massobreloslunes

miércoles, 21 de septiembre de 2011

53. Gema y la lealtad

Reflexiono mucho sobre la función que cumple un psicólogo. Ya os he dicho muchas veces que es una profesión súper extraña: eso de estar ahí diciéndole a la gente cómo vivir la vida. Además, cada paciente es un mundo. A unos les enseñas técnicas y consejitos prácticos y con otros te limitas a escuchar. Con muchos lo importante es la relación que estableces: no tanto lo que le dices como el vínculo que se forma, el hueco que llegas a ocupar en su vida.

Y hoy os voy a contar un ejemplo bonito de eso: el caso de mi paciente antifavorita, a la que vamos a llamar por ejemplo Gema. Igual que os hablaba ayer del cariñito que le cogí a P., que es amor con ansiedad, Gema me aberraba desde el primer momento que entró en la consulta. Era quejica, me llevaba la contraria y se empeñaba en empeorar. Cada vez que veía su nombre en la lista de pacientes del día me amargaba la mañana.

Resumiendo el caso: a Gema no le gustaba su curro y se había dado de baja por ansiedad. Si se le quitaba la ansiedad, tendría que volver al curro y no quería. Ergo, la ansiedad no se le iba a quitar en la vida. Sin embargo, venía a la consulta a pedirme que yo se la quitara, colocándome en lo que llamaremos "El doble vínculo de quiero seguir de baja para siempre y a la vez encontrarme bien, arréglalo", y que es muy común en la sanidad pública.

A medida que pasaba el tiempo, el asunto se complicaba. Gema iba desarrollando síntomas nuevos y terribles, como despersonalizarse mientras cuidaba a los niños en el parque, tener mini desmayos conduciendo el coche o sufrir violentos ataques de pánico cuando la inspección médica le obligó a volver a trabajar. Además, me pedía una media de siete informes al mes. También la veía psiquiatría, y por supuesto ningún fármaco le hacía efecto: el prozac le daba sueño, los tranquilizantes se lo quitaban y le aparecían toooodos los efectos secundarios de toooodos los prospectos.

Después de seis meses de tratamiento infructuoso, yo me dedicaba a sentarme frente a Gema con la barbilla apoyada en la mano, a asentir con cara de comprensión y a intentar meter baza en el relato de sus desdichas con sugerencias que ella inmediatamente contradecía. Yo no tenía claro para qué le servía venir a la consulta, pero sabía que iba a seguir en tratamiento forever, por el tema de la baja y porque entre medias de todo esto se le había ocurrido llevar a juicio a su empresa, al SAS, al INSS y a todo quisqui por reincorporarla y posteriormente despedirla. Y claro, para el juicio necesitaba estar en tratamiento psicológico y necesitaba (más) informes.

Cuando yo pensaba que Gema no me podía dar más motivos para odiarla a muerte, va y me trae una carta del juzgado donde se me convoca como perito de la acusación para el juicio que había emprendido contra medio Cádiz. Marronazo del quince. Yo nunca había estado en un juicio y me daba miedito, y además tampoco tenía claro si declarar contra mi empresa (el SAS) era ético o beneficioso para mí. Lo consulté con mi jefe y me dijo que yo podía negarme por incompatibilidad de intereses, pero que hiciera lo que quisiera. Entonces Gema me miró con sus ojos claros que siempre estaban mustios y me dijo:
- Si tú no vienes, el juicio no servirá de nada y no podré reclamar.

Así que me dio lástima. Pensé que a mí qué más me daba ir que no ir. Y fui al juicio. Para colmo, Gema me regañó por estar allí con menos de diez minutos de antelación, a pesar de que tuvimos que esperar como tres horas a que nos hicieran pasar. Como experiencia fue curiosa. Al final lo único que tuve que hacer fue ratificar los dos mil millones de informes que le había hecho a Gema y declarar un par de cosas. Gracias a mis visionados de Ally McBeal y mi aplomo natural, creo que no se dio mal la cosa. Una vez pasado el trago, Gema me medio agradeció el gesto, en medio de sus ansiedades y despersonalizaciones, y la cosa quedó ahí.

Dejé de currar el el Equipo del Averno, derivé a Gema a otra psicóloga y me quedé más a gusto que un arbusto.

Y si habéis tenido la paciencia de llegar hasta aquí, tranquilos, que la parte bonita llega en breve.

De los ciento cincuenta pacientes que me comí en el año que me explotaron como a una esclava trabajé en el Equipo, Gema fue la que me dejó peor sabor de boca. Me caía muy, muy mal y me sentía inútil. La vi como veinte veces, le escribí miles de informes, supervisé el caso con mi tutora, se lo comenté a mis compañeros. Intenté todas las estrategias que se me ocurrieron, lo hablé con la psiquiatra que llevaba el caso y le mandé metta mientras meditaba. Nada. Cero. Niente.

Dos meses después de cambiar de rotación, cuando estaba en el centro de salud y volvía de tomar café, me encontré a la madre de Gema en la calle. Al principio no me vio y pensé en hacerme la loca, pero estaba intrigada por saber qué había pasado con el juicio, así que me acerqué y la saludé. Charlé con ella un rato y resultó que estaba esperando a Gema, que había entrado en el centro de salud a pedirle nosequé a su médico (apuesto mi cabeza a que era un informe).

En cuanto la vi salir, supe que estaba mejor. Caminaba erguida, estaba más llenita y parecía casi despreocupada. Y cuando me vio, oh maravilla, sonrió encantada y siniestra como Miércoles Adams en la segunda peli. De verdad que sólo había visto sonreír a Gema una vez, cuando le felicité la Navidad, y me dieron casi escalofríos.

Resulta que el juicio había ido mal. Aún no sabía el resultado, pero seguramente iba a perder y nadie le compensaría que la hubieran echado del trabajo, según ella injustamente. Y aun así, estaba contenta y decía encontrarse mejor y estar saliendo adelante. Entonces me miró y me dijo algo que no se me olvidará nunca.
- ¿Sabes lo que marcó el punto de inflexión, Marina?
- Sorpréndeme (casi seguro que no contesté esto, pero lo pensé).
- Cuando viniste al juicio. No sabes lo que significó que alguien hiciera eso por mí. Cuando te pusiste ahí de pie y dijiste que yo realmente estaba mal, que decía la verdad y que me había pasado todo lo que ponías en los informes, sentí que alguien estaba dispuesto a apostar por mí. Significó mucho para mí, de verdad, y te lo agradezco.

Y me dio un abrazo enorme que yo le devolví, porque en el fondo hasta a los pacientes coñazo les coges cariño, aunque sólo sea por el efecto de la mera exposición.

Así que al final me quedó un bonito recuerdo de Gema. No tengo claro cuál es la moraleja de esta historia. Creo que aprendí que la lealtad es importante y puede ser por sí misma terapéutica. Y también que no hay que sobrevalorar, pero tampoco infravalorar, el papel que ocupas en la vida de la gente. Me alegré de verdad de verla mejor y me sentí orgullosa, de mí y de ella. Y la vida siguió, y ahora echo mucho de menos tener pacientes propios y por eso os cuento estas historias, y además acoso a mis expacientes cuando me los encuentro por la calle... pero ésa es otra historia, y debe ser contada en otra ocasión.

martes, 20 de septiembre de 2011

52. Maneras de arreglar un corazón

Como tengo el corazón roto y tal, hoy me he echado una siesta doble, como los whiskys, y después me he sentado en el sofá chaiselonguero y me he dicho: Marinita, Marinita, ¿qué quieres hacer esta tarde? Algo bonito y agradable, que te lo mereces. Al factor bonito y agradable había que sumarle varios condicionantes. El primero es que soy pobre como las ratas, desde que el bodorrio de mi primo me desequilibró el presupuesto del trimestre. El segundo es que hoy ha hecho un levante horrible y no apetecía irse a pasear junto al mar pensando en tirarse por el malecón con piedras en los bolsillos. El tercero es que estoy a dieta baja en carbohidratos, con el doble objetivo de perder los kilos de vacaciones y acabar con el acné del Averno. El cuarto es que me duele el codo.

Total, que no podía ni pasear a lo melancólico, ni atracarme a helado de chocolate, ni nadar, ni darme masajes, ni hacerme la pedicura, ni comerme un muffin de chocolate, ni comprarme unos zapatos preciosos, ni matarme en el roco hasta que se me olvidara la vida, ni nada que se pareciera remotamente a un consuelo para el alma.

Como tenía cita en el centro de salud para que me curaran la quemadura de la pierna, he ido tirando para allá mientras se me ocurría algo. Está guay que te curen, es como que te cuidan y además es gratis, aunque no es tan agradable como los masajes. De hecho, la enfermera me raspa la herida y dice que es mejor que sangre, y encima yo luego en mi casa me quito la venda y me pongo otra pomada que me ha recomendado mi padre porque no me fío de ella. Pero quitando que soy una absurda y que duele, tiene su punto.

Después de la cura, cinco de la tarde, levante del Averno, corazón roto, he hecho lo que hago cuando estoy perdida y no sé dónde meter mi maltrecho cuerpo: me he ido al Corte Inglés. El Corte Inglés me pone de buen humor. No sé por qué, no me pasa en otras tiendas. Creo que es la variedad, poder ir de un sector a otro y vagabundear mirando objetos bonitos de todas las clases y colores. Ni siquiera me hace falta comprar para que me buenrolle.

Primero he estado en la sección de deportes, calibrando si ya tengo los suficientes abdominales como para poder ir por la vida en sujetador Nike (la respuesta es no). Me he encontrado a la madre de una paciente que me ha dicho que su niña está fatal y que lo arregle. Le he dicho que vea la Supernanny, porque yo ya no curro en ese equipo del Averno (mentira, soy patológicamente amable, le he dicho que fijaríamos una cita de despedida y lo arreglaría).

Después, por supuesto, libros. Oh, los libros. Ya he dicho alguna vez que de mi padre sólo me fío en dos cosas: sus recetas y su gusto literario. Me había recomendado "Que empiece la fiesta", de Niccolo Amaniti, un libro en el que no me habría fijado si no fuera de Anagrama. Así que me he empezado a leer el primer capítulo apoyada en una columna. Y cuando me he encontrado (cinco de la tarde, corazón roto, la mayor dosis de cariño de hoy me la ha dado una enfermera, etc. etc.) descojonándome de risa mientras el dependiente me miraba, me he dicho: este libro ha de ser mío. Y me he gastado veinte euros en un libro, siendo como soy pobre como las ratas, tócate los pies.

He pasado de mirar zapatos, y mira que me gustan los zapatos de invierno. Esa obscena variedad: botas altas y bajas, con y sin tacón, con y sin cordones, manoletinas, zapatos con hebillas con o sin tacón, de piel, de ante, de charol, y ya paro que me estoy poniendo nerviosa. Pero es que no pega mirar zapatos de invierno con este calor. Así que me he ido directamente a la tienda del Gourmet a comprar chocolate exótico. Libros y chocolate, que Dios me perdone: ya he dicho que tengo el corazón roto. He dudado un rato entre naranja y fresa con pimienta, y al final me he llevado el de fresa por variar. He caminado entre las estanterías, acariciando las tarrinas de foie y los paquetes de setas desecadas. Luego me he tomado un descafeinado y unas cuantas pastillas de chocolate con fresa y pimienta, que no está mal, por cierto, pero el de naranja sigue siendo un caballo ganador.

Cuando ya me iba me he acordado de P., que es una ex paciente que trabaja allí. Siempre que voy me acuerdo de ella, pero estaba de baja maternal y nunca la encontraba. Hoy he tenido la inspiración de que se había incorporado ya, así que me he ido a buscarla a su sección. Y ahí estaba, toda guapetona post parto. P. es una de las pacientes a las que tengo más cariño. Tiene unas ansiedades de la muerte y hubo que quitarle todas las pastillas porque se quedó embarazada. Así que fue una especie de intervención en crisis, un bonito reto terapéutico, porque no le quedaban más narices que enfrentarse a la vida sin química. Recuerdo consultas al límite, con ella respirando en una bolsa de papel y yo diciéndole "¡Piensa en tu hijo, P.! ¡Piensa en él!".

La saludo superentusiasmada desde lejos, y ella me mira raro y cuando me reconoce también se superentusiasma. Nos abrazamos. Habrá quien se pregunte qué tipo de vínculo establece realmente un psicólogo con sus pacientes. Pues yo a la mayoría termino por quererlos, pero yo me encariño con una escarola, así que no sé si es lo más común. Charlamos, me cuenta que tuvo un parto horroroso, me enseña fotos de su hijo. Me pregunta si voy a volver al equipo, porque ha intentado pedir cita conmigo y no puede. Le explico que ya no trabajo en ese equipo del Averno, pero que si alguna vez me veo obligada a volver será la primera en enterarse.

"Que me acuerdo mucho de ti, Marina. Que no sabes lo que me has ayudado", me dice. "De vez en cuando me encuentro tus papeles por ahí y los releo. Tú no sabes la influencia que ejercéis en la vida de la gente, en serio. Y ya la ansiedad no me paraliza. Sigue ahí, pero no me paraliza, no me da la gana". Nos hemos abrazado tres veces, así que la enfermera ha bajado un puesto en el ranking de personas que me han dado cariño hoy.

Al final creo que el camarero me ha puesto el café con cafeína, así que perdonadme la verborrea. Acabo de ir en bici hasta Cortadura para ver si se me pasaba un poco, pero qué va. De todas formas ha sido un bonito paseo, escuchando Vetusta Morla, cantando cuando no había gente y observando las playas enormes y vacías de Cádiz. La fauna veraneante ya ha dado paso a la gente de aquí, y se nota la diferencia en cantidad y en una cierta intimidad tranquila de los habitantes de la ciudad reencontrándose con ella.

Total, lectores, que entre el chocolate, el libro, mi paciente y la bicicleta, pues ni tan mal. Sí que hay cierta continuidad extraña entre la tristeza y la alegría, Anónimo76. O a lo mejor soy yo y la ciclotimia poseyéndome; el caso es que ha sido una buena tarde, la de hoy.

Siempre hay tiritas, pequeños. Siempre hay tiritas.

lunes, 19 de septiembre de 2011

51. Ser valiente no es sólo cuestión de suerte

Así que reúnes el valor y lo dices. Me bajo aquí. No quiero esto. No eres tú, soy yo, llámalo equis, pero la cuestión es que voy a pasar. Gracias por los momentos, eres estupendo, cuídate mucho. Que te vaya bien.

La sensación es una mezcla entre tener ganas de vomitar, haber cogido la gripe y que se te agarroten los dedos por las ganas de estrangular a alguien.

El momento llega y se va, como todos los momentos, y marca el principio del montón de horas de después. Del montón de horas que tendrán que pasar antes de que empieces a alegrarte de lo que acabas de hacer.

Y entonces cierras los ojos, vuelves a abrirlos y estás sola. Se te caen unas lágrimas rabiosas mientras te acaricias con suavidad el pelo de la nuca. Aguzas el oído, porque estás segura de que en algún lado vas a poder escucharlos. Los aplausos. Las enhorabuenas. Los vítores.

Pero sólo hay silencio, y el zumbido intermitente de la nevera.

Así que te dices que el valor es un gesto ético y estético. Que debe de haber cierta gloria de andar por casa en elegir la victoria a largo plazo.

Con eso te consuelas.

Y te vas a dormir. Qué otra cosa te queda.

domingo, 18 de septiembre de 2011

49. Guardia

Estoy en la sala de estar de los médicos con la psiquiatra y la residente de psiquiatría. Nos hemos tumbado cada una en un sofá y dividimos nuestra atención entre la tele, el whatsapp y el techo. Estar de guardia es extraño. De repente el mundo se reduce a las paredes del hospital y a las veinticuatro horas que tienes que pasar en él. Se te van cansando los ojos de la luz del fluorescente y te vas sintiendo cada vez más alejada del mundo.

No es tan terrible, pero tampoco parece fácil. Nos han llamado tres veces, en los tres casos por intentos autolíticos de distinta intensidad y naturaleza. Una se había zampado varias cajas de pastillas y llevaba desde ayer en observación adormilada en una camilla. Otra se había tomado cuatro benzos y tres chupitos de whisky. La otra tenía las piernas abrasadas de quemaduras de cigarros y había intentado tirarse por una ventana. Viva la salud mental.

No tengo muy claro por qué elegí este trabajo. Cuando pasas un rato rodeada de desgracias puedes sentirlo de forma física. El dolor se transmite a través del aire como las ondas de radio y te va poniendo mustia. Es delicado: puede afrontarse cuando estás bien y te sientes fuerte y generosa, pero si estás mal te sobrepasa. Cuando trabajaba en el equipo pasé mañanas de verdadero pánico en las que me preparaba el desayuno y me arrullaba en voz alta "tú puedes, Marina, puedes hacerlo, tranquila, puedes ir allí".

Hoy concretamente, como me siento feliz y fuerte como los limones, el contacto con los suicidas vocacionales despierta mis ganas de vivir. Sobre todo, me da perspectiva. No quiero crear más sufrimiento gratuito. No tengo por qué hacerlo. Para mí, que soy lista y con recursos, que tengo amigos y gente que me quiere, ser feliz es una obligación ética. Por eso a veces me da rabia ver que alguien se tortura por cosas poco importantes. Me dan ganas de traerles un ratito aquí y decirles: mira, esto es lo que hay, así vive la gente, así de desigualmente se baten en el duelo de la vida. Aprovecha lo que tienes, mira lo positivo, tira hacia delante, da cariño a los que tienes cerca. Déjate de miedos y de neurosis, abre tu corazón, perdona a los que te hirieron y aprende a escalar. Hazte cargo de tu felicidad. Espabila, cojones.

Pero en realidad no debe de ser tan fácil, ni siquiera para los que de verdad tenemos la botella medio llena. Es rara la vida. Es trabajosa. No sé por qué elegí esta profesión, cuando seguro que las hay más fáciles o, por lo menos, más alegres. No creo que tenga que ver con ser particularmente buena persona. Dicen que los que vivían cerca de las centrales nucleares se sentían menos inseguros frente a un posible riesgo de desastre nuclear. Tener cerca el peligro te hace pensar que puedes controlarlo. A lo mejor pienso que ver el sufrimiento todos los días me ayuda a mantener la perspectiva, o incluso que puede inmunizarme. Me siento sensata y dura mirando a los ojos de los suicidas.

No sé cómo acabar este post. No sé si es fácil o difícil salir del sufrimiento. No sé si querer trabajar con la pena ajena es noble o increíblemente patológico. En realidad estoy hoy aquí por no hacer tardes entre semana. No tengo especial interés por pasar un sábado oyendo historias de gente que quiere morirse. Preferiría estar escalando o teniendo sexo. Y tampoco sé por qué elegí este trabajo. A lo mejor me gusta, a lo mejor pienso que tengo lo suficiente como para empezar a dar. A lo mejor alguien tiene que hacerlo.

Ahora mis compañeras se han ido, la sala está en silencio y la combinación de fluorescentes, linóleo y sofás de polipiel es un poco deprimente. Pienso en los hospitales, tan llenos de pena y ruido. Mi alrededor está lleno de enfermos y muertos, y yo aguanto aquí con una conexión a Internet y una fe inquebrantable en el proceso de la vida.

Me voy ya a dormir, que me estoy poniendo mística. Os quiero y os agradezco los ánimos.

sábado, 17 de septiembre de 2011

48. Preguardia

Mañana tengo mi primera guardia, chispas. Resulta que después de dar mucho por saco, los pires hemos conseguido hacer guardias presenciales de 24 horas con los psiquiatras. Es bueno porque nos va a permitir hacer menos tardes a la semana y vamos a cobrar más, pero en estos momentos existenciales tengo un poco de miedito. Me produce claustrofobia encerrarme 24 horas en un hospital.

También está la angustia ante lo desconocido. Cuando eres PIR te enfrentas a lo desconocido con una frecuencia inhumana. Cada tres o cuatro meses cambias de rotación y tienes que empezar en un sitio nuevo, con compañeros nuevos y una forma distinta de trabajar. Que está guay porque te vuelves adaptable como un ornitorrinco y porque no te aburres, pero al principio es duro.

Llevo desde el lunes trabajando en drogas. Así a priori no me atraía mucho la idea, pero después de unos días estoy fascinada. También hay que decir que igual que me encariño con un apio, puedo fascinarme con una piedra. Pero en serio, las adicciones son estremecedoras. Tienes la impresión de ver a la persona luchando con algo intenso y ajeno como un dragón. Te das cuenta de cómo la sustancia (o el juego, o lo que sea) se introduce en la vida de la persona y la ocupa por completo, como un amor destructivo y feroz de estos que te dejan sin fuerza para nada más.

Hoy no tengo ganas de escribir más. Ya sé que ayer estaba tope de entusiasmo por la escritura y tal, pero hoy estoy cansada y preocupada por mañana, y quiero dormir para no pasarme el día como una zombi. Creo que me irá bien, en realidad. Seguro que es interesante, porque interesante es todo, y además tengo la guardia con Pilar, una psiquiatra encantadora que chorrea compasión hacia sus pacientes. Y el domingo escalo. Y el lunes también. Así que bueno, no puedo quejarme.

Aun así, deseadme suerte, ¿vale? Una guardia tranquilita y dormir sin sobresaltos. Poder echarme la siesta y que la cama no sea completamente mierdosa. Que nadie quiera matarse ni morirse. Con eso me conformo.

jueves, 15 de septiembre de 2011

47. Caramelitos



Este post se lo quiero dedicar al señor K. El señor K. es un melenudo adorable y depresivo que escribe como los ángeles. Tiene una gramática seductora, un verbo incisivo y un sentido del humor de alto nivel. Las editoriales no lo reconocen porque son mongolas, pero yo tengo una fe inamovible en que en algún punto se darán cuenta y le publicarán. En ese momento se hará minoritariamente famoso, en plan escritor de culto, y poco a poco irá mudando a bestsellerista de manera respetable, como Murakami. Entonces yo podré decir que le conozco, aunque seguro que se vuelve insoportable y pretencioso, y va por ahí comprando obras de arte caras para luego destrozarlas, como una extraña estrella literaria del rock.

El señor K. y yo nos conocemos desde hace más de tres años ya. Nos vemos en persona con una frecuencia aproximada de una vez cada eclipse solar completo, pero hablamos por facebook bastante a menudo sobre por qué las mujeres guapas están locas y los hombres guapos son unos neuróticos. Son conversaciones infructuosas pero divertidas, porque además el señor K. tiene la pluma ágil y una ortografía exquisita. Es la única persona que conozco que chatea colocando las exclamaciones iniciales y que nunca jamás equivoca una tilde. Es la persona a la que le consulto mis dudas ortográficas, lo que da lugar a conversaciones frikis del tipo de "pues si tú vas a seguir poniéndole la tilde a sólo cuando significa solamente, yo también, y me la suda lo que digan los capullos de la RAE".

Hechas las presentaciones, vamos al lío. Últimamente soy feliz y es raro. Este mayo estaba hecha polvo. Cocinaba pensando en autolesionarme para pedir la baja; a ver, no lo pensaba en serio en serio, pero la idea se me pasaba por la cabeza y me parecía muy deprimente. Supongo que tenía que ver con estar trabajando en el equipo de salud mental, epicentro de la hostilidad gaditana, con hacer tres tardes por semana y no tener vida, con no ser capaz de desengancharme de J., con el acné del Averno y en general con que mi sistema nervioso no es que sea último modelo y se desequilibra facilito.

Entonces decidí cambiar el chip. Verídico. Lo escribí en algún post de aquella época, creo recordar: que vi una peli en la que la protagonista decía que hay que aguantar el tirón, porque nunca se sabe cuándo las cosas están a punto de cambiar. Decidí ver el lado bueno y la botella medio llena. Escribí en mi pizarrita de IKEA, en letras grandes, "Haz esfuerzos positivos por lo bueno", y cada vez que entraba en casa me entraba así como una punzadilla de autocompasión porque pensaba que era un poco triste mi coaching pizarrero. Pero bueno, ahí estaba y me esforcé como buenamente pude.

Desde entonces me han pasado muchas cosas bonitas, y ahora estoy en uno de los mejores momentos de mi vida adulta. No sé exactamente qué ha determinado el cambio. Quizá fue quedar con J. un día, meternos cuello y que fuera como besar a una almeja, y que a partir de ahí sintiera que ese capítulo de mi vida, por fin, ha terminado. Quizá fue empezar a escalar, que me tiene enamorada, divertida y en una sucesión permanente de lavar ropa y echarme trombocid en las rodillas. Quizá fue rotar por primaria y salir a la una todos los días. Quizá la sobredosis de endorfinas de la playa de Cádiz.

Pero mira tú por dónde que yo creo que fue el Michelian Challenge.

Ser medio feliz es raro porque estás suspendido en el vacío, como en una cuerda de estas de equilibrio tendida en mitad de las montañas de Yosemite. Tú aguantas ahí como puedes, y a un lado y a otro hay mucho sufrimiento. Lo veo en el trabajo, porque vaya tela las adicciones, en serio, son más duras de lo que había pensado y me parten el corazón. En la UCI pediátrica se estaba muriendo hoy un niño y había como veinte familiares llorando a coro en la entrada, perdidos en una burbuja inconcebible de pena. Y la gente sufre, en general; mis amigos, mi familia, mis compañeros... sufren mucho. Y en medio estás tú abrazando la fragilidad de tu presente, porque sabes que no eres invulnerable al dolor ni a la penita y que en cualquier momento la aguja puede atravesar el disco y ponerte los pelos de punta.

La cosa es que en medio de esa fragilidad cuesta encontrar algo sólido. Yo digo que en realidad sólido no es nada, porque todo es impermanente y blablabla, pero mira tú por dónde, después de años y años escribiendo y de leer en todas partes eso de "escribe a diario, nulle die sine linea, que la inspiración te pille trabajando" y tal, resulta que tenían razón todos. Que escribir todos los días toca alguna tecla misteriosa relativa al compromiso y al disfrute retorcido y mágico de tener una obligación que te gusta. Por eso cuando vuelvo de escalar y es la una de la mañana, y me duelen los antebrazos y pienso "qué cojones estoy haciendo yo aquí y ahora", el compromiso supone que en realidad no tengo alternativa. Tengo que escribir; sencillamente, no puedo decir que no. Y descubro un lugar de calma y encuentro que es un oasis, y que no me falla porque soy yo misma. Como cuando Momo visita al maestro Hora con sus hermosas flores horarias y después se da cuenta de que ha estado todo el rato en su propio corazón.

Así que gracias, señor K. Escribir todos los días me hace muy feliz. Era tan fácil como eso. Y en cuanto llegue al bestsellerismo será usted mi primer mecenazgo, chispas, y no tendrá que preocuparse más por el tercermundismo literario.

Se le quiere, pelanas. Muchos besitos.

46. Good morning, sunshine

Me gustan mis mañanas del verano tardío y levantarme con la fresquita tapada con la sábana. Últimamente me despierto de buen humor. Camino por mi casa, abro el balcón para que entre la brisa de la mañana, admiro la luna sobre el cielo azul clarito y los tejados blancos y me pregunto si nadie ha patentado todavía la luz de Cádiz. Enciendo el ordenador. Me planteo si aprovechar el café de ayer, pero termino por poner una cafetera nueva para que huela a despertar mi salón-cocina. Reviso el correo, el facebook, el blog, leo chorradas. Me levanto, busco ropa, me siento, le echo más leche al café, lo recaliento, camino descalza por las baldosas frías, pongo algo de música y friego los platos de la cena. Después me ducho y el tiempo se va plegando sobre sí mismo hasta que me doy cuenta de que voy tarde, para variar, y lo tengo que hacer todo deprisa y corriendo: vestirme, curarme la quemadura que me hice la semana pasada con la cuerda, lavarme los dientes, meter a toda leche en el bolso la cartera, el móvil, una libreta, un libro, el ipod. Dejo las cosas del desayuno por medio. Cuelgo mal la toalla en la mampara del baño. Bajo en el ascensor mientras me cambio las gafas de ver por las de sol, me miro al espejo, pienso "no estoy mal" y salgo correteando hacia mi moto, que me espera en la puerta cual fiel corcel. Conduzco hacia el trabajo por el campo del sur, mirando el sol y el mar recién amanecido, las olas batiendo enormes contra el malecón y, en serio, ¿nadie nunca ha querido registrar estas vistas de Cádiz, ponerles copyright, taparlas y cobrar porque la gente las disfrute? Porque es descomunal el amanecer, la catedral sobre el cielo de colores, las olas y el viento de uno u otro lado barriendo esta ciudad-barco tan inconcebible y tan bella. Me aturrullo, los coches van muy despacio y luego me recuerdo que el de delante no tiene la culpa de que yo vaya siempre con la hora pegada al culo. Más vale perder cinco minutos en la vida que la vida en cinco minutos, y siempre hay un momento para mirar las cafeterías, a los niños que van al colegio, que me encantan con sus coletas repeinadas de colonia y sus mochilas de Dora Exploradora... Y después llegar al curro, aparcar, sentir el breve pellizco en el estómago, la incertidumbre, la angustia de tener que estar aquí por huevos, y luego cambiar por agradecimiento: estoy agradecida por tener este trabajo y poder aprender todos los días, por mirar a la gente a las caras y descubrir la historia que hay detrás de la yonqui embarazada que aparca coches en el paseo, y que ahora se sienta frente a mí y me mira con sus ojos grandes, grandes mientras habla de dormir en un cajero y de tener hambre y síndrome de abstinencia y yo pienso que joder, que en realidad quién cojones soy yo para juzgar, y que cómo no voy a madrugar contenta, si soy una privilegiada de la vida, y que bueno, no me hagáis mucho caso, que he estado escalando esta tarde y tengo las endorfinas a tope, y me voy a dormir porque quería hablar de mis mañanas y no sólo me he salido del encuadre sino que, además, con tanta coma parezco Saramago y paso.