Hola, querubines y serafines:
Anuncios breves: voy a dar los talleres de escritura de la Casa de Porras en los meses de febrero y marzo. Habrá un grupo de iniciación los jueves de 6 a 9 y un grupo de profundización (técnicas de relato, sobre todo) lor martes en el mismo horario.
El precio del taller es de 50 euros por ocho sesiones de tres horas. La matrícula se hace en la Casa de Porras (placeta de Porras, en el Albayzín, por la calle de las teterías para arriba y preguntáis) y el plazo acaba el 31 de Enero. Los talleres empiezan la semana del 26 de Enero.
Yo (personalmente) estoy muy emocionada con la idea. Di un par de clases el trimestre pasado y a la gente le gustó. Al principio no tenía muy claro que pudiera enseñar algo respecto a escribir, pero ahora pienso que sí hay algunos pasos del camino que tengo andados y que puedo mostrar a los demás. Además, creo que la función principal de un taller no es tanto enseñar a escribir como ofrecer un espacio donde practica, propuestas para ir más allá de lo que se tiene trillado y una mirada nueva sobre los propios textos. Escribir puede convertirse en un acto muy introvertido, y sacar los textos a la luz y a la mirada de gente que también ama la escritura es muy útil.
Además, tendréis la oportunidad de conocer en persona a una bloguera muy interesante (yo) y pedirme autógrafos, citas o lo que sea.
En fin, que os animéis si estáis en Granada, que las sesiones van a ser amenas y las aprovecharemos bien.
domingo, 18 de enero de 2009
jueves, 8 de enero de 2009
Fragmentos Trocitos
Últimamente pienso en volar. Me he comprado un calendario de Chagall y observo a sus figuras planear sobre las ciudades y los ríos. Creo que tantos años de realismo sucio están haciendo su efecto, y hay algo en mí que quiere soñar y ser desesperadamente cursi. Después de leer "El mundo que vendrá", donde se cuenta precisamente la historia del robo de un Chagall, no quiero más que sobrevolar los edificios y escribir sobre colores brillantes y olores a flores y a frutas.
Camino por los bosques de la Alhambra. Alucinante Granada, que tiene cinco minutos de distancia entre su pequeña Gran Vía y un bosque extendido a los pies de un palacio. El suelo está cubierto de hojas amarillas: algunas acaban de caer, otras están empezando a descomponerse, las de más abajo ya no pueden distinguirse unas de otras y forman un suelo húmedo y orgánico. ¿De qué está compuesto el suelo de los bosques? De trozos de hojas, ramitas, insectos muertos, setas derribadas, polvo cósmico y tierra negra.
Me siento en la cama del cuarto de mi primo, en Madrid, con el ordenador sobre las rodillas. Cierro los ojos. Según Jung, si dejamos la mente lo suficientemente tranquila y libre, podemos escuchar cómo nuestro inconsciente nos habla. Pruebo a escribir lo que dice el mío. No lo dicta todo, pero si presto suficiente atención escucho las palabras que resuenan y las uno entre sí con nexos gramaticales y otras palabras de mi cosecha. La mitad lo dicta mi incosciente, la otra mitad la escribo yo. Salen frases incoherentes, pero hermosas: Dicen que me quedo quieta cada vez que me miras, y que a veces, cuando veo pasar las olas al otro lado del muelle, siento que puedo cavar hasta el fondo, y que encontraré kilos de diamantes de tesoros escondidos, de lágrimas tendidas al sol, relucientes bajo su luz, colgadas junto a hermosas ropas blancas.
Hoy nieva en Granada y hablamos de nieve. "Me ha caído en el abrigo un copo gigante", me dice la psicóloga del centro donde estoy haciendo el Practicum. "Era una estrella perfecta, como las de los dibujos, y me he quedado mirando cómo se derretía, parada en mitad de la calle, helándome de frío". "No va a cuajar, porque está el suelo húmedo. Cuajó el año que hacíamos segundo, ¿te acuerdas?", me pregunta una compañera de clase. Sí que recuerdo aquel día. Me desperté, subí la persiana y ahí estaba mi terraza, cubierta de una gruesa capa de nieve blanca: los cojines de las sillas, la mesa, el tendedero. Pasé la mañana corriendo por la ciudad para atrapar la nieve antes de que el sol la derritiera. Subí, también entonces, a los bosques de la Alhambra, y caminé bajo los árboles enormes y escarchados.
El mundo está tan lleno de belleza, y nadie se da cuenta...
Camino por los bosques de la Alhambra. Alucinante Granada, que tiene cinco minutos de distancia entre su pequeña Gran Vía y un bosque extendido a los pies de un palacio. El suelo está cubierto de hojas amarillas: algunas acaban de caer, otras están empezando a descomponerse, las de más abajo ya no pueden distinguirse unas de otras y forman un suelo húmedo y orgánico. ¿De qué está compuesto el suelo de los bosques? De trozos de hojas, ramitas, insectos muertos, setas derribadas, polvo cósmico y tierra negra.
Me siento en la cama del cuarto de mi primo, en Madrid, con el ordenador sobre las rodillas. Cierro los ojos. Según Jung, si dejamos la mente lo suficientemente tranquila y libre, podemos escuchar cómo nuestro inconsciente nos habla. Pruebo a escribir lo que dice el mío. No lo dicta todo, pero si presto suficiente atención escucho las palabras que resuenan y las uno entre sí con nexos gramaticales y otras palabras de mi cosecha. La mitad lo dicta mi incosciente, la otra mitad la escribo yo. Salen frases incoherentes, pero hermosas: Dicen que me quedo quieta cada vez que me miras, y que a veces, cuando veo pasar las olas al otro lado del muelle, siento que puedo cavar hasta el fondo, y que encontraré kilos de diamantes de tesoros escondidos, de lágrimas tendidas al sol, relucientes bajo su luz, colgadas junto a hermosas ropas blancas.
Hoy nieva en Granada y hablamos de nieve. "Me ha caído en el abrigo un copo gigante", me dice la psicóloga del centro donde estoy haciendo el Practicum. "Era una estrella perfecta, como las de los dibujos, y me he quedado mirando cómo se derretía, parada en mitad de la calle, helándome de frío". "No va a cuajar, porque está el suelo húmedo. Cuajó el año que hacíamos segundo, ¿te acuerdas?", me pregunta una compañera de clase. Sí que recuerdo aquel día. Me desperté, subí la persiana y ahí estaba mi terraza, cubierta de una gruesa capa de nieve blanca: los cojines de las sillas, la mesa, el tendedero. Pasé la mañana corriendo por la ciudad para atrapar la nieve antes de que el sol la derritiera. Subí, también entonces, a los bosques de la Alhambra, y caminé bajo los árboles enormes y escarchados.
El mundo está tan lleno de belleza, y nadie se da cuenta...
domingo, 4 de enero de 2009
Vale, ya he empezado y borrado tres entradas. Esto es un desastre. Yo le pongo todo mi esfuerzo, pero no me salen más que estupideces rancias, y me acuerdo de Ana, mi ex-compañera de piso, que me dijo una vez: Mari, pero escribe como si tuvieras veinte años, no cincuenta.
(Esto para que veáis que, contrariamente a lo que pueda parecer, yo mis textos los pienso mucho y no escribo la primera tontería que se me pasa por la cabeza. He dicho)
Mis tres entradas iban básicamente de la terrible experiencia que está siendo para mí esta navidad. A mí la navidad siempre me ha gustado: hay comida rica, hay regalos, hay villancicos. Este año, sin embargo, me siento desubicada en este juego de Sims a tamaño real que es la vida. Me da un poco de miedo, porque ya me pasó a principios de curso y me pasé semanas intentando acostumbrarme a la existencia. Ahora vuelvo a tener esa sensación de irrealidad, de absurdo absoluto, como cuando miras mucho rato a una mosca que intenta salir al exterior dándose cabezazos contra un cristal.
A veces, sin embargo, la vida tiene sus momentos. Venía yo hoy de vuelta de llevar a Metemary al Rincón (un pueblo de por aquí), conduciendo despacio por la autovía. El cielo estaba violeta con grandes nubes oscuras y plateadas, y apenas había otros coches además del mío. Yo escuchaba Extremoduro y miraba de reojo la ciudad iluminada frente al mar, y pensaba "Oye, pues no está tan mal Málaga". Y me acordaba de cuando voy en bicicleta por Granada de noche, cuando las tiendas han cerrado y las calles se quedan vacías y silenciosas. Pedaleo a través del aire frío del Mulhacén y me veo en los escaparates apagados, un poco cómica en lo alto de mi bici plegable, y la libertad parece tan sencilla y hermosa como eso: elegir una dirección e impulsarse con los pies.
La navidad es un poco deprimente, es verdad. Menos mal que ya se está acabando. Y 2008 ha sido un año terrible, y que se haya acabado no sé si es un consuelo, porque como me dijo J. hace un par de días, "el fin del año es sólo un punto aleatorio en el espacio". El tiempo es continuo, y los años que nosotros marcamos en él no son buenos o malos, sino una simple manera de agrupar esa sucesión de momentos en nuestra conciencia. Aun así, yo espero que 2009 sea mejor que 2008. Guardo en el fondo de mi corazón una reserva de alegría para las sorpresas buenas de la vida. Este año me gustaría escribir un libro de relatos, poder comerme las habas que he plantado en la terraza, viajar un poquito y enamorarme de alguien.
A todos los lectores de este blog, feliz año nuevo. Que vuestra sucesión de momentos también esté llena de libros, besos, viajes y habas. Que siempre tengáis a alguien a quien amar, que vuestras cocinas huelan a café y tengáis un brasero en invierno y una playa en verano. Que Extremoduro anime vuestras noches y podáis montar en bicicleta. Porque si tengo algo claro en esta vida es que Extremoduro es un grupo buenísimo y que las bicicletas son la felicidad.
(Esto para que veáis que, contrariamente a lo que pueda parecer, yo mis textos los pienso mucho y no escribo la primera tontería que se me pasa por la cabeza. He dicho)
Mis tres entradas iban básicamente de la terrible experiencia que está siendo para mí esta navidad. A mí la navidad siempre me ha gustado: hay comida rica, hay regalos, hay villancicos. Este año, sin embargo, me siento desubicada en este juego de Sims a tamaño real que es la vida. Me da un poco de miedo, porque ya me pasó a principios de curso y me pasé semanas intentando acostumbrarme a la existencia. Ahora vuelvo a tener esa sensación de irrealidad, de absurdo absoluto, como cuando miras mucho rato a una mosca que intenta salir al exterior dándose cabezazos contra un cristal.
A veces, sin embargo, la vida tiene sus momentos. Venía yo hoy de vuelta de llevar a Metemary al Rincón (un pueblo de por aquí), conduciendo despacio por la autovía. El cielo estaba violeta con grandes nubes oscuras y plateadas, y apenas había otros coches además del mío. Yo escuchaba Extremoduro y miraba de reojo la ciudad iluminada frente al mar, y pensaba "Oye, pues no está tan mal Málaga". Y me acordaba de cuando voy en bicicleta por Granada de noche, cuando las tiendas han cerrado y las calles se quedan vacías y silenciosas. Pedaleo a través del aire frío del Mulhacén y me veo en los escaparates apagados, un poco cómica en lo alto de mi bici plegable, y la libertad parece tan sencilla y hermosa como eso: elegir una dirección e impulsarse con los pies.
La navidad es un poco deprimente, es verdad. Menos mal que ya se está acabando. Y 2008 ha sido un año terrible, y que se haya acabado no sé si es un consuelo, porque como me dijo J. hace un par de días, "el fin del año es sólo un punto aleatorio en el espacio". El tiempo es continuo, y los años que nosotros marcamos en él no son buenos o malos, sino una simple manera de agrupar esa sucesión de momentos en nuestra conciencia. Aun así, yo espero que 2009 sea mejor que 2008. Guardo en el fondo de mi corazón una reserva de alegría para las sorpresas buenas de la vida. Este año me gustaría escribir un libro de relatos, poder comerme las habas que he plantado en la terraza, viajar un poquito y enamorarme de alguien.
A todos los lectores de este blog, feliz año nuevo. Que vuestra sucesión de momentos también esté llena de libros, besos, viajes y habas. Que siempre tengáis a alguien a quien amar, que vuestras cocinas huelan a café y tengáis un brasero en invierno y una playa en verano. Que Extremoduro anime vuestras noches y podáis montar en bicicleta. Porque si tengo algo claro en esta vida es que Extremoduro es un grupo buenísimo y que las bicicletas son la felicidad.
domingo, 28 de diciembre de 2008
Estoy sentada en el salón de mi casa de Málaga. La chimenea ha ardido todo el día y creo que es la primera vez en estas vacaciones de navidad que, definitivamente, no tengo frío. Ha sido un buen día. Elsa y Arantxa han venido esta mañana y hemos dibujado mandalas. Por la tarde ha venido MQEN y hemos meditado juntos. Podía observar los pensamientos cruzando fugaces por mi cerebro: apenas ráfagas de luz en la noche oscura de la consciencia. Sólo me desconcentraba cuando pensaba en J., mi J.
Después de que MQEN se fuera he estado un rato tocando el piano. Había quedado a las once en el centro, pero ya sabía que no iría, así que he esbozado unas cuantas piezas con la sordina puesta. Mis dedos están débiles y torpes por la falta de práctica. A veces saben más que mi mente, a veces menos. Y yo pienso que la estructura de las piezas está completa en mi cabeza, sin fallos y, sin embargo, por alguna teoría aleatoria del caos, un chispazo equivocado de mis neuronas, fallo: piso entre teclas, no mantengo el ritmo, desplazo los acordes.
Después de tocar mando un mensaje a Arantxa y le digo que no voy a ir al centro. Estoy cansada, la chimenea me atrapa con el arder tranquilo de sus troncos. Luego me pongo a leer La hija de la amante, de A.M. Homes. En el libro, Homes habla de su adopción y de cómo conoció a sus padres biológicos cuando tenía treinta años. Sus padres biológicos resultan ser personajes ridículos, sórdidos, así que ella lleva setenta páginas hablando de su tristeza, de cómo se siente rota cuando su padre le oculta frente a su otra familia, cuando le regala joyas ridículas por su cumpleaños. De cómo le hace fotos a los armarios de su madre cuando va a limpiar su casa tras su muerte.
Yo estoy tranquila hoy, después de tantas horas junto a la chimenea, dibujando, meditando, leyendo. Sola y en compañía de personas a las que amo. Siento compasión por A.M. Homes, por cómo hay también sufrimiento cuando hay éxito, por cómo ni siquiera escribir puede salvarnos. Me digo que a un nivel elemental, todos estamos rotos; hasta los hijos de las familias felices. Recuerdo a Mariana hablándome de cómo nunca podría aspirar al nivel de amor y felicidad que tenían sus padres, y del miedo que le daba eso. Y, en cualquier caso, hay pocas familias felices.
Releo este texto y me doy cuenta de que sólo he comenzado a situarme, de que si fuera una escritora honrada y no pensara publicar esto en el blog continuaría en alguna dirección durante un par de páginas más. Pero estoy cansada. He meditado dos horas hoy. La apertura, la capacidad de sentirlo todo, también tienen un límite. Ahora prefiero irme a dormir y encontrarme con el territorio neutral de la inconsciencia. Voy a publicar esto, aun así, aunque sólo sea porque lo he escrito a ordenador y hay que aprovechar para que no se me marchen los lectores.
Entonces, buenas noches.
Después de que MQEN se fuera he estado un rato tocando el piano. Había quedado a las once en el centro, pero ya sabía que no iría, así que he esbozado unas cuantas piezas con la sordina puesta. Mis dedos están débiles y torpes por la falta de práctica. A veces saben más que mi mente, a veces menos. Y yo pienso que la estructura de las piezas está completa en mi cabeza, sin fallos y, sin embargo, por alguna teoría aleatoria del caos, un chispazo equivocado de mis neuronas, fallo: piso entre teclas, no mantengo el ritmo, desplazo los acordes.
Después de tocar mando un mensaje a Arantxa y le digo que no voy a ir al centro. Estoy cansada, la chimenea me atrapa con el arder tranquilo de sus troncos. Luego me pongo a leer La hija de la amante, de A.M. Homes. En el libro, Homes habla de su adopción y de cómo conoció a sus padres biológicos cuando tenía treinta años. Sus padres biológicos resultan ser personajes ridículos, sórdidos, así que ella lleva setenta páginas hablando de su tristeza, de cómo se siente rota cuando su padre le oculta frente a su otra familia, cuando le regala joyas ridículas por su cumpleaños. De cómo le hace fotos a los armarios de su madre cuando va a limpiar su casa tras su muerte.
Yo estoy tranquila hoy, después de tantas horas junto a la chimenea, dibujando, meditando, leyendo. Sola y en compañía de personas a las que amo. Siento compasión por A.M. Homes, por cómo hay también sufrimiento cuando hay éxito, por cómo ni siquiera escribir puede salvarnos. Me digo que a un nivel elemental, todos estamos rotos; hasta los hijos de las familias felices. Recuerdo a Mariana hablándome de cómo nunca podría aspirar al nivel de amor y felicidad que tenían sus padres, y del miedo que le daba eso. Y, en cualquier caso, hay pocas familias felices.
Releo este texto y me doy cuenta de que sólo he comenzado a situarme, de que si fuera una escritora honrada y no pensara publicar esto en el blog continuaría en alguna dirección durante un par de páginas más. Pero estoy cansada. He meditado dos horas hoy. La apertura, la capacidad de sentirlo todo, también tienen un límite. Ahora prefiero irme a dormir y encontrarme con el territorio neutral de la inconsciencia. Voy a publicar esto, aun así, aunque sólo sea porque lo he escrito a ordenador y hay que aprovechar para que no se me marchen los lectores.
Entonces, buenas noches.
viernes, 26 de diciembre de 2008
La verdad sobre perros y gatos
Tengo un perro. No por elección propia, claro está. Lo ha traído mi hermano a casa utilizando una política de hechos consumados bastante discutible. Así que realmente no es mi perro, pero paso bastante tiempo con él. Cambiemos entonces la frase inicial:
Vivo con un perro. Ésta es casi más políticamente correcta.
Esto no es lo peor. Lo peor es que mi hermano le ha llamado Hooker, que no sólo es un nombre extraño y con poca personalidad, sino que en argot significa "Puta". Y yo soy muy lacaniana, así que eso de que nuestro perro se llame como una prostituta no hace sino acrecentar mi de por sí disposición regulera hacia él. Creo que me gustaría más si se llamara algo chulo, como Kubrick o Lunes. Lo bueno que tiene es que es muy, muy mono, con unos ojitos castaños muy graciosos y el pelito suave y negro. Si fuera un perro callejero de esos raros, cabezón e hirtuso, como diría mi colega el Adri, otro gallo le cantaría.
A ver, a mí no es que no es que no me gusten los perros. Son monos y merecen amor porque son criaturas vivas, etc etc. Pero no les capto muy bien. Tuve a mi querida y perdida gatita Clementina y no sé, la entendía. Ella hacía su vida, con sus intereses (dormir, el jamón york y los mimitos, por ese orden), y cuando le apetecía me buscaba, y cuando no pues pasaba de mí. O venía un rato, nos dábamos cariñitos y luego se iba. Hooker, sin embargo, sólo tiene intereses destructivos. Llevamos juntos en casa una semana y lo único que le digo al perro es "¡No, Hooker, no!". No chupes los platos de comida, no saques la tierra de las macetas, no muerdas mi zapatilla, no me acoses, no me mordisquees de bromita que duele, sal del salón, no te comas el turrón de la bandeja, no destroces las bolas del árbol de Navidad... Etc, etc.
Sus intereses no destructivos se reducen a dar vueltas en torno a los humanos moviendo el rabito. Y eso ya sí que me desconcierta. ¿Qué se hace con un perro? Yo intento gatunizarlo subiéndomelo al regazo y acariciándole bajo la barbilla, pero no le hace mucha gracia. Además, es un perro de aguas que tiene pinta de volverse gigante, así que en un par de meses esta opción tampoco me servirá. Normalmente le acaricio un poco y luego me agobio porque da vueltas a mi alrededor como un satélite enloquecido y necesitado de atención. No hace mucho más: huele cosas invisibles en el suelo, lloriquea, ladra y se caga en las alfombras.
No sé, no lo veo claro. En mi opinión, lo de ser de perros o de gatos es un poco como lo de ser de fanta de naranja o de limón: va con el carácter de cada uno y no cambia tan fácilmente. Si tuviera que teorizar sobre el asunto, diría que los amantes de los gatos somos más capaces de aceptar una relación independiente y libre, en la que cada uno se acerca al otro cuando le apetece y es libre de irse si les da la gana, mientras que los amantes de los perros son un poco patológicos y necesitan tener asegurada la atención y la fidelidad de su animal de por vida. Pero vamos, que eso son ganas de clasificar y juzgar, y a mí eso me hace retroceder un par de peldaños en la escala evolutiva de la reencarnación, así que no me hagáis caso.
En fin. Feliz Navidad, o lo que queda de ella.
Vivo con un perro. Ésta es casi más políticamente correcta.
Esto no es lo peor. Lo peor es que mi hermano le ha llamado Hooker, que no sólo es un nombre extraño y con poca personalidad, sino que en argot significa "Puta". Y yo soy muy lacaniana, así que eso de que nuestro perro se llame como una prostituta no hace sino acrecentar mi de por sí disposición regulera hacia él. Creo que me gustaría más si se llamara algo chulo, como Kubrick o Lunes. Lo bueno que tiene es que es muy, muy mono, con unos ojitos castaños muy graciosos y el pelito suave y negro. Si fuera un perro callejero de esos raros, cabezón e hirtuso, como diría mi colega el Adri, otro gallo le cantaría.
A ver, a mí no es que no es que no me gusten los perros. Son monos y merecen amor porque son criaturas vivas, etc etc. Pero no les capto muy bien. Tuve a mi querida y perdida gatita Clementina y no sé, la entendía. Ella hacía su vida, con sus intereses (dormir, el jamón york y los mimitos, por ese orden), y cuando le apetecía me buscaba, y cuando no pues pasaba de mí. O venía un rato, nos dábamos cariñitos y luego se iba. Hooker, sin embargo, sólo tiene intereses destructivos. Llevamos juntos en casa una semana y lo único que le digo al perro es "¡No, Hooker, no!". No chupes los platos de comida, no saques la tierra de las macetas, no muerdas mi zapatilla, no me acoses, no me mordisquees de bromita que duele, sal del salón, no te comas el turrón de la bandeja, no destroces las bolas del árbol de Navidad... Etc, etc.
Sus intereses no destructivos se reducen a dar vueltas en torno a los humanos moviendo el rabito. Y eso ya sí que me desconcierta. ¿Qué se hace con un perro? Yo intento gatunizarlo subiéndomelo al regazo y acariciándole bajo la barbilla, pero no le hace mucha gracia. Además, es un perro de aguas que tiene pinta de volverse gigante, así que en un par de meses esta opción tampoco me servirá. Normalmente le acaricio un poco y luego me agobio porque da vueltas a mi alrededor como un satélite enloquecido y necesitado de atención. No hace mucho más: huele cosas invisibles en el suelo, lloriquea, ladra y se caga en las alfombras.
No sé, no lo veo claro. En mi opinión, lo de ser de perros o de gatos es un poco como lo de ser de fanta de naranja o de limón: va con el carácter de cada uno y no cambia tan fácilmente. Si tuviera que teorizar sobre el asunto, diría que los amantes de los gatos somos más capaces de aceptar una relación independiente y libre, en la que cada uno se acerca al otro cuando le apetece y es libre de irse si les da la gana, mientras que los amantes de los perros son un poco patológicos y necesitan tener asegurada la atención y la fidelidad de su animal de por vida. Pero vamos, que eso son ganas de clasificar y juzgar, y a mí eso me hace retroceder un par de peldaños en la escala evolutiva de la reencarnación, así que no me hagáis caso.
En fin. Feliz Navidad, o lo que queda de ella.
miércoles, 17 de diciembre de 2008
Sé que no estoy escribiendo mucho aquí. Sin embargo, soy muy muy traidora y escribo bastante en privado. En secreto. Todo empezó hace unas cuantas semanas, cuando un traidor virus estomacal me postró en la cama durante un par de días. Entre pota y pota empecé a releer los libros de Natalie Goldberg. Lo de esta mujer es muy curioso. Cree en la salvación espiritual a través de la escritura. Es meditadora zen con experiencia y relaciona su escritura con las sentadas de meditación. Yo no sé mucho de zen (de hecho no sé nada), pero estuve releyendo los libros a la nueva luz de mi (ejem) camino espiritual (doble ejem). Es curioso cómo cambian los significados de una lectura cuando empiezan a saltar a tus ojos matices diferentes, relacionados con lo que estás viviendo con tu vida en ese momento. La vida debería ser lo suficientemente larga como para releerlo todo.
Y lo que pasó fue que me entraron ganas de escribir más. Y que me di cuenta de que publicar en este blog me estaba deformando.
Me explico: escribir para un blog es hacerlo de una forma determinada, sobre una determinada temática y con una detemrinada extensión. Yo en ese sentido siempre he sido bastante anárquica, y he escrito desde minicuentos hasta historias gigantescas o post cuentavidas aburridísimos. Sin embargo, sí es cierto que escribir para otros todo el rato te condiciona. Necesitaba (necesito) un espacio de práctica, un gimnasio donde haer calentamiento para poder salir después aquí (o donde sea) a hacer una exhibición.
Además, me di cuenta de que todo, o casi todo, lo que alguna vez he escrito sobre J. he acabado por publicarlo aquí. No me pareció justo. Necesito despedirme de él y que no lo vea nadie. Necesito escribirle, porque vivir sin él es lo más difícil que tengo que aprender a hacer en este momento de mi vida, y no puedo hacerlo siempre de cara a la galería. Lo que no es culpa del blog, sino mía, obviamente. Así que últimamente me siento en el escritorio a escribirle despacio a J. (a mano, en la libreta verde que llevaba a los primeros talleres que compartimos) y me hace mucho bien. Y no creo que nunca se lo enseñe a nadie. Mucho menos a él.
Por otra parte, hay cosas que podría publicar aquí. Fragmentos de escritura en la libreta que no me disgustan. Pero, para terminarlo de arreglar, tengo el ordenador roto, y ahora mismo estoy escribiendo en la biblioteca del colegio, disimulando como si estuviera mandando un mail y mirando a un lado y a otro para que nadie lea lo que hay mi pantalla.
Esto no quiere decir que vaya a dejar el blog. Sólo quería dar señales de vida. Normalmente, cuando digo que voy a dejar el blog se me empiezan a ocurrir maravillosos posts y empiezo a aturrullar al personal (Murphy), así que prefiero dejar que las cosas se vayan asentando en mi vida literaria por su propio peso. De momento, me interesa más seguir escribiendo para mí. Creo que le daré aire a mi escritura, que se acabará beneficiando mucho. Si encuentro ordenadores libres y un poco de tiempo, quizá actualice de poco en poco. De lo contrario, no me echéis de menos :P
Os quiero siempre.
Y lo que pasó fue que me entraron ganas de escribir más. Y que me di cuenta de que publicar en este blog me estaba deformando.
Me explico: escribir para un blog es hacerlo de una forma determinada, sobre una determinada temática y con una detemrinada extensión. Yo en ese sentido siempre he sido bastante anárquica, y he escrito desde minicuentos hasta historias gigantescas o post cuentavidas aburridísimos. Sin embargo, sí es cierto que escribir para otros todo el rato te condiciona. Necesitaba (necesito) un espacio de práctica, un gimnasio donde haer calentamiento para poder salir después aquí (o donde sea) a hacer una exhibición.
Además, me di cuenta de que todo, o casi todo, lo que alguna vez he escrito sobre J. he acabado por publicarlo aquí. No me pareció justo. Necesito despedirme de él y que no lo vea nadie. Necesito escribirle, porque vivir sin él es lo más difícil que tengo que aprender a hacer en este momento de mi vida, y no puedo hacerlo siempre de cara a la galería. Lo que no es culpa del blog, sino mía, obviamente. Así que últimamente me siento en el escritorio a escribirle despacio a J. (a mano, en la libreta verde que llevaba a los primeros talleres que compartimos) y me hace mucho bien. Y no creo que nunca se lo enseñe a nadie. Mucho menos a él.
Por otra parte, hay cosas que podría publicar aquí. Fragmentos de escritura en la libreta que no me disgustan. Pero, para terminarlo de arreglar, tengo el ordenador roto, y ahora mismo estoy escribiendo en la biblioteca del colegio, disimulando como si estuviera mandando un mail y mirando a un lado y a otro para que nadie lea lo que hay mi pantalla.
Esto no quiere decir que vaya a dejar el blog. Sólo quería dar señales de vida. Normalmente, cuando digo que voy a dejar el blog se me empiezan a ocurrir maravillosos posts y empiezo a aturrullar al personal (Murphy), así que prefiero dejar que las cosas se vayan asentando en mi vida literaria por su propio peso. De momento, me interesa más seguir escribiendo para mí. Creo que le daré aire a mi escritura, que se acabará beneficiando mucho. Si encuentro ordenadores libres y un poco de tiempo, quizá actualice de poco en poco. De lo contrario, no me echéis de menos :P
Os quiero siempre.
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viernes, 28 de noviembre de 2008
El Contrapost (II): las sensaciones
Ahora vamos con otro concepto interesante: la evitación de las sensaciones negativas y la búsqueda de las sensaciones positivas. Esta dinámica, que puede parecer muy lógica y muy normal en el contexto cultural en el que nos movemos, es la causante de gran parte de nuestros males y nuestras patologías.
Creencias del mundo que nos rodea:
- Podemos elegir, comprar y comer la comida que nos gusta.
- Podemos elegir, comprar y utilizar la ropa que nos gusta.
- Podemos elegir y disponer de los pensamientos que nos gustan.
- Podemos elegir y experimentar las sensaciones que nos gustan.
La primera y la segunda afirmación son ciertas en su mayor parte, al menos para las personas con un poder adquisitivo medio (otra cosa es la satisfacción duradera que nos vaya a proporcionar esa comida o esa ropa, que al fin y al cabo vuelven a ser sensaciones agradables y efímeras. Pero no es ésa la cuestión).
La tercera y la cuarta, sin embargo, son parcialmente falsas. Podemos tener y experimentar tanto pensamientos como sensaciones agradables. Sin embargo, a menudo vamos a experimentar pensamientos y sensaciones que no son nada agradables. A menudo vamos a desear pensamientos y sensaciones agradables y no vamos a ser capaces de generarlos. De los pensamientos ya hablamos (más o menos) en el post anterior. Centrémonos ahora en las sensaciones (entre otras cosas, porque al fin y al cabo un pensamiento es agradable cuando nos proporciona sensaciones agradables).
Es decir, que actualmente creemos que si tenemos un trabajo gratificante, comemos sano, practicamos técnicas de relajación, viajamos a lugares hermosos, cuidamos nuestras relaciones, pensamos en positivo y dormimos bien, sólo experimentaremos sensaciones placenteras desde que nos levantemos hasta que nos acostemos. Este enfoque, además de irreal, es muy dañino. Convierte nuestra vida en una búsqueda de sensaciones agradables y una evitación de sensaciones desagradables que nos vuelve egoístas e impulsivos.
Pensadlo. Beber, fumar, drogarse y todas las adicciones: evitar sensaciones desagradables, conseguir sensaciones agradables. Enamorarse: conseguir sensaciones agradables. Los partidos de fútbol, los debates de televisión, las teleseries: conseguir sensaciones agradables. Los antidepresivos, los masajes, las técnicas de relajación, la terapia: evitar sensaciones desagradables y conseguir sensaciones agradables.
El gran problema es que hemos llegado a un punto en el que sólo "lo hago si me hace sentir bien". El coste de negarse a sentir el dolor puede ser enorme. Desde no ser capaces de emprender un proyecto importante para nuestro futuro porque va a requerirnos mucho esfuerzo, hasta evitar temas de conversación importantes porque nos hacen sentir violentos o nerviosos, o abandonar a nuestra pareja porque "ya no es como al principio". Aquí no pretendo reinstaurar una moral del sacrificio o de la resignación. Está bien querer sentirse bien. Es querer evitar el malestar a toda costa lo que acaba convirtiéndose en patológico. No sólo porque nos encierra en nosotros mismos y nos hace incapaces de hacer nada por los demás, sino porque nos llena de miedo hacia sentir y pensar "incorrectamente", estar enfermos o ser infelices.
Por cierto, hace un tiempo mi amigo Jose Luis me dijo que el peor insulto que podían lanzarle era "infeliz". En aquel momento, estuve bastante de acuerdo. Durante casi toda mi vida he pensado que ser feliz, entendido como sentirse bien la mayor parte del tiempo, no sólo era deseable, sino casi un imperativo moral para nosotros, los opulentos y afortunados habitantes del primer mundo. Ahora creo que la capacidad de aceptar el sufrimiento es mucho más importante que el bienestar. Paradójicamente, el empeño por estar bien y a gusto todo el rato nos vuelve egoístas. Es difícil mirar alrededor y ayudar a los demás si no se está dispuesto a tolerar cierta incomodidad.
Hoy en día estamos viviendo un impresionante auge de la autoayuda y la búsqueda de la realización personal. Esto debería ser bueno; sin embargo, paradójicamente, la mayoría de las personas que acuden a este tipo de recursos tienen como objetivo básico autoayudarSE y realizarSE. Hay pocos que vayan a relajarse o a meditar porque quieren ser capaces de ayudar a los demás o porque no quieren hacer más daño a su alrededor con su sufrimiento. Es más: curiosamente, ahora están popularizándose mucho las corrientes autoayudísticas del pensamiento positivo y la felicidad programada (tipo "El Secreto" y pelis similares), que básicamente proclaman que si uno piensa con la suficiente energía en aquello que desea, acabará materializándose. Estas ideas tienen el gran atractivo de prometer el paraíso en la tierra, y el gran peligro de terminar ignorando todo lo negativo y doloroso (incluidos mendigos, ancianos e incluso niños llorones) porque perjudica nuestras vibraciones y nos hace atraer acontecimientos "malos".
Por otro lado, gracias a Quiensea, la meditación Vipassana se está extendiendo como la pólvora, y ciertas terapias de tercera generación como la ACT (Acceptance and Commitment Therapy, o Terapia de Aceptación y Compromiso), también están empezando a pegar fuerte. En la Vipassana uno medita por sí mismo y por los demás, siendo consciente de que es "bueno para uno, bueno para todos". La ACT tiene una importante carga de orientación a valores que va más allá del conseguir sentirse bien y pretende acercar al individuo a donde realmente quiere estar, sin rechazar pensamientos o emociones del amplio espectro del sentimiento humano.
Así que estamos en un momento interesante: o hacemos todos caso a los gurús del buen rollito y seguimos mirándonos el ombligo por siempre jamás o meditamos todos y generamos la compasión suficiente como para salvar este mundo dolorido. A ver qué pasa :)
Si os interesa el tema, más información sobre meditación Vipassana aquí y sobre terapia ACT aquí.
Creencias del mundo que nos rodea:
- Podemos elegir, comprar y comer la comida que nos gusta.
- Podemos elegir, comprar y utilizar la ropa que nos gusta.
- Podemos elegir y disponer de los pensamientos que nos gustan.
- Podemos elegir y experimentar las sensaciones que nos gustan.
La primera y la segunda afirmación son ciertas en su mayor parte, al menos para las personas con un poder adquisitivo medio (otra cosa es la satisfacción duradera que nos vaya a proporcionar esa comida o esa ropa, que al fin y al cabo vuelven a ser sensaciones agradables y efímeras. Pero no es ésa la cuestión).
La tercera y la cuarta, sin embargo, son parcialmente falsas. Podemos tener y experimentar tanto pensamientos como sensaciones agradables. Sin embargo, a menudo vamos a experimentar pensamientos y sensaciones que no son nada agradables. A menudo vamos a desear pensamientos y sensaciones agradables y no vamos a ser capaces de generarlos. De los pensamientos ya hablamos (más o menos) en el post anterior. Centrémonos ahora en las sensaciones (entre otras cosas, porque al fin y al cabo un pensamiento es agradable cuando nos proporciona sensaciones agradables).
Es decir, que actualmente creemos que si tenemos un trabajo gratificante, comemos sano, practicamos técnicas de relajación, viajamos a lugares hermosos, cuidamos nuestras relaciones, pensamos en positivo y dormimos bien, sólo experimentaremos sensaciones placenteras desde que nos levantemos hasta que nos acostemos. Este enfoque, además de irreal, es muy dañino. Convierte nuestra vida en una búsqueda de sensaciones agradables y una evitación de sensaciones desagradables que nos vuelve egoístas e impulsivos.
Pensadlo. Beber, fumar, drogarse y todas las adicciones: evitar sensaciones desagradables, conseguir sensaciones agradables. Enamorarse: conseguir sensaciones agradables. Los partidos de fútbol, los debates de televisión, las teleseries: conseguir sensaciones agradables. Los antidepresivos, los masajes, las técnicas de relajación, la terapia: evitar sensaciones desagradables y conseguir sensaciones agradables.
El gran problema es que hemos llegado a un punto en el que sólo "lo hago si me hace sentir bien". El coste de negarse a sentir el dolor puede ser enorme. Desde no ser capaces de emprender un proyecto importante para nuestro futuro porque va a requerirnos mucho esfuerzo, hasta evitar temas de conversación importantes porque nos hacen sentir violentos o nerviosos, o abandonar a nuestra pareja porque "ya no es como al principio". Aquí no pretendo reinstaurar una moral del sacrificio o de la resignación. Está bien querer sentirse bien. Es querer evitar el malestar a toda costa lo que acaba convirtiéndose en patológico. No sólo porque nos encierra en nosotros mismos y nos hace incapaces de hacer nada por los demás, sino porque nos llena de miedo hacia sentir y pensar "incorrectamente", estar enfermos o ser infelices.
Por cierto, hace un tiempo mi amigo Jose Luis me dijo que el peor insulto que podían lanzarle era "infeliz". En aquel momento, estuve bastante de acuerdo. Durante casi toda mi vida he pensado que ser feliz, entendido como sentirse bien la mayor parte del tiempo, no sólo era deseable, sino casi un imperativo moral para nosotros, los opulentos y afortunados habitantes del primer mundo. Ahora creo que la capacidad de aceptar el sufrimiento es mucho más importante que el bienestar. Paradójicamente, el empeño por estar bien y a gusto todo el rato nos vuelve egoístas. Es difícil mirar alrededor y ayudar a los demás si no se está dispuesto a tolerar cierta incomodidad.
Hoy en día estamos viviendo un impresionante auge de la autoayuda y la búsqueda de la realización personal. Esto debería ser bueno; sin embargo, paradójicamente, la mayoría de las personas que acuden a este tipo de recursos tienen como objetivo básico autoayudarSE y realizarSE. Hay pocos que vayan a relajarse o a meditar porque quieren ser capaces de ayudar a los demás o porque no quieren hacer más daño a su alrededor con su sufrimiento. Es más: curiosamente, ahora están popularizándose mucho las corrientes autoayudísticas del pensamiento positivo y la felicidad programada (tipo "El Secreto" y pelis similares), que básicamente proclaman que si uno piensa con la suficiente energía en aquello que desea, acabará materializándose. Estas ideas tienen el gran atractivo de prometer el paraíso en la tierra, y el gran peligro de terminar ignorando todo lo negativo y doloroso (incluidos mendigos, ancianos e incluso niños llorones) porque perjudica nuestras vibraciones y nos hace atraer acontecimientos "malos".
Por otro lado, gracias a Quiensea, la meditación Vipassana se está extendiendo como la pólvora, y ciertas terapias de tercera generación como la ACT (Acceptance and Commitment Therapy, o Terapia de Aceptación y Compromiso), también están empezando a pegar fuerte. En la Vipassana uno medita por sí mismo y por los demás, siendo consciente de que es "bueno para uno, bueno para todos". La ACT tiene una importante carga de orientación a valores que va más allá del conseguir sentirse bien y pretende acercar al individuo a donde realmente quiere estar, sin rechazar pensamientos o emociones del amplio espectro del sentimiento humano.
Así que estamos en un momento interesante: o hacemos todos caso a los gurús del buen rollito y seguimos mirándonos el ombligo por siempre jamás o meditamos todos y generamos la compasión suficiente como para salvar este mundo dolorido. A ver qué pasa :)
Si os interesa el tema, más información sobre meditación Vipassana aquí y sobre terapia ACT aquí.
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Meditación,
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