massobreloslunes

jueves, 12 de enero de 2012

Accidente

¿Qué piensa tu cerebro cuando te caes de la moto? Hay un momento en que te das cuenta de que te vas a caer. No ha sucedido aún, pero ya has perdido el equilibrio, las ruedas han resbalado y tú lo sabes. Y encima sabes que te caes porque ibas rápido. Con prisas. Así que en el segundo que dura la caída a ti te da tiempo a pensar que eres gilipollas y que ya te vale coger así la curva. Te invade un sentimiento de inevitabilidad, de "lo sabía, Marina, lo sabía, si es que vas como las locas". La sensación es rara: la moto, que era una cosa estable entre tus piernas, de repente se escurre y cae pesadamente detrás de ti, como un animal abatido. Y tú te chocas contra el suelo. Y duele.

Entonces, rápidamente, tu cerebro se ajusta. Ya no hay trabajo al que llegar ni autobuses que coger, nada: ahora tu prioridad es curarte las heridas. Empiezas a procesar las señales de dolor, y en realidad no crees que te hayas hecho mucho daño, porque es difícil pensar que tu cuerpo, que hace unos segundos estaba estupendamente, ahora pueda haber cambiado: que lo que estaba entero pueda haberse roto. Te miras y ves sangre y los pantalones rotos, y piensas "mierda, mis vaqueros nuevos", y la sangre es rara, ahí tan súbita y roja, tan gratuita.

Esta mañana me he puesto a llorar nada más caerme y no he parado hasta que, una hora después, el traumatólogo de guardia me ha dicho que no tenía nada roto. Lloraba en el Campo del Sur, esperando al taxi; lloraba en el taxi, mientras el conductor me consolaba contándome que él también se había caído y que "todos los moteros nos caemos, antes o después". Lloraba en urgencias mientras le mandaba whatsapp autocompasivos al Kpot, que estaba en El Chorro. Debía de dar mucha pena yo ahí solita, con los vaqueros rotos y llenos de sangre, con el abrigo en la mano y la bufanda arrastrando de camino al triaje.

Si lo pienso ahora, no sé exactamente por qué lloraba. Me dolía, sí, pero no era eso. Yo aguanto bien el dolor. Cuando estuve haciéndome las limpiezas faciales del Averno en Granada, la tía me tenía hora y media torturándome encima de una camilla y yo no movía un músculo. Puedo sentarme a meditar y no moverme en una hora aunque la espalda me esté haciendo polvo. Creo que lloraba porque estaba asustada y sola y desconcertada, y sobre todo lloraba porque pensaba que si me había partido algo, no iba a poder escalar en un montón de tiempo. Llamadme idiota.

Per no era sólo eso, no sé. Eran más cosas. Como si todo lo que me da pena de la vida y de mí misma se hubiera condensado al mismo tiempo en mis rótulas. Se pone uno blandito cuando se hace daño. Esta percepción repentina de la propia fragilidad, y darte cuenta de pronto de que necesitas que alguien te cuide.

Ha venido a rescatarme el MIR, que estaba saliente de guardia en Puerto Real. Me ha recogido en el coche y me ha dado abracitos: "ya está, PIR, ya está, no llores", me ha llevado a casa y ha traído mi moto a la puerta. He tenido todo el día una sensación rara de irrealidad y penita, como si me hubieran dado una paliza, toda autocompasiva y blanda. La gente me llamaba y me escribía y yo sólo podía decir algo como "qué ratito más malo he pasado, joder".

En el libro de "Quién vive, quién muere y por qué" el autor decía algo como que los accidentes tienen que ocurrir y ocurrirán siempre con una probabilidad constante, porque son una propiedad del sistema al que pertenecen. Lo importante es que no te ocurran a ti. Así que acepto que lo de hoy haya pasado, pero no olvido que es una manera como cualquier otra que tiene la vida para darme un toque. Que se resume en: céntrate, Marina. Presta atención. Cuida de ti misma, que necesitas tu cuerpo para trabajar, amar, meditar y escalar, no necesariamente por ese orden. Y hazme el favor de salir con tiempo, que vas siempre con la hora pegada al culo.

miércoles, 11 de enero de 2012

Los días raros

Estos tres días de reposo casero post esguince han sido raros. No exactamente aburridos, porque yo nunca me aburro, pero un poco angustiosos. Como poner la vida en pausa. Mañana empiezo a rotar por agudos y no me apetece. Me da miedito. No me gusta tener que cambiar de rotación cada cuatro meses: cuando por fin parece que empiezas a defenderte en un sitio, te mandan a otro. Y los locos me dan miedo. No porque me vayan a hacer daño ni nada; me da miedo no poder empatizar con ellos, no entender, sentirme inútil. O lo contrario: empatizar demasiado.

En la última guardia que hice tuvimos que ingresar involuntario a uno que decía que una vecina estaba en su contra y le había robado sus poemas. Era el primer ingreso involuntario que veía, y cuando los de seguridad subieron al hombre él consintió en tumbarse en la cama para que le pincharan el neuroléptico, y luego todos nos fuimos y le dejamos ahí... yo qué sé, pensaba en la inmensa soledad de estar en la cama de una unidad de agudos y creer que tú no estás loco, que los otros conspiran para tenerte ahí y que no puedes hacer nada para remediarlo.

No quiero ir a agudos. No quiero, no quiero y no quiero. Me gustan mis neuróticos, las técnicas de relajación, los autorregistros y la gente con la que me puedo identificar. Gente que no quiere matarse ni matar a otra gente. Sobre todo, no quiero pasar este miedo. En realidad, ya lo he dicho: me ocurre siempre. Cuando empiezo un trabajo nuevo me angustio; por lo menos, ya he conseguido no llorar la primera noche. Todavía me recuerdo el día que empecé a currar de seño, cómo lloraba en el hombro de J. repitiendo "pueden conmigo, pueden conmigo". O el primer día de la beca, esta vez en el hombro de MQEN, recitando "no puedo, no puedo". Y el día que hice de guía por los subterráneos de Granada... buah, ese día lloré sola, creo recordar, pero vaya si lloré.

Así que progresamos. Creo.

Como os decía: días raros. Me da miedo que haya cambiado el viento. Ya os conté que no quería terminar el año, y ahora me invade una emoción supersticiosa. Mira que si ya no voy a ser feliz. Mira que si estoy vieja para escalar, y cuando no sean los codos será el tobillo, y mira que si soñar con las paredes con veintiséis años es una gilipollez. Mira que si lo de los tíos como maracas no es la excepción, sino la regla, y voy a acabar por mentalizarme y cambiarme de acera. Mira que... mira que si resulta que al final yo a la vida no la controlo y ella hace lo que le da la gana.

¿Cosas buenas? Ayer medité media hora, hu ha. Hoy una hora entera. Notaba mi cuerpo como si fuera de corcho: hinchado y entumecido. Respiraba, respiraba, y he recordado una vez más lo reconfortante que es descubrir que si le echas el valor suficiente puedes sentirlo todo. Esta tarde he ido al roco a no entrenar. Por ver a la gente y salir de mi casa un rato. He hecho dominadas, abdominales y flexiones, y no me he subido a trepar con una pierna porque me daba miedo torcerme otra vez el tobillo al caer.

No sé si ha cambiado el viento. Pero incluso aunque así fuera, imagino que siempre puedo mover las velas.

lunes, 9 de enero de 2012

Sacarse partido. O algo.

Me preguntan esto por formspring:

Marina, please, ¿por qué no hablas de la inseguridad y de cómo sacarse partido a una misma? Cómo gustarse más y cambiar. Necesito un cambio; puedo empezar un día, pero al siguiente soy yo otra vez (la yo fea). Thank u. Kisses

Es una pregunta que, así a priori, me deja un poco desconcertada. ¿Cómo sacarse partido a una misma? Pues no lo tengo claro. Yo lucho desde hace años contra una enfermedad cutánea desfigurante que está fuera de mi control. Esto quiere decir que la mayoría de los días me siento... no fea, no es la palabra, pero sí diferente. Como si compitiera en otra liga. He pasado mucho tiempo sin hacer ciertas cosas porque creía que con la cara así no merecía la pena. No me quería teñir de pelirroja ni hacerme un piercing en la nariz. Al final he hecho las dos cosas: en parte porque me apetecía, en parte porque estoy mejor del AA, en parte porque no puedes aplazar la vida siempre.

Lo que sí he aprendido es que sentirse o no guapa depende de muchas cosas. Con acné y todo, ha habido días en los que me he sentido mortal de atractiva y otros en los que entraba en el ascensor de espaldas para no verme en el espejo.

Una vez mi amiga Erika, que es una persona muy, muy especial, me dijo que ella ve a todo el mundo bello. No guapo, pero sí bello: como una belleza humana subyacente. Yo no entendía el concepto hasta que empecé a hacer fotos. Como soy gentéfila me interesaron desde el principio los retratos. Un chico que me molaba y que luego resultó ser un perturbado* me dijo que hacer retratos tenía que ver con darse cuenta de cómo era la persona y cómo quería ser, y después sacar lo mejor de ella. Si miro los retratos que me gustan, me doy cuenta de que lo que hace a la gente hermosa no son sólo los rasgos. Es lo que transmiten. Son las sonrisas: la mayoría de la gente está guapa cuando ríe. La luz en los ojos, la expresión.

De la misma forma, en la vida real la gente se nos vuelve bella por su capacidad de reírse a carcajadas, de comunicar, de conmover. Por cómo te hablan y lo que te dicen. Porque los quieres y porque sabes, o intuyes, que son fuertes y verdaderos. Al revés también pasa: en mi roco, por ejemplo, hay tíos que son como dioses griegos (la escalada es una maravilla para el físico masculino) y a los que, sin embargo, no tocaría ni con un palo.

Una vez leí que no tenemos nuestra cara o nuestro físico porque sí, sino porque con él proyectamos cierto tipo de energía. Puede parecer una chorrada, pero de alguna forma lo entiendo. Creo que el cuerpo y la mente están vinculados y que se influyen mutuamente. Que si yo fuera devastadoramente preciosa y tuviera piel de princesa actuaría de otra forma, incluso aunque el mismo cerebro estuviera dentro. También creo que el hecho de que a menudo los guapos se neuroticen tiene mucho que ver con eso: con que son guapos y no saben manejarlo.

Lo que quiero decir, que me hago un lío, es que busques tu belleza. Que unas de alguna forma lo de dentro con lo de fuera, porque es inseparable. No sientas a tu cuerpo como un enemigo o como algo ajeno: es parte de ti, y mostrará tu belleza interior porque no le queda otro remedio. Quien pase mucho tiempo contigo, lo verá. Y si tú eres capaz de sentir esa belleza tuya, de sentirla realmente, como la que te corresponde por ser humana, y estar viva, y ser linda y buscar desesperadamente ser buena y feliz... los demás lo notarán.

Me ha quedado la historia un poco confusa. A lo mejor te habría servido más un consejo del tipo de "saca partido a tus puntos fuertes y viste a rayas verticales", pero esto es lo mejor que puedo escribir al respecto.

Un abrazo.


*Descripción, por otra parte, aplicable a un porcentaje preocupante de los tíos que me han gustado últimamente.

viernes, 6 de enero de 2012

Maromas

Ya estoy de vuelta en casa. Las maletas reposan sin deshacer en mi dormitorio y bebo paleocao en mi nueva taza que se mantiene caliente por USB. Teniendo en cuenta mi estado de ánimo actual, tengo dos opciones: o escribir una entrada tremendamente profunda y melancólica acerca de la vida y el devenir de las cosas, o escribir una chorrada como un piano. Voy a optar por la opción B y a componer mi propia versión del "Me haría bollo por ti" de Pétalo, o "Mi rollo bollo" de Barbijaputa. Sorry, pero en estos momentos de mi existencia no me encuentro con energía como para buscar y enlazar los post concretos de las mencionadas, así que buscadlos por sus blogs, que además no tienen desperdicio.

Para que a mí una tía me guste tiene que cumplir unos requisitos bastante complicados. No me vale con que sea guapa. Tiene que ser de una Belleza No Amenazante. Eso no quiere decir ser fea. Quiere decir que me pueda imaginar contigo en la cama, sí, pero pasándomelo bien y no intentando taparme la cabeza con la sábana. Por ejemplo: ¿podría montármelo con Natalie Portman? Pues no, porque ella me miraría con esa cara radiante de perfección, esa belleza trágica y brutal que tiene siempre, y yo lloraría por dentro y después me quemaría la cara con ácido. ¿Podría enrollarme con Sara Carbonero? Pues ni de broma, porque sería como "Por el amor de Dios, Sara, parece que te ha dibujado un adolescente salido, y además temo que cuando terminemos de tener sexo me arranques la cabeza como una mantis".

Así que ya os digo: no es lo mismo "me pareces guapa" que "me haría bollo por ti". Es un tema complicado y no sé bien qué delimita la frontera entre "guapa y te odio por ello" y "guapa y me molas". Pero en fin, sin más preámbulos, aquí va mi lista.




1. Beatriz Montañez. Me encanta esta chica. Creo que es por su belleza exótica y chinosa, sus brazos redonditos y, sobre todo sobre todo, por su risa. Me flipaba verla reír en el Intermedio junto a Wyoming cuando él decía chorradas. Con ella te puedes imaginar así: tú diciendo chorradas todo el rato nada más que para verla reír a carcajadas. Eso me encanta.




2. Úrsula Corberó. A mí esta muchacha ni me iba ni me venía, que conste. Yo Física o Química siempre la he visto por los maromos, con O, y porque me recordaba nostálgicamente a la adolescencia que nunca tuve. Pero mientras más madura la chavala, más guapa está y más salada se la ve. Y me requeteconquistó en uno de los recopilatorios de momentos televisivos en fin de año, cuando la vi en este vídeo. Tiene pinta de ser una cachonda, en el buen sentido: la típica tía con la que te puedes ir a tomar chupitos y luego decir tonterías, bailar por la calle y cantar muy alto... y que seguro que como pareja es genial, te hace reír, te pide que la peines y luego te compra en las rebajas ropa que piensa que te gustaría.




3. Franka Potente. Esta chica me parece mortalísimo de guapa. Y es una belleza buenrollante, una belleza que no te hace sentir inferior, sino que simplemente emana dulzura e inteligencia y te invita a que la compartas. Además es de estas personas que resplandece cuando sonríe. Con ella te puedes imaginar no sé, casándote de blanco y teniendo una vida, cogiéndole la mano desde el otro lado de la mesa y hablando de literatura y filosofía, y después adoptando a niñitos africanos o inseminándote artificialmente con sus óvulos. Eso sí, nuestros hijos llevarían mis apellidos, al menos en España.



4. Donna, la de Aquellos Maravillosos Setenta: Con ésta tendríamos un problema, porque es mega alta y creo que eso me haría sentir un poco rara. Quiero decir, que bastante tengo con ser bajita en las relaciones heterosexuales; si me echara novia, al menos querría que no fuéramos muy distintas en altura y poder compartir ropa. Pero bueno, independientemente de eso esta chica me parece que tiene una cara lindísima y una sonrisa preciosa. Creo que para mi vena bollo el tema de la sonrisa es muy importante: me gustan las chicas que posan así sonriendo, con pinta de divertidas, no las que ponen expresión lánguida y giran el cuellito para mirar a la cámara.




5. Hillary Swank, especialmente en el papel de Maggie en Million Dollar Baby. Para nada en Boys Don't Cry, que parece que la ha peinado el enemigo. Me gustaría salir con una Hillary así to musculosa to loca, como la de la peli, y con ese carácter tan fanático, ilusionado e ingenuo. Seguro que le gustaría escalar y nos iríamos las dos por ahí en plan bolleras furgoneteras. Hillary-Maggie me inspira una relación del tipo lo mismo te aseguro mientras escalas y luego aprieto yo como una bestia, que por las noches te hago mimitos y te abrazo mientras duermes. Es amor.




6. Penny la de Big Bang Theory. Me gusta porque más que guapa guapa es resultona, así rubia y tetona y tal, pero aun así consigue ser muy dulce y fina, nada basta. Y eso que tiene unos brazos que flipas. Me gusta porque se la ve muy atlética y fuerte, y al mismo tiempo capaz de obsesionarse por unos zapatos bonitos. Penny como novia sería algo así como una tía super leal, que está contigo a muerte y que se pegaría por ti en una discoteca, tirándole a la otra de los pelos y arañándola con una manicura perfecta. Y eso me mola de una manera absurda.


Y después de este post tan profundo y enriquecedor, me voy a dormir, que mañana hay que escalar temprano y a este paso voy a tener que ir de empalmada.

Tahira Noel

A lo mejor esto que os voy a contar os parece raro, pero que una de tus mejores amigas de la infancia tenga un hija así de repente no es tan fácil de aceptar como parece. O al menos para mí. Al principio me morí de la ilusión y luego, no sé por qué, me cabreé. No con Elsa ni con nadie en concreto: me cabreé con la vida, porque yo sé que todo cambia, pero con un bebé en la ecuación todo cambia MUCHO. Elsa ya no es la misma, nuestro grupo tampoco es el mismo y eso me molesta de una forma egoísta y extraña.

Pero hoy he ido a ver a Tahira, y cuando ves a Tahira todo lo demás te da igual. Porque es tan, TAN bonita. Es redondita y blanca, tiene los ojos almendrados y negros y los labios finitos y curvados hacia abajo. Es indescriptiblemente preciosa, y no sólo porque sea guapa, que lo es, sino porque resulta tan familiar. Como si la conociera de antes. A lo mejor es sólo porque se parece a Elsa, no lo sé, pero es curioso como nace un bebé y es eso, un bebé como otro cualquiera, y de repente se ha convertido en ella, y miras su carita y ya es... pues eso, familia.

La cosa es que he ido a casa de Elsa a última hora de la tarde, después de acompañar a mi madre a pasear al perro y comprar roscón de reyes. Ella y la niña estaban solas en el piso, en silencio y casi en penumbra, con apenas una lámpara encendida en el salón. Y Elsa es genial desde siempre, ha sido amor siempre, pero con su hija en brazos es amor circulante, resplandece todo el rato con una belleza extraña debajo del pelo larguísimo.

La niña estaba un poco ronca y se te partía el corazón cuando intentaba llorar y no emitía más que soniditos ahogados. Hemos intentado tenerla un rato en el salón con nosotras, pero no hacía más que protestar y Elsa ha acabado por tumbarse con ella a darle el pecho en la cama. Yo me he tumbado al otro lado y le daba besitos a Tahi en la cabeza mientras mamaba, y bueno, no sé, es indescriptiblemente bonito estar ahí en una cama con dos personas a las que quieres tanto y poder compartir con ellas ese momento, esa intimidad. Sería difícil con otra madre que no fuera Elsa o con la que no tuviera la relación que tengo con Elsa.

Ahora podría escribir algo del tipo "todo cambia, pero puedes descubrir nuevas facetas de la gente, y ahora mi amiga es madre y eso me enseña del milagro del amor y la vida y tal". Y sería cierto, y quedaría bien. Pero en realidad da igual, quiero decir: el tema es Tahira. Y no es que la vida cambie o que una pueda mirar el lado positivo de las cosas: es que ella está aquí y es pura magia, y todo lo demás, al lado de eso, importa bastante poco.

martes, 3 de enero de 2012

El lector

Quiero dedicarle esta entrada a Byron, que sé que le gusta que escriba sobre libros.

Ayer paseaba con D. por la parte de atrás del Realejo y bueno, lo siento, D., creo recordar que me dijiste que no pensara en el paseo como material para el blog, pero es que viene al hilo de lo que quiero contar y no puedo evitarlo. En cualquier caso, él hablaba de problemas de amor, que es de lo que terminamos hablando todos, y decía que debería haber hecho tal o cual cosa, que se equivocó en éste u otro momento. "Qué triste cuando uno repasa lo que ocurrió buscando el punto donde lo hizo mal", contesté yo. No por él en concreto: todos lo hacemos, yo también lo hago, y es triste porque está lleno de arrepentimiento y porque el arrepentimiento anula la verdad de lo que viviste entonces.

"El lector", de Bernhard Schlink, es toda la novela un ejercicio de comprensión del pasado. De intentar averiguar dónde se torció la cosa. El libro empieza despacito, contenido, poniendo juntas las piezas de la realidad como si fueran ladrillos. Con cierta voluntad tenaz de obrero de la verdad. Y poco a poco te va envolviendo en ese ejercicio sincero y valiente en el que se ha metido, hasta que llegas a un final que no por anunciado es menos doloroso.

Hoy me he pasado el día comiendo y bebiendo por los bares de Granada por tener un pretexto para poder leer. Ni he ido al Albayzín, ni al Sacromonte, ni pollas, que dirían allí. Ha llegado un punto en el que dudaba entre subir o no al Mirador de San Nicolás y he pensado "al carajo, ya he visto la Alhambra mil veces", y me he sentado en una terraza a tomarme un té y terminarme el libro.

Estaba yo ahí, pegadita a la estufa de gas que habían puesto debajo del toldo, con el abrigo sobre las rodillas y dándole sorbos a mi té verde. El camarero entraba y salía llevando bandejas, un señor jugaba a las tragaperras dentro y un chico un poco raro pero no especialmente feo me miraba de reojo. Yo me precipitaba hacia el final del libro y llegué al punto en el que pude predecir lo que iba a pasar: la historia no tendría sentido de otra manera, yo lo sabía y el autor también.

Entonces la narración se vuelve trepidante, pero no porque pasen muchas cosas: trepidan en el sentido más amplio de la palabra las emociones y los pensamientos, se descorren cortinas, se muestra el dolor y lo que de verdad pasa detrás de los personajes, y de repente ahí me tenéis a mí, pelirroja de vocación, bebiendo té con sacarina porque el azúcar me sienta fatal y llorando sola en un bar de Granada a las tres de la tarde. Por ese momento en que el protagonista continúa preguntándose qué pasó, qué quiso decir esa parte de su vida, todo lo que sintió y vivió, por qué se ha equivocado, por qué traicionó a la mujer a la que ama y dónde está ella ahora, dónde está él ahora. Lloré porque en algún punto él, o yo, o los dos, nos damos cuenta de que hay cosas en la vida que sencillamente son. Nadie se ha equivocado: no podría ser de otra forma, y ese dolor tan grande que te causa es tu dolor, y sé que al mirar hacia atrás tienes la sensación de que la has liado y de que la historia está completamente torcida. Pero es tu historia. Punto. Por eso lloraba yo mientras me miraba el chico raro pero no feo y el camarero se resistía a traerme un vaso de agua.

Después me fui, punto. Seguí con mi vida. No deja de ser una pena prestada. Enfilé Real de Cartuja hacia donde tenía aparcado el coche, me peleé con el Spotify de la Blackberry a ver si era posible volver a Málaga escuchando Extremoduro, di vueltas por las rotondas hasta conseguir salir de la ciudad. El sol de la tarde me daba en los ojos, y la segunda vez que tuve miedo verdadero de quedarme ciega en la autovía decidí parar en un bar a tomarme un colacao. Y allí saqué otra vez el libro de mi bolso y releí las últimas páginas.

"Al principio quería escribir nuestra historia para librarme de ella. Pero la memoria se negó a colaborar. Luego me di cuenta de que la historia se me escapaba, y quise recuperarla por medio de la escritura, pero eso tampoco hizo surgir los recuerdos. Desde hace unos años he dejado de darle vueltas a esta historia. He hecho las paces con ella. Y ha vuelto por sí misma con todo detalles, y tan redonda, cerrada y compuesta que ya no me entristece. Durante mucho tiempo pensé que era una historia muy triste. No es que ahora piense que es alegre. Pero sí pienso que es verdadera y que por eso la cuestión de si es triste o alegre carece de importancia.

En cualquier caso, eso es lo que pienso cuando me viene a la cabeza sin más. Pero cuando me siento herido vuelven a asomar las antiguas heridas, cuando me siento culpable vuelve la culpabilidad de entonces, y en los deseos y las añoranzas de hoy se ocultan el deseo y la añoranza de lo que fue. Los estratos de nuestra vida reposan tan juntos los unos sobre los otros que en lo actual siempre advertimos la presencia de lo antiguo, y no como algo desechado y acabado, sino presente y vívido. Lo comprendo. Pero a veces me parece casi insoportable. Quizá sí escribí la historia para librarme de ella, aunque sé que no puedo."

Hay libros que no me gustan y pienso que podría escribir yo si quisiera. Hay libros que me gustan y que pienso que podría escribir si me esforzara lo suficiente. Y hay libros que me gustaría haber escrito pese a saber que jamás podré hacer algo parecido. "El lector" es de ese tercer tipo. Corred a comprarlo o a sacarlo de la biblioteca. Y leedlo. Ahora.

Lo que te hace grande

No sé ni dónde anda, pero me ha chivado el Facebook que hoy es su cumpleaños. Y de entre todas las maneras que hay de felicitar a alguien en este mundo tecnológico y extraño, quizá ésta es la más mía. Porque bueno, es mi blog, y porque no sé si le va a llegar o no, y no le obliga a contestar y también porque, ya lo he dicho alguna vez: la escritura es un regalo.

No sé ni dónde anda, pero intuyo que está por ahí dando vueltas con su furgo. Porque tiene una bonita furgo verde, muy nuevecita y cuidada, excepto por la raja que le hice a uno de los aislantes de las ventanas, que ya me vale. Es una furgo equipada con cariño, con detalles como huecos donde cabe justo una botella de agua mineral. Con un armario donde mete su ropa, sus bonitas camisetas de escalada, sus mallas térmicas para cuando el frío se pone perro. Con una cocina de alcohol: la cocina de la señorita Pepis, la llama él, y requiere cierta habilidad para apagar el fuego de un único soplido potente. Con una mesa y sillitas para desayunar fuera en las mañanas de sol, y un par de tazas que le regalé y que imagino que seguirá usando.

Es mortal de guapo. No puedo omitir ese detalle. A lo mejor no es objetivamente súper hiper mega guapo, pero tiene unos ojitos y una sonrisa que si quiere te pueden bajar las bragas a distancia. Una especie de superpoder. La nariz aguileña, porque se la partió cuando era pequeño y no dijo nada para que su madre no se enfadara, y al parecer le soldó mal. Pero le queda bien: encaja con el resto de su cara. Y una cicatriz en la sien, y un lunar pequeñito encima de la ceja izquierda. Su cuerpo es como una pelota antiestrés: gustoso. Fibra pura recubierta de piel suave. Él sabe que es guapo: no soy ningún troll, dice, y sonríe despacio y con peligro desde encima de su cuello moreno.

Le gusta el hielo, lo que no deja de ser simbólico. Y el frío, la montaña, las alturas. Le pega; hay quien, como yo, florece con el sol, y quien sin embargo se siente feliz a diez grados bajo cero. Es aventurero de verdad: sus anécdotas empiezan con "estaba yo en el Mont Blanc" y terminan con "y nos pasamos una semana encerrados en la tienda comiendo pasas". Su amor por la naturaleza es puro, total: le gustan las cumbres, lo lejano, lo solitario y el cielo abierto. Hace fotos de amaneceres en los Alpes, y cuando miras sus fotos le puedes ver un trozo de corazón. A mí me gustan mucho, pero ya no se lo digo para que no se flipe.

Gruñe a veces: por las mañanas, porque necesita su buen par de horitas y sus dos o tres tazas de café para ponerse en marcha. Y de noche si no le dejan dormir, y a veces también cuando conduce. Pero es bueno. Yo reconozco que tengo un sesgo, que me gusta ver la bondad en los ojos de la gente, pero él es bueno detrás de sus gruñidos. Y tiene una cara que es sólo suya: la sonrisa-miedo, que es cuando me sonríe pero abre un poco más de la cuenta sus ojitos verdes y puedes ver eso: el miedo detrás de esa sonrisa, y no creo que sea miedo a mí, porque yo soy un trozo de pan, pero está ahí y es suyo.

Es un chico complicado y ahora mismo está un poco perdido, lo cual, en realidad, define a un 90% de la población viva. Pero bueno. Él tiene su propia complicación y su propia pérdida. Y, aún así, yo confío en que se encuentre con una fe absurda para lo poco que le conozco. No sé por qué. A lo mejor porque también tiene sonrisas-sonrisas, en las que se ríe con la boca y los ojos. Y por las fotos de las montañas; creo que es por eso: porque creo que nadie que tenga una pasión puede estar de verdad perdido. Se lo dije ya y se lo repito: sigue haciendo las cosas a tu manera. Sigue viajando por la vida con ese amor por la montaña y la aventura que te posee y te conmueve.

Ayer escuchaba Vetusta y me acordé de ti. Lo que te hace grande: esa canción te pega, así que escúchala hoy despacio. Tal vez, lo que te hace grande no entienda de cómo y por qué. Tal vez, cada guiño esconda la llave que intentas tener. En el vaivén de planes sin marcar... no hay colisión, ni ley, ni gravedad que te pueda hacer caer. Aunque tiren a dar.

Quédate con eso. No te pueden hacer caer. Está lo que te hace grande: tú eres grande.

No sé ni dónde anda y seguramente no se merezca esto. De mí, quiero decir. Estas palabras, esta felicitación.

Pero la vida no va de lo que la gente se merece.

Sé feliz, pequeño.