massobreloslunes

lunes, 8 de abril de 2013

La entrada 1001



Resulta que no he hecho bien la cuenta y que la entrada número 1000 fue la de ayer. Qué poco glamour. En realidad, todo ha ido mal en esta celebración. No he tenido tiempo (ni fuerzas, ni un sitio) para hacer tarta. No he terminado de poner bonito el otro dominio. No he empezado el desafío moleskiniano, a la convocatoria de Q-Ball ha venido UNA lectora (a los demás no os voy a decir que os odio, porque no sería verdad) y la sorpresa que quería preparar también está esperando en lo más bajo de mi lista de tareas.

En cualquier caso, voy a contaros cosas.

Es domingo, siete de abril, y yo estoy en el Retiro con seis personas de procedencia variopinta, intentando como si me fuera la vida en ello que no se me caiga al suelo una pelota de Dora Exploradora. Hemos jugado un rato al Q-Ball (que, por cierto, es probablemente el juego de equipos más grande desde el curling), hemos practicado el pino contra los árboles y ahora nos limitamos a pasarnos la pelota intentando alcanzar un número modesto de toques sin que se caiga al suelo.

Por supuesto, hoy estaba nublado, pero a mitad de la tarde se ha aclarado el cielo y Elsa y yo hemos ido a por helados a un kiosco cercano. Ahora entra una luz dorada a través de los árboles e ilumina el césped verde y las caras de la gente. Yo me siento como si tuviera... bueno, no sé, no me siento como ninguna edad anterior, porque a mí, en realidad, nunca me ha gustado demasiado jugar a nada, y menos con una pelota de por medio. Me sentía torpe y absurda. Igual hace falta crecer y darte cuenta de que tu cuerpo no va a estar siempre a tu favor para valorar este tipo de cosas.

En cualquier caso, éste es un momento feliz. Uno de estos momentos en los que sabes que estás creando bonitos recuerdos para tu álbum personal. Un momento de esos en los que J. diría "¡post!", porque son precisamente la diana inocente de lugares como este blog.

Mientras vuelvo andando a casa, cansada pero contenta, reflexiono acerca de estos momentos y de el poquísimo poder de convocatoria que hemos mostrado esta tarde Erika, Elsa y yo. Ha aparecido una lectora del blog. Un chico de couchsurfing. El resto éramos conocidos o víctimas inocentes amigas de los conocidos. Me pregunto qué se llevan a casa la lectora y el couchsurfer, y si se lo habrán pasado la mitad de bien que yo haciendo el idiota sobre el césped.

Voy pensando en esta entrada y en qué voy a escribir. Ya dediqué unas palabras a algunos lectores cuando alcancé las 50000 visitas. No quiero meterme en una de las mías, tipo "los 100 mejores momentos que el blog me ha traído", porque me conozco y después me paso escribiendo hasta mañana. Quiero encontrar la manera de transmitir lo importantísimo que esto es para mí y, al mismo tiempo, contar qué he aprendido escribiendo mil entradas de blog, si es que he aprendido algo.

Llego a casa y llamo a J. por Skype. Le cuento lo de las mil entradas. "Vaya, mi niña - dice él -. Tienes que estar orgullosísima. Me haces sentir pequeño". Me pregunta si releo el blog a veces y qué siento cuando lo hago. "Siento que soy genial", contesto yo, medio en broma, medio en serio. "Eso no está bien, chiquita. Tienes que ser humilde e intentar mejorar cada día". "Si lo soy, de verdad, pero también pienso que escribo bien. Si no escribiera bien, me dedicaría a otra cosa".

Esa llamada no habría sucedido de no ser por el blog. Si ese chaval moreno y chalado está al otro lado de mi ordenador declarando convencidísimo que me sienta muy bien la coleta, es porque en agosto de 2005 le dio por hacer click en marinainthemiddle* y dejar un comentario. Y no es que mi vida haya sido mejor o peor de lo que podría haber sido sin J., pero sin duda ha sido distinta. Lo que quiero decir es que las decisiones pueden tener un impacto enorme, y que escribir tiene un impacto enorme.

No tengo claro si mi vida cambia el blog o es el blog el que cambia mi vida. El caso es que le estoy tan agradecida. De verdad. Lo que no es más que un canto al ego, digo yo, porque el blog soy yo y punto, así que supongo que agradecerle cosas no es más que agradecérmelas a mí y a mi gigantesco sentido de la autoimportancia. Pero imagino que le agradezco que me dé esta estructura. Que sea un espacio al que puedo volver.

Volvamos a mi paseo de esta tarde hacia Lavapiés. Pienso que hoy ha sido el primer día de verdadera primavera, con una tarde larga y dorada, correteando al aire libre. Le doy la razón a Erika y a Elsa, que me decían ayer frente al curry de un restaurante indio que no me desanime con Madrid: que lo mejor está por llegar. Me pregunto sobre mi escaso poder de convocatoria y pienso que no tiene nada que ver conmigo. Que la gente tiene mejores cosas que hacer un domingo por la tarde y, sobre todo, que presentarse a jugar con desconocidos a un extraño juego con rastrillos y pelotas es algo que sale bastante de la zona de confort de la mayoría.

Entonces me he dicho que si puedo transmitir una sola lección como bloguera el día que conmemoro (por error) la entrada número 1001 es la siguiente:

La próxima vez que alguien os proponga jugar al Q-Ball en el retiro, decid que sí.

No se trata de jugar al Q-Ball, ni de conocer blogueros, ni de celebrar conmigo las mil entradas. Eso es lo de menos. Se trata de decir que sí. Una vez dije que mi blog era mi manera de escribir sobre las cosas que amo. Hoy pienso que este blog es un sí constante. Un sí a estar viva, al riesgo, a atreverse a hacer cosas, a mirar alrededor, a arrepentirse, a hacer el ridículo, a masajearme el ego, a soltar chorradas, a sentarse aquí delante y sentir como si en vez de cerebro tuviera un limón reseco.

Un sí a conocer a lectores y lectoras. Cuántos momentos, queridos. Tomar cervezas con Fuckowski y sus amigos en el irlandés de la plaza del Siglo. Entrar al museo Picasso con Neikos. Comprar pintaúñas con Laura y remojarnos en el Spa, en la ducha de eucalipto que no huele a eucalipto. Pasar San Valentín con Carmen. Ir con Dani al japonés y lloriquear después en el Lobos porque ya no ponen pipas ni canciones de los Piratas (ni se llama Lobos, siquiera). Mirar libros con el señor M. Tomar gintonics con el otro J. (el lurker) y helados frente al mar con el señor K. Buscar sidrerías con el GPS de Nieves, y después levantarnos de la mesa porque no tienen platos vegetarianos. Jugar al Q-Ball con Marta. Beber vino con Babette, entrenar con Álex, ir al teatro con Elena. Montar un taller de escritura individual con Ángel en mi casa de San Fernando, y después verle trastear la plantilla de Psicosupervivencia en su bonito macbook Air.

Hablar y escuchar a IA. Escalar con él, mirarle con asombro desde el asiento del copiloto, oírle cantar Vetusta, compartir un dulce en un bar cualquiera en un pueblo desconocido de Castilla. Acariciar con los dedos su piel alucinante. Enfadarme con él, reconciliarme con él, seguir hablando y escuchando, entender algunas cosas. Agregarle al facebook, quitarle del facebook, agregarle otra vez al facebook. Esperar que, pese a todo, podamos volver a escalar juntos muchas veces.

Chatear con J. por el messenger (¿os acordáis del messenger?). Cruzarme con él en Rector López Argüeta, de camino a la facultad de políticas: yo con veinte años, sin saber nada de la vida, con las gafas de pasta puestas y una carpeta cruzada frente al pecho. Él con veintisiete, moreno como un tizón, montado en su bicicleta. Mirarle durante uno de los segundos más intensos de mi vida y pensar "es él". Tomar café en el Lisboa, cervezas en su tejado, espaguetis con nata en su cocina, almohaditas con chocolate a la mañana siguiente. Ocultarnos, encontrarnos y volver a empezarlo todo desde el principio. Contar chistes, hacernos masajes, conducir, escribir, leer mientras él terminaba su fin de carrera, cortar corcho para sus maquetas. Dormir, despertar, montar picnics urbanos y piscinas en las tartas ajenas. Perdernos en mitad de la nada, llamarnos en mitad de la noche, hacer fotos de saltos extremos y de edificios que a mí no me interesan un carajo. Dibujar en las plazas del Albayzín. Desayunar. Compartir palomitas. Dejarnos, volver, llorar, gritarnos, darnos sesenta millones de besos y echar sesenta millones de polvos. Querernos lo mejor que hemos sabido.

Con esto quiero decir que las cosas importan, y la gente importa y las decisiones también. Que por supuesto que lo que haces tiene consecuencias, y lo que escribes, y tus llamadas de teléfono, y atreverte a dar un salto al vacío y conocer a la gente. Intimar con la gente es difícil. Te puede cambiar la vida.

Aun así, insisto: decid que sí. Un sí en general. Un sí al Q-Ball. Un sí, me da igual pasar vergüenza porque no conozco a nadie y sí, voy a echar el domingo haciendo el idiota. O voy a aprender a escalar. O me voy por ahí con la furgo a un proyecto absurdo que me he inventado, o me propongo escribir todos los días durante un mes. Un sí, vamos a experimentar, vamos a probar y a abrirnos. El tema es abrirse. Si algo tengo que decir después de escribir mil entradas es que el tema es abrirse todo el rato, cada vez más, y que, al mismo tiempo, nadie os va a recompensar nunca por ello. No hay palmaditas en la espalda, ni una epifanía espiritual duradera: hay un dolor constante y sordo y, en mitad de ese dolor, momentos de una luz aterradora. Como esta tarde. Como todas las otras tardes y como todo lo que nos queda juntos, a vosotros y a mí, con las palabras que me quepan en los dedos.

Es curioso que sean 1001 entradas. Igual que Scherezade, sigo contando historias hasta que sale el sol. Confío en que queráis seguir oyéndolas a la mañana siguiente y no entreguéis mi cabeza al verdugo del olvido o del desinterés. Nunca sabréis lo que os agradezco vuestra clemencia.

Brindad conmigo por 1001 más.

Muchos besos.

*Todos los posts de allí están en este blog, por si os picaba la curiosidad.

domingo, 7 de abril de 2013

Convocatoria oficial de Q-Ball, tarta y celebración de las 1000 entradas

Nos vemos mañana a las 17'00 en la parada de metro del retiro que está dentro del parque. Estaré yo. Estarán mis fabulosas amigas Erika, Elsa y Ro. Habrá gente desconocida convocada por couchsurfing. Habrá algún que otro lector que ha anunciado su asistencia (no muchos de momento, me temo, pero al menos ya sabéis que vendrá alguien). Jugaremos a meter pelotas en un cubo con un rastrillo en un juego cuyas reglas están aún en proceso de creación. Comeremos una tarta aún por decidir. Y después, por la noche, caiga quien caiga y esté como esté de embotada mi pobre cabeza pensante, escribiré la entrada número mil de este mi querido blog.

Allí os espero.

Besitos y buenas noches.

miércoles, 3 de abril de 2013

Poesía económica VI: Hacienda strikes again

¡Declaración de la renta
hoy me la has vuelto a jugar!
Esperaba tu respuesta,
y me sales a pagar.

¿En qué clase de universo
injusto y malencarado
con mi sueldo mileurista
le debo pasta al Estado?

Será que cobré la Renta
(maldito sea su recuerdo)
o que a mi chunga casera
pagué el alquiler en negro.

Por tener curro en la crisis
debo estar agradecida
pero pagar ahora a Hacienda
me deja jod... algo herida.

Puedo aprovechar Madrid
para pedir en el metro
o ir a la calle Montera
a menear el esqueleto.

Los planes para mi viaje
se empiezan a perfilar:
pisar suelo americano
y con drogas traficar.

Para colmo, Dios me ignora
y los maromos me evitan
¿Son las celivibraciones,
o el karma, que me castiga?

Menos mal que Muertelandia
me enseña algo verdadero:
que la salud y la vida
no se compran con dinero.

(Posdata: querida muerte
he aprendido la lección.
Déjate ya de chorradas
y que me toque el cupón)


*Nota: ya empezaré mañana con el desafío Moleskiniano; hoy era necesario escribir esto.

martes, 2 de abril de 2013

Retos y celebraciones

Queridos lectores:

Esta es una entrada breve (*edito: sigo teniendo problemas con el concepto de breve) para comunicaros dos cosas.

Primera: sobre la próxima celebración de las mil entradas (ésta es la 997)

Yo quería aprovechar que estoy en Madrid y convocar a quien quisiera a tomar tarta de cerveza negra (que va a ser la elegida para la celebración, me temo que sin glaseado rosa, porque desde que la probé no quiero más que aprender a hacerla y alimentarme sólo de eso). El problema es que incluso a mí me parece raro reunir a unos cuantos desconocidos en torno a mi persona. Es como ¿y de qué vamos a hablar? ¿De mi blog? ¿De mí misma? Luego he pensado en dinámicas grupales y cosas así, pero insisto en que es friki hasta para mis niveles de egocentrismo y alternatividad vital.

Así que lo que voy a hacer es lo siguiente: aprovechando que mi amiga Elsa, que es amor, y mi amiga Erika, que también es amor, organizan un partido de Q-Ball este domingo en el retiro, os convoco a todos los que queráis a uniros a nosotras. No se lo he preguntado a ellas (¿qué opinas, Els?), pero dado que son amor, estoy casi 100% convencida de que no van a tener problema en que invite a los lectores. Luego todos comeremos tarta de cerveza negra y, aunque no tengamos nada de qué hablar, las endorfinas y la glucosa fluirán por nuestra mente y todo dará igual.

¿Qué es el Q-Ball? No lo tengo claro. Es un juego que se han inventado Erika y Elsa. Tiene muchísimas reglas, y se juega con pelotas y rastrillos de playa. Me parece que en algún momento hay que hacer el pino (verídico). Aquellos vergonzosos o no coordinados: tranquilidad. Mi torpeza con una pelota sólo es comparable a mi torpeza al ligar con hombres guapos. Seguro que no se os da peor que a mí.

Creo que la quedada de Q-Ball (Q-dada) es una buena opción. Podéis aparecer si queréis, y si no, pues no. Habrá más gente que tampoco se conocerá entre sí. Erika y Elsa insisto, son amor en estado puro, y yo tampoco estoy mal. No tendremos que buscar tema de conversación, ¡jugaremos al Q-Ball! Si no viene ningún lector, no me sentiré mal porque habrá más gente, e igualmente celebraré y comeremos tarta de cerveza negra. Será genial.

No obstante, lectores: escribir mil entradas (¡¡¡MIL!!!) es un logro sumamente importante para mí. Mucho. Me encantaría que lo celebraseis conmigo.

Segundo: sobre el Reto Moleskine* o Moleskinian Challenge

El otro anuncio del día es que voy a empezar otro reto, estilo Michelian Challenge. Va a durar sólo 21 días, porque si me descuido se me junta con el viaje a Boulder, pero creo que puede estar bien. El tema es que mi creatividad está bajo mínimos, y que tiene que ver también con que ando muy distraída intentando sobrevivir en la jungla capitalicia. Se me ocurren ideas (¡muchas!) y después se me olvidan. Así que voy a proponerme tres cosas:

1) Llevar siempre encima la libreta marca Moleskine roja superguay que me regaló MQEN por mi 27 cumpleaños.
2) Escribir en ella todas las ideas que se me ocurran.
3) Escribir cada noche un post que obligatoriamente sí o sí deberá emerger de la libreta roja.

De esta forma, espero estimular la creatividad y la variedad bloguera, porque últimamente me siento aquí y no hago más que chorrear autocompasión o ambiguas lecciones vitales.

Eso es todo por hoy.

Cuando me entere con todo detalle de la convocatoria oficial de Q-Ball, os la apunto aquí. De entrada, anticipo que será este domingo por la tarde, creo que en el Retiro. No sé si habrá que traer rastrillos y demás o se encargan ellas. Contadme qué os parece.

Besitos y a descansar esas molleras (o a ponerlas en marcha aquellos que me leéis con el café, como si el blog fuera una galleta María cualquiera).

*Esto también es un Míchel tribute. Él sabe de lo que hablo.

domingo, 31 de marzo de 2013

Atascos y desatascos

Estoy atascada en un túnel en mitad de Despeñaperros. Llevo siete horas metida en el autobús y, con suerte, me quedan otras tres. No me importaría demasiado si tuviera un enchufe, pero un capítulo de Anatomía de Grey y un artículo de 3200 palabras sobre la asertividad se han comido casi entera la batería de mi Mac. Apuro los restos con la pantalla al mínimo y escribo en gris clarito para que nadie pueda leerlo.


Antes de ayer quedé con Elsa y con Ro para tomar un té. Eso ya lo conté en elpost que escribí esa noche, de hecho. Lo que pasa es que me dispersé hablando de tronos y de cristos y no me centré en lo importante. Lo importante es que al acabar el té, Elsa y yo caminamos juntas hasta su casa a través de las calles abarrotadas del centro. Yo me terminaba las pipas que había comprado con mi madre por la mañana. Las pipas me saben a yo misma hace diez años, cuando las comía sentada en un banco a la salida del colegio. Málaga me sabe a pipas y al olor de la sal del mar en el aire.

Hablamos del alcohol. Poco después de empezar a meditar, dejé de beber, pero hace un par de años que volví poquito a poco a las andadas. “Has pasado de no beber nada a beber... normal, ¿no?” me pregunta Elsa con prudencia. Puedo escribir sobre Elsa durante todo el tiempo que me queda dentro de este autobús y será difícil que os hagáis una idea de cómo es. Está como cincuenta reencarnaciones por delante de cualquier persona que conozca. Es un ser de luz. Ayer tomábamos café en el balneario a la caída del sol. Yo observaba su cara tranquila recortada contra el mar. “Qué guapa eres, Elsita – le decía – y cuánto te quiero”. Ella se reía. “Tú también eres muy guapa, Mopi, y también te quiero mucho”.

Elsa no bebe alcohol. Ni come carne. Ni se enfada nunca; se ha enfadado hace dos semanas por primera vez en su vida y ha decidido que es muy desagradable y que no lo va a hacer más. “Yo acepto que la gente a mi alrededor beba – me explica -, pero no me gusta nada”.

Yo intento justificarme. Le digo que beber es el menor de mis problemas. Que tomarme un par de cañas los martes y los jueves a la salida del roco, y una copa de vino si salgo a tapear algo con los del curro, o quizá un gin tonic si piso de puntillas la noche madrileña es, de verdad, el menor de mis problemas. Porque no tiene que ver con beber, sino con estar como no quiero estar, donde no quiero estar, con quien no quiero estar. Le explico toda la historia de mi disociación, y de esta sensación que tengo desde hace unas cuantas semanas de que debería sacudir mi vida desde los cimientos y no puedo hacerlo.
Subo a casa de Elsa a mear el batido de yogur que he pedido en la tetería. Nos espera Tahira, preciosa en su vestido de lana marrón, toda sonrisas y rizos rubios en mitad de la cocina. A sus casi veinte meses, Tahira me cae bien. Tiene las ideas claras y no llora cuando se cae. “Es una tía dura -le digo a Elsa -. Acabará como aventurera, o como reportera de guerra”.

Mientras vuelvo caminando a casa de mi abuela, un pensamiento me golpea en la frente. Mi vida es un desastre, pienso, un desastre total y verdadero, y yo no voy a beber más. Lo decido sobre la marcha, aunque me dé miedo volverme marciana y sepa que van a apetecerme las cañitas madrileñas durante toda la primavera. Pero lo decido porque no tiene tanta importancia y, al mismo tiempo, tiene un montón de importancia. Quizá no sea el último de mis problemas, ni tampoco el primero: quizá sea la oportunidad de poner en marcha todo lo demás. Al mismo tiempo, no puedo hacer algo que a mi amiga Elsa le parece mal, y sé que esto no lo va a entender nadie que no la conozca, pero yo lo entiendo.

Como si escribir hubiera liberado algún tipo de energía, el atasco se ha deshecho, y el autobús recorre tranquilo la autovía en dirección a Madrid mientras yo visualizo un futuro de tónicas, mostos y cervezas sin alcohol. Es mucho más difícil cambiar la vida sin sacudirla, permanecer comprometida con lo que te importa y construir tu autenticidad poco a poco y en mitad del mundo. Sé que estoy muy mística últimamente, y escribir en gris clarito sin revisar lo anterior tampoco ayuda, pero tengo que mantener la confianza. Nunca la he perdido, en realidad: no lo olvidéis nunca. En mitad de la desesperación y de la felicidad; entre tormentas y calmas; aburrida, entusiasmada y con el corazón roto... nunca he perdido la esperanza de que si continúo aquí sentada, poniendo una palabra detrás de otra y un post detrás de otro, algo sucederá. Irán encajando las piezas. Colocaré el número suficiente como para verle un sentido al conjunto. Así que aquí sigo, paso tras paso, post tras post.

sábado, 30 de marzo de 2013

Semana Santa


Estoy en Málaga, sentada en el cuarto de la chica que cuida a mi abuela, y que ahora mismo está de vacaciones de Semana Santa. Me he venido aquí porque mi abuela se partió la pelvis hace un par de semanas y mi madre está cuidando de ella. Yo ayudo un poco, pero lo justo, la verdad. Ni mi abuela es encantadora ni yo soy la Madre Teresa. No tengo ganas de ayudar a cambiar pañales ni de sentarme con amabilidad a los pies de su cama. Quiero que me dejen tranquila.

Quedo con Elsa y Ro para tomar un té en una tetería del centro. Las calles están abarrotadas de gente en busca de tronos. ¿Queréis saber algo friki de mí? Además de querer ser santa, de pequeña era una verdadera adicta a las procesiones. Mis tíos tenían alquiladas sillas en la Alameda, y yo me pasaba allí los cinco días de la semana, recogiendo cera en una bola cada vez más grande, correteando con mis primos de un lado a otro y observando anonadada a los cristos y a las vírgenes.

Lo de la Semana Santa es complicado de explicar si no vives aquí. Reconozco que resulta bizarrísimo si se ve desde fuera. Desde dentro es más fácil de entender. Quedas con tus amigos, paseas por las calles, ves un par de tronos y te tomas una caña. Te compras una patata asada, o una manzana de caramelo, o un limón cascarúo para tomar con bicarbonato. Esperas durante horas en una esquina para ver una salida o un encierro.

Yo no lo hago, que conste. Hace ya muchísimos años que sólo veo tronos por casualidad. A pesar de eso, y a pesar de que ahora soy atea como el infierno, cuando me cruzo con uno me emociono como una idiota. Es una emoción irracional, que se irradia directamente desde mi cerebro reptiliano. El tema es que a mí la historia de Jesús me da mucha pena. Las procesiones consiguen transmitirme muy bien todo el mensaje. La muerte, la humillación, la desesperación. Mel Gibson no se inventó nada; está todo aquí, en las calles de mi ciudad. No soy creyente, insisto; ni siquiera católica no practicante, ni cristiana a secas. Me parece una historia sin pies ni cabeza. Aun así, veo al Cautivo bajar una avenida entre tambores, con la túnica blanca ondeando en la brisa, las manos atadas delante y la corona de espinas sobre la frente y me da mucha pena, igual que me dan pena las vírgenes llorando porque su hijo se muere.

Cuando era pequeña, siempre pensaba en las formas en que se podía haber evitado la muerte de Jesús. Algo dentro de mí creía que no hacía falta todo aquello, Que si Jesús era el hijo de Dios y lo sabía todo, por qué había elegido como apóstol a Judas. Después buscaba fallos en el guión: Jesús podría haber huido, Pilatos no tendría que haberse lavado las manos. Los latigazos, la cruenta tortura de la cruz; todo eso y, sobre todo, que todo se repitiera una y otra vez sin que se pudiera hacer nada por evitarlo, me conmovía muchísimo.

Igual que me pasa con la navidad, me extraña la Semana Santa porque ya no participo en ella. Con profundo egocentrismo, me pregunto por qué se sigue montando este follón en torno a algo que no me interesa nada. A pesar de todo eso, camino por las calles y sigo conectando. Las sensaciones están almacenadas en mi cerebro. La brisa de principios de primavera, el olor a incienso y a manzanas de caramelo, los niños pequeños que tocan trompetas y tambores de plástico mientras sus padres piensan en cómo esconderlas cuando lleguen a casa.

Es difícil de entender si eres de fuera. Incluso a mí me resulta difícil entenderlo siendo de aquí. Pero una parte de mi cabeza lo va a entender siempre, creo yo. Por gracia o por desgracia.

martes, 26 de marzo de 2013

Rara

Estoy rara. Por si alguien no se había dado cuenta. Estoy y me siento francamente rara. Algunas cosas están cambiando. Y eso está bien, porque escribí hace ya tiempo que me daba la impresión de que esto seguía, y seguía, y era muy bueno, pero no daba más de sí. Ahora algunas cosas están cambiando, no necesariamente para bien y, al mismo tiempo, de la única forma posible.

Cambian cosas. Esta mañana estaba francamente desesperada. Hacía tiempo que no me encontraba tan mal. Mal nivel "no sé cómo cojones voy a aguantar toda la mañana metida en el hospital". Mal nivel ganas de llorar. He llamado a mi madre a media mañana porque no tenía nada que hacer en el curro. Era para verme: dando vueltas por la planta de maternidad, móvil en mano, mientras los pacientes me miraban preguntándose si no tendría nada mejor que hacer. "La vida no puede ir siempre bien, Pitu - me ha dicho mi madre por teléfono -. Seguro que puedes aprender de esto".

Eso espero, porque no estoy bien; de hecho, estoy regular tirando a mal. Como esos personajes de cómic que caminan por ahí con una nube de tormenta sobre los hombros. Sin encontrar la paz en ninguna parte. Y, aun así, siento que las cosas están cambiando, que están alcanzando un nivel nuevo y que eso es bueno. Madrid no me está dejando más remedio que volver a pensar ciertas cuestiones. Continúo buceando sentimientos y buscando la autenticidad. Sigo tratando de unir esas dos partes separadas de mí misma. Trato de comunicarme con los demás desde un núcleo más verdadero e intento disolver el tremendo bloqueo que siento desde hace un tiempo en lo que a relaciones íntimas se refiere. Sustituyo la soledad real, física, por una búsqueda de mi propio espacio interior que, en realidad, puede estar en cualquier parte. En la plataforma móvil del metro. En un rincón de la cafetería de la Casa Encendida. Encima de cualquier plafón del roco.

Es raro, pero no está mal.

No puedo ser mucho más clara que esto. Llevo un par de copas de vino encima; a mi favor diré que han estado cenando unas amigas en casa. En mi cabeza, de nuevo, todo tiene muchísimo sentido. No sé si en la vuestra también. Pero no nos queda otro remedio a todos (a vosotros, a mí), que sentarnos en silencio como frente a la pantalla de un cine. A observar cómo todo esto se despliega. La vida, las experiencias nuevas, las nuevas sorpresas. No tienen más remedio que hacerlo. El cambio es lo único que permanece siempre constante.