Queridos todos:
Vamos a dejarnos ya de subnormalidades profundas y autocompasivas y a escribir sobre el Evento Más Grande de mi vida adulta. Que no va a ser mi bodorrio, el nacimiento de mi primer hijo ni la publicación de mi libro; las celivibraciones, el egoísmo y la autoedición lo van a poner complicado. El Evento Más Grande de mi vida adulta hasta la fecha es el increíble y fabuloso viaje que voy a emprender por las tierras americanas, y que después de darle unas cuantas vueltas he decidido bautizar como Crazy American Climbing Project o CACP.
Crazy porque es crazy. Vamos a reconocerlo. Yo, metro y medio de rubia miedica y sedentaria, empiezo a escalar, y dos años después lo que parecía una afición se ha convertido en una enfermedad. Así que aquí me hallo, desafiando a los elementos, ignorando las calamidades y buscando compañeros de cordada debajo de las piedras. Una cosa lleva a la otra, conozco a una gente muy maja que se muda a la meca de la escalada, junto unos euros con el aguinaldo de navidad y voilá! A cruzar el charco con los gatos en la mochila.
Ésa es mi vida. Se lo cuento a la Marina del pasado y no se lo cree.
Que no es por el viaje en sí, que peores cosas se han visto, sino por lo de escalar como si no hubiera un mañana. Escalo más bien mal, en serio.Tengo muy poca idea y mucho miedo, e intento compensar mis carencias con un amor bastante absurdo. Escalar con desconocidos en sitios remotos de habla extranjera se sale tanto, TANTO de la zona de confort de casi cualquier humano que a veces temo que se me haya ido la cabeza.
No importa: es una bonita locura.
American porque transcurrirá en gringolandia. ¿Dónde? No lo tengo claro. Me he aprendido la parte oeste del mapa casi de memoria, pero sigo sin comprender que no me puedo teletransportar del Gran Cañón a Yellowstone y después a Nuevo México, y además dejar tiempo y espacio para escalar en Boulder hasta vomitar. No, Marina. Hay que elegir. Patrick, mi reciente compañero boulderita de escalada en Madrid, me ha dicho unas sesenta veces que visite Utah. A mí así a priori no me llamaba la atención, pero parece que hay una naturaleza brutal, escalada en arenisca y mormones polígamos, así que quizá vaya.
La verdad es que me da un poco igual qué ver. Yo me entusiasmo con cualquier cosita. Prefiero sitios menos turísticos, aunque sean menos bonitos. Sobre todo, quiero naturaleza, y silencio, y que no me pegue tiros un maníaco, y escalar (ver punto tres).
Climbing porque bueno, reitero lo del punto uno. Pero es que además, hasta hace dos semanas yo quería escalar un poco, sí, pero también hacer un poco de turismo. Lo que pasa es que después he salido a la roca unas cuantas veces con el fanático de Patrick y bueno, ahora lo que quiero es escalar hasta que me levante un día por la mañana y diga "uf, escalar, qué coñazo".
De hecho, mi plan para los primeros días era: llegar a Denver, dormir allí un par de noches con un couchsurfero meditador majísimo que he localizado, conocer a Peggy Emch de The Primal Parent y tirar para Boulder con la calma. Pero esta tarde me ha escrito Pablo, que también está enfermo de fanatismo, algo como:
"Marina, sé que el domingo te vas a querer morir de jet lag, pero dan bueno y había pensado ir a escalar en granito a 45 minutos de Boulder. ¿Qué te parece?".
Yo: "I'm in".
Así que ni visita, ni Peggy, ni nada. Dormir en Denver, tirar para Boulder y domar a mis ritmos circadianos a base de pasar miedo en el granito. Hu ha.
Project porque mola como palabra final del acrónimo y porque mi vida es un poco así: un proyecto interminable. También porque esto de los USA me viene de antiguo. Es uno de los sueños de mi vida, junto con aprender a tocar el piano (check), participar en un musical (check) y escalar (check).
[Nota: los sueños que me quedan ahora son:
- Dedicar un periodo de mi vida sólo a escribir.
- Escribir una novela.
- Escalar grandes paredes, aunque no sé si soy capaz de eso.
- Iluminarme o, por lo menos, purificar lo bastante mi mente como para ser toda amor, compasión y sabiduría celivibratoria]
Así que ahí estamos. Esta mañana me he dedicado a estudiarme mi guía de los parques naturales del oeste, mientras me esforzaba por planear sobre el ambiente de Muertelandia sin que me tocara. Por la tarde he ido a Decathlon y me he comprado otros pantalones de montaña, un par de sudaderas, calcetines y unos vaqueros casual de escalotrekking que molan tanto que quiero ponérmelos todo el rato.
La ropa de montaña, por otra parte, es el mal. No la comprendo. Las mezclas entre impermeable y transpirable, así como el orden y momento en que hay que ponerse las cosas, escapan a mi entendimiento. Porque a ver: tenemos la camiseta, el polar, el cortavientos, el impermeable y el plumas. ¿En qué orden va eso para estar calentito y no mojarse? Porque no es tan sencillo. Si es impermeable, no transpira, y entonces con el sudor algunas cosas pierden propiedades térmicas. El plumas cala. El cortavientos no abriga. Si el cortavientos va ajustado, no te cabe debajo el polar. Todo carece de sentido, querido lector.
Me voy a dormir, que pensaba escribir cuatro chorradas sobre el viaje y, para variar, se me ha ido la mano con la extensión. Mañana os sigo contando cosas como "la aventura de ingresar mi hucha de monedas" o "obesidad y matanzas: mis dos principales miedos antes del CACP". Nos leemos :)
PD: Gracias a todos por el feedback del post de ayer. Sigo dándole vueltas al tema y considerando las distintas opciones.
martes, 23 de abril de 2013
domingo, 21 de abril de 2013
¿Cambios?
Me acabo de plantear, hace aproximadamente cinco segundos, que a lo mejor últimamente me cuesta tanto escribir aquí porque no debería escribir aquí. Estoy contemplando la posibilidad de hacer cambios de verdad en lo que escribo y cómo lo escribo.
En marzo escribí esto; lo releo ahora y todavía tiene más sentido. Es curioso, si lo piensas. Sé que parezco una persona sincera y abierta, que cuenta su vida en Internet y no tiene problemas de intimidad. En realidad, lo que escribo no es más que la punta del iceberg. La mayoría de mi vida emocional transcurre bajo la superficie y me la quedo yo sola. No sé si eso es bueno o malo. Últimamente he estado leyendo mucho a Geneen Roth: una autora americana que escribe sobre alimentación emocional. Lo que me sorprende de ella es que es brutal, radicalmente sincera. Lo cuenta todo. Y, precisamente por eso, consigue contactar de una forma muy poderosa. Su sinceridad y la constatación de su sufrimiento consuelan.
Mi estructura literaria online, ahora mismo, es la siguiente. Por una parte, escribo sobre psicología en Psicosupervivencia. Son escritos más o menos didácticos, más o menos sensatos y poco autorrevelados (aunque todavía bastante para lo que se ve por ahí). Después está este blog, que es un poco como el patio de recreo. El sitio al que vengo y donde escribo básicamente lo que se me pasa por el coco, sin preocuparme más de la cuenta por lo que pueda pensar mi audiencia.
La pregunta que me vengo haciendo últimamente es si massobreloslunes y psicosupervivencia podrían darse la mano de alguna forma. Quiero decir: ¿pueden unirse mi parte psicóloga y mi parte escritora? ¿La parte que ayuda y la parte que duda? ¿La terapeuta y la escritora? ¿La persona sensata y la que es un poco absurda? ¿Es eso poco profesional? ¿Es demasiada autorrevelación para el body? ¿Me sumirá en el ostracismo profesional y nadie querrá nunca jamás contratar mis servicios?
Sé que hay posts y temas que no tendrían cabida en un posible Blog Integrado o BI. No podría clasificar a los tíos en los niveles del gustar, ni criticar a las peluqueras, ni nada por el estilo. Quizá podría abrir una sección de artículos chorras, y otra para cuentos de ficción. Quizá hay determinados temas sobre los que ahora mismo no quiero escribir, porque creo que forman parte del conjunto de cosas a las que debo renunciar para crecer de verdad.
Lo que sé es que si no quiero ser dos personas en mi vida cotidiana, no sé hasta qué punto tiene sentido ser dos personas en mi vida online.
Si alguien entiende algo de lo que acabo de escribir, agradecería su opinión. De todas formas, creo que el viaje a Boulder viene en un perfect timing para todo esto. Me va a servir para airearme y reflexionar acerca de cuál quiero que sea mi camino bloguero a partir de ahora. Tengo muy, muy claro que quiero ayudar e inspirar (qué pretenciosa suena esa palabra) a la gente, y sé que este blog ayuda e inspira igual que el otro. O eso creo, o eso me dicen los lectores cuando me escribe. Es una pena desperdiciar eso.
(Tengo que darle muchas vueltas a este asunto, en cualquier caso. Estoy pensando sobre la marcha. Así que tranquilidad, que de momento no cierra el blog, ni cambia, ni nada por el estilo. Aquí seguimos, al pie del cañón; y preparaos, por cierto, que las Crónicas de USA van a ser memorables)
En marzo escribí esto; lo releo ahora y todavía tiene más sentido. Es curioso, si lo piensas. Sé que parezco una persona sincera y abierta, que cuenta su vida en Internet y no tiene problemas de intimidad. En realidad, lo que escribo no es más que la punta del iceberg. La mayoría de mi vida emocional transcurre bajo la superficie y me la quedo yo sola. No sé si eso es bueno o malo. Últimamente he estado leyendo mucho a Geneen Roth: una autora americana que escribe sobre alimentación emocional. Lo que me sorprende de ella es que es brutal, radicalmente sincera. Lo cuenta todo. Y, precisamente por eso, consigue contactar de una forma muy poderosa. Su sinceridad y la constatación de su sufrimiento consuelan.
Mi estructura literaria online, ahora mismo, es la siguiente. Por una parte, escribo sobre psicología en Psicosupervivencia. Son escritos más o menos didácticos, más o menos sensatos y poco autorrevelados (aunque todavía bastante para lo que se ve por ahí). Después está este blog, que es un poco como el patio de recreo. El sitio al que vengo y donde escribo básicamente lo que se me pasa por el coco, sin preocuparme más de la cuenta por lo que pueda pensar mi audiencia.
La pregunta que me vengo haciendo últimamente es si massobreloslunes y psicosupervivencia podrían darse la mano de alguna forma. Quiero decir: ¿pueden unirse mi parte psicóloga y mi parte escritora? ¿La parte que ayuda y la parte que duda? ¿La terapeuta y la escritora? ¿La persona sensata y la que es un poco absurda? ¿Es eso poco profesional? ¿Es demasiada autorrevelación para el body? ¿Me sumirá en el ostracismo profesional y nadie querrá nunca jamás contratar mis servicios?
Sé que hay posts y temas que no tendrían cabida en un posible Blog Integrado o BI. No podría clasificar a los tíos en los niveles del gustar, ni criticar a las peluqueras, ni nada por el estilo. Quizá podría abrir una sección de artículos chorras, y otra para cuentos de ficción. Quizá hay determinados temas sobre los que ahora mismo no quiero escribir, porque creo que forman parte del conjunto de cosas a las que debo renunciar para crecer de verdad.
Lo que sé es que si no quiero ser dos personas en mi vida cotidiana, no sé hasta qué punto tiene sentido ser dos personas en mi vida online.
Si alguien entiende algo de lo que acabo de escribir, agradecería su opinión. De todas formas, creo que el viaje a Boulder viene en un perfect timing para todo esto. Me va a servir para airearme y reflexionar acerca de cuál quiero que sea mi camino bloguero a partir de ahora. Tengo muy, muy claro que quiero ayudar e inspirar (qué pretenciosa suena esa palabra) a la gente, y sé que este blog ayuda e inspira igual que el otro. O eso creo, o eso me dicen los lectores cuando me escribe. Es una pena desperdiciar eso.
(Tengo que darle muchas vueltas a este asunto, en cualquier caso. Estoy pensando sobre la marcha. Así que tranquilidad, que de momento no cierra el blog, ni cambia, ni nada por el estilo. Aquí seguimos, al pie del cañón; y preparaos, por cierto, que las Crónicas de USA van a ser memorables)
jueves, 18 de abril de 2013
Más sobre el Carrefour
No os he contado cómo terminó ayer mi episodio de pensar en el suicidio mientras hacía la compra. Ya os comenté que iba yo por el Carrefour, repartiendo mi atención entre el grado de madurez de los aguacates y la ausencia de sentido de la vida. Trataba de respirar hondo y de quedarme con mis sensaciones. Sonaba bossa-nova en los altavoces; la típica música de quédate con nosotros, remolonea, consume. Compra, compra, compra. A mí me pesaban los huesos mientras pensaba en toda esa comida, que pasaría a formar parte de cuerpos destinados a morir.
(Qué queréis que os diga; tenía un mal día, ayer)
Terminé de llenar la cesta y me puse en la cola. Mientras la gente avanzaba despacio, yo observaba las chucherías y cosméticos expuestos junto a la caja. Había un gel íntimo llamado "Chilli verde"; qué mal nombre, pensé. Llegó mi turno y empecé a poner la compra en la cinta transportadora. Me inclinaba hacia la cesta, cogía un par de cosas y las colocaba con poco cuidado. Entonces, el chico que estaba detrás cogió mi cesta con las dos manos y la levantó. Yo le miré algo extrañada. No sabía si pretendía dejarla sobre las demás cestas, que reposaban apiladas en una columna precaria. No te preocupes, te la sostengo así, ofreció, y mantuvo la cesta en alto hasta que terminé de colocarlo todo.
- A veces es muy difícil, ¿verdad? - me dijo, mientras yo estiraba el brazo para alcanzar la sacarina.
Alcé la cabeza y le miré a los ojos. Era un chico normal, de cara ancha, no muy guapo. Llevaba bermudas y una camiseta de algodón vieja. Me sonreía con una gran compasión.
Traté de devolverle la sonrisa desde detrás de mis pensamientos pro-suicidas.
- Sí - contesté -. A veces es muy difícil.
Y después observé, un poco desconcertada, cómo pagaba su compra (una única y solitaria bolsa de picos), pasaba por mi lado sin despedirse y se marchaba caminando despacio.
(Qué queréis que os diga; tenía un mal día, ayer)
Terminé de llenar la cesta y me puse en la cola. Mientras la gente avanzaba despacio, yo observaba las chucherías y cosméticos expuestos junto a la caja. Había un gel íntimo llamado "Chilli verde"; qué mal nombre, pensé. Llegó mi turno y empecé a poner la compra en la cinta transportadora. Me inclinaba hacia la cesta, cogía un par de cosas y las colocaba con poco cuidado. Entonces, el chico que estaba detrás cogió mi cesta con las dos manos y la levantó. Yo le miré algo extrañada. No sabía si pretendía dejarla sobre las demás cestas, que reposaban apiladas en una columna precaria. No te preocupes, te la sostengo así, ofreció, y mantuvo la cesta en alto hasta que terminé de colocarlo todo.
- A veces es muy difícil, ¿verdad? - me dijo, mientras yo estiraba el brazo para alcanzar la sacarina.
Alcé la cabeza y le miré a los ojos. Era un chico normal, de cara ancha, no muy guapo. Llevaba bermudas y una camiseta de algodón vieja. Me sonreía con una gran compasión.
Traté de devolverle la sonrisa desde detrás de mis pensamientos pro-suicidas.
- Sí - contesté -. A veces es muy difícil.
Y después observé, un poco desconcertada, cómo pagaba su compra (una única y solitaria bolsa de picos), pasaba por mi lado sin despedirse y se marchaba caminando despacio.
miércoles, 17 de abril de 2013
Reflexiones hiperprofundas sobre la vida y la muerte que deberías plantearte seriamente si quieres leer
Estaba yo hoy haciendo la compra en el Carrefour Express cuando me he puesto a pensar en el suicidio. Pero de buen rollo. Nada de "me suicido porque mi sufrimiento es insoportable"; más bien un "me suicido porque total, tarde o temprano me moriré, y cuando lo haga probablemente sea entre indecibles sufrimientos, y para eso casi mejor hacer acopio de algún tranquilizante buenrollero y agilizar los trámites".
No me voy a suicidar. Tranquilidad en las masas. Simplemente trato con toda la fuerza de la que soy capaz de encontrarle un sentido a esto. Cuando trabajas con enfermos terminales, es inevitable preguntarte cómo te quieres morir tú. La gente no se muere como en las pelis: no hace listas, ni viajes increíbles, ni graba casettes para sus seres queridos. Para empezar, porque uno se muere en medio de bastante sufrimiento físico, y no tiene muchas ganas de ese tipo de florituras. Además, la mayoría de la gente tiene tanto, tanto miedo que distribuye su tiempo entre fingir normalidad, negar la realidad y tratar de curarse.
Yo he llegado a un punto de mi vida en el que me daría igual morirme en lo que a sensaciones se refiere. Me refiero a que creo que, más o menos, he vivido todas las que merece la pena vivir. ¿Amor? Check. Dado y recibido. ¿Dolor? Check. Ídem. Mucha diversión. Muchas risas. Amistad, suficientes viajes, éxtasis variados frente a la contemplación de la belleza. Escribir, escalar, mirar a la gente a los ojos, tocar el piano y recibir masajes. Me falta la maternidad, pero tener hijos no me interesa en absoluto ahora mismo; no encuentro razones contundentes para hacerlo, y el sentimiento de amor maternal no me atrae. Demasiado apego y demasiado riesgo, para mí y para mi posible hijo/a. Bastante tengo ya con lo mío.
El amor lo he aparcado. No os lo vais a creer, porque ya sabéis que el 90% del contenido de este blog se resume en "oh, Dios, ¿por qué no tengo novio?". Pero os voy a contar algo. Hace cosa de un mes, en medio de una resaca brutal, me apunté a una web para conocer gente, y con gente quiero decir tíos, y con conocer quiero decir tener sexo. Me habían hablado de una que está muy bien y pensé: por qué no probar. Colgué fotos, respondí cuestionarios y me preparé para esforzarme de verdad por encontrar a alguien. Nada de lloriquear: iba a coger el toro por los cuernos.
En menos de doce horas, conocí a un chico alucinante. Interesante, guapo, listo, divertido. Bloguero, viajero, que estudia psicología y hasta ha hecho un curso de Vipassana. Alucina pepinillos. Hablamos por teléfono. Hablamos por Skype. Quedamos justo después de semana santa. Y bueno, sin entrar en detalles, me di cuenta de repente de que aquello estaba sacando lo peor de mí. Mi parte más desequilibrada, más llena de ansia y apego, más empeñada en encajar al pobre chaval en las expectativas de mi ego. Estaba tan ansiosa de que alguien me sacara de todo el dolor y la tristeza que estoy viviendo este año que no podía ver más allá. No le estaba viendo a él y no estaba sabiendo ocuparme de mí. Tanto tiempo creyendo que soy independiente y es mentira, porque la promesa del amor, sea lo que sea, siempre ha estado ahí como opción. Como el comodín del público. No sé si me explico.
Desde entonces, intento desapegarme de la idea del amor. Del ansia por que llegue alguien y me cure las heridas. No tiene que ver con ese "cuando menos te lo esperes" del que habla todo el mundo. Tiene que ver con que, objetivamente, ya he estado ahí. Ya he tenido relaciones de pareja: enamoramiento, amor, sexo y llámalo X, y NO me ha hecho feliz. No más feliz que ahora. Abandonar la idea de que la felicidad llegaría con un amor perfecto que probablemente no existe es bastante más difícil que dormir sola. Sin embargo, desde que tuve esa revelación, me encuentro bastante bien. Bromeo diciendo que he abrazado el celibato, pero en realidad es bastante cierto. Y no tiene nada que ver con evitar activamente conocer a tíos o tener sexo con ellos (por otra parte, es innecesario, ya que en general son los tíos los que me evitan activamente a mí). Tiene que ver con abrazar de verdad la idea de estar sola y dejar de buscar fuera lo que sólo puedo darme yo.
Y, aunque no os lo creáis, está siendo muy bueno. Mucho más que ese estado de falsa espera despreocupada que mantenía hasta ahora.
Casi todo es bueno con la suficiente conciencia.
Volviendo al tema del suicidio buenrrollante: tiene que haber algo más. Algo más que acumular experiencias y sensaciones como si nuestra vida fuera el muro del facebook. Porque si no, de verdad, esto no tiene ningún sentido. Nos vamos a morir. En serio. Y antes de eso perderemos un montón de cosas y de personas. Llegarán buenos momentos y se marcharán. Conoceremos a gente encantadora que nos dejará de una u otra manera.
¿Cómo quiero morir yo? Quiero morir consciente. Cuando esté terminal, si llego a estarlo, quiero saberlo. Quiero despedirme de los míos y escribir sobre lo que significa saber que vas a morir pronto. Quiero saber que contribuí de forma positiva al mundo y que supuse una diferencia en la vida de la gente. No tengo ni idea de por qué estamos aquí, pero lo cierto es que estamos. Que el sufrimiento es muy real. Es la primera verdad de Buda, y es incuestionable. Así que, ya que estamos, intentemos aliviar ese sufrimiento. Eso quiero hacer yo. La posibilidad de conseguirlo es mi razón principal para no suicidarme de buen rollo.
Aliviar el sufrimiento era también lo que quería antes, supongo, pero ahora es distinto. Creo que ahora estoy llegando al punto de ser capaz de dejar marchar cosas. Expectativas, ideas de cómo debería ser mi vida y aspiraciones más o menos superficiales. En Semana Santa, le decía a Elsa que el camino espiritual (o llámalo X) es muy difícil porque te sientes distinto a todos los demás. "Pero es que yo no quiero NI DE COÑA ser como los demás, Mopi", me dijo ella. Elsa dice últimamente que va a tener cuidado cuando hable conmigo, porque sus palabras me impactan de una forma desmedida. Pero es que tiene tanta razón. No se trata de despreciar a la gente ni de querer ser diferente porque sí. Se trata, y voy a escribir esto en negrita para que no se me olvide a mí, de abandonar la idea de que tener lo que a la gente parece hacerle feliz te va a hacer feliz a ti. Eso es una putada. Porque esa idea es bonita. Te trae consuelo en los momentos de desdicha. Vale, piensas, no soy feliz, pero quizá lo sea cuando (encuentre pareja, consiga trabajo, deje mi trabajo para viajar, tenga más amigos, mejore este puto-tiempo-de-mierda). Pero ¿y si no? ¿y si el camino que sigue el resto a ti no te va a traer más que problemas?
En ese caso, no te queda más remedio que construir tu propio camino.
Y es ahí cuando las cosas empiezan a ponerse interesantes.
No me voy a suicidar. Tranquilidad en las masas. Simplemente trato con toda la fuerza de la que soy capaz de encontrarle un sentido a esto. Cuando trabajas con enfermos terminales, es inevitable preguntarte cómo te quieres morir tú. La gente no se muere como en las pelis: no hace listas, ni viajes increíbles, ni graba casettes para sus seres queridos. Para empezar, porque uno se muere en medio de bastante sufrimiento físico, y no tiene muchas ganas de ese tipo de florituras. Además, la mayoría de la gente tiene tanto, tanto miedo que distribuye su tiempo entre fingir normalidad, negar la realidad y tratar de curarse.
Yo he llegado a un punto de mi vida en el que me daría igual morirme en lo que a sensaciones se refiere. Me refiero a que creo que, más o menos, he vivido todas las que merece la pena vivir. ¿Amor? Check. Dado y recibido. ¿Dolor? Check. Ídem. Mucha diversión. Muchas risas. Amistad, suficientes viajes, éxtasis variados frente a la contemplación de la belleza. Escribir, escalar, mirar a la gente a los ojos, tocar el piano y recibir masajes. Me falta la maternidad, pero tener hijos no me interesa en absoluto ahora mismo; no encuentro razones contundentes para hacerlo, y el sentimiento de amor maternal no me atrae. Demasiado apego y demasiado riesgo, para mí y para mi posible hijo/a. Bastante tengo ya con lo mío.
El amor lo he aparcado. No os lo vais a creer, porque ya sabéis que el 90% del contenido de este blog se resume en "oh, Dios, ¿por qué no tengo novio?". Pero os voy a contar algo. Hace cosa de un mes, en medio de una resaca brutal, me apunté a una web para conocer gente, y con gente quiero decir tíos, y con conocer quiero decir tener sexo. Me habían hablado de una que está muy bien y pensé: por qué no probar. Colgué fotos, respondí cuestionarios y me preparé para esforzarme de verdad por encontrar a alguien. Nada de lloriquear: iba a coger el toro por los cuernos.
En menos de doce horas, conocí a un chico alucinante. Interesante, guapo, listo, divertido. Bloguero, viajero, que estudia psicología y hasta ha hecho un curso de Vipassana. Alucina pepinillos. Hablamos por teléfono. Hablamos por Skype. Quedamos justo después de semana santa. Y bueno, sin entrar en detalles, me di cuenta de repente de que aquello estaba sacando lo peor de mí. Mi parte más desequilibrada, más llena de ansia y apego, más empeñada en encajar al pobre chaval en las expectativas de mi ego. Estaba tan ansiosa de que alguien me sacara de todo el dolor y la tristeza que estoy viviendo este año que no podía ver más allá. No le estaba viendo a él y no estaba sabiendo ocuparme de mí. Tanto tiempo creyendo que soy independiente y es mentira, porque la promesa del amor, sea lo que sea, siempre ha estado ahí como opción. Como el comodín del público. No sé si me explico.
Desde entonces, intento desapegarme de la idea del amor. Del ansia por que llegue alguien y me cure las heridas. No tiene que ver con ese "cuando menos te lo esperes" del que habla todo el mundo. Tiene que ver con que, objetivamente, ya he estado ahí. Ya he tenido relaciones de pareja: enamoramiento, amor, sexo y llámalo X, y NO me ha hecho feliz. No más feliz que ahora. Abandonar la idea de que la felicidad llegaría con un amor perfecto que probablemente no existe es bastante más difícil que dormir sola. Sin embargo, desde que tuve esa revelación, me encuentro bastante bien. Bromeo diciendo que he abrazado el celibato, pero en realidad es bastante cierto. Y no tiene nada que ver con evitar activamente conocer a tíos o tener sexo con ellos (por otra parte, es innecesario, ya que en general son los tíos los que me evitan activamente a mí). Tiene que ver con abrazar de verdad la idea de estar sola y dejar de buscar fuera lo que sólo puedo darme yo.
Y, aunque no os lo creáis, está siendo muy bueno. Mucho más que ese estado de falsa espera despreocupada que mantenía hasta ahora.
Casi todo es bueno con la suficiente conciencia.
Volviendo al tema del suicidio buenrrollante: tiene que haber algo más. Algo más que acumular experiencias y sensaciones como si nuestra vida fuera el muro del facebook. Porque si no, de verdad, esto no tiene ningún sentido. Nos vamos a morir. En serio. Y antes de eso perderemos un montón de cosas y de personas. Llegarán buenos momentos y se marcharán. Conoceremos a gente encantadora que nos dejará de una u otra manera.
¿Cómo quiero morir yo? Quiero morir consciente. Cuando esté terminal, si llego a estarlo, quiero saberlo. Quiero despedirme de los míos y escribir sobre lo que significa saber que vas a morir pronto. Quiero saber que contribuí de forma positiva al mundo y que supuse una diferencia en la vida de la gente. No tengo ni idea de por qué estamos aquí, pero lo cierto es que estamos. Que el sufrimiento es muy real. Es la primera verdad de Buda, y es incuestionable. Así que, ya que estamos, intentemos aliviar ese sufrimiento. Eso quiero hacer yo. La posibilidad de conseguirlo es mi razón principal para no suicidarme de buen rollo.
Aliviar el sufrimiento era también lo que quería antes, supongo, pero ahora es distinto. Creo que ahora estoy llegando al punto de ser capaz de dejar marchar cosas. Expectativas, ideas de cómo debería ser mi vida y aspiraciones más o menos superficiales. En Semana Santa, le decía a Elsa que el camino espiritual (o llámalo X) es muy difícil porque te sientes distinto a todos los demás. "Pero es que yo no quiero NI DE COÑA ser como los demás, Mopi", me dijo ella. Elsa dice últimamente que va a tener cuidado cuando hable conmigo, porque sus palabras me impactan de una forma desmedida. Pero es que tiene tanta razón. No se trata de despreciar a la gente ni de querer ser diferente porque sí. Se trata, y voy a escribir esto en negrita para que no se me olvide a mí, de abandonar la idea de que tener lo que a la gente parece hacerle feliz te va a hacer feliz a ti. Eso es una putada. Porque esa idea es bonita. Te trae consuelo en los momentos de desdicha. Vale, piensas, no soy feliz, pero quizá lo sea cuando (encuentre pareja, consiga trabajo, deje mi trabajo para viajar, tenga más amigos, mejore este puto-tiempo-de-mierda). Pero ¿y si no? ¿y si el camino que sigue el resto a ti no te va a traer más que problemas?
En ese caso, no te queda más remedio que construir tu propio camino.
Y es ahí cuando las cosas empiezan a ponerse interesantes.
lunes, 15 de abril de 2013
Filosofía post-escaladora aplicada a las relaciones humanas, I
Son las once y media de la noche del domingo, y estoy en un tren de cercanías Coslada-Madrid frente a un americano pelirrojo que mide dos metros. El americano en cuestión se llama Patrick y, lo creáis o no, es de Boulder, Colorado. Hemos estado todo el día escalando en San Martín con otro chico, Juan, un canario encantador que no paraba de sacar comida de su mochila y repartirla. Quedamos para hoy a través de Couchsurfing y lo hemos pasado absurdamente bien.
Patrick es muy, muy gracioso. Además, como le explico en mi inglés de serie americana, sus bromas me hacen el doble de gracia, porque entender el humor en otro idioma masajea mi ego. Estamos hablando del sentido de la vida, de Nietzsche y del trabajo de nuestros sueños. Ya lo he vivido otras veces. Vas a trepar con gente más o menos conocida, y a la ida habláis básicamente de escalada estándar: qué vía vas a hacer, cómo es la escuela a la que vas, etc. etc. A la vuelta, sin embargo, el colocón de endorfinas, la oscuridad y el cansancio hacen que la conversación degenere hacia:
1) La escalada, sí, pero en el plano Profundo Existencial, en plan comparar todos los fenómenos de la vida con lo que te pasa en la roca, o decir una y otra vez lo maravilloso que es este deporte y lo que se pierden los que no lo entienden.
2) Intimidades de tu vida amorosa. No me preguntéis por qué.
3) Filosofía extrema o reflexiones sobre la naturaleza humana.
Así que Patrick y yo hablamos de Nietzsche mientras el cercanías rueda despacio. Después, no sé por qué, pasamos al desapego y a mantener el contacto con la gente de tu ciudad cuando te mudas. "A mí me gusta estar realmente aquí", me explica él, y yo asiento con la autoridad que me da pisar mi casa una vez cada seis meses. "Es importante cultivar el desapego".
Es demasiado pronto para explicarle mi teoría del bosom, pero sí comento algo que leí hace tiempo en el blog de Steve Pavlina y que, aunque ni lo entiendo del todo, me parece una bonita idea. Según él, las personas no son más que una manifestación de determinadas cualidades: la amistad, la entrega, el calor o la comprensión. De esta forma, uno no conoce a personas individuales, finitas, sino a las partes de ese todo que es la condición humana, y que muestran esas cualidades en el contacto contigo. Tal y como yo lo entendí, es como si la amistad, o el amor, o llámalo X, fueran la red eléctrica, y las personas los enchufes: uno no se pone triste cuando tiene que abandonar un enchufe, porque habrá otro más allá.
Le explico a Patrick, haciendo malabarismos con mi inglés agotado, que esa teoría por una parte me disgusta, porque me da la impresión de que le quita importancia a la individualidad de la gente; por otra, sin embargo, creo que mi mente necesita gestionar la idea de que el mundo está lleno de personas maravillosas a las que terminarás por perder.
Él asiente, pasándose reflexivo la mano por la barba pelirroja. "Creo que tienes razón - me dice -. Yo tenía una idea parecida. Leí que las personas a las que conoces son la forma en que se manifiestan las circunstancias en cada momento. Pero no estoy del todo de acuerdo. Porque las personas conforman las circunstancias. Son parte de ella".
Sonrío. Pienso en el día de hoy. En estos dos chavales presentándose en Coslada a un domingo a las diez de la mañana para irse a escalar con una desconocida. En las presentaciones, las bromas hispano-americanas, los juegos de palabras. Probar las vías, aprender la jerga en inglés y animar con un entusiasta "c'mon, bro, you gotta it!". El bizcocho que Juan horneó ayer y que ha repartido alegremente justo antes de que Patrick encadenara un bonito 6c con una placa inverosímil. Los tres caminando a las tantas de vuelta hacia la estación de tren, después de aparcar mi furgo; yo: "I'm sorry I had to leave the car here, guys... I know it's annoying". Patrick: "It's part of the adventure".
Después de eso, no sé lo que contesto. Que estoy de acuerdo, por supuesto, y luego aprovecho el inglés para decirle a Patrick algo como: "you are really funny, I like you". "You're also kind of cool", contesta él. Sin duda. Hay que encontrar la manera de gestionar esto. Esta gente a la que conoces, esta gente que sigue llegando cuando pensabas que no había espacio para lo demás. Parte de lo que me fascina de la escalada es que me sigue pasando. Que no se acabó enseguida y que a mi vida le cabe todavía mucha diversión. Con la gente es igual. Sigue pasando. Y espero que nunca deje de sorprenderme.
jueves, 11 de abril de 2013
Qué hacer con
Cuando estás todos los días viendo desgracias (que se dice pronto, hay que joderse), hay preguntas que te haces a menudo y que tienes que encontrar la manera de responder. A saber: ¿qué hacer con esa constatación del sufrimiento? ¿Qué hacer con la sensación de que tú tienes mucha suerte y otros no tienen tanta? ¿Y con tu miedo? ¿Y con todas las reflexiones trascendentes que te vienen a la cabeza a lo largo del día?
Hoy he visto a un paciente al que le están friendo el cuello con radioterapia. Está muy asustado y ha perdido muchos kilos porque no puede comer. El tema es el miedo. Colocamos la desgracia en los demás: nosotros, ellos. Los pacientes graves y los moribundos se sitúan en otro plano de realidad, y parece que con el diagnóstico tiene que venir de serie la aceptación de su condición, y esa sabiduría de enfermísimo grave que nos vende Hollywood. Y la distancia sólo tiene que ver con que es la única forma de apaciguar nuestra inquietud. Pasarlos a otra categoría de humanos, porque si son de otra categoría, eso quiere decir que a mí no me va a pasar nunca. La realidad es que tienen miedo: un miedo que te cagas. Y que al señor mayor con diez mil enfermedades le importa lo mismo su vida que a ti la tuya. Aun así, tú sabes que tienes una mano de cartas mucho más afortunada en esta partida. Qué vas a hacerle. También tú te morirás un día.
Llevo haciéndome esas preguntas desde que empecé la rotación: desde que conocí a mi primer paciente terminal y salí a la calle pensando cómo podía yo seguir viviendo cuando alguien tan cercano estaba a punto de morirse. Sigo viendo terminales y gente que sufre un montón, y ese constante contraste me agota. Yo en el rocódromo, con el corazón latiéndome a toda velocidad después de una vía difícil de pies marcados, abrazándome las rodillas sobre los colchones sucios. Mis pacientes sin poder hablar bien, comerse un bocadillo, subir escaleras sin asfixiarse, planearse la vida más allá del próximo ciclo de quimio, del próximo TAC. Yo sin poder hablar de esto con nadie. Ellos con sus náuseas, sus pelucas y sus lágrimas. Yo incapaz de escribir ficción. Ellos incapaces de imaginarse el futuro.
Lo siento. Siento no ser alegre. Siento escribir sobre esto, porque sigo con la sensación de que entonces los utilizo. En realidad, ellos no son "oncológicos", ni "terminales", ni "moribundos", ni nada. Son personas. Personas que, en su mayoría, me caen bien. Pasa de darte pena que se estén muriendo porque son humanos y empatizas con ellos, a darte pena la posibilidad de que se vayan porque te gustan y no quieres que la tierra les pierda. Porque te lo pasas bien con ellos, hablando en consulta de las cosas importantes, tratando de echar una mano. Sabiendo que los que se van, lo hacen porque les toca, y que a ti también te va a tocar. A veces es como si estar en uno u otro lado de la mesa fuera cuestión de suerte. O cuestión de tiempo.
Ayer le decía al chico con el que quedé para hablar del PIR que la estabilidad es la mentira más grande del mundo. Estabilidad es cuando todo te va bien, y entonces un día te duele la espalda, te hacen una placa, es una metástasis ósea de un cáncer gástrico y a ti te queda un año. Hoy hablaba con un compañero a la salida del roco. "No sé si ir a escalar el sábado - me decía -. La roca me da mucho miedo". También mi padre me pregunta por el viaje a Boulder y me dice que le da miedo. "A mí también, papi - le contesto -, pero es que la vida da miedo".
Supongo que así me contesto a esas preguntas. Me contesto persiguiendo a los pacientes por el hospital para poder verles un rato antes de que les den la quimio. Me contesto escalando. Me contesto yéndome a Boulder y bromeando con la posibilidad de que me descuartice un chalado en cualquier callejón. Me contesto encogiéndome de hombros y repitiéndome una frase que me gusta: cada uno tiene su propio karma. Eso es así.
El sentido de la vida, como dijo Mark Vonnegut a su padre, es ayudarnos unos a otros a cruzar esta cosa, sea lo que sea. Porque esta cosa es jodida. Y mucho.
Hoy he visto a un paciente al que le están friendo el cuello con radioterapia. Está muy asustado y ha perdido muchos kilos porque no puede comer. El tema es el miedo. Colocamos la desgracia en los demás: nosotros, ellos. Los pacientes graves y los moribundos se sitúan en otro plano de realidad, y parece que con el diagnóstico tiene que venir de serie la aceptación de su condición, y esa sabiduría de enfermísimo grave que nos vende Hollywood. Y la distancia sólo tiene que ver con que es la única forma de apaciguar nuestra inquietud. Pasarlos a otra categoría de humanos, porque si son de otra categoría, eso quiere decir que a mí no me va a pasar nunca. La realidad es que tienen miedo: un miedo que te cagas. Y que al señor mayor con diez mil enfermedades le importa lo mismo su vida que a ti la tuya. Aun así, tú sabes que tienes una mano de cartas mucho más afortunada en esta partida. Qué vas a hacerle. También tú te morirás un día.
Llevo haciéndome esas preguntas desde que empecé la rotación: desde que conocí a mi primer paciente terminal y salí a la calle pensando cómo podía yo seguir viviendo cuando alguien tan cercano estaba a punto de morirse. Sigo viendo terminales y gente que sufre un montón, y ese constante contraste me agota. Yo en el rocódromo, con el corazón latiéndome a toda velocidad después de una vía difícil de pies marcados, abrazándome las rodillas sobre los colchones sucios. Mis pacientes sin poder hablar bien, comerse un bocadillo, subir escaleras sin asfixiarse, planearse la vida más allá del próximo ciclo de quimio, del próximo TAC. Yo sin poder hablar de esto con nadie. Ellos con sus náuseas, sus pelucas y sus lágrimas. Yo incapaz de escribir ficción. Ellos incapaces de imaginarse el futuro.
Lo siento. Siento no ser alegre. Siento escribir sobre esto, porque sigo con la sensación de que entonces los utilizo. En realidad, ellos no son "oncológicos", ni "terminales", ni "moribundos", ni nada. Son personas. Personas que, en su mayoría, me caen bien. Pasa de darte pena que se estén muriendo porque son humanos y empatizas con ellos, a darte pena la posibilidad de que se vayan porque te gustan y no quieres que la tierra les pierda. Porque te lo pasas bien con ellos, hablando en consulta de las cosas importantes, tratando de echar una mano. Sabiendo que los que se van, lo hacen porque les toca, y que a ti también te va a tocar. A veces es como si estar en uno u otro lado de la mesa fuera cuestión de suerte. O cuestión de tiempo.
Ayer le decía al chico con el que quedé para hablar del PIR que la estabilidad es la mentira más grande del mundo. Estabilidad es cuando todo te va bien, y entonces un día te duele la espalda, te hacen una placa, es una metástasis ósea de un cáncer gástrico y a ti te queda un año. Hoy hablaba con un compañero a la salida del roco. "No sé si ir a escalar el sábado - me decía -. La roca me da mucho miedo". También mi padre me pregunta por el viaje a Boulder y me dice que le da miedo. "A mí también, papi - le contesto -, pero es que la vida da miedo".
Supongo que así me contesto a esas preguntas. Me contesto persiguiendo a los pacientes por el hospital para poder verles un rato antes de que les den la quimio. Me contesto escalando. Me contesto yéndome a Boulder y bromeando con la posibilidad de que me descuartice un chalado en cualquier callejón. Me contesto encogiéndome de hombros y repitiéndome una frase que me gusta: cada uno tiene su propio karma. Eso es así.
El sentido de la vida, como dijo Mark Vonnegut a su padre, es ayudarnos unos a otros a cruzar esta cosa, sea lo que sea. Porque esta cosa es jodida. Y mucho.
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miércoles, 10 de abril de 2013
Bosom
Uno de los cambios más curiosos que están ocurriendo últimamente en mi vida es que soy capaz de leer inglés sin (demasiado) esfuerzo. Empecé a comprar libros como una loca cuando me regalaron el Kindle y ahora ahí estoy: pasando anglopáginas con la yema del dedo como si no hubiera un mañana.
Hoy he descubierto una bonita palabra inglesa: bosom. Es el pecho de una mujer, pero en literario es algo así como "el espacio entre el pecho y la ropa, que se utiliza para guardar cosas". Creo que no tiene traducción al castellano. Lo utiliza Natalie Goldberg en "The true secret of writing" (hablando de títulos poco ambiciosos, por cierto) en la expresión "bosom friends". Algo así como amigos muy cercanos.
Cambiemos radicalmente de tercio y movámonos a esta tarde. Son las ocho y estoy sentada en la Libre, mi cafetería favorita de Madriz, hablando con un psicólogo amigo de una amiga que ha venido a preguntarme qué opino del PIR. Estudió la carrera de mayor y no tiene claro si invertir tanto esfuerzo y tiempo, perder su trabajo actual y arriesgarse a encontrarse de aquí a cinco o seis años en la calle y sin nada.
Cambiemos de tercio otra vez. Son las doce de la mañana y estoy sentada delante de M., mi paciente favorita de esta rotación. M. es una persona maravillosa a la que le ha pasado Algo Muy Malo (los lectores de la Guía Práctica Para Evitar al Psicólogo saben de lo que les hablo). Pero es una persona maravillosa. Muy sana, muy sabia, con una gran capacidad para ser feliz. Aprende, reflexiona y tiene un corazón grande. Yo la escuchaba hablar esta mañana y pensaba que tengo que encontrar la forma de agradecerle cómo me está iluminando esta rotación tan oscura.
M. me habla de la disyuntiva entre tener pocos o muchos amigos. Del dolor de mostrar los agujeros del corazón y dejar que los demás te vean a través de ellos. Yo recupero la fábula del huevo, el café y la zanahoria metidos en agua hirviendo. ¿Qué hace el sufrimiento contigo?, le pregunto. ¿Te destruye como a la zanahoria? ¿Te cubre con una coraza de rigidez y dureza, como al huevo? ¿O te permite enriquecer el agua que tienes a tu alrededor, como al café? Como siempre, yo, que tengo tendencia a ser zanahoria, defiendo la capacidad de vincularse. Defiendo la empatía y me acuerdo de un poema que leí hace tiempo en un libro de meditación Vipassana, y que decía algo así como "ojalá mi manta pudiera cubrir el sufrimiento del mundo". M. asiente. Comprende esa sensación.
Volvamos a la cafetería. Le digo al chaval que, aunque para trabajar en la pública haría falta que todos los facultativos presentes murieran de una extraña epidemia y que, aun así, es probable que el ministerio aprovechara para eliminar la psicología clínica de la oferta de servicios, el PIR merece la pena. Le hablo con entusiasmo de lo mucho que me gusta mi trabajo. Le digo que, sobre todo, tiene que pensar en sus pacientes: no en si es la formación que más le conviene a él, o la que le ofrece más posibilidades de mantenerse. Que es su obligación ética pensar en qué es lo mejor que le puede ofrecer a una persona que busca ayuda, y después esforzarse por aprenderlo.
Parezco Juana de Arco.
Después le suelto una de las grandes Frases De Anxo, de estas que él dice sin pensarlo mucho y que a mí me cambian la vida aún no sé si para bien. A saber: "La única manera de suplir nuestras carencias teóricas, técnicas y formativas como terapeutas es matarnos a trabajar".
Ahí lo llevas.
El pobre chico asiente, da un sorbo a su zumo de naranja y papaya y me habla de psicología positiva.
Volvamos al presente. Al bosom.
Yo a veces me preguntaba qué hace uno con tanta gente estupenda que se puede conocer en esta vida. Dónde los guardas. El sábado hablábamos Erika, Elsa y yo de la amistad. "Ésta se muere - decía yo, señalando a Elsa - y se muere un trozo de mí". Es verdad. Podemos hablar del desapego hasta aburrirnos, pero si Elsa (o la PK, o MQEN, o Aran) se van de esta tierra antes que yo, a mí el corazón se me queda cojo hasta que sea yo quien se vaya. No sería dolor, ni tristeza; sería una ausencia insustituible. Eso, como dirían en Cádiz, es así. Y creo que mi capacidad para querer de esa forma es limitada.
Pero está el bosom. En el bosom cabe mucha gente. Se puede ensanchar para llevar en él, bien calentitos, a todos los que alguna vez nos han enseñado cosas. Y, si me apuras, para ser un buen profesional tienes que encontrar la manera de llevar a tus pacientes en el bosom; al menos a algunos de ellos.
M. está en mi bosom.
Porque el corazón es limitado, pero el bosom es infinito.
Y ser PIR es la ostia.
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