massobreloslunes

viernes, 16 de noviembre de 2012

Matar a la Navidad

Queridos míos:

Tengo una duda preocupante.

Quiero matar a la navidad y no sé cómo hacerlo.


En realidad no soy rubia. Soy así.

Yo sé que es pronto para hablar del tema, pero teniendo en cuenta que adelantan tanto la movida que cualquier año regalan polvorones con los libros del colegio, creo que no está fuera de lugar.

Ya dije hace unos cuantos posts que me estoy esforzando un montón en intentar pensar por mí misma y no aceptar cosas porque sí. Una de esas cosas es la navidad. Me aberra. Yo soy una chica muy maja, de verdad; no es una pose para el blog. Voy por mi hospital como la Bella en su pueblo, dando los buenos días a todo el mundo y deseando feliz lunes. Me gusta comer bien. Me gusta ver a mi familia. Me gusta hacer regalos.

Pero no aguanto la navidad.

Están las razones emocionales, que ya mencioné. Las navidades son tiempo de carencia. De pensar en lo que te falta y los que no están. Las mejores navidades te ocurrieron cuando eras pequeño y ya han pasado: a partir de ahí, sólo pierdes cosas.

Sobre todo, está el asunto de no aceptarlas desde el punto de vista lógico. Me parecen JODIDAMENTE ABSURDAS. No creo en Dios nada. Creer que existiera gente como Napoleón ya me cuesta, ¿cómo voy a creer en Dios? Un señor mayor que nos creó por la cara y luego nos juzga y maneja a su antojo.

(Por otro lado, la última frase resume un poco lo que pienso de la paternidad, así que igual no es tan raro).

El caso es que aunque creyera en Dios, no acepto que Él quiera que celebremos su venida al mundo cebándonos a turrón y comprando iPads. En serio. Es tan absurdo que mi mente llora por dentro. Y es absurdo una vez al año, de forma inequívoca e inexorable. No importa lo que hagas los otros once meses: cada puñetero diciembre la misma historia.

Además, el problema es que te jode lo que podrían ser unas vacaciones estupendas. Yo querría pasar las dos semanitas libres que me quedan descansando, escribiendo, viajando o viendo a mis amigos. Y puedo hacerlo, sí, pero con las calles atestadas y una agenda sobrecargada y absurda de compras, comilonas y compromisos de por medio.

Mi ideal sería que las navidades se abolieran. Escribí un cuento sobre eso una vez: mi versión personal y reducida de "La Isla".

La pura realidad es que eso es imposible.

Así que intento encontrar una manera de reconciliarme con el asunto sin perturbar mis convicciones ni las de los demás.

La opción A es ignorar la navidad. Decir a todo el mundo que ni voy a regalar ni quiero que me regalen, trabajar en Cádiz en esos días, hacer un acto de presencia somero el 24 y 25 y procurar abstraerme del mundo. Pero la maquinaria capitalista es poderosa y yo soy débil. Si me paso la navidad sola en mi piso, acabaré navegando en autocompasión y yéndome a dormir con mi llavero de Matilda para que me consuele.

Por no hablar de que si todo el mundo tiene regalos el 24 y yo no, lloraré. Que voy de dura, pero soy muy ñoña.

La opción B es decir que no me pienso gastar un duro en navidad y hacer regalos artesanales para todo el mundo. En lenguaje de Marina, eso quiere decir componer textos y odas a toda la gente que conozco, imprimirlos bonito y regalarlos con cara de perdonavidas. El problema es que para eso me hace falta tiempo. Y si hay algo de lo que voy corta en esta vida, además del dinero, es de tiempo.

La tercera opción es un compromiso. Voy a Málaga una semana antes o así. Veo a mi gente. Reservo un par de días para el navimal. Compro regalos baratos a pequeños comercios o artistas incipientes. Fabrico mis propios polvorones con fructosa y aceite de oliva. Me tapo los oídos cuando suenen villancicos en los comercios. De momento, es la opción que más puntos tiene. Compleja y activista, sí, pero elegante.

En serio. No Es Justo. Ni siquiera mi corazón hippy puede escapar de esto. Cuando sea rica y haya dominado el mundo de la psicología, pasaré las navidades escalando en algún país no cristiano. Lo juro por Dios.

Ah, no, por Dios no.

jueves, 15 de noviembre de 2012

Las galletas de Marian Keyes y otros asuntos absurdos

Desde que decidí lanzar en serio Psicosupervivencia, mi vida mental es una locura. Puede que por fuera parezca normal, pero por dentro estoy revolucionando el mundo de la psicología a nivel de usuario. Incluso he comprado un libro: "The 100$ Startup", sobre microbusiness alternativo. Es muy divertido. La idea no es hacerme rica, sino ganarme la vida ayudando a la gente. El libro hace mucho hincapié en la necesidad de "crear auténtico valor". Es decir: crear algo que sea verdaderamente útil. No se trata de vender humo, sino de pensar en cómo puedes hacer de éste un mundo mejor y cobrar por ello una cantidad decente.

Yo estoy cien por cien de acuerdo con eso. De hecho, las sufridas víctimas de mi lista de correo ya saben que voy a inventar un concepto nuevo: la heteroayuda. Creo que ya está bien de mirarnos el ombligo buscando la forma más rápida de acabar con la ansiedad.

[Consejo rápido de psicóloga: la ansiedad es parte de la vida. No se quita del todo NUNCA. Yo tengo ansiedad. Asúmelo.]

Total, que ando a medias entusiasmada con el proyecto y a medias luchando con mis demonios paranoides, que me dicen cosas como "el mundo no necesita otro libro de autoayuda, Marina. En serio".

He pasado la tarde en casa leyendo, navegando por Internet y reflexionando intensamente con el cerebro a toda máquina. Al final he puesto una lavadora, y como tengo un problema con el sonido del centrifugado (me perturba la mente), he salido a la calle a dar una vuelta.

Después de comprar en el chino aguja, hilo y una funda dorada para el móvil, me he metido en una librería. Mi idea era echarle un ojo a los libros de psicología divulgativa y autoayuda generalizada (AKA: La Competencia) para asegurarme de que yo tengo algo que ofrecer que no está ahí.

El problema es que yo en las librerías me lío, y cuando me he querido dar cuenta estaba leyendo entusiasmada un libro de recetas de Marian Keyes. Aquí es donde todos me miráis raro y me preguntáis: ¿En serio, Marina? ¿Marian Keyes? Y yo os digo que sí, sí, y mil veces sí, y que si algo tengo claro en esta vida es que pienso comprarme todos los libros que esa señora saque en el futuro.

La enésima vez que dejé a J. me recorrí Málaga llorando dentro de mi coche tres veces antes de que un libro de Marian Keyes me distrajera lo bastante como para evitar cortarme las venas. Cuando volví el año pasado del rudo norte, donde IA me había dejado el corazón hecho fosfatina, agradecí a Dios que en Atocha vendieran en edición de bolsillo una novela suya que todavía no había leído.

En el apartado "galletas" de su libro, Marian dice que las galletas son fabulosas, entre otras cosas, porque puedes hacerles formas. Entonces suelta la frase más épica que he leído en los últimos meses: "si me quedara una hora de vida, la pasaría haciendo galletas en forma de zapato". Me puesto a reírme en una esquina de la tienda como una retrasada. Va, Marian: eres grande. Te mereces ser millonaria.

No sé si tengo algo que ofrecer que no se les haya ocurrido ya a Punset, a Enrique Rojas o a Jorge Bucay. Seguramente, no. No hay nada nuevo bajo el sol, y ya en la antigüedad los chamanes decían que el demonio se había metido en ti; hoy los psicólogos modernitos lo llamamos "exteriorización del síntoma" y nos creemos que estamos inventando la rueda. Lo que sí sé es que querría que al menos un lector mío se descojonara solo en una librería o, en su defecto, delante del ordenador.

Así que voy comprarme el libro de Marian Keyes. Aunque quizá tenga que ahorrar un poco antes, porque estoy tiesa nivel llevo dos meses con las lentillas de quince días. Pero estoy contenta. Qué más se puede pedir.

miércoles, 14 de noviembre de 2012

Te olvidaré. Seguro.

El día en el que dejes de importarme
caerá en una mañana de domingo:
brillara un sol de invierno sobre el parque,
volarán pajaritos de sus nidos.

Caminaré ligera como el viento
y cuando pase aplaudirá la gente,
me harán la ola y corearán mi nombre,
y yo agradeceré mi buena suerte.

¿Qué podré hacer después con tu recuerdo?
¿Con los restos de ti que me han sobrado?
Tus sonrisas, tus fotos, tus cuadernos,
no me caben encima del armario.

Pero no importará: te habré olvidado
Toda nueva, valiente, generosa;
me desperezaré de este letargo
y mi antigua tristeza será hermosa

Sonreirán las yemas de mis dedos
libres de los grilletes de tu olvido
y ese pez abisal que es tu silencio
ya no tendrá nada que ver conmigo

Seguramente el día que te olvide
será un martes de invierno por la tarde
y encenderé las luces de mi cuarto
para que no se llene de penumbra el aire

Escribiré poemas mal rimados
me iré a la cama demasiado tarde
y sólo al despertar sin tu recuerdo
sabré que ya has dejado de importarme

martes, 13 de noviembre de 2012

Persianas y luz

Esta tarde he llegado de trabajar tarde y cansada y he parado en la tienda de mi calle a comprar leche para hacerme un colacao. Sí, he vuelto al colacao. La paleodieta está bien, pero quizá una vida donde lo más parecido al colacao es leche de coco con cacao en polvo y stevia no merece la pena ser vivida. Quizá sea mejor morir joven y deteriorada y poder disfrutar de un colacao con grumitos en mi lecho de muerte.

Iba caminando para mi casa con la leche en la mano pensando que a) el ser humano puede cambiar si ya el tendero de mi barrio ha dejado de dar bolsas por defecto y b) la leche semidesnatada es el mal. Me arrepiento de haberla comprado. Es un quiero y no puedo de la leche. Porque a ver: si quieres leche rica, cómprala entera; si quieres adelgazar, cómprala desnatada. Por Dios, Marina: ELIGE. Sé valiente.

Al llegar a mi casa me he quedado observando los visillos que cubren las ventanas del salón. Cuando empecé a vivir aquí atravesaba el Gran Ataque de Alergia del verano y le dije a la casera que no pusiera cortinas para no acumular polvo. Ahora tengo visillos, que también son un quiero y no puedo de la visibilidad. Si quieres oscuridad, echa las persianas; si quieres luz, ábrelas del todo. Los visillos son la leche desnatada del menaje de hogar.

Luego he recordado las ventanas de la sala de reuniones de endocrino. Endocrino es El Bien como rotación, aunque es verdad que yo no tengo criterio y me gusta todo. Pero me encanta tratar obesos. Es tan fácil ser la buena de la película con ellos. Están tan habituados a que la gente les juzgue que agradecen que se les mire como si supieran lo que están haciendo. El caso es que todas las mañanas nos reunimos los endocrinos y yo en la sala de reuniones y hablan de cosas raras, asquerosas o ambas cosas, como la hipófisis o las fístulas. Pero a mí me gusta aprender y, por otra parte, tengo una capacidad preocupante para abstraerme y pensar en mis cosas.

Después veo a mis pacientes en la sala vacía, porque no hay despachos libres, y llevaba un tiempo preguntándome por qué me agobiaba la habitación. La persiana estaba siempre bajada, y yo ni siquiera me había molestado en averiguar si podía subirse o estaba rota o con la ventana cegada, como otras en el hospital. Y ayer, simplemente, levanté la persiana y dejé que entrara el sol. El cristal estaba muy muy sucio. Quizá no la suben por eso. Quizá no la suben por costumbre.

Hoy seguía la persiana levantada. Voy a experimentar con esto de aquí a que me vaya: a ver si la bajan o no. A ver cuánto tardan. A ver si alguien hace algún comentario. De momento, nada.

Hay un libro precioso que se llama "Cuando me acosté ya estaba ardiendo", de Robert Fulghum. Es una colección de textos vitalistas sin ser ñoños de estos que te hacen sentir que la vida es una cosa bonita con colores brillantes. En uno de los textos, el autor cuenta que cada vez que va a una conferencia, sea del tipo que sea, cuando el conferenciante pregunta si hay alguna pregunta, él levanta la mano y salta: "¿Cuál es el sentido de la vida?". Explica que casi todos los conferenciantes se callan, se ríen y después pasan al siguiente, como diciendo "Muy gracioso".

Después cuenta que un profesor griego, un tal Papadopoulos, le contestó una vez a la pregunta. Que sacó un trozo de espejo del bolsillo y lo movió hasta que reflejó la luz que entraba por la ventana, y explicó que él pensaba que su misión era reflejar la luz.

Pero esta mañana, mientras observaba el sucísimo cristal de la sala de reuniones y el sol brillante de Cádiz entrando por la ventana, no he pensado en el simbolismo de la historia, ni en que ojalá mi misión en la vida sea ir abriendo persianas que llevan mucho tiempo cerradas sin que nadie sepa por qué. Lo único que he pensado es que espero que se hayan dado cuenta. Y que ojalá a alguien le importe.

lunes, 12 de noviembre de 2012

¡¡Dios!! Os he echado de menos

¿Sabéis esas escenas de las pelis de amor, cuando los protagonistas se encuentran después de un montón de vicisitudes, y ya todo está claro, y se aman, y se abrazan, y uno de ellos le dice al otro "por favor, no vuelvas a dejarme nunca", y el otro niega con la cabeza, y hay un antizoom y música bonita y zumbido en blanco?

Vale, pues esa soy yo ahora con mi blog.

Yo: ¡Lo siento, blog! ¡Siento haberte dejado solo todos estos días!
Blog: ¡¡No lo hagas más!!
Yo: ¡¡No lo haré!! Fui estúpida, pensé que quería algo más... pero no puedo dejarte. Como dicen Los Ronaldos, "no puedo vivir sin ti. No hay manera".

Hace un par de días me preguntaba Ángel si de la escritura uno se termina enamorando con el tiempo, aunque al principio te cueste ponerte. Sí, sí, y mil veces sí, contestaría yo. Escribir bien, entendiendo bien como con honestidad, con energía, con franqueza y con asiduidad, te cambia la vida. No se trata sólo de lo que pasa cuando escribes; se trata de lo que pasa cuando no escribes. De cómo eres capaz de mirar con más atención, de encontrar la compasión en los detalles y de masticar tu vida lo bastante como para regurgitarla aquí de forma decente.

¿Qué ha pasado en estas dos semanas?

Me he vuelto emprendedora. Se me ha abierto una ventana al futuro y soy yo trabajando como escritora y psicóloga freelance.

He escrito como si no hubiera un mañana.

He pensado en miles de historias para contaros aquí, y después las he olvidado todas.

He leído al menos un libro genial: La Lección de August. He concluido que la ficción es lo único que de verdad, de verdad no puede faltarme.

Me he sentido angustiosamente poseída por el espíritu de Bucay.

He luchado contra el despertar precoz y otras formas de insomnio.

He estrenado nuestro nuevo y precioso roco nuevo.



He escalado. Poco, pero he escalado. He encadenado el segundo 6b de mi vida, después del que hice en Asturies durante el SSHP.

He recibido el que quizá sea el mejor regalo que me han hecho:



Es muy estúpido aferrarse a un blog, pero es cierto que dejar de escribir aquí me hace perder consistencia. Me deshago como un personaje de cuento trasladado a la vida real. Me queman en los dedos mis historias con la extraña especie masculina, los mantecados de chocolate, el gruísta más mafioso de San Fernando y los bolígrafos de tinta verde. Me gusta escribir sobre psicología, dar consejos e intentar arreglar vidas, pero hay una parte de mí que necesita ser amoral y absurda, describir los detalles sólo por describirlos y sin necesidad de ilustrar nada con un ejemplo.

Así que ¡¡volvemos!! A pesar de todo, creo que he batido récords de desenganche del blog, así que vamos a darme un mini-aplauso o una 30 seconds party dance como las de Anatomía de Grey. Además, a estas alturas de mi vida, enterarme otra vez de que no puedo vivir sin escribir es, sin duda, una buena noticia.

miércoles, 31 de octubre de 2012

El Proyecto Noviembre

Queridos lectores:

Lo primero que quiero es pediros disculpas por pasarme vuestra opinión por el forro. ¿Por qué? Porque no voy a escribir una novela. Ya sé que es el segundo NaNoWriMo en el que me rajo, pero a la tercera irá la vencida. Vamos, digo yo.

Aun así, vamos a convertir noviembre en un mes especial.

Primero las malas noticias: massobreloslunes se paraliza temporalmente. No puedo sacar adelante otros proyectos si sigo empeñada en escribir aquí todos los días. Peeeero no os voy a dejar sin lectura durante todo el mes. Al contrario. A todo el que se preste voluntario le voy a ABRUMAR con mis palabras.

Yuju.

¿La temática? Vamos a sacar adelante Psicosupervivencia. Voy a escribir un libro sobre el tema. ¡¡Viva y bravo!!

¿Y por qué psicología y no ficción?

Pues no sé. Porque lo siento así ahora mismo. Es lo que me apetece. Estoy en una etapa profesional bastante intensa y bonita: me divierto con mis pacientes, aprendo un montón de ellos y me encuentro en un modo psicóloga-total. Escribir ficción ahora mismo me queda grande. No tengo el tiempo ni, sobre todo, el espacio mental necesario para hacerlo de forma que me quede más o menos contenta con el resultado. Así que voy a escribir sobre psicología. La novela llegará, en serio, pero no en esta etapa de mi vida.

No obstante, no quiero escribir el libro sola. Soy adicta a vuestro feedback. Necesito contar mis chorradas y que alguien me conteste al final del día. Es triste, pero cierto, y no tengo ni idea de cómo lo hacía antes la gente, encerrados en habitaciones, escribiendo en solitario con plumas de oca y sin conexión ADSL.

Pensé en ir publicando lo que tuviera listo en un blog privado, pero la última experiencia privatizando y añadiendo gente a la lista de lectores casi me vuelve loca, así que he pensado en un sistema más operativo: una newsletter.

(¡¡Me estoy modernizando!!)

Esto consiste en que quien quiera participar, se suscribe a la lista y recibirá todos los días del mes de noviembre un fragmento-borrador del futuro libro. La idea es poder leer vuestros comentarios y opiniones a medida que voy escribiendo. Desde un simple "me gusta/no me gusta" hasta sugerencias, aclaraciones, ideas o dudas. Me podéis contar historias que se relacionen con lo que escribo o consultar situaciones más o menos personales. Por supuesto, no utilizaré ningún material de nadie sin previo consentimiento.

En relación con eso, y aquí va una primicia primiciosa, me voy a asesorar legalmente y a redactar un documento de consentimiento informado para utilizar datos clinicos, lo que quiere decir que si mis pacientes están de acuerdo, os podré contar casos reales con bastante detalle. Esto es algo que me apetece un montón hacer y que creo que puede ser muy útil para todos.

¡Estoy muy emocionada! ¡¡Voy a escribir un libro!! Voy por ahí diciéndoselo a todo el mundo, como si estuviera embarazada.

La meta, como en el NaNoWriMo, serán 50000 palabras. Todos los días actualizaré cuántas llevo. Al final del mes veré lo que he conseguido y seguiré trabajándolo y dándole forma hasta que pueda editarlo de manera más o menos decente.

Por último, anuncio que si al principio la lío un poco con los aspectos técnicos de la cosa, me disculpéis. A mí me gustaría dedicarme a escribir y punto, en vez de andar peleándome con todas las herramientas de la web 2.0 a la vez, pero me temo que no podré hasta que no sea rica y contrate a un cibersecretario.

Os agradezco mucho cada comentario y cada mail a lo largo de la andadura de este blog. Imagino que todo el que va a escribir un libro se pregunta si lo va a leer alguien. Yo que lo va a leer alguien, y aunque lo leyerais solo los que estáis ahora mismo visitando el blog, mi puñadito de fans verdaderos, ya estaría contenta.

Y paro ya, que me pongo tonta.

Para apuntaros a la lista, haced click aquí.

Ojalá que la idea os haga tanta ilusión como a mí. Nos vemos en vuestra bandeja de entrada.

martes, 30 de octubre de 2012

La actividad anteriormente conocida como sexo

En primer lugar, os tengo que anticipar que más os vale no perderos la entrada de mañana. Noviembre va a ser un mes muy especial y quiero que todos seáis parte de ello.

En segundo lugar,  voy a contestar al MIR, que hace un par de días me preguntaba, si no le entendí yo mal, cuál era mi intento de opinión no sesgada sobre el sexo.

A ver. El sexo es una cosa rara. Pensadlo. Ves a alguien del otro género o del tuyo, según te mole la carne o el pescado. Sientes una sensación muy potente en diversas partes de tu cuerpo: el corazón te late más rápido, se te dilatan las pupilas, la sangre acude a tus labios y a tus genitales. Estás lo que comúnmente se conoce como cachondo/a. Si la cosa va bien, y aquí permitidme que me salte la fase social del asunto, pasaréis a frotar vuestros labios y lenguas y a tocaros el cuerpo. Después se quita uno la ropa y se siguen tocando los cuerpos. Luego se introducen unas partes en otras y se frota uno sin parar hasta el orgasmo. Ojo, que el orgasmo es algo estupendo. A mí casi se me olvida de una vez para otra lo estupendo que es, y vuelvo a pensar: joder, qué bien diseñado está esto.

En medio de ese intercambio, nuestro cerebro se monta un fiestón neurológico de proporciones épicas. Chorreamos dopamina, oxitocina, endorfinas y no me preguntéis que más, porque no lo recuerdo. A nivel conductual, podemos reaccionar de distintas formas. Hay quien tras terminar se abraza como un osito y quien se levanta a fumarse un cigarro y/o a comprobar el condón en el lavabo. En el momento en que el sexo se acaba, el cerebro toma otra vez el control y juzga lo que hemos hecho. Empieza a barruntar las consecuencias que el frotamiento de genitales va a tener en su vida.

Si me preguntáis ahora, os diré que en los últimos (dejad que lo piense) cinco o seis años, el sexo no me ha traído más que problemas. Si me preguntáis también si, no obstante, me apetece tener sexo, la respuesta es que sí. Claro. Mi cuerpo lo sabe.

En cualquier caso, si pienso en cuál sería la postura que me gustaría adoptar ahora respecto al sexo (jijiji, he dicho postura), os diría que querría ser capaz de observarlo como lo que verdaderamente es. Una sensación maravillosa, sí, pero finita. Acotada en el tiempo. Y, sobre todo, vinculada a otro ser humano. Tú no puedes dejar que otra persona meta trozos de su cuerpo dentro del tuyo o incorpore a los tuyos sus fluidos y seguir como si nada. El sexo es intimidad, y debería ir acompañado de la intimidad que merece. Eso es así.

Me gustaría que la próxima persona con la que tenga sexo me importara.

Por último, quiero compartir con vosotros un pensamiento que he tenido últimamente y que creo que debería popularizarse. Creo que las personas que han tenido sexo juntas deberían seguir unas reglas de cortesía mutua durante el resto de la vida. En plan: responderse siempre los whassap y tratarse en general con cariño. Creo que darse esa intimidad merece un respeto mutuo vitalicio. Nadie te verá nunca tan vulnerable como desnudo y entregado, y eso debería tenerse en cuenta para contactos posteriores. Pero esta idea mía, como la de los semáforos de disponibilidad sexual, caerá en el olvido y no podrá hacer de este un mundo mejor.

Hale, buenas noches. E insisto: atentos al post de mañana.

PD: Besitos, MIR.