Me acuerdo de ella todas las mañanas y me da pena que no esté viva. No que se haya muerto. Morirse no es una acción. No hay nada de malo en ello. El problema es no estar viva. Eso es lo que me da pena todas las mañanas, cuando llego al hospital y me acuerdo de ella. Lo que le digo es que lo siento. Siento que no estés viva. No porque te conociera tanto como para lamentar tu ausencia personalmente, emocionalmente. Lo que siento es que ya no estés aquí. Como cuando alguien se va de una fiesta temprano y ocurre algo divertido, y tú dices "hay que ver, lo bien que se lo habría pasado de haberse quedado".
Siento que no hayas podido ver hoy la nieve, acumulándose despacio sobre los tejados de las casas y las flores de los parterres. Yo hoy me he enterado de cómo esparcen la sal sobre las carreteras: con un camión muy deprimente que tiene un dispositivo giratorio y arroja en el asfalto una sal sucia, grisácea. Tampoco sé qué esperaba. ¿Hermosas ninfas arrojando la sal como si fueran pétalos de flores en una boda? El caso es que había que tener cuidado para no resbalar con ella, pero estaba bien andar así de despacio: podías sentir la tierra bajo los pies. He hecho una bola de nieve, se la he tirado a un compañero de Huelva: "tu primera bola de nieve", he afirmado. "Pues sí, la verdad es que sí", y se miraba sorprendido el charquito que ha dejado sobre su pulcro jersey de lana.
Siento que no puedas ver todo eso. Que no puedas dormir en altillos, ni beber cafés por la mañana, ni leer novelas muy, muy buenas que hacen que se te salten las lágrimas de la emoción (verídico). Ni enamorarte, o sufrir como una perra, o preguntarte si un chico te está haciendo ojitos o si mira así a todo el mundo. Ni comer pizzas de microondas, fresas con yogur griego o palomitas de maíz. Ni escribir. Lo siento mucho, aunque quizá a ti estas cosas ni siquiera te gustaban: quizá pasabas de la pizza y de escribir, o la nieve te ponía de los nervios. Quizá el gusanillo de no saber si le molas a alguien no te resultaba del todo agradable. Espero que entiendas el mensaje, aun así. Que siento muchísimo que tuvieras que morirte. Que desde que te fuiste, siento como si el tiempo que paso aquí fuera prestado, y que no sé si eso es bueno o malo. Pero que en realidad es así. Es tiempo prestado. Para mí y para todos. Gracias por hacer que me diera cuenta de eso.
PD: Hoy he subido de psiquiatría, en la segunda, a onco, en la catorce, haciendo fotos de la ciudad desde todas las ventanas. Cada vez se veía Madrid desde más arriba. Cada vez se alejaba uno más del suelo. La planta catorce es la última, y después de eso no hay nada. No obstante, el mundo parecía bonito desde allí.
Así:
miércoles, 27 de febrero de 2013
martes, 26 de febrero de 2013
Más libro-insights
Tengo problemas serios con Chad Harbach. Problemas todavía más serios que con Jonathan Franzen. Preguntadme por qué. Porque si Harbach ha tardado diez años en escribir esta novela, quiere decir que ¡oh, terror! Tardará diez años en escribir la siguiente, y de aquí a diez años yo tendré la brutalidad de treinta y siete tacos y andaré por ahí sin rumbo, quizá viviendo en un coche, quizá haciendo boulder en los contenedores en un extraño mundo postapocalíptico y Sin Duda a punto de ser comida por los perros, literal o metafóricamente. Su novela llegará demasiado tarde para salvarme.
El caso es que esta mañana estaba yo saliendo de la estación de metro de Antonio Machado en dirección al centro de Salud Mental. Llevaba a Harbach en el brazo, calentito bajo la manga del chaquetón, y bajaba la cabeza para no establecer contacto visual con dos de mis compañeras de curro, que iban una escalera mecánica por delante. Hay cinco minutos andando hasta el centro de Salud Mental y yo no quería charlar con ellas; yo quería ponerme una canción alegre en el mp3, girar la cara hacia el sol de invierno en los semáforos y mirar si había escarcha en las hierbas del solar.
Les di esquinazo, y mientras caminaba contenta escuchando a los Adslánticos, me dio por pensar en Henry, el protagonista de la novela, que llevaba dos capítulos lanzando mal la bola en los partidos de béisbol. Ya he hablado de mi relación con el béisbol, que se resume en que no sé cómo se juega y, sin embargo, ahí iba yo: ocho y media de la mañana, dos grados bajo cero y preocupadísima porque Henry estaba lanzando mal.
Entonces pensé: a ti qué te importa, Marina. Me acordé de cuando me leí "Los Pilares de la Tierra", y de ir en moto a clase por la mañana sacudiendo la cabeza incrédula porque un personaje había muerto, o de aquella otra vez, engulliendo "Ciudad de ladrones" en la biblioteca en plenos exámenes de junio, cuando terminé el libro, levanté la cabeza, miré a la gente que estudiaba en silencio y me pregunté cómo podían quedarse tan panchos.
Hace algún tiempo decía que no entendía esa postura popular de "leer es bueno" y "todo el mundo debería leer". Pensaba: a mí qué me importa. Ni que leer necesitara de nadie. Con poder leer yo, qué más me da lo que haga el resto. Yo sostendré mi hermosa novela frente a mí, como sostenía aquel personaje de Kundera su nomeolvides frente a los ojos, y me olvidaré del mundo. Después cambié de idea, porque se me ocurrió que leer educa a la gente; no ya en cosas de cultureta gafapasta, que te permitan quedar bien en las conversaciones de vino blanco y rúcula. Leer educa en lo que es sentir en el corazón de otros. Permite averiguar sin moverse de la silla cómo es ser un jugador de béisbol universitario americano de veintidós años, y creo que eso es bueno. Porque así podré comprender mejor a los otros humanos, esos bípedos, y yo siempre he creído que comprender es un buen primer paso. Porque si la curiosidad y el amor me salvan como terapeuta y me permiten no ir por ahí asesinando pacientes o matándome yo, no hay más curiosidad y más amor que la de un buen lector hacia un buen libro.
Hoy se me ha ocurrido otro motivo por el que todo el mundo debería leer. Y es precisamente por eso: porque yo antes de ayer no sabía quién era Henry ni por qué tenía que parar bien todas las bolas en corto que le llegaran, y hoy lo sé. Hoy me importa. Aunque Henry no exista: eso da igual. Está bien que aprenda a darle importancia. Porque al fin y al cabo la vida es eso, ¿no? Crecer, trabajar, amar: todo es eso. Lo que antes no te importaba ahora sí que te importa. Te importan tus pacientes, y te importa que el mundo sepa que los antidepresivos no son superiores a los placebos en la mayoría de los estudios. Te importa tu gente, y te importa de una forma especial cierta gente a la que antes no conocías y que ahora no puedes imaginar fuera de tu mundo. Te importa el futuro de la sanidad pública. Te importa el estado de tus meniscos, la manera correcta de agarrar un romo o qué tiempo hará en la sierra este fin de semana.
También dejan de importarte cosas, claro, y eso está bien: al carajo lo que piense cierta gente, al carajo las tendencias en el tamaño de los bolsos. Pero, por alguna razón, pienso que hay que darle más valor al movimiento positivo: a ensanchar el corazón, a que cada vez te quepan en él más cosas. A ser compasivo sin condescendencia. A concederle un peso a todo lo que hay sobre esta tierra. Leer te enseña a eso. Te entrena en la importancia de todo. Y eso es hermoso.
A dormir, pequeños, que no puedo con mi vida.
Leed a Harbach.
lunes, 25 de febrero de 2013
Dos insights literarios
La primera cosa que he averiguado hoy es que leer buenas novelas me pone. Hala, ya lo he dicho.
Ayer hablaba con B. sobre qué tipos de tío pueden gustarte. Yo comentaba que los escritores ya no me atraen particularmente. Que me basta con escribir yo y que, de hecho, dos egos escritores pueden ser como trenes que se chocan. Peleas de pareja por signos de puntuación: no es recomendable. Así que no me ponen los escritores. En serio. No doy un duro por hablar con ninguno de mis escritores favoritos; es complicado que su conversación pueda ser más interesante que su prosa.
Me ponen las buenas novelas porque son evocadoras. Ayer fui a la FNAC y me hice jurar que iba a salir de psicolandia y a leer ficción. Eché una ojeada a las novedades y vi un libro de Salamandra con el nombre de Jonathan Franzen en la vitola, explicando lo muchísimo que le había gustado. Y yo con Franzen tengo un problema serio, a saber: que si recomienda el listín telefónico, yo cojo y me lo leo. Así que no miré ni la sinopsis. Eché un ojo a los primeros párrafos para comprobar que estaba bien escrito y bien traducido, y me lo llevé.
Oh, las buenas novelas. Novelas que son mejores que personas: así se titulará mi futuro recopilatorio de críticas sobre mis libros favoritos. Leer El Arte de la Defensa es mejor que charlar con un 95% de la población. Seguro. El tipo se tiró diez años escribiendo la novela. ¿Os lo imagináis? Diez años. Diez años invertidos en algo que no sabes bien si va o no a funcionar. Imagino que debía de tener una confianza inmensa oculta en algún lugar. Inseguridades, seguro: todas las del mundo, pero también una veta firme de saber que lo que tienes entre manos es muy grande. O buenos padrinos.
En cualquier caso, no sé explicar por qué me pone leer buenas novelas, pero imagino que tiene que ver con que evocan la textura de la vida. Detalles, detalles, que decía Nabokov. Acariciad tiernamente los divinos detalles. Yo leo al tal Harbach y le observo hablar de cosas que ni comprendo, de puto beisbol, por el amor de Dios; de la elegancia de un parador en corto, los escupitajos de tabaco bajo los banquillos, el sonido de la pelota en el guante o el clima congelado de Milwaukee, y es como volver a casa. Lo que es mortal de absurdo, porque yo nunca he estado en Milwaukee, y que me aspen si sé lo que es un parador en corto. Lo que sí sé es que las buenas novelas están llenas de intensidad. Y a mí la intensidad me pone.
La segunda cosa que he averiguado hoy, y que me otorga el derecho a denominarme Escritora con mayúsculas y que, de hecho, quizá me haga fabricarme un Diploma de Escritora De Verdad y autoentregármelo es la siguiente:
Estaba yo esta mañana en el hospital, inmersa en este Plan de Mejora Constante que es mi vida, y que ahora encima está aliñado con un intenso "la vida es corta y podrías morir en cualquier momento". Externamente parecía que revisaba historias clínicas, sentada en una mesa del control de enfermería. Internamente, sin embargo, estaba haciendo todo un replanteamiento vital. A ver, Marina, me decía. Es lunes, tienes resaca, te ha bajado la regla y no tienes muy claro que puedas tolerar mucho más tiempo pasarte siete horas al día en un hospital. Y no sólo eso, sino que últimamente estás perdiendo energía, duermes poco, tomas demasiado café y ves tu vida como a través de una lente borrosa. Tienes que hacer algo. En serio. Algo.
Así que me he acordado de un artículo de Leo Babauta que leí hace unos días. Algo para eliminar la neurosis de las mil listas de tareas y ochocientos objetivos. Una lista sencilla de cosas que quieres hacer todos los días. Comer una fruta. Hacer ejercicio. Estar con la gente a la que quieres. Trabajar un poco en lo que te importa. Algo sencillo, poco aparatoso. He pensado en cuál sería mi lista. Hacer ejercicio, claro, y comer una ensalada al día, que es hasta fácil porque me encantan. Y escuchar a alguien con atención plena aunque sea un rato (ya explicaré eso) y escribir. Entonces he pensado: para qué voy a poner escribir. Eso no necesito proponérmelo. Sería como proponerme dormir, o ducharme, porque lo voy a hacer igualmente; mejor lo cambio por otra cosa.
Entonces he enarcado las cejas bruscamente, verídico, y el insight me ha golpeado en la cabeza. Venga ya, hombre. Resulta que ya no soy una persona que se propone escribir y escribe, nonono. Ahora soy una persona que escribe sin proponérselo. Que escribe porque no puede no escribir.
Os juro que yo no era así antes. No tengo ni idea de cómo lo he hecho, y me molaría mucho descubrir el secreto, porque la mayoría de los escritores que conozco están neurotizados porque no escriben lo suficiente y yo así podría hacerme rica.
Así que hoy ha sido un día muy literario. Literariamente genial. Además, he leído un trozo de Ikigai que me ha gustado, en el que el autor dice que celebramos demasiado poco. Que nos cuesta muchísimo tiempo conseguir implantar un hábito y que luego apenas lo disfrutamos, con lo muchísimo que cuesta. Que hay que celebrar más a menudo nuestros logros. Así que como implanté el hábito de escribir en el mes del Michelian Challenge, voy a pasarme por lo menos un mes celebrando que soy Una Escritora De Verdad. Justo antes de las mil entradas y de la tarta de glaseado rosa, que también va a celebrar eso.
¿Qué he hecho hoy para celebrar? Llamar a Aran, que es su cumple. Subir andando despacísimo las catorce plantas hasta oncología, parándome en cada piso para ponerme al sol frente a la ventana y observar Madrid, los coches y a la gente, contenta de ir a la catorce por mi propio pie y bajar luego. Leer mi Novela Mojabragas en el metro y también mientras merendaba un muffin de arándanos casero en La Libre. Reírme un montón de rato con Cris, que ha vuelto hoy de León, y estrujar a la gata Mia, y decidir que la ropa del tendedero la va a recoger su puta madre. Celebrar, en general. La celebración es un estado interior.
Lo dejo aquí. Acabo de decidir que hoy no voy a contestar ni un mail, ni un comentario, ni un twitter más, que no voy a leer nada que no sea la NM y que voy a cerrar el ojo a las once en punto.
Celebrar.
Sed felices, queridos.
Ayer hablaba con B. sobre qué tipos de tío pueden gustarte. Yo comentaba que los escritores ya no me atraen particularmente. Que me basta con escribir yo y que, de hecho, dos egos escritores pueden ser como trenes que se chocan. Peleas de pareja por signos de puntuación: no es recomendable. Así que no me ponen los escritores. En serio. No doy un duro por hablar con ninguno de mis escritores favoritos; es complicado que su conversación pueda ser más interesante que su prosa.
Me ponen las buenas novelas porque son evocadoras. Ayer fui a la FNAC y me hice jurar que iba a salir de psicolandia y a leer ficción. Eché una ojeada a las novedades y vi un libro de Salamandra con el nombre de Jonathan Franzen en la vitola, explicando lo muchísimo que le había gustado. Y yo con Franzen tengo un problema serio, a saber: que si recomienda el listín telefónico, yo cojo y me lo leo. Así que no miré ni la sinopsis. Eché un ojo a los primeros párrafos para comprobar que estaba bien escrito y bien traducido, y me lo llevé.
Oh, las buenas novelas. Novelas que son mejores que personas: así se titulará mi futuro recopilatorio de críticas sobre mis libros favoritos. Leer El Arte de la Defensa es mejor que charlar con un 95% de la población. Seguro. El tipo se tiró diez años escribiendo la novela. ¿Os lo imagináis? Diez años. Diez años invertidos en algo que no sabes bien si va o no a funcionar. Imagino que debía de tener una confianza inmensa oculta en algún lugar. Inseguridades, seguro: todas las del mundo, pero también una veta firme de saber que lo que tienes entre manos es muy grande. O buenos padrinos.
En cualquier caso, no sé explicar por qué me pone leer buenas novelas, pero imagino que tiene que ver con que evocan la textura de la vida. Detalles, detalles, que decía Nabokov. Acariciad tiernamente los divinos detalles. Yo leo al tal Harbach y le observo hablar de cosas que ni comprendo, de puto beisbol, por el amor de Dios; de la elegancia de un parador en corto, los escupitajos de tabaco bajo los banquillos, el sonido de la pelota en el guante o el clima congelado de Milwaukee, y es como volver a casa. Lo que es mortal de absurdo, porque yo nunca he estado en Milwaukee, y que me aspen si sé lo que es un parador en corto. Lo que sí sé es que las buenas novelas están llenas de intensidad. Y a mí la intensidad me pone.
La segunda cosa que he averiguado hoy, y que me otorga el derecho a denominarme Escritora con mayúsculas y que, de hecho, quizá me haga fabricarme un Diploma de Escritora De Verdad y autoentregármelo es la siguiente:
Estaba yo esta mañana en el hospital, inmersa en este Plan de Mejora Constante que es mi vida, y que ahora encima está aliñado con un intenso "la vida es corta y podrías morir en cualquier momento". Externamente parecía que revisaba historias clínicas, sentada en una mesa del control de enfermería. Internamente, sin embargo, estaba haciendo todo un replanteamiento vital. A ver, Marina, me decía. Es lunes, tienes resaca, te ha bajado la regla y no tienes muy claro que puedas tolerar mucho más tiempo pasarte siete horas al día en un hospital. Y no sólo eso, sino que últimamente estás perdiendo energía, duermes poco, tomas demasiado café y ves tu vida como a través de una lente borrosa. Tienes que hacer algo. En serio. Algo.
Así que me he acordado de un artículo de Leo Babauta que leí hace unos días. Algo para eliminar la neurosis de las mil listas de tareas y ochocientos objetivos. Una lista sencilla de cosas que quieres hacer todos los días. Comer una fruta. Hacer ejercicio. Estar con la gente a la que quieres. Trabajar un poco en lo que te importa. Algo sencillo, poco aparatoso. He pensado en cuál sería mi lista. Hacer ejercicio, claro, y comer una ensalada al día, que es hasta fácil porque me encantan. Y escuchar a alguien con atención plena aunque sea un rato (ya explicaré eso) y escribir. Entonces he pensado: para qué voy a poner escribir. Eso no necesito proponérmelo. Sería como proponerme dormir, o ducharme, porque lo voy a hacer igualmente; mejor lo cambio por otra cosa.
Entonces he enarcado las cejas bruscamente, verídico, y el insight me ha golpeado en la cabeza. Venga ya, hombre. Resulta que ya no soy una persona que se propone escribir y escribe, nonono. Ahora soy una persona que escribe sin proponérselo. Que escribe porque no puede no escribir.
Os juro que yo no era así antes. No tengo ni idea de cómo lo he hecho, y me molaría mucho descubrir el secreto, porque la mayoría de los escritores que conozco están neurotizados porque no escriben lo suficiente y yo así podría hacerme rica.
Así que hoy ha sido un día muy literario. Literariamente genial. Además, he leído un trozo de Ikigai que me ha gustado, en el que el autor dice que celebramos demasiado poco. Que nos cuesta muchísimo tiempo conseguir implantar un hábito y que luego apenas lo disfrutamos, con lo muchísimo que cuesta. Que hay que celebrar más a menudo nuestros logros. Así que como implanté el hábito de escribir en el mes del Michelian Challenge, voy a pasarme por lo menos un mes celebrando que soy Una Escritora De Verdad. Justo antes de las mil entradas y de la tarta de glaseado rosa, que también va a celebrar eso.
¿Qué he hecho hoy para celebrar? Llamar a Aran, que es su cumple. Subir andando despacísimo las catorce plantas hasta oncología, parándome en cada piso para ponerme al sol frente a la ventana y observar Madrid, los coches y a la gente, contenta de ir a la catorce por mi propio pie y bajar luego. Leer mi Novela Mojabragas en el metro y también mientras merendaba un muffin de arándanos casero en La Libre. Reírme un montón de rato con Cris, que ha vuelto hoy de León, y estrujar a la gata Mia, y decidir que la ropa del tendedero la va a recoger su puta madre. Celebrar, en general. La celebración es un estado interior.
Lo dejo aquí. Acabo de decidir que hoy no voy a contestar ni un mail, ni un comentario, ni un twitter más, que no voy a leer nada que no sea la NM y que voy a cerrar el ojo a las once en punto.
Celebrar.
Sed felices, queridos.
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Grandes momentos de insight
Momento Quevedo
Este post se lo dedico a Anxo: porque la culpa de lo bien o lo mal que salga la tienen casi seguro las (¿cuatro? ¿cinco? ¿seis?) cañas que acabamos de fusilarnos en un bar cualquiera de Lavapiés
Es lo que tiene ser escritora. Que puedes levantarte una mañana de domingo a las siete y ponerte a escribir, y que lo ves normal. Te levantas, vas al baño, te planteas muy seriamente volver a meterte en la cama con las gatas, y decides que no. Te pones una taza de café y escribes, y sin saber muy bien por qué, eso te pone de buen humor para el resto del día. Como si sirviera para algo. Como si marcara una diferencia para alguien.
Bajas a desayunar a la calle. No por nada, sino porque no tienes pan. Pides un bollo inglés con mantequilla de cacahuete y mermelada de arándanos: verídico. Cosas de Madriz. Entonces te das cuenta de que te has dejado el Kindle en casa y maldices tu estrella. No pasa nada: estás en La Libre, un lugar muy mono y muy alternativo, con muchos libros de todo tipo en las estanterías y máquinas de escribir viejas por los rincones. Algo encontrarás para leer.
Entonces das con un libro de teatro. El caballero de las espuelas de oro, de Alejandro Casona. Y te das cuenta de que esa fue la primera obra en la que tuviste un papel hablado. Habías salido en otra, cierto, pero hacías de árbol, y a lo más que llegabas era a incendiarte con papel charol de colores. Entonces la profesora os propuso aprender La canción del pirata de Espronceda, y claro: la gente se aprendió el principio, los diez o veinte primeros versos, hasta el estribillo, o como se llame. Y tú, que eres una burra, te la aprendiste entera; y era para verte, tan chica, tan cabezona, en medio del escenario del salón de actos, recitando ¿cuántos? ¿cien versos? Del tirón, sin respirar. Después de aquello, la profesora te dio un papel.
Así que agarras el libro y piensas en la pinta tope de intelectual que debes de tener ahora mismo, con tu mantequilla de cacahuete y tu obra de teatro ambientada en el Siglo de Oro, y te pones a repasar la primera pieza, buscando los trozos donde aparecía tu personaje. Ni recuerdas de qué iba, pero sí que te vienen trozos a la memoria: "Sanchica, amiga... Sanchica, compañera... ¿por qué he tardado tanto en encontrarte?", dice un Quevedo moribundo. Lees el primer capítulo. Lees el último capítulo. Te estremeces con el final.
Señor, me has dado una larga vida de castigos y te he obedecido sin preguntar. Primero creí que mi castigo era el frío. Después creí que era la soledad. He necesitado una vida entera para comprender que la soledad y el frío son una misma cosa. Si volviera a nacer y volvieras a condenarme a estar solo, volvería a obedecer. ¡Pero solo para la eternidad, no! No me dejes fuera con mi soledad y con mi frío...
Y sin darte cuenta estás teniendo un Momento Quevedo. Aquí en Lavapiés, en enero de 2013, con tu flequillo y tu smartphone y tu mantequilla de cacahuete, tú, Marina, estás flipando a tope porque Quevedo era genial. Te acuerdas de la cursilada aquella de la terapia poética que escribiste una vez: algo como que recitar poesía sosiega el espíritu. Eras joven e inexperta, pero te sigue valiendo. La poesía te reconforta. Intentas recitar su soneto famoso, el de Amor constante más allá de la muerte, y te fallan dos versos, como siempre. Pero te acuerdas de la mayoría. Te acuerdas de lo importante. Y es para verte esta mañana de domingo, buscando el sol en la acera de detrás del Reina Sofía, con la atención puesta en el pie izquierdo para no perder el equilibrio y recitando:
Alma, a quien todo un Dios prisión ha sido
venas, que humor a tanto fuego han dado
médulas, que han gloriosamente ardido
Y con el "gloriosamente" agitas un poco un puño. Gloriosamente. ¿Serás boba? Y después continúas:
Su cuerpo dejará, no su cuidado
Serán ceniza, mas tendrá sentido;
polvo serán, mas polvo enamorado.
Y ahí te quedas tú, tan contentísima, con tu momento Quevedo, atravesando por la cara cinco siglos y tendiéndole la mano a Don Francisco como si le comprendieras. Con tu absoluto convencimiento de que cuando tú te mueras vas a ser polvo enamorado: polvo contemporáneo, sí, de smartphone y twitter y mascarilla de pelo, pero igual de enamorada y desesperada que cualquier poeta miserable. Caminas recitando en este día helado de Madrid, bajo un sol de febrero que no deja de ser un consuelo tan mísero como puede serlo casi cualquier cosa para un corazón que duele. Y estás contenta, pese a todo. Está bien así.
Es lo que tiene ser escritora. Que puedes levantarte una mañana de domingo a las siete y ponerte a escribir, y que lo ves normal. Te levantas, vas al baño, te planteas muy seriamente volver a meterte en la cama con las gatas, y decides que no. Te pones una taza de café y escribes, y sin saber muy bien por qué, eso te pone de buen humor para el resto del día. Como si sirviera para algo. Como si marcara una diferencia para alguien.
Bajas a desayunar a la calle. No por nada, sino porque no tienes pan. Pides un bollo inglés con mantequilla de cacahuete y mermelada de arándanos: verídico. Cosas de Madriz. Entonces te das cuenta de que te has dejado el Kindle en casa y maldices tu estrella. No pasa nada: estás en La Libre, un lugar muy mono y muy alternativo, con muchos libros de todo tipo en las estanterías y máquinas de escribir viejas por los rincones. Algo encontrarás para leer.
Entonces das con un libro de teatro. El caballero de las espuelas de oro, de Alejandro Casona. Y te das cuenta de que esa fue la primera obra en la que tuviste un papel hablado. Habías salido en otra, cierto, pero hacías de árbol, y a lo más que llegabas era a incendiarte con papel charol de colores. Entonces la profesora os propuso aprender La canción del pirata de Espronceda, y claro: la gente se aprendió el principio, los diez o veinte primeros versos, hasta el estribillo, o como se llame. Y tú, que eres una burra, te la aprendiste entera; y era para verte, tan chica, tan cabezona, en medio del escenario del salón de actos, recitando ¿cuántos? ¿cien versos? Del tirón, sin respirar. Después de aquello, la profesora te dio un papel.
Así que agarras el libro y piensas en la pinta tope de intelectual que debes de tener ahora mismo, con tu mantequilla de cacahuete y tu obra de teatro ambientada en el Siglo de Oro, y te pones a repasar la primera pieza, buscando los trozos donde aparecía tu personaje. Ni recuerdas de qué iba, pero sí que te vienen trozos a la memoria: "Sanchica, amiga... Sanchica, compañera... ¿por qué he tardado tanto en encontrarte?", dice un Quevedo moribundo. Lees el primer capítulo. Lees el último capítulo. Te estremeces con el final.
Señor, me has dado una larga vida de castigos y te he obedecido sin preguntar. Primero creí que mi castigo era el frío. Después creí que era la soledad. He necesitado una vida entera para comprender que la soledad y el frío son una misma cosa. Si volviera a nacer y volvieras a condenarme a estar solo, volvería a obedecer. ¡Pero solo para la eternidad, no! No me dejes fuera con mi soledad y con mi frío...
Y sin darte cuenta estás teniendo un Momento Quevedo. Aquí en Lavapiés, en enero de 2013, con tu flequillo y tu smartphone y tu mantequilla de cacahuete, tú, Marina, estás flipando a tope porque Quevedo era genial. Te acuerdas de la cursilada aquella de la terapia poética que escribiste una vez: algo como que recitar poesía sosiega el espíritu. Eras joven e inexperta, pero te sigue valiendo. La poesía te reconforta. Intentas recitar su soneto famoso, el de Amor constante más allá de la muerte, y te fallan dos versos, como siempre. Pero te acuerdas de la mayoría. Te acuerdas de lo importante. Y es para verte esta mañana de domingo, buscando el sol en la acera de detrás del Reina Sofía, con la atención puesta en el pie izquierdo para no perder el equilibrio y recitando:
Alma, a quien todo un Dios prisión ha sido
venas, que humor a tanto fuego han dado
médulas, que han gloriosamente ardido
Y con el "gloriosamente" agitas un poco un puño. Gloriosamente. ¿Serás boba? Y después continúas:
Su cuerpo dejará, no su cuidado
Serán ceniza, mas tendrá sentido;
polvo serán, mas polvo enamorado.
Y ahí te quedas tú, tan contentísima, con tu momento Quevedo, atravesando por la cara cinco siglos y tendiéndole la mano a Don Francisco como si le comprendieras. Con tu absoluto convencimiento de que cuando tú te mueras vas a ser polvo enamorado: polvo contemporáneo, sí, de smartphone y twitter y mascarilla de pelo, pero igual de enamorada y desesperada que cualquier poeta miserable. Caminas recitando en este día helado de Madrid, bajo un sol de febrero que no deja de ser un consuelo tan mísero como puede serlo casi cualquier cosa para un corazón que duele. Y estás contenta, pese a todo. Está bien así.
sábado, 23 de febrero de 2013
Pesadillas (un minicuento con final feliz)
Procuraba tener siempre pareja, y aunque la gente la creía incapaz de estar sola, la verdadera razón eran las pesadillas. No sucedía muy a menudo, pero al menos dos o tres veces al mes se despertaba sudando y con la respiración entrecortada en medio de pesadillas extrañas, donde personajes de contornos nítidos en tonos sepia la amenazaban con gestos que sólo entendía ella. Así que intentaba tener siempre a alguien al lado para no morirse de miedo.
Cada uno reaccionaba de una manera. Marcos la abrazaba fuerte y le obligaba a respirar al mismo compás que él, como si estuviera dando a luz. Alberto se empeñaba en que se levantaran a la cocina a tomar un colacao y hablar de otra cosa; "si te quedas dormida ahora - decía -, volverás a soñar con lo mismo". Víctor dormía tan profundo que ella tenía que clavarle las uñas para que se despertara, y entonces él se cabreaba un montón, y gruñía, y le repetía por quincuagésimoctava vez que más le valía pedir hora en el psicólogo, y ella se quedaba frita arrullada por sus quejas.
Pero supo que Jaime era el hombre de su vida la primera noche que tuvo una pesadilla con él. Porque cuando se despertó, como siempre, muerta de miedo (jadeante, empapada en sudor, con el corazón latiéndole a mil por hora), Jaime abrió enseguida los ojos. ¿Tienes una pesadilla?, le preguntó. Ella asintió sin decir nada, mientras intentaba recuperar el aliento. Él la miró y le acarició la mejilla con suavidad. Tranquila, susurró. Entonces le cogió la mano, se la metió en los pantalones y se rodeó el pene con ella. Hale, le dijo. A dormir. Y ella se rió tanto, tanto, tanto que nunca más volvió a tener pesadillas.
Cada uno reaccionaba de una manera. Marcos la abrazaba fuerte y le obligaba a respirar al mismo compás que él, como si estuviera dando a luz. Alberto se empeñaba en que se levantaran a la cocina a tomar un colacao y hablar de otra cosa; "si te quedas dormida ahora - decía -, volverás a soñar con lo mismo". Víctor dormía tan profundo que ella tenía que clavarle las uñas para que se despertara, y entonces él se cabreaba un montón, y gruñía, y le repetía por quincuagésimoctava vez que más le valía pedir hora en el psicólogo, y ella se quedaba frita arrullada por sus quejas.
Pero supo que Jaime era el hombre de su vida la primera noche que tuvo una pesadilla con él. Porque cuando se despertó, como siempre, muerta de miedo (jadeante, empapada en sudor, con el corazón latiéndole a mil por hora), Jaime abrió enseguida los ojos. ¿Tienes una pesadilla?, le preguntó. Ella asintió sin decir nada, mientras intentaba recuperar el aliento. Él la miró y le acarició la mejilla con suavidad. Tranquila, susurró. Entonces le cogió la mano, se la metió en los pantalones y se rodeó el pene con ella. Hale, le dijo. A dormir. Y ella se rió tanto, tanto, tanto que nunca más volvió a tener pesadillas.
viernes, 22 de febrero de 2013
El metro y la nieve
Voy sentada en el metro, camino de casa y leyendo en el Kindle. No ha sido una jornada de curro particularmente inspiradora, pero como es mi primer día post-baja, he ido toda la mañana por la vida en plan marciano de Toy Story. Ya sabéis: el de "el gaaaaancho... se mueeeeve". Ahora estoy cansada y hambrienta, así que he perdido parte de mi entusiasmo. Aun así, me siento casi feliz mientras apoyo la cabeza contra la pared del vagón y toco la pantalla para pasar las páginas.
Entonces algo me sorprende. Es una lluvia sutil sobre mi Kindle. Un polvito ligero y blanco que cae tan despacio que casi puedo oír una musica de navidad. Miro al suelo y veo unos tacones marrones y unos tobillos con medias color café. Subo despacio la cabeza y recorro unos pantalones de pinza gris, una blusa color crema y un abrigo con pinta de caro.
Y justo encima de todo eso, debajo de una cuidada melena con mechas rubias, una mujer de mediana edad lleva la cartera en el codo y se está comiendo un Fresquito. Un Fresquito. Esos sobres con una piruleta en forma de lengua que se moja en pica-pica, se chupa con fruición y que cuando se te acaba el pica-pica pierde toda la gracia (¿alguien se ha terminado alguna vez la piruleta de un Fresquito?).
La mujer mira la lluvia de pica-pica, me mira a mí, chupa avergonzada su piruleta. Y yo tengo ganas de decirle que no se preocupe. Que la vida mola. Que está muy bien que se coma un Fresquito mientras vigila que nadie le robe su bonita cartera de piel. Y que tal día como hoy, de incorporación laboral y recuperación progresiva de esta vida que es mía, una lluvia de pica-pica en mitad del metro me parece casi un buen augurio.
miércoles, 20 de febrero de 2013
Mi tobillo, mi corazón y tú
Esta es la última carta que voy a escribirte, como decía la canción aquella sumamente hortera de Los Cucas. La del chuchuchu. La cantaba a gritos en la feria cuando tenía catorce años, pero bueno; no es esa la cuestión. El tema es que ya no te voy a escribir más. No por aquí. Te he escrito mucho en este blog, desde el día que te conocí. A veces con más claridad; a veces con menos.
Ayer hablábamos de lesiones. De cómo recuperarlas: de escayolar o no escayolar, de fisios que te clavan los dedos en el tobillo hinchado. Me contabas cómo tú te hiciste una vez un esguince y te arrancaste la férula en cuanto llegaste a tu casa. Qué bruto eres, te dije. Yo no he descubierto todavía cuál es la mejor manera de cuidar un esguince; lo que sí sé es que hoy me duele bastante menos que ayer, y que cuando algo que te dolía mucho deja de dolerte, es mágico.
Eso pienso mientras camino en dirección al centro de salud para recoger mi parte de alta. Pienso que todo el mundo debería tener un esguince para valorar lo que es andar sin dolor, y que a todo el mundo deberían partirle el corazón para sentir el alivio cuando se recompone. Hoy he llegado a la conclusión de que la mejor manera de caminar normal cuanto antes es caminar normal cuanto antes, así que ya no cojeo. Voy muy, muy despacio, mirando las baldosas frente a mí y procurando no tropezarme con nada. Desde fuera debe parecer que estoy ensayando algún tipo de caminar lento y sexy.
Desplazarme por estas calles es milagroso. Cuando he salido de casa, el cielo tenía un azul particular: un azul tipo la primavera está mucho más cerca de lo que tú piensas. Mientras paseaba y observaba el interior de los bares, he recuperado el sentimiento madrileño: la fascinación por la de gente y sitios y cafés y tiendas y posibilidades que tiene este sitio. Llevaba muchos días sintiéndome fuera de todo esto. Hoy, por fin, recupero algo de mi espacio en una ciudad que todavía no es mía.
Hablar contigo y no sentir dolor es casi tan mágico como poder andar.
Así que no tengo mucho más que decirte. No por aquí. Hay otros canales. Más sanos, más lógicos, con menos necesidad de metáforas o de hablar a medias. Esos son los que quiero utilizar ahora, porque a mí también me gusta saber de ti. Hoy te he escrito esto porque... bueno, no sé: por lo de siempre. Porque será como sea, pero esta es nuestra historia, y todas las historias se merecen que se les escriba un bonito final.
Sin más. Cuídate. No te voy a repetir ya más que vales mucho, porque lo sabes. Ayer me contaste que vas aprendiendo que quizá seas hasta valiente y todo, y claro que lo eres. Tú me has construido un poco. Si pudiera elegir, no querría haberme hecho el esguince, pero mientras caminaba hoy despacito y sentía cómo vuelven a hacer su trabajo los ligamentos del tobillo, pensaba que me gusta la yo lesionada. Que es fuerte y valiente, que escribe mucho y que me cae bien. Tú también me caes bien, y me cae bien la yo que he sido contigo, así que estoy contenta. Y bueno, nunca he sabido por qué, y seguramente ni siquiera debería ser así, pero siempre vas a poder contar conmigo. No te olvides nunca, ¿vale? Por si acaso.
Ayer hablábamos de lesiones. De cómo recuperarlas: de escayolar o no escayolar, de fisios que te clavan los dedos en el tobillo hinchado. Me contabas cómo tú te hiciste una vez un esguince y te arrancaste la férula en cuanto llegaste a tu casa. Qué bruto eres, te dije. Yo no he descubierto todavía cuál es la mejor manera de cuidar un esguince; lo que sí sé es que hoy me duele bastante menos que ayer, y que cuando algo que te dolía mucho deja de dolerte, es mágico.
Eso pienso mientras camino en dirección al centro de salud para recoger mi parte de alta. Pienso que todo el mundo debería tener un esguince para valorar lo que es andar sin dolor, y que a todo el mundo deberían partirle el corazón para sentir el alivio cuando se recompone. Hoy he llegado a la conclusión de que la mejor manera de caminar normal cuanto antes es caminar normal cuanto antes, así que ya no cojeo. Voy muy, muy despacio, mirando las baldosas frente a mí y procurando no tropezarme con nada. Desde fuera debe parecer que estoy ensayando algún tipo de caminar lento y sexy.
Desplazarme por estas calles es milagroso. Cuando he salido de casa, el cielo tenía un azul particular: un azul tipo la primavera está mucho más cerca de lo que tú piensas. Mientras paseaba y observaba el interior de los bares, he recuperado el sentimiento madrileño: la fascinación por la de gente y sitios y cafés y tiendas y posibilidades que tiene este sitio. Llevaba muchos días sintiéndome fuera de todo esto. Hoy, por fin, recupero algo de mi espacio en una ciudad que todavía no es mía.
Hablar contigo y no sentir dolor es casi tan mágico como poder andar.
Así que no tengo mucho más que decirte. No por aquí. Hay otros canales. Más sanos, más lógicos, con menos necesidad de metáforas o de hablar a medias. Esos son los que quiero utilizar ahora, porque a mí también me gusta saber de ti. Hoy te he escrito esto porque... bueno, no sé: por lo de siempre. Porque será como sea, pero esta es nuestra historia, y todas las historias se merecen que se les escriba un bonito final.
Sin más. Cuídate. No te voy a repetir ya más que vales mucho, porque lo sabes. Ayer me contaste que vas aprendiendo que quizá seas hasta valiente y todo, y claro que lo eres. Tú me has construido un poco. Si pudiera elegir, no querría haberme hecho el esguince, pero mientras caminaba hoy despacito y sentía cómo vuelven a hacer su trabajo los ligamentos del tobillo, pensaba que me gusta la yo lesionada. Que es fuerte y valiente, que escribe mucho y que me cae bien. Tú también me caes bien, y me cae bien la yo que he sido contigo, así que estoy contenta. Y bueno, nunca he sabido por qué, y seguramente ni siquiera debería ser así, pero siempre vas a poder contar conmigo. No te olvides nunca, ¿vale? Por si acaso.
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