massobreloslunes

lunes, 30 de enero de 2012

La luz y el túnel

Tengo la cara bien nivel mirarme al espejo así, por gusto, y no para examinar preocupada el avance del Acné del Averno en mi rostro inocente. Puedo decir sin temor a equivocarme que estoy mejor que en el último año y medio, y que además sigo mejorando. Hu ha. No tenía claro hasta qué punto era bueno compartirlo aquí, porque cada vez que digo que voy mejorando me ataca un Brote Infernal. Pero después de que hoy un chaval me dijera en el hospital que soy "un bombón" y de pasarme la tarde mirándome encantada de la vida en los espejos del Mercadona bajo la luz infernal de los fluorescentes, he pensado: qué coño.

ESTOY GUAPÍSIMA. Verídico.

¿Qué he hecho para llegar hasta aquí? Pues bueno, llevo una dieta ridículamente restrictiva la mayoría del tiempo. He cambiado de jabón y de crema. Tomo montones de Omega 3 hipercaro, junto con otros suplementos que voy alternando en función de mis ganas y mi dinero. No tengo claro qué está funcionando de todo esto; quizá es todo junto, o quizá, como dice mi madre, ya tocaba.

Hace unos días, dando vueltas por la librería, vi un libro de Buckowski y me acerqué mucho a la foto de la contraportada para distinguir las cicatrices de su acné en las mejillas. Ya hace mucho que leí "La senda del perdedor", pero el relato del acné del protagonista todavía me persigue. Explica cómo estuvo un tiempo sometiéndose a unos tratamientos muy dolorosos donde una chica le extraía la pus de los granos con una aguja. Después le empapaba la cara de desinfectante y se la vendaba, y a él le encantaba ir por la calle con su cara vendada, sintiéndose protegido y misterioso mientras clavaba miradas lascivas en los ojos de las chicas con las que se cruzaba.

Años después me vi tumbada en una camilla una vez a la semana mientras una esteticién me hacía unas limpiezas faciales muy, muy agresivas. Recuerdo el local, que estaba en una rotonda perdida del Zaidín, y cómo la tipa me daba un masaje relajante antes de empezar mientras sonaba música clásica. La música continuaba toda la sesión, y al final yo parecía la protagonista traumatizada de La muerte y la Doncella. Dolía mucho, física y mentalmente, sobre todo porque no servía para nada. Mi piel en aquella época era indescriptible. Indisimulable. Me rascaba la cara y caía una lluvia de piel muerta sobre mi jersey y, por debajo de mi cara despellejada y reseca, el acné se reproducía cada vez más violento. Los que no habéis pasado por esto igual no lo entendéis del todo, pero hay momentos en que es como tener un puto alien poseyéndote.

Ahora siento que me han devuelto mi cara. Aún me queda para estar del todo bien, pero ya he llegado a un nivel aceptable. Puedo maquillarme. Puedo rascarme. No me pica y no me duele. No me tengo que subir de espaldas al ascensor para no mirarme en el espejo. No evito la peluquería ni los probadores. Miro a las caras de la gente con cierto orgullo difuso. Cualquier día empezaré a sentirme hasta sexy. La cara es mucho más que lo que tenemos encima de los hombros: es nuestra identidad, nuestra forma de comunicarnos con el mundo. Y, como leí una vez que había dicho la francesa aquella a la que le transplantaron la cara, sin cara no hay futuro posible.

Escribo esta entrada para actualizar el estado de mi AA y porque me pone contenta. También porque no sé muy bien qué es lo que está funcionando, pero sé que lo que la solución, en realidad, está en el proceso. Dicen que cuando el alumno está preparado, aparece el maestro; de la misma forma, creo que cuando el paciente está preparado, aparece la cura. Es una mezcla entre testarudez y sensibilidad, entre sentirse agotado y mantener la esperanza. Yo estoy muy, muy lista para curarme.

El sábado por la noche pasé un buen rato hablando con mi madre del estigma del trastorno mental. Al final me acordé de algo que Prado, la psicóloga de drogas con la que roté, le dijo un día a un alcohólico en rehabilitación: cada uno tiene sus limitaciones. Lo que equivale a decir que cada uno tiene su cruz. Yo no sé cuáles son vuestras batallas, pero estoy segura de que las tenéis.

Si al final resulta que sigo por buen camino y me curo de esta Enfermedad del Mal, será lo más meritorio que he hecho en mi vida sin ninguna duda. Que yo sé que no es un cáncer, ni soy como el tetrapéjico ese que consiguió volver a andar con el único poder de su fuerza de voluntad. Pero para mí es muy importante todo el recorrido: haber sido capaz de sobreponerme al dolor y luchar. Cuando después de sufrir las limpiezas aquellas durante meses y de dejarme un dineral indecente terminé peor que nunca y tomándome otra vez el Roacután, sentía que no había esperanza. Cuando, meses después de terminar la última tanda de Roacután, me di cuenta de que estaba volviendo a empeorar y me puse a llorar delante del espejo del baño, otra vez volví a creerme que no tenía arreglo. De la consulta de último dermatólogo también salí llorando, cuando me dijo algo como "a ti con esto todavía te queda". Y ahora aquí estoy. Guapísima, insisto, y mejorando. Con arreglo. Con esperanza.

Así que bueno, ya está, eso era lo que quería contaros hoy. Que más allá de la dieta concreta o el suplemento concreto que puede ayudar en la batalla de cada uno, lo importante es estar ahí. Las batallas se ganan en las trincheras. No os deis por vencidos en la vuestra. Merece la pena.

Termino con una fotito de mí misma que incluye la preciosa coronilla rubia de mi preciosa sobrina Tahira.


domingo, 29 de enero de 2012

Fluyeeeeendo

No me puedo creer que ya vayamos otra vez camino al verano. Que eres una exagerada, Marina, me diréis algunos. Que estamos en enero, o bueno, si me apuras en febrero casi. Pero es que ya lo cantaba Quique González en Salitre, "nunca es primavera donde tú creciste", y aquí en el sur las cosas son así. Un invierno más que clemente, con un montón de días de sol de esos en que la Caleta parece la Quinta Avenida y casi no puedes andar. Las tardes cada vez más largas, que hoy me ha sorprendido ver que a las siete todavía quedaba luz. Febrero, que es un suspiro con los carnavales; marzo y abril, que igual sorprenden con los últimos coletazos de frío y lluvia. Y en mayo es mi cumple y ya hace calor, ya puedes irte a la playa, los días ya son estremecedoramente largos. Aquí en Cádiz no hay montañas y la luz reverbera en el océano, y a mí a veces me da miedo volverme loca como los del círculo polar cuando veo que son las diez y media y todavía no se ha hecho de noche.

Así que sí, vamos camino del verano. Cuando me quiera dar cuenta estaré otra vez tumbada al sol en la silla caletera. Acabo de estar echando un ojo a algunas fotos y vídeos antiguas que tengo en el ordenador. Que de verdad: si muero de forma inesperada, por favor, que alguien queme el Mac antes de que haya tiempo de meterle mano, porque me he dado cuenta hoy de que almaceno demasiados vídeos privados cantando Shakira con la guitarra. El caso es que hay uno de este verano y se me ve mortalmente rubia de pelo y morena de piel; parezco californiana, o algo. Canto Maldita Nerea con estusiasmo, pero sonrío poco y no sé por qué.

Llevan un par de semanas picándome las ganas de ir a vivir a otro sitio. En enero del año que viene me mudo a Madrid un mínimo de cuatro meses y un máximo de siete. Voy a rotar en la Paz con una psiquiatra que practica terapia narrativa con víctimas de trauma, y después quiero irme a un hospital de día a trabajar el apego en psicóticos. Me apetece muy mucho. No es que no me guste estar en Cádiz, que sabéis que me encanta, pero también me gusta mucho mudarme. Al final uno acaba amando las cosas si las hace el número suficiente de veces. Me recuerdo lloriqueando en Granada porque echaba tanto de menos... no Málaga, porque no era Málaga, sino cierta sensación de arraigo. Después aquí, extrañando Granada. Al final, para arraigar solo hace falta echarle un poco de corazón.

Me gusta más mudarme que viajar. Creo que es porque soy de reacciones lentas y tardo mucho en cogerle el ritmo a los sitios y a las personas. Pero al final, si te mudas dos o tres veces y consigues arraigar un poco en cada sitio, desarrollas una fe abrumadora en el proceso. Sabes que con la gente hay que ir despacio pero seguro, que quizá tengas que salir cuando no te apetece o pasar cierto miedo difuso si vas sola a entrenar a un rocódromo y temes que los maromos te hagan bullying. Pero al final no queda más remedio que conectar, y conectar es devastadoramente guay.

Ayer hice guardia con el MIR de psiquiatría. Iba a hablar bien de él, pero me ha pedido la dirección del blog y ahora me da vergüenza (¡hola, MIR!). Así que resumo diciendo que hizo de la guardia una buena guardia. Porque es un psiquiatra que escucha y que sabe hacer sentir a los pacientes que le importan. Porque es inequívocamente cálido y muy honesto. Porque aunque le cueste la misma puñetera vida quedar para tomar una caña, es la persona a la que llamo si me caigo con la moto y estoy llorando sola en el hospital a las ocho de la mañana. El MIR mola muchísimo. Y esta tarde he quedado para tomar algo con Nuria, que es BIR (Bióloga Interna Residente) y que también es mi amiga no tengo claro por qué. Las dos nos sentíamos solas al principio y las dos pusimos una voluntad tremenda en llevarnos bien: empezamos a quedar por quedar, sin coincidir nunca en ningún lado, y año y medio después seguimos llamándonos con regularidad aceptable y nos juntamos para criticar a los hombres. Hoy estaba todo cerrado y hemos terminado en un bar infumable del Mentidero, con el fútbol de fondo a toda pastilla, bebiendo un rioja de calidad dudosa mientras repetíamos "putos tíos" con una frecuencia aproximada de dos veces cada cinco minutos. Y eso está muy bien. El MIR salvó mi guardia, la BIR salvó mi domingo. Y me acuerdo ahora concretamente de los primeros meses que pasé en Cádiz, cuando pensaba: es una ciudad preciosa, pero para compartirla con gente. Quiero quedar con alguien para entrar en estos bares y pasear estas calles. En ese sentido parece que todo ha empezado a fluir bien, y me voy con el argentino a cenar vino con muffins de chocolate al Café Levante y con el Kpot a fumar tabaco de liar y a intentar descifrar los recorridos mentales de la gente. Y, en fin, esa es mi vida y es guay pero, aun así, me apetece un montón mudarme.

Que no hay prisa, ojo. Que me quedan once meses en Cádiz y luego otros diez, cuando vuelva de Madrid. Pero no es tanto. Si consigo hacer las dos rotaciones externas seguidas, este verano será mi último verano aquí, así a priori. Lo que es muy increíble, porque el verano en Cádiz está ahí a caballo entre la indolencia y la magia y una se siente muy, muy afortunada cuando cabalga en moto por el aire cálido y puede oler el mar desde cualquier parte. Aun así, me imagino en Madrid de aquí a un año. Me imagino compartiendo un piso un poco cutre con veinteañeros largos como yo, gente que a lo mejor está también un poco perdida pero que se junta por las noches para contarse el día y tomar una caña en el salón. Me imagino apuntándome a algún roco, que allí debe de haberlos buenos, y quedando los fines de semana para ir a escalar adherencias en la Pedriza (y eso que no me gustan las adherencias). Me imagino discutiendo recorridos de metro para llegar lo más rápido posible de un punto a otro, y vagando por el centro los domingos solo porque están las tiendas abiertas y porque puedo. Escuchando conciertos en el Libertad 21. Comiendo al sol en los indios de Lavapiés. Paseando por el Retiro así toda melancólica y luego escribiendo aquí en el blog y creando una etiqueta llamada "Madrid".

Así que bueno, la vida. Uno siempre está en otro lugar, supongo. Estás en un futuro donde tienes amigos con los que tomar vinos, y después, cuando esos amigos llegan, estás en otro futuro en el que vagas por otra ciudad y piensas, a su vez, en un futuro en que podrás irte con alguien a descubrir sus mejores esquinas. Y en medio de todo eso vas haciendo el viaje. Y al final lo más importante, lo mejor de todo, es la gente a la que conoces por el camino. Porque ellos son los que construyen verdaderamente las ciudades que habitas.

jueves, 26 de enero de 2012

Duele

Vale, las cosas claras. Sí, estoy con la regla y sí, mi útero está empeñado en demostrar que tiene su propia opinión respecto a las cosas y sí, odio el frío húmedo de la costa todo lo que un ser humano puede odiar un fenómeno meteorológico. Y acabo de terminar el post (estoy añadiendo esto a última hora) y no me siento nada mejor que cuando empecé. Más bien al contrario. Así que igual os sale más a cuenta esperar a que me cambie el humor y vuelva a escribir sobre lo mucho que mola todo. Hecha esta aclaración, prosigamos.

Hoy he tenido momentos de particular empatía con los pacientes. Empatía de la mala, de la dolorosa. Creo que es fácil darse cuenta de que uno es afortunado en cuanto a dinero, a salud, a posibilidades, pero no es fácil darse cuenta de que uno es afortunado en amor. Porque todos nos sentimos más o menos solos, porque la gente va a su puta bola y las relaciones románticas se están convirtiendo en un compás neurótico a dos voces. Pero a veces ves a alguien que está solo, solo de verdad: una familia realmente patológica, donde a un miembro se lo está silenciando. Y la enfermedad mental es una de las mejores excusas para silenciar a alguien. Es muy terrible.

Hoy estaba de observadora en la consulta y ha habido un momento en que he tenido que mirar al suelo porque no podía aguantar mirar a la paciente a la cara. Porque me dolía. El psicólogo estaba empeñado en dejarle muy, muy claro hasta qué punto estaban equivocados los delirios y las alucinaciones del principio del ingreso. La chica estaba mejor y empezaba a hacer crítica, pero yo sentía como si se le estuviera robando algo muy básico. Es decir, que los delirios son falsos, claro que lo son, pero el sentimiento que esconden es verdadero. Y nadie le estaba reconociendo ese sentimiento, y ella estaba triste y desconcertada y yo me daba cuenta de hasta qué punto tenía que estar sola.

Así que luego me he venido a casa pensando que me da mucha penita, y pensando también que no es bueno que me dé tanta penita, y pensando, por último, que me estoy sobreimplicando y que eso puede perjudicar a la paciente. Porque después están todas esas barreras que nos ponemos, el cuidado extremo en que no se confundan papeles, en que nadie se tome más confianza de la cuenta. Y acabas sintiéndote mal y encima sintiéndote culpable por sentirte mal.

Lo que decía: que el amor es un bien muy preciado. Es muy, muy importante que construyamos vínculos. Por la tarde he estado dando vueltas por el Corte Inglés y hablando con Elsa por teléfono, y en realidad yo quería escribir hoy sobre eso: sobre una conversación completamente absurda que hemos tenido en la que intentábamos dilucidar si un hombre puede ser a la vez espiritual Y sexy. La hipótesis general es que no: que lo sexy tiene que ver con cierto componente retador y cuasi-malvado que no está presente en lo espiritual. El tema es que tener amigos es tan guay. Tan positivo. Amigos y familia, gente que te quiere, que te valida y que te escucha. De verdad que los vínculos son muy importantes. Y tenemos mucha suerte de poder tener vínculos sanos y de que nuestras cabezas están sanas.

A algunos pacientes hay que inyectarles psicofármacos una o dos veces al mes, y nosotros nos quedamos tan panchísimos, ¿sabéis? Tan jodidamente panchos. Pensando en el buen, buenísimo rollo que da que exista una medicación que favorece el cumplimiento terapéutico porque sólo hay que administrarlo una vez al mes. Sin darnos cuenta de lo que está significando para una persona el hecho de tener que ir una vez al mes a un centro de salud mental y ponerse en cola con otro montón de enfermos abotargados y rechonchos a que le pinchen su inyectable. Y mientras vamos por ahí con nuestras batas y los bolis, los cuadernos, los calendarios con las caritas sonrientes del Risperdal y el logotipo futurista del Xeplion. Y los compañeros te cuentan orgullosos que el de Janssen se los lleva de congreso a Barcelona con todos los gastos pagados. Y no es que yo esté en contra de la medicación, en absoluto. La medicación es una ayuda muy grande que muchas veces controla y apacigua lo que nosotros, por desgracia, todavia no sabemos controlar ni apaciguar. Pero no se puede tratar de eso, es decir: no puede consistir todo en convencer al paciente de que acepte el inyectable y después sentarnos con él en una consulta para que reconozca que lo que dijo en la primera parte del ingreso no eran más que delirios absurdos inducidos por su enfermedad. Hay algo dentro de mí que se rebela muy mucho contra eso y es lo que me tiene hoy un poco dolida.

Esta mañana hemos visto también a un preso que había matado a otro notas de una puñalada, verídico. Nos ha contado una historia familiar que me abstendré de detallar por la confidencialidad y demás, pero que era tan sórdida que llorabas. Y al final te dice que se está tomando su antidepresivo y su alprazolam. WHAT THE FUCK. Es decir, ¿qué cojones estamos haciendo con nuestras vidas? ¿Qué clase de sociedad estamos produciendo? Como si los putos niveles de serotonina fueran el puto problema del notas. Un chico con problemas familiares, de drogas, de alcohol: un chico que, sencillamente, tiene la cabeza y el corazón tan destruidos que muy probablemente no sea capaz de establecer relaciones normales y sanas nunca. Porque tiene el alma torcida ya, desde siempre.

Es que no sé. No sé muy bien cómo expresar esto, porque insisto en que yo soy muy pro pastis cuando las pastis ayudan. Lo que pasa es que cuando llevas un tiempo trabajando en el SAS empiezas a darte cuenta de que el mundo no es esto, es decir: el mundo no es el puto twitter. El mundo no es nuestras movidas, no es decidir si te compras el Ipad de 16 o de 32 gigas, no es preguntarnos si mi trabajo de ocho a tres llena todas las aspiraciones de mi alma inmortal ni es preocuparse todo el rato por el Acné del Averno. No sé. Recuerdo el día que mi padre me dio mi tarjeta de la seguridad social, cuando se empezaron a utilizar las individuales en lugar de las cartillas. Me soltó una charla larguísima acerca de las desigualdades. Me dijo que debía tener en cuenta que el mundo se dividía en dos clases: los de arriba y los de abajo. Y que nosotros, por pertenecer a la clase media, o a la clase mediaestúpida, que diría Mafalda, no nos teníamos que equivocar. Que no estábamos arriba. Que arriba estaban otros, los muy, muy poderosos, esa gente que va por ahí ganando mucho, mucho dinero a costa de jugar con el bienestar más básico de los demás. Y yo estoy de acuerdo con mi padre, pero también discrepo en el sentido de que me temo que están los de abajo, sí, pero también los de Muy Abajo, como el de la cárcel o como la paciente del inyectable. Los hay que están realmente muy desprotegidos. No sabéis cuánto. Están en la parte de abajo de toda esta cadena alimenticia económica y afectiva que recorre el mundo, y lo peor de todo esto es que tres de los cinco medicamentos más vendidos en el mundo son psicofármacos. Tres. Y tú los ves rodando y rodando, desde que una cabecita privilegiada los concibe y otras cabecitas privilegiadas los venden y te imaginas esa cajita de alprazolam llegando hasta Puerto II, que es la parte de prisión preventiva del Penal del Puerto de Santa María y dices: ¿en esto es en lo que estamos pensando? ¿En esto piensan los laboratorios cuando invierten en regalar cosas bonitas a los médicos, en comprarles libros y en invitarles a viajes? ¿Esta es la manera en que la Salud Mental está arreglando el mundo?

No sé, todo es muy confuso y yo estoy muy cabreada. Por esto no hablo de noticias de actualidad y por esto adopto la táctica del avestruz, a saber: cierro los ojos. Si no lo pienso, no existe. Bastante tengo con la Guardia Civil hoy apostada a la puerta de la consulta. Está bien recordarlo, sin embargo: recordar que esas cosas existen y que hay gente que está viviendo así. En nuestra ciudad. En nuestro primer mundo. Que cómo no estarán los de abajo. Porque yo hago lo que puedo con mi vida, de verdad: hago lo que puedo. De entre toda la cantidad tremenda de sufrimiento que uno puede escoger ayudar a aliviar, yo elegí el emocional: porque lo que me toca es esa privación afectiva horrorosa que está matando de sed a mis pacientes. Pero aun así es como poner una cabeza de alfiler en un colador enorme y a veces duele. Y hoy duele.

En fin. Lo voy a dejar ya aquí, porque es que no me encuentro ni un poquito mejor. Ni un poquito. Y yo que quería escribir sobre la relación inversamente proporcional entre espiritual y sexy. Así me va.

miércoles, 25 de enero de 2012

Por eso me quedé soltera, VI: la risa

Ya os he dicho que yo busco al MD: el Maromo Definitivo. Es un chico sexy e inteligente a la par que espiritual y deportista. Es una especie de superhombre cuya existencia ideal en lo profundo de mi mente me condena a morir soltera y rodeada de gatos.

Entretanto, un hombre divertido tiene mucho que hacer.

Yo tengo mucho sentido del humor. Mucho y muy amplio. Cosas que me hacen gracia, así que se me ocurran:
- Los juegos de palabras absurdos (¿Qué es una oreja? Sesenta minutejos).
- Loa chistes clásicos de los que tardan una hora en contarse, como el de Patxi Skywalker y la espada láser (necesario conocerme en persona para que os cuente el chiste entero).
- El humor negro negrísimo rollo Espeonza. Aunque, ¿a quién no le hace gracia Espeonza?
- El humor surrealista, como las tiras de Silvio José, el buen parásito.
- Los monólogos del Manu en Canal Sur.
- "Los euskolegas", de Vaya Semanita.
- El videoclip de "Qué pasa contigo tío". Creo que lloré la primera vez que lo vi.
- Mafalda y Garfield.
- Los cuentos de Saki.
- Mortadelo y Filemón.
- Chistes cortos y absurdos, como el del viejo con Alzheimer y cáncer o el del borracho que llega a su casa y su mujer le dice "Paco, ¿de dónde vienes?", y él contesta "¿Paco? ¡De Francisco!" (tiene más gracia en andaluz, por la fonética).
- Hacer que la gente rime cosas con "-ota" y "-olla" para poder decir "agárrame las pelotas/polla".
- Las chirigotas.
- Convertir frases inocentes en alusiones sexuales.
- Friends, Modern Family, Los informáticos y hasta Cougar Town, la serie rara de Monica la de Friends de mayor, que no le hace gracia ni a la PK.

Así que mi humor es muy versátil. Lo único que no me hace gracia son los vídeos de caídas así de forma gratuita y cierto tipo de humor violento o snuff como unos dibujitos de animales de peluche que se suicidan, que no recuerdo cómo se llamaban.

Así que un chico que me hace reír tiene mucho ganado. Pero no es sólo eso. Es que creo que no pudiera estar con alguien que tuviera un sentido del humor bastante poderoso.

Hoy iba por la playa y pensaba que Andalucía me gusta muchísimo. Es un lugar particular al que le tienes que tolerar muchas cosas: mucho ruido, gente que tira papeles por la calle así de forma gratuita, gente que ofende tu sentido estético enseñando sus lorzas sudorosas en mitad del verano. Hacer fiesta por todo, ser los que más gritamos del mundo, que escales en el norte y sólo haya pacífico silencio y que escales en el sur y no puedas oír lo que te dice tu compañero porque hay veinte personas haciendo chistes y diciendo chorradas a pie de vía. El calor en verano, el hacinamiento playero, los estereotipos, las hordas de guiris, el hecho cierto de que somos muy impuntuales. Pero te ríes, cojones. Te ríes tela de practicamente todo.

Es curioso, porque mientras que MQEN y yo tenemos un sentido del humor muy similar y nos seguimos riendo juntos muchísimo, la verdad es que J. y yo ahí no coincidíamos tanto. "¿Te has fijado en que en Futurama nos reímos en momentos distintos?", me decía él. Y era cierto. Y a él sí le hacían gracia las caídas y los peluches suicidas. Aun así, resistimos porque sí que coincidíamos en cierta parcela surrealista y boba y porque él era en general alegre. Algunas noches nos poníamos a contarnos chistes en bucle, chistes que además los dos nos sabíamos de antes, y podíamos pasar horas doblados en dos en el sofá del salón.

Para mí el humor tiene una dimensión muy amplia: considerar la vida una especie de broma gigante y reírse al máximo de la mayor cantidad posible de cosas. Verle la gracia a casi todo, como al chihuahua de mi vecino, que se llama Shakira, o al chico con esquizofrenia que le ha dicho hoy a otra paciente: "No, si tú eres buena persona; lo que te pasa es que tienes un problema con tus hormonas".

Así que no me gustan los secos ni los serios, aunque tenga ciertas fantasías chungas con los polvos castigadores. Quiero un chico que me haga reír y que se ría de al menos la mitad de las cosas de la lista que he incluido al principio. Y, muy importante, al que yo también pueda hacer reír mucho. Porque soy graciosa, de verdad; aquí no se nota tanto porque me pongo trascendente con una frecuencia preocupante. Pero soy graciosa.

*****
Pregunta del millón: ¿y qué pasa con el argentino?

Pasa que temo que me lea en algún punto, porque estamos demasiado cerca en la red y los caminos del Señor son inescrutables, y ya conocéis mi primera regla para escribir sobre gente.

Pero se ríe. Se ríe mucho. En los mismos momentos que yo. Y me deja pasar delante siempre.

martes, 24 de enero de 2012

Besos que fueron y no fueron



Tercera entrada que escribo hoy. Es una de esas noches en las que estoy hasta el potorro de mi propia voz de escritora. Todo me suena como tan cursi, tan oh ah uh la lectura y la escritura y la psicología y la vida y todo es increíblemente enriquecedor y guay. Por Dios. Yo sé que os gusta eso del blog y, de hecho, es que hoy me siento así. Henchida. Ha sido una tarde muy bonita. He tenido una consulta superhardcore donde los padres del otro día me han contado cómo murió su bebé, lo cual es tremendo de horroroso, lo sé, pero me ha hecho sentir honrada de una forma extraña por poder compartir eso. He estado a punto de llorar, que es algo que no me había pasado nunca en la consulta, y en realidad he sentido que no hubiera pasado nada si lloraba, porque ellos se lo merecían. Era esa clase de respeto el que estaban pidiendo.

Al terminar les doy las gracias. He aprendido mucho con vosotros, les digo; es hermoso ver cómo os estáis apoyando el uno al otro. Lo estáis haciendo muy bien. Luego salgo a la calle, miro los restos de luz que le quedan al día. Camino hacia la playa, pero un enorme charco del agua que ha dejado al bajar la marea me impide el paso hacia la orilla. Calibro si cruzarlo con mis botas chungas de plástico y decido que no, así que me quedo mirando el mar desde lejos, como una exiliada, mientras los corredores trotan frente a mí por la estrecha franja de arena y las nubes brillan con una luz rosada. Pienso que el mar es enorme y yo soy enorme, y que lo que aprendo cada día, todo esto del sufrimiento y la luz, de la locura y los libros, lo que me da trabajar y escribir y leer y amar, lo que me da escalar cuando escalo porque llevo un mes parada con la mierda del esguince y, en fin, lo que me da esta vida que estoy llevando, es casi tan inconmensurable como lo que tengo ahora delante.

Después camino por la avenida y contrato Internet con ONO, lo cual pega poco con todo el rollo poético de la playa y tal que os acabo de soltar, pero bueno; es lo que hago. Y me meto en una librería a buscar algo que sustituya a "Libertad", de Jonathan Franzen, cuando termine las escasas cien páginas que me quedan; quiero llorar de penita por acabarme el libro. Quiero olvidarlo y empezarlo otra vez de nuevo. Ese libro, lectores, ese libro es como la materialización de por qué me gusta escribir y por qué me gusta leer: por la esperanza de poder hacer algo mínimamente parecido algún día, por compartir el empeño absurdo de iluminar nuestros actos torpes de humanos, los trompazos que nos damos en el camino, con cierta comprensión compasiva que no mejore el mundo pero sí proporcione, por lo menos, una extraña felicidad estética.

Al final me voy a la parte de libros para niños y acaricio los preciosos y enormes cuentos ilustrados. Es increíble el arte y la sensibilidad de los ilustradores infantiles. Está Blancanieves, que te hace estremecerte cuando ves el dibujo de la princesa con los labios muy rojos y los bordes de los párpados también rojos, y todo lo que debería ser una princesa contenido en la pálida belleza de su rostro dormido. Está Alicia goteando agua desde su pelo húmedo y reflejando lo que es ser una niña y a la vez estar seria y ser fuerte y encontrarse asustada. Y siempre que miro estos cuentos pienso en llevarme alguno, pero luego me digo "qué tontería, si ya eres mayor, y si además nadie se va a querer reproducir nunca contigo porque eres una tarada". Pero hoy me decido y me llevo Besos que fueron y no fueron, que es un libro maravilloso de verdad, en el que cada página habla de un aspecto de los besos: La Máquina de dar Besos, el Vertedero de los Besos, los Robabesos, Besos con Superpoderes, y cada uno está acompañado de una ilustración colorida y soñadora. Me lo llevo porque es bonito y porque puedo permitírmelo pero, sobre todo, me lo llevo porque contiene una manera tan divertida y loca de ser y de mirar el mundo, tiene dentro de sus tapas una cantidad tan grande de dulzura y de imaginación que quiero tenerlo cerca por su acaso a mí se me olvida.

Así que me voy a casa con mi cuento enorme y añado un par de libretas de la marca Moleskine (Míchel tribute, él sabe a lo que me refiero) porque la última que compré, en Madrid el día de mi cumpleaños, está llena de textos ilusionados y cursis de cuando conocí a IA, y ahora cada vez que la abro y/o la veo en mi escritorio no es que me entren ganas de quemarla, que también, sino que sencillamente me veo incapaz de seguir escribiendo en ella. Porque estoy tan enfadada. Tan, tan enfadada. Pero la vida debe seguir, y si no sigue en las libretas de antes pues habrá que comprarse libretas nuevas. Y ahora estoy aquí, en casa, con el cuento a un lado del ordenador, lista para echarle un ojo mientras me tomo un colacao de mediaoche. Tengo la casa muy desordenada, pero casi como acto consciente y voluntario: porque lo elijo y porque no me apetece ordenarla, porque quiero que sea más importante sentarme aquí a escribir que fregar los platos. Por eso.

No sé ni sabré nunca si ésta es la mejor versión de la entrada, lo que es como decir la mejor versión de mí misma. Si es mejor que las otras que escribí antes, que también hablaban de libros, de la muerte y de la luz imposible del atardecer de invierno detrás de la playa de la Victoria. Creo que una se cansa de su voz cuando no deja que se filtre toda su verdad por miedo. Y a lo mejor mi verdad de esta tarde no son solo los libros infantiles, ni la reverencia profesional ante el sufrimiento ajeno. La pura verdad es que estoy enfadada de la ostia con IA por joderme mi libreta de cumpleaños. Y no hay mucho que él pueda o quiera hacer por eso, y yo lo siento por los dos, lo siento de una manera tan profunda y rabiosa que no lo puedo expresar muy bien aquí. Hay pocas formas de acabar bien las cosas para todos, Peq, me dice MQEN por el teléfono, y yo lo sé, lo sé y lo siento. En ocasiones la gente se hace daño.

Lo voy a dejar aquí, más que nada porque o voy al baño a quitarme las lentillas o cuando lo haga me voy a arrancar de paso la córnea. Os quiero. Gracias por ser testigos de todo esto. ¿Os lo agradezco suficiente? Igual no. Gracias. De verdad. Leo vuestros comentarios desde el móvil y me sacan sonrisas a lo largo de todo el día. Escribir es genial y leer también. Comprad "Libertad". Comprad cuentos y libretas. Escribid y leed, amad, enfadaros. Que la vida es corta, pero ancha.

lunes, 23 de enero de 2012

Quedar con lectores: guía para principiantes

Estoy en un modo como didáctico estos días, así que os voy a ilustrar en un ámbito en el que mi experiencia no es muy muy amplia pero sí es valiosa y profunda: quedar con lectores. Y con quedar con lectores quiero decir con objetivos sucios. Se puede quedar con otros objetivos, pero para eso hacen menos falta mis dotes didácticas.

Si me dieran un euro por cada lector masculino potencialmente frinkable al que he conocido a través del blog, tendría como para irme a cenar a una pizzería de calidad media; si me dieran uno por cada lector con el que de hecho he frinkado, me podría comprar quizá una hamburguesa del Mc Donalds. ¿Normal, de oferta, con extras? ¡Jajaja! Ahí está el intríngulis de la metáfora. La cuestión es que tampoco voy por ahí tirándome a todo lo que me lee. Que yo soy una tía profunda y selectiva, por Dior.

Lo mejor que os puedo enseñar sobre quedar con lectores es lo siguiente:

NO LO HAGÁIS. NUNCA. BAJO NINGÚN CONCEPTO.

¿Por qué? Os preguntaréis. Pues porque no. Porque el nivel de exposición al que se llega a partir de un blog supone que si quedas con un lector al que le gusta tu blog llegues en unas circunstancias de desventaja extrema y dolorosa. Además de arriesgarte a que se decepcione. "Yo te imaginaba más dócil", me dijo uno. Además de que la química es algo que no se puede calibrar a través del ordenador, y si luego no existe y tienes que darle calabazas al notas, resulta violento. Además de que si luego la cosa sale mal, y hay muchas posibilidades de que salga mal, tú sigues teniendo un blog, sigues escribiendo y el notas te sigue leyendo, lo que supone que el tío que te acaba de partir el corazón tiene acceso ilimitado a tus intimidades y tú ni siquiera te puedes desahogar a gusto. Marco en negrita esta última frase porque es muy importante.

Si una vez leída esta advertencia seguís teniendo ganas de intentarlo, hay cosas que se pueden hacer para mitigar el potencial daño, y aquí entra en escena mi sabiduría.

1. Los previos. Cómo escribir para follar.

Yo esto no lo hago, que conste. Creo que este blog es demasiado... cómo lo diría... intenso y explícito como para eso. Por eso no me llueven del cielo las proposiciones indecentes, aunque caiga alguna que otra de vez en cuando. Pero si uno se lo propone, es relativamente fácil.

Si eres tía:
- Sé misteriosa, así como poco clara.
- Habla de sexo. Di que te gusta y escribe entradas atrevidas.
- Publica fotos tuyas insinuantes pero elegantes. A saber: cara borrosa, ojos pintados, enseño un hombro. Cara borrosa, labios rojos, destaco el cuello. Semidesnuda de espaldas. Semidesnuda en blanco y negro tapando pecho con libro. Tienes que dar a entender que eres guapa, estás buena y además eres medio lista: no olvides que quieres ligar con lectores/otros blogueros, así que no interesa salir enfrente del espejo del baño con un culotte de Hello Kitty.
- Busca un nick sugerente. Marina no es sugerente; sólo para Toni, que tuvo una maestra estricta que se llamaba así. Nicks de blogueras sugerentes sacados de la realidad: "Descalza", "Chica con falda roja", "Ella", "La Petite Claudine". ¿Cómo crear un nick sugerente? Yo te propongo que utilices los recursos que muestran los ejemplos anteriores: algo rojo, algo relacionado con tu cuerpo, algo francés.

Si eres tío:
- Muestra que eres suuuuuuuuuuper sensiiiiiiiiiiiiiiiiiiiible. Así me conquistó a mí J. Habla de tejados, luces de atardecer, de la forma en que se conmueve tu alma inmortal al escuchar las notas de un viejo piano colarse por una claraboya en un callejón. Muestra que estás atento a los pequeños detalles. Sé atrevido sin perder la inocencia.
- No pongas fotos. Si estás muy bueno, parecerá que quieres exhibirte. Si eres feo, las ahuyentarás.
- Habla de sexo, sí, pero también de forma sensible. Da a entrever que buscas a la mujer de tu vida. No enumeres conquistas así porque sí. Recuerda que nos gusta sentirnos únicas.


Una vez que se establece el contacto con un lector/admirador, comenzará una época de tonteo virtual. Dependiendo de lo gafapastil que sea el lector, esta época se alargará más o menos y será más o menos refinada. Puede ir desde el "qué tal, me llamo Pepito, agrégame al Facebook" hasta los largos mails diarios contando absurdeces y hablando de referencias literarias comunes. Las dos cosas tienen su encanto.

Fotos: cuanto antes mejor. A ver, seamos sinceros: el físico importa. Está ahí, es un factor. Desconfía de los que tardan mucho en mandar fotos. Desconfía de los siguientes tipos de fotos:
- Fotos muy escoradas.
- Fotos borrosas, aunque sea con intención artística.
- Fotos en las que la moda de la ropa que lleva su destinatario pertenece claramente a una década anterior.

Luego ya en función de tus manías. Yo hay veces que he intentado calcular la altura a partir del tamaño de los huesos del brazo porque al tipo no se le veía de cuerpo entero. Verídico.

Aquí me vais a decir que soy una nazi, pero qué queréis que os diga: mejor ir con las ideas claras y tener los filtros activados desde el principio que darle esperanzas a un tío que luego no va a gustaros y tener que dejarle tirado in person. Esto me ha pasado y es muy desagradable.

Teléfono: fundamental. FUNDAMENTAL. No es lo mismo hablar que escribir. No es lo mismo una animada y estimulante conversación de chat que una animada y estimulante conversación telefónica. El paso de chat a teléfono es mucho más traumático y determinante que el paso del teléfono a la realidad. Si podéis pasar horas charlando, si os gustan vuestras voces, si el ritmo es adecuado, si os reís, si os entendéis... entonces hay muchas posibilidades de que en persona paséis, por lo menos, una tarde agradable. Os habla una que ha pasado momentos realmente críticos intentando sostener conversaciones normales en persona con excelentes chateros/escritores de mail.

Y ahora voy a introducir un concepto obvio pero importante:

ASEGÚRATE DE QUE NO TIENE NOVIO/A. ¿Cómo? Pues mediante sutiles indirectas. Si ves que se escaquea de las indirectas, plantéale directas. Habla la experiencia: mejor quedar como una tía un poco demasiado franca que verte depilada y anhelante frente a un chico que te confiesa que "bueno, sí, en realidad tengo algo ahí desde hace unos meses, aunque no es del todo serio". True story.

¿Cuándo quedar? Cuanto antes, mejor. Ya lo he dicho en otras ocasiones: las expectativas las carga el diablo. Mientras menos tiempo tenga vuestro pobre cerebro para ilusionarse y montarse pelis respecto al lector/bloguero, menor será la caída si la cosa no va bien.

¿Cómo quedar? Depende. Depende del grado de seguridad que tengáis de que la cosa va a ir bien.
- Quedadas para café, cena, cine: idóneos si el notas en cuestión vive en vuestra ciudad o si vosotros vais a la suya por motivos ajenos al idilio. Idóneas también para niveles de atracción moderados o fotos confusas. Si quedáis con alguien que no sabéis seguro si os va a molar, está bien tener una coartada alternativa para escabullirse, en plan "no, es que después he quedado". Aunque igual canta mucho, pero bueno: mejor quedar mal que tener sexo no consentido. Digo yo, vamos.
- Quedadas con alojamiento incluido. J. me dijo una vez que cuando un chico y una chica sin pareja duermen bajo el mismo techo, la posibilidad de tener sexo va implícita. Hay que tener en cuenta que mi J. está salido cual pico de mesa, pero su parte de razón tiene. Así que si invitáis a alguien a dormir a casa e intenta meteros cuello, tampoco os sorprendáis. Yo, personalmente, no me quedaría en casa de nadie con quien no tuviera una seguridad razonable de que voy a frinkar.

En estos casos yo, personalmente, creo que es útil llegar al nivel de confianza suficiente con el maromo como para poder acordar qué va a pasar en caso de que al final no os moléis. Recordad que no importa lo guapo que salga en sus fotos del Facebook ni lo bien que lo paséis charlando: siempre, siempre, siempre existe la posibilidad de que en persona tengáis la misma química que Alberto de Mónaco y su mujer. Así que si acordáis que en ese caso no pasa nada y que vais a pasar un finde divertido los dos juntos, pues estupendo.

A partir de ahí, pipiolos, adelante. No tiene por qué ir ni mejor ni peor que una relación que empieza por otros cauces. Que a una persona le guste lo que escribes no quiere decir que se haya enamorado de tu alma inmortal y que tengas vendido todo el pescado, lo que se traduce en: procura depilarte, o lo que quiera que hagáis los tíos cuando quedáis con una chica que os gusta.

Personalmente, estoy en una fase de noquierolectoresnimuerta, pero si mañana me escribiera un moreno guapo y majo y me dijera qué bonitos ojos tienes es más que probable que me tirara otra vez a la piscina. Soy así de absurda. De momento, sin embargo, he quedado el miércoles para ir al cine con un chico que no me lee. Que vive aquí, en Cádiz. Que escala y que me dice linda de vez en cuando, porque es argentino. Y aunque a los argentinos los cargue el diablo, qué sé yo; la vida real no deja de tener su gracia.

domingo, 22 de enero de 2012

Escribiendo sobre otros: guía para principiantes

Yo escribo sobre gente. Uh-uh, novedades importantes en éste mi post número 892. Además, escribo sobre gente a la que conozco y a veces, muchas veces, sobre gente a la que conozco y me lee. Éste es un tema no exento de riesgos.

Mi propia intimidad me la trae un poco floja. Me compensa contar las cosas, aunque supone que la gran mayoría de gente con la que me relaciono tiene mucha más información sobre mí que yo de ellos. Cuando tus amigos te dicen "sí, ya lo sé, lo he leído en tu blog" tres veces seguidas empiezas a pensar que eres una persona un poco rara. Pero para mí el blog y mi intimidad son como la anécdota del niño que intentaba vaciar el mar con una concha. En mi coco y en mi corazón hay muchas más cosas y no me da miedo quedarme sin nada.

Con los demás hay que tener más cuidado. La primera regla para un bloguero es la siguiente: si no quieres que alguien lea algo nunca jamás y bajo ningún concepto, no lo escribas. La blogosfera es pequeña y la posibilidad de que te encuentren siempre existirá. Ése es el primer filtro por el que pasa todo lo que escribo. Esto quiere decir que si, un poner, DDM llega aquí y lee que mirarle me produce dolor o que pienso que últimamente se ha portado como un gilipollas, podría vivir con ello.

A partir de ese primer filtro funciono de forma simple: yo escribo, procurando ser respetuosa y no contar tus intimidades de forma gratuita, y si te molesta me lo dices y yo ya veré lo que hago. Que ya somos todos mayorcitos. Hay un subgrupo de gente que me preocupa, a saber: gente que lee mi blog pero que ha decidido no hablarme en la vida real. Es un subgrupo raro al que no termino de entender, pero lo asumo pensando que yo soy una cosa y lo que escribo es otra. Igual que no todo el mundo puede tener interés por tomarse un café con Paul Auster aunque compre su último libro. El problema es que nunca sabré si lo que escribo les molesta. Pero como no soy yo quien les ha prohibido hablarme, su derecho a protestar sigue intacto.

(Esto no es una indirecta, por cierto. Es una directa directísima)

Después están los relatos. La mayoría de las veces surgen de escenas, sentimientos y personas de la vida real. Estoy segura de que esas personas se pueden reconocer con facilidad, entre otras cosas porque a la gente le encanta buscarse en los textos de escritores a los que conocen. Entonces los mensajes pueden confundirse.

Cuando yo escribo un relato, o una escena en modo relato, normalmente exagero y distorsiono cosas. Es como explorar las posibilidades de un sentimiento o de una escena: no dejan de ser metáforas. Cuando tenía diecisiete años escribí un cuento inspirado en mi familia, en el que los protagonistas eran bastante más desagradables que en el mundo real. Pero era una gran metáfora, como los delirios: son historias exageradas que expresan un sentimiento demasiado doloroso para ponerlo en palabras.

Lo que más me preocupa son los puntos medios, las áreas grises. Los mensajes que puedan llegar torcidos en medio de toda esta comunicación unidireccional. Me preocupa que a los que me rodean les inquiete esta manía mía de mirar todo el rato. Entiendo que el problema fundamental del escritor, a saber, por qué la gente funciona de la forma en que lo hace, se la traiga un poco al fresco. Entiendo que las personas normales no se pasen la vida abriéndose en canal frente a una pantalla de ordenador.

Hay una escritora americana, Geneen Roth, que escribe sobre trastornos alimentarios con un enfoque psicoespiritual curioso. Relata con mucha crudeza las experiencias de maltrato de su infancia. En uno de sus libros cuenta cómo el nuevo marido de su madre intenta convencerle para que no publique cierta información. Le dice que su madre ha cambiado, que ahora es otra persona, que no se merece eso. Geneen se encoge de hombros: voy a publicarlo porque es mi verdad, se lo debo a mis lectores. Entiendo que te haga daño y lo siento, pero no puedo hacer otra cosa. Y es curioso. La lealtad a tu verdad y a un público indefinido y lejano es un sentimiento mucho más poderoso de lo que puede imaginarse. Te hace tirar por tierra las censuras y el pudor. Te das cuenta de que, por alguna razón que no alcanzas a entender, parte de tu misión en la tierra es contar las cosas tal y como tú las ves, alzar la voz y decir lo que estás sintiendo y viviendo. Y no es que hagas el mundo mucho mejor con eso, la verdad. No estás salvando bosques, ni evitando guerras, ni apadrinando niños. Pero sabes que de alguna forma es tu deber. Que no estás aquí para mantener en pie los castillos en el aire de los demás. Su creencia de que son buenas personas y lo hicieron lo mejor posible, de que ellos en realidad no querían hacerte daño. A veces tu necesidad de levantarte y gritar: ME HAS HECHO DAÑO es tan grande que no puedes ocultarla, y la cuentas en un blog igual que lo contarías en un best seller si tuvieras la oportunidad de escribirlo.

Como dice Natalie Goldberg en uno de sus libros, a mi yo escritor todo lo demás le importa un carajo. "El resto de mi persona se queda descalza, sin casa, hambrienta". Es importante que tu vida te sustente desde detrás, que tus relaciones con las personas a las que quieres sean lo bastante sólidas. Incluso una relación rota puede ser una relación sólida, en el sentido de que ahora, por ejemplo, tengo tan claro lo que siento hacia mi amigo A., el que no me habla, que tendría que denunciarme por difamación para obligarme a quitar los post sobre él.

Así son las cosas para mí, más o menos. Escribir puede ser muy sanador, pero para sanar de verdad hace falta coraje. No escribo sobre algunas personas porque no haya conseguido superar ciertas cosas. Escribo precisamente porque las estoy superando. Las integro, las metabolizo y cada nuevo post, cada relato, casa frase que se me cuela en una reflexión que no tiene nada que ver, suponen un nuevo cabo que ato en la historia. Y eso para mí es muy bueno.

Y ahora así, releyendo la entrada, pienso que mi padre nunca me comentó el relato, aunque venía incluido en una selección de cuentos míos que le pasé. Que, en general, la gente que tendría más motivos para protestar no dice absolutamente nada. Que J. no lee mi blog, porque decidió hace ya tiempo que no le compensaba. Muchas veces crees que estás siendo valiente e incisiva y el otro no acusa el recibo. Quizá cierra los ojos, o pasa a otra cosa, o esconde debajo de la cama la imagen que has intentado devolverle. Pero ése, amigos míos, para bien o para mal, ya no es mi problema.