massobreloslunes

lunes, 25 de julio de 2011

13. Breves

Me quedan tres semanas para las vacaciones, ¡tres! Prometen ser relajadas, agradables y gratificantes. Y mis vacaciones también prometen genialidad, aunque aún tengo que perfilar los detalles.

Está haciendo un verano fabuloso en Cádiz. Poco levante y muchas tardes maravillosas de poniente fresquito para ponerse junto al mar en la silla. El agua está espectacular de buena y yo estoy más morena que en toda mi vida (o quizá "menos blanca" sea la expresión que busco).

Me encuentro tan relajada y feliz que me pregunto si no tendré alguna enfermedad cerebral. Si me viera House diría "pero si ésta es una neurótica, ¡la felicidad es un síntoma!".

Conseguí ordenar y limpiar mi casa. Luego la desordené y ensucié otra vez, y ahora estoy en el mismo punto que al principio. ¿Alguien sabe trucos para que te guste limpiar? ¿Cantar como Mary Poppins, a lo mejor?

No voy a decirlo muy alto, pero quizá (sólo quizá) haya encontrado la solución dietética al Acné del Averno. Pero ya os digo que prefiero no contar nada para no gafarlo. Si la cosa sigue bien, seréis los primeros en enteraros. De propina, me he librado de las lorzas que venía acumulando desde que empecé con el rollo "gano dinero, voy a gastármelo en comida". ¡Viva yo!

Siguen pasando cosas bonitas, sigo conociendo a gente linda y a ratos me miro las manos por si todo esto es un sueño lúcido muy conseguido.

¡Ah! Y busco coche de segunda mano. No muy grande, que cueste entre 3000 y 4000 euros, preferentemente diesel y de un color mono.

Hale, a dormir (o a no dormir, según se dé la noche).

domingo, 24 de julio de 2011

12. Post muy largo e incoherente sobre mi fin de semana. Allá vosotros



Supongo que pasará con todo, pero en la escritura hay una diferencia fundamental entre escribir a gusto, con convicción, disfrutando del proceso y oyendo encantada el ruidito de las teclas, o escribir despacio, encajando una frase detrás de la otra con esfuerzo sobrehumano y más bien poco contenta con el resultado. Escribiendo del modo B se pueden sacar textos, sobre todo si tienes práctica y no se te da mal esto, pero cuando noto que lo estoy haciendo así suelo borrar el post entero y empezar de nuevo. Suele ser una cuestión de estructura o de punto de vista, y lo suele resolver arrancando de otra forma totalmente distinta y dándome permiso para escribir chorradas gigantes.

No sé si la gente puede disfrutar algo que yo no he disfrutado escribiendo. Igual sí; sería muy egocéntrico pensar que mi propio disfrute es condición necesaria para el de los demás. Aun así, hay algo en esos post construidos con sudor y sangre que me resulta ajeno y acartonado, y por eso casi todos acaban el la carpeta de borradores. Me ha pasado con la versión anterior de éste, y como no me gusta escribir como el que exprime a una vaca moribunda, he vuelto a empezar.

La cosa es que me mola escalar muchísimo. ¿Lo he dicho ya? Creo que mi entorno está un poco extrañado de esta nueva afición mía. Mi padre, el pobre, cada vez que le digo que he estado escalando me dice "ten cuidado, no te vayas a caer, que tú eres muy torpe... muy lista con la cabeza, pero muy torpe con las manos". Tócate los pies. ¡Yo no soy torpe! Dibujo bien, toco instrumentos mal pero con cierta solvencia y también tengo habilidad en otras cosas manuales que no incluiré aquí porque no está bonito.

Aunque no lo parezca, procuro contenerme al escribir sobre escalar, porque es como cuando conoces a alguien o empiezas a enamorarte: todo te parece fabuloso, pero en realidad no sabes cómo va a acabar la cosa, así que procuras mantener los pies en el suelo hasta que no tienes las ideas un poco más claras (curiosamente, con la escalada mejor no mantener los pies en el suelo, porque entonces vas listo. Jejejej, juego de palabras).

Pero de vez en cuando se lo tienes que decir a alguien. Estoy TAN enamorada. O escalar me gusta TANTO. Empiezas con alguien y todo el tiempo que pasas con esa persona te parece poco. Yo me quito la cuerda y ya estoy loca por ponérmela otra vez. De esa persona te parece adorable hasta la forma que tiene de rascarse la nariz. De escalar me gusta ir al campo, me gusta ir con gente, me gusta que te aseguren y asegurar tú. Asegurar es bonito: mola que pongan en ti toda esa confianza. Me gusta el respeto que hay en general por el que está arriba peleándose con la piedra. Me gustan las palabras de ánimo desde abajo. Me gusta estar arriba y encontrar por fin la manera de subir un poco más, porque eres capaz de percibir cómo está tu cuerpo, la relación entre tus fuerza, el equilibrio y el tamaño del agarre.

He estado estupendamente a gusto este fin de semana en Bolonia. Aunque he escalado menos de lo que querría, claro, pero quién no. Quién no se marcha de la cama de su enamorado como si le estuvieran arrancando por la fuerza. La zona es preciosa: las rocas están rodeadas de árboles y se alzan sobre una extensión de colinas y campos que terminan junto al mar. Desde la roca se ve la forma de las olas: lar cortitas, picadas y peleonas del levante; las largas, remolonas y cuasi-sensuales del poniente.

Cuando estoy en el campo me relajo. Me dan igual la mugre, los bichos, dormir en la tienda con la cadera clavándose contra el suelo y recordándome que ya no estoy en los scouts ni tengo doce años. Atardece despacio. No te pasa eso que ocurre en la ciudad, de estar de repente en una habitación viendo la tele o trabajando, y mirar al exterior y darte cuenta de que ha anochecido. Puedes sentir cómo las sombras se alargan, la luz se vuelve cada vez más mortecina y a ti te entra una nostalgia dulce de pensar que ya no habrá más día hasta mañana.

Por la noche hablo por teléfono con llamémosle interlocutor adorable (IA), un personaje de reciente aparición en mi existencia del que no voy a decir mucho más, salvo que es adorable y punto. Me alejo del grupo y camino a tientas por entre las piedras. La oscuridad no me da ningún miedo; casi me parece peor el cerco de luz tramposo de la linterna, que te deslumbra y te impide adaptarte a la poca claridad que den la luna o las estrellas. Esta visión tan poética ha estado a punto de costarme un tobillo en alguna ocasión, pero me da un poco igual.

Termina la conversación con IA y me quedo sentada en el suelo, y después me tumbo en la hojarasca con las manos hundidas en la tierra. Pienso vagamente que podría haber algún bicho muerto o (más plausible) algún clinex sucio bajo mi espalda, pero me da igual. No me importan ni el frío, ni la piedra que se me está clavando en las costillas ni las hormigas que empiezan a subirme por las piernas. Hay incluso algo de agradable en esa sensación de estar siendo fagocitada por el suelo, como si las hojas y los bichos me estuvieran acogiendo. Estoy tan tranquilita y tan zen. No sé si será por haber escalado, por IA o por mi momento campestre, pero en este instante podría morirme aquí, comida por las hormigas o apuñalada por algún asesino rural y loco, y me daría igual.

Me están saliendo hasta musculitos, que lo sepáis. Yo pensaba que entre el hombro y el codo sólo tenía piel y grasilla, pero resulta que no. Me siento ágil y dueña de mis extremidades. Me fascina todo lo que me queda por conocer de este deporte, y me encanta sentir que es muchísimo y que me puede acompañar un montón de tiempo. Espero que esto no se tuerza, igual que una espera con optimismo que una relación no se joda nada más empezar. Pero en los comienzos hay que tener fe. Realismo, sí, y a cabeza en su sitio para no pegarse un batacazo real o figurado, pero también un soplo de fe. El aliento que necesitan las cosas hermosas para estar vivas. El optimismo necesario para decidir levantar los pies del suelo.

sábado, 23 de julio de 2011

11. Vida.

Tenía preparada una mini entrada muy ocurrente sobre mi epitafio perfecto. Pero qué va, paso. Me da mal rollo. No quiero morirme; no ahora. Así que pensad en mí, que esta noche estaré durmiendo en Bolonia, al abrigo del viento de poniente dentro de mi tienda Quechua. Pensad en mí trepando, bañándome en la playa, tomando el sol y sonriendo todo el rato. Morid de envidia, o no, porque quizá también vosotros estéis haciendo cosas bonitas. Y esperad a mañana, que prometo escribir más.

viernes, 22 de julio de 2011

10. Aquí/así vivo yo

Alguien me pidió hace un tiempo que comprobara cuántos de estos propósitos había cumplido. En lugar de eso, voy a hablaros de mi casa tal y como es, sin compararla con ninguna casa ideal. Porque las casas ideales, como las personas ideales, no existen.

Mi casa es fabulosa de principio a fin. Es pequeña, pero yo también, así que nos entendemos. El salón está pintado en burdeos y verde, que cualquiera diría que vaya horror de combinación de colores. Pues qué va: quedan de puta madre, porque mi casa es cien por cien luminosa y ni los colores más oscuros del mundo consiguen apagarla. Por el balcón se ven tejados blancos gaditanos, sucios de humedad y de viento, y como delante no tiene ningún edificio le da el sol toda la tarde. Por eso en verano es un hornito, pero a mí no me importa, porque enciendo el aire acondicionado y me abstraigo o, mejor aún, agarro la silla de playa y me voy a tirarme al sol a Cortadura.

Lo que más me gusta de mi casa, 1: el sofá. Ya hablé de él en el post de las siestas. Es el sofá perfecto, porque tiene chaise longue para leer, y cuando te echas la siesta en la parte no chaiselonguera puedes extender la almohada por la parte chaise longue y no se cae al suelo. Es blandito y amplio, y como soy pequeña quepo estirada de sobra. Y no hay nada como siestear en el sofá sabiendo que nadie va a interrumpirte.

La cocina es un armario. Verídico. Se abre y se cierra y es diminuta. Tiene dos fuegos, un fregadero de un seno (jijiji ha dicho seno), una mininevera y una mesita auxiliar que parece una tabla de planchar. Lo bueno es que desde que hago paleodieta ya no cocino tanto y mis hábitos están más bien simplificados (fríete algo y aliña algo), así que con mi cocina-armario me basta y sobra. Además, tiene el modo negación: cuando no quiero asimilar que tengo platos sucios desde ayer, cierro el armario y hala: ya no hay cocina. Y yo puedo dormir la siesta en mi sofá chaiselonguero.

Además de la mininevera, que lleno de botellas de agua para que no me falte agua fresquita en verano, también tengo una nevera grande con frigopoesía pegada. El paraíso es no tener que compartir la nevera con nadie, que lo sepáis.

Luego está la despensa, que se organiza por estratos. En los estratos más oscuros tenemos aquello que estaba aquí antes de que yo llegara, y que no tengo claro lo que es. Recipientes extraños, insecticidas contra insectos desconocidos, botes de pintura burdeos y verde. Luego están los estratos de comida no-paleo y comida regalada por el Carrefour cuando le dio por regalar comida y la chica de la caja me obligaba a llevármela. Si alguien quiere un kilo de galletas María, por favor, que se ponga en contacto conmigo. Mi despensa es uno de esos lugares de mi casa que siempre digo que ordenaré y nunca ordeno. Como el altillo de mi armario, por ejemplo.

El baño es pequeñito, lo cual está bien porque se limpia en un plis. Cada dos meses o así me da la neura de que tengo demasiados potingues acumulados y tiro la mitad. Aun así, no me resisto a comprar porquerías nuevas en el Carrefour cada vez que voy, y acabo con los cajones llenos de guarradas que no uso nunca, tipo keratina y exfoliantes para la cara que no puedo ni oler. En la ducha tengo un surtido de geles que voy alternando según el estado de ánimo. Si me siento ni fu ni fa, pues un gel super soso de Sanex y un champú chungo Pantene, ambos transparentes. Son sosos hasta en el color. Que estoy depresiva y/o muy animada, pues un gel de Lush que huele a jazmín como si te hubieras revolcado en una biznaga gigante, un champú que es como lavarse con zumo de naranja y mola mil, o un exfoliante de vainilla que rasca mucho pero huele genial.

El dormitorio está pintado de un celeste un poco intensito, para mi gusto. Hace poco que le compré sábanas de adulta a la cama, muy suaves y con rayas de color pastel. Mi cama es lo segundo que más me gusta de mi casa. Es sencillamente perfecta. Está completamente firme, no le suenan los muelles y es gigante y toda para mí. Me permite hacer la X y cambiar saludablemente de posición toda la noche. Mi cuarto es como el cuarto de los niños de los Simpson después de que Sherry Bobbins limpie: si respiras, todos los trastos que tengo guardados en sitios semiocultos saltarán y devorarán el poco espacio que quede libre.

Me olvidaba de la terraza. En ella está el tendedero, que siempre tiene ropa porque soy una floja y odio recogerla, y mis tres plantas, que después de pasar un glorioso invierno bajo la lluvia ahora se mueren de inanición porque me olvido de regarlas. Son una albahaca, una hierbabuena y un geranio (puedo comerme dos de tres, es un buen porcentaje). Me gustaría ser una persona capaz de cuidar las plantas, pero no lo soy, qué le vamos a hacer. Puedo fantasear con que algún día tendré un huerto, pero teniendo en cuenta que soy la única persona del planeta que fue capaz de matar de sed un cactus, no creo que eso suceda nunca.

Me encanta mi casa. Me encanta y me encanta, y a veces cuando me voy a trabajar le doy besitos y le digo que volveré pronto, que no se preocupe. La cuido poco, en el sentido de que la desordeno mucho y limpio lo justo, pero creo que ella me comprende, a mí y a mi atolondramiento perpetuo. Siempre está dispuesta a poner la cocina en modo negación y acogerme en el sofá, o a que haga un hueco en la mesa del salón, coloque el portátil entre un montón de objetos raros y me ponga a escribir.

Para terminar, he seleccionado algunas fotos que hice en mi casa cuando estaba aprendiendo a manejar la reflex. No son gran cosa como fotos en sí, pero espero que al menos os hagáis una idea.


Mi sofá el día que me puse reyes a mí misma.


Frigopoesía.


A veces compro flores. En verano no, porque se pochan.


Haciendo el monguer en el sofá con las exposiciones largas. Creo que una de las Marinas soy yo y la otra es mi ego monstruoso.


Mañanas de paleodesayuno y Anatomía de Grey en el portátil.


El interior de la cocina armario. La taza de la vaca es mi favorita.


Secando calcetines y leyendo a Harold Brodkey.


Mis plantas, esplendorosas cuando el cielo se encargaba de regarlas por mí.


Una de mis estanterías. Juro que el libro de Shopaholic no es mío.


Sofá, Anagrama y mantita. Nostalgias invernales.


Mi guitarra. Normalmente está en su funda, pero así quedaba más molona.


Cielos de Cádiz desde mi ventana.


Recuerdo cuando soñaba con tener mi casita durante la carrera. Con no tener que aguantar fiestas Erasmus, con no encontrarme la lavadora ocupada cuando reunía el valor para poner una, con que el Húngaro no me robara los huevos cuando yo no miraba. Con escribir en el salón sin que me interrumpiera nadie y dormir la siesta en el sofá ídem. A veces echo de menos vivir con gente, pero en general estoy estupendamente bien aquí. Los sueños se van cumpliendo poco a poco, que lo sepáis.

PD: En realidad, he cumplido bastantes propósitos.
PD2: Este post es largo y con fotos porque el de mañana va a ser muy corto. Avisados estáis.

jueves, 21 de julio de 2011

9. Encuentro inesperado

Estoy sentada en mi cuarto de estar, con los antebrazos doloridos y los dedos despellejados, incrédula y sonriente. A Santiago Segura le preguntaron después de estrenar Torrente que si estaba preparado para el éxito que había supuesto la película. Él contestó que por supuesto que estaba preparado para el éxito; para lo que no estaba preparado era para el fracaso.

Así que yo no estoy preparada para la soledad ni para el sufrimiento. Estoy preparada para conocer a personas como tú. Estoy preparada para la felicidad y diseñada para vivir como vivo últimamente, agradecida y sorprendida a cada momento por la de cosas buenas y bonitas que me están pasando. Por poder escribir aquí todos los días y tener las palabras suficientes para hacerlo. Por poder agrandar los momentos para que todos quepamos en ellos. Por escalar, por las heridas, por el dolor en los antebrazos.

Hoy he ido otra vez al roco, ¿sabes? Bueno, claro que lo sabes, te lo he contado al volver, mientras daba vueltas por mi casa espídica y entusiasmada, con el móvil en una mano y el yogur en la otra. Nunca he sido deportista. En las clases de educación física del cole había dos grupos: uno de niños que jugaban al fútbol y otro de niñas que jugaban al mate. Yo me iba con las niñas y jugaba mal. Ahora resulta que voy al roco con tíos musculosos y ágiles, y de verdad de verdad que no lo hago por ver si pillo cacho, sino porque me gusta un montón. Y estoy ahí con los gatos puestos, cubierta de magnesio, gritando cuando me caigo en los colchones y pensando: quién me ha visto y quién me ve. Subiéndome a la pared sin miedo aunque ella se empeñe en escupirme.

Y hoy hablo contigo y me sorprende la frescura de tu voz al otro lado del teléfono, me sorprende que no se te acabe la conversación y esa mezcla encantadora entre sinceridad y timidez. Me dan ganas de decirte: vámonos por ahí, joder, me cojo las vacaciones MAÑANA (y sí, en mi mente son mayúsculas) y me llevas al Naranjo de Bulnes o a donde sea. Para eso sí estoy preparada. Para lo que no estoy preparada es para pasar los días adormecida en la consulta del médico de cabecera, sin saber cómo sentarme en la silla, mientras el sol hace su recorrido detrás de las ventanas sin que yo pueda verlo.

Pero va, también estoy agradecida por eso, porque atención primaria es entretenido y salgo prontito, y al fin y al cabo me gusta mi trabajo aunque sea entre cuatro paredes, y después puedo ir y venir en mi moto y pasarme las tardes en la playa en completa holgura craneal, mientras escucho música, o leo un libro, o charlo contigo sobre acosadoras virtuales y traumas infantiles con la natación.

Así que bueno, este post es todo inconexión, pero qué quieres que te diga: es tarde y sólo he cenado un yogur. Además, en realidad no es más que una excusa. Sólo quería darte los buenos días.

miércoles, 20 de julio de 2011

8. Mis vacaciones ideales (sé que parece el título de una redacción del cole)



Primero me voy una semana al Caribe, a un hotel de estos de pulserita con todo incluido. Me paso el día en la playa en un estado de absoluta holgura craneal. Voy con amigos de confianza, preferentemente el tipo de amigos que te deja tu espacio y que no se molesta si quieres pasarte el día leyendo o dormitando. Tengo una aventura breve pero intensa con un monitor de actividades que no está demasiado moreno ni demasiado petado, y que me lleva a ver el atardecer sobre el mar desde acantilados especiales y secretos. Como ensaladas ricas y frutas tropicales en un bufé que compensa su poca calidad con su mucha variedad y con la espléndida sensación de creerte que estás comiendo gratis. Estoy tan relajada que mi cerebro debe de tener la consistencia de una medusa.

Después voy a Málaga unas cuantas semanas, las suficientes como para sentir que tengo unos años menos y estoy de vacaciones universitarias. Me paso el día entre el Balneario, la casa de Metemary, el Café con Libros y calle Granada. Visito a mi amiga Julia y nos echamos las cartas de Osho, medito con MQEN y cenamos en el vegetariano de la Merced, me echo una cerveza con el Señor K. porque nuestro contrato de ciber-amistad establece que debemos vernos en persona una vez cada dos años, mínimo. Voy a ver a mis tías a Torre del Mar y me ceban a pescaíto frito y leche con sirope de fresa. Me voy con mi primo de fiesta y me emborracho, porque es a la única persona del mundo a la que no le sé decir que no bebo alcohol. Me gasto la paga extra en esmaltes de uña de Kiko, libros raros de la FNAC, guarradas olorosas de Lush y demás productos exóticos que no puedo encontrar en Cádiz. Voy con las niñas al Elementus a oír flamenco y comer tapas ricas. Le toco a Elsa la panzota de ocho meses y pongo la oreja para ver si escucho cómo nada Tahira en su casita submarina.

Después me voy a Dhamma Neru, porque ya me vale, que no medito desde que era chica. Hago un curso sentada y después sirvo unos días, a ver si consigo inyectar en mi cerebro algo parecido a la firme determinación. Aprovecho que estoy allí y me quedo unos días en Barcelona visitando a la gente que conocí en el último curso y a la que seguro habré conocido en éste. Vagabundeo por la ciudad ardiendo, visito el Parc Guell y el de la Ciutatella, desayuno pa amb tomaquet todos los días a pesar de la paleodieta.

Luego paso unos días en el campo, preferentemente en los Pirineos, aunque no tengo muy claro cómo ni con quién. Lo que sé es que camino, escalo, me baño en las pozas y duermo al raso. Mi acompañante o mis acompañantes son gente maja, sencilla y con buen humor, gente física y bronceada que no saben que yo en realidad soy una gafapasta y tengo un blog donde me las doy de interesante. Quizá conozca a algún chico majete, un chulazo moreno que me asegure en vías facilitas para que vaya de primer y luego monte vías chungas para inspirarme deseos muy sucios mientras le veo trepar sin camiseta.

Por último, vuelvo a Cádiz. Paso los últimos días de vacaciones durmiendo hasta tarde, meditando, leyendo y tostándome en Cortadura. Compro salmón fresco en el mercado y me lo como a la plancha con ensalada de aguacate y gazpacho, mientras asomo los pies desnudos por el balcón abierto. Paseo por el Baluarte de la Candelaria cuando anochece y observo cómo choca el agua del mar contra los muros, y luego vuelvo a casa, olfateando la dama de noche a través de las verjas cerradas del Parque Genovés. Cuando llego a casa entra el vientecito de poniente por la ventana y se escuchan amortiguados los sonidos de la calle, y yo paso lo que queda de día escribiendo, charlando por el facebook de chorradas, canturreando a todo volumen música hortera en el spotify y tocando la guitarra. Luego me tumbo en mi cama de matrimonio, hago la X justo en el centro, y cuando me he hartado de mantener una postura que uso básicamente para expresar lo mucho que me gusta dormir sola, me giro a un lado, me acurruco sobre las manos juntas y me duermo escuchando (ya lo sabéis) cómo el viento toca los edificios con su sonido de flauta monstruosa.

(Ahora acepto sugerencias sobre qué hacer con mis reales y escasos veintiséis días de vacaciones. Snif, snif.)

martes, 19 de julio de 2011

7. Sueño

Últimamente sueño con chicos que hablen poco. Sueño con un tío sano, alegre y buena persona, que me acepte como soy y que no quiera que rellene sus expectativas como si fuese masa en el molde de su mente. Sueño con poder llevar junto a alguien vidas paralelas, como Frida Kalho y Diego Rivera en sus casas comunicadas por un puente. Sueño con un compañero de cordada que me asegure desde el suelo mientras yo trepo, de forma literal y metafórica. Sueño con echarme un amante entre semana y tener los fines de semana para mí. O viceversa. Sueño con que me miren y me vean, y también con polvos estrambóticos en sitios inesperados. Sueño con chicos guapos, claro. Puestos a soñar.