massobreloslunes

lunes, 15 de noviembre de 2010

Seis meses


Llegué aquí el 15 de mayo, así que hoy ya ha pasado una octava parte de mi residencia. Es una barbaridad, si tenemos en cuenta lo corto que se me ha hecho. Ya llevo seis meses trabajando, seis meses viviendo sola, seis meses en Cádiz... No sé. Es raro. Tres meses más y será un curso escolar y, sin embargo, a mí me parece que acabo de llegar.

Cádiz es... no sé, es bonita. Y alegre. Granada es como más dramática. Las callejuelas del centro, las vistas imponentes desde el Albayzín, la digna contención de la malafollá. Boabdil llorando al echarle la última mirada. La Alhambra, los ríos, la sierra, los pasadizos, el peso de la historia.

Aquí, sin embargo, no hay más que luz. Una luz blanca, casi dañina, cayendo a plomo desde el cielo sobre los tejados blancos y reflejándose en el océano. Granada exhibe su belleza, la sabe y se siente orgullosa, pero a Cádiz es como si se le escapara a chorros, como si le sobrara. Quiero decir, que en el mirador de San Nicolás la gente está sentada mirando la vista, y aquí sencillamente caminan por el paseo marítimo cada mañana, bajo unos amaneceres tan brutales que parecen retocados con Photoshop.

No sé si he escogido bien. Me gusta estar aquí, me da la sensación de que encajo, pero igual es puro sesgo postdecisional. También me gusta la gente a la que hace seis meses no conocía y que ahora forma parte de mi vida. Y me gusta mi vida, porque es la que quiero llevar. Mi trabajo, mi piso, mi Dhamma, mi paleodieta, mis lunes.

En general, creo que no está nada mal para seis meses.

sábado, 13 de noviembre de 2010

El teatro y el riesgo


Ayer salí un rato con la gente del teatro. Después de arrastrarme penosamente al aulario de la Bomba para empezar el cuarto taller, resultó que la clase me gustó un montón. La chica que da el taller es fabulosa. Últimamente me pasa una cosa curiosa: que es como si además de ver el físico de la gente pudiera percibir algo más de ellos. Las vibraciones, o algo así. De forma que ahora es como si ciertas personas brillaran más de lo normal, como si se les viera una luz interior que las hace parecer hermosas.

Erika fue la que me dijo hace algún tiempo que a ella todo el mundo le parece guapo, que cada persona es guapa a su manera. No estoy segura de haber llegado aún a ese punto, pero sí es verdad que cuando se trata de la gente a la que quiero o que me parece interesante es como si su belleza interior saliera verdaderamente a la superficie y la hiciera brillar. Todo esto para contaros que la chica que da las clases de teatro no es muy guapa, pero brilla un montón, y en ese sentido es bella.

Total, que uno de los ejercicios era hacer un guión sobre un chiste. Primero pasamos un rato contando chistes y después cada uno tenía que escoger uno para proponer una forma de escenificarlo. A mí los chistes me encantan. Me río prácticamente de todos. Uno de mis mejores recuerdos con J. eran las noches en que empezábamos a contar chistes y a reírnos como idiotas. Nos daba igual que ya nos los hubiéramos contado previamente; pasábamos horas así, muertos de risa y desvelados en la cama como niños pequeños.

Para escribir guiones tampoco tengo ningún problema, porque en general tengo la mano suelta y porque creo que los diálogos no se me dan mal. Así que tendríais que haberme visto: mientras los demás mordisqueaban los bolis y pensaban cómo hacer el ejercicio, yo ya había cogido de la pared un cuadro con las instrucciones para incendios y escribía a toda velocidad apoyada sobre él.

Más tarde, mientras caminaba con una compañera en dirección a la Viña, intentaba explicarle que es que escribir es lo mío. Que no me cuesta ningún trabajo. Por eso me he apuntado a teatro, al fin y al cabo, a pesar de que reniegue en ocasiones. Porque el teatro todavía me resulta peligroso. Escribir... bueno, es un poco peligroso, pero no tanto. Escribo aquí, también escribo en mis cuadernos o en archivos que vagan por mi ordenador, y tengo tanta costumbre de ponerme frente a mí misma que ya casi nada me da miedo. El teatro sí: todavía paso vergüenza, me bloqueo y me pongo nerviosa, y eso es emocionante.

(Al final mi guión quedó guay. Monté el chiste de los presos y la silla eléctrica rota. Ya os lo contaré en alguna ocasión).

miércoles, 10 de noviembre de 2010

El mal emocional

Cuando estaba en segundo de primaria me angustiaban los deberes (colorear) y no tener el archivador ordenado.

Más adelante los deberes, dejarme los libros en clase, olvidarme de la bolsa de aseo, de la flauta, de comprar el papel milimetrado.

En secundaria, olvidarme el compás, perder los rotuladores calibrados, manchar las láminas de tecnología, dejar para el final los deberes sistemáticamente.

En bachillerato, los exámenes, el musical, los chicos que me gustaban, el acné, que me creciera el pelo que me había cortado muy corto el verano anterior.

En la facultad, los trabajos, los plazos de entrega, la asistencia, las prácticas, más acné, escribir, la maldita-maldita-beca.

Ahora, los pacientes, los informes, las sesiones clínicas, mi jefe.

Sigo dejándolo todo sistemáticamente para el final.

Estoy segura de que, en realidad, todo tiene la misma importancia absurda que mi archivador de segundo o la bolsa de aseo de sexto.

Y aun así, soy incapaz de dejar de angustiarme.

lunes, 8 de noviembre de 2010

El mal interpersonal


Mi vecina es fan de Bisbal. No de la música cutre en general, no: de Bisbal. Se pone los discos enteritos en bucle, la tía. Y eso me lleva a reflexionar sobre esta vida insatisfactoria, en general, y sobre la gente, en particular.

Esta tarde estaba como desanimadísima, porque por la mañana ha venido una paciente con su madre y se han puesto a regañarme por una historia que no viene al caso. Basta que escriba aquí que ver pacientes me relaja para que se pongan de acuerdo y me amarguen el lunes.

Total, que muy desanimada. Toda la hora de meditación pensando que la vida me sobrepasa y que tenía que llamar a Funes para darle la brasa sobre el tema y sobre que a mí esto del Dhamma no me funciona. Entre nosotros ese tipo de diálogos se desarrolla más o menos así:

Yo: Pepito, a mí esto del Dhamma no me sirve. Todo es impermanente menos mi sufrimiento.

Él: no, Peq... ya verás como tu sufrimiento es impermanente. Obsérvalo, que es tu verdad.

Yo: Vaya consuelo de mierda. Odio a Buda.

Él: ¡No te metas con Buda!

Y así.

Al final, sin embargo, entre el meditar (que en verdad ayuda), poner Fito mientras friego los platos y que estoy escribiendo una novela para adolescentes y me lo paso muy bien, ya no estoy tan desanimada. La vida me sigue sobrepasando pero, ¿a quién no?

Lo de la novela es curioso. Resulta que la empecé cuando tenía como diecisiete años, un verano que me aburría. Escribí como unas cuarenta páginas de estupideces, y la he retomado hace poco para trabajar algo de ficción a pesar del mortal bloqueo que tengo desde hace meses. Es como el hacer punto de la literatura: no me cuesta mucho hacerla avanzar, construir los diálogos e inventarme tontadas tipo Física o Química, y me mantiene entretenida y practicando.

Digo que es curioso porque cuando uno lee a escritores consagrados hablar de escritura, que es un tema que nos gusta mucho a los del gremio, siempre dicen cosas del tipo de “los personajes cobran vida propia y hacen lo que quieren”. Yo hasta ahora siempre había pensado que eso eran gilipolleces. ¿Cómo van a hacer lo que quieran? No son reales, salen de tu cabeza. Si no puedes controlar ni a tus personajes, apaga y vámonos.

Desde que estoy escribiendo mi novela adolescente, sin embargo, me he dado cuenta de que es cierto. Mi protagonista, que es tan divina de la muerte como quería serlo yo cuando tenía diecisiete, hace lo que le sale del mismo. Yo le había buscado un novio estupendo y se acaba de liar con su colega buenorro, la muy zorrón. No es que yo no quisiera, pero tampoco estaba en mis planes, y ahora no sé cómo arreglarlo.

En fin, que yo lo que quería decir hoy, en realidad, es que la gente es un coñazo. Convivir con ella, escucharla en consulta y hasta escribir sobre ella. Todo el mundo hace lo que le da la gana, hasta los seres inexistentes, y yo no me sé manejar ni a mí. ¿Qué hago cobrando por ser psicóloga? ¿A quién quiero engañar?

Posdata: si algún día consigo acabar mi novela adolescente (algo que dudo, porque soy una floja) seguramente la meta en un cajón por siempre jamás porque me avergonzaré de ella. Además, nadie querría publicármela si sigo transmitiendo valores terribles a nuestra juventud. Lo que quiero decir es que no me pidáis que la enseñe, que paso.

domingo, 7 de noviembre de 2010

Domingo




Ha sido un fin de semana estupendo. Pilas muy recargadas hoy. Mucha soledad y tiempo para mí, algo de interacción humana, varios capítulos de la temporada nueva de Mujeres Desesperadas. He cambiado los muebles de mi cuarto de sitio y guardado la ropa de verano. Me ha dado pena doblar las camisetas y los vestidos para meterlos en una caja, porque cada vez que guardaba algo me acordaba de cuando lo he llevado durante estos meses y me daba nostalgia, por ejemplo, pensar en Luna diciéndome que le gusta mi vestido verde de cuadritos.

En cuanto a los muebles, estoy encantadísima con el resultado. He pegado la cama a la esquina, y ya no parece un cuarto de matrimonio, sino que recuerda más a cualquiera de mis habitaciones de estudiante. Más concretamente, al único año que he tenido cama grande, en el piso del Realejo de tercero de carrera. Me encantaban aquel piso y aquella cama, con sus sábanas azules con burbujas blancas. Cambiaba de lado para dormir según mi estado de ánimo. Solía pegarme a la pared si me sentía triste y quería apartarme del mundo, o colocarme en el lado de fuera para relacionarme con la realidad. Desde que llegué a Cádiz, sin embargo, duermo justo en medio de la cama, como sin dejar sitio para nadie más.

Ahora no sé si tengo sueño o estoy espabilada, si me encuentro tranquila o tengo miedo del lunes. Si a algo aspiro en esta vida, más realista que el Nirvana, es a vivir sin miedo. A sentirme segura. En general soy una persona ansiosa, y la ansiedad no es más que el nombre políticamente correcto del miedo. Me doy cuenta de que me inquieta la estructura inestable e impredecible de la vida. Percibo mi sistema nervioso en modo lucha-huida la mayor parte del tiempo, y eso me saca de quicio, porque sé que no hay nada a lo que temer.

Pero hoy, ahora mismo, sentada en la cama con el portátil sobre las rodillas, no sé cómo me siento ni cómo me encuentro. Sopla el viento de levante sobre mi cabeza, tras la ventana, y siempre que lo escucho desde la cama me lo imagino entrando en los patios y dando vueltas en círculo, tocando las casas como si fueran flautas enormes.

Si tuviera que decidir un estado de ánimo, diría que me siento agradecida. Porque en realidad hay dos actividades que me hacen dejar de tener miedo. La primera es escuchar a mis pacientes. Escucho lo que me dicen con toda mi atención, en serio, toda mi energía mental está puesta en sus palabras y en intentar averiguar la manera de ayudarles. La segunda actividad es escribir.
Así que me siento afortunada de poder practicar a menudo las actividades que me quitan el miedo. Y de que me paguen y todo por ello (bueno, por parte, que por escribir esto no creo que vea un duro nunca).

Y con esto y un bizcocho, empieza otra semana, que espero que sea mejor que la anterior y peor que la siguiente.

Buen lunes.

La magia de la vida y otras chorradas de sábado


Ayer me volví un poco loca en el Carrefour, lo admito. Es que no sólo tiene comida y bebida, sino también menaje de cocina, que es mi perdición. Y como estamos a principios de mes, me compré un machaca-ajos y un cuchillo en condiciones, que llevo ya seis meses trabajando y todavía corto las cebollas con un cuchillo de sierra. Cuando llegué a mi casa, coloqué con entusiasmo las compras y, aún con más entusiasmo, saqué mi cuchillo y me puse a cortar cosas. A cortar porque sí: el lomo embuchado, el fuet, un caqui. Después empecé a preparar la comida y seguí cortando verduras para la ensalada. Y, como es lógico, entre tanto entusiasmo me corté un dedo: más concretamente el índice de la mano izquierda.

Fue un corte superficial, pero me dio rabia. Al menos no fue en el pulgar. El pulgar me lo he cortado ya tantas veces que tengo parte de la yema deformada e hipersensibilizada al roce. Me dio rabia porque con la ilusión que traía yo con mi cuchillo nuevo, voy y me lesiono. Me acordé de uno de los relatos de "Fantasmas", de Palahniuk. En él, un personaje dice que la vida de un cocinero es una muerte lenta a base de pequeños cortes, quemaduras y golpes. Luego pensé que vaya cuchillo con carácter que he comprado, haciéndose respetar desde el primer día. Así aprenderé.

Aullé de dolor y me envolví el dedo en papel higiénico mientras maldecía en voz alta. Estaba enfadada conmigo misma, con mi torpeza y mi cuchillo nuevo. Fui al baño a buscar tiritas o algo que se le pareciera, pero no conseguía encontrar nada.

Cuando fui a cambiarme el papel por otro limpio, eché un vistazo al corte. Era pequeño y la piel no se había movido. Entonces sostuve el dedo sobre la loza blanca del lavabo mientras observaba cómo se formaban en la punta gotas de sangre roja y brillante. Es curioso darse cuenta de que estoy llena de ese líquido, que lo único que lo contiene es la fina barrera de la piel. Mi pobre piel. El otro día miraba los agujeros de las cicatrices de mis mejillas y admiraba la de veces que se ha regenerado sobre sus heridas. Ayer pensé algo parecido, mientras agradecía que los opioides hubieran acabado con el dolor y que las plaquetas se prepararan para hacer su trabajo.

Esperé quieta frente al espejo, el dedo suspendido en el aire, las gotas cayendo una a una sobre el lavabo. Me acordé de cuando tuvimos el accidente de coche, hace ya como doce o trece años. Mi hermano se mordió la lengua en el choque, y la señora que nos llevó al hospital no hacía más que decir, mientras el pobre lloraba con un pañuelo de papel contra la boca: "La sangre es muy escandalosa". Para tranquilizarnos, imagino.

Sí que es escandalosa, me dije ayer, porque habré perdido ¿cuánto? ¿Tres, cuatro, cinco mililitros? Y a pesar de ser una cantidad mínima, impresionaba el color escarlata sobre la loza blanca, y tenía que hacer esfuerzos para no marearme. No es un color cualquiera, o un líquido cualquiera. Es fácil darse cuenta de que nuestros genes están programados para que resulte una visión intensamente violenta. Me sentía culpable mirando la sangre en el lavabo, como si esa fascinación me hiciera un Jack el Destripador en potencia.

Me había propuesto esperar a que el goteo parara por sí solo. Por observar la vida en tiempo real, y esas absurdeces que se me ocurren cuando me creo que vivo en mi propia novela. Pero al final me envolví otra vez el dedo en papel. En parte, porque me moría de hambre y tenía que seguir preparando la ensalada. En parte porque, en general, mirar durante mucho tiempo lo que llevamos por dentro resulta turbador.

jueves, 4 de noviembre de 2010

Instrucciones para olvidarse de alguien


Agrupar los objetos, regalos y libros lejana y cercanamente relacionados con la persona a olvidar. Buscar una bolsa de plástico, introducir dentro, cerrar con un fuerte nudo. Repetir la operación con varias bolsas de plástico y varios fuertes nudos. Arrojar a un lugar de difícil acceso, preferiblemente un pozo sin fondo o un barranco sin demasiado eco.

Seleccionar los buenos momentos, recuerdos, cualidades, imágenes agradables. Arrugar enérgicamente hasta que los bordes pinchen en los dedos. Escoger el más negro y recóndito rincón del corazón, introducir allí, suturar con cuidado e hilo hipoalergénico.

Desenterrar los malos momentos, defectos, palabras hirientes, sentimientos dolidos. Mezclar en vaso largo con una aceituna y unas gotas de limón. Beber muy frío y en ayunas al menos tres veces al día.

Prolongar la operación hasta lograr los resultados deseados, repitiendo cada paso las veces que sea necesario. Esperar cierto dolor de corazón en el lugar de la cicatriz, especialmente los días de invierno y en los cambios de estación.