massobreloslunes

sábado, 2 de marzo de 2013

Cómo escribir todos los días



Escribir todos los días sin necesidad de luchar conmigo misma es, sin duda, el mayor logro de mi vida adulta. Hoy quiero escribir sobre cómo he conseguido este logro por si ayuda a alguien, ya que en la lista de cosas que me proporcionan felicidad, sentido o llámalo X, la escritura está claramente la primera.

Hay un verbo en inglés difícilmente traducible: struggle. Yo lo entiendo como luchar trabajosamente con algo, esforzarse de forma incómoda. Los escritores struggleamos tela con el hábito de escribir. En mi caso, al menos, siempre ha sido así: una parte me decía "escribe", y la otra le contestaba "no me apetece". Luego, no sé cómo, me sentaba a escribir porque, como dice Paul Auster, "era mucho peor no hacerlo". Entraba en faena, me sentía feliz, no comprendía por qué lo había abandonado tanto tiempo. Luego paraba y todo volvía a empezar. Desesperante. Esto fue así hasta hace más o menos un año y medio, cuando me desafié a escribir todos los días durante un mes: el Michelian Challenge. Lo completé entero y cuando terminé decidí seguir así un tiempo más, hasta que me di cuenta de que no podía parar. Desde entonces, escribo aquí casi todos los días, salvo fines de semana muy intensos y/o ocasiones especiales.

Ya lo comenté hace un par de entradas. Lo increíble no es que me siente a escribir. Lo increíble es que me cuesta un esfuerzo mínimo. Es lo que me pide el cuerpo a última hora del día y, de hecho, también en otros momentos. Ahora mismo es sábado, son las nueve menos cuarto de la mañana y lo primero que he hecho al despertar, después de remolonear un rato y hacer café para un regimiento, es sentarme aquí. Del tirón. Sin ningún tipo de lucha interior.

Considerando el Michelian Challenge, la respuesta parece obvia: si quieres escribir todos los días, propónte hacerlo durante un mes y asunto resuelto. Yo creo que no es tan fácil. Creo que no cualquier persona puede escribir un mes y encontrarse con que le resulta sencillísimo seguir así toda la vida. Yo llevaba mucho tiempo escribiendo antes del Michelian Challenge; creo que lo que me dio aquel mes fue una estructura definida donde encajar mis ganas y mis habilidades.

Así que bueno, voy a hacer un análisis un poco a mi manera de qué pienso que puede estar detrás de mi hábito de escritura, y de cómo creo que otra persona puede conseguirlo también. Anticipo que no tengo claro que cualquiera pueda escribir todos los días y disfrutarlo, pero bueno; sabéis que mi confianza en la capacidad de cambio de la gente es bastante poderosa.


CÓMO ESCRIBIR TODOS LOS DÍAS: un miniensayo idiosincrásico

1. Disfruta escribiendo (y leyendo lo que escribes)

Esto es básico. Si no disfrutas escribiendo y leyendo lo que escribes, no entiendo cómo carajo pretendes construir un hábito saludable a partir de ello. A mí me gusta muchísimo escribir y releer lo que escribo. Sé que puedo mejorar, y siempre pienso que otro escritor con más talento sería capaz de darle una vuelta de tuerca a las cosas que yo todavía no termino de lograr. Pero creo que escribo bien (hala, ya lo he dicho). De todas formas, si después de veinte años escribiendo no lo hiciera medio bien, sería para pegarme un tiro.

¿Cómo hace uno para disfrutar escribiendo? No es algo que se tiene o no se tiene; creo que hay factores que influyen y que, hasta cierto punto, uno puede trabajar para crearlos.

Flow

El flow lo describió Csíksztentmihalyi como un estado óptimo de motivación intrínseca en el que uno se encuentra completamente absorto en lo que hace. Motivación intrínseca quiere decir que no te importa recibir o no una recompensa externa, porque el estado en el que entras mientras realizas esa actividad es lo bastante agradable como para constituir un premio en sí. Cuando escribes en flow, te apetece escribir porque disfrutas mientras lo haces.

Decía el protagonista de La velocidad de la luz que, llegado un punto, se dio cuenta de que él no quería escribir, sino haber escrito. Igual que hay gente a la que no le gusta escalar, sino el rollito de la escalada, hay gente a la que le gusta el rollito de la escritura. Decir que eres escritor. Beber café negro. Llevar gafas de pasta. Torturarse. Pero te vas a tener que pasar un montón de horas tú solo como un capullo delante del ordenador, así que si no te gusta escribir mientras escribes, la llevas clara.

El problema es que cuando uno empieza a escribir, a menudo se parece demasiado a bañar a un gato. Tú no quieres, el gato no quiere, el proceso es doloroso y el resultado es discutible. Queremos hacerlo muy bien, así que escribimos una frase, no nos gusta y la borramos. Escribimos otra, cambiamos varias veces de verbo, la borramos. Lo comparamos mentalmente con todos los libros que nos han gustado alguna vez y lo odiamos. Y así, sucesivamente. Esto complica bastante entrar en flow.

El primer paso, entonces, es construir un hábito de escritura desatada, o sin censuras, o automática; llámalo X. El gozo de escribir, diga lo que diga mi querido M., viene muy bien para eso. La idea es escribir sin censuras, sin volver atrás, sin preocuparse demasiado por un resultado perfecto. Bajar al mínimo las expectativas sobre el texto y recordar algo que a veces se nos olvida: que siempre hay tiempo para corregir después.

Para mí el flow en escritura se parece a hilar la lana. A convertir el material algodonoso y multiforme de la mente en una sola hebra, sólida y larga, con un principio, un final y un montón de bonitos y prácticos signos de puntuación en medio. Nunca jamás estaremos contentos con esa hebra, porque el material con el que trabaja la mente es inmenso, variado y evocador, y aunque las palabras son mágicas y lo que tú quieras, las pobrecitas tienen sus limitaciones. Si una imagen vale más que mil palabras y nuestro cerebro está lleno de imágenes (y de música, olores, sabores y pensamientos veloces que apenas sabemos expresar), calculad cómo de lejos se queda del material mental el mejor texto del mundo.

Aun así, a mí personalmente me da paz interior el hecho de poder sacar esa hebra. Me tranquiliza. Por un momento, se callan todas las demás voces. Es un proceso sumamente agradable.

Si quieres saber si entras en flow escribiendo, he inventado un test: el Test de la Sonda. Antes de sentarte a escribir, bebe un montón de agua. Si llega un momento en que no te queda más remedio que ir al baño, pero estás tan metido en lo que escribes que no te importaría ponerte una sonda para seguir, has entrado en flow.

Escribir bien

Que sí, que hay que darse permiso para escribir basura, y no censurarse en los primeros borradores, y blablablá. Pero también hay que dejarse de ombliguismo, pajas mentales y relativismo artístico y empeñarse con esfuerzo en Escribir Bien.

Escribir Bien según tú, por supuesto, porque quieres hacerlo como condición para a) disfrutar escribiendo y releyendo y b) que otros te lean y te motiven a seguir. Si a ti no te gusta lo que escribes, no disfrutarás del resultado, y tampoco conseguirás establecer un contacto verdadero con tus lectores. Los escritores que dice "qué va, si lo que hago es una mierda" mientras otros intentan convencerles de que está muy bien me parecen raros. Es decir: a mí no me gusta, a ti sí, ¿cómo voy a respetarte entonces, si dices que te encanta algo que a mí me parece una mierda? Así las cosas, o como escritor eres sincero y reconoces que te encantas, o te esfuerzas para producir algo que te guste un poco.

Para Escribir Bien de acuerdo contigo mismo, es necesario que leas muchísimo y que corrijas muchísimo.

Leer muchísimo: obvio. Si quieres escribir ficción, lee ficción; si quieres escribir ensayos, lee ensayos; si quieres escribir un blog, lee (buenos) blogs. No te termines libros que no te gusten. La vida es corta. Lee sólo libros que te encanten. No te esfuerces por tragarte algo que todo el mundo dice que es bueno y que a ti te aburre. Nadie te va a dar palmaditas en la espalda por haber leído a Proust. A veces hay que hacer un esfuerzo, sí; lee a Faulkner para ver a qué sabe. Pero si te cuesta la misma vida, déjalo y pasa a otra cosa.

La única forma de que se imprima poderosamente en tu cerebro la idea platónica de cómo deberían ser tus textos es que leas. Y que leas mucho de lo que te encanta. Después, trata de analizar los mecanismos que utiliza el autor. Para esto es necesario que escribas. Una vez que te hayas enfrentado a solitarios problemas de escritor, estarás más atento para enterarte de cómo los solucionan otros. Quizá la primera vez que leas a Franzen no te llame la atención cómo resume un año del tiempo de la novela en tres párrafos. Cuando hayas intentado hacerlo tú y fracasado de forma humillante, te fijarás.

Corregir muchísimo: no confundamos la parte de escritura desatada con autocomplacencia. No todo lo que sale de tu cerebro es bueno. Si tienes claro cómo quieres escribir, porque has leído muchísimo y quieres que la gente sienta lo que sientes tú con la buena literatura, es necesario que corrijas. Que de forma consciente te plantees en qué se diferencian tus textos de los de los autores a los que amas. Es complicado y muy, muy sutil, sobre todo una vez que alcanzas un nivel aceptable, pero puede hacerse. Como decía el Che, tienes que endurecerte sin perder la ternura.

Como consejo para principiantes, normalmente vas a beneficiarte de borrar. Los primeros escritores tienden a pasarse con los adjetivos, detalles, metáforas, descripciones, etcétera. Intenta escribir de forma que el recorrido de tus palabras se parezca a tu recorrido mental. Si cuando te levantas y te preparas el café te llama la atención el zumbido de la cafetera porque te recuerda al torno del dentista, o si siempre se te ocurre que deberías cambiar el filtro y nunca lo haces, escribe eso. Los humanos somos asquerosamente parecidos unos a otros, así que es probable que el movimiento de la mente de tus lectores se parezca al tuyo, y que esa identificación les guste y les conmueva. No te empeñes en describirlo todo si en tu realidad no lo observas todo. No hay mucho más secreto.

Escribe con corrección, por el amor de Dios. Sin faltas. Utiliza las palabras con propiedad, y cuando tengas una mínima duda, consúltalo en la RAE o en Google. En esta época no hay excusas que valgan. Aprende a puntuar. En serio. La puntuación no es arbitraria, no está sujeta al relativismo ni a la opinión del escritor. Existen una reglas sobre ella que pretenden hacerle la vida más fácil a tu lector.

Los dos errores más comunes de puntuación son los siguientes: puntuar como se habla y abusar de la coma.

- Puntuar como se habla quiere decir que haces corresponder las pausas al hablar con los signos de puntuación. Por eso es tan común la gente que pone coma delante del sujeto y a la que me gustaría matar con mis propias manos. Por ejemplo: "los escritores principiantes, suelen abusar de las metáforas". Mal. MAL. Incorrecto. Si dices esa frase en voz alta, es posible que la pausa entre "principiantes" y "suele" sea microscópicamente mayor que entre el resto de las palabras, pero eso no quiere decir que tengas que poner una coma.

- Abusar de las comas. Respóndeme a una pregunta: ¿eres Saramago? ¿No? En ese caso, deja tranquilas a las comas. Aprende a usar otros nexos. Utiliza a tus amigas las conjunciones, subordina oraciones, atrévete con los dos puntos o el punto y coma. Ante la duda acerca de si una frase es demasiado larga, divídela en dos con un punto y seguido.

Aprende a puntuar, te lo suplico. Sé que con este tema me pongo violenta, y que la gente después me escribe los mails acojonada, pero no es lo mismo mandar un mail que pretender ser escritor. Decía Rafael Fernández que no entendía por qué la gente se metía con él cuando publicaba los libros sin corregir, con faltas de ortografía. A ver, bicho: pues porque la ortografía, la gramática y la puntuación son PUTOS BÁSICOS. No tendrías que corregirlos demasiado después; deberías saberlos. Y corregirlos después, por si acaso. Son normas de cortesía. Facilitan que la gente te lea. Evitan confusiones, atascos y pensamientos intrusivos del tipo de "DIOS, ¿en serio has puesto una coma detrás del sujeto?" (le pasó a una amiga).

Ojo: sí estoy de acuerdo con Rafa en que las faltas las comete quien escribe, en que si escribes mucho siempre se te cuela algo y en que hay normas y convenciones de la RAE tan ortopédicas que a veces te las pasas por el forro. Pero uno se esfuerza por conocerlas, las examina y decide de una vez si va a seguir poniéndole la tilde a "sólo" cuando significa "solamente". No se dedica a escribir, a no corregir bien porque no quiere o no sabe y a defender que eso es el preciado producto bruto de su privilegiada mente.

Después de este arrebato de nazismo lingüístico, voy a tomarme una pausa y una tila, por ese orden.

Uf.

Listo. Continuemos.

Relee, relee, relee. Es parte de corregir y de Escribir Bien. Empecé a escribir esto a las ocho y media. Son las doce y veinte, y sólo he parado media hora para desayunar. Es sábado. Podría estar paseando, o de cañas, o tomando café y leyendo, o de compras, y estoy aquí sentada, releyendo este texto por cuarta vez para dejarlo lo mejor que sepa.

Releer es un arte y un coñazo. Porque relees, cambias algo y tienes que re-releer la frase, el párrafo y el texto entero, para que lo que has cambiado encaje con lo demás. Tienes que ser capaz de identificar lo que no queda claro, de alterar el orden de las frases confusas, detectar las palabras que se repiten, corregir errores... Un post decente debería ser releído al menos tres veces; un texto importante, al menos  diez y en distintos días.

Estos últimos párrafos han quedado un poco estrictos, pero créeme cuando te digo que escribir cada vez mejor es fundamental para que te apetezca y te compense escribir todos los días. Y se puede, así que déjate de misticismos y de aires de poeta incomprendido y TRABAJA.

Escribir sobre lo que te gusta

Si quieres disfrutar escribiendo y releyendo, escribe sobre lo que te gusta a ti. Sobre lo que te interesa, te mueve y te apasiona a ti. Hay gente para todo y existe Internet, así que si eres auténtico encontrarás a un grupo de frikis que disfrute con lo que haces. Si te empeñas en escribir sobre algo porque deberías hacerlo, no disfrutarás escribiendo ni releyendo. Yo escribo sobre mi vida porque mi vida me mola. Me interesa. Me gusta repasar después los posts como si fueran un álbum de recuerdos; me da otra visión. También escribo sobre psicología, nutrición, Acné del Averno y otros temas; cuando algo me interesa más, escribo sobre ello y no me preocupa que haya temas, como la actualidad política, que en este blog ni se huelan. No me gusta escribir sobre política o sociedad, y me da igual lo teóricamente beneficioso o éticamente correcto que se considere. Yo escribo sobre lo que me gusta, y me alegro mucho de que a la gente también le guste y se identifique, porque me hace sentirme menos rara. Y está claro que no escribo para mí, porque lo publico en Internet. Pero me interesa lo que escribo y me interesa releerme después, y eso es clave.

Crear flow, leer muchísimo y escribir bien son tres procesos que se nutren entre sí. Mientras mejor leas, más escribirás; mientras más corrijas, releas y pulas tu estilo, más te saldrán los textos aceptablemente escritos en el primer borrador, y eso ayudará a tu flow. Está muy bien escribir sin preocuparse de nada, blablablá, cabellos al viento, pero cuando además te está gustando la forma que le das a medida que sale de tus manos, te lo pasas mejor. Al menos yo.

2. Crea los hábitos auxiliares

Para escribir todos los días un rato es necesario trabajar durante el resto del tiempo de vigilia. El mayor obstáculo para escribir todos los días es sentarte al ordenador y pensar que no tienes nada que decir, así que procura buscarlo el resto del tiempo. No es cierto que no tengas nada; siempre hay algo que decir. Aun así, si no eres capaz de darle materia prima a tu cerebro en los primeros minutos, es posible que te desmoralices y pases a otra cosa.

Con el tiempo, esto también mejorará. Ya lo he contado algunas veces y es cien por cien verídico: a veces me siento al ordenador y me paso diez minutos mirando la página de blogger, y después escribo tres primeras versiones de un post y las borro. A veces escribo cinco párrafos y descubro que el verdadero comienzo está en el sexto, así que borro los anteriores. Pero esto sólo me ha pasado después de llegar al punto de "no puedo no escribir"; antes, sencillamente, me levantaba y me iba a la cama.

Esto quiere decir que además de entrenar la disciplina para sentarte a escribir, tienes que entrenar la disciplina para mirar el mundo, generar ideas y, a ser posible, apuntar las cosas. Personalmente, confío en que antes de morirme conseguiré implantar el hábito de apuntar mis ideas. De momento, voy despacio: o no las apunto, o después no las miro. Creo que me beneficiaría mucho de hacer las dos cosas, pero bueno; baby steps.

Lo de mirar el mundo sí es importante. Observa lo que te rodea. Observa a la gente. Escribir bien no es una oda al narcisismo. Si los demás te importan tres cojones, podrás escribir algo sobre ti y tu increíble vida interior, pero llegará un punto en que cansarás a tus lectores. Hay que salir fuera.

El amor y la curiosidad también se entrenan. Este otoño me dio por intentar aprender a dibujar retratos. Imprimí algunas fotos bonitas y me pasaba las tardes lápiz en mano. Cuando llevaba un tiempo practicando, me di cuenta de que la gente ya no me parecía fea. Me fijaba en los rasgos sin juzgarlos, intentando identificar las líneas, las luces y las sombras. Escribiendo pasa un poco lo mismo: cuando empiezas a observar con atención y a reflejar lo que observas, dejas de juzgar. Las cosas ya no son buenas ni malas: son, y se alinean una frente a otra en igualdad de material literario.

Por supuesto, tienes que reservar un espacio de tiempo para escribir. En mi caso, creo que uno de los ingredientes para conseguir escribir a diario es que no tengo otro hábito que compita. Algún día me echaré novio, y entonces sí que tendremos un problema. Cuando vivía sola, no hacía nada después de cenar que no fuera escribir: no tenía costumbre de ver la tele, ni de leer antes de dormir, ni nadie con quien hablar, así que escribía. Ahora vivo con Cris, pero como tengo el hábito insertado en mi cerebro, primero me meto en la habitación con la puerta abierta para no ser maleducada, y cuando al cabo de un rato la tele me está sacando de quicio, asomo la cabeza, digo algo como "mhsmshscribir" y cierro la puerta. Y escribo.

Esto vale para cualquier hábito. El día sólo tiene veinticuatro horas, y en principio tú ya las tienes todas cubiertas, así que decide qué vas a dejar de hacer para escribir. Esto es indispensable. No pretenderás alterar las leyes del espacio-tiempo para jugar a ser escritor. La renuncia es un elemento indispensable en cualquier cambio.

3. Encuentra a alguien que te lea todos los días

Creo que el Michelian Challenge tuvo dos efectos importantes para mí. En primer lugar, como ya he dicho, me dio una estructura: todos los días, antes de dormir, siéntate y escribe (o, en momentos de precariedad internetil: corre ordenador en mano hasta la plaza de la catedral, pilla la wi-fi y escribe). En segundo lugar, acostumbró a los lectores a leerme todos los días. Como yo soy una chica muy considerada, llegué a un punto en el que no quería decepcionar a nadie. Esto os va a parecer una chorrada como un piano, pero imaginar que alguien llega al blog esperando encontrar algo nuevo y no lo encuentra es lo bastante aversivo como para hacerme escribir.

Una rutina diaria es una cosa seria. Los hábitos tienen distintas frecuencias: algunos se hacen un par de veces al año (ir a ver a los abuelos al pueblo, donar sangre), otros todas las semanas (desayunar en el bar de abajo los domingos) y otros todos los días. La diferencia entre hacer algo todos los días y hacerlo  cada dos o tres días es abismal. No hay hábito en algo que se hace cada dos o tres días. Pierde toda la estructura. Por eso hay gente que cuenta que me lee todas las mañanas, mientras se toma el café, o por las noches antes de dormir, y eso me resulta mucho más potente que si publicara cada dos o tres días y la gente mirara el blog cuando se acuerda.

Sencillamente, no puedo defraudar a mis lectores. Esto suena un poco creído, pero os lo digo como lo siento.

Encontrar a alguien que te lea todos los días no es fácil. Tienes que escribir todos los días y tienes que hacerlo lo bastante bien como para que la gente vuelva. Todos los puntos anteriores vuelven a ser necesarios: lee, escribe, disfruta, corrige, relee, escribe más, publica, mejora, contacta, escribe, y así sucesivamente.


Como verás, no es nada fácil escribir todos los días. Pues claro que no. ¿Cómo va a serlo? Escribir no es fácil. Supone ponerte en contacto con partes de ti mismo que la mayoría de la gente ignora de forma sistemática. Casi nadie se pasa el día examinando y registrando sus emociones y su percepción de lo feo o bello. Casi nadie hace el esfuerzo de averiguar qué es lo que piensa verdaderamente sobre las cosas, sacarlo fuera y después, cuando ya está hecho polvo, tomarse encima la molestia de corregirlo y pulirlo para que se acerque a su ideal de belleza, y encima tener el valor o el narcisismo de enseñárselo al mundo. Obligarse a uno mismo a hacer eso todos los días es casi hercúleo. Hacerlo durante el tiempo suficiente como para que deje de ser obligación y se convierta primero en hábito y después en necesidad es todavía más alucinante.

¿Se entiende ahora lo que quiero decir con "el mayor logro de mi vida adulta"? Es así. Literalmente.

Esto no es una guía en pasos sencillos. Es mi propia hoja de ruta, e insisto en que me ha costado un montón llegar hasta aquí, y en que no tengo claro que sabiendo lo que sé ahora pudiera haberlo hecho en menos tiempo. Es decir, que si ahora mismo no escribes nada-de-nada, llegar a escribir todos los días sin esfuerzo igual te cuesta veinte años. No me digas que no te lo advertí.

La cuestión, creo yo, está en no tomarse esto como un sencillo camino por etapas que uno empieza y termina en un tiempo determinado, como la dieta Dukan. Esto es más serio. Es una vía hacia la felicidad, la sabiduría, el multiorgasmo y muchos otros beneficios. Te dará unas raíces muy sólidas en el mundo, un centro al que volver siempre, un camino directo y barato hacia la cordura y el contacto con los otros. Lo que quiere decir que te lo puedes plantear perfectamente como uno de tus tres o cuatro grandes objetivos vitales. Algo como "encontrar el amor, escalar 8a y escribir todos los días", o "descubrir la vacuna contra el sida, tener un hijo y escribir todos los días". Para mí (personalmente) merece la pena hasta ese punto.

Si te lo planteas así y le echas paciencia, puedes empezar a trabajar todo lo anterior. Lucha trabajosamente con ello. Strugglea. Comprométete a fallar. Busca el flow, aprende a puntuar, da la vara a la gente con tus escritos y corrígete en serio. Escribe sobre lo que amas, observa la vida, cómprate una libreta y llévala contigo. Deja de escribir un mes porque estás hasta los huevos. Después escribe otra vez. Lucha trabajosamente durante unos cuantos años y en algún momento las piezas harán click, se te ocurrirá algo parecido al Michelian Challenge y cuando te quieras dar cuenta tendrás un problema serio con la escritura diaria y te habrás convertido en una yonki.

En ese momento, te darás cuenta de que todo ha merecido la pena.

jueves, 28 de febrero de 2013

Ignorando con decisión el factor psicópata

Estoy sentada en la sala de reuniones de la unidad de agudos de La Paz, escuchando cómo una compañera expone un caso. Últimamente, cada vez tengo más a menudo la sensación de estar enjaulada. De tener que pasar un número preocupante de horas haciendo cosas que no quiero hacer con gente con la que no quiero estar. Disimulo el malestar viendo pacientes: toda la burocracia del mundo, las reuniones absurdas, el tiempo perdido y los asentimientos de cabeza a facultativos y coordinadores se difuminan cuando puedo ver pacientes.

El caso es que me aburro tanto que jugueteo con el móvil. Me aburro por mi culpa, ojo, que las supervisiones son interesantes; lo que pasa es que creo que estoy tan sensibilizada a la obligación de permanecer sentada en sitios que me rebelo enseguida. Abro la bandeja de entrada y actualizo. Recibo mucho correo interesante desde que abrí Psicosupervivencia, y es raro el día que los lectores no me sorprenden o me conmueven.

El suyo está pensado casi como un anuncio publicitario. "Hola, Marina - me dice -, ¿quieres tomar un café conmigo?". A mí me hace tanta gracia el comienzo que lo demás es casi innecesario, aunque agradezco la explicaciones, las propuestas y las frases graciosas. Me cuenta que le gustaría hacer algo parecido a la iniciativa de homo minimus, que pretende almorzar con una persona nueva distinta cada semana. 

Yo a ratos me canso, francamente. De lo del blog, que alguien te lea, que quiera quedar contigo y demás, y de que luego tú estés en esa desventaja tan brutal y absurda, encajando o desencajando en vete a saber qué expectativas. Esta mañana, ya lo he dicho, no estaba muy católica, así que aunque el mail me hizo sonreír, casi pensé en decirle que no. O que bueno, que sí pero con unos mínimos: algo como un cuestionario sobre él que me haga sentir menos perdida. Debería contar con el factor psicópata más a menudo.

Aun así, nada más llegar a casa abro la bandeja de entrada y le contesto que sí, que claro, que me encantaría.

Y psé, pues no sé... en realidad podría ser divertido. Sigo sin estar muy católica, con la vida en general y con conocer lectores masculinos en particular, pero no puedo decir que no. No por nada, sino porque este mundo es raro y ya dije hace unos días que quería ponerme de lado de la honestidad. Y en este mundo raro, donde me anclan a las sillas más a menudo de lo que me gustaría, y la gente juega juegos que no entiendo, y tienes que mostrarte distanciada para mostrarte interesada y viceversa, que alguien se te acerque virtualmente un jueves por la mañana y te pregunte si te quieres tomar un café con él mola. Así, sin más. Mola. Y sigo cayendo porque me sigue molando, pese a las hostias. Me siguen fascinando el valor y la autenticidad. Siempre voy a querer jugar a ese juego.

Así que bueno, en esas estamos. En tomar café con desconocidos, otra vez. Obviando el factor psicópata, otra vez. Absurdamente arrojada, siempre. Y qué más da, chavales; tengo el tobillo bien, y el coco bien, y mañana es viernes.

miércoles, 27 de febrero de 2013

Me acuerdo de ella todas las mañanas y me da pena que no esté viva. No que se haya muerto. Morirse no es una acción. No hay nada de malo en ello. El problema es no estar viva. Eso es lo que me da pena todas las mañanas, cuando llego al hospital y me acuerdo de ella. Lo que le digo es que lo siento. Siento que no estés viva. No porque te conociera tanto como para lamentar tu ausencia personalmente, emocionalmente. Lo que siento es que ya no estés aquí. Como cuando alguien se va de una fiesta temprano y ocurre algo divertido, y tú dices "hay que ver, lo bien que se lo habría pasado de haberse quedado".

Siento que no hayas podido ver hoy la nieve, acumulándose despacio sobre los tejados de las casas y las flores de los parterres. Yo hoy me he enterado de cómo esparcen la sal sobre las carreteras: con un camión muy deprimente que tiene un dispositivo giratorio y arroja en el asfalto una sal sucia, grisácea. Tampoco sé qué esperaba. ¿Hermosas ninfas arrojando la sal como si fueran pétalos de flores en una boda? El caso es que había que tener cuidado para no resbalar con ella, pero estaba bien andar así de despacio: podías sentir la tierra bajo los pies. He hecho una bola de nieve, se la he tirado a un compañero de Huelva: "tu primera bola de nieve", he afirmado. "Pues sí, la verdad es que sí", y se miraba sorprendido el charquito que ha dejado sobre su pulcro jersey de lana.

Siento que no puedas ver todo eso. Que no puedas dormir en altillos, ni beber cafés por la mañana, ni leer novelas muy, muy buenas que hacen que se te salten las lágrimas de la emoción (verídico). Ni enamorarte, o sufrir como una perra, o preguntarte si un chico te está haciendo ojitos o si mira así a todo el mundo. Ni comer pizzas de microondas, fresas con yogur griego o palomitas de maíz. Ni escribir. Lo siento mucho, aunque quizá a ti estas cosas ni siquiera te gustaban: quizá pasabas de la pizza y de escribir, o la nieve te ponía de los nervios. Quizá el gusanillo de no saber si le molas a alguien no te resultaba del todo agradable. Espero que entiendas el mensaje, aun así. Que siento muchísimo que tuvieras que morirte. Que desde que te fuiste, siento como si el tiempo que paso aquí fuera prestado, y que no sé si eso es bueno o malo. Pero que en realidad es así. Es tiempo prestado. Para mí y para todos. Gracias por hacer que me diera cuenta de eso.

PD: Hoy he subido de psiquiatría, en la segunda, a onco, en la catorce, haciendo fotos de la ciudad desde todas las ventanas. Cada vez se veía Madrid desde más arriba. Cada vez se alejaba uno más del suelo. La planta catorce es la última, y después de eso no hay nada. No obstante, el mundo parecía bonito desde allí.

Así:


martes, 26 de febrero de 2013

Más libro-insights

Tengo problemas serios con Chad Harbach. Problemas todavía más serios que con Jonathan Franzen. Preguntadme por qué. Porque si Harbach ha tardado diez años en escribir esta novela, quiere decir que ¡oh, terror! Tardará diez años en escribir la siguiente, y de aquí a diez años yo tendré la brutalidad de treinta y siete tacos y andaré por ahí sin rumbo, quizá viviendo en un coche, quizá haciendo boulder en los contenedores en un extraño mundo postapocalíptico y Sin Duda a punto de ser comida por los perros, literal o metafóricamente. Su novela llegará demasiado tarde para salvarme.

El caso es que esta mañana estaba yo saliendo de la estación de metro de Antonio Machado en dirección al centro de Salud Mental. Llevaba a Harbach en el brazo, calentito bajo la manga del chaquetón, y bajaba la cabeza para no establecer contacto visual con dos de mis compañeras de curro, que iban una escalera mecánica por delante. Hay cinco minutos andando hasta el centro de Salud Mental y yo no quería charlar con ellas; yo quería ponerme una canción alegre en el mp3, girar la cara hacia el sol de invierno en los semáforos y mirar si había escarcha en las hierbas del solar. 

Les di esquinazo, y mientras caminaba contenta escuchando a los Adslánticos, me dio por pensar en Henry, el protagonista de la novela, que llevaba dos capítulos lanzando mal la bola en los partidos de béisbol. Ya he hablado de mi relación con el béisbol, que se resume en que no sé cómo se juega y, sin embargo, ahí iba yo: ocho y media de la mañana, dos grados bajo cero y preocupadísima porque Henry estaba lanzando mal.

Entonces pensé: a ti qué te importa, Marina. Me acordé de cuando me leí "Los Pilares de la Tierra", y de ir en moto a clase por la mañana sacudiendo la cabeza incrédula porque un personaje había muerto, o de aquella otra vez, engulliendo "Ciudad de ladrones" en la biblioteca en plenos exámenes de junio, cuando terminé el libro, levanté la cabeza, miré a la gente que estudiaba en silencio y me pregunté cómo podían quedarse tan panchos. 

Hace algún tiempo decía que no entendía esa postura popular de "leer es bueno" y "todo el mundo debería leer". Pensaba: a mí qué me importa. Ni que leer necesitara de nadie. Con poder leer yo, qué más me da lo que haga el resto. Yo sostendré mi hermosa novela frente a mí, como sostenía aquel personaje de Kundera su nomeolvides frente a los ojos, y me olvidaré del mundo. Después cambié de idea, porque se me ocurrió que leer educa a la gente; no ya en cosas de cultureta gafapasta, que te permitan quedar bien en las conversaciones de vino blanco y rúcula. Leer educa en lo que es sentir en el corazón de otros. Permite averiguar sin moverse de la silla cómo es ser un jugador de béisbol universitario americano de veintidós años, y creo que eso es bueno. Porque así podré comprender mejor a los otros humanos, esos bípedos, y yo siempre he creído que comprender es un buen primer paso. Porque si la curiosidad y el amor me salvan como terapeuta y me permiten no ir por ahí asesinando pacientes o matándome yo, no hay más curiosidad y más amor que la de un buen lector hacia un buen libro.

Hoy se me ha ocurrido otro motivo por el que todo el mundo debería leer. Y es precisamente por eso: porque yo antes de ayer no sabía quién era Henry ni por qué tenía que parar bien todas las bolas en corto que le llegaran, y hoy lo sé. Hoy me importa. Aunque Henry no exista: eso da igual. Está bien que aprenda a darle importancia. Porque al fin y al cabo la vida es eso, ¿no? Crecer, trabajar, amar: todo es eso. Lo que antes no te importaba ahora sí que te importa. Te importan tus pacientes, y te importa que el mundo sepa que los antidepresivos no son superiores a los placebos en la mayoría de los estudios. Te importa tu gente, y te importa de una forma especial cierta gente a la que antes no conocías y que ahora no puedes imaginar fuera de tu mundo. Te importa el futuro de la sanidad pública. Te importa el estado de tus meniscos, la manera correcta de agarrar un romo o qué tiempo hará en la sierra este fin de semana.

También dejan de importarte cosas, claro, y eso está bien: al carajo lo que piense cierta gente, al carajo las tendencias en el tamaño de los bolsos. Pero, por alguna razón, pienso que hay que darle más valor al movimiento positivo: a ensanchar el corazón, a que cada vez te quepan en él más cosas. A ser compasivo sin condescendencia. A concederle un peso a todo lo que hay sobre esta tierra. Leer te enseña a eso. Te entrena en la importancia de todo. Y eso es hermoso.

A dormir, pequeños, que no puedo con mi vida.

Leed a Harbach. 

lunes, 25 de febrero de 2013

Dos insights literarios

La primera cosa que he averiguado hoy es que leer buenas novelas me pone. Hala, ya lo he dicho.

Ayer hablaba con B. sobre qué tipos de tío pueden gustarte. Yo comentaba que los escritores ya no me atraen particularmente. Que me basta con escribir yo y que, de hecho, dos egos escritores pueden ser como trenes que se chocan. Peleas de pareja por signos de puntuación: no es recomendable. Así que no me ponen los escritores. En serio. No doy un duro por hablar con ninguno de mis escritores favoritos; es complicado que su conversación pueda ser más interesante que su prosa.

Me ponen las buenas novelas porque son evocadoras. Ayer fui a la FNAC y me hice jurar que iba a salir de psicolandia y a leer ficción. Eché una ojeada a las novedades y vi un libro de Salamandra con el nombre de Jonathan Franzen en la vitola, explicando lo muchísimo que le había gustado. Y yo con Franzen tengo un problema serio, a saber: que si recomienda el listín telefónico, yo cojo y me lo leo. Así que no miré ni la sinopsis. Eché un ojo a los primeros párrafos para comprobar que estaba bien escrito y bien traducido, y me lo llevé.

Oh, las buenas novelas. Novelas que son mejores que personas: así se titulará mi futuro recopilatorio de críticas sobre mis libros favoritos. Leer El Arte de la Defensa es mejor que charlar con un 95% de la población. Seguro. El tipo se tiró diez años escribiendo la novela. ¿Os lo imagináis? Diez años. Diez años invertidos en algo que no sabes bien si va o no a funcionar. Imagino que debía de tener una confianza inmensa oculta en algún lugar. Inseguridades, seguro: todas las del mundo, pero también una veta firme de saber que lo que tienes entre manos es muy grande. O buenos padrinos.

En cualquier caso, no sé explicar por qué me pone leer buenas novelas, pero imagino que tiene que ver con que evocan la textura de la vida. Detalles, detalles, que decía Nabokov. Acariciad tiernamente los divinos detalles. Yo leo al tal Harbach y le observo hablar de cosas que ni comprendo, de puto beisbol, por el amor de Dios; de la elegancia de un parador en corto, los escupitajos de tabaco bajo los banquillos, el sonido de la pelota en el guante o el clima congelado de Milwaukee, y es como volver a casa. Lo que es mortal de absurdo, porque yo nunca he estado en Milwaukee, y que me aspen si sé lo que es un parador en corto. Lo que sí sé es que las buenas novelas están llenas de intensidad. Y a mí la intensidad me pone.

La segunda cosa que he averiguado hoy, y que me otorga el derecho a denominarme Escritora con mayúsculas y que, de hecho, quizá me haga fabricarme un Diploma de Escritora De Verdad y autoentregármelo es la siguiente:

Estaba yo esta mañana en el hospital, inmersa en este Plan de Mejora Constante que es mi vida, y que ahora encima está aliñado con un intenso "la vida es corta y podrías morir en cualquier momento". Externamente parecía que revisaba historias clínicas, sentada en una mesa del control de enfermería. Internamente, sin embargo, estaba haciendo todo un replanteamiento vital. A ver, Marina, me decía. Es lunes, tienes resaca, te ha bajado la regla y no tienes muy claro que puedas tolerar mucho más tiempo pasarte siete horas al día en un hospital. Y no sólo eso, sino que últimamente estás perdiendo energía, duermes poco, tomas demasiado café y ves tu vida como a través de una lente borrosa. Tienes que hacer algo. En serio. Algo.

Así que me he acordado de un artículo de Leo Babauta que leí hace unos días. Algo para eliminar la neurosis de las mil listas de tareas y ochocientos objetivos. Una lista sencilla de cosas que quieres hacer todos los días. Comer una fruta. Hacer ejercicio. Estar con la gente a la que quieres. Trabajar un poco en lo que te importa. Algo sencillo, poco aparatoso. He pensado en cuál sería mi lista. Hacer ejercicio, claro, y comer una ensalada al día, que es hasta fácil porque me encantan. Y escuchar a alguien con atención plena aunque sea un rato (ya explicaré eso) y escribir. Entonces he pensado: para qué voy a poner escribir. Eso no necesito proponérmelo. Sería como proponerme dormir, o ducharme, porque lo voy a hacer igualmente; mejor lo cambio por otra cosa.

Entonces he enarcado las cejas bruscamente, verídico, y el insight me ha golpeado en la cabeza. Venga ya, hombre. Resulta que ya no soy una persona que se propone escribir y escribe, nonono. Ahora soy una persona que escribe sin proponérselo. Que escribe porque no puede no escribir.

Os juro que yo no era así antes. No tengo ni idea de cómo lo he hecho, y me molaría mucho descubrir el secreto, porque la mayoría de los escritores que conozco están neurotizados porque no escriben lo suficiente y yo así podría hacerme rica.

Así que hoy ha sido un día muy literario. Literariamente genial. Además, he leído un trozo de Ikigai que me ha gustado, en el que el autor dice que celebramos demasiado poco. Que nos cuesta muchísimo tiempo conseguir implantar un hábito y que luego apenas lo disfrutamos, con lo muchísimo que cuesta. Que hay que celebrar más a menudo nuestros logros. Así que como implanté el hábito de escribir en el mes del Michelian Challenge, voy a pasarme por lo menos un mes celebrando que soy Una Escritora De Verdad. Justo antes de las mil entradas y de la tarta de glaseado rosa, que también va a celebrar eso.

¿Qué he hecho hoy para celebrar? Llamar a Aran, que es su cumple.  Subir andando despacísimo las catorce plantas hasta oncología, parándome en cada piso para ponerme al sol frente a la ventana y observar Madrid, los coches y a la gente, contenta de ir a la catorce por mi propio pie y bajar luego. Leer mi Novela Mojabragas en el metro y también mientras merendaba un muffin de arándanos casero en La Libre. Reírme un montón de rato con Cris, que ha vuelto hoy de León, y estrujar a la gata Mia, y decidir que la ropa del tendedero la va a recoger su puta madre. Celebrar, en general. La celebración es un estado interior.

Lo dejo aquí. Acabo de decidir que hoy no voy a contestar ni un mail, ni un comentario, ni un twitter más, que no voy a leer nada que no sea la NM y que voy a cerrar el ojo a las once en punto.

Celebrar.

Sed felices, queridos.

Momento Quevedo

Este post se lo dedico a Anxo: porque la culpa de lo bien o lo mal que salga la tienen casi seguro las (¿cuatro? ¿cinco? ¿seis?) cañas que acabamos de fusilarnos en un bar cualquiera de Lavapiés

Es lo que tiene ser escritora. Que puedes levantarte una mañana de domingo a las siete y ponerte a escribir, y que lo ves normal. Te levantas, vas al baño, te planteas muy seriamente volver a meterte en la cama con las gatas, y decides que no. Te pones una taza de café y escribes, y sin saber muy bien por qué, eso te pone de buen humor para el resto del día. Como si sirviera para algo. Como si marcara una diferencia para alguien.

Bajas a desayunar a la calle. No por nada, sino porque no tienes pan. Pides un bollo inglés con mantequilla de cacahuete y mermelada de arándanos: verídico. Cosas de Madriz. Entonces te das cuenta de que te has dejado el Kindle en casa y maldices tu estrella. No pasa nada: estás en La Libre, un lugar muy mono y muy alternativo, con muchos libros de todo tipo en las estanterías y máquinas de escribir viejas por los rincones. Algo encontrarás para leer.

Entonces das con un libro de teatro. El caballero de las espuelas de oro, de Alejandro Casona. Y te das cuenta de que esa fue la primera obra en la que tuviste un papel hablado. Habías salido en otra, cierto, pero hacías de árbol, y a lo más que llegabas era a incendiarte con papel charol de colores. Entonces la profesora os propuso aprender La canción del pirata de Espronceda, y claro: la gente se aprendió el principio, los diez o veinte primeros versos, hasta el estribillo, o como se llame. Y tú, que eres una burra, te la aprendiste entera; y era para verte, tan chica, tan cabezona, en medio del escenario del salón de actos, recitando ¿cuántos? ¿cien versos? Del tirón, sin respirar. Después de aquello, la profesora te dio un papel.

Así que agarras el libro y piensas en la pinta tope de intelectual que debes de tener ahora mismo, con tu mantequilla de cacahuete y tu obra de teatro ambientada en el Siglo de Oro, y te pones a repasar la primera pieza, buscando los trozos donde aparecía tu personaje. Ni recuerdas de qué iba, pero sí que te vienen trozos a la memoria: "Sanchica, amiga... Sanchica, compañera... ¿por qué he tardado tanto en encontrarte?", dice un Quevedo moribundo. Lees el primer capítulo. Lees el último capítulo. Te estremeces con el final.

Señor, me has dado una larga vida de castigos y te he obedecido sin preguntar. Primero creí que mi castigo era el frío. Después creí que era la soledad. He necesitado una vida entera para comprender que la soledad y el frío son una misma cosa. Si volviera a nacer y volvieras a condenarme a estar solo, volvería a obedecer. ¡Pero solo para la eternidad, no! No me dejes fuera con mi soledad y con mi frío...

Y sin darte cuenta estás teniendo un Momento Quevedo. Aquí en Lavapiés, en enero de 2013, con tu flequillo y tu smartphone y tu mantequilla de cacahuete, tú, Marina, estás flipando a tope porque Quevedo era genial. Te acuerdas de la cursilada aquella de la terapia poética que escribiste una vez: algo como que recitar poesía sosiega el espíritu. Eras joven e inexperta, pero te sigue valiendo. La poesía te reconforta. Intentas recitar su soneto famoso, el de Amor constante más allá de la muerte, y te fallan dos versos, como siempre. Pero te acuerdas de la mayoría. Te acuerdas de lo importante. Y es para verte esta mañana de domingo, buscando el sol en la acera de detrás del Reina Sofía, con la atención puesta en el pie izquierdo para no perder el equilibrio y recitando:

Alma, a quien todo un Dios prisión ha sido
venas, que humor a tanto fuego han dado
médulas, que han gloriosamente ardido

Y con el "gloriosamente" agitas un poco un puño. Gloriosamente. ¿Serás boba? Y después continúas:

Su cuerpo dejará, no su cuidado
Serán ceniza, mas tendrá sentido;
polvo serán, mas polvo enamorado.

Y ahí te quedas tú, tan contentísima, con tu momento Quevedo, atravesando por la cara cinco siglos y tendiéndole la mano a Don Francisco como si le comprendieras. Con tu absoluto convencimiento de que cuando tú te mueras vas a ser polvo enamorado: polvo contemporáneo, sí, de smartphone y twitter y mascarilla de pelo, pero igual de enamorada y desesperada que cualquier poeta miserable. Caminas recitando en este día helado de Madrid, bajo un sol de febrero que no deja de ser un consuelo tan mísero como puede serlo casi cualquier cosa para un corazón que duele. Y estás contenta, pese a todo. Está bien así.


sábado, 23 de febrero de 2013

Pesadillas (un minicuento con final feliz)

Procuraba tener siempre pareja, y aunque la gente la creía incapaz de estar sola, la verdadera razón eran las pesadillas. No sucedía muy a menudo, pero al menos dos o tres veces al mes se despertaba sudando y con la respiración entrecortada en medio de pesadillas extrañas, donde personajes de contornos nítidos en tonos sepia la amenazaban con gestos que sólo entendía ella. Así que intentaba tener siempre a alguien al lado para no morirse de miedo.

Cada uno reaccionaba de una manera. Marcos la abrazaba fuerte y le obligaba a respirar al mismo compás que él, como si estuviera dando a luz. Alberto se empeñaba en que se levantaran a la cocina a tomar un colacao y hablar de otra cosa; "si te quedas dormida ahora - decía -, volverás a soñar con lo mismo". Víctor dormía tan profundo que ella tenía que clavarle las uñas para que se despertara, y entonces él se cabreaba un montón, y gruñía, y le repetía por quincuagésimoctava vez que más le valía pedir hora en el psicólogo, y ella se quedaba frita arrullada por sus quejas.

Pero supo que Jaime era el hombre de su vida la primera noche que tuvo una pesadilla con él. Porque cuando se despertó, como siempre, muerta de miedo (jadeante, empapada en sudor, con el corazón latiéndole a mil por hora), Jaime abrió enseguida los ojos. ¿Tienes una pesadilla?, le preguntó. Ella asintió sin decir nada, mientras intentaba recuperar el aliento. Él la miró y le acarició la mejilla con suavidad. Tranquila, susurró. Entonces le cogió la mano, se la metió en los pantalones y se rodeó el pene con ella. Hale, le dijo. A dormir. Y ella se rió tanto, tanto, tanto que nunca más volvió a tener pesadillas.