lunes, 24 de noviembre de 2008
El contrapost (I)
Esto quiere decir que lo que viene a continuación puede ser un coñazo para algunos. Personalmente, opino que cualquier persona humana debería esforzarse por entender su mente y su comportamiento para intentar ser feliz, en lugar de ir trampeando por la vida y finalmente morir, y por eso considero muy interesante hablar y escribir sobre este tipo de teorías. Pero advierto lo del potencial coñazo por si alguien se raja :)
También tengo que decir que, si bien Amanda afirma que sus escritos están basados en un montón de años de trabajo con pacientes, yo digo que lo que voya escribir está basado en años de trabajo conmigo misma. Ya dijo Buda: no os creáis nada que os digan los demás, por sabios que sean quienes los digan o lógicos que parezcan los razonamientos, o por mucho que se infiera de sus palabras o de sus acciones. Creed sólo lo que experimentéis por vosotros mismos. Así que voy a hablar sobre aquello que conozco, y vosotros (si queréis) podéis reflexionar sobre ello por si os ayuda en algo. Pero no busco convencer a nadie de nada. Intentar convencer a alguien de algo es un gran desperdicio de energía y tiempo.
Resumo el post de Amanda: dice ella que los actos son consecuencia directa de los pensamientos. Que un pensamiento genera una emoción y la emoción genera una conducta. Que, por tanto, cambiando el pensamiento y aprendiendo a pensar correctamente, podemos cambiar la emoción que generamos y llevar a cabo la conducta correcta en cada acción.
Pensar que los pensamientos conducen a la acción, y que debemos centrarnos en cambiar los pensamientos, es tan absurdo como angustiarnos en el cine porque estamos viendo una película de terror y empeñarnos en cambiar la cinta por una comedia para sentirnos bien. Para empezar, cambiar la cinta es complicado; para continuar, ni siquiera es seguro que la comedia vaya a hacernos sentir bien. Por último, incluso suponiendo que pudiéramos lograr cambiar la cinta y sentirnos bien con ella, ¿no sería mucho más lógico darse cuenta de que no estamos dentro de la pantalla, sino sentados cómodamente en nuestras butacas?
El símil no es del todo exacto. La película que se proyecta en nuestra mente trata sobre nosotros y está extraordinariamente bien filmada. Pero no deja de ser una película. Si examinamos detenidamente nuestros pensamientos, nos daremos cuenta de que son, en su mayoría, proyecciones distorsionadas y repetitivas de nuestro pasado y nuestro futuro. En este sentido, los psicólogos cognitivos tienen razón: pensamos mal. Lo que no me convence es su propuesta. Si cambiamos esa película mental por proyecciones positivas y alegres sobre nuestro pasado y nuestro futuro, no dejan de ser películas. ¿Y quién quiere vivir la vida tamizada por la pantalla de cine de su mente?
Ejemplo ilustrativo: una persona está tomándose el café. Mientras lo hace, piensa en la importante reunión que tiene programada para esa tarde. Empiezan a asaltarle un montón de ideas negativas: "no voy a hacerlo bien, no la llevo bien preparada, voy a hacer el ridículo, me temblará la voz..." La solución más lógica y comunmente aceptada es esforzarse por pensar en positivo: "me va a salir bien, domino el tema, podré exponer mis ideas con seguridad, voy a hacerlo lo mejor posible".
El problema es que tanto en el primer caso (pensamientos chungos) como en el segundo (pensamientos positivos y adaptativos), la persona se olvida de disfrutar del café. De olfatear el aroma a tostadas que llega desde la barra. De sonreír mirando al niño de la mesa de enfrente. De observar a las personas que caminan al otro lado de la ventana.
Y, en última instancia, los pensamientos conducen a la acción sólo porque nosotros nos hemos convencido de que es así. Existe una especie de consenso general sobre que tenemos que pensar en positivo para hacer las cosas bien, mantener una alta autoestima para conseguir nuestros objetivos, anticipar resultados favorables para lograr las cosas. Así que invertimos un esfuerzo muy valioso en cambiar nuestros pensamientos sin darnos cuenta de que podemos realizar una acción sin que ésta se vea determinada por ellos.
Por ejemplo: yo llevo todas las mañanas de mi vida pensando "no quiero madrugar", y madrugo. Es cierto que, en esos casos, suele haber una verbalización interna que nos dice "bueno, pero tienes que madrugar, porque es importante que vayas a clase, que estudies una carrera, etc etc". Pero esa verbalización no tiene conexión directa con las acciones, no se materializa instantáneamente en una conducta consecuente. De hecho, a menudo fantaseamos con acciones que no llevamos a cabo, o nos proponemos firmemente hacer algo y terminamos por dejarlo.
Es cierto que los pensamientos negativos pueden afectar el desempeño en algunas tareas. Por ejemplo: un estudiante que no hace más que pensar que no se sabe un tema puede desencadenar una serie de reacciones fisiológicas que le impidan concentrarse y hacer bien el examen. Pero es sólo porque nosotros les damos ese poder. Esto puede resultar un poco complicado de entender, pero digamos que es como si estuviéramos en una habitación y hubiera una persona gritándonos órdenes en una esquina. Que las cumplamos o no depende de que creamos o no que tengamos que cumplirlas, del poder que asignemos a esa persona. Hacemos lo que nos dice nuestro jefe, pero ignoramos a un borracho de la calle. De la misma forma, se puede llegar a un punto en el que miremos a la vocecita de la mente con compasión y nos riamos de sus estupideces.
Por supuesto que la mente es útil, y que el pensamiento también lo es. Pero cambia tan rápido y es tan difícil de controlar que no merece la pena concentrarse en que todo lo que salga por nuestra cabecita sea lógico, correcto y positivo. Es sencillamente agotador (además de muy difícil).
De momento, lo voy a dejar aquí; si os apetece, o me apetece a mí, o en los comentarios surge alguna idea interesante, continuaré ampliando el tema en posts sucesivos.
martes, 18 de noviembre de 2008
Sobre cómo se pone el sol en el Sacromonte
A ver, personitas. Que no es que esté mal dispararle a la puesta de sol en lugar de sentarse a contemplarla a lo hippy. Bueno, bien bien no está, porque en lugar de admirarla en toda su grandeza, uno acaba concentrándose en encontrar el tiempo de exposición y el contraste perfecto para capturar unos colores lo más parecidos posible a la realidad. Al final nunca lo son, y uno termina por comparar la imagen en la pantalla con el cielo espléndido que tiene delante, y en lugar de agradecer el show gratuito del universo se queja por la resolución de la cámara. Pero ésa no es la cuestión.
Sacarle fotos al cielo sería razonable si al llegar a casa, descargar el contenido de la tarjeta de la cámara y sentarse frente al portátil, uno experimentara las mismas sensaciones que cuando está viendo el atardecer verdadero. Pero luego nunca es igual, por bonita que sea la foto. Lo que tienen de especial las puestas de sol es esa cualidad mágica de que algo increíblemente hermoso está ocurriendo junto al aburrimiento urbano de cada día. Es tan bonito, y es gratis, y es incomprensible y enorme, y cambia a cada instante hasta que se va. Las puestas de sol nos sacan del aturdimiento cotidiano; estamos inmersos en el trabajo, o en caminar por la calle hacia una tienda, o en rumiar nuestras preocupaciones, y de repente nos damos cuenta de que algo ha empezado sin avisarnos y es mucho más grande que cualquier importante asunto en el que podamos pensar. Ese cambio de escala provoca una especie de ruptura mental, un vacío, un satori breve pero intenso que nos tiene un tiempo variable contemplando el cielo sin pensar en nada más. Eso no tiene nada que ver con mirar la imagen en la pantalla, porque para ver imágenes bonitas en el ordenador basta con buscarlas en google. Y todos estaréis de acuerdo en que no es lo mismo.
La mañana siguiente de mi noche de amor con el italiano (suspiro, suspiro), estábamos los dos junto a playa, mirando el mar recién amanecido. A través del agua transparente de la orilla podían verse los guijarros de colores. "Mira esas piedras", me dijo Marco. "Ahora tienen unos colores preciosos: verde, azul, rosa... Bueno, pues cuando te las llevas a casa se vuelven grises. No sé por qué". "Es que a lo mejor no hay que llevarse las piedras a casa", contesté, y luego creo que le hablé de la floración de no se qué cerezo sagrado en Japón, en la que no se permite hacer fotos. Claro, que antes de volver a Málaga le saqué a él varias y, en efecto, no es lo mismo en absoluto.
jueves, 13 de noviembre de 2008
Las grandes cuestiones de la vida: El amor (continuación)
A veces no se trata del amor, sino de estar en pareja, y no es lo mismo.
Porque en ocasiones se ama, y se ama mucho y, sin embargo, estar en pareja no es una buena idea. A una pareja se le exigen requisitos, y muchos, mientras que para amar a alguien hay que aceptarle tal y como es. El amor es incondicional, pero la pareja no puede serlo, porque es más que un estado de ánimo: es una sociedad emocional y espiritual, un equipo de dos que sirve para hacerse un poco más fuerte en el combate extraño de la vida.
Así que para mí no sirve "nos queremos y ya está". Yo pido "nos queremos, nos entendemos, nos apoyamos y vamos por el mismo camino hacia los mismos objetivos". Como mínimo.
En este post hablaba de que la cuestión al elegir pareja es que, a medida que aumenta el nivel de exigencia, disminuye la posibilidad de encontrar a alguien que lo alcance. Yo he tomado una decisión. Lo quiero todo. Después de darle vueltas a todo este tema de las relaciones, la pareja, el amor y blablabla, he decidido no perder la esperanza. No plantarme con un premio mediano, como en los concursos de televisión; esperar al premio grande o quedarme sin nada. Existen los grandes amores, y yo estoy dispuesta a acabar sola si no encuentro el mío. Y ojo, que grande no es perfecto. Grande es grande.
Poco a poco se va perfilando frente a mí el recorrido que quiero que siga mi vida, y la persona que quiera hacerlo conmigo tiene que verlo con la misma claridad que yo. Porque si no acabará preguntándome a dónde narices vamos y sentándose a comer su bocadillo a un lado de la cuneta.
martes, 11 de noviembre de 2008
Not pleased to be a woman
Es que tengo que ir al Mercadona y no me apetece.
Llegué incluso a proponer algún tipo de alimento único (el Supertrigo) que no hubiera que cocinar y que tuviera todos los nutrientes necesarios. La PK dice que eso sería un rollo, pero es porque está muy apegada a su paladar (opino).
Estoy atravesando una etapa rara. Es como si estuviera desfasado lo que estoy haciendo y lo que me gustaría hacer. Para empezar, no quiero, NO QUIERO estudiar, ir a clase o cualquier cosa que tenga que ver con la facultad. Creo que gracias a la maldita-maldita beca y al crédito europeo de los huevos, he desarrollado un condicionamiento aversivo intenso hacia el edificio gris y verde de Psicología. Es llegar allí, ver a todos esos alumnos vagando de un aula a otra y a todos esos profesores maquinando malvados métodos de evaluación, y se me revuelven las tripas.
(No voy a seguir hablando de esto, que me estoy poniendo de mala leche, y una no lleva una hora meditando para eso).
No sé qué más contaros. Pensaba que tenía muchas más cosas que decir, pero realmente tampoco es tan interesante odiar el mundo por culpa de la regla.
¡Supertrigo ya!
PD: Perdón por escribir tan poquito. Creo que no tener ganas de blog forma parte de mi etapa rara.
lunes, 27 de octubre de 2008
Más sobre los chinos (historia parcialmente verídica)
P. (en un chino a medianoche, comprando cervezas) :A ver, tú que sabes tanto: ¿por qué los chinos tienen esas estatuas de gatos que mueven el rabo a pilas? Quiero decir, que entiendo lo del gato, pero no lo del movimiento del rabo.
Yo: ¿No te sabes esa historia?
P.: No...
M.: Pues verás... todo se remonta a un antiguo emperador de la dinastía Ming (no me preguntes cuándo, soy malísima con las fechas). El caso es que en palacio vivía un gato de un raro pelaje, entre amarillo y marrón, al que llamaba "el gato de oro". Había nacido poco después de que el emperador consiguiera arrebatarle el trono a su hermano pequeño, que lo había usurpado vilmente encerrándole en una mazmorra en los confines de China (no me preguntes exactamente dónde, la geografía se me da fatal). El emperador lo consideraba símbolo de su buena suerte y augur de futuros triunfos, por lo que le trataba con privilegios de príncipe.
>> El caso es que el soberano cayó gravemente enfermo. Como suele suceder en estos casos, los médicos más afamados del país fueron a visitarle. Le clavaron agujas de acupuntura, le aplicaron ventosas de aire caliente, revisaron su carta astral y le masajearon los pies, y después de comprobar el resultado de sus tratamientos el veredicto fue unánime: no le quedaban más que unos pocos meses de vida. Desde la ventana de su dormitorio, el emperador podía ver al hermoso gato dorado reposando en uno de los muros de palacio. Estaba totalmente inmóvil, a excepción del balanceo acompasado del rabo. Cuando los médicos comunicaron su conclusión (pues en la tradición china se cree que la persona debe saber cuándo se acerca el momento de su muerte, para poder prepararse adecuadamente), el emperador sacudió la cabeza y comenzó a reírse.
>>- Mirad al gato de oro - dijo, señalando débilmente al animal tumbado en el muro -. Siempre me ha traído suerte. Mientras esté conmigo, no podrá sucederme nada malo.
>> Los médicos se miraron entre sí, apuntaron disimuladamente a su sien con el dedo y salieron en fila india de la estancia imperial.
>> Casualidades de la vida: al cabo de unas semanas, el gato dorado murió, víctima de una mala caída del muro de sus siestas. Cuando la emperatriz se enteró, su corazón se encogió de miedo. Sin el gato de oro, el emperador aceptaría su fatal destino y se consumiría como la llama de una vela. Así que ordenó embalsamar al animal en la misma posición en la que solía echar su siesta. Colocado sobre el muro, parecía dormir pacíficamente, como de costumbre. Sólo la inmovilidad del rabo delataba el engaño, así que la emperatriz lo ató con un fino hilo de pescar y encargó a un criado que se dedicara toda la tarde a balancearlo con suavidad felina.
>> El emperador pasó los meses de vida que le restaban tranquilo y feliz, pensando que el gato estaba ahí para protegerle y que nada malo podía pasarle. Cuando por fin aceptó la inmediatez de su muerte, sintió que la presencia del gato dorado le ayudaría a pasar a la otra vida y reunirse con sus antepasados. Y así murió con una beatífica sonrisa en su rostro, dejando por fin libre al criado para que fuera a darse unas friegas en los entumecidos músculos del brazo.
>> Es por esto que las estatuas de los gatos que hay en los chinos mueven el rabo a pilas: porque mientras permanezca en movimiento, nada malo puede pasarles.
>>Fin de la historia.
P.: Te lo has inventado, ¿verdad?
Yo: Claro.
P.: Ah, vale.
miércoles, 22 de octubre de 2008
Chino-filipino
Ahora bien: es muy cierto que si realmente-realmente quisiera escribir, encontraría el momento (como lo estoy haciendo ahora) y me pasaría por aquí más a menudo. Así que la auténtica causa de mi desaparición es que, en general, no se me ocurre nada. O, mejor dicho, se me ocurren cosas pero no tienen la suficiente entidad y cuerpo ideológico como para considerarlas un PP (Post Potencial).
Sin embargo, hay un lugar que es fuente inagotable de inspiración para mí, y que me sumerge en un mundo de PP's cada vez que voy a visitarlo. Este lugar es El Chino. No como restaurante (que también), sino como una de esas tiendas que antes se conocían como el Todo a Cien o, más popularmente, Los Chollos. Ayer pasé una fabulosa media hora en El Mejor Chino de Granada* y pensé "Tengo que escribir sobre esto. El mundo tiene que saberlo".
No me acuerdo muy bien de cómo era el Chollo tradicional, regentado por españoles castizos - por cierto, ¿dónde están? ¿A qué clase de mobbing siniestro les han sometido los chinos (personas) -, pero sí sé que los Chinos (tiendas) de ahora son como el Hipercor, pero más baratos. El Mejor Chino de Granada (Hiperchino, en adelante), tiene de todo: tiendas de campaña, cestitas para perros, medias adelgazantes y un masajeador facial en forma de delfín, por mencionar sólo algunos artículos. Esta variedad, por alguna extraña razón, no es directamente proporcional al tamaño del Chino. Quiero decir, que el Hiperchino tiene de todo (literalmente), pero el año pasado solía comprar en otro más pequeño que había cerca de mi casa y nunca (insisto: nunca) me fui de allí sin encontrar exactamente lo que quería. Independientemente de su tamaño, un Chino es una especie de vórtice espacial donde se acumulan todos los objetos que uno pueda necesitar en su vida cotidiana. En ese sentido, pasa como con el Corte Inglés, solo que a una escala más humilde: uno llega y dice "quiero un perro verde", y el chino (dependiente) te contesta "¿de qué tamaño?".
Luego está el asunto del idioma. Porque siempre parece que el chino (dependiente) no te entiende y, sin embargo, sabe exactamente lo que quieres y dónde está. Esto, teniendo en cuenta la mencionada variedad de artículos del Hiperchino, quiere decir que tienen una amplitud de vocabulario preocupante. Esto me lleva a pensar en cómo será el entrenamiento de los chinos (personas) cuando llegan a España. Imagino que debe de haber una especie de curso intensivo que comprende:
a) Todos los productos de la tienda.
b) Direcciones e indicaciones, tipo "pasillo del fondo a la delecha".
c) Todos los números múltiplos de cinco y la palabra "euros" ("eulos").
Con esto, el chino (persona) está preparado para ser un chino (dependiente) estándar.
Por último, quiero mencionar la cuestión de robar en un Chino. ¿Alguien lo ha intentado alguna vez? El Hiperchino es grande, sinuoso y suele estar casi desierto, y mi presupuesto es bastante precario. Sin embargo, nunca (insisto: NUNCA) se me ocurriría meterme en el bolso ni una sola de sus velas perfumadas. Porque ya se sabe lo que pasa si te pillan robando en el Corte Inglés: un señor de incógnito te mete en una habitación secreta, coge tus datos y llama a tus padres. Pero ¿qué pasa si robas en un Chino? ¿Alguien cree que se limitarán a darte una amable reprimenda? No sé por qué, pero yo pienso en torturas y deportación (¿prejuicios raciales? Sí y mil veces sí). Por si acaso, prefiero no intentarlo.
Y aquí acaba mi jugosa disertación, que me tengo que ir a clase.
Volveré.
*Camino de Ronda, entre Plaza Einstein y Calle Sol.
jueves, 9 de octubre de 2008
Santa indiferencia
El curso de meditación ha tenido unos efectos muy raros en mí. De repente veo a todo el mundo a mi alrededor como si fueran marcianos haciendo cosas de marcianos. Esto no se debe, como muchos podríais pensar, a que aquello sea un secta ni nada parecido. Sectas a mí. He leído demasiados libros de Gran Angular como para distinguir una a diez kilómetros a la redonda. Creo que más bien se debe a que una se pasa diez días metida ahí en la profunda paz del Dhamma, rodeada de personas estupendas y alegres que sólo tienen como finalidad mejorarse a sí mismas y ayudar a los demás a hacerlo, y el mundo exterior, con sus vicios y sus ansias, le parece un poco raro.
Esto me preocupa. No quiero irme a los Himalayas y meterme a monja. Ni siquiera haciendo como un amigo de mis tíos, que se ha retirado a un monasterio en Francia y ha conseguido que le dejen comer carne, bajarse pelis de Internet y llevarse la bicicleta. Pero hacía mucho tiempo que no tenía esta sensación tan intensa de NO QUIERO ESTAR AQUÍ, NO QUIERO, NO QUIERO. Es como si el entusiasmo (o la ansiedad) de la gente por sus ocupaciones (estudios, trabajos y demás) me pareciera un poco ajeno, y no fuera capaz de incorporarme a esa ola de interés y aplicarla a lo que es mi vida ahora mismo. Aunque tampoco es que haya otra cosa que me apetezca especialmente hacer. Y esto está muy mal, porque meditando intento conseguir ecuanimidad, no esta indiferencia enorme y tristona.
Yo qué sé. Supongo que se me pasará; en cualquier caso, a lo mejor sólo estoy intentando enfocar espiritualmente algo que no es más que una depresión posvacacional como otra cualquiera. O la crisis de fin de carrera. O el otoño. Pero es que ha sido un verano TAN genial. TAN relajado. Y ahora muero TANTO de amor (que sí, que ya lo contaré, pero cuando tenga más tiempo, y ganas, y una buena idea para hacer un post bonito bonito).
En fin. Tranquilidad. Tengo un libro de Paul Auster, una caja de Campurrianas y a la PK en Granada. La vida no puede ser tan mala, después de todo.