massobreloslunes

jueves, 8 de septiembre de 2011

42. Onicoterapia

Pues hoy estoy cansada y es jueves, así que voy a escribir una entrada mortalmente pueril. Que no todo va a ser abrirse el corazón en canal día sí y día también, hombreyá.

Es de todos sabido que me gusta pintarme las uñas. Hoy llevaba un precioso tono nude que estoy probando para el bodorrio, a juego con los super zapatos peep toe, y me he pasado todo el día sulibeyada por la elegancia de mis manitas. Que tuviera heridas en ellas después de escalar el martes no me preocupa. Tengo que encontrar un nuevo vocablo que mezcle divina, lista y aventurera: ¿divisturera? ¿diviturista? ¿avendivista? Oh, un mundo de posibilidades neologísticas se abre ante mí.

Durante el café, José Luis me ha preguntado que cuántos esmaltes tengo. "No tantos", he dicho, "diez o doce". Luego me he puesto a contar y he tenido que parar en veinticinco porque me daba vergüenza, sobre todo porque la enumeración es del tipo "el morado normal, el morado guinda, el morado fúcsia, el morado con textura de vinilo, el rojo oscuro, el rojo claro, el rojo casi coral", etcétera.



El sector rosa-morado de mis esmaltes. En la imagen no se aprecia, pero son MUY distintos unos de otros.
De fondo, mi cocina-armario


Si os pasa como a mí y estáis fascinadas por la increíble variedad de tonos y texturas que hay en el mundo del esmalte de uñas, puede que os cueste escoger. Pero tranquilas, queridas, que aquí estoy yo para guiaros en el mundo fascinante de la onicoterapia. A mí me sirve, verídico.

Los rojos son para sentirse sexy. Eso está bastante claro. He tenido épocas de pintarme las uñas de los pies de rojo en invierno, con calcetines y sin novio ni posibilidad de amante, sólo porque me sentía guapa y atractiva cuando me quitaba los zapatos por las noches y me miraba los pies. Pero hay que tener cuidado; un rojo inadecuado puede hacer que tus manos recuerden a Drácula y den grimita. Yo prefiero el rojo oscuro. También mola muchísimo para beber vino tinto en elegantes copas; sabe mejor con las uñas rojas, en serio. Lo que pasa es que yo apenas bebo y no le saco rendimiento a ese aspecto de la onicoterapie.

Si quieres sentirte una buena profesional, prueba el negro o el marrón oscuro. El año pasado, cuando temblaba de pánico en la mesa de la consulta, tener las uñas pintadas de oscuro me hacía sentir competente y poderosa. Por supuesto, estamos hablando todo el rato de uñas bien pintadas y cuidadas; las uñas negras deterioradas harán pensar que eres una gótica chunga con mochila en forma de cadáver y quizá te despidan.

Los morados son colores imaginativos, espirituales, artísticos. Escribo mejor con las uñas moradas. Además, tengo tanta ropa morada que es fácil que me haga juego con ella y vaya combinadita y mona. Por cierto, si llevas las uñas pintadas, por dios, combina con ellas la ropa que te pones o mandarás la onicoterapia a tomar viento porque aberrará la combinación de tus uñas rosa con tu camiseta roja.

Verdes y azules. Alegres, complicados, no a todo el mundo le gustan. Pensarán que eres una modernilla trasnochada o un espíritu libre. Pero los verdes y los azules son increíblemente terapéuticos, sobre todo si te los pones poco. Cambian la manera en que estás acostumbrada a verte las manos y, por extensión, tu perspectiva de la vida. Combina uñas verdes y ropa rosa; si todavía estás triste, tienes derecho a que te invite a una caña.

Si quieres sentirte elegante y fashion, lo suyo es el nude o el gris. Si das con el tono adecuado para tu piel, fliparás. Además, pegan con toda la ropa y te harán sentir una persona glamourosa y fina que lo tiene todo controlado. El esmalte que me he comprado para la boda es ma-ra-vi-lloso, una mezcla indescriptible entre color carne y café que va per-fec-to con el vestido, los zapatos, mi piel y la alineación de las estrellas.

Por último, el rosa. El rosa es genial y ya lo sabéis todos. A mí me da ganas de jugar, de no tomarme demasiado en serio, de comer piruletas y comprarme gafas de sol en forma de corazón y ligar con tíos mayores. Por otra parte, a lo mejor estoy talludita ya para esas cosas. El caso es que el rosa, y por extensión el coral y si me apuras ciertos tipos de naranja, están hechos para esos días en los que te das cuenta de que estamos aquí por casualidad para vivir puteados y al final morirnos, pero por alguna razón eso hoy no te importa y todo te hace muchísima gracia.

Píntate las uñas de las manos con tiempo y calma. Dedícate sólo a eso y deja que se sequen bien. No te apresures: las uñas rayadas son el mal. Compra algún acelerador de secado y te desesperarás menos. Las de los pies son más agradecidas. Prueba a pintarlas en invierno y verás cómo te sorprendes cuando te quites los calcetines por la noche y veas tus dedos alineados como alegres soldaditos.

Por último: marcas. Elige a poder ser Mercadona, KIKO y Bourjois. Digan lo que digan, Essence no está tan mal y es baratérrimo. Pero, sobre todo, cúbrelo todo con toneladas de brillo secante Deliplús y olvídate del mundo.

Y recuerda: en este mundo chungo y desalmado las uñas pintadas son uno de los últimos resquicios de imaginación y alegría en los que te podrás refugiar siempre. Es barato, es inofensivo, es verídicamente terapéutico. Así que a disfrutarlo.

41. Supervivencia emocional, I

Me estoy leyendo el libro de la supervivencia del que os hablé el otro día ("Quién vive, quién muere y por qué", de Lawrence Gonzales) y me está gustando un montón. Es un rollo muy psicológico, que diría mi profe de escalada. Explica cómo funciona la mente de la gente en situaciones límites y la forma en que ciertos errores cognitivos, que en la vida cotidiana no tienen grandes consecuencias, en la naturaleza pueden ser fatales. Apasionante de principio a fin.

Yo siempre he pensado que en una situación límite sería de las que mueren, igual que siempre he pensado que en una dictadura sería de las cobardes que se quedan calladitas en su casa por miedo a que las torturen. No me veo como superviviente. Igual es porque pienso que soy débil y torpe, y que si en mi propia casa voy dándome con los quicios de las puertas, seguro que en la montaña la lío con algún despiste y muero de la forma más absurda.

Sin embargo, he estado pensando en lo que me comentó Anónimo76 sobre la supervivencia emocional y el libro que podría escribir yo, titulado (su propuesta) "Quién mueve montañas, quién se estrella contra ellas y por qué". En realidad, hay mucho en común entre la supervivencia física y la emocional, entendiendo sobrevivir emocionalmente como no sufrir por amor. Que te duela es normal, pero el sufrimiento lo pones tú.

Una de las cosas que más me está gustando del libro es que te da cierta sensación de control. A pesar de que los accidentes se llaman así porque en teoría son accidentales, si los analizas en profundidad te das cuenta de que sí que hay variables que dependen de ti y que puedes manejar hasta cierto punto. A mí con el amor me pasa un poco igual. Cuando algo no sale bien, o no todo lo bien que podría, me siento a merced de los elementos. Mi pobre corazón indefenso, ahí a la intemperie; me lo imagino clavado en la punta de una lanza mientras la lluvia y la nieve lo zarandean. Entro en bucles de autocompasión. Pobrecita yo, pobrecita yo, por qué me pasa esto a mí si soy genial.

Pero sí que se pueden hacer cosas. Para que no te partan el corazón, para no sufrir; para que las heridas sean limpias y sanen rápido. Para tener la sensación, no muy útil pero sí reconfortante, de que estás haciéndolo todo bien, y que si la historia no tiene un final feliz al menos por ti no ha quedado.

En uno de los primeros capítulos del libro, el autor explica un accidente de tres escaladores que intentaron una vía de largos en Yosemite. Empezaron más tarde de la cuenta, les pilló una tormenta y le cayó un rayo a uno de ellos. Según el autor, el problema se resume en que estaban tan obcecados en el plan que habían trazado, en la imagen mental que se habían hecho de la situación, que no fueron capaces de darse cuenta de los impedimentos reales (retrasos, cambios en el parte meteorológico, cansancio) que se interponían entre esa imagen y ellos.

En el amor nuestra capacidad para sustituir la realidad momento a momento por esquemas que nos hacemos de las cosas es alucinante. Cuando pienso en el tema del plan aplicado al ámbito emocional me viene a la mente mi relación con J. En términos de supervivencia creo que con él lo hice (casi) todo mal. Sobreviví porque soy fuerte y tengo recursos, pero tal y como afronté la situación podía haber acabado chiflada.

Yo tenía muchos planes respecto a nosotros: pensaba que nos casaríamos y que tendríamos niños con déficit de atención que me sacarían de quicio. Me imaginaba perfectamente a J. jugando al escalextric con nuestro hijo mientras yo me ponía de los nervios y les gritaba que quitaran la pista del salón, que íbamos a comer. Gran parte de mis juicios hacia la relación estaban basados en ese plan/paja mental que yo me había hecho sobre pasar toda mi vida con J., y cada palabra o discusión que teníamos la multiplicaba hasta llenar esos años hipotéticos que íbamos a pasar juntos.

Porque yo tenía un plan. Quería estar segura. La perspectiva de estar siempre con J. y levantarme todos los días olfateando su nuca cálida no es que me hiciera mortalmente feliz, pero me parecía algo a lo que podía aferrarme. Y es absurdo mirado desde aquí, porque ahora J. está en Bonn y yo en Cádiz, y no pienso en él más que de vez en cuando y con cierto cariño inofensivo. Pero no se trata sólo de que hayamos cortado; él podría haber muerto, yo me podría haber enamorado de otro. No teníamos que pasar toda la vida juntos y, sin embargo, ese plan obcecaba mi perepción de lo que él era y de nuestra relación momento a momento.

En el post anterior, Isabel comentaba que le extraña el miedo al compromiso. El compromiso es el intento de hacer que las condiciones del entorno sean razonablemente estables, conocidas y seguras. Es el equivalente de pensar que si empezamos a escalar a las ocho, a las tres podemos estar de vuelta y la tormenta no nos pillará. Cuando las condiciones cambian, el tiempo se pone malo, estamos más cansados de la cuenta o nos perdemos, todo eso no sirve. Cuando una relación se deteriora y nos empeñamos en el plan mental que teníamos hasta entonces, en que tenemos una hipoteca común, o nos hemos casado, o sencillamente todos dicen que somos perfectos el uno para el otro... nos aferramos al plan y no vemos la realidad.

El autor del libro aconseja estar dispuesto a abandonar todos los planes y vivir en el presente. Dejarse acoger por la flexibilidad de saber que nada es seguro. No podemos controlarlo todo y, sin duda, no podemos controlar al otro. No es que sea bueno o malo; es que es imposible. Así que en los profundos bosques del amor, vamos a centrarnos en lo que tenemos ahora, en lo que llevamos verdaderamente en la mochila, en la realidad que transcurre frente a nuestros ojos, a veces dolorosa, a veces mágica. No todo es cuestión de suerte. No es una partida de billar. Se puede (y se debe) sobrevivir.

miércoles, 7 de septiembre de 2011

40. (Des)encuentros esperados

El chico de los ojos verdes camina hacia la parada del autobús. Va con el tiempo justo, como casi todas las mañanas, y si llevara reloj se lo miraría todo el rato. Piensa que ya le vale, que nunca es capaz de levantarse la primera vez que suena el despertador y lo deja una hora sonando cada cinco minutos. A lo mejor ayudaría si el otro lado de la cama no estuviera tan frío, pero prefiere no pensar en eso.

Camina deprisa, con pasos cortos y los hombros un poco echados hacia atrás, y sabe que si le viera alguien que no le conoce pensaría que está enfadado. Quizá sí esté un poco enfadado. No es la mejor versión de sí mismo por las mañanas, y se pregunta si tiene sueño o si le está pudiendo esta rutina dura de oficina y zapatos, de querer que llegue el viernes y odiar que llegue el lunes y querer que llegue el viernes y vuelta a empezar.

A veces le gustaría que alguien se lo explicara. Le parece que hay algo de todo que se está perdiendo, como cuando te enseñan un juego de cartas y juegas la primera partida sin enterarte de nada, y los demás te dicen "ya lo irás pillando", pero tú eres un poco torpe y ni siquiera te lo estás pasando bien. Él no entiende por qué se siente solo, o por qué las personas que ayer estaban en su vida hoy han desaparecido y, sobre todo, no entiende cómo se apañan los demás para que no les importe.

Entonces ve a la chica del pelo castaño sentada bajo la marquesina y se le escapa una media sonrisa, que se convertirá en sonrisa entera cuando sus ojos se crucen. Ella está allí agarrada a su carpeta de la universidad como una náufraga, con los ojos grandes y oscuros suspendidos sobre el tráfico de la mañana, y le encanta observar cómo esos ojos se animan y los labios se curvan cuando le ve llegar.

Un día, hace ya algunos meses, él le pagó el viaje de autobús porque ella no llevaba bono. Intercambiaron un par de frases y desde entonces se saludan, pero no hablan; él piensa que si iniciaran la costumbre de charlar todas las mañanas crearían una obligación que terminaría por volverse incómoda. Así que después del saludo silencioso, él suele sacar un libro y ella se concentra especialmente en la música que sale de su mp3.

Le gusta mirarla. Porque aunque le saca quince años, seguro, y son dos mundos separados que se miran desde detrás de sus respectivas carteras, le parece que ella está tan perdida como él. Por cómo sonríe casi con alivio cuando le ve llegar desde el otro lado de la calle. Por la forma en que asoma sus ojitos asustados por la ventana del autobús cuando sube, mientras se agarra tan fuerte a la barra que los nudillos se le ponen blancos. A veces piensa que la chica del pelo castaño es una isla de calor en medio de la mañana, como si les estuvieran filmando con una de esas cámaras termosensibles y pudiera identificarla a ella, caliente entre un montón de cuerpos fríos. Ni siquiera la ve guapa. Sólo la siente viva.


La chica del pelo castaño llega demasiado temprano a la parada. Porque le da pánico ir tarde a la facultad; ya le cuesta bastante entrar como para tener que hacerlo en mitad de una clase, mientras todas las cabezas recién peinadas y perfumadas de las nueve de la mañana se vuelven hacia ella. También por él, claro; no quiere coger otro autobús porque en el de menos cuarto va él y a ella le gusta mirarle.

Tendrá unos veintimuchos, se imagina, y es guapo cuando está serio y guapísimo cuando sonríe. Le gustan los días que se pone su camiseta verde, porque hace juego con sus ojos. Tiene las manos bonitas, y ya se había fijado desde antes del día en que le dirigió la palabra para ofrecerse a pagar su billete de autobús. Ese día pudo mirarle fijamente los dedos morenos y largos mientras él sacaba la cartera, la abría para buscar su bono y lo pasaba por el lector.

Todas las mañanas teme que no venga. A veces, de hecho, no viene, y ella intuye que pierde el autobús, porque incluso cuando lo coge siempre va apurado. Ella está ahí sentada, y mientras escucha música en el mp3 y piensa vagamente en las clases que tendrá hoy, en realidad busca su figura apareciendo tras la esquina y cruzando el semáforo. No es exactamente que le guste, porque es demasiado mayor, aunque a veces fantasea con que le invita a tomar un café y le confiesa que lleva meses enamorado en secreto de ella. Es que le da la sensación de que él la quiere un poquito, de que le inspira cierta ternura anónima y absurda de chica sola en una parada de autobús, y a las nueve menos cuarto de las mañanas de lunes ella necesita que la quieran.

El chico de los ojos verdes termina de cruzar el semáforo y llega a la parada. Algún día superará su resistencia a crear un hábito y le preguntará a la chica del pelo castaño qué tal le van las clases. Hoy vuelve a sonreír, y después se apoya en la marquesina y se pone a leer su novela.

La chica del pelo castaño mira al chico de los ojos verdes, inclinado sobre la marquesina como si él, y no la boba de Natalie Portman, fuera el verdadero anuncio, concentradísimo en su novela policiaca sueca. Algún día superará su timidez patológica y le preguntará a qué trabajo va todos los días con esa cara tan larga.

De momento, simplemente, los dos esperan el autobús, me atrevería a decir que de forma heroica.

lunes, 5 de septiembre de 2011

39. Vestidos del Averno, toma 2

Bueno, queriditos, no todo va a ser hablar de espiritualidad y cosas profundas, ¿no? Así que, como me quedé a la mitad en las crónicas de un vestido anunciado, voy a terminar hoy de contaros mi lucha por ir a la boda de mi primo como una chica atractiva y casadera.

Después de aberrar contra el sistema en el Corte Inglés, decidí irme a las tiendas de Amancio Ortega, a ver si alguna me sacaba del apuro. Empecé por Mango. En general, Mango me parece un horror. ¿Qué les pasa a sus colores? ¿Por qué están hechos para no favorecer a las mujeres? El invierno pasado tuve que cambiar unos regalos de allí y hubo un momento en que me vi intentando elegir entre mostaza verdoso y butano apagado. Me dije que Mango había alterado mi percepción de lo cromáticamente aceptable y tuve que irme antes de empezar a pensar que el problema lo tenía yo.

Aun así, nada más entrar por la puerta veo un vestido medio mono. Elegante. Manga corta, cuello redondo, parte superior en crudo, inferior en negro y como de encajito. Elegante y audreyhepburniano. Me lo pruebo, me veo mona y aunque no es que esté despampanante de la muerte, me lo llevo, por si acaso. Siempre me quedará el recurso de comprarme unos zapatos preciosos para compensar.




He aquí el vestido. La frontera entre ir elegante y parecerme a mi abuela se difumina peligrosamente.


Unos días después, por probar, fui al Zara. Y allí encontré un vestido que no tenía mala pinta. Violaba dos de mis principios para que los vestidos favorezcan, a saber:
1) Que era palabra de honor.
2) Que sólo lo tenían en dos tonos, a cuál más horrendo: azul petróleo y rosa palo. Si el azul petróleo es chungo, el rosa palo es casi peor. ¿A quién le sienta bien, aparte de a Naomi Campbell? Te hace parecer enferma.

Pero días vagando por las tiendas de ropa me habían enseñado que tendría que tragarme mis principios si quería ir a la boda en algo mejor que unos vaqueros, y también que los vestidos a veces ganan cuando los llevas puestos. Así que me los probé (el rosa y el azul), junto con unos zapatos maravillosos de charol en tono nude, tipo peep toe y de altura travesti.

[Nude = color carne. Peep toe = con el dedo fuera. Lo aprendí en la Cuore]

Me hice un par de fotos calorras con el móvil para enseñarlo por ahí. El azul era terrible, pero el rosa no me disgustaba. Y siempre podía comprármelo y llevarlo con los zapatos de travelo para consolarme.

Así que mostré las dos fotografías a dos especímenes del género masculino. El primero, IA, me dijo que le gustaba el audreyhepburniano, que estaba"muy linda". El segundo, MQEN, me dijo:
- ¿Y por qué no te gusta el rosa? ¡A mí me gusta el rosa! Joer, Peq, es que el rosa... - seguido de resoplido elocuente.

Pensé que prefería estar puntos suspensivos y resoplido a estar linda, sin ánimo de menospreciar la opinión de IA, que conste. Pero es que MQEN sabe lo que mola. Una vez, a la pregunta de "¿El color de este vestido pega con mi piel?" me contestó "No lo sé, pero pega con tus piernas y tus tetas". Me convenció.

Así que me fui al Zara y me volví a probar el vestido rosa y los zapatos de travelo. Una cosa estaba clara: adoración total por los zapatos, a pesar de que estuve a punto de quedarme sin tobillos ya en el probador como cinco veces.

Salgo del probador, me paseo por el pasillo y se me acerca la dependienta, dando suspiros de admiración.

- ¡¡Monísima, monísima, estás monísima!! Espera, que te pruebo un cinturón. No le pega el color, ni la forma, pero es para que te hagas una idea.

¿Una idea de qué? ¿De cómo estropear el vestido?

En esto que sale del probador de al lado una chica, me mira y me dice:
- Yo le metería un cinturón cobre. O me iría a una mercería, pediría una cinta de raso en el tono del zapato y le haría una moña.

[Moña = lazo. Es que no sé si se dice en todas partes o sólo en el sur]

En mi mente se dibujó la secuencia de yo yendo por las tiendas a la búsqueda de un cinturón en tono cobre, o por las mercerías buscando cintas de raso en tono zapatos para hacerme moñas. Improbable como un unicornio. Enarqué las cejas, le agradecí el gesto y decidí que me lo llevaba todo: el vestido rosa palo palabra de honor y los zapatos modelo travesti que, ahora que lo pienso, harán juego con mis manos con venorras de escaladora.

Total, gente, que ya tengo vestido. Como soy medio guapa y los zapatos son preciosos (¿lo he dicho ya?) el resultado me deja bastante contenta. Mi madre me ha dicho que me lleve unas bailarinas para cambiarme, y yo le he contestado que ni muerta me bajo yo de mis tacones a mitad de la fiesta por algo tan efímero y prosaico como el dolor de pies, y más después del entrenamiento que les estoy dando últimamente a base de gatos de escalada.

Además, Erika me ha traído de Hawaii (verídico) un kit de maquillaje BareMinerals, porque su madre trabajaba como representante y le sobraban muestras. Tiene miles de tarritos y de brochas. Las instrucciones vienen en inglés, y parece que las ha escrito una maníaca harta de prozac. Traduzco y cito de memoria.

¡¡¡Saca tu maravillosa belleza brillante y perfecta con BareMinerals en sólo cuatro pasos!!!

1) Aplícate "recién levantada" con la brocha "pura precisión" alrededor de los ojos para un look descansado, fresco y luminoso, como si hubieras dormido en colchones de plumas y ahora brillaras como una estrella matutina.
2) Aplica "falso bronceado" con la brocha "suelta y fabulosa" en las áreas donde te daría el sol, para un look soleado y radiante como salida de las mañanas caribeñas.
3) Aplica "brillo radiante" con la brocha "biselada estupenda" en toda la cara, empezando por la frente y acabando por la barbilla, para un resplandor angelical y reluciente como si miles de ángeles te envolvieran en polvo de estrellas
4) Aplica "velo mineral" incidiendo en la zona T con la brocha "suelta y fabulosa" para un maravilloso acabado mate y eterno que brillará por siempre sobre tu rostro divino.

Y así. De verdad que no sé de dónde saca esta gente los adjetivos. Son como el buscador de sinónimos del Word. Yo quiero algo que básicamente disimule el Acné del Averno sin hacerme parecer Jordi González. Por cierto, mi piel está sorprendentemente bien últimamente y ni siquiera sé por qué. Intuyo que la cura de mis males cutáneos van a ser las vacaciones.

Resumiendo: que esta noche me he dedicado a ponerme uno encima de otro sin orden ni concierto probar cuidadosamente los potingues de BareMinerals, pintarme los ojos, peinarme la melena y aprender a andar con los tacones (que seguro seguro me van a costar un tobillo... sólo espero que no sea mientras camino hacia el estrado para leer). Y ahora estoy escribiendo en el chaise longue con todo el modelé puesto, rollo "Divas de diván", y pensando que ojalá estuviera el tema listo, pero que en realidad me faltan la chaqueta, el bolso, los pendientes y el esmalte de uñas, y que ser mujer es un coñazo, además de muy caro.

Y para los que hayáis tenido la paciencia y solidaridad de llegar hasta aquí, un premio en forma de foto.



No estoy mal ;) La expresión de la cara es rara, lo sé, pero es que tenía que darle al ratón, alejarme sin matarme y poner pose en tres segundos justos. Un estrés.

Hale, ya sólo queda templar la voz, echarle valor y darme después al whisky con naranja como si no hubiera un mañana.

38. Sufrir (y sí, voy a volver a escribir todos los días, ¡viva y bravo!)

A veces me pregunto si mi progreso espiritual es una ilusión de mi cabeza. Por ejemplo, hoy venía caminando hacia mi casa de Cádiz preguntándome si mi moto seguiría sana y salva. Había estado leyendo un libro sobre Vipassana en el tren, y me sentía tan bien y tan superinspirada que pensaba "Bueno, si me la roban me la robaron. Qué le vamos a hacer. Soy TAN ecuánime, y estoy TAN desapegada". En ese momento se me ha enganchado la rebeca de doce euros que me compré antes de ayer en la matrícula de un coche, se ha roto y me he puesto a jurar en arameo. Imaginad: Metro cincuentaytantos de rubia angelical gritando, y cito texualmente, "me voy a cagar en la madre que te parió sesenta pares de veces". Con esto quiero decir que la diferencia entre lo que mi ego cree que ha progresado, o entre lo que sé a nivel intelectual sobre la compasión y la ecuanimidad, y lo que se empeña en hacer mi limitado corazón, es un abismo del tamaño de Dakota.

A pesar de eso, ya os digo: si comparo mis niveles de felicidad y ecuanimidad pre y post Vipassana, es como la diferencia entre ser un chimpancé o ser una ameba. Igual pensáis que exagero, pero qué va. Yo me conozco. Conozco mi mente y sé cuánto sufrimiento es capaz de generar. He vivido mi propio, pequeño y desacogedor infierno personal y sé lo que es estar dentro y estar aunque sea medio fuera.

Cuando pienso en eso del infierno personal, la primera imagen que me viene es Barcelona. Yo acababa de decidir que iba a dejar el periodismo y me disponía a pasar el segundo cuatrimestre terminando algunas asignaturas para convalidarlas como créditos de libre. Quería aprovechar el tiempo que me sobraba para leer, escribir, mejorar el catalán, conocer Barcelona y un largo etcétera.

Entonces me di cuenta de que mientras más tiempo libre tenía, peor me sentía. Mi mente era una mente brutal, dolorosa, hiperactiva y perfeccionista, llena de pensamientos de todo tipo, de exigencias, de ideas, de creencias que cambiaban a cada instante, de rígidos conceptos sobre mí misma... una mente potente pero durísima, incapaz de callarse y que gritaba en mis oídos las veinticuatro horas. Con esa mente dentro de mi cabeza caminaba yo por el campus de la Autónoma en enero, febero y marzo de 2004. Ser consciente de que me había equivocado de carera y dejar la mitad de las clases había abierto una fisura entre lo que era mi vida normal hasta entonces, que encajaba con el molde de estudiante perfecta de primero de periodismo, y una existencia desbandada e incierta con la que no tenía muy claro qué hacer.

Entre clase y clase, vagaba sola por el campus. Daba vueltas por la biblioteca, pero inyectarle más materia a mi cabeza enfebrecida era todavía peor. De repente era consciente de todo lo que no sabía y una angustia existencial gigante me agarraba el pecho y me lo estrujaba. Intentaba pasear, escribía, escuchaba los recopilatorios de música que me grababa MQEN (los Para Peq) y me sentaba en mi almohada a contar mis respiraciones, pero no tenía paz. Nunca. Ni un segundo a lo largo del día.

Intenté rezar. Me iba a la Iglesia del Pi, que está en el Barri Gòtic, a la izquierda de las Ramblas. Es una iglesia preciosa en medio de la ciudad, con un gran rosetón de vidrio de colores por donde entra la luz. Me sentaba allí y rezaba: por favor, Dios, ayúdame, que no puedo más, yo sé que no creo en ti, pero es que es esto o comprarme un perro, o darme a las drogas, no sé, así que ayúdame. Lo de las drogas también lo intenté, por cierto, que le dije a mi compañera de piso que me consiguiera hachís y me lo fumaba en la ventana de mi cuarto, mirando el valle callado y cruel a mis pies. Pero nunca he sido muy de adicciones, y el hachís me mareaba sin que la angustia se fuera.

Hace un tiempo, un compañero de trabajo me preguntaba si alguna vez me había sentido paranoide respecto a los demás, y yo le decía muy segura de mí que no, que por eso me cuesta empatizar con los locos. Ahora estoy recordando que en Barcelona sí que miraba con suspicacia a la gente que caminaba por la universidad, como si ellos supieran algo sobre vivir que a mí se me escapaba. Parecían reposar con relativa calma en la existencia que les había tocado, mientras que a mí me estaba vetado eso. Les escupía en silencio un odio intenso y frío que todavía hoy me asombra.

Después llegó el 11 de marzo. Creo que toda la violencia y la tristeza que se derramaron ese día en el país hicieron que el vaso de mi aguante se volcara en alguna dirección, y decidí largarme. Ni créditos de libre, ni nada. Y en mi casa de Málaga, otra vez, la angustia mortífera. El olor del incienso que me ponía en mi habitación lila mientras intentaba sentir el miedo que me agarrotaba los brazos y las piernas. Respiraba, respiraba, respiraba y trataba de conectar con la sensación de que todo el aire del planeta se desplazaba un poquito cada vez que lo hacía.

Todavía me quedaban tres años, tres, de vida razonablemente normal en Granada, con cantidades ingentes de sufrimiento colándose por sus normales y coloridas esquinas. En primero no me adaptaba, me costó la vida sacarme el carnet de coche y tuve uno de los peores brotes de Acné del Averno que recuerdo. En segundo conocí a J. y caí atrapada en las garras perversas de nuestros comienzos oscuros. En tercero, así por nombrar un ejemplo, las prácticas de Psicología de la Percepción, que eran los martes a las ocho de la mañana, me sumían en un estado de pánico tan grande que apenas podía subir Cartuja, y ni siquiera recuerdo por qué.

Ésa era yo. Mi cabeza era como un túnel de viento. No podía ser feliz ni podía hacer feliz a nadie. Al pobre J., aunque también tenga lo suyo, lo llevaba por el camino de la amargura. Mi relación con él estaba basada en el apego, un miedo intensísimo a que me dejara por su ex y algunos rastros de algo parecido al cariño y la comodidad que nos mantenían unidos. Y lo peor, lo peor de todo eso, es que yo lo intentaba. Lo intentaba muchísimo. No me dedicaba a ver la tele, alcoholizarme y procurar pasar la vida medio qué. Iba a talleres de danza y dibujo, compraba libros de autoayuda, viajaba, veía películas New Age, ¡estudiaba psicología, por el amor de Dios! Tomaba valerianas, infusiones, Hierba de San Juan y pautas cortas de ansiolíticos cuando la cosa se ponía muy, muy mala.

Decidí meditar porque no tenía otro remedio. Cuando la gente me dice que le gustaría hacer un curso pero que no tiene tiempo o no ve el momento, les digo "ya lo encontrarás". Cuando estás muy mal, no tienes otras prioridades. Es como si tuvieras un cáncer y dijeras que no vas a ir a tratarte porque no tienes tiempo o no ves el momento. Cada uno tiene su momento cáncer, e incluso hay gente, como mi espiritualmente muy avanzada amiga Elsa, que es capaz de motivarse para meditar siendo medio feliz. A mí me hizo falta penar tela para reunir el valor necesario, pero al final no me quedaron más cojones. Así fue.

Después de empezar a practicar Vipassana he sido de todo menos perfecta. La he liado tela en muchos sentidos, con muchas personas. Continúo llamando gratuitamente monguers a mis amigas y gruñéndole a mi madre. A veces lloro, a veces como demasiado, hace un año rompí la puerta de un armario en medio de una discusión con mi hermano y sigo siendo gordófoba. Rompo corazones, me dejo romper el mío, mi mejor amigo no me habla y tengo el ego del tamaño de la catedral de Cádiz, pero menos bonito.

Y aun así, la diferencia entre el antes y el ahora es abismal. Enorme. La cantidad de sufrimiento que tenía comparado con el que tengo es como lo que cuentan las parturientas del dolor de parto comparado con el dolor de la inyección para la epidural. Irrisorio. Desestimable.

Sobre todo, ya no estoy desesperada. En general, claro. Tengo mis momentos de pensar que la vida me supera, y que total, tanto esfuerzo para al final morirse y a ver si lo de la reencarnación va a ser un cuento chino y lo que pasa es que te disuelves en la nada y ya está. Pero sé lo que hay que hacer y cómo hacerlo, sé cuál es el túnel y dónde está la luz, y ese conocimiento me da una tranquilidad que es más sólida que cualquier otra cosa que haya tenido.

Así que cuando la gente me pregunta si lo recomiendo... pues claro que lo recomiendo. ¿Cómo no lo voy a recomendar? Si me ha salvado la vida. Lo que pasa es que creo que uno debe hablar poco y hacer mucho. Debe demostrar con su vida y su actitud lo que esto ha supuesto para él. Debe centrarse en transformarse a sí mismo y, a partir de ahí, dar a los demás, ser generoso y compasivo, tener el corazón abierto, aprender, seguir, seguir, seguir. Hablar sobre el tema, o escribir sobre ello, tampoco vale de tanto, sobre todo si no se acompaña con la práctica.

Aun así yo lo escribo, por si os sirve. Me ha salido así. Llevaba una hora intentando postear algo en el blog y todo me parecía basuril, y no sé por qué, escribiendo sobre (algunos de) los momentos más difíciles de mi vida, me estoy sintiendo contenta y plena. Será la alquimia mágica de poner las cosas en palabras. O será que estoy agradecida. Quién sabe.

PD: Casi olvido el link.

viernes, 2 de septiembre de 2011

Más Málaga

Nueve de la mañana.

Últimamente me despierto temprano hasta en vacaciones, como los viejos, aunque no sé si me espabilan el metabolismo o la mala conciencia. Hoy concretamente es la luz, el calor sofocante de la mañana de verano y el ruido de los coches en el barrio donde vive mi abuela. La almohada es horrible. Mi equipaje está esparcido por el sillón y el suelo y mi madre duerme a pierna suelta en la cama de al lado.

Me levanto despacio. Me duele el estómago desde hace días y no soy capaz de dejar de comer chocolate. Tomo un desayuno rápido y semiterapéutico: té mezclado con manzanilla, tostadas con miel de caña, apenas un par de cucharadas de la tarrina de helado de chocolate con trocitos que he encontrado en el congelador. Me tumbo en el sofá. Hace un calor siniestro para lo temprano que es. Leo un libro de Marian Keyes que me compré en la estación de Atocha hace dos días, un best seller inocuo, un libro-droga. La cabrona es divertida y está loquísima. Se merece con creces su bestsellerismo.


Once de la mañana.

Doy vueltas por el Corte Inglés, buscando vestidos para el bodorrio sin mucha convicción. Todos son hórridos, o quizá si ninguno me queda bien yo sea la hórrida, me digo, buscando una solución sencilla tipo navaja de Occam. Llevo puesta la combinación de colores más terrible que se me ocurre. El inesperado nacimiento de mi sobrina me hizo venirme directamente del rudo norte a Málaga, y en mi equipaje sólo hay prendas para el rudo norte o ropa para escalar. Llevo una camiseta fucsia, chanclas rojas con brillantitos que compré en el chino, pantalones con bolsillos marca Quechua, un bolso tailandés naranja y las uñas pintadas de verde. Este esmalte de uñas me hace inusualmente feliz. Camino entre los estantes de ropa cara con mi mejor expresión de "podría ser Julia Roberts en Pretty Woman" para que las dependientas no me vigilen con desconfianza.

Doce de la mañana.

Harta de ropa. Entro a la FNAC. Los libros son mucho más terapéuticos que la ropa, dónde vas a parar. Vago por las distintas secciones. Psicología, espiritualidad, novedades de ficción internacional. Montañismo, crítica literaria, escritura creativa. Agarro los libros de la estantería, me siento en la moqueta con las piernas cruzadas y los leo mientras engullo comprimidos de aerored como si fueran caramelos. Estoy agradecida a los autores por tomarse el tiempo de honrar un tema con semejante cuidado. Cada libro me parece la puerta de entrada a un universo paralelo, a la sensibilidad y el saber ajeno. Hago una pequeña lista mental de los libros que quiero llevarme. Una monografía sobre supervivencia en situaciones límite llamada "Quién vive, quién muere y por qué". Un ensayo psico-filológico sobre la influencia que utilizar unas u otras palabras tiene en nuestra forma de pensar y nuestras emociones. Sherlock Holmes anotado. Los Upanishads. Anagrama.

Tres de la tarde.

Continúo ignorando mi gastritis y almuerzo en el Block House con mi padre. Todo está en tu mente, me digo, y pido gulash con pan de ajo, costillas a la barbacoa y patata con sour cream. Hablar con mi padre es como bailar sevillanas: siempre es lo mismo, pero resulta divertido. Predecible. A la segunda copa de vino empieza a mirarme con los ojos húmedos y a decirme lo orgulloso que está de mí. Cuando pienso que voy a reventar de tanto comer, él quiere pedir postre, y con el azúcar y mi padre me pasa como con el alcohol y con mi primo: no sé decir que no. Cuando le diagnosticaron el melanoma hace unos años desarrolló un apetito hacia los dulces que hasta entonces no tenía, y comparto con él esos momentos de hidratos y glucosa como una engordante forma de amor. Hablamos de libros. Me coge la mano por encima de la mesa y pienso en cómo quiero a este cincuentón tacaño con sobrepeso, que habla mucho y escucha poco, que a veces me hace un hueco en su apretada agenda y come tarta de manzana para conjurar el miedo a la muerte.

Siete de la tarde.

Tahira en mis brazos. Esta niña es crack. Cuando la coges, tu coeficiente intelectual desciende veinte puntos. Sólo puedo sentir su calor pequeñito acurrucado entre mis brazos y mirarla, mirarla, mirarla. Sus ojos cerrados, la red de venas rojizas delante de sus párpados, las manitas con las mismas uñas que Elsa. Es perfecta de principio a fin, y se ha hecho desde la nada dentro de mi amiga. Miro a Elsa con fascinación, como si fuera una máquina enorme y perfecta de fabricar personas. Me pregunto cómo no está aterrorizada de pensar en el resto de su vida llevando el corazón en el cuerpo de Tahira.

Mis amigas ríen, beben puleva de chocolate, fuman en la terraza. Nos peleamos por coger a la niña. Hay un turno bien establecido que, por alguna razón, la PK siempre se salta. Yo digo "¿os acordábais cuando nos peleábamos por quién se apalancaba el porro en vez de por quién se apalancaba al bebé?", y me hace muchísima gracia, aunque no sé si las demás se han enterado de mi chiste en este ambiente de excitación e hiperglucemia.

Diez de la noche.

Voy a visitar a mi amiga Julia. La conocí hace cuatro años cuando curraba de seño. Entre nosotras se ha establecido una de esas amistades limpias y tranquilas en las que nos llamamos cuando podemos, nadie reprocha nada y es como si nos hubiéramos visto el día anterior. Hoy hace una noche de verano cálida y bulliciosa, y cuando me acerco a su piso antiguo cerca de la plaza de la Merced la veo a contraluz, fumando en el balcón. Grito su nombre, me tira las llaves envueltas en un trapo, piso las losas rotas de la escalera con mis chanclas rojas y me envuelve una sensación ligera y estudiantil.

Julia es reguapa, tiene los ojos de un azul tan claro que hace pensar en fotosensibilidad y gafas de sol, es fuerte y buena en todos los sentidos en que se puede serlo. Escucha bien, habla sabiamente y no ha perdido ni un poco del acento argentino que se trajo a España hace diez años. Fumamos tabaco de liar, nos echamos el tarot de Osho y hablamos de tíos en su piso de techos altos pintado de colores.

Dos de la mañana.

Vuelvo a casa caminando por calle Carretería. Sigo llevando los pantalones Quechua, las chanclas y etcétera, y la gente emperifollada que fuma en la puerta de los bares me mira raro. Yo alzo la cabeza y canturreo mientras las imágenes me pasan por la mente a toda velocidad. Me pican los dedos de las ganas de escribir que tengo. Necesidad de conexión a Internet.

Me acuerdo de una noche de fiesta con mi primo y su primera novia, hace como diez años. Estábamos ciegos como piojos en un bar junto a la playa, pasando un frío tremendo por la humedad del sur en invierno, y su novia me abrazaba sin parar en fase de exaltación de la primidad postiza. Entonces me miró a los ojos, con la intensidad clarividente de los borrachos, y me preguntó:
- ¿A ti qué es lo que te mueve, qué es lo más importante en tu vida?

Me quedé pensativa unos segundos. No sabía qué responder a eso. Ella me sacaba cinco años, dos cabezas y tres tallas de sujetador.
- Creo que es escribir - dije. No estaba muy convencida, pero no se me ocurría otra cosa. ¿Qué más podía haber que me moviera? Escribir quizá no era lo mejor, pero era lo único constante.
- Para mí es el amor - me dijo -. Mi amor podría mover montañas.

Me sentí extraña y estúpida, como una aspirante a Miss Mundo que ha contestado mal cuando le preguntan "qué deseo pedirías", que ha dicho "un coche nuevo" en vez de "la paz en el mundo". Sentí que me iba a quedar sola en la vida, solísima. Yo era una adolescente llena de granos y enamorada platónicamente de vete a saber quién, y ella llevaba unos zapatos preciosos y era la novia del chico más guapo y encantador del planeta tierra, a saber, mi primo. Y era porque a ella le movía el amor y a mí escribir.

No sé por qué recuerdo ese episodio hoy, mientras camino por Málaga con las manos metidas en los bolsillos. Tengo ganas de encontrarme a alguien a quien quiera. A alguien de mi pasado, a quien haga mucho que no vea pero a quien me alegre de ver. Quiero encontrarme con alguien y tomarme una cerveza inesperada mientras nos contamos cosas, pero no sucede, y en lugar de eso camino por el centro de Málaga y pienso en cosas. En que mi pasión por la escritura me ayudará a entender todas las demás pasiones. En que si en algún momento no llego a casa y escribo todo esto que se me está pasando por la cabeza, me moriré.

En la puerta del bar ruso que le encantaba a J. hay una chica que canta a voces "I need you baby", o como se llame la canción esa de R&B del anuncio de "Andalucía te quiere". Canta muy bien, y ni siquiera que esté mortalmente borracha hace sombra a ese hecho objetivo. Sigo andando entre tiendas de tatuajes y electrónica barata, que alternan con bares de diseño que se llaman "Rúcula" y "Pomelo". Esta zona es medio chunga, así que camino alejada de los portales y los coches, en alerta, con las llaves en los nudillos estilo puño americano. No estoy asustada; sólo quiero creer que me defendería si alguien intentara atacarme.

Una pareja viene caminando por la carretera, y poco antes de llegar a mi altura se paran y empiezan a besarse con pasión, con detenimiento. Pienso en la secuencia: te paras y te besas, interrumpes el acto cotidiano y externo de andar y te absorbes en besar al otro y el tiempo se para, y me parece precioso. Quiero besarme parada con alguien en mitad de la carretera, me digo. No quiero que me bese; quiero que se pare.

Cruzo el puente sobre el río medio seco para llegar a casa de mi abuela. Entonces pienso que llevo todo el día con un deseo subterráneo y absurdo de andar descalza. No tiene que ver con ir por la vida de hippie trasnochada, ni con que llevar zapatos sea antinatural y malo para lo columna. Tiene que ver con cambiar los límites de sitio, con jugar y sentir de forma distinta. No lo hago porque no quiero que la gente me mire; no porque me dé vergüenza, sino porque no me gusta la imagen de "mira qué alternativa soy yendo descalza por ahí". Pero ahora no hay nadie. Las imágenes se siguen agolpando en mi cabeza. Todo lo que he hecho durante el día de hoy, mezclado con todo lo que he vivido en estos veintiséis años que son enormes y míos, mezclado con la gente de la calle que es a la vez zafia y hermosa. Quieroescribirquieroescribirquieroescribir.

Pienso en J. En que una vez, al principio de conocerle, escribió un post tan largo que lo tuvo que dividir en tres, que a su vez eran infernalmente largos. Al final claudicaba y escribía algo así como "el presentimiento de que mi vida interior sólo es fascinante para mí mismo". Yo ahora tengo ese presentimiento, anticipo en mi cabeza cuando escriba todo esto y lo publique, me pregunto quién llegará al final y por qué, pero me da igual. Quieroescribirquieroescribirquieroescribir.

A mi alrededor no hay nadie. Me saco despacito las chanclas rojas con brillantes falsos, tan horteras como cómodas. Camino por el asfalto con mis piececitos morenos de uñas verdes. Las alcantarillas están frías, las aceras aún retienen el calor del día. El relieve de las losetas hace un poco de daño después de algún tiempo. La parte racional de mi cabeza piensa en pis de perro, colillas y jeringas de heroína. La otra parte siente la piedra, punto. No es algo muy natural, ni tengo ninguna revelación ultrasensorial, ni siquiera es excesivamente agradable. Es solamente distinto.

Y descalza camino, o casi diría que floto, hasta que llego a la casa de mi abuela, caliente y vacía, llena de rosarios y pintalabios resecos, y me meto en una cama horrible con una almohada incomodísima, y duermo el sueño de los justos después de un día al que casi podríamos llamar feliz.

Y hoy lo escribo, y eso me hace más feliz todavía.

miércoles, 31 de agosto de 2011

Momentos

Cuando era pequeña me quemé la yema de un dedo con una cerilla. Lo hice porque quería saber qué se sentía al tocar el fuego. Todavía recuerdo la ampolla que se formó y cómo se metía la arena debajo de la piel muerta cuando empezó a cicatrizar. A veces lo pienso y me sorprende ser capaz de identificar el momento en que descubrí algo tan básico como que el fuego quemaba.

Hoy, con veintiséis años, cuando pensaba que me quedaban pocos instantes de esa simplicidad mágica, he sido capaz de ver el momento justo en que surgía el amor.Cómo en mi corazón, en un lugar donde antes no había nada, ahora hay una llamita potente de un cariño intenso y nuevo que no va a hacer más que crecer.

Hoy he conocido a Tahira.

Enhorabuena, Els. Y gracias.