"Lo increíble de Europa es que ustedes viven aquí", dice Pablo, mientras observa el Albayzín con cierto asombro.
Llevamos dos días en Granada, en lo que yo he dado en llamar un Finde de Amor y Lujo o FAL (y sí, sé que es un acrónimo poco elegante). Hemos pasado la mañana huyendo del calor en los bosques de la Alhambra y, después de vaguear unas horas en la piscina del hotel, hemos visto la puesta de sol desde la muralla de la ciudad. Ahora bajamos por la Cuesta Alhacaba en dirección al Arco de Elvira, que él rastreó ayer en la Wikipedia. "Es increíble - insiste -, porque ustedes se levantan por la mañana y ven monumentos con siglos de antigüedad. Es una locura".
Sin él saberlo, me recuerda a Krista, la canadiense meditadora que vino a visitarme en quinto de carrera y que repetía lo mismo, anonadada: "This is YOUR city... you LIVE here". Ahora, sin embargo, no siento el orgullo de propietaria de entonces. No me siento exactamente turista, pero no poseo a la ciudad. En los dos días del FAL, intento darle a Pablo una panorámica exacta. Es una visita más sentimental que cultural: le enseño los balcones de los pisos donde viví, los cafés donde desayunaba y los bancos donde me sentaba a leer. Sé que me imagina en todos esos lugares, y también sé que la imagen que pueda formarse de mí, la ilustración unidimensional de la chica rubia y mona que pasea o lee, no tiene nada que ver con mi experiencia. Para mí era inmenso. Era toda la textura de la vida contenida en un instante.
Incluso aquí, ahora, me cuesta explicar lo que sentía yo esos años. Nunca he hecho surf, pero imagino que un surfista, después de dejar pasar un montón de olas, ser arrollado por unas y quedarse atrás en otras, da en ocasiones con el momento en que se coloca en la ola y la posee. La doma. Está justo en su cresta. Yo poseía Granada. Era mía. Aquel momento era cien por cien mío, eran los adoquines de mis calles y las tazas de mis cafeterías, su gente era mi gente, sus libros, sus películas, la fritanga de sus bares: todo eso era mío y yo no podía ni quería estar en otro lugar.
Me sigo explicando fatal y espero que lo disculpéis. En estos días, mientras observaba a los estudiantes en la calle y me preguntaba si se me ve mucho más vieja que ellos, sentía algo parecido a la lástima. Por ese sucedáneo de vida que te construyes cuando eres estudiante. O bueno, no es un sucedáneo: es tu vida, en ese momento, no tienes otra y, sin embargo, te crees tan grande. Tan sabio. Tan al otro lado. Tampoco mereces lástima. Juegas a adulto con pocos riesgos, y está bien. El mundo es eso: un patio de juegos gigante en el que tú mueves ficha sin ser del todo consciente de las consecuencias.
Ya os conté una vez que hace mucho tiempo, justo antes de que mi amigo José Luis se marchara a estudiar a Madrid, nuestro profesor de teatro contemporáneo, un tipo huesudo de nariz larga y voz grave, le dijo algo como: "Ahora te toca averiguar cómo quieres vivir. Qué quieres hacer con tu tiempo y tu dinero. Si quieres o no beberte esa copa, si quieres o no follarte a esa chica". La entrada continuaba conmigo diciendo que quería elegir cómo vivir, con frases así de rimbombantes:
Quiero ser capaz de mirar el tiempo que tengo por delante obviando el que me queda detrás, mi trayectoria, todo lo que se supone que soy y que me define.
Ahí es nada.
Me acordaba de esta entrada porque, a lo tonto, fue hace ya casi dos años, y de alguna forma me da la impresión de que ya he decidido. Al menos en esta jugada, este movimiento. Mi amigo Anxo siempre dice que en la terapia (como en la vida, como en el ajedrez) hay que hacer cada movimiento con intención. Ahora, después de decidir sobre unas cuantas cosas importantes, coloco de nuevo mis fichas y espero asombrada a ver qué pasa.
Pienso que a lo mejor esa distancia líquida que me separa ahora de Granada no es más que esa capacidad de mirar el tiempo que tengo por delante obviando el que me queda atrás. Estoy muy en ese modo últimamente. Lo cierto es que no tengo muchas ganas de trabajar como psicóloga ahora mismo, más allá de escribir sobre el tema, y esto suena muy chalado si pensamos que me he pasado los últimos diez años preparándome para eso. Pero me siento absurdamente desapegada al respecto, como si la yo psicóloga no hubiera sido realmente yo. Con la intuición de que la yo-yo siempre fue escritora.
Hemos pasado un bonito FAL en Granada, mi Pablo y yo. Como dos piezas de un rompecabezas que encajan en otra parte, si es que encajan en alguna. Recorriendo la luz dorada y quieta de sus calles, parándonos en los rincones, con ampollas en los talones de tanto caminar. Engullendo comida vegana y comprando chocolate. José Luis, el amigo del que os hablaba antes, me dijo una vez que Granada es una bonita ciudad para entristecerse. Pablo me dijo el sábado que era una bonita ciudad para enamorarse. Yo, que durante años he pensado que era una bonita ciudad para amar, decepcionarse, pasear, leer, escribir, aprender, desesperarse, bloguear, llorar, oír música, cantar en la calle, congelarse de frío y sudar desesperado de calor, me quedo con que es, sin duda, una bonita ciudad.
jueves, 12 de junio de 2014
Granada contigo
lunes, 19 de mayo de 2014
Viento
Es domingo por la noche, y el MIR y yo acabamos de cenar en el comedor del hospital: carne con patatas, pescado a la plancha y puré de verduras. Después de la cena, salimos a que se fume un cigarro y yo le propongo dar una vueltecita al hospital. Es el paseo simbólico que damos a veces en mitad de las guardias, para no salir al día siguiente pensando que te has pasado venticuatro horas encerrado.
El levante lleva días azotando Cádiz. Pablo y yo moqueamos por la alergia, la terraza está llena de arena y el ruido contra las ventanas nos destroza los nervios. Hace un calor impropio de mayo. Mi última semana trabajando se ha arrastrado como un caracol cojo, y el levante, con sus nubes de arena sobre la playa de Cortadura, parece compartir la cualidad de la angustia de estos últimos días: sabes que va a irse y, al mismo tiempo, parece que no va a acabarse nunca.
La guardia ha sido tranquila. Hemos pasado la mañana leyendo en los sofás del estar, y por la tarde han llamado un par de veces de urgencias. Aún nos quedan por ver dos pacientes antes de dormir, y nos llamarán de madrugada para otros dos, pero eso aún no lo sabemos. Ahora mismo, pensamos que casi ha acabado una guardia tranquila y que tenemos todo el tiempo del mundo para dar una vuelta.
Llevamos todo el día (y todo el mes, y todo el año, y prácticamente toda la residencia) hablando de lo mucho que nos apetece terminar. Al MIR, como a mí, no le gustan las cosas mal hechas. Al mismo tiempo, por la conversación se filtra cierto tono inquieto, como si tocáramos dos veces la alegría con las manos temiendo que se deshaga y dé paso al miedo. Como otras veces, caminamos junto al tanatorio, que hoy tiene un coche fúnebre esperando en la puerta. El maletero está abierto y al pasar miramos el interior vacío, que parece forrado de algo metálico. Yo me toco la cabeza con dos dedos: "madera, madera". "¿Para qué?", dice el MIR. "Tienes razón - contesto -. Supongo que todos terminaremos ahí, tarde o temprano". "Yo espero que más temprano que tarde", dice él, y se ríe con esa risa suya, contagiosa y carnavalera, mientras dejamos atrás nuestro tenebroso futuro.
Giramos la siguiente esquina y nos sorprende un viento frío. Yo me abrocho los botones de la bata. "Ha cambiado el viento - dice el MIR -. Ya no es levante. Ahora es sur. Esta semana que entra bajarán las temperaturas". Me pregunto cómo voy a explicárselo a Pablo, que lleva un tiempo quejándose del calor y preguntándome si a la ciudad aún le falta por mostrar algo de invierno. Cómo le cuento que esto es Cádiz, y que aquí las cosas vienen por donde las lleva el viento.
Como siempre, el aire en movimiento me recuerda las cosas que pasan, la nostalgia prematura del verano y la sensación que tuve el primer día que llegué aquí: que no existe un descanso, que no hay un lugar donde quedarse quieto. Desde que llegué supe que este no era mi hogar, porque no existe realmente un hogar en el que permanecer. El MIR y yo hablamos de nuestros planes. Pablo y yo nos vamos de viaje y después nos mudaremos a un pueblecito de Tarragona para escalar (ya os contaré más sobre eso próximamente). Me dice que va a ser genial. Yo también lo pienso, y al mismo tiempo me quejo de cómo la gente se va quedando atrás en cada sitio que dejo. Cada vez más gente y más distancia. Cada vez más contactos en el Facebook que van siendo barridos por el viento del tiempo.
Mientras entramos de nuevo en el hospital, pienso que me gusta la combinación de alegría y nostalgia que siento ahora mismo. Un poco más de una de las dos arruinaría la mezcla. Claro que me da pena dejar el PIR. Es quien he sido los últimos años. Me da pena no ver más a los pacientes y a mis amigos o, al menos, no verles de la misma forma. Al MIR debajo de su baja blanca. A Anxo en su consulta de Vejer, junto al azulejo que dice que "El cliente siempre tiene la razón". Al mismo tiempo, sé que lo que venga después sólo podrá crecer en el espacio que el PIR deja libre; y es esa libertad, ese espacio, el que no tiene más remedio que llenarse de alegría.
Al final es lo que pasa con viento. ¿Cómo vas a pelearte con él? Es lo que hay. Ni toda la pena, ni todo el miedo, ni toda la precaución del mundo lo podrían hacer cambiar de dirección. Dura lo que dura. Viene, se queda un rato y después se va. Y en la Ciudad del Viento, donde he pasado los últimos cuatro años de mi vida, ¿qué mejor cosa te puede pasar el día que terminas el PIR que el fin del levante? ¿Qué puede aliviarte más que las cosquillas del viento sur colándose por tu bata?
¿Qué mejor augurio que un cambio de viento?
viernes, 16 de mayo de 2014
Último día
Mañana es mi último día de trabajo normal del PIR. Después me queda una guardia. Después, la nada.
De alguna forma misteriosa, me estoy librando del burnout. Bueno, misteriosa no es: consiste en que esta semana apenas he visto pacientes porque me estoy despidiendo, y en que cada vez veo más real el Momento Paro: ese instante en que me levantaré por la mañana y diré: ¿qué hago hoy? Y lo decidiré, y lo haré, y punto. Me recorren las ganas de escribir como cosquillas subterráneas. Disfruto de cantar en la cocina y de comer piña mientras releo posts antiguos. Todo va mejor.
Me parece una brutal locura que el PIR se haya terminado. Los primeros tres años me los pasé creyendo que sería para siempre. Quiero decir, que yo sabía que se terminaría, pero al mismo tiempo me parecía que las decisiones que tomaba en el trabajo eran importantes, trascendentes, a largo plazo. Después llegué a cuarto y empecé a tratar al PIR como trato a este piso: un lugar en el que uno ya no se va a quedar mucho más tiempo y que, por esa razón, no se va a molestar en arreglar demasiado.
Llevo un montón de rato releyendo el blog. Lo hago para buscar una entrada que me recordó ayer Anxo, y también porque ahora que no trabajo quiero escribir, necesito ánimos y no hay nada que me dé más ánimos que darme cuenta de lo mucho que he escrito ya. Hace un tiempo leí que la gente segrega hormonas de la felicidad cuando mira sus propias fotos en Facebook. No sé si leer mi propio blog es algo parecido: todos los momentos, incluso los feos, están teñidos de un color hermoso. El segundo superpoder que pediría después del teletransporte es ser capaz de juzgar de forma objetiva mi propia escritura.
Hoy no es día de hacer balance del PIR. Es demasiado tarde para eso, ya llevo un rato con mis gafas bloqueadoras de la luz azul* y tengo sueño. Pero no puedo pasar por alto que hoy es la víspera de mi último día de trabajo durante un tiempo. Mucho tiempo, a ser posible: a partir de ahora, trabajar por cuenta ajena va a ser mi última opción. Es emocionante, esto. Mañana me levantaré temprano, me ducharé, desayunaré mis huevos revueltos y mi café con leche de arroz, y me iré a trabajar. Llegaré a una hora, cumpliré una función y me marcharé. Llevo haciendo eso cuatro años, y he de reconocer que no le falta un encanto tranquilizador, una estructura que consuela. Durante estos años, la mayoría del tiempo, me iba a dormir pensando que quizá no había hecho nada importante durante el día, pero al menos había ido a trabajar. Y con suerte eso significaba que había ayudado a alguien. No importa lo quemada que esté: no puedo quitarle al PIR el mérito de haberme hecho sentir así durante cuatro años.
Así que me voy a dormir, queridos, porque mañana hay que madrugar de forma obligatoria, por última vez en bastante tiempo. Insisto en que estoy emocionada. Como el último día de unas vacaciones inversas. El martes, después del saliente de la guardia, será un primer día de colegio al revés, y agarraré por los cuernos a mi libertad transitoria para ver lo que tiene que ofrecerme.
Después de leer un buen rato el blog, llego a esta entrada y a esta frase: "no hay palmaditas en la espalda, ni una epifanía espiritual duradera: hay un dolor constante y sordo y, en mitad de ese dolor, momentos de una luz aterradora." Define lo que es para mí la escritura, lo que es para mí la vida y, sin duda, define bastante bien lo que ha sido para mí el PIR.
Deseadme suerte.
*Verídico: uso esto por las noches. Pablo me llama Bono y me asegura (falsamente) que no volveremos a tener sexo, pero me da igual. Me da unos colocones de melatonina brutales.
De alguna forma misteriosa, me estoy librando del burnout. Bueno, misteriosa no es: consiste en que esta semana apenas he visto pacientes porque me estoy despidiendo, y en que cada vez veo más real el Momento Paro: ese instante en que me levantaré por la mañana y diré: ¿qué hago hoy? Y lo decidiré, y lo haré, y punto. Me recorren las ganas de escribir como cosquillas subterráneas. Disfruto de cantar en la cocina y de comer piña mientras releo posts antiguos. Todo va mejor.
Me parece una brutal locura que el PIR se haya terminado. Los primeros tres años me los pasé creyendo que sería para siempre. Quiero decir, que yo sabía que se terminaría, pero al mismo tiempo me parecía que las decisiones que tomaba en el trabajo eran importantes, trascendentes, a largo plazo. Después llegué a cuarto y empecé a tratar al PIR como trato a este piso: un lugar en el que uno ya no se va a quedar mucho más tiempo y que, por esa razón, no se va a molestar en arreglar demasiado.
Llevo un montón de rato releyendo el blog. Lo hago para buscar una entrada que me recordó ayer Anxo, y también porque ahora que no trabajo quiero escribir, necesito ánimos y no hay nada que me dé más ánimos que darme cuenta de lo mucho que he escrito ya. Hace un tiempo leí que la gente segrega hormonas de la felicidad cuando mira sus propias fotos en Facebook. No sé si leer mi propio blog es algo parecido: todos los momentos, incluso los feos, están teñidos de un color hermoso. El segundo superpoder que pediría después del teletransporte es ser capaz de juzgar de forma objetiva mi propia escritura.
Hoy no es día de hacer balance del PIR. Es demasiado tarde para eso, ya llevo un rato con mis gafas bloqueadoras de la luz azul* y tengo sueño. Pero no puedo pasar por alto que hoy es la víspera de mi último día de trabajo durante un tiempo. Mucho tiempo, a ser posible: a partir de ahora, trabajar por cuenta ajena va a ser mi última opción. Es emocionante, esto. Mañana me levantaré temprano, me ducharé, desayunaré mis huevos revueltos y mi café con leche de arroz, y me iré a trabajar. Llegaré a una hora, cumpliré una función y me marcharé. Llevo haciendo eso cuatro años, y he de reconocer que no le falta un encanto tranquilizador, una estructura que consuela. Durante estos años, la mayoría del tiempo, me iba a dormir pensando que quizá no había hecho nada importante durante el día, pero al menos había ido a trabajar. Y con suerte eso significaba que había ayudado a alguien. No importa lo quemada que esté: no puedo quitarle al PIR el mérito de haberme hecho sentir así durante cuatro años.
Así que me voy a dormir, queridos, porque mañana hay que madrugar de forma obligatoria, por última vez en bastante tiempo. Insisto en que estoy emocionada. Como el último día de unas vacaciones inversas. El martes, después del saliente de la guardia, será un primer día de colegio al revés, y agarraré por los cuernos a mi libertad transitoria para ver lo que tiene que ofrecerme.
Después de leer un buen rato el blog, llego a esta entrada y a esta frase: "no hay palmaditas en la espalda, ni una epifanía espiritual duradera: hay un dolor constante y sordo y, en mitad de ese dolor, momentos de una luz aterradora." Define lo que es para mí la escritura, lo que es para mí la vida y, sin duda, define bastante bien lo que ha sido para mí el PIR.
Deseadme suerte.
*Verídico: uso esto por las noches. Pablo me llama Bono y me asegura (falsamente) que no volveremos a tener sexo, pero me da igual. Me da unos colocones de melatonina brutales.
miércoles, 14 de mayo de 2014
Dientes
Ayer fui a hacerme una limpieza dental. Últimamente siento una preocupación desmesurada por mis dientes. Creo que es el efecto de 1) hacerme vieja y 2) estar a punto de quedarme en paro. Lo primero tiene que ver con que hace cuatro días cumplí veintinueve años y bueno, ya se sabe: los veintitodos, el fin de una etapa, el Apocalipsis de la treintena acechando a la vuelta de la esquina. El cuerpo, que empieza a ser más traidor por su función que por su apariencia. En cuanto al paro y mis próximos merodeos por el umbral de la pobreza: si resulta que al final no consigo ganarme la vida, y acabo debajo de un puente o alquilándome por horas a Pablo para asegurarle mientras escala, al menos tendré las muelas empastadas.
El caso es que la higienista dental es majísima. Nada más entrar, me explica una peli truculenta acerca de cómo después de las comidas se acumula la placa bacteriana, el cepillo no llega a todos los rincones y la placa muta a sarro, y cómo entonces sólo un profesional podrá eliminarlo, dejando como única alternativa la piorrea y la exclusión social. La limpieza, continúa, se hace con ultrasonidos y agua. Es un poco molesta. Sólo un poco. Me pasa en aparato por los dientes, pidiéndome disculpas cuando tiene que insistir en alguna zona, y se detiene varias veces para que me enjuague con agua y colutorio. Después trae la maqueta de una dentadura para enseñarme técnica de cepillado y yo asiento frente a su implacable lógica. Me fijo en que tiene unos dientes preciosos. Son de un blanco perlado, como los de las princesas, y brillan bajo la luz fluorescente de la consulta. Me pregunto si se pasará ella misma el ultrasonido una vez por semana para mantenerlos; imagino que es importante para una higienista tener los dientes bien.
Por enésima vez en los últimos meses, pienso que me he equivocado de trabajo y me admiro ante la sencillez del suyo. Tus dientes están sucios por esta razón y yo te los puedo limpiar de esta manera. Buscas dientes limpios y eso es lo que voy a darte. Los míos, obviamente, también lo están.
Creo que ya he dicho que llevo un tiempo quemada. Lo llamo así para no decir que estoy deprimida, porque eso sería (perdonad la obviedad) demasiado triste. Estoy convencida de que no es depresión, en cualquier caso. Tiene que ver con mi trabajo, y parcialmente con el otro blog; en general, tiene que ver con pasarte un montón de horas diciendo a la gente lo que tiene que hacer.
Hay personas que se creen que un psicólogo lo único que hace es escuchar, y yo a esas personas les digo, gaditanamente, que un carajo pa ti. Pruébalo un día. Hazte pasar por psicólogo. Siéntate enfrente de alguien, deja que te cuente su movida, hazle preguntas, incluso. Devuelve la pelota todas las veces que sepas:
- ¿Debo dejar a mi novio?
- No lo sé, ¿qué piensas tú sobre eso?
Servirá un tiempo, pero en algún punto, más tarde o más temprano, el paciente/cliente se callará, te mirará directamente y te dirá: ¿Ahora qué? ¿Qué opinas? ¿QUÉ HAGO? Y puedes evadirte todo lo que quieras, pero entonces se dará cuenta y pensará que eres un inútil: "el psicólogo en realidad no me está ayudando nada". Quiere algo. Algo tangible, una diferencia que pueda notar al llegar a casa, igual que yo noto la superficie lisa de mis dientes cada vez que paso la lengua contra ellos.
Tú haces lo que puedes. Les das tests, autorregistros, tareas, metáforas, técnicas de relajación, hipnosis, imaginación guiada. Escuchas sus soluciones, las amplías, las tuneas y les das media vuelta. Hay colegas que no están de acuerdo contigo y que creen que es presuntuoso decirle a la gente lo que debe hacer. En el fondo, tú también lo piensas, así que procuras recordar que el cliente siempre tiene la razón. Preguntas de una forma que querrías calificar como socrática y que quizá no sea más que molesta. Intentas no ser directivo. Das opciones.
Al final, resulta que en lugar de estar pensando qué hacer con la cantidad limitada de problemas que te ha tocado como humano, lidias con los problemas de un montón de gente. De forma teórica y también emocional. Los piensas como un acertijo, como un cubo de Rubik, pero a veces te pesa en el alma que la gente sufra tanto.
Así que podría haber sido higienista, si fuera capaz, claro, en esta vida o en otra, de afrontar una jornada laboral explicando una y otra vez cómo se forma el sarro. Mi padre siempre dice que pesa menos una pluma que un martillo. El problema, papá, no es lo que pesa el martillo, o el aparato de ultrasonidos, para el caso: es lo que aburre. Al final, a la psicología le pasa lo que a algunas relaciones: que con ella nunca te aburres, y todavía no te has dado cuenta de que eso no tiene por qué ser necesariamente bueno.
El caso es que la higienista dental es majísima. Nada más entrar, me explica una peli truculenta acerca de cómo después de las comidas se acumula la placa bacteriana, el cepillo no llega a todos los rincones y la placa muta a sarro, y cómo entonces sólo un profesional podrá eliminarlo, dejando como única alternativa la piorrea y la exclusión social. La limpieza, continúa, se hace con ultrasonidos y agua. Es un poco molesta. Sólo un poco. Me pasa en aparato por los dientes, pidiéndome disculpas cuando tiene que insistir en alguna zona, y se detiene varias veces para que me enjuague con agua y colutorio. Después trae la maqueta de una dentadura para enseñarme técnica de cepillado y yo asiento frente a su implacable lógica. Me fijo en que tiene unos dientes preciosos. Son de un blanco perlado, como los de las princesas, y brillan bajo la luz fluorescente de la consulta. Me pregunto si se pasará ella misma el ultrasonido una vez por semana para mantenerlos; imagino que es importante para una higienista tener los dientes bien.
Por enésima vez en los últimos meses, pienso que me he equivocado de trabajo y me admiro ante la sencillez del suyo. Tus dientes están sucios por esta razón y yo te los puedo limpiar de esta manera. Buscas dientes limpios y eso es lo que voy a darte. Los míos, obviamente, también lo están.
Creo que ya he dicho que llevo un tiempo quemada. Lo llamo así para no decir que estoy deprimida, porque eso sería (perdonad la obviedad) demasiado triste. Estoy convencida de que no es depresión, en cualquier caso. Tiene que ver con mi trabajo, y parcialmente con el otro blog; en general, tiene que ver con pasarte un montón de horas diciendo a la gente lo que tiene que hacer.
Hay personas que se creen que un psicólogo lo único que hace es escuchar, y yo a esas personas les digo, gaditanamente, que un carajo pa ti. Pruébalo un día. Hazte pasar por psicólogo. Siéntate enfrente de alguien, deja que te cuente su movida, hazle preguntas, incluso. Devuelve la pelota todas las veces que sepas:
- ¿Debo dejar a mi novio?
- No lo sé, ¿qué piensas tú sobre eso?
Servirá un tiempo, pero en algún punto, más tarde o más temprano, el paciente/cliente se callará, te mirará directamente y te dirá: ¿Ahora qué? ¿Qué opinas? ¿QUÉ HAGO? Y puedes evadirte todo lo que quieras, pero entonces se dará cuenta y pensará que eres un inútil: "el psicólogo en realidad no me está ayudando nada". Quiere algo. Algo tangible, una diferencia que pueda notar al llegar a casa, igual que yo noto la superficie lisa de mis dientes cada vez que paso la lengua contra ellos.
Tú haces lo que puedes. Les das tests, autorregistros, tareas, metáforas, técnicas de relajación, hipnosis, imaginación guiada. Escuchas sus soluciones, las amplías, las tuneas y les das media vuelta. Hay colegas que no están de acuerdo contigo y que creen que es presuntuoso decirle a la gente lo que debe hacer. En el fondo, tú también lo piensas, así que procuras recordar que el cliente siempre tiene la razón. Preguntas de una forma que querrías calificar como socrática y que quizá no sea más que molesta. Intentas no ser directivo. Das opciones.
Al final, resulta que en lugar de estar pensando qué hacer con la cantidad limitada de problemas que te ha tocado como humano, lidias con los problemas de un montón de gente. De forma teórica y también emocional. Los piensas como un acertijo, como un cubo de Rubik, pero a veces te pesa en el alma que la gente sufra tanto.
Así que podría haber sido higienista, si fuera capaz, claro, en esta vida o en otra, de afrontar una jornada laboral explicando una y otra vez cómo se forma el sarro. Mi padre siempre dice que pesa menos una pluma que un martillo. El problema, papá, no es lo que pesa el martillo, o el aparato de ultrasonidos, para el caso: es lo que aburre. Al final, a la psicología le pasa lo que a algunas relaciones: que con ella nunca te aburres, y todavía no te has dado cuenta de que eso no tiene por qué ser necesariamente bueno.
lunes, 28 de abril de 2014
Un retrato
En la historia, ella encuentra su retrato escondido entre un montón de papeles antiguos. Es un dibujo a lápiz copiado de una fotografía. Él está de espaldas, tiene un cigarro entre los dedos y vuelve la cara, molesto, al oír el clic de la foto anterior.
En la realidad, ella encuentra su retrato escondido entre un montón de papeles antiguos. Es un dibujo a lápiz copiado de una fotografía. Él está de espaldas, tiene un cigarro entre los dedos y vuelve la cara, molesto, al oír el clic de la foto anterior.
En la historia, ella le pide su nueva dirección de correo postal sin decirle para qué. Manda el dibujo en un sobre grande acompañado de un sobre más pequeño con una carta. En la carta escribe a ordenador (porque su letra es horrible) que hace un tiempo empezó a dibujar caras, y que después de copiar unas cuantas que había encontrado en revistas, se dio cuenta de que dibujar es aprender a mirar de otra forma. Entonces se le ocurrió dibujar las caras de la gente a la que odiaba, para ver si así era capaz de mirarles de esa otra manera: diseccionando los rasgos hasta ver en ellos sólo algo neutro, una suma amoral de líneas. Por eso le dibujó a él. En el proceso, se dio cuenta de que había una ternura difusa en sus detalles, en las arrugas del ceño y en los ojos guiñados por el sol. Sintió los nervios del descanso del mediodía y la contracción de sus dedos sujetando el cigarro. Aprendió a perdonarle.
En la realidad, ella le pide su nueva dirección de correo postal y le cuenta por mail que hace poco estuvo aprendiendo a dibujar caras. Adjunta la foto que usó como modelo y le explica que es buena para dibujarla, porque el ángulo desde el que fue tomada no distorsiona tanto la imagen como para que tenga sentido en la foto y no en el dibujo. Añade unas breves notas autobiográficas, un par de buenos deseos y se despide. Después manda el dibujo en un sobre grande en el que no incluye ninguna nota.
En la historia, él observa el dibujo rascándose la cabeza. No ve esa ternura de la que habla la carta; más bien le parece que sus rasgos están torcidos y que ha emborronado las sombras con cierta perversidad. Se ve más cruel, más viejo. Después de mirarse un rato, arruga el papel y lo tira a la basura.
En la realidad, él observa el dibujo rascándose la cabeza. Sí que se le parece, aunque no recuerda el momento en que le hizo esa foto. Sonríe de lado pensando en ella, siempre tan llena de buenas intenciones. Después de mirarse un rato, decide que el dibujo no es tan bueno como para colgarlo y lo guarda bajo un montón de papeles.
En la historia, a ella le encantaría que la realidad fuera así de redonda y simple.
En la realidad, a ella le encantaría que la historia fuera así de justiciera.
En la realidad, ella encuentra su retrato escondido entre un montón de papeles antiguos. Es un dibujo a lápiz copiado de una fotografía. Él está de espaldas, tiene un cigarro entre los dedos y vuelve la cara, molesto, al oír el clic de la foto anterior.
En la historia, ella le pide su nueva dirección de correo postal sin decirle para qué. Manda el dibujo en un sobre grande acompañado de un sobre más pequeño con una carta. En la carta escribe a ordenador (porque su letra es horrible) que hace un tiempo empezó a dibujar caras, y que después de copiar unas cuantas que había encontrado en revistas, se dio cuenta de que dibujar es aprender a mirar de otra forma. Entonces se le ocurrió dibujar las caras de la gente a la que odiaba, para ver si así era capaz de mirarles de esa otra manera: diseccionando los rasgos hasta ver en ellos sólo algo neutro, una suma amoral de líneas. Por eso le dibujó a él. En el proceso, se dio cuenta de que había una ternura difusa en sus detalles, en las arrugas del ceño y en los ojos guiñados por el sol. Sintió los nervios del descanso del mediodía y la contracción de sus dedos sujetando el cigarro. Aprendió a perdonarle.
En la realidad, ella le pide su nueva dirección de correo postal y le cuenta por mail que hace poco estuvo aprendiendo a dibujar caras. Adjunta la foto que usó como modelo y le explica que es buena para dibujarla, porque el ángulo desde el que fue tomada no distorsiona tanto la imagen como para que tenga sentido en la foto y no en el dibujo. Añade unas breves notas autobiográficas, un par de buenos deseos y se despide. Después manda el dibujo en un sobre grande en el que no incluye ninguna nota.
En la historia, él observa el dibujo rascándose la cabeza. No ve esa ternura de la que habla la carta; más bien le parece que sus rasgos están torcidos y que ha emborronado las sombras con cierta perversidad. Se ve más cruel, más viejo. Después de mirarse un rato, arruga el papel y lo tira a la basura.
En la realidad, él observa el dibujo rascándose la cabeza. Sí que se le parece, aunque no recuerda el momento en que le hizo esa foto. Sonríe de lado pensando en ella, siempre tan llena de buenas intenciones. Después de mirarse un rato, decide que el dibujo no es tan bueno como para colgarlo y lo guarda bajo un montón de papeles.
En la historia, a ella le encantaría que la realidad fuera así de redonda y simple.
En la realidad, a ella le encantaría que la historia fuera así de justiciera.
viernes, 25 de abril de 2014
Mentiras Buenas
Sin entrar a fondo en mi intervención, que incluyó a un par de marionetas haciendo de Mentira y de Verdad y luchando a muerte sobre el escritorio, os diré que le puse como tarea que escribiera un cuento. No tengo muy claro por qué, y quizá fuera estúpido: podía haberme limitado a decirle que la Mentira es Mala y la Verdad es Buena, y que ella y la Verdad tenían que trabajar duro para derrotar a la Mentira. Sin embargo, consideré importante aclarar que uno puede decir Mentiras, y es malo, pero también puede contar Cuentos, porque los Cuentos son Mentiras Buenas. Y le propuse que escribiera un cuento.
Hoy me ha traído el cuento. Tiene portada y todo. Y dos ilustraciones, y en la última hoja, de cuadros y grapada a todo lo demás, una historia de un párrafo escrita probablemente por la madre, porque ella aún está aprendiendo. La historia habla de una princesa que se encuentra a un caballo y se lo lleva a casa. El cuento no tenía título, así que, después de debatirlo un rato, hemos decidido llamarlo "La princesa y el caballo". No había príncipes, ni bodas. Me gustó.
Hace unos días estaba yo dando vueltas por la librería, buscando casi cualquier cosa para relevar a Alice Munro. Me está encantando Munro. Tanto, tanto, que me la voy a dosificar, para tener una apuesta segura cuando todo lo demás me falle. Me decidí por el último libro de Javier Cercas, "Las leyes de la frontera". Llevaba un tiempo rondándolo, porque tanto "Soldados de Salamina" como "La velocidad de la luz" me gustaron mucho. Mientras paseaba entre los montones de libros, pensaba: y que todo esto sea mentira. Que tanta gente invierta el tiempo en inventar cosas, y tanta otra gente en leerlas con interés. Qué cosa más rara.
Acabo de interrumpir la escritura de este post para mandarle un whatsapp a mi padre y decirle que me ha gustado el libro de Cercas. Mi padre y yo nos recomendamos libros con cierta frecuencia. Seguramente es, después del genético, el vínculo más potente que compartimos. Siempre me asombra cuando coincido con alguien en las lecturas: creo que la capacidad para conmoverse con el mismo tipo de ficción es un indicador potente de algún tipo de vínculo espiritual.
También he vuelto a Fante hace un par de semanas. Le leo con más interés desde que estuve en Boulder y puedo imaginarle en la ciudad, cubierta por la nieve, paseando por Pearl y Walnut Street y con los Flat Irons al fondo. Ya comenté ayer que estoy un poco tristona desde hace unas semanas, y cuando leí "Espera a la primavera, Bandini", y fui capaz de trasladarme por unas horas al Colorado de la Gran Depresión, pensé: qué locura, esto. Fante está muerto, muy muerto, y sin embargo aquí estoy yo, al otro extremo de una conexión que cruza años y kilómetros. Él vivió su infancia miserable de hijo de inmigrantes italianos hace ya un siglo, y yo vivo el final de mi veintena acomodada al sur de España, y sin embargo aquí estamos: compartiendo un rato después del trabajo, en el autobús, donde me siento de espaldas a la marcha para que no me salude nadie conocido.
Luego está García Márquez, que se ha muerto, y mi sensación de que en realidad, no me importa tanto que esté muerto. Esto va a quedar infernalmente insensible y no quiero que se me malinterprete. Claro que es una pena morirse, para todo el mundo, aunque es el ciclo de la vida y es igual para todos. Pero quizá da menos pena que se muera él, porque no lo perdemos del todo. No perdemos casi nada, de hecho, porque lo más importante se queda con nosotros durante generaciones. Gabo nos hablará sin parar a través de los siglos.
Yo sigo escribiendo poco a poco, como una tullida, avanzando por un cuento largo en el que trabajo y que está precisamente ambientado en Boulder. Sigo trabajando en mis Mentiras Buenas. Hoy, mientras leía a Javier Cercas, me ha asaltado una vez más la certeza de que mi vida va a ser un Fracaso, así con mayúsculas, porque total, tengo casi treinta años y estoy deseando terminar lo único importante que he hecho (el PIR) para no volver jamás a la sanidad pública. Entro en el estudio de Pablo envuelta en mi mantita, con cara de perro mojado. ¿Y si no soy capaz de ganarme la vida?, le pregunto. Él me consuela, me dice que escribo muy bien, que soy una buena psicóloga, que todo va a salir estupendamente. Yo asiento a regañadientes, salgo del estudio, me siento a meditar una hora y luego a escribir. Y bueno, la pura verdad, y se me cae la cara de vergüenza de decirlo, porque llevo meses con un bloqueo literario de caballo, es que mientras estoy escribiendo no pienso en nada de eso. No me siento ni bien ni mal, ni me preocupa el futuro o me parece prometedor; simplemente se me olvida. Las dudas salen de mi cabeza y estoy en Boulder, con mis personajes, intentando imaginar lo que dirán a continuación y reconstruir la disposición de las mesas de mi cafetería favorita.
La niña de la consulta de hoy me ha regalado el cuento que ha escrito. Yo no lo he metido en su historia clínica, sinceramente, porque le he dado a elegir entre hacerlo, quedárselo ella o dármelo a mí, y me lo ha dado. Digo yo que me lo he ganado. Está ahí en mi bolso, enrollado con delicadeza para no marcar dobleces en los dibujos. He bromeado con ella diciendo que si es una escritora famosa algún día, lo venderé por mucho dinero; creo que no me ha entendido. En cualquier caso, no voy a venderlo. No sé si será una escritora famosa, y lo más probable es que no lo sea. Sí estoy segura de que va a aprender algún día la diferencia entre la Mentira y la Verdad, y elegirá con buen juicio. Lo que si espero es que sepa distinguir las Mentiras de las Mentiras Buenas, y que no deje nunca de creerse con entusiasmo las segundas.
miércoles, 23 de abril de 2014
Yeah
Hoy he escrito.
Tacháan.
Me siento un poco como esa gente que tiene un accidente gravísimo y comprueba cómo, después de toda una vida de normalidad, ahora considera que es un gran logro mover un dedo del pie. He escrito. Con lo que yo he sido.
Si os soy sincera, creo que he estado un poco deprimida últimamente. A lo mejor por eso no escribía. No sé por qué he estado (y quizá sigo estando) un poco deprimida. Quizá he llegado al tope de mi capacidad para escuchar las vidas de la gente. Creo, aunque seguramente es mentira, que si el PIR durara un mes más, me tiraría por mi maravillosa terraza de noveno con vistas al mar.
Ahora, por las mañanas, atiendo a niños en Salud Mental Infanto-Juvenil, y por las tardes leo ficción y pierdo el tiempo. He leído seguidos dos libros de Alice Munro, que es lo mejor que me ha pasado en los últimos meses. He aparcado temporalmente Psicosupervivencia y, muy despacito, he empezado a considerar en serio la posibilidad de que me apeteciera escribir.
Y hoy he escrito, viva y bravo.
Nada del otro mundo. El inicio de un cuento largo, inspirado por Munro y por una canción de Steve Vai. Un intento de artículo pseudo-feminista para este blog sobre las tetas de Scarlett Johansson. Pero no se me dan bien los artículos de opinión. Me lanzo pensando: esta vez voy a ser polémica, y punto; esta vez le van a dar a todo el mundo y voy a decir lo que pienso. Después me empiezo a sentir culpable por ser tan vehemente, empiezo a suavizarlo todo y parece que estoy pidiendo perdón. Así que ahí está el artículo, en el archivo de borradores, y nunca sabréis qué pienso exactamente sobre las tetas de Scarlett.
Pero he escrito. Insisto.
Así que bueno. Feliz día del libro, y tal. Quizá mi alma no esté tan perdida para la literatura como parecía últimamente.
Tacháan.
Me siento un poco como esa gente que tiene un accidente gravísimo y comprueba cómo, después de toda una vida de normalidad, ahora considera que es un gran logro mover un dedo del pie. He escrito. Con lo que yo he sido.
Si os soy sincera, creo que he estado un poco deprimida últimamente. A lo mejor por eso no escribía. No sé por qué he estado (y quizá sigo estando) un poco deprimida. Quizá he llegado al tope de mi capacidad para escuchar las vidas de la gente. Creo, aunque seguramente es mentira, que si el PIR durara un mes más, me tiraría por mi maravillosa terraza de noveno con vistas al mar.
Ahora, por las mañanas, atiendo a niños en Salud Mental Infanto-Juvenil, y por las tardes leo ficción y pierdo el tiempo. He leído seguidos dos libros de Alice Munro, que es lo mejor que me ha pasado en los últimos meses. He aparcado temporalmente Psicosupervivencia y, muy despacito, he empezado a considerar en serio la posibilidad de que me apeteciera escribir.
Y hoy he escrito, viva y bravo.
Nada del otro mundo. El inicio de un cuento largo, inspirado por Munro y por una canción de Steve Vai. Un intento de artículo pseudo-feminista para este blog sobre las tetas de Scarlett Johansson. Pero no se me dan bien los artículos de opinión. Me lanzo pensando: esta vez voy a ser polémica, y punto; esta vez le van a dar a todo el mundo y voy a decir lo que pienso. Después me empiezo a sentir culpable por ser tan vehemente, empiezo a suavizarlo todo y parece que estoy pidiendo perdón. Así que ahí está el artículo, en el archivo de borradores, y nunca sabréis qué pienso exactamente sobre las tetas de Scarlett.
Pero he escrito. Insisto.
Así que bueno. Feliz día del libro, y tal. Quizá mi alma no esté tan perdida para la literatura como parecía últimamente.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)


