Sé que lo primero que vais a hacer todos es rular esta entrada hacia abajo para ver cómo me queda el pelirrojo. Venga, va, mirad la foto, quitadle la emoción al post, ignorad mis esfuerzos por llevaros suavemente a través de mi periplo capilar hasta el resultado. ¿Ya? Va, pues ahora a leer.
Decía un monólogo de Anabel Alonso que ir a la peluquería no es quitarse la depresión: es cambiársela de sitio. Yo esta mañana me he levantado... a ver, no deprimida, pero sí alterada. Con el SPM a tope. Desde que puedo predecir cuándo me va a bajar la regla, me paso la semana de antes hecha un energúmeno, no sé si por las hormonas o porque me sugestiono.
Me he sentado en el portátil a ver si empezaba con la Nanovela. Es como una de esas pesadillas en las que tienes que ir a un examen y no te sabes la lección. He repasado mis notas previas y me he vuelto a repetir que NO estoy capacitada para escribir una novela y que NO me apetece una mierda. Luego he pensado: pues me vuelvo pelirroja.
Ni corta ni perezosa (¿no os encanta esa expresión?) he agarrado la moto y me he plantado en el Corte Inglés a buscar un tinte. Porque si algo tengo claro es que si me tiño, me tiño YO, no alguna peluquera desquiciada y daltónica con problemas para seguir instrucciones sencillas. He pasado media hora delante del estante de los tintes del Hipercor, dándole vueltas al pelirrojo óptimo para mi rubia melena. Yo nunca nunca me he teñido porque mi pelo es precioso, ya lo he dicho, así que no sabía que hubiera tantas opciones: que si con amoniaco, que si sin amoniaco, que si permanente, que si reflejos, que si crema, que si mousse... un mundo. Mi objetivo era algo impermanente, como la felicidad, porque si algo tengo claro es que antes muerta que renunciar para siempre a mi rubio camomilado y estupendo.
Después de dar muchas vueltas, me he quedado entre dos tonos: el rubio dorado y el ámbar. El rubio dorado prometía cierta pelirrojez, y el ámbar pelirrojez entera. He aquí las imágenes.


Me gustaba más el rubio dorado, pero luego he pensado que si yo ya soy rubia dorada, para qué narices me tiño. Me he dicho lo que me digo antes de escalar: ¿qué somos, mujeres o gallinas? Y me he contestado que mujeres y he comprado el ámbar.
Llegando a mi casa estaba hecha un flan. Últimamente tengo una fase de verme fea. No es por el Acné del Averno ni nada: simplemente me veo fea, con la cara como muy redonda y principios de arrugas y flacidez cutánea. Claro, que igual son paranoias mías. Pero iba pensando: si ya me veo fea, si ya siento que nadie nunca jamás me querrá, si IA ya no es ni I ni A y DDM prefiere a una griega desconocida, si encontrar el amor verdadero es un privilegio reservado a unos pocos Y ENCIMA me pongo pelirroja y resulta que estoy horrenda... entonces psicotizaré.
Así que he sacado a la luz el espíritu científico que me caracteriza y he decidido no arriesgar. He cortado un mechón de mis rubios cabellos y lo he teñido (verídico) para ver el resultado. Además de ser un poco grimoso teñir un mechón de pelo así aislado, el resultado no me disgustaba. Un pelín oscuro, quizá, pero bueno: era un cambio.
Así que me he puesto el tinte con la misma sensación de la Teniente O Neill rapándose la cabeza frente a la cámara. En plan "estás como una regadera, Marina querida".
Café mientras espero a que la cosa agarre. Ducha espeluznada al ver la cantidad de sustancia extraña que se desprendía de mi cabeza. Secado preocupante con la toalla y mirada al espejo en plan "post reconstrucción facial después de un terrible accidente".
Qué me aspen, gente. Soy castaña. Si los tintes, al igual que los hombres, tampoco cumplen lo que prometen, ¿qué me queda en esta vida además de seguir buscando el chocolate perfecto?
Venga, va, y ahora la foto. Decidme, por favor, en qué realidad paralela feliz este tono es ámbar.
Mi expresión facial es una mezcla entre el sueño y el escepticismo; no la juzguéis con dureza.
Ahora no sé qué hacer. En realidad me veo guapa, pero es que yo no quiero ser castaña: yo quiero ser pelirroja, al menos un ratito. La castañez no me inspira. Por otra parte, quizá probablemente debería dejarme de chorradas y ponerme a escribir ya. Así que aquí estoy, tomándome otro café, comiendo chocolate con chile (¿la solución definitiva a mis problemas con el tamaño de las raciones?) y reflexionando sobre ir o no ir al Corte Inglés a buscar otro tono.
Seguiré actualizando. Os quiero.
