massobreloslunes

viernes, 19 de agosto de 2011

35. Vestidos del Averno, toma 1

Bueno, pues después de ver el exitazo de mi post de ayer, voy a escribir sobre lo del vestido, a ver si os mola más. Quiero que sepáis que cada vez que un post se queda sin comentarios, Dios mata a un gatito y yo me voy a la cama llorando. Dicho esto, ahí voy con el tema del vestido.

Es por todos sabido que yo a la boda de mi primo quiero ir estupenda. Porque es mi primo, porque lo idolatro y porque a pesar del Acné del Averno últimamente estoy alcanzando cotas de atractivo nunca vistas en mi persona. En primer lugar, ¡¡estoy morena!! Un moreno verídico, del que te ve la gente y te dice "qué morena estás". Si estoy o no invirtiendo en un futuro melanoma, pues no lo sé, pero yo me veo guapísima. Además, ya os he contado que me estoy poniendo fuerte como los limones, así que ahora me quedo en los probadores mirándome de arriba abajo y preguntándome si eso que veo bajo mi ombligo son mis abdominales. A lo mejor para los demás estoy normalita, pero yo qué sé, yo me veo guapa y eso es lo que importa.

Ahora bien: entre la estupendez bodil y yo se alza una barrera del tamaño de los Urales, a saber: el absurdo concepto de moda de los diseñadores del planeta. Yo no lo entiendo, de verdad. De moda no sé un carajo, pero sé lo que favorece a las mujeres en general y lo que no. Creo que podría diseñar vestidos razonablemente bonitos sin quebrarme mucho. A lo mejor no serían rompedores y tocados por el genio de los grandes, pero favorecerían a las mujeres aunque no tuvieran el cuerpo de Gisèle Bundchen (un poner).

Así que ayer iba yo por el Corte Inglés aberrando de los diseñadores y de la madre que les parió. ¿Por qué, por qué ese empeño en fabricar, producir y distribuir ropa fea? La ropa fea me pone triste. Iba entrando por la puerta del CI de Cádiz que, por cierto, es el primer CI con ventanas que he visto en mi vida y me requetechifla, y rezando silenciosamente una oración: Señor, que encuentre un vestido bonito y no muy caro. Que me luzcan las piernas y el escote. Que tenga un poco de vuelo, así rollo princesita. Y preferentemente rosa.

Primera parada: las marcas baratuzas del Corte Inglés: Fórmula Joven y compañía. Antes de empezar, debo decir que a mí el CI me mola. Creo que el mundo se divide entre personas a las que les mola el CI y personas a las que les aberra. Yo no sé si es porque mi madre me ha llevado allí de siempre y lo tengo condicionado a bonitos recuerdos, o porque es amplio y no suele estar muy lleno, o porque todos esos objetos ahí expuestos me tranquilizan de una forma extraña, pero me gusta el CI. Yo sé que no encaja con mi imagen de chica espiritualgafapastaaventurera, pero es lo que hay.

Como os decía, entro a la sección baratuza. Y he ahí que ya empiezo a aberrar de entrada, encontrándome con varios conceptos de la moda que ni me gustan, ni favorecen, ni deberían existir en esta dimensión. A saber:

1) Los vestidos asimétricos. A ver, diseñadores: la simetría es belleza. Lo decían los griegos. ¿Por qué asimétrico? ¿Por qué un solo tirante? Lo asimétrico no queda bien. En un cuerpazo escultural puedes decir: qué chulo el vestido. Pero es mentira. Lo chulo es el cuerpazo y sería más chulo con un vestido simétrico.

2) El azul petróleo. Ese color que se inventó para deprimir a las masas. Crear vestidos del color de un mono de trabajo: nunca lo entenderé. Es triste, no favorece a las rubias, no favorece a las morenas y sin embargo, vuelve sistemáticamente cada X temporadas. Quizá sea un mecanismo oculto de control político. Aquí los paranoides antisistema tienen mucho que decir.

3) Los lazos y los moñoños. Ese momento de tu existencia en el que ves un vestido estupendo, de un color que favorece y con una forma que podría quedarte bien aunque no seas una top model, y a alguna mente iluminada se le ha ocurrido colocarle un lazo o moñoño en algún lugar bien visible. Para darle el toque. Para hacerlo original. A ver, diseñador de Satán misógino de los cojones, que yo no quiero ser original, que yo quiero estar guapa y sexy, y es muy complicado ser sexy con un moñoño en la pechera.

4) El palabra de honor. De nuevo tenemos un concepto sólo apto para mujeres esculturales y con todo en su sitio. ¿Qué nos pasa a las mujeres normales, es más, incluso a las mujeres fuertes como limones? El palabra de honor es un desafío a la gravedad: tiene que sostenerse sin esos inventos bonitos, favorecedores y bellos en su útil simpleza que son los tirantes. ¿Cómo se sostiene? Pues por presión. Entonces hace su aparición el concepto que me aberra de los PH, a saber: la molla sobaquera. Ese pliegue de piel entre tu sobaco y el vestido que te hace parecer una morsa pellejosa y que aniquila tu capacidad de lujurizar.

Todos estos conceptos, todos, estaban presentes en la sección de marcas baratuzas del CI. Me probé varios vestidos con PH porque no eran azul petróleo, pero me repelió la molla sobaquera y me dediqué a sacar bíceps frente al espejo en ropa interior. Algo es algo.

Después caminé lenta pero inexorablemente hacia la zona cara. La zona "de firmas". El tema de las firmas es curioso. Tú ves una marca que no habías escuchado en tu vida. Agarras una etiqueta, miras los precios y dices "joder, pues debe de ser buena", y entonces ya miras la marca desconocida con respeto renovado. Si queréis triunfar en el mundo de la moda, poned la ropa muy cara desde el principio y punto.

Mi intención en ese momento era ver si por casualidades del universo había algo muy rebajado, mono, sexy, rosa y etc que pudiera llevarme sin arruinarme. Pero me conozco y soy de las que cuando va de rebajas se le antoja la ropa de la nueva colección. Es que no me jodas. Entras en una tienda de rebajas, que parece que ha pasado una manda de elefantes locos por allí, y ves muy colocadita en una esquina de la tienda la ropa de nueva colección. Brilla con un aura prohibida. Parece mucho más bonita y favorecedora que los trapajos de tallas extremas que quedan después de que los elefantes haya arrasado con toda la ropa mona de talla 38.

Total, que me voy por las ramas. Empiezo a dar vueltas por la sección cara con expresión de "aunque vaya en chanclas, podría ser como Julia Roberts en Pretty Woman". No hombre, puta no; podrida de pasta por cuestiones de la vida y dispuesta a gastármela en un vestidazo. Así que al loro, dependientas presumidas.

Llego a una marca de cuyo nombre no puedo acordarme (no sirvo para el fashionismo) pero que me sulibeya enseguida. Vestidos bonitos, con buenos cortes y pinta de sentar bien. Ojeo las etiquetas. Joder, 150 euros pone la primera que miro. Entonces reparo en que no son euros, ¡son libras! Antes de que me dé tiempo a mirar la equivalencia comienzo a darme autoinstrucciones: vaale, Marina, quiero que te quedes tranquiliiiita y dirijas suavemente tus pasos hacia la zona barata de los moñoños. Aléjate de aquí, ¡Aléjate!

Entonces lo vi. El Vestido. De tirantes, una tela rollo sedosa-vaporosa, por las rodillas, ajustado a la cintura, con un bonito escote... ¡y rosa! Mis autoinstrucciones seguían: Vaamos, Mariiina, aléjate, ¡no te veo alejarte! Pero el vestido me llamaba. Me llamaabaa. Así que me dije "me lo voy a probar, si total, aunque no me lo lleve, por lo menos me doy el gusto de mirarme al espejo con algo que no me haga molla sobaquera". Leí la etiqueta con miedo y respeto. Ciento ochenta euros. Al loro. Entonces experimenté una disociación. Mi mente decía "suelta el vestido, suéltalo, suéltalo, no te vas a comprar un vestido de ciento ochenta euros, te pongas como te pongas, que tienes que comer y pagar la luz y echarle gasolina a la moto". Mi cuerpo, entre tanto, estaba mirando las tallas como un chalado.

Total, que me lo probé. Estaba preciosa de la muerte. Resaltaba mi dorado gaditano y mis piernas no muy largas pero formaditas. Princeseé frente al espejo mientras la Dependienta Presumida (DP) me gritaba al otro lado de la puerta si necesitaba más tallas, con voz de "si manipulas la etiqueta para llevarte el vestido llamaré a seguridad". Hice cálculos. Me pregunté si podría sobrevivir un mes a base de arroz. Me propuse ir en bici a todas partes y ganarle la guerra a la dependencia del petróleo. Al final me quité el vestido con lágrimas en los ojos y se lo di a la DP, que me miraba con expresión de compasión por mi pobreza.

Aquí termina el relato de mi primer intento de comprar el vestido del bodorrio (en adelante, VB), que se saldó como sigue: Marina, cero; diseñadores de Satán+limitaciones económicas, uno.

Seguiremos informando.

jueves, 18 de agosto de 2011

34. El miedo



Ayer estuve escalando. Sí, otra vez. Sí, soy un coñazo. No os preocupéis, que en breve (quizá hoy mismo) voy a abrir un blog sólo de escalada donde hablaré de escalada hasta que reviente sin temor a aburrir a mis lectores.

La cosa es que ya expliqué el tema de ir de primero e ir al torro. Alex, que sabe mucho de la escalada y de la vida, me dijo que intentara ir de primera todo lo que pudiera. La explicación es que cuando vas de primera cuentas con un factor que es mucho más poderoso que el tamaño de los agarres o la dificultad de la vía, a saber: el miedo. Es muy curioso cómo cambia el cuerpo a medida que te alejas de la última chapa y empiezas a contar con el factor caída. Estoy segura de que es más fácil escalar con pesas en las piernas que con miedo. Y al final está ahí y te tienes que relacionar con él, integrarlo y superarlo.

Yo siempre he sido miedica. Desde pequeña. Cuando iba a los campamentos de los scout era la típica que se tapaba los oídos cuando se contaban historias por la noche. Ahora creo que mi problema era que tenía demasiada imaginación. Los demás niños estaban muertos por dentro y claro, les daba igual lo que les contaran, porque se metían en el saco y se quedaban en modo encefalograma plano; yo, sin embargo, de un par de frases me sacaba una historia truculenta y vívida que no me dejaba dormir. Al final me inmunicé sola contra las historias de miedo leyendo cuentos de terror hasta que perdían el sentido. Así era yo de pequeña: recia.

El miedo vital es otro rollo. Es la emoción que subyace a todas las demás emociones negativas. Tenemos celos porque nos da miedo perder a alguien. Somos infieles porque nos da miedo quedarnos con la persona errónea. Nos ponemos a la defensiva por temor a que nos hagan daño o nos alejamos por miedo a sentir. Y lo paradójico y absolutamente estúpido de todo esto es que al final el miedo se basa en una sensación de seguridad que es falsa. Noticias frescas: nada es seguro. El mundo podría reventar mañana mismo. Planeamos nuestros movimientos basándonos en cálculos de probabilidades que pueden ser muy cercanos a la realidad, pero que no dejan de ser eso: cálculos. Aproximaciones. Ideas.

Por eso, cuando me entra el pánico me digo que al final sólo se puede surfear en el filo de la ola que es este preciso momento. Y cada vez tengo menos miedo, o mejor dicho, cada vez intento decidir menos basándome en el miedo. Creo que son las peores decisiones que pueden tomarse. Son decisiones que van con el no delante. Propósitos de cadáver, como los llamaba un libro sobre Terapia de Aceptación y Compromiso, porque no hay nadie más tranquilo y seguro que un muerto.

Si escalas, o si vives, tira y tira y tira para adelante, joder, que si te caes te caíste y si te matas te mataste. La muerte está presente ahí, todo el rato. Hoy iba con la moto tranquilamente, adelantando a un autobús parado en un semáforo, y resulta que dos tíos estaban cruzando delante del autobús, justo por mitad del paseo. Si hubieran cruzado una milésima de segundo más tarde, yo habría dado un volantazo/manillarazo y me habría ido a tomar viento al carril contrario. Y no es malo: es real. Puede pasar cualquier día, pasará algún día y debemos estar preparados. Mientras tanto, ¿a qué hay que tenerle miedo? Todo son sensaciones y sentir no va a matarte.

Y ya paro, que me estoy poniendo como superdramática. Que hoy dudaba entre escribir sobre el miedo o sobre la búsqueda infructuosa de un vestido para el bodorrio de mi primo y me estoy arrepintiendo de no haberme puesto a hablar de lo mucho que me aberra el raso azul petróleo.

33. Coincidencia

Estaban haciendo la compra en el Mercadona. Por el amor de Dios, qué nerviosa la ponía él en el supermercado. Iba de un lado a otro sin rumbo fijo, agarrando los productos de los estantes a medida que se acordaba. Ella insistía en recorrer todos los pasillos desde el principio, incluso el de comida para los animales que no tenían. Al final acababan haciendo las dos rutas: él llamaba a la primera "la de aproximación", y a ella le sacaba de quicio.

A veces, mientras compraban, se dividían por unos minutos y ella se acercaba a por compresas, por ejemplo, o él se daba una vuelta por la sección de vinos. Después se reencontraban dando vueltas entre las estanterías, y ella pensaba en lo extraño que era que de toda esa gente sólo le interesara él. Había algo consolador y desesperado en su figura acercándose a ella y en cómo sus ojos le miraban bajo el pelo. Le tendía las manos, a veces sosteniendo en ellas el vino o la mayonesa para someterlos a su veredicto, y ella lo aprobaba o le echaba la bronca por elegir siempre lo más barato y cutre, pero siempre estrechaba la mano libre y empezaba a andar con él en la misma dirección.

Llegaron a la caja registradora, mientras ella daba vueltas en la cabeza a la lista que nunca recordaban llevar y pensaba, como siempre, que si hicieran desde el principio un recorrido sistemático no se les olvidaría nada. Observó a las personas que les rodeaban. No sabía si sería el efecto de las luces halógenas, pero todos eran muy feos. Podía ver las arrugas, las manchas, los granos. La carne que sobraba sobre los músculos flácidos. El vello en el entrecejo y encima del labio superior.

Colocaron la compra en la cinta, pagaron, la guardaron en bolsas y salieron a la calle. Caminaron en silencio hacia el coche, él con las bolsas de más peso, ella con las más ligeras en una mano y el papel higiénico en la otra. Se pararon en el semáforo, dejaron las bolsas en el suelo y entonces él la miró y le dijo:
- Qué fea es la gente, ¿verdad?

Ella sonrió, conmovida por la coincidencia de esa momentánea percepción de lo feo. Pensó que quizá ése era el papel que él jugaba en su vida. Eres lo bonito. Eres la isla de belleza en la que puedo fijar mi vista mientras lo demás se desmorona.
- Es curioso - dijo -, porque mientras pagábamos he pensado exactamente lo mismo.

Le observó sonreír despacio bajo las pestañas espesas y le tocó suavemente la nariz con la mano. Y no le pudo dar un beso porque no le dio tiempo: el semáforo se había puesto en verde para los peatones, hacía calor bajo el sol y los dos tenían ganas de llegar al coche.

miércoles, 17 de agosto de 2011

32. Cuerpo

Lo del cuerpo es un rollo raro. Tener un cuerpo y que sea nuestro vehículo desde que nacemos hasta que nos morimos. Ser hombre, mujer, blanco, negro, alto, bajito y serlo para siempre.

A mí no me disgusta mi cuerpo. Sobre todo desde que estoy fuerte como un limón y tal, que me siento como si lo tuviera todo más en su sitio. Si me preguntaran qué cambiaría, supongo que al final lo dejaría como está (excepto en la piel de princesa: pediría una piel de princesa sin pensármelo dos veces). Pero sí que hay rasgos físicos que me llaman la atención y que me gustaría probar, aunque sólo fuera por un rato.

Por ejemplo: ser alta. Siempre me acuerdo de una chavala a la que conocí en Barcelona que era muy pequeñita, más que yo, y que siempre decía "Si jo fós alta... quantes coses faria...". No os equivoquéis: ser bajita está guay. Es cómodo para casi todo, excepto para colocar objetos en estantes altos. Pero cabes mejor en todas partes, te acurrucas en cualquier rinconcillo, te valen los tíos de cualquier tamaño y si estás desproporcionada no se nota tanto. Pero teniendo en cuenta que mi ego es del tamaño de Manhattan, creo que necesitaría unos centímetros más para proyectar la imagen de pedazo de tía segura de mí misma que anida en mi interior.

También querría ser flaca. Flaca de ésas que se atiborran a comer y siguen flacas porque es su complexión, o que sencillamente no aman la comida como yo la amo. Yo no soy flaca ni gorda: soy normal. Pero sé que hay una gorda dentro de mí que lucha por salir, y la tengo que mantener a raya a base de ensaladas y yogures vitalínea. Me gustaría poder comer desaforadamente y seguir divina. Aunque a lo mejor eso no es un rasgo físico, sino metabólico; quién sabe.

Otra cosa que me haría un montón de ilusión es tener la piel morena. Ir a la playa dos días y ponerme negraca. O, por lo menos, no repeler el sol en lugar de absorberlo, como me pasa ahora. Me gustan las pieles morenas. Me parecen sanas, bonitas y que quedan bien con todos los colores. Lo que pasa, por otra parte, es que me encanta ser rubia y estoy superapegada a mi color de pelo, y los dos rasgos mezclados quedarían un poco en un plan Leticia Sabater del que paso.

Por último, me gustaría probar durante unos días a ser perturbadoramente guapa. De esas tías que te caen mal en cuanto las conoces porque piensas: qué asquerosa, qué guapa es. De las que no tienen amigas porque siempre se llevan a los tíos y las demás se sienten un callo malayo a su lado. De las que reciben mensajes en plan "no sabes quién soy, pero te vi el otro día en la fiesta de Pepito y me encantaría conocerte". Pero sólo querría ser perturbadoramente guapa un tiempecito, en plan ver lo que se siente al causar ese efecto en la gente. Tiene que ser agotador y malísimo para el karma. Debes de sentirte en la obligación de demostrar vete a saber qué por ser tan guapa. Yo prefiero ser agradable a la vista y que después se me aprecie por mi interior.

Vaya post raro que me ha quedado. Estoy que me caigo de sueño. En realidad sé que ya había escrito hoy, pero es que me estoy volviendo una yonqui de sentarme aquí al final del día y soltar estupideces.

Hale, a dormir, que estar de vacaciones también cansa.

martes, 16 de agosto de 2011

31. Antes

Antes de saber que existías no me preocupaba que te abrieras la cabeza con una tabla de surf.
Me daban igual los minutos que le quedaban a mi tarifa plana.
Antes no pensaba en que me ibas a echar la bronca por escalar y no dejar puesta la primera cinta.
Ni consideraba estar sana como condición para poder verte.
Antes, la verdad, no tenía muy claro dónde estaba tu ciudad ni cómo llegar a ella.
No pensaba en mi vida como algo que contarte ni en mi barrio como algo que enseñarte.
Antes ciertas canciones eran sólo canciones.

No quiero echarte de menos. Echar de menos es restar, y tú no restas. Tú has ido sumando desde que nos conocimos.
Lo importante no es el tiempo que no estoy contigo; es la posibilidad de verte.
No es el momento de colgar, sino el el de coger el teléfono.

No es que no estás, sino que existes.
No es la frustración, es la ilusión.

Y ahora, hazme el puto favor de ponerte bueno. Monguer.

lunes, 15 de agosto de 2011

30. Joan y las noches de verano

Fotito de este finde en las escasas horas del día en que no hacía calor. ¡Mirad, tengo bíceps!


He vuelto hace unas horas de freírme de calor y no querer más que morirme escalar y playear en Bolonia, y estoy aquí esperando a ver si IA me da un toque para confirmar que ha llegado a casa y no se me ha matado de daño cerebral después de tener un pequeño accidente con una tabla de surf. Desde aquí te lo digo, IA: procura no matarte, por lo menos no antes de que vuelva a verte. He de comprobar que eres real y no un producto de mi imaginación calenturienta. Menos mal que te hice fotos.

Ahora estoy sentada en mi salón, con la ventana abierta y el aire acondicionado puesto, en un derroche de frescor veraniego que puedo justificar porque llevo tres días siendo natural y dejándome la vida en el puto desierto de Mojave San Bartolo, Cádiz. Ésta es, oficialmente, mi primera noche de vacaciones, es decir: mañana la gente que no esté de vacaciones trabajará y yo no. Muahaha. En realidad me caigo de sueño, pero voy a aguantar nada más que por joder y demostrar que nadie me obliga a madrugar mañana. Ah, y por comprobar que IA sigue vivo, no lo olvidemos.

Estar aquí en pijama, con la ventana abierta, el ordenador encendido y los ojos como platos me recuerda al verano de los dieciséis años, cuando me había hecho colega de la gente del club de montaña del colegio porque uno de ellos me molaba y me ignoraba. Curioso cómo se repiten los patrones; al año siguiente me hice amiga de otra gente totalmente distinta porque MQEN me molaba y me ignoraba. Menos mal que al final conquisté su corazón y mi amistad de conveniencia no fue del todo inútil.

Como decía, cuando tenía dieciséis años quedaba con la gente del club en el paseo marítimo de Pedregalejo. No sé si alguien de ese grupo me leerá todavía, porque últimamente me sale peña antigua por todas partes, pero si estáis ahí disculpad lo que voy a decir: vuestro plan era aburrido a morir. Nos limitábamos a sentarnos en el poyo del paseo marítimo y a charlar de chorradas. Además, el chaval que me gustaba era muy guapo, muy lindo y tenía una tripa perfecta, pero su conversación estaba al nivel de la de una ameba. Lo que yo hacía aquel verano era pasar unas horas muriéndome del aburrimiento en aquel paseo marítimo, hacerle ojitos a Guapo Simple (en adelante, GS) y largarme a casa cuando la cosa empezaba a decaer.

Cuando llegaba a casa mi madre y mi hermano solían estar dormidos o ausentes. Entonces encendía mi enorme ordenador de mesa y me quedaba en pantalones de pijama y sujetador. Por aquella época conseguí la enorme proeza de acumular unos tres sujetadores de mi mini talla y me encantaba ponérmelos y sentirme adulta. Abría las dos ventanas de mi cuarto, enchufaba el antimosquitos y me dedicaba a escribir y a hablar por el messenger con Joan, un chico catalán al que había conocido después de colgar un poema en un foro (ya apuntaba maneras, yo).

Joan era muy majo. Tampoco es que le diera el coco para mucho muchísimo, pero era un chico dulce y como superexótico, ¡¡catalán!! Yo me lo imaginaba guapérrimo. En aquella época no existía el Facebook, recordemos, y tampoco había dos cámaras digitales por habitante, así que Joan y yo no habíamos visto fotos el uno del otro. Él se describía como delgado, moreno, pelo rapado y ojos verdes y claro, en mi mente se dibujaba un cañón monumental (imagino que parecido al que se proyectaría en la suya cuando yo le dijera que era delgada, rubia, ojos castaños y pequeña-pero-proporcionada... cuando en realidad yo con dieciséis años era un callo pero total, admitámoslo).

En resumen, que Joan y yo hablábamos un montón de rato por el messenger todas las noches. Él tenía la letra roja y cometía muchas faltas de ortografía porque decía que el castellano se le daba mal. Con él aprendí mi primera frase en catalán, chispas, que era "et veig als meus somnis" (te veo en mis sueños). Sí, de ese rollo íbamos Joan y yo. Quién me iba a decir a mí que acabaría viviendo en Barcelona y parlant català com la que mès.

A pesar del planazo vital que me traía yo, a saber: babear por GS, aburrirme, volver a mi casa y dedicarme a escribir y chatear, recuerdo aquel verano como muy agradable. Me lo pasaba muy bien charlando con Joan. Era emocionante. También escribía mucho, y fue entonces cuando empecé mi novela física o química recientemente terminada y a la espera de ser impresa y quemada en un vertedero. A las tres o a las cuatro de la mañana bajaba a la cocina y cogía guarradas de comer, como pavo mojado en salsa de yogur o salchichas crudas con ketchup y mayonesa. Subía y comía con una mano mientras tecleaba con la otra. Me acostaba a las mil, me levantaba a las mil y en fin, veraneaba a lo adolescente furibunda.

Al final quedé con Joan un par de veces en Barcelona: una cuando fui a hacer la matrícula con Elsa y otra cuando ya vivía allí. De la vez con Elsa no recuerdo nada. Creo ese día nos habíamos levantado a las cuatro de la mañana para coger el avión y que luego desayunamos cinco veces, así que entre eso y que me parece que Joan traía marihuana, la amnesia es casi comprensible. Desde aquí proclamo: Els, si tú te acuerdas de cómo era el chaval, por favor, refréscame la memoria. La otra vez fui a su casa y escuchamos música en el ordenador mientras su madre y su abuela veían la tele en el cuarto contiguo. Su madre estaba medio depresiva y su abuela tenía una pinta muy extraña, súper arrugada, vestida de negro y catatónica como el padre de Torrente. De Joan recuerdo dos cosas: una, que era más bien feo, y otra que parecía mucho más interesante por el Messenger que en la realidad. Aun así, le tengo cierto cariñito.

Ahora mi vida ha mejorado, en general, y me lo paso mejor en el mundo 3D. Chateo menos y charlo más. Ah, y me pongo en pijama, que el sujetador a estas alturas me incomoda un poco. Pero diez años después no dejan de tener su gracia las noches de verano, cuando no hay que madrugar y puedes escribir con las ventanas abiertas, comer guarradas a media noche e ir conociendo poco a poco a algún chico guapo de ojos verdes al que encontrarte después en la realidad y en los sueños.

sábado, 13 de agosto de 2011

29. Psicóloga

Hoy me he puesto a pensar en por qué me hice psicóloga. Mi madre dice que para ser feliz tienes que acertar con el trabajo y con la pareja, y aunque creo que es mucho exigirse a uno en cuestión de precisión vital, sí que es verdad que equivocarse en cualquiera de las dos áreas acarrea mucho sufrimiento. A mí me gusta mi curro, así que al menos no vivo en la angustia vital de estar vendiendo mi tiempo al mejor postor sin sacar nada a cambio. Es una suerte muy grande y no está de más recordármelo de vez en cuando para ser capaz de apreciarlo.

Una cosa que me gustaría dejar clara es que no creo que ser psicóloga sea el único trabajo que me puede hacer feliz. El trabajo de mi vida sería ser escritora full time, seguro. Creo que he nacido para eso. Pero por cuestión de prioridades en la vida y por no convertirme en una John Kennedy Toole más rubia y con menos talento, he decidido aplicar eso del primum vivere, deinde scribire, o más bien primum laborare y ganar dinero, que eso ya no sé decirlo en latín.

Pero incluso no siendo escritora ni siendo psicóloga, estoy segura de que hay muchos otros trabajos que me podrían hacer feliz y que podría desempeñar bien. Tiendo a entusiasmarme con las cosas. Casi cualquier profesión que fuera un poco creativa y que me permitiera aplicar la inteligencia podría valerme. A veces me planteo incluso que en algún momento me gustaría intentar algo completamente diferente, como vivir en el campo, trabajar en la naturaleza o ser cirujana menor para pasar los días tocando el cuerpo de la gente.

Aun así, ser psicóloga se parece bastante a mi trabajo ideal. La primera e importante razón es que me permite usar el cerebro. Cada consulta es diferente, y todos los pacientes retan tu capacidad de analizar, sintetizar, abordar, convencer y hasta manipular, en el buen sentido de la palabra. Y si eso me entusiasma ahora, que lo hago de forma intuitiva y sin tener ni puta idea, no quiero imaginarme cuando vaya controlando un poco más el asunto. También es muy creativo, sobre todo si como os he dicho no tienes ni puta idea y lo solventas inventando tareas raras y escenificando tú sola cuentecitos tipo Jorge Bucay.

Pero aunque me mola poner a prueba a mi cerebro, para mí no es la ventaja más importante de mi curro.

¿Queréis saber por qué me decidí al final a hacer psicología? Porque lo estaba pasando tan de puta pena después de haber dejado el periodismo y Barcelona que quería ayudar en lo posible a que otras personas lo pasaran un poco menos mal. Me di cuenta de que lo que más hace sufrir en esta vida es una mente mal entrenada. El infierno es uno mismo. Me atravesó una vocación tremenda por aliviar el sufrimiento ajeno, y es esa vocación extraña e inesperada la que me hace tirar adelante en los días malos.

Cuando uno vincula su felicidad a objetivos o a situaciones termina por sentirse vacío. Se alcanza una meta, luego otra, luego otra y al final uno siempre vuelve a la insatisfacción como motor y a lo bien que iría todo si solo tuviera otro trabajo, encontrara pareja o se le quitara de una puñetera vez el Acné del Averno. Yo intento vincular mi felicidad a valores que pueda poner en práctica todos los días. Creo que estoy aquí para intentar, con mi minúscula voluntad y mi corazón cansado, ser cada día un poco más consciente y un poco más compasiva. Procuro aprender de todo lo que me pasa. Mi trabajo me permite ejercitar esos valores. Y encima me pagan.

Hace algún tiempo leí que en la vida todos tenemos un proyecto exterior y uno interior. El interior es en realidad el más importante, y el exterior es el que lo soporta económicamente, logísticamente o llámalo X. Supongo que en mi caso los dos coinciden, se nutren mutuamente y se hacen más fuertes. No sé si ha sido mi acierto, la suerte o el destino, pero no está de más recordar que es así, porque si no es fácil ver la botella medio vacía y olvidar que, lo mire por donde lo mire, soy una privilegiada.

Y tengo que parar ya con el optimismo asqueroso y la felicidad desbordante, porque me vais a odiar de principio a fin y os vais a ir a leer blogs de penas, que son más entretenidos.