massobreloslunes

viernes, 16 de mayo de 2008

Vuestro regalo de cumpleaños

Queridos lectores barrita as:

Quiero que me hagáis un regalo de cumpleaños. Yo sé que los regalos son como los besos y los porros, que no se piden, pero bueno... es un regalo tan pequeño, y significaría tanto para mí...
El año pasado, o el anterior, no me acuerdo, la RAE organizó una votación para ver cuál era la palabra más bonita de la lengua española. Leo en google que ganó amor. Por dios, qué cursis todos, qué poca imaginación, qué obviedad tan grande. Me gustaría que como regalo atrasado me dijérais cuál es vuestra palabra favorita en castellano, y las palabras tipo amor, amistad, paz, justicia y esperanza quedarán descalificadas. ¿Por qué? Bueno, pensad en que en Eurovisión no dejan participar a los grupos ya consagrados. Estas palabras, en mi opinión, juegan con ventaja.

Enpiezo yo con la mía. Durante mucho tiempo, fue firmamento. Al final, sin embargo, ha acabado pareciéndome un poco pretenciosa y ahora tengo otra:

acurrucarse:

(Quizá del lat. corrugāre, arrugar).

1. prnl. Encogerse para resguardarse del frío o con otro objeto.



Me resulta tan deliciosamente evocadora, cálida, íntima... y al mismo tiempo es una palabra como muy de andar por casa.
Ahora sed buenos y decidme la vuestra. Vamos a saborear las palabras como si fueran carísimos bombones.

martes, 13 de mayo de 2008

Sobre cumplir años, hacerse mayor y madurar, que no es lo mismo

Lo sé, lo sé, llevo un montón de tiempo sin actualizar. Al menos, para la frecuencia de posteo que me gusta llevar. Es que se me han juntado varias cosas: mi cumpleaños, que más que cumpleaños ha parecido una boda gitana por la amplitud y variedad de los festejos, y por supuesto los constantes, estúpidos y engorrosos trabajos de la licenciatura que se supone que me va a permitir ganarme la vida (no sé cómo, ¿haciendo power points?).

Me hubiera gustado escribir un bonito post místico el día de mi cumpleaños, que fue el sábado. Mi cumpleaños siempre me ha parecido una fecha superespecial. Cuando era pequeña, leí en un libro que si la noche antes de cumplir años subes a la cama con el pie izquierdo y le das la vuelta a la almohada, al día siguiente pueden ocurrir cosas maravillosas. Algunos años, si me acuerdo, lo hago (este año se me ha olvidado, por cierto). En cualquier caso, paso todos los 10 de Mayo con la extraña sensación de que la energía del universo se concentra en mí. Vale, reíros.

Este año ha sido un cumpleaños raro. No por las celebraciones, todas geniales, que han incluido una fiesta con globos y sandwiches, otra fiesta con una gymkana espiritual, una merienda con sunny y pipas en el monte, un picnic nocturno en un salón, una comida en un restaurante caro y mucho maki sushi... Ha sido la cifra. 23 ya no suena a 20. Con los 21 y los 22 me sentía como de puntillas al borde de la década 20-30, recién salidita de mi adolescencia turbulenta y feliz. Los 23 ya suenan a estar más asentada, a acercarse a la mitad. No quiero ser de esas personas que cada vez que cumplen años se deprimen y piensan que envejecen a toda velocidad, que su vida carece de sentido y blablabla. Si hago balance, estoy mejor ahora que hace un año, y mejor hace un año que hace dos, y si me dieran a elegir, no volvería atrás ni dos meses (mucho menos dos meses). Pero la vida pasa. Y te das cuenta. Y es inevitable pensar en ello y sentirte un poquito triste.

Cuando era pequeña y planeaba el mural mental de mi vida, los 23 eran la edad que marcaba la frontera de la universidad. Al final me voy a atrasar un año, pero es cierto que dentro de poco mi etapa universitaria, la única que voy a tener, habrá quedado atrás. Recuerdo cuando estaba en Barcelona e íbamos a la discoteca de Sabadell (el infierno en la tierra), y el DJ gritaba "¡que saluden esos universitarios!" y yo saludaba y me sentía universitaria y mayor y chachi. Ahora eso se acabó y en breve tendré que ganarme la vida, como mínimo y, si encarta, emparejarme y reproducirme. No me asusta, creo que lo haré todo muy bien, pero es raro. Cuando era niña, pensaba que la infancia y la juventud de los adultos que conocía estaba separada de su vida actual por una especie de bruma, un salto espacio-temporal que hacía que lo que había pasado entonces fuera de una consistencia distinta, como una película, o un sueño. Ahora veo que yo estoy cruzando ese puente, el que separa a los hijos de los padres, y que realmente no existe tal puente, sino que es como todo lo demás: días y días de vida alineados como soldaditos, que se parecen mucho los unos a los otros y que cuando te quieres dar cuenta, se te han acabado.

Cuando soplé las velas (una vela redonda en un sorbete de cava, en una cama llena de flores, con la ciudad iluminada impresa sobre un largo rollo de papel satinado... sólo quería daros envidia), recordé qué pedí en mi tarta del año pasado y qué he pedido en ésta. Durante este vigésimo cuarto año de mi vida sobre la tierra, quiero aprender a ser más consciente, más equilibrada y más amorosa. Quiero aprender a estar sola, física y mentalmente. Quiero ser fuerte para hacer lo que deseo hacer, porque las cosas que me hacen feliz requieren fuerza, y esfuerzo (unas más que otras).

A pesar de lo que he dicho, veintitrés es una cifra bonita (yo siempre he sido de impares) y, además, no me siento para nada como si los tuviera. Cuando conocí a J. hace tres años, me dijo: "hasta los 23 las niñas sois una bomba de relojería". No sé si es cierto, pero sí es verdad que hay algo en mí más sosegado, menos ansioso. Así que, para el que quiera saberlo, ya no voy a explotarle a nadie en la cara.

La cuestión es que he cumplido un año más, y tiene su mérito. Preguntádselo a mi corazón, bombeando sangre todo el día, y a mis pulmones, respirando sin parar, y a todas las pequeñas células que forman mi cuerpecillo. Hasta el último operario del sistema digestivo te dirá que llevar un cuerpo humano, con su correspondiente mente ciclotímica dentro, cuesta su trabajo. Así que felicidades, Marina, y que cumplas muchos más.

jueves, 8 de mayo de 2008

Psycho-killer

Llevo toda la semana con la ansiedad saliéndome por las orejas, como diría mi madre. Estoy mentalmente tranquila pero físicamente hecha una mierda, con una extraña presión entre el pecho y la garganta que me impide respirar. Y eso que medito un montón. Tanto que Mi Querido Ex Novio Funes, que también medita pero menos, dice que en vez de una estatua del Buda, va a hacer una estatuilla de mí en barro y la va a colocar en su cuarto para que le inspire. Qué tío, este Funes. En cualquier caso, parece que meditar me sirve regulero, porque hace un rato, mientras desayunaba pacíficamente mi tostadita y mi colacao complex, he empezado a pensar que podría matar con mis propias manos al Hombrecito De la Posguerra, mi profesor de Educación, si insiste en obligarnos a hacer a mano un análisis de varianza absurdo sobre una de sus absurdas prácticas. A partir de ahí, ha empezado a germinar en mi mente una idea tan estupenda que no sé por qué la cuelgo aquí en vez de venderla a Hollywood y hacerme de oro. Os cuento.

Contexto: seguimos en la línea reivindicativa-dramática de mi última obra de ficción.

La cosa es sencilla. En la facultad de Psicología de la Universidad de Granada ya hace cuatro años que comenzó la experiencia piloto para adaptarse al Plan Bolonia. Como ya expliqué ampliamente en Euricienta, todo es una mierda, los alumnos no paran de hacer trabajos estúpidos y han perdido las ganas de vivir. Entonces, a mitad de curso más o menos, empiezan a sucederse escalofriantes asesinatos. Los profesores de la facultad van cayendo uno a uno, y lo más inquietante es que cada uno muere de acuerdo a la asignatura que enseña.

¿Una chorrada? Pues ahí está Seven. Diría más: ahí está Tuno Negro. Como idea es algo arriesgada, es verdad, pero la pericia de un buen director podría sacarle mucho partido.

Ejemplos:

El profesor de Psicobiología aparecería, lógicamente, muerto en posición de diseccionar su propio cerebro. O quizá se le obligaría a ponerse a sí mismo en el estereotáxico y perforar su cráneo para liquidar sus núcleos cerebrales uno a uno.

Los profesores de Condicionamiento y Aprendizaje serían comidos por las ratas que ellos mismos han entrenado. En otra versión, se les metería en una caja de Skinner gigante y se les darían descargas aleatorias mientras se les obliga a aprender complicados programas de refuerzo y castigo. Siempre se pueden combinar las dos opciones: muerte en caja de Skinner y cadáver comido por las ratas. Tendría que pensarlo.

Los profesores de Memoria, Percepción y Psicología Básica en general se verían obligados a hacer experimentos frente a ordenadores donde los errores serían castigados con descargas de cada vez más intensidad. La escena final de esta parte sería el profesor/a siendo aniquilado por la descarga final mientras en la pantalla aparece, en letras brillantes: "Gracias por tu participación. Que tengas un buen día". Lo de los experimentos daría mucho juego, según la macabra imaginación del guionista; podrían usarse electrodos, polígrafos, absurdos jueguecitos de cartas...

La muerte del Hombrecito de la Posguerra, que da Psicología de la Educación, aún tengo que pensármela. Probablemente le encerraría en una clase de secundaria con veinte alumnos, móviles de última generación y una conexión a Internet, y dejaría que el predecible devenir de las cosas hiciera el resto.

El departamento de Social y Psicología de los Grupos sucumbiría víctima de algún terrible y siniestro juego de rol vivo en el que tendrían que tomar decisiones grupales y hacer atribuciones causales. Sería una mezcla entre "El Método" y "Diez Negritos". Pero no importa qué dijeran, porque al final morirían todos.

A los de Clínica los soltaría en una habitación cerrada con unos cuantos esquizofrénicos sin medicar y/o psicópatas previamente aleccionados. Y a ver de qué les servían ahora los autoinformes y las técnicas cognitivo-conductuales.

Me quedan los de Metodología, Psicometría, Análisis de Datos y todas esas asignaturas tan divertidas. De momento sólo tengo ideas difusas relacionadas con proponer problemas de probabilidad y hacerles sacar bolitas de cajas para decidir quién va muriendo, pero reconozco que es lo más flojo del guión.

La protagonista sería una simpática estudiante de doctorado (yo no; yo sería la asesina) que acaba de llegar a la facultad y se ve dividida entre su lealtad a la alumna que hace poco que ha dejado de ser y su deseo de luchar por la justicia y la paz. Va desvelando poco a poco el misterio, pero al final de la película también muere por un certero golpe con su propia tesina. No sé cómo acabaría el guión, pero probablemente la asesina extendería su radio de acción a políticos y ministros de educación y acabaría ella sola con el plan Bolonia.

Bueno, me queda mucho para alcanzar la compasión y la ecuanimidad, pero creedme que me he desahogado bastante.

lunes, 5 de mayo de 2008

La inmensa soledad fluorescente

Así podríamos definir mi despacho tal día como hoy, lunes, en que mi compañera se ha ausentado por motivos personales y los alumnos que tenían que venir a que les tutorizara yonosequé han decidido no presentarse. Mi despacho de eurobecaria es aceptablemente grande y confortable. El problema es que su única comunicación con el exterior es la puerta y unas pequeñas casi claraboyas que dan directamente al pasillo de la facultad. Oh, arquitectos sin piedad, que construís deliberadamente despachos diminutos sin ventanas para el último eslabón de la jerarquía académica. Total, que estoy pasando esta espléndida tarde de primavera bajo la irritante luz de los fluorescentes, parpadeando treinta veces por minuto porque me ha vuelto a subir la miopía y, con casi cinco dioptrías por ojo, la posibilidad de quedarme ciega está acercándose peligrosamente.

Estas cuatro horas de luz artificial me hacen reflexionar. El domingo estuve en el vivero de los Baños del Carmen comprándole una orquídea a mi madre. Qué bonitas son las orquídeas, elegantes y selváticas a la vez. El vivero está situado entre la carretera del paseo marítimo y la que va en dirección al centro; si conocéis Málaga, sabréis que es alargada, como si se hubiera tumbado junto al mar. Se oye el ir y venir de los coches y, aun así, el sitio está lleno de una paz que de verdad que no es fruto de mi mente bucólica. Huele a tierra mojada y a flores. Cuando nos mudamos a Málaga y yo tenía ocho o nueve años, mis padres compraron una bonita casa con un jardín enorme y antiguo, lleno de setos, árboles, macizos de plantas y flores silvestres. Había un níspero, un limonero, rosales y hierbabuena. Teníamos incluso un pozo y la dudosa tumba de un perro muerto. A la yo de entonces, que leía Ana la de Tejas Verdes y en general tenía la cabeza llena de pajas mentales, le encantaba pasear románticamente por entre las plantas y regarlas trabajosamente con la manguera de goma. Asumí el cuidado de las plantitas de hierbabuena, y por las tardes iba y venía a alimentarlas con una jarra de plástico de la cocina. Al final mis padres vendieron la casa, porque no tenían alma de jardinero ni dinero para pagar uno, y nos mudamos a nuestro adosado de patio domesticable y práctico. Personalmente, no hubiera estado dispuesta a pasar las tardes de mi adolescencia regando setos, pero ahora que lo pienso no sé si alguna vez volveré a tener mi propio pozo. Y creo que me gustaría. Voy creciendo y me voy conociendo y aceptando la criaturita meditabunda y solitaria que soy, y ahora no me cuesta imaginarme en una casa con jardín y un huerto como el de mi amiga A. Mientras esperaba la cola para pagar mi preciosa orquídea, la gente a mi alrededor charlaba de plantas: que si una se le había puesto preciosa pero otra se había perdido sin motivo, que si a ver si le pasaba un esqueje de una especie que era muy difícil de encontrar. Me parecieron charlas tranquilas y sanas. Me entraron ganas de saber de jardinería. Claro, que estamos hablando de alguien que consiguió matar de sed a un cactus el año pasado. Esto es verídico. Pero bueno.

Mientras más conozco este amplio y bonito mundo y veo sus montañas, sus ríos, sus plantas y el maravilloso silencio de su naturaleza, menos sentido le encuentro a pasar la vida bajo un fluorescente.

sábado, 3 de mayo de 2008

Las magdalenas del maligno

Se me da relativamente bien la cocina, pero soy una repostera terrible. No porque yo no ponga lo mejor de mí, sino porque para hacer tartas, bizcochos y galletas una tiene que enfrentarse a ese enemigo insaciable y traicionero que es el horno. Cuando se cocina en la hornilla, se puede ir más o menos probando, rectificando de aquí y de allí y controlando que todo va haciéndose según los planes. Meter algo en el horno, por mucho que una no se salga de los tiempos y las temperaturas que marca la receta, es un acto de fe.

Así que el otro día, cuando me entró un peligroso antojo de muffins de chocolate, decidí que esta vez no me iba a pasar lo de siempre. Con esto de la crisis, hasta el Mercadona es una ruina, así que no estaba dispuesta a tirar a la basura un bol entero de masa por culpa de ese aparato del demonio que es el horno. Tenía un plan. Para empezar, hice la masa con proporciones mitad sacadas de la receta, mitad intuitivas. Lo siento, pero no soy capaz de seguir una receta al pie de la letra. Después miré desafiante mi viejo horno de gas de piso antiguo. Dos posiciones: arriba y abajo. Dos temperaturas: al máximo y al mínimo. Sin temporizador. Sin luz. Entre mi bol de masa y unas maravillosas magdalenas de chocolate sólo se interponía aquel instrumento de Satán. Pero yo sería más fuerte que él.

Así que saqué los papelitos para magdalenas made in Hacendado y decidí que probaría con distintas combinaciones de tiempo, posición y temperatura metiendo sólo cuatro magdalenas cada vez. Una vez que hubiera dado con la combinación perfecta, haría la bandeja entera.

Resultados del invento:

Versión 1.0: 20 minutos con el fuego abajo al máximo-> quemadas por abajo, crudas por arriba.
Versión 2.0.: 30 minutos con el fuego abajo al mínimo-> crudas en general.
Versión 3.0.: 20 minutos con el fuego arriba al máximo -> quemadas por arriba, crudas por abajo.
Versión 4.0.: 40 minutos con el fuego abajo al máximo-> Eureka!

Adri y yo habíamos quedado en el chino para cenar y llevé dos magdalenas para hacer la prueba. Estaban realmente buenas, incluso para nuestras papilas gustativas adormecidas por el glutamato monosódico y esa salsa de soja densa como el alquitrán.

Al día siguiente, tenía clase a las 11 y me levanté temprano a meditar y escribir un poco (no se puede ser más intelectual y espiritual que yo). De paso, decidí que pondría el resto de la masa en el horno para poder llevarme las magdalenas hechas a clase (por la tarde me iba directamente al autobús para venir a pasar el puente a Málaga). Estaba tan, pero tan contenta. Me sentía tan inteligente y astuta de haber encontrado la manera perfecta de hacer deliciosas magdalenas caseras. Rellené un montón de papelitos con lo que me quedaba de masa y los metí en el horno. Canturreaba por la casa mientras el olorcito a chocolate impregnaba el fresco aire matutino.

Gracias a este experimento he aprendido intuitivamente que NO ES LO MISMO meter cuatro magdalenas que veinte. Que, de alguna manera que la física podrá explicar pero yo no, el calor NO LLEGA IGUAL cuando hay tantas magdalenas. Que definitivamente cuarenta minutos con el fuego al mínimo tampoco es la combinación correcta.

Pero si creéis que tirar a la basura veinte magdalenas crudas con extra de nueces y chocolate negro para que salieran más ricas va a hacerme desistir en mi empeño de tener éxito en la repostería, entonces, queridos, no me conocéis en absoluto.

lunes, 28 de abril de 2008

Off

Llevo todo el día fascinada por la noticia del incremento de la natalidad a causa del apagón de Barcelona hace nueve meses. Si investigas un poco más a fondo el artículo, te das cuenta de que no está claro que el ligero aumento de bebés nacidos en estas fechas sea un efecto directo del apagón, pero hay algo muy sugerente en la idea.

Imagino a media ciudad condal sumida en la oscuridad. Las estrellas brillan sobre ella por primera vez en mucho tiempo. Se dibujan los contornos de los objetos en la casa vacía, y se hace el silencio sin televisión, sin ordenador, sin reproductor de cd’s. Un hombre y una mujer se miran a la luz de la vela que han conseguido encontrar en un cajón de la cocina y, de repente, toman conciencia de que su vida es finita, apenas un soplo de luz en la noche de los tiempos. De que el mundo fue oscuro durante eras, y volverá a serlo cuando nuestra raza se haya extinguido de hambre o de locura. Entonces piensan en todo lo que han estado hablando estos últimos meses: eso de esperar un momento mejor, de que un niño te cambia la vida, del pan bajo el brazo, que muy grande tiene que ser para compensar lo caro y lo difícil que está todo. Miran el estudio que montaron en la habitación que sobraba y que en el fondo ninguno utiliza y lo imaginan pintado de azul o rosa, con una cenefa de Winnie the Pooh en la parte superior, e imaginan en él a una pequeña copia de sí, a un ser que es ellos y no lo es y que, si todo va bien, les sobrevivirá y les permitirá creer que son inmortales. Y se dicen que a la mierda, que los hijos se han tenido siempre, con o sin crisis, que al fin y al cabo para eso estamos aquí, y polvo somos y en polvo nos convertiremos, pero entre polvo y polvo podemos proyectar la insignificante herencia de nuestro ADN hacia más allá de donde alcanza nuestra vista. Se acomodan entre las mantas, sintiéndose un poco un hombre y una mujer de las cavernas, a la luz temblorosa de la vela, y piensan que es una pena que no haya una chimenea en su pisito del Eixample. Y hacen el amor dándose por primera vez cuenta de su función real, que hasta entonces había sido siempre puesta en segundo plano para dejar paso al placer de la carne. Pero esta noche no; esta noche ella es consciente de cómo él la llena, del líquido caliente que recorre sus cavidades y bucea hasta donde no pueden seguirle. Casi puede sentir el chisporrotazo de luz cuando ocurre el milagro.

Dice la misma noticia que después del 11S también aumentó la natalidad en EEUU. Tristes y pequeños humanos, que ejercemos decididos el único poder que nos queda frente a la muerte: engendrar a más como nosotros que, al final, también van a acabar muriéndose.

Si pienso mucho en estas cosas me mareo.

domingo, 27 de abril de 2008

Hoy voy a escribir un post que llevo mucho tiempo aplazando para quedar bien con vosotros. Lo voy a hacer aunque sé que no sirve para nada y que me va a joder la ecuanimidad que tanto esfuerzo me cuesta medio alcanzar. Voy a hacerlo porque he tenido que ponerme los tapones de los oídos gracias al bacalao del vecino y creo que el mundo necesita que alguien diga ya las cosas claras.

Y el post se titula: POR QUÉ LA MÚSICA ME PARECE UN INVENTO NAZI.

Después de leerlo, todos vosotros, que seguro que sois de ésos que proclamáis que no podríais vivir sin ese invento maravilloso que es la música, dejaréis de visitar este blog. Bueno. Correré el riesgo.

Sí, la música es maravillosa. Es el máximo arte, la abstracción sin más vehículo que ella misma, donde significante y significado son una sola cosa. Conecta directamente con las estructuras subcorticales de la emoción y el placer, y nos teletransporta a universos desconocidos. Yo no escucho mucha música; no por nada, sino porque no encuentro el momento, y no me gusta hacerlo mientras estoy ocupada en casi cualquier otra cosa (incluyendo charlar con amigos o, por supuesto, escribir). Sólo escucho música mientras ando por la calle, e incluso entonces mi repertorio se reduce a unas decenas de canciones que tengo machacadas hasta la saciedad, incluyendo éxitos de mi adolescencia como Shakira o The Corrs. Descubro un grupo/cantante nuevo cada muchos meses. Y así me va bien. Supongo que agoté la poca melomanía que traía de serie cuando mi Querido Ex Novio Funes me hizo tragarme Toda la Música Buena del Mundo en los dos años que pasamos juntos. Por aquellos tiempos yo era joven e inexperta, le amaba con sinceridad y no me importaba hacer un esfuerzo para digerir a Genesis o a algún extraño grupo de jazz checo. Ahora que ya todo me da un poco igual, me he resignado a ser una inculta musical y a disfrutar desesperadamente con mis cuatro cantautores de siempre (porque, en el fondo, sigo siendo escritora, y lo que más me gusta de la música es la letra).

Pero volvamos al principio del post. Doy dos razones fundamentales para explicar mi afirmación. La primera, que la gente a la que le gusta mucho la música se cree que es una condición fundamental para ser humano, sensible y buena persona (más o menos como la gente a la que le gustan los perros). Hace un par de años conocí en una fiesta a un chico bastante majo. Charlamos y tonteamos un poco (yo amaba a J., pero J. aún no tenía muy claro si me amaba a mí, así que intentaba desquitarme) y, en un momento dado, él me preguntó qué música me gustaba. En un ataque de sinceridad, le dije que a mí, la verdad, la música me interesaba más bien poco. Abrió mucho los ojos “¿y cómo vives?”, me dijo. Pues como tú, inútil, pensé, sólo que escuchando menos música, so intolerante. Me encogí de hombros y me puse a hablar con otra persona.

La segunda razón es que los momentos de mi vida en los que he disfrutado con la música han sido, sin duda, mucho menos numerosos que los momentos en que algún nazi de la categoría anterior, avalado por la creencia de que Su Música es lo más grade que se ha creado en el planeta tierra, me ha obligado a escuchar al adorado objeto de su admiración contra mi voluntad. Cito de memoria el Espantoso viaje Granada-Málaga que pasé escuchando electropop en el coche de una amiga; la Horrorosa tarde de dibujo en el Albayzín que me jodió un gilipollas poniendo tecno a toda pastilla; las Sufrientes horas de meditación intentando desplegar toda mi ecuanimidad para aguantar el reggaetón del vecino. La música es un invento nazi porque llega a través de los oídos, los órganos sensoriales más desprotegidos y castigados del cuerpo, los únicos que no pueden cerrarse a voluntad. Porque para que yo escuche lo que me gusta, también tienen que escucharlo los seres humanos que comparten espacio vital conmigo.

Por no hablar de las personas que tocan un instrumento musical. La primera ley del instrumentista dice que el sonido de un instrumento es mucho más agradable cuando uno lo toca que cuando lo escuchan los demás. Me acuerdo del novio de mi compañera de piso, que tocaba el violín e improvisaba arreglos de Chambao en la terraza de nuestro ático. A ver, ¿acaso yo cuando termino un cuento cojo un megáfono y te obligo a escucharlo mientras tú estás sentado tranquilamente en el salón de tu casa? ¿Te sujeta un pintor la cabeza para que mires fijamente su cuadro durante horas? Amigos que tocáis un instrumento: el espacio acústico no os pertencece.

[Nota: El Efecto Instrumentista es mucho mayor cuando el instrumento que uno toca es de percusión]

Me gusta la música, ¿vale? Todo el piano, canturreo a menudo, disfruto oyendo las canciones que yo elijo. Lo que pasa es que no me gusta tanto, ni tan alta. Prefiero mis libros, respetuosos, que no molestan a nadie y que nadie tiene que leer a la vez que yo sin quererlo. Creo que crean menos karma.

Y aquí termina el post que acabará con la imagen de chica sensible y cultureta que todos tenéis de mí.