massobreloslunes

jueves, 13 de noviembre de 2008

Las grandes cuestiones de la vida: El amor (continuación)

A veces no se trata del amor. A veces el amor está, porque amar a alguien, como creo que ya he dicho alguna vez, debería ser un camino de una sola dirección, no interruptor que se enciende y se apaga. Uno empieza a amar y a partir de ahí el indicador sólo debería aumentar, porque al fin y al cabo a medida que pasa el tiempo se conoce más a la persona, y el conocimiento íntimo de alguien, el contacto con sus fuerzas y sus debilidades y su luz y su oscuridad, no podría hacer otra cosa que ayudarnos a profundizar en lo que sentimos por esa persona.

A veces no se trata del amor, sino de estar en pareja, y no es lo mismo.

Porque en ocasiones se ama, y se ama mucho y, sin embargo, estar en pareja no es una buena idea. A una pareja se le exigen requisitos, y muchos, mientras que para amar a alguien hay que aceptarle tal y como es. El amor es incondicional, pero la pareja no puede serlo, porque es más que un estado de ánimo: es una sociedad emocional y espiritual, un equipo de dos que sirve para hacerse un poco más fuerte en el combate extraño de la vida.

Así que para mí no sirve "nos queremos y ya está". Yo pido "nos queremos, nos entendemos, nos apoyamos y vamos por el mismo camino hacia los mismos objetivos". Como mínimo.

En este post hablaba de que la cuestión al elegir pareja es que, a medida que aumenta el nivel de exigencia, disminuye la posibilidad de encontrar a alguien que lo alcance. Yo he tomado una decisión. Lo quiero todo. Después de darle vueltas a todo este tema de las relaciones, la pareja, el amor y blablabla, he decidido no perder la esperanza. No plantarme con un premio mediano, como en los concursos de televisión; esperar al premio grande o quedarme sin nada. Existen los grandes amores, y yo estoy dispuesta a acabar sola si no encuentro el mío. Y ojo, que grande no es perfecto. Grande es grande.

Poco a poco se va perfilando frente a mí el recorrido que quiero que siga mi vida, y la persona que quiera hacerlo conmigo tiene que verlo con la misma claridad que yo. Porque si no acabará preguntándome a dónde narices vamos y sentándose a comer su bocadillo a un lado de la cuneta.

martes, 11 de noviembre de 2008

Not pleased to be a woman

Estoy en esos días del mes en los que no me siento ni un poco feliz de ser mujer. Me encuentro tan mal que no me apetece ni comer, y eso, creedme, es sentirse muy mal en la escala Marina de estados de ánimo. Ayer, de hecho, le di la paliza a la pobre PK (que, por cierto, ahora es mi compañera de piso, creo que no lo habí dicho) con una parrafada sobre lo inútil, caro y trabajoso que me parece que exista toda esta variedad de alimentos y una tenga que comprarlos, cocinarlos y comérselos para acabar, ejem, expulsándolos y volviendo a empezar el proceso desde el principio.

Es que tengo que ir al Mercadona y no me apetece.

Llegué incluso a proponer algún tipo de alimento único (el Supertrigo) que no hubiera que cocinar y que tuviera todos los nutrientes necesarios. La PK dice que eso sería un rollo, pero es porque está muy apegada a su paladar (opino).

Estoy atravesando una etapa rara. Es como si estuviera desfasado lo que estoy haciendo y lo que me gustaría hacer. Para empezar, no quiero, NO QUIERO estudiar, ir a clase o cualquier cosa que tenga que ver con la facultad. Creo que gracias a la maldita-maldita beca y al crédito europeo de los huevos, he desarrollado un condicionamiento aversivo intenso hacia el edificio gris y verde de Psicología. Es llegar allí, ver a todos esos alumnos vagando de un aula a otra y a todos esos profesores maquinando malvados métodos de evaluación, y se me revuelven las tripas.

(No voy a seguir hablando de esto, que me estoy poniendo de mala leche, y una no lleva una hora meditando para eso).

No sé qué más contaros. Pensaba que tenía muchas más cosas que decir, pero realmente tampoco es tan interesante odiar el mundo por culpa de la regla.

¡Supertrigo ya!

PD: Perdón por escribir tan poquito. Creo que no tener ganas de blog forma parte de mi etapa rara.

lunes, 27 de octubre de 2008

Más sobre los chinos (historia parcialmente verídica)

P. (en un chino a medianoche, comprando cervezas) :A ver, tú que sabes tanto: ¿por qué los chinos tienen esas estatuas de gatos que mueven el rabo a pilas? Quiero decir, que entiendo lo del gato, pero no lo del movimiento del rabo.

Yo: ¿No te sabes esa historia?

P.: No...

M.: Pues verás... todo se remonta a un antiguo emperador de la dinastía Ming (no me preguntes cuándo, soy malísima con las fechas). El caso es que en palacio vivía un gato de un raro pelaje, entre amarillo y marrón, al que llamaba "el gato de oro". Había nacido poco después de que el emperador consiguiera arrebatarle el trono a su hermano pequeño, que lo había usurpado vilmente encerrándole en una mazmorra en los confines de China (no me preguntes exactamente dónde, la geografía se me da fatal). El emperador lo consideraba símbolo de su buena suerte y augur de futuros triunfos, por lo que le trataba con privilegios de príncipe.

>> El caso es que el soberano cayó gravemente enfermo. Como suele suceder en estos casos, los médicos más afamados del país fueron a visitarle. Le clavaron agujas de acupuntura, le aplicaron ventosas de aire caliente, revisaron su carta astral y le masajearon los pies, y después de comprobar el resultado de sus tratamientos el veredicto fue unánime: no le quedaban más que unos pocos meses de vida. Desde la ventana de su dormitorio, el emperador podía ver al hermoso gato dorado reposando en uno de los muros de palacio. Estaba totalmente inmóvil, a excepción del balanceo acompasado del rabo. Cuando los médicos comunicaron su conclusión (pues en la tradición china se cree que la persona debe saber cuándo se acerca el momento de su muerte, para poder prepararse adecuadamente), el emperador sacudió la cabeza y comenzó a reírse.

>>- Mirad al gato de oro - dijo, señalando débilmente al animal tumbado en el muro -. Siempre me ha traído suerte. Mientras esté conmigo, no podrá sucederme nada malo.

>> Los médicos se miraron entre sí, apuntaron disimuladamente a su sien con el dedo y salieron en fila india de la estancia imperial.

>> Casualidades de la vida: al cabo de unas semanas, el gato dorado murió, víctima de una mala caída del muro de sus siestas. Cuando la emperatriz se enteró, su corazón se encogió de miedo. Sin el gato de oro, el emperador aceptaría su fatal destino y se consumiría como la llama de una vela. Así que ordenó embalsamar al animal en la misma posición en la que solía echar su siesta. Colocado sobre el muro, parecía dormir pacíficamente, como de costumbre. Sólo la inmovilidad del rabo delataba el engaño, así que la emperatriz lo ató con un fino hilo de pescar y encargó a un criado que se dedicara toda la tarde a balancearlo con suavidad felina.

>> El emperador pasó los meses de vida que le restaban tranquilo y feliz, pensando que el gato estaba ahí para protegerle y que nada malo podía pasarle. Cuando por fin aceptó la inmediatez de su muerte, sintió que la presencia del gato dorado le ayudaría a pasar a la otra vida y reunirse con sus antepasados. Y así murió con una beatífica sonrisa en su rostro, dejando por fin libre al criado para que fuera a darse unas friegas en los entumecidos músculos del brazo.

>> Es por esto que las estatuas de los gatos que hay en los chinos mueven el rabo a pilas: porque mientras permanezca en movimiento, nada malo puede pasarles.

>>Fin de la historia.

P.: Te lo has inventado, ¿verdad?

Yo: Claro.

P.: Ah, vale.

miércoles, 22 de octubre de 2008

Chino-filipino

Vale que últimamente no escribo mucho. Entre otras cosas, porque aún no tengo internet en casa, a excepción de quince minutos diarios que generosamente me regala el FON. Esos quince minutos son tan escasos, tan preciados y pasan tan rápido que tengo que dedicarlos a asuntos importantes, como mirar el correo o abrir a la vez veinte ventanas con blogs variados para leerlos más tarde.

Ahora bien: es muy cierto que si realmente-realmente quisiera escribir, encontraría el momento (como lo estoy haciendo ahora) y me pasaría por aquí más a menudo. Así que la auténtica causa de mi desaparición es que, en general, no se me ocurre nada. O, mejor dicho, se me ocurren cosas pero no tienen la suficiente entidad y cuerpo ideológico como para considerarlas un PP (Post Potencial).

Sin embargo, hay un lugar que es fuente inagotable de inspiración para mí, y que me sumerge en un mundo de PP's cada vez que voy a visitarlo. Este lugar es El Chino. No como restaurante (que también), sino como una de esas tiendas que antes se conocían como el Todo a Cien o, más popularmente, Los Chollos. Ayer pasé una fabulosa media hora en El Mejor Chino de Granada* y pensé "Tengo que escribir sobre esto. El mundo tiene que saberlo".

No me acuerdo muy bien de cómo era el Chollo tradicional, regentado por españoles castizos - por cierto, ¿dónde están? ¿A qué clase de mobbing siniestro les han sometido los chinos (personas) -, pero sí sé que los Chinos (tiendas) de ahora son como el Hipercor, pero más baratos. El Mejor Chino de Granada (Hiperchino, en adelante), tiene de todo: tiendas de campaña, cestitas para perros, medias adelgazantes y un masajeador facial en forma de delfín, por mencionar sólo algunos artículos. Esta variedad, por alguna extraña razón, no es directamente proporcional al tamaño del Chino. Quiero decir, que el Hiperchino tiene de todo (literalmente), pero el año pasado solía comprar en otro más pequeño que había cerca de mi casa y nunca (insisto: nunca) me fui de allí sin encontrar exactamente lo que quería. Independientemente de su tamaño, un Chino es una especie de vórtice espacial donde se acumulan todos los objetos que uno pueda necesitar en su vida cotidiana. En ese sentido, pasa como con el Corte Inglés, solo que a una escala más humilde: uno llega y dice "quiero un perro verde", y el chino (dependiente) te contesta "¿de qué tamaño?".

Luego está el asunto del idioma. Porque siempre parece que el chino (dependiente) no te entiende y, sin embargo, sabe exactamente lo que quieres y dónde está. Esto, teniendo en cuenta la mencionada variedad de artículos del Hiperchino, quiere decir que tienen una amplitud de vocabulario preocupante. Esto me lleva a pensar en cómo será el entrenamiento de los chinos (personas) cuando llegan a España. Imagino que debe de haber una especie de curso intensivo que comprende:

a) Todos los productos de la tienda.
b) Direcciones e indicaciones, tipo "pasillo del fondo a la delecha".
c) Todos los números múltiplos de cinco y la palabra "euros" ("eulos").

Con esto, el chino (persona) está preparado para ser un chino (dependiente) estándar.
Por último, quiero mencionar la cuestión de robar en un Chino. ¿Alguien lo ha intentado alguna vez? El Hiperchino es grande, sinuoso y suele estar casi desierto, y mi presupuesto es bastante precario. Sin embargo, nunca (insisto: NUNCA) se me ocurriría meterme en el bolso ni una sola de sus velas perfumadas. Porque ya se sabe lo que pasa si te pillan robando en el Corte Inglés: un señor de incógnito te mete en una habitación secreta, coge tus datos y llama a tus padres. Pero ¿qué pasa si robas en un Chino? ¿Alguien cree que se limitarán a darte una amable reprimenda? No sé por qué, pero yo pienso en torturas y deportación (¿prejuicios raciales? Sí y mil veces sí). Por si acaso, prefiero no intentarlo.

Y aquí acaba mi jugosa disertación, que me tengo que ir a clase.

Volveré.

*Camino de Ronda, entre Plaza Einstein y Calle Sol.

jueves, 9 de octubre de 2008

Santa indiferencia

Queridos blogonautas:

El curso de meditación ha tenido unos efectos muy raros en mí. De repente veo a todo el mundo a mi alrededor como si fueran marcianos haciendo cosas de marcianos. Esto no se debe, como muchos podríais pensar, a que aquello sea un secta ni nada parecido. Sectas a mí. He leído demasiados libros de Gran Angular como para distinguir una a diez kilómetros a la redonda. Creo que más bien se debe a que una se pasa diez días metida ahí en la profunda paz del Dhamma, rodeada de personas estupendas y alegres que sólo tienen como finalidad mejorarse a sí mismas y ayudar a los demás a hacerlo, y el mundo exterior, con sus vicios y sus ansias, le parece un poco raro.

Esto me preocupa. No quiero irme a los Himalayas y meterme a monja. Ni siquiera haciendo como un amigo de mis tíos, que se ha retirado a un monasterio en Francia y ha conseguido que le dejen comer carne, bajarse pelis de Internet y llevarse la bicicleta. Pero hacía mucho tiempo que no tenía esta sensación tan intensa de NO QUIERO ESTAR AQUÍ, NO QUIERO, NO QUIERO. Es como si el entusiasmo (o la ansiedad) de la gente por sus ocupaciones (estudios, trabajos y demás) me pareciera un poco ajeno, y no fuera capaz de incorporarme a esa ola de interés y aplicarla a lo que es mi vida ahora mismo. Aunque tampoco es que haya otra cosa que me apetezca especialmente hacer. Y esto está muy mal, porque meditando intento conseguir ecuanimidad, no esta indiferencia enorme y tristona.

Yo qué sé. Supongo que se me pasará; en cualquier caso, a lo mejor sólo estoy intentando enfocar espiritualmente algo que no es más que una depresión posvacacional como otra cualquiera. O la crisis de fin de carrera. O el otoño. Pero es que ha sido un verano TAN genial. TAN relajado. Y ahora muero TANTO de amor (que sí, que ya lo contaré, pero cuando tenga más tiempo, y ganas, y una buena idea para hacer un post bonito bonito).

En fin. Tranquilidad. Tengo un libro de Paul Auster, una caja de Campurrianas y a la PK en Granada. La vida no puede ser tan mala, después de todo.

martes, 7 de octubre de 2008

Resumiendo

He estado en un curso de Vipassana. Stop. Experiencia estupenda. Stop. De vuelta en Granada. Stop. Sin ganas de empezar el curso y/o la maldita-maldita beca. Stop. Muriendo de amor. Stop. Ya os contaré. Stop. Sin PC en casa. Stop. Se me ha acabado la hora de Internet. Stop. Iremos volviendo a nuestro ritmo habitual. Stop. Si esto fuera un telegrama de verdad, me saldría carísimo. Cambio y corto.

miércoles, 17 de septiembre de 2008

Este verano he dejado de escribir. Ya lo hice otra vez porque sentía que necesitaba darme un respiro, y me sentó bien. En esta ocasión, sin embargo, no hay ninguna razón concreta: simplemente, no tenía ganas. Volví de Italia muy feliz, me fui a meditar y regresé aún más feliz. ¿Quién quería escribir? Hace un tiempo pensé que la relación entre felicidad y literatura tiene forma de U invertida: si soy muy feliz o muy desgraciada, no escribo. Necesito una cantidad moderada de desdicha que me dé el primer impulso, pero no tanta como para abrumarme y quedarme bloqueada en mi pena.

Por otra parte, a veces tengo dudas sobre si la escritura es buena o mala para mí. Quiero decir, que todo esto de tener un blog, de crear un personaje que soy yo y no soy yo al mismo tiempo, de buscar mi verdad aun al precio de partir (o resquebrajar) corazones ajenos, no sé si me acerca a la felicidad o me aleja de ella. Y yo soy de las que entre la felicidad y el arte, prefieren la felicidad. Así que me pregunto si escribir es conciencia o ego, ignorancia o iluminación. Si deforma las proporciones de la confusión existencial o, por el contrario, arroja un poco de luz sobre la oscuridad de estar vivo. Si me siento bien cuando escribo porque me hace bien, o es autocomplacencia transitoria.

Por otra parte, el amor.

El amor es como una importante misión de guerra. Uno se pasa toda la vida esperando a que se la asignen y, cuando por fin llega el momento, no sabe si estará a la altura. El problema no es el amor; es que lo que exige de nosotros es tan grande, tan valiente y tan suicida que la mayoría no queremos ni sabemos darlo. Entonces nos conformamos con sucedáneos de medio pelo con los que trampeamos, más o menos, la angustia de nacer y morir solos en este mundo tan raro. Y yo, de momento, no estoy a la altura. Me doy cuenta una y otra vez, y lo intento, y me equivoco, y a veces pienso que sólo voy a poder amar a alguien que, de vez en cuando, pueda prestarme el amor que a mí me falta y ponerlo por los dos.

Llevo un rato con las manos suspendidas sobre el teclado, pensando en cómo pretendo unir lo primero que he escrito con lo último, la escritura con el amor (por no hablar de Paul Auster, que realmente ha sido quien ha inspirado todo esto con su hermosa última novela, "El hombre en la oscuridad"). He empezado el post sin saber muy bien qué quería decir y me he hecho un poco la picha un lío.

Después de pensarlo unos minutos, se me ocurre que a lo mejor escribo porque no sé amar. Si supiera amar, a los demás y a mí misma; si mi corazón fuera compasivo y mi mente estuviera tranquila; si no necesitara que nadie me convenciera de que soy única, especial, maravillosa, y de que sube al cielo cuando me toca y llora mi ausencia... si no pasara todo eso, no tendría que escribir, porque no necesitaría demostrarme que dentro de mí hay una corriente de energía tranquila y potente, que no tiene principio ni tiene fin, que está ahí corriendo como el agua del subsuelo y sólo espera a que yo saque el pico y me ponga a buscarla.

Hago una pausa y localizo en mi estantería la libreta que me regaló J. cuando cumplí 21 años. Las tapas son de cartón de maqueta, y en una de las hojas centrales ha escrito una frase parecida a lo que he dicho antes: "Las capacidades son como una capa de agua en el subsuelo: no pertenecen a nadie, pero hay que cavar para encontrarlas". La frase no es suya, sino de Natalie Goldberg, pero me resulta curioso que la eligiera para incluirla en la libreta, rodeada de pozos dibujados a lápiz con su trazo delicado y nervioso. Como si profetizara que a lo largo de nuestra intensa y tumultuosa relación, yo necesitaría a menudo escribir para encontrar agua bajo mis pies, porque él (o yo cuando está él, mejor dicho) me había dejado muerta de sed.

Escribo porque cuando lo hago soy invencible y nadie puede hacerme daño. Y esto no es un tópico, aunque lo parezca. Nunca me ha preocupado registrar mis cuentos, porque no me da miedo quedarme sin ideas, igual que nunca se me ha ocurrido que mi pareja pueda aburrirse de mí (tendré otros defectos, pero no soy, insisto, NO SOY aburrida). Si alguien registrara todo este blog a su nombre, abriría otro y seguiría escribiendo.

Nota: Con este último párrafo se me ha vuelto a ir la olla y llevo tres horas intentando acabar el post, así que lo voy a dejar como está.