massobreloslunes

jueves, 21 de julio de 2011

9. Encuentro inesperado

Estoy sentada en mi cuarto de estar, con los antebrazos doloridos y los dedos despellejados, incrédula y sonriente. A Santiago Segura le preguntaron después de estrenar Torrente que si estaba preparado para el éxito que había supuesto la película. Él contestó que por supuesto que estaba preparado para el éxito; para lo que no estaba preparado era para el fracaso.

Así que yo no estoy preparada para la soledad ni para el sufrimiento. Estoy preparada para conocer a personas como tú. Estoy preparada para la felicidad y diseñada para vivir como vivo últimamente, agradecida y sorprendida a cada momento por la de cosas buenas y bonitas que me están pasando. Por poder escribir aquí todos los días y tener las palabras suficientes para hacerlo. Por poder agrandar los momentos para que todos quepamos en ellos. Por escalar, por las heridas, por el dolor en los antebrazos.

Hoy he ido otra vez al roco, ¿sabes? Bueno, claro que lo sabes, te lo he contado al volver, mientras daba vueltas por mi casa espídica y entusiasmada, con el móvil en una mano y el yogur en la otra. Nunca he sido deportista. En las clases de educación física del cole había dos grupos: uno de niños que jugaban al fútbol y otro de niñas que jugaban al mate. Yo me iba con las niñas y jugaba mal. Ahora resulta que voy al roco con tíos musculosos y ágiles, y de verdad de verdad que no lo hago por ver si pillo cacho, sino porque me gusta un montón. Y estoy ahí con los gatos puestos, cubierta de magnesio, gritando cuando me caigo en los colchones y pensando: quién me ha visto y quién me ve. Subiéndome a la pared sin miedo aunque ella se empeñe en escupirme.

Y hoy hablo contigo y me sorprende la frescura de tu voz al otro lado del teléfono, me sorprende que no se te acabe la conversación y esa mezcla encantadora entre sinceridad y timidez. Me dan ganas de decirte: vámonos por ahí, joder, me cojo las vacaciones MAÑANA (y sí, en mi mente son mayúsculas) y me llevas al Naranjo de Bulnes o a donde sea. Para eso sí estoy preparada. Para lo que no estoy preparada es para pasar los días adormecida en la consulta del médico de cabecera, sin saber cómo sentarme en la silla, mientras el sol hace su recorrido detrás de las ventanas sin que yo pueda verlo.

Pero va, también estoy agradecida por eso, porque atención primaria es entretenido y salgo prontito, y al fin y al cabo me gusta mi trabajo aunque sea entre cuatro paredes, y después puedo ir y venir en mi moto y pasarme las tardes en la playa en completa holgura craneal, mientras escucho música, o leo un libro, o charlo contigo sobre acosadoras virtuales y traumas infantiles con la natación.

Así que bueno, este post es todo inconexión, pero qué quieres que te diga: es tarde y sólo he cenado un yogur. Además, en realidad no es más que una excusa. Sólo quería darte los buenos días.

miércoles, 20 de julio de 2011

8. Mis vacaciones ideales (sé que parece el título de una redacción del cole)



Primero me voy una semana al Caribe, a un hotel de estos de pulserita con todo incluido. Me paso el día en la playa en un estado de absoluta holgura craneal. Voy con amigos de confianza, preferentemente el tipo de amigos que te deja tu espacio y que no se molesta si quieres pasarte el día leyendo o dormitando. Tengo una aventura breve pero intensa con un monitor de actividades que no está demasiado moreno ni demasiado petado, y que me lleva a ver el atardecer sobre el mar desde acantilados especiales y secretos. Como ensaladas ricas y frutas tropicales en un bufé que compensa su poca calidad con su mucha variedad y con la espléndida sensación de creerte que estás comiendo gratis. Estoy tan relajada que mi cerebro debe de tener la consistencia de una medusa.

Después voy a Málaga unas cuantas semanas, las suficientes como para sentir que tengo unos años menos y estoy de vacaciones universitarias. Me paso el día entre el Balneario, la casa de Metemary, el Café con Libros y calle Granada. Visito a mi amiga Julia y nos echamos las cartas de Osho, medito con MQEN y cenamos en el vegetariano de la Merced, me echo una cerveza con el Señor K. porque nuestro contrato de ciber-amistad establece que debemos vernos en persona una vez cada dos años, mínimo. Voy a ver a mis tías a Torre del Mar y me ceban a pescaíto frito y leche con sirope de fresa. Me voy con mi primo de fiesta y me emborracho, porque es a la única persona del mundo a la que no le sé decir que no bebo alcohol. Me gasto la paga extra en esmaltes de uña de Kiko, libros raros de la FNAC, guarradas olorosas de Lush y demás productos exóticos que no puedo encontrar en Cádiz. Voy con las niñas al Elementus a oír flamenco y comer tapas ricas. Le toco a Elsa la panzota de ocho meses y pongo la oreja para ver si escucho cómo nada Tahira en su casita submarina.

Después me voy a Dhamma Neru, porque ya me vale, que no medito desde que era chica. Hago un curso sentada y después sirvo unos días, a ver si consigo inyectar en mi cerebro algo parecido a la firme determinación. Aprovecho que estoy allí y me quedo unos días en Barcelona visitando a la gente que conocí en el último curso y a la que seguro habré conocido en éste. Vagabundeo por la ciudad ardiendo, visito el Parc Guell y el de la Ciutatella, desayuno pa amb tomaquet todos los días a pesar de la paleodieta.

Luego paso unos días en el campo, preferentemente en los Pirineos, aunque no tengo muy claro cómo ni con quién. Lo que sé es que camino, escalo, me baño en las pozas y duermo al raso. Mi acompañante o mis acompañantes son gente maja, sencilla y con buen humor, gente física y bronceada que no saben que yo en realidad soy una gafapasta y tengo un blog donde me las doy de interesante. Quizá conozca a algún chico majete, un chulazo moreno que me asegure en vías facilitas para que vaya de primer y luego monte vías chungas para inspirarme deseos muy sucios mientras le veo trepar sin camiseta.

Por último, vuelvo a Cádiz. Paso los últimos días de vacaciones durmiendo hasta tarde, meditando, leyendo y tostándome en Cortadura. Compro salmón fresco en el mercado y me lo como a la plancha con ensalada de aguacate y gazpacho, mientras asomo los pies desnudos por el balcón abierto. Paseo por el Baluarte de la Candelaria cuando anochece y observo cómo choca el agua del mar contra los muros, y luego vuelvo a casa, olfateando la dama de noche a través de las verjas cerradas del Parque Genovés. Cuando llego a casa entra el vientecito de poniente por la ventana y se escuchan amortiguados los sonidos de la calle, y yo paso lo que queda de día escribiendo, charlando por el facebook de chorradas, canturreando a todo volumen música hortera en el spotify y tocando la guitarra. Luego me tumbo en mi cama de matrimonio, hago la X justo en el centro, y cuando me he hartado de mantener una postura que uso básicamente para expresar lo mucho que me gusta dormir sola, me giro a un lado, me acurruco sobre las manos juntas y me duermo escuchando (ya lo sabéis) cómo el viento toca los edificios con su sonido de flauta monstruosa.

(Ahora acepto sugerencias sobre qué hacer con mis reales y escasos veintiséis días de vacaciones. Snif, snif.)

martes, 19 de julio de 2011

7. Sueño

Últimamente sueño con chicos que hablen poco. Sueño con un tío sano, alegre y buena persona, que me acepte como soy y que no quiera que rellene sus expectativas como si fuese masa en el molde de su mente. Sueño con poder llevar junto a alguien vidas paralelas, como Frida Kalho y Diego Rivera en sus casas comunicadas por un puente. Sueño con un compañero de cordada que me asegure desde el suelo mientras yo trepo, de forma literal y metafórica. Sueño con echarme un amante entre semana y tener los fines de semana para mí. O viceversa. Sueño con que me miren y me vean, y también con polvos estrambóticos en sitios inesperados. Sueño con chicos guapos, claro. Puestos a soñar.

lunes, 18 de julio de 2011

6. La inutilidad laboral

Hoy ha vuelto a mi consulta el chico de la alopecia. El dermatólogo le ha mandado un montón de lociones y pastillas, trankimazin incluído, y le ha dicho que se rape. Ahora se le ven todas las calvas y no quiere salir de su casa.

La consulta de hoy ha sido extraña. Él estaba cabreado con el mundo, y yo creo que me encontraba demasiado sobrepasada por la empatía como para servir de algo. Además, tengo los músculos y la mente un poco trillados después de escalar todo el fin de semana, y en realidad no quería más que irme a casa a cenar una tortilla de ibuprofenos.

Intentaba pensar a toda velocidad qué podía decirle que le sirviera de algo. ¿Qué me habría servido a mí en los primeros tiempos del Acné del Averno?

1) Aléjate de los dermatólogos como de una plaga de escorpiones. Son unos inútiles que sólo tratan síntomas sin buscar causas.
2) Tienes derecho a pasarlo mal y a cabrearte. Que "sólo" sea un problema estético no quiere decir que no vaya a hacerte sufrir.
3) Es tu problema, y es tu responsabilidad. Te ha tocado esto como podía haberte tocado otra cosa y es una putada, pero ahora eres tú quien se tiene que hacer cargo.
4) Entiendo tu dolor.

He omitido 1) porque a lo mejor dan con la solución para el pobre chaval. 2) y 4) creo que quedan bien, pero me da la impresión de que 3) le ha deprimido un poco. Mola ser una víctima cuando tienes dieciséis años. Mola pensar que si sólo tuvieras una piel mejor o un pelo lustroso, tu vida se arreglaría. Y mola tener la esperanza de que en algún lugar de la tierra hay alguien que te va a coger tiernamente en sus brazos y te lo va a arreglar todo.

Al final me he sentido inútil por varias razones. Porque no es mi problema, sino el suyo, y no puedo tratarle como si me estuviera tratando a mí. Porque no puedo pedirle al chaval que se sobreponga cuando yo le saco diez años y una carrera de psicología y todavía hay días en que el estado de mi piel es lo único en que pienso. Porque por mucho que yo quiera comunicarle algo de lo que he aprendido, en realidad él tendrá que aprenderlo por sí mismo, y no sirve de nada que yo intente inyectarle en el cerebro sabiduría de enferma crónica en media hora de consulta. Ha sido muy frustrante.

No sé si se ha ido peor de lo que llegó o si algo de lo que le he dicho resonará en su cabeza en algún momento. Espero que sea capaz de sacar el suficiente valor como para no pasarse el resto del verano sin ir a la playa, que asuma su responsabilidad y que intente hacer en casa los ejercicios de relajación. Pero sobre todo, de verdad de verdad, espero que le funcionen los corticoides y el minoxidilo, que le crezca una cabellera larga y espesa y que no tenga que preocuparse por estas chorradas dermoexistenciales nunca jamás.

domingo, 17 de julio de 2011

5. Todos los otros libros

Cuando no me gusta un libro sufro. Mis niveles basales de felicidad en un periodo de tiempo dado (por ejemplo, una semana) tienen mucho que ver con el libro que estoy leyendo. Con un buen libro no estás solo. Con un buen libro nunca te aburres. Con un buen libro la vida adquiere colores, texturas e incluso algo que se parece mínimamente a un sentido. Para mí leer un mal libro es como hacer dieta: me invade una sensación persistente y molesta de miseria espiritual y de ansia por algo que no sé definir bien. Y termino triste y comiendo mucho chocolate.

Normalmente un mal libro tiene remedio. Lo dejas y punto. Ya he dicho alguna vez que no tengo problemas en dejarme un libro a medias si no me está gustando. El peor de los casos posibles es el siguiente:

UN LIBRO MALO QUE ESCRIBIÓ UN AUTOR QUE TE GUSTA.

Porque joder, con ese autor tú has establecido una relación. Te ha hecho pasar buenos ratos. Como si hubiérais echado un polvo estupendo: se ha establecido una poderosa ruta neuronal en tus circuitos del placer literario que le incluye a él. Así que un día llegas a la librería y ves que ha sacado un libro nuevo. Cuando eso sucede, interiormente es como si escuchases una musiquita celestial y se abriese un hueco en el cielo de la librería por el que entra un rayo de sol.

Abres el libro muerta de la ilusión. Escribes tu nombre en la primera página. Lo olfateas, lees la dedicatoria y la cita inicial, compruebas si han traducido el título original de manera literal o se lo han inventado. Empiezas a leer con avidez contenida.

Poco a poco te empieza a embargar la sensación insidiosa de que algo no va bien. Sigues leyendo, no te disgusta, está bien escrito pero no te atrapa. Continúas leyendo por fidelidad, porque todavía está fresco en tu memoria el recuerdo de los buenos ratos pasados con ese autor, pero en el fondo de tu corazón sabes que si el libro lo hubiera escrito otro lo habrías dejado ya. Al final lo terminas en diagonal o lo dejas directamente, decepcionada, estafada y reacia a colocarlo en la librería al lado del anterior, el que te hizo pasar momentos inolvidables.

Todo esto para decirte, Dara Horn, que tu último libro es una puta mierda. Que después de alucinar completamente con "El mundo que vendrá", de pasarme varios días leyendo absorta en los autobuses y soñando con Chagall, y de enfadarme con cierta personita porque me dijo que el libro no le había molado nada, entré en la FNAC, vi tu libro y lo agarré con desesperación. Me gasté veinte euros, veinte, para llevármelo a casa y tenerlo conmigo por siempre jamás.

Los personajes no me podrían dar más igual. La historia de amor es tan poco creíble como carente de emoción. El protagonista es patético y no es que tenga dilemas morales: es que es un monguer que no sabe qué hacer con su vida. El argumento no tiene ningún tipo de sentido. No sabía nada de la Guerra de Secesión y ahora sé todavía menos, porque te explicas tan mal que las partes donde habla del conflicto bélico se parecen demasiado a leer chino. La protagonista femenina me aberra. ¿Por qué todas las mujeres tienen que ser devastadoramente guapas y flacas? ¿Por qué estás obsesionada con el judaísmo?

En fin, no voy a ahondar mucho más en la crítica, porque no mucha gente conoce a la autora y yo escribo esto porque es lo primero que se me ha ocurrido esta noche y necesitaba desfogar un poco mi decepción. Resumo: "El mundo que vendrá" es fabuloso. "Todas las otras noches" es caca de vaca. No entiendo cómo alguien puede escribir con semejante ciclotimia en lo que a calidad se refiere. Entre esto, que Ishiguro es una ruleta rusa entre la magia y el mortal aburrimiento, que la última de Irving Welsh también la tuve que dejar a medias y que Paul Auster se está quedando sin alma, sólo puedo decir que o Nick Hornby sigue manteniendo el listón o una servidora se va a dedicar forever a Marian Keyes, que no decepciona nunca.

sábado, 16 de julio de 2011

4. Think less, climb more

Hoy me voy a limitar a copiar un articulillo que he escrito para mi profe de escalada hablando del curso que hice la semana pasada. Porque estoy en Grazalema y esto está programado (ou yeah).

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Yo siempre había querido escalar. No sé por qué: nadie a mi alrededor escala ni yo soy especialmente deportista. Pero veía a esa gente subida a la roca y pensaba “yo quiero hacer eso”. Era una de esas ideas que están siempre en la periferia de tu mente y que nunca te decides a llevar a cabo, porque no tienes tiempo o porque hay asuntos más urgentes. Así que cuando vi el curso anunciado en el tablón de la piscina municipal, no me lo pensé.

Pasé las dos semanas anteriores superemocionada. ¡Iba a aprender a escalar! Algunas cosas me preocupaban. ¿Haría falta estar muy en forma? Me imaginaba patéticamente agarrada a la roca mientras intentaba subir mi propio peso con mis débiles bracitos y no lo veía claro. Le escribí a Jose un correo y él me tranquilizó enseguida: tú tranquila, mujer, que no hace falta experiencia previa ni que seas como los extraterrestres de Avatar.

El día anterior el curso estuvo a punto de cancelarse, por problemas con el sitio y retiradas a última hora de la gente. Casi me da algo. Por un momento me vinieron a la cabeza pensamientos del tipo de “claro, cómo voy a escalar yo, si eso es para gente aventurera y chachi, si el destino no quiere que yo me suba a una roca porque seguro que no puedo y me tienen que izar con una grúa para que llegue arriba”.

Pero en realidad esos pensamientos no duraron mucho. De alguna forma, estaba convencida de que al final el curso iba a hacerse y de que yo escalaría. Así que le mandé un mensaje al móvil a Jose poniéndole una carita triste y debió de funcionar, porque una hora después me llamó y me dijo: “¿Te vienes mañana a aprender a escalar?” Preparé mis cositas con ilusión: mi almuerzo, mi crema para el sol... ilusa de mí, porque los escaladores ni se echan protector solar ni comen. Pero eso todavía no lo sabía.

La primera parte del curso es un rollo, yo lo aviso. Llegas a Grazalema, aparcas el coche y empiezas a echar un ojo a las rocas que se alzan en medio de la pradera. Las miras con respeto, sí, pero sin miedo. Tienes muchas ganas de probar y de saber si es tan fácil o tan difícil como parece desde abajo. Y entonces el profe te sienta en la hierba y se pone a explicarte cosas sobre el material de escalada. Que si esto es un arnés, esto un mosquetón, esto un grigri (pues vaya un nombre ridículo, piensas tú). Que si los tipos de chapa y los nombres de cada una.

Tú aguantas el tirón, porque en realidad hace un montón de calor y al menos ahora estás sentada a la sombra y a gustito, pero en realidad no quieres más que colocarte el arnés y subir. De repente se han ido tus miedos sobre tener que ser transportada con una grúa y te ves ahí arriba, coronando la reunión o como se diga, convirtiéndote en un prodigio de la escalada a pesar de que tienes ya más años que un gnomo y el deporte que más practicas en tu vida cotidiana es el levantamiento de caña.

Entonces te subes a la roca y empiezas a entender. Escalar no es cualquier cosa. No es hacer footing por el paseo marítimo. Lo que tiene escalar que es distinto a otros deportes es el miedo: aunque es un miedo controlado, divertido y adictivo, es un miedo que tiene que ver con que te estás jugando el tipo. Ahí es cuando agradeces que te hayan explicado todo lo anterior: porque por lo menos sabes lo que estás haciendo, qué es lo que te asegura y cómo lo hace, de qué depende que si se te escurren las manos de la piedra no hociques contra el suelo.

La primera vez que escalas también tomas de repente conciencia de tu amiga la gravedad. Al principio todo va bien: subes manos, subes pies, la vía es fácil, pim pam, y de repente te das cuenta de que te estás alejando un montón del suelo y a nadie parece importarle. Que tu mente racional sabe que estás asegurado, pero tu mente animal te dice “¿se puede saber qué intención tienes subiendo en vertical para no llegar a ningún sitio?”. Empiezas a sentir ese miedo del que os hablaba, y en ese momento es un miedo totalmente real. Porque es muy fácil cuando desde abajo ves al compañero decir que no puede, sobre todo si tú estás viendo que tiene unos apoyos estupendos, unos agarres enormes y un arnés superseguro amarrado a su cintura. Pero cuando tú estás ahí y te das cuenta de que es verdad, de que no puedes subir ni un centímetro más, empiezas a tomar conciencia de tus limitaciones.

Y en ese momento escuchas que alguien te anima. ¡Arriba, bicho! ¡Sí que puedes! Y dices: yo no he venido hasta aquí para que me bajen tristemente en plan grúa e irme al pueblo a comer jamón. Yo quiero escalar, siempre he querido escalar y voy a subir. Y de donde pensabas que no tenías fuerza, la sacas: elevas tu cuerpo unos palmos más y no puedes creer que unos segundos antes te pareciera tan difícil.

Intentas mantener agrupados tus huesos, tus músculos y tu mente. Te das cuenta de que hay momentos en que los músculos pueden y la mente no, y hay momentos en que la mente quiere y los músculos dicen que hasta aquí hemos llegado. Se te olvida tu nombre, se te olvida en qué trabajas, no sabes quién eres ni qué hacías con tu vida antes de estar subido a esta roca, porque has dejado de ser tú y te has transformado en un ser increíblemente pequeño y ridículo que lo único que quiere es llegar arriba sin matarse.

Al día siguiente te duele todo. No debería decirlo, que se supone que escribo esto para animar a la gente a que escale, pero de verdad que no he tenido peor resaca deportiva que después del primer día del curso. Te duelen los brazos, los hombros, los dedos. Te duele el culo del arnés, las manos de asegurar, te duelen los dedos de los pies por culpa de los gatos. Y te da exactamente igual. No quieres más que volver a subir. Yo, que soy de las que no sale si le duele la cabeza, que en cuanto bostezo me estoy queriendo echar una siesta, y el segundo día del curso sólo quería tomarme un ibuprofeno y volver a Grazalema.

Los sitios empiezan a resultarte familiares. Las personas que ayer eran extrañas hoy no es que sean tus mejores amigas, pero ya tenéis un pequeño trocito de historia en común. Ves desde lejos a las escaladores encaramados en la roca y piensas “eh, yo puedo llegar a ser uno de ellos”. Escalas mejor que ayer, porque te ves más seguro, o peor que ayer, porque estás más cansado, pero escalas. Ves a tu compañero dar patadas de rabia porque no ha podido llegar arriba y porque tiene los dedos tan agarrotados que no es capaz de abrir la botella de agua. El día termina y tú quieres que sea el principio de algo, aunque no sepas muy bien de qué.

No puedo acabar de escribir esto sin hablar de los profes. Escalar es de por sí alucinante, pero creo que el curso no habría sido igual de no ser por Jose y Ana. Sé reconocer a un apasionado de lejos, porque yo también lo soy, aunque sea de algo tan diferente a la roca como es escribir. De la pasión de Jose te das cuenta enseguida, desde la primera llamada de teléfono, desde el primer momento en que empieza a hablar de escalada y a enseñarte el material. Respeta lo que hace porque lo conoce y porque está comprometido con ello. Disfruta viéndote subir porque está contento de poder compartir contigo algo que a él le ha hecho feliz. Ana y él se complementan a la perfección: ella sube y muestra lo que él está explicando, él la asegura mientras ella se deja caer para enseñarnos en la práctica que quiere decir volar. Los dos te hacen sentir acogido desde el momento en que llegas a Grazalema, y ellos son quienes marcan la diferencia entre un curso cualquiera y una experiencia inolvidable.

Para mí empezar a escalar ha sido un regalo. Siempre había querido hacerlo. Y creo que si no lo había intentado antes, más que con mi forma física o con la gente de mi entorno tenía que ver con que no pensaba que fuera ese tipo de persona. Pero, al fin y al cabo, ¿quién decide qué tipo de persona eres? ¿Tú, los que te rodean, los límites que tú mismo has creado? Este curso me ha hecho darme cuenta de que puedo ser una escaladora, porque he tenido la suerte de que quienes han recorrido parte del camino quieran compartir conmigo lo que saben. Hazlo tú también. Descubre qué tipo de persona eres y dónde están tus límites. Comienza a escalar.

viernes, 15 de julio de 2011

3. Redefiniendo

- ¿Sabes qué cosa genial me ha pasado hoy?
- Cuéntame.
- He encontrado mis gafas de sol.
- ¿Las graduadas?
- Sí. Pensaba que las había perdido, pero me las había dejado en una tienda de zapatos y me las tenían guardadas.
- Qué bien, ¿no?
- Sí, me he puesto muy contenta. ¡He ahorrado ciento cuarenta euros!
- ¿Por qué?
- Porque es lo que me costaron las gafas y me habría tenido que comprar otras iguales.
- Si quieres verlo así...
- Claro. Así que con el dinero que he ahorrado me he comprado un vestido.
- ¡No has ahorrado dinero!
- Y un sujetador. Las dos cosas en rebajas.
- Ahm.
- Lo que significa que me ha sobrado dinero.
- Claro.
- Es decir, que ¡he vuelto de compras con más dinero del que salí! ¿No es genial?
- Sí que lo es. Casi mágico, diría yo.