedo escalar, y cruzar hoy mi calle de lado a lado me ha costado la misma vida, y hoy por hoy esa es mi realidad, y es rara.
En cualquier caso, estoy más animada que los días anteriores. Más reconciliada. Me encuentro mejor desde que he decidido que todo tiene que contar y que tengo que hacer que merezcan la pena todas mis horas sobre esta tierra. Sigo preguntándome las mismas cosas al final del día: si he ayudado a alguien, si he expresado amor hacia alguien, si he aumentado mi nivel de atención, mi nivel de conciencia; si la respuesta es que sí, está todo bien, pueda o no andar, pueda o no escalar.
Gracias a todos los que me estáis mandando ánimos vía mail, twitter, comentarios y etcétera. Haced el favor, por cierto, de comentar el post anterior, que me quedó bien bonito. Y seguid ahí. Yo estoy comprometida con esto porque vosotros estáis comprometidos con esto. Y a día de hoy, madrugada del doce de febrero de 2013, a menos de cuarenta y ocho horas de constatar, un año más, mi incapacidad absoluta para generar amor romántico, va a resultar que mi relación con este blog y con vosotros es la más importante que tengo en mi vida. No sé si eso es bueno o malo, pero gracias.
Etiquetas:
Amor y sucedáneos,
Escribir,
Reflexiones profundas
Suscribirse a:
Entradas (Atom)