massobreloslunes

lunes, 10 de enero de 2011

Reflejo

Estamos en Granada, es invierno y es de noche, y yo voy caminando por el Realejo hacia casa de MQEN. Vamos a meditar y quizá a cenar o a ver una peli. Llevo un gorro feo que me he comprado en los chinos porque hace un frío inmenso, y voy apretujada dentro de un abrigo de mangas demasiado largas.

Entro en Pavaneras y me conquista como siempre la vivacidad de la calle, los bares y tiendas y portales y personas que vibran en la temprana noche de invierno. Antes de girar hacia la iglesia de Santo Domingo hago una parada en la pastelería pija. Cuando voy a meditar a casa de MQEN me gusta llevar un par de muffins de chocolate para comerlas antes de sentarnos. Él hace Chai de especias con leche y un montón de azúcar y nos comemos las magdalenas en su salón oscuro, mientras Jesús trastea con el ordenador o Adri toca el piano con los auriculares puestos.

Cuando entro en la pastelería, el pastelero me sonríe y me saluda. Yo aún no lo sé, pero ese pastelero me va a tirar los trastos sin piedad hasta que un día me invite a entrar con él a la trastienda y yo, espeluznada, no vuelva nunca más a comprarle magdalenas. Pero hoy aún me parece entre simpático y halagador, así que le devuelvo el saludo y la sonrisa.
- Hace frío, ¿no? - me pregunta.
- Sí, bastante.
- Se nota... tienes la nariz colorada.

Y no sé por qué, pero esa constatación me conmueve. No en el sentido presumido de la palabra. No se trata de que se haya fijado en mi cara porque le parezco guapa, a pesar de mi gorro feo y de que el abrigo amenace con engullirme. Se trata de que hasta este momento yo era invisible, una clienta y punto, y de repente él me dice estas palabras, utiliza esa segunda persona del singular tan curiosa, y yo me hago visible, aparezco.

He escrito esta escena y no sé por qué. La recuerdo a veces, así que supongo que la escribo aquí para ver si consigo averiguar qué significa para mí. Pero llevo un rato intentando completar el texto, cerrarlo o llámalo X, y no me sale.

Quiero hablar de lo difícil que es que la gente te vea. Quiero hablar de que a veces paso todo el día en el trabajo y no escucho ni una sola frase que me demuestre que existo. Quiero hablar de que el amor es un preguntar constante y el sufrimiento una ausencia de preguntas, una declamación sin fin, un yo gigantesco.

Quiero hablar de que me sigue pasando lo del pastelero, me conmueven las frases en segunda persona de singular, los "qué haces", "qué vas a cenar", "estás muy guapa". Me veo reflejada por unos segundos, tomo constancia de que existo y me siento tan agradecida que quiero llorar.

Y como es tarde y me quiero ir a la cama, y quién sabe si ésta es la mejor forma de cerrar el post o quizá cualquier otra, lo voy a dejar así.

jueves, 6 de enero de 2011

¿No es bonito pensar hoy...


... en todos los niños en sus camitas, cerrando fuerte los ojos para dormirse antes, con la ilusión de que vengan Los Reyes?

Por mi parte, esta tarde he ido al Carrefour y he comprado:
- Un roscón tamaño mínimo (¿un rosquín? xD).
- Un brik de chocolate a la taza.
- Un brillo de labios.
- Un exfoliante de vainilla y macadamia.
- Un pelapatatas.

He llegado a mi casa, me he tomado medio roscón y una taza de chocolate, he envuelto las demás cosas en papel de regalo y las he colocado en el sofá. Luego lo he espolvoreado todo con caramelos sin azúcar de regaliz y fresa.

Y que no se diga que la ilusión se pierde con la edad.

miércoles, 5 de enero de 2011

El mal capilar II: El Flequillo Venganza

Hoy he ido a la peluquería. Yupi por mí, que trabajo y me puedo permitir ir a la peluquería pija cada dos meses, en lugar de esperar a ahorrar lo suficiente mientras me convierto en un champiñón gigante. He vuelto a Llongueras y no sé por qué, después del episodio del mal capilar. Supongo que por perezón de buscar otra peluquería en Cádiz y por si me tocaba alguna peluquera que no fuera la Nazi Flequillil (En adelante, NF).

Obviamente, había tres peluqueras y me ha tocado la NF. La parte buena es que hoy estaba muy llena la peluquería y no me ha parecido que fuera una tapadera de un negocio de venta de drogas, como la vez anterior.

Yo hoy no estaba por hacerme mala sangre. La NF me ha dado el catálogo de peinados Llongueras, que me sé ya entero y que no sé para qué miro, si en general parece que a todas les hayan cortado el pelo de rapideo para mandarlas a la guillotina. En fin. Le he explicado a la NF más o menos lo mismo que la vez anterior, pero introduciendo una peligrosa innovación. Chachán.

- Nazi Flequillil, te explico: llevo como cinco años con el flequillo más o menos igual y querría innovar. Quiero probar con un flequillo inclinado. Tú sabes: la raya un poco al lado y una línea que descienda suavemente a lo largo de mi frente divina.

La idea que yo tenía en mi mente era más o menos así:


La próxima vez le llevo la foto.


- Claro, claro – ha contestado la NF en un tono sospechosamente sumiso.

Ha empezado a texturizarme la cabeza como una chalada, lo cual está guay, porque la última vez no me texturizó y tuve que texturizarme yo en casa con unas tijeras de cocina, que tiene huevos si has pagado treinta y cinco pavos para que te corten el pelo. Yo levantaba de vez en cuando la vista del Hola y me iba gustando el resultado.

[Inciso: yo no sé por qué la gente dice que ir a la peluquería le sube la moral. Personalmente, cada vez que paso más de cinco minutos leyendo una revista del corazón acabo deprimidísima porque Halle Berry me saca veinte años y está bastante más buena que yo, porque nunca tendré la cara de Natalie Portman y porque Carlota Casiraghi está de vacaciones en el Caribe mientras yo me caliento los pies con una bolsa de cereales. Fin del inciso.]

Y hemos llegado a la parte delicada. El flequillo. Me lo ha recortado levemente de forma inclinada y luego ha empezado a secarme.

- ¿Podrías dejarme el flequillo más corto?

- Sí, sí, lo miramos en seco.

Me tendría que haber callado, porque la asertividad en la peluquería, como ya expliqué, tiene una reserva limitada, y para qué desperdiciarla cuando el flequillo me lo pensaba mirar en seco. Me ha empezado a secar tirándome del pelo como si me odiara, pero el resultado molaba bastante y me he dejado hacer.

Entonces hemos llegado al flequillo. Me lo ha recortado un poco y me ha preguntado qué tal, en un derroche de humildad anormal en su especie.

- ¿Me lo podrías dejar más corto? - Ahora sí, asertividad: haz tu aparición.

Y aquí la cagamos. Porque en ese momento entra en acción el Flequillo Venganza (en adelante, FV). El FV se define como aquel flequillo que te dejan las peluqueras cuando el primero que te hicieron no te ha gustado. Es un rollo “con que no te gusta, ¿eh? Pues ahora te vas a cagar”.

Cuando me ha enseñado el resultado, me he dado cuenta de que tenía dos opciones.

1) Decirle que no me gustaba y arriesgarme a un flequillo aún más vengador. Un nivel de venganza muy superior, un Kill Bill de los flequillos. He temblado sólo de pensarlo.

2) Callarme como una perra e intentar arreglarlo en casa.

Obvio que he escogido la opción 2. Las otras peluqueras revoloteaban a mi alrededor diciéndome que había quedado divina de la muerte, y de hecho el resto del corte está bastante chulo. Supertexturizado. Sin embargo, el Flequillo Venganza... bueno, es muy vengador.

Así de vengador:



Por el amor de Dios, ¿qué coño es esto? ¿Por qué no hay dos pelos de la misma longitud? ¿Por qué es como si una rata furiosa me hubiera estado dando mordiscos en el flequillo?

Lo peor es que volveré.

Aunque sólo sea por tener temas para el blog.

martes, 4 de enero de 2011

Vicente, Psicólogo Interno Residente en... ANSIEDAD


NOTA 1: El programa no me dejaba poner las tildes, pero sabéis que yo sé ponerlas. Espero.
NOTA 2: A veces los pacientes llaman "doctor/a" a los psicólogos. Es un localismo pintoresco y no tiene nada que ver con la envidia de pene que los psicólogos sentimos hacia los médicos.

lunes, 3 de enero de 2011

Para Steve Jobs



Me quiero comprar una carcasa para mi Macbook. Fue idea de Luna, mi R externa que, además de fabulosa, es cuidadosa y dulce, y no le gusta que los objetos se estropeen. La carcasa es de color, así que protege y a la vez adorna, y deja pasar la luz evitando que el portátil se dañe.

Me pregunto si no podrían inventar algo parecido para el corazón. Algo que permita usarlo con confianza, sin miedo a que se raye, sin impedir que la luz lo atraviese.

Después pienso que quizá tendrían que empezar por inventar un iHeart. Un corazón blanco y bonito, eficiente y de diseño, con un montón de aplicaciones útiles y compatible con todo tipo de programas.

Que le durara mucho la batería e inmune a los virus.

Que no se quedara nunca colgado.

sábado, 1 de enero de 2011

Día D


Me despierto el día de año nuevo con restos de pintalabios rojo, la cabeza embotada y los pies fríos. En mi casa estamos solos mi perro y yo, y él lleva un rato a los pies de la cama, esperando a que me despierte para abrirle la puerta de la calle.

Me levanto de la cama porque me meo, mientras me pregunto cómo es posible tener resaca sin haber bebido una gota. Desayuno un poco de pan con queso y un vaso de vitamina C efervescente y me echo un neobrufén al coleto. Luego abro el grifo de la bañera. Feliz baño nuevo, pienso para mí, y me río sola, encantada de haberme conocido.

Mientras se llena la bañera toco un poco el piano, mirando mis dedos torpes de uñas rojas sobre el teclado polvoriento. Pobre piano desafinado y solitario. Me siento una mezcla entre espesa y paranoide mientras canturreo escalas y piso los pedales con los pies desnudos. Luego enciendo la chimenea con un tronco gigante y un montón de pastillas y echo unas cuantas ramas de romero que arranqué el otro día de un matojo. Romero romero. Que se vaya lo malo y entre lo bueno.

La bañera ya está llena, y yo transporto el portátil con cuidado, desafiando a la humedad y a la mala suerte. No sé qué voy a poner, pero sé que será Quique. Ayer por la noche, mientras mis amigas y yo jugábamos al Bang vestidas de vaqueras (unas más que otras), alguien dijo que tienes que empezar el año como quieres que sea el resto del tiempo, y al final, tu sabes, todo se reduce a Quique.

Así que barajo opciones. No quiero empezar un año Daiquiri. Es un buen disco para un baño, pero lleva demasiada tristeza .El Salitre me gusta mucho. Es muy Cádiz, muy viento de poniente y verano y olor a sal en el aire, pero justo por eso no me pega ponerlo aquí, en Málaga, lejos de la bahía y de la playa de la Caleta. En Ajuste de Cuentas hay demasiada gente, y no cabríamos todos en la inmensa soledad de la bañera. El Pájaros Mojados sería una buena elección. Sobre todo porque podría sentirme identificada con el primer tema y sus vientos cantando alegres a la resaca.

Luego llego al Kamikazes y algo cambia en mí, como la lucecita que se enciende detrás de mi cerebro falto de sueño. Como si una espada tocara hueso. Kamikazes enamorados no es mi canción favorita de Quique; creo que le falta estribillo. Pero me gusta el concepto. Me siento identificada con la imagen de una amante desquiciada en su particular avioneta en llamas. Sé que voy a estrellarme y no me importa. Después, claro está, así me va.

Así que dejo el Kamikazes y me meto en el agua, disolviendo las sales de baño entre los dedos y preguntándome por qué no hacen la suficiente espuma. Pensando que me gustaría sacar una foto de mis pies sobre el agua, el derecho apoyado en la rodilla izquierda y el otro al fondo, las uñas rojas brillando sobre la loza blanca. Pero ya basta de arriesgar aparatos eléctricos por hoy.

Y escucho a Quique el día de año nuevo, en mi casa solitaria, con el perro tumbado sobre la alfombrilla de ducha, sumergida en sales medio disueltas. Y pienso que a mi vida, como a la canción, a veces le falta estribillo, pero nunca deja de gustarme el concepto.

viernes, 31 de diciembre de 2010

Mi propio post de despedida del año


Queridos lectores:

Estoy harto depresiva esta tarde. No sé si es porque se me acaban las vacaciones, porque no tengo ganas de salir esta noche o porque sé que a las doce no habrá nadie con quien besarme bajo el muérdago.

Aun así, no quería dejar pasar la oportunidad de publicar mi propio post de despedida findeañera.

2010 empezó fatal, admitámoslo. Quiero decir, que empezar empezar, empezó bien. En casa de J., bailando Mecano y haciéndonos regalos estúpidos, como un mechero con el dibujo de una langosta (yo) o un libro de "211 cosas que una chica lista debe saber" (él). Y no, señor K., ninguna de ellas es cómo hacer una buena mamada. Que nos conocemos.

Después me presenté al PIR y me salió muy bien. Pero resulta que un día de febrero, una semana después de ir a ver juntos una peli ñoña en San Valentín, mientras preparábamos arroz a la cubana y hablábamos de Emilio Aragón, J. me miró a los ojos y me dijo "Oye, ¿y si nos tomamos un descanso?", como quien propone irse a dar un paseo al parque del barrio.

A mí me sentó como una patada en el estómago. Estuvimos toda la tarde teniendo una de esas conversaciones angustiosas y eternas donde lo mismo lloras, que te ríes, que te besas, que te escupes metafóricamente hablando. Aquella noche dormí allí, y recuerdo la sensación de levantarme al baño y mirar todos los objetos que compartíamos, mi líquido de lentillas sobre el lavabo, las cabezas juntas de los cepillos de dientes, y saber con claridad que aquello se había acabado.

Desde entonces he tenido que aprender a vivir sin J. y ha sido difícil, porque estaba pegado a mí como una de esas calcomanías que salían en los bollicaos y que tienes que rascar mucho para quitarte del todo. Y que después te dejan la piel en carne viva.

2010 también ha sido el año en que El Artista Anteriormente Conocido Como Mi Mejor Amigo y yo dejamos de hablarnos, por razones que no vienen al caso y que tienen que ver mayoritariamente con la parte borderline de mi personalidad. Yo me arrepentí y él se mantuvo en sus trece hasta el día de hoy. Esa circunstancia me tiene el corazón roto por una esquina, con una herida profunda y vertical que, afortunadamente, hoy por hoy parece estar cicatrizando con salud y razonable limpieza.

Pero 2010 también ha sido un año de cosas buenas.

Ha sido el año en que, sin saber cómo, me vi en Madrid pulsando un botón que me destinaba cuatro años a la Ciudad del Viento. El año en que he aprendido la diferencia entre el levante y el poniente, me he comprado una silla para la playa y un paraguas recio que aguante la lluvia lateral. El año en que he aprendido lo que son la penita, la fatiguita y el llanto enmoresío.

Ha sido el año de mi primera nómina seria, chispas, y mi primera paga extra. El año en que, por primera vez, me senté frente a personas que me contaron que estaban tristes, ansiosos, que tenían miedo o que querían morirse. Personas que me han confiado secretos, me han dado las gracias, se han cabreado conmigo o se han sentido aliviadas de tener alguien que les escuche. He inventado tareas absurdas, he enseñado relajación sobre la mesa, he dibujado diez millones de autorregistros en medias cuartillas y me he peleado con Diraya, el sistema informático creado por el maligno para ser utilizado en el SAS.

Ha sido el año en que he empezado a vivir sola, y he sabido lo genial que es poder hacer lo que quiera en mi territorio, pero lo triste que es tener que llorar sola con las rodillas abrazadas y sabe que nadie va a venir, por fuertes que sean los sollozos. Pero lo genial que es irme a dormir sabiendo que tengo un techo sobre mi cabeza, y que mi techo lo pago yo, y que puedo ocupar toda la cama de matrimonio, y que nadie va a comerse los huevos de mi nevera, y que aunque me gustaría a veces que alguien cuidara de mi es un alivio saber que yo sola puedo hacerlo, y hacerlo muy bien.

También ha sido el año de conocer a personas que ahora no puedo imaginar fuera de mi vida. El año de comprar zapatos con Luna, de discutir sobre Lacan con Jesús, de intentar arreglar el mundo con José Luis, de pensar pacientes con Nacho. El año en que comprendí que tengo una profesión hermosa y terrible, y supe lo que es poder reunirse con personas que comparten la pasión por ella y dar vueltas a las veinte mil esquinas de los seres humanos.

He ido de camping, he viajado a Pamplona, he paseado por Cádiz escuchando a Quique González, tumbada en la playa de la caleta para contextualizar el Salitre. Me han robado el corazón unos cuantos chicos, y yo creo que no se lo he robado a nadie, pero podré vivir con ello. He meditado mucho (demasiado), y estoy intentando aprender cómo vivir esta cosa llamada vida con el menor dolor posible, propio y ajeno. He perdido el botón mental de la ficción, pero he empezado a escribir poesía.

Y he estado viva. Eso es bueno.

No voy a pensar propósitos. Siempre son los mismos. Escribir más, meditar más, hacer algo de deporte por el amor de Dios Marina que te vas a oxidar como un columpio viejo, ser buena persona, comer mucha verdura. Me paso la vida haciéndome este tipo de propósitos y me las apaño para cumplirlos intermitentemente.

Si me atreveré a formular algunos deseos.

Quiero que mi familia esté bien, quiero que mis amigos estén bien y quiero que mis pacientes estén bien.

Quiero divertirme, quedarme como estoy en el terreno laboral y mejorar un poco en el terreno literario.

Quiero que no le pase nada a mi rodilla izquierda que no se cure con un poco de natación. Que se me curen los ovarios poliquísticos. Que se vaya para siempre el Acné del Averno.

Y quiero alguien a quien querer y cuidar.

Feliz 2011. Que os traiga todo lo bueno que os merecéis por tener la paciencia de leerme. Gracias por visitar este rincón. No tenéis idea de lo mucho que significa para mí escribir aquí y de lo que me alegro de que lo compartáis. Los conocidos, los desconocidos, los que llegáis escribiendo cosas raras en google y después descubrís que os gusta. Mis 16 leales seguidores. Gracias a todos.

De nuevo:

Feliz 2011.