massobreloslunes

miércoles, 1 de febrero de 2012

Moda, consumo, cosas con cosas

Antes que nada quiero decir que estoy cansada pero cansada de verdad, en plan que he tendido la mitad de la ropa y la otra mitad la he esparcido por el sofá con la esperanza de que se seque en algún punto. Y encima yo quería escribir un microcuento interesante e irme a la cama, pero me pueden las ansias. Y encima ahora mismo voy a parar de escribir y voy a pintarme las uñas, porque mi rojo favorito de la vida, el rouge casino de Bourjois, se está descascarillando y parezco una choni.

Fin del inciso. Mis preciosas uñas pintadas del tono 70 del Deliplus os saludan. Que, por cierto, qué les costaría a los de Deliplus inventar nombres bonitos para los esmaltes. A este concretamente yo lo llamaría algo como Guinda Deep o Purple Cherry, porque es una mezcla entre violeta y guinda y tiene chispititas.

Y ahora, después de ganar el premio a los dos párrafos introductorios más terribles de la historia y después de perder por el camino a, por lo menos, tres lectores masculinos (apuesto por Rorschach, Míchel y Byron), comencemos.

La moda está bien para quien la quiera. A mí me gusta así en el plano abstracto. Me gusta la ropa bonita y me encantan los zapatos bonitos. Cuando veo a una chica guapa y bien vestida en casi cualquier estilo, me encanta y la envidio. Mi amiga María decía que mi estilo es no tener estilo. Pero ojo: yo no creo que ir bien vestida sea patrimonio de tías exquisitas con un sentido del gusto tocado por los ángeles. Cuando estudiaba el PIR me leía las revistas de moda-cotilleos en la hemeroteca, y realmente no es tan difícil. Sigues cuatro tendencias, lo combinas con un mínimo sentido del color y conocimiento de tus limitaciones físicas y voilà: ya vas aceptablemente fashion.

El tema es que la moda es una afición que se basa en dos elementos: tiempo y dinero. El tiempo está bien que se lo dediques si te gusta. Si tu rollo es ir por las tiendas memorizando cortes, colores y precios, comparando y buscando entre todos los blazer azul marino del planeta cuál le pega a tu nuevo minivestido fantasía, adelante. A mí, no obstante, se me ocurren así sin darle muchas vueltas como veinte ocupaciones mejores para mi tiempo libre.

El tema del dinero ya me parece más patológico. Yo últimamente tengo un poco de crisis acerca de esta forma de vivir que tenemos los humanos del primer mundo. Estamos rodeados de cosas bonitas y es muy fácil sentirnos tentados por ellas. Hay mucha, mucha gente que vive de intentar convencernos día tras día de que necesitamos esas cosas bonitas. Y las compramos, usamos y tiramos a un ritmo que nos va a dejar sin planeta y sin recursos antes de que nos de tiempo a decir pantalones de pitillo.

En un plano más concreto, vas de compras tal día como hoy. Y ves una falda. Una falda preciosa, semiacampanada y de un extraño color burdeos. Te la pruebas y te encanta. Pero en realidad no tienes nada que te pegue con la falda, así que buscas una camiseta. Y después unas medias, porque las marrones que tienes no van con ese burdeos, y has pensado combinarlas con unas grises. Y luego quizá unas botas, porque tus botines no combinan con el estilo, y por supuesto unos pendientes en tonos cobre que le van estupendos. ¿Y para qué todo esto? ¿No tenías faldas ya? ¿Te hacía falta? ¿La necesitabas? El tema del comprar y el consumir es que nunca le vas a ver un fin. Está planteado para eso.

Yo sé que la vida son dos días y que uno no puede andar sintiéndose culpable por todo. Que está bien tener cosas bonitas y sentirse guapa y atractiva. Pero a mí personalmente me gustaría ir tendiendo poco a poco hacia la austeridad. Tener cosas bonitas, sí, pero menos. Pensar bien en lo que compro y en lo que tiro. Me va a resultar complicado, porque yo soy tipo impulsiva y en realidad el dinero no me importa tanto. Mi actitud en ese sentido es más bien de "me lo gasto porque quiero y para eso lo gano", y es muy complicado distinguir la frontera entre lo que necesito y lo que quiero. Ya hace tiempo, de hecho, que me propuse cambiar una palabra por la otra. "Necesito unos vaqueros". Mentira cochina: necesito oxígeno, amor y agua, pero no necesito unos vaqueros. Los quiero. Me vendrían bien. Pero no los necesito.

Así que estas rebajas he puesto en marcha una política de gasto cero. No me he comprado nada. ¿Para qué? Tengo mucha ropa ya. Comprando en rebajas no estás ahorrando. Estás gastando. Si te compras por seis euros una camiseta que valía doce, no ahorras seis: gastas seis. Ahorrar es no comprarte nada.

En realidad yo quería escribir sobre la moda en un tono así lúdico y, sin embargo, me ha quedado un post medio panfletario. Pero es que me preocupa un poco esta vida absurda. Creo que estamos muy dispersos, que se nos están yendo en chorradas el tiempo y el dinero. A mí la primera. La pregunta clave es cómo vivir y cómo tomar las miles de decisiones que componen nuestra rutina, y en lo relativo a la moda creo que hay que tomar partido. Te complicas la vida siguiéndola o la simplificas, y yo estoy por simplificar.

(Excepto con los esmaltes, que conste. Que el Deep Purple Guinda Cherry es maravilloso y vale como dos euros y medio)

(Y siguiendo con la línea de cosas que no me convencen de la vida moderna, sigo sin pillarle el punto a Twitter. Lo estoy intentando, más que nada por hacerle publicidad al blog. Pero como en un mes siga pareciéndome la misma chorrada colectiva que me parece ahora, creo que voy a pasar)

(Estoy muy, muy cansada y muy poco orgullosa de cómo ha quedado este post, pero qué le vamos a hacer)

martes, 31 de enero de 2012

Mi roco


Acabo de llegar de entrenar. Llevaba sin ir al roco desde diciembre por culpa del maldito tobillo, y aunque todavía me molesta un poco no podía ya más con mi vida sedentaria. Así que ayer fui a la ortopedia y me compré la tobillera más cara que tenían, y hoy me he plantado allí para apretar un rato.

Mi roco es, casi seguro, el más cutre del planeta Tierra. Con decir que nos han cortado el agua por impago y ahora no se puede mear. Está sucio nivel mi inmunidad se ha incrementado desde que entreno allí, y desordenado nivel un día llegué a mi casa y me había traído unos calcetines que no eran míos.

Los entrenamientos transcurren más o menos así: llegas en coche, aparcas en zona prohibida justo delante de la puerta y te encuentras abierta la persiana metálica. Entras lanzando un sonoro "illoooooooooooo" al que se te contestará con otro "illoooooooooooo" más o menos igual de sonoro. Empiezan los saludos: aquí en Andalucía das dos besos cuando llegas y dos cuando te vas, y da exactamente igual que te vieras por última vez hace un mes o hace dos horas y/o que estés sudando como un cerdo porque llevas un rato entrenando. Si son dos tíos cambian los dos besos por darse la mano y palmadas muy fuerte. "Qué pasa, quillo", "Aquí estamos a ver si entrenamos un poquito", "¿Lleváis mucho rato?", "Desde las cuatro de la tarde" (risa que indica que es broma y que acaban de llegar, exactamente igual que tú.) Etc, etc.

Te cambias. Hace un frío que te cagas (la calefacción no se conoce en Cádiz, ¿lo he dicho ya?) porque, además, la puerta no cierra y entra corrientazo húmedo desde la calle. Pero bueno; así al menos se airea y tu inmunidad aumenta aún más. Te cambias y te congelas. Si eres yo, calientas un poco; si eres cualquier otro, estiras mínimamente los brazos y te cuelgas de los tablones mientras te ríes de Marina, que está haciendo rotaciones de codos como en las clases de educación física del cole.

Después cada uno entrena un poco según sus gustos y caracteres. Jugamos a un dos mas dos, que yo no sé por qué se llama así si siempre vamos de tres en tres. Consiste en que el primero elige tres presas para las manos y pone los pies donde quiera; el siguiente repite lo del primero y pone otras tres; y así hasta que uno se cae. Siempre hay alguno que destroza el dos mas dos poniendo pasos imposibles de la muerte, y si jugamos tíos y tías nosotras solemos quedarnos intentando repetir, un poner, los veinte primeros movimientos, mientras ellos se retan en la parte más inclinada y emiten sonidos guturales.

Hay momentos para todo. Momentos en los que hay cinco notas compitiendo por un trozo de pared, y momentos en los que somos diez personas y solo hay una escalando, y los demás miramos, charlamos, animamos o nos peleamos por la música. Hay quien se marca vías y las repite un día detrás de otro. Hay quien le pide a otro que le vaya señalando las presas y luego le insulta cuando le pone pasos demasiado difíciles. Después los tíos compiten a ver quién se hace más dominadas y las tías practicamos posturas de yoga en el cuarto donde el Maik pega las palizas. A veces colgamos la cuerda de equilibrio de dos parabolts que hemos puesto en la pared para la ocasión y practicamos un rato.

Al final nadie entrena lo que quería. Los que venían decididos a intentar cuarenta movimientos seguidos para practicar continuidad acaban ensayando bloques duros de pocos pasos y cayendo reventados sobre los colchones. Los que querían ensayar su vía se enganchan al dos mas dos y protestan porque la gente no va lo suficientemente rápido. Y siempre hay alguien que al final dice "vamos a tomarnos algo", y algunos se quedan entrenando más rato y otros se dejan arrastrar al Lucky, el bar de la esquina. Nos sentamos fuera, porque los fumadores siguen imponiendo sus criterios nazis, pero nos da un poco igual porque venimos calentitos. El Lucky saca cañas, vinos y unas aceitunas riquísimas que aún no ha querido revelarnos dónde compra, y el Kpot dice "prohibido limpiarse el magnesio en el caldito de las aceitunas", mientras zabulle los dedos blancos en la cazuelita y se ríe muy alto.

Para cuando llego a Cádiz son las mil, como hoy, y acabo cenando tortitas de maíz con mantequilla porque no me dan las manos para prepararme nada. Estoy hecha polvo y me quedan ocho horas y pico para encajar otra vez en Puerto Real para ir al trabajo. Nuestro roco es un poco de aquella manera, lo confieso, y no creo que allí podamos entrenar ninguno como para acabar haciendo octavo grado. Ni falta que nos hace.

Y mientras miro las páginas web de los rocos de Madrid, anticipando los casi ocho meses que parece que pasaré allí el año que viene, pienso que bueno, que el nuestro no tiene vías largas para hacer con cuerda, ni gimnasio, ni sauna, ni duchas. De hecho, insisto en que no tiene ni agua. Es el sitio más cutre ever y nosotros los escaladores menos disciplinados del planeta. Pero no creo que haya otro roco igual. Y cuando esté ahí en Madrid acojonada, entrenando en mega rocos super equipados y rodeada de ochogradistas, pensaré en la Puerta Amarilla y me dará un montón de nostalgia.

lunes, 30 de enero de 2012

La luz y el túnel

Tengo la cara bien nivel mirarme al espejo así, por gusto, y no para examinar preocupada el avance del Acné del Averno en mi rostro inocente. Puedo decir sin temor a equivocarme que estoy mejor que en el último año y medio, y que además sigo mejorando. Hu ha. No tenía claro hasta qué punto era bueno compartirlo aquí, porque cada vez que digo que voy mejorando me ataca un Brote Infernal. Pero después de que hoy un chaval me dijera en el hospital que soy "un bombón" y de pasarme la tarde mirándome encantada de la vida en los espejos del Mercadona bajo la luz infernal de los fluorescentes, he pensado: qué coño.

ESTOY GUAPÍSIMA. Verídico.

¿Qué he hecho para llegar hasta aquí? Pues bueno, llevo una dieta ridículamente restrictiva la mayoría del tiempo. He cambiado de jabón y de crema. Tomo montones de Omega 3 hipercaro, junto con otros suplementos que voy alternando en función de mis ganas y mi dinero. No tengo claro qué está funcionando de todo esto; quizá es todo junto, o quizá, como dice mi madre, ya tocaba.

Hace unos días, dando vueltas por la librería, vi un libro de Buckowski y me acerqué mucho a la foto de la contraportada para distinguir las cicatrices de su acné en las mejillas. Ya hace mucho que leí "La senda del perdedor", pero el relato del acné del protagonista todavía me persigue. Explica cómo estuvo un tiempo sometiéndose a unos tratamientos muy dolorosos donde una chica le extraía la pus de los granos con una aguja. Después le empapaba la cara de desinfectante y se la vendaba, y a él le encantaba ir por la calle con su cara vendada, sintiéndose protegido y misterioso mientras clavaba miradas lascivas en los ojos de las chicas con las que se cruzaba.

Años después me vi tumbada en una camilla una vez a la semana mientras una esteticién me hacía unas limpiezas faciales muy, muy agresivas. Recuerdo el local, que estaba en una rotonda perdida del Zaidín, y cómo la tipa me daba un masaje relajante antes de empezar mientras sonaba música clásica. La música continuaba toda la sesión, y al final yo parecía la protagonista traumatizada de La muerte y la Doncella. Dolía mucho, física y mentalmente, sobre todo porque no servía para nada. Mi piel en aquella época era indescriptible. Indisimulable. Me rascaba la cara y caía una lluvia de piel muerta sobre mi jersey y, por debajo de mi cara despellejada y reseca, el acné se reproducía cada vez más violento. Los que no habéis pasado por esto igual no lo entendéis del todo, pero hay momentos en que es como tener un puto alien poseyéndote.

Ahora siento que me han devuelto mi cara. Aún me queda para estar del todo bien, pero ya he llegado a un nivel aceptable. Puedo maquillarme. Puedo rascarme. No me pica y no me duele. No me tengo que subir de espaldas al ascensor para no mirarme en el espejo. No evito la peluquería ni los probadores. Miro a las caras de la gente con cierto orgullo difuso. Cualquier día empezaré a sentirme hasta sexy. La cara es mucho más que lo que tenemos encima de los hombros: es nuestra identidad, nuestra forma de comunicarnos con el mundo. Y, como leí una vez que había dicho la francesa aquella a la que le transplantaron la cara, sin cara no hay futuro posible.

Escribo esta entrada para actualizar el estado de mi AA y porque me pone contenta. También porque no sé muy bien qué es lo que está funcionando, pero sé que lo que la solución, en realidad, está en el proceso. Dicen que cuando el alumno está preparado, aparece el maestro; de la misma forma, creo que cuando el paciente está preparado, aparece la cura. Es una mezcla entre testarudez y sensibilidad, entre sentirse agotado y mantener la esperanza. Yo estoy muy, muy lista para curarme.

El sábado por la noche pasé un buen rato hablando con mi madre del estigma del trastorno mental. Al final me acordé de algo que Prado, la psicóloga de drogas con la que roté, le dijo un día a un alcohólico en rehabilitación: cada uno tiene sus limitaciones. Lo que equivale a decir que cada uno tiene su cruz. Yo no sé cuáles son vuestras batallas, pero estoy segura de que las tenéis.

Si al final resulta que sigo por buen camino y me curo de esta Enfermedad del Mal, será lo más meritorio que he hecho en mi vida sin ninguna duda. Que yo sé que no es un cáncer, ni soy como el tetrapéjico ese que consiguió volver a andar con el único poder de su fuerza de voluntad. Pero para mí es muy importante todo el recorrido: haber sido capaz de sobreponerme al dolor y luchar. Cuando después de sufrir las limpiezas aquellas durante meses y de dejarme un dineral indecente terminé peor que nunca y tomándome otra vez el Roacután, sentía que no había esperanza. Cuando, meses después de terminar la última tanda de Roacután, me di cuenta de que estaba volviendo a empeorar y me puse a llorar delante del espejo del baño, otra vez volví a creerme que no tenía arreglo. De la consulta de último dermatólogo también salí llorando, cuando me dijo algo como "a ti con esto todavía te queda". Y ahora aquí estoy. Guapísima, insisto, y mejorando. Con arreglo. Con esperanza.

Así que bueno, ya está, eso era lo que quería contaros hoy. Que más allá de la dieta concreta o el suplemento concreto que puede ayudar en la batalla de cada uno, lo importante es estar ahí. Las batallas se ganan en las trincheras. No os deis por vencidos en la vuestra. Merece la pena.

Termino con una fotito de mí misma que incluye la preciosa coronilla rubia de mi preciosa sobrina Tahira.


domingo, 29 de enero de 2012

Fluyeeeeendo

No me puedo creer que ya vayamos otra vez camino al verano. Que eres una exagerada, Marina, me diréis algunos. Que estamos en enero, o bueno, si me apuras en febrero casi. Pero es que ya lo cantaba Quique González en Salitre, "nunca es primavera donde tú creciste", y aquí en el sur las cosas son así. Un invierno más que clemente, con un montón de días de sol de esos en que la Caleta parece la Quinta Avenida y casi no puedes andar. Las tardes cada vez más largas, que hoy me ha sorprendido ver que a las siete todavía quedaba luz. Febrero, que es un suspiro con los carnavales; marzo y abril, que igual sorprenden con los últimos coletazos de frío y lluvia. Y en mayo es mi cumple y ya hace calor, ya puedes irte a la playa, los días ya son estremecedoramente largos. Aquí en Cádiz no hay montañas y la luz reverbera en el océano, y a mí a veces me da miedo volverme loca como los del círculo polar cuando veo que son las diez y media y todavía no se ha hecho de noche.

Así que sí, vamos camino del verano. Cuando me quiera dar cuenta estaré otra vez tumbada al sol en la silla caletera. Acabo de estar echando un ojo a algunas fotos y vídeos antiguas que tengo en el ordenador. Que de verdad: si muero de forma inesperada, por favor, que alguien queme el Mac antes de que haya tiempo de meterle mano, porque me he dado cuenta hoy de que almaceno demasiados vídeos privados cantando Shakira con la guitarra. El caso es que hay uno de este verano y se me ve mortalmente rubia de pelo y morena de piel; parezco californiana, o algo. Canto Maldita Nerea con estusiasmo, pero sonrío poco y no sé por qué.

Llevan un par de semanas picándome las ganas de ir a vivir a otro sitio. En enero del año que viene me mudo a Madrid un mínimo de cuatro meses y un máximo de siete. Voy a rotar en la Paz con una psiquiatra que practica terapia narrativa con víctimas de trauma, y después quiero irme a un hospital de día a trabajar el apego en psicóticos. Me apetece muy mucho. No es que no me guste estar en Cádiz, que sabéis que me encanta, pero también me gusta mucho mudarme. Al final uno acaba amando las cosas si las hace el número suficiente de veces. Me recuerdo lloriqueando en Granada porque echaba tanto de menos... no Málaga, porque no era Málaga, sino cierta sensación de arraigo. Después aquí, extrañando Granada. Al final, para arraigar solo hace falta echarle un poco de corazón.

Me gusta más mudarme que viajar. Creo que es porque soy de reacciones lentas y tardo mucho en cogerle el ritmo a los sitios y a las personas. Pero al final, si te mudas dos o tres veces y consigues arraigar un poco en cada sitio, desarrollas una fe abrumadora en el proceso. Sabes que con la gente hay que ir despacio pero seguro, que quizá tengas que salir cuando no te apetece o pasar cierto miedo difuso si vas sola a entrenar a un rocódromo y temes que los maromos te hagan bullying. Pero al final no queda más remedio que conectar, y conectar es devastadoramente guay.

Ayer hice guardia con el MIR de psiquiatría. Iba a hablar bien de él, pero me ha pedido la dirección del blog y ahora me da vergüenza (¡hola, MIR!). Así que resumo diciendo que hizo de la guardia una buena guardia. Porque es un psiquiatra que escucha y que sabe hacer sentir a los pacientes que le importan. Porque es inequívocamente cálido y muy honesto. Porque aunque le cueste la misma puñetera vida quedar para tomar una caña, es la persona a la que llamo si me caigo con la moto y estoy llorando sola en el hospital a las ocho de la mañana. El MIR mola muchísimo. Y esta tarde he quedado para tomar algo con Nuria, que es BIR (Bióloga Interna Residente) y que también es mi amiga no tengo claro por qué. Las dos nos sentíamos solas al principio y las dos pusimos una voluntad tremenda en llevarnos bien: empezamos a quedar por quedar, sin coincidir nunca en ningún lado, y año y medio después seguimos llamándonos con regularidad aceptable y nos juntamos para criticar a los hombres. Hoy estaba todo cerrado y hemos terminado en un bar infumable del Mentidero, con el fútbol de fondo a toda pastilla, bebiendo un rioja de calidad dudosa mientras repetíamos "putos tíos" con una frecuencia aproximada de dos veces cada cinco minutos. Y eso está muy bien. El MIR salvó mi guardia, la BIR salvó mi domingo. Y me acuerdo ahora concretamente de los primeros meses que pasé en Cádiz, cuando pensaba: es una ciudad preciosa, pero para compartirla con gente. Quiero quedar con alguien para entrar en estos bares y pasear estas calles. En ese sentido parece que todo ha empezado a fluir bien, y me voy con el argentino a cenar vino con muffins de chocolate al Café Levante y con el Kpot a fumar tabaco de liar y a intentar descifrar los recorridos mentales de la gente. Y, en fin, esa es mi vida y es guay pero, aun así, me apetece un montón mudarme.

Que no hay prisa, ojo. Que me quedan once meses en Cádiz y luego otros diez, cuando vuelva de Madrid. Pero no es tanto. Si consigo hacer las dos rotaciones externas seguidas, este verano será mi último verano aquí, así a priori. Lo que es muy increíble, porque el verano en Cádiz está ahí a caballo entre la indolencia y la magia y una se siente muy, muy afortunada cuando cabalga en moto por el aire cálido y puede oler el mar desde cualquier parte. Aun así, me imagino en Madrid de aquí a un año. Me imagino compartiendo un piso un poco cutre con veinteañeros largos como yo, gente que a lo mejor está también un poco perdida pero que se junta por las noches para contarse el día y tomar una caña en el salón. Me imagino apuntándome a algún roco, que allí debe de haberlos buenos, y quedando los fines de semana para ir a escalar adherencias en la Pedriza (y eso que no me gustan las adherencias). Me imagino discutiendo recorridos de metro para llegar lo más rápido posible de un punto a otro, y vagando por el centro los domingos solo porque están las tiendas abiertas y porque puedo. Escuchando conciertos en el Libertad 21. Comiendo al sol en los indios de Lavapiés. Paseando por el Retiro así toda melancólica y luego escribiendo aquí en el blog y creando una etiqueta llamada "Madrid".

Así que bueno, la vida. Uno siempre está en otro lugar, supongo. Estás en un futuro donde tienes amigos con los que tomar vinos, y después, cuando esos amigos llegan, estás en otro futuro en el que vagas por otra ciudad y piensas, a su vez, en un futuro en que podrás irte con alguien a descubrir sus mejores esquinas. Y en medio de todo eso vas haciendo el viaje. Y al final lo más importante, lo mejor de todo, es la gente a la que conoces por el camino. Porque ellos son los que construyen verdaderamente las ciudades que habitas.

jueves, 26 de enero de 2012

Duele

Vale, las cosas claras. Sí, estoy con la regla y sí, mi útero está empeñado en demostrar que tiene su propia opinión respecto a las cosas y sí, odio el frío húmedo de la costa todo lo que un ser humano puede odiar un fenómeno meteorológico. Y acabo de terminar el post (estoy añadiendo esto a última hora) y no me siento nada mejor que cuando empecé. Más bien al contrario. Así que igual os sale más a cuenta esperar a que me cambie el humor y vuelva a escribir sobre lo mucho que mola todo. Hecha esta aclaración, prosigamos.

Hoy he tenido momentos de particular empatía con los pacientes. Empatía de la mala, de la dolorosa. Creo que es fácil darse cuenta de que uno es afortunado en cuanto a dinero, a salud, a posibilidades, pero no es fácil darse cuenta de que uno es afortunado en amor. Porque todos nos sentimos más o menos solos, porque la gente va a su puta bola y las relaciones románticas se están convirtiendo en un compás neurótico a dos voces. Pero a veces ves a alguien que está solo, solo de verdad: una familia realmente patológica, donde a un miembro se lo está silenciando. Y la enfermedad mental es una de las mejores excusas para silenciar a alguien. Es muy terrible.

Hoy estaba de observadora en la consulta y ha habido un momento en que he tenido que mirar al suelo porque no podía aguantar mirar a la paciente a la cara. Porque me dolía. El psicólogo estaba empeñado en dejarle muy, muy claro hasta qué punto estaban equivocados los delirios y las alucinaciones del principio del ingreso. La chica estaba mejor y empezaba a hacer crítica, pero yo sentía como si se le estuviera robando algo muy básico. Es decir, que los delirios son falsos, claro que lo son, pero el sentimiento que esconden es verdadero. Y nadie le estaba reconociendo ese sentimiento, y ella estaba triste y desconcertada y yo me daba cuenta de hasta qué punto tenía que estar sola.

Así que luego me he venido a casa pensando que me da mucha penita, y pensando también que no es bueno que me dé tanta penita, y pensando, por último, que me estoy sobreimplicando y que eso puede perjudicar a la paciente. Porque después están todas esas barreras que nos ponemos, el cuidado extremo en que no se confundan papeles, en que nadie se tome más confianza de la cuenta. Y acabas sintiéndote mal y encima sintiéndote culpable por sentirte mal.

Lo que decía: que el amor es un bien muy preciado. Es muy, muy importante que construyamos vínculos. Por la tarde he estado dando vueltas por el Corte Inglés y hablando con Elsa por teléfono, y en realidad yo quería escribir hoy sobre eso: sobre una conversación completamente absurda que hemos tenido en la que intentábamos dilucidar si un hombre puede ser a la vez espiritual Y sexy. La hipótesis general es que no: que lo sexy tiene que ver con cierto componente retador y cuasi-malvado que no está presente en lo espiritual. El tema es que tener amigos es tan guay. Tan positivo. Amigos y familia, gente que te quiere, que te valida y que te escucha. De verdad que los vínculos son muy importantes. Y tenemos mucha suerte de poder tener vínculos sanos y de que nuestras cabezas están sanas.

A algunos pacientes hay que inyectarles psicofármacos una o dos veces al mes, y nosotros nos quedamos tan panchísimos, ¿sabéis? Tan jodidamente panchos. Pensando en el buen, buenísimo rollo que da que exista una medicación que favorece el cumplimiento terapéutico porque sólo hay que administrarlo una vez al mes. Sin darnos cuenta de lo que está significando para una persona el hecho de tener que ir una vez al mes a un centro de salud mental y ponerse en cola con otro montón de enfermos abotargados y rechonchos a que le pinchen su inyectable. Y mientras vamos por ahí con nuestras batas y los bolis, los cuadernos, los calendarios con las caritas sonrientes del Risperdal y el logotipo futurista del Xeplion. Y los compañeros te cuentan orgullosos que el de Janssen se los lleva de congreso a Barcelona con todos los gastos pagados. Y no es que yo esté en contra de la medicación, en absoluto. La medicación es una ayuda muy grande que muchas veces controla y apacigua lo que nosotros, por desgracia, todavia no sabemos controlar ni apaciguar. Pero no se puede tratar de eso, es decir: no puede consistir todo en convencer al paciente de que acepte el inyectable y después sentarnos con él en una consulta para que reconozca que lo que dijo en la primera parte del ingreso no eran más que delirios absurdos inducidos por su enfermedad. Hay algo dentro de mí que se rebela muy mucho contra eso y es lo que me tiene hoy un poco dolida.

Esta mañana hemos visto también a un preso que había matado a otro notas de una puñalada, verídico. Nos ha contado una historia familiar que me abstendré de detallar por la confidencialidad y demás, pero que era tan sórdida que llorabas. Y al final te dice que se está tomando su antidepresivo y su alprazolam. WHAT THE FUCK. Es decir, ¿qué cojones estamos haciendo con nuestras vidas? ¿Qué clase de sociedad estamos produciendo? Como si los putos niveles de serotonina fueran el puto problema del notas. Un chico con problemas familiares, de drogas, de alcohol: un chico que, sencillamente, tiene la cabeza y el corazón tan destruidos que muy probablemente no sea capaz de establecer relaciones normales y sanas nunca. Porque tiene el alma torcida ya, desde siempre.

Es que no sé. No sé muy bien cómo expresar esto, porque insisto en que yo soy muy pro pastis cuando las pastis ayudan. Lo que pasa es que cuando llevas un tiempo trabajando en el SAS empiezas a darte cuenta de que el mundo no es esto, es decir: el mundo no es el puto twitter. El mundo no es nuestras movidas, no es decidir si te compras el Ipad de 16 o de 32 gigas, no es preguntarnos si mi trabajo de ocho a tres llena todas las aspiraciones de mi alma inmortal ni es preocuparse todo el rato por el Acné del Averno. No sé. Recuerdo el día que mi padre me dio mi tarjeta de la seguridad social, cuando se empezaron a utilizar las individuales en lugar de las cartillas. Me soltó una charla larguísima acerca de las desigualdades. Me dijo que debía tener en cuenta que el mundo se dividía en dos clases: los de arriba y los de abajo. Y que nosotros, por pertenecer a la clase media, o a la clase mediaestúpida, que diría Mafalda, no nos teníamos que equivocar. Que no estábamos arriba. Que arriba estaban otros, los muy, muy poderosos, esa gente que va por ahí ganando mucho, mucho dinero a costa de jugar con el bienestar más básico de los demás. Y yo estoy de acuerdo con mi padre, pero también discrepo en el sentido de que me temo que están los de abajo, sí, pero también los de Muy Abajo, como el de la cárcel o como la paciente del inyectable. Los hay que están realmente muy desprotegidos. No sabéis cuánto. Están en la parte de abajo de toda esta cadena alimenticia económica y afectiva que recorre el mundo, y lo peor de todo esto es que tres de los cinco medicamentos más vendidos en el mundo son psicofármacos. Tres. Y tú los ves rodando y rodando, desde que una cabecita privilegiada los concibe y otras cabecitas privilegiadas los venden y te imaginas esa cajita de alprazolam llegando hasta Puerto II, que es la parte de prisión preventiva del Penal del Puerto de Santa María y dices: ¿en esto es en lo que estamos pensando? ¿En esto piensan los laboratorios cuando invierten en regalar cosas bonitas a los médicos, en comprarles libros y en invitarles a viajes? ¿Esta es la manera en que la Salud Mental está arreglando el mundo?

No sé, todo es muy confuso y yo estoy muy cabreada. Por esto no hablo de noticias de actualidad y por esto adopto la táctica del avestruz, a saber: cierro los ojos. Si no lo pienso, no existe. Bastante tengo con la Guardia Civil hoy apostada a la puerta de la consulta. Está bien recordarlo, sin embargo: recordar que esas cosas existen y que hay gente que está viviendo así. En nuestra ciudad. En nuestro primer mundo. Que cómo no estarán los de abajo. Porque yo hago lo que puedo con mi vida, de verdad: hago lo que puedo. De entre toda la cantidad tremenda de sufrimiento que uno puede escoger ayudar a aliviar, yo elegí el emocional: porque lo que me toca es esa privación afectiva horrorosa que está matando de sed a mis pacientes. Pero aun así es como poner una cabeza de alfiler en un colador enorme y a veces duele. Y hoy duele.

En fin. Lo voy a dejar ya aquí, porque es que no me encuentro ni un poquito mejor. Ni un poquito. Y yo que quería escribir sobre la relación inversamente proporcional entre espiritual y sexy. Así me va.

miércoles, 25 de enero de 2012

Por eso me quedé soltera, VI: la risa

Ya os he dicho que yo busco al MD: el Maromo Definitivo. Es un chico sexy e inteligente a la par que espiritual y deportista. Es una especie de superhombre cuya existencia ideal en lo profundo de mi mente me condena a morir soltera y rodeada de gatos.

Entretanto, un hombre divertido tiene mucho que hacer.

Yo tengo mucho sentido del humor. Mucho y muy amplio. Cosas que me hacen gracia, así que se me ocurran:
- Los juegos de palabras absurdos (¿Qué es una oreja? Sesenta minutejos).
- Loa chistes clásicos de los que tardan una hora en contarse, como el de Patxi Skywalker y la espada láser (necesario conocerme en persona para que os cuente el chiste entero).
- El humor negro negrísimo rollo Espeonza. Aunque, ¿a quién no le hace gracia Espeonza?
- El humor surrealista, como las tiras de Silvio José, el buen parásito.
- Los monólogos del Manu en Canal Sur.
- "Los euskolegas", de Vaya Semanita.
- El videoclip de "Qué pasa contigo tío". Creo que lloré la primera vez que lo vi.
- Mafalda y Garfield.
- Los cuentos de Saki.
- Mortadelo y Filemón.
- Chistes cortos y absurdos, como el del viejo con Alzheimer y cáncer o el del borracho que llega a su casa y su mujer le dice "Paco, ¿de dónde vienes?", y él contesta "¿Paco? ¡De Francisco!" (tiene más gracia en andaluz, por la fonética).
- Hacer que la gente rime cosas con "-ota" y "-olla" para poder decir "agárrame las pelotas/polla".
- Las chirigotas.
- Convertir frases inocentes en alusiones sexuales.
- Friends, Modern Family, Los informáticos y hasta Cougar Town, la serie rara de Monica la de Friends de mayor, que no le hace gracia ni a la PK.

Así que mi humor es muy versátil. Lo único que no me hace gracia son los vídeos de caídas así de forma gratuita y cierto tipo de humor violento o snuff como unos dibujitos de animales de peluche que se suicidan, que no recuerdo cómo se llamaban.

Así que un chico que me hace reír tiene mucho ganado. Pero no es sólo eso. Es que creo que no pudiera estar con alguien que tuviera un sentido del humor bastante poderoso.

Hoy iba por la playa y pensaba que Andalucía me gusta muchísimo. Es un lugar particular al que le tienes que tolerar muchas cosas: mucho ruido, gente que tira papeles por la calle así de forma gratuita, gente que ofende tu sentido estético enseñando sus lorzas sudorosas en mitad del verano. Hacer fiesta por todo, ser los que más gritamos del mundo, que escales en el norte y sólo haya pacífico silencio y que escales en el sur y no puedas oír lo que te dice tu compañero porque hay veinte personas haciendo chistes y diciendo chorradas a pie de vía. El calor en verano, el hacinamiento playero, los estereotipos, las hordas de guiris, el hecho cierto de que somos muy impuntuales. Pero te ríes, cojones. Te ríes tela de practicamente todo.

Es curioso, porque mientras que MQEN y yo tenemos un sentido del humor muy similar y nos seguimos riendo juntos muchísimo, la verdad es que J. y yo ahí no coincidíamos tanto. "¿Te has fijado en que en Futurama nos reímos en momentos distintos?", me decía él. Y era cierto. Y a él sí le hacían gracia las caídas y los peluches suicidas. Aun así, resistimos porque sí que coincidíamos en cierta parcela surrealista y boba y porque él era en general alegre. Algunas noches nos poníamos a contarnos chistes en bucle, chistes que además los dos nos sabíamos de antes, y podíamos pasar horas doblados en dos en el sofá del salón.

Para mí el humor tiene una dimensión muy amplia: considerar la vida una especie de broma gigante y reírse al máximo de la mayor cantidad posible de cosas. Verle la gracia a casi todo, como al chihuahua de mi vecino, que se llama Shakira, o al chico con esquizofrenia que le ha dicho hoy a otra paciente: "No, si tú eres buena persona; lo que te pasa es que tienes un problema con tus hormonas".

Así que no me gustan los secos ni los serios, aunque tenga ciertas fantasías chungas con los polvos castigadores. Quiero un chico que me haga reír y que se ría de al menos la mitad de las cosas de la lista que he incluido al principio. Y, muy importante, al que yo también pueda hacer reír mucho. Porque soy graciosa, de verdad; aquí no se nota tanto porque me pongo trascendente con una frecuencia preocupante. Pero soy graciosa.

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Pregunta del millón: ¿y qué pasa con el argentino?

Pasa que temo que me lea en algún punto, porque estamos demasiado cerca en la red y los caminos del Señor son inescrutables, y ya conocéis mi primera regla para escribir sobre gente.

Pero se ríe. Se ríe mucho. En los mismos momentos que yo. Y me deja pasar delante siempre.

martes, 24 de enero de 2012

Besos que fueron y no fueron



Tercera entrada que escribo hoy. Es una de esas noches en las que estoy hasta el potorro de mi propia voz de escritora. Todo me suena como tan cursi, tan oh ah uh la lectura y la escritura y la psicología y la vida y todo es increíblemente enriquecedor y guay. Por Dios. Yo sé que os gusta eso del blog y, de hecho, es que hoy me siento así. Henchida. Ha sido una tarde muy bonita. He tenido una consulta superhardcore donde los padres del otro día me han contado cómo murió su bebé, lo cual es tremendo de horroroso, lo sé, pero me ha hecho sentir honrada de una forma extraña por poder compartir eso. He estado a punto de llorar, que es algo que no me había pasado nunca en la consulta, y en realidad he sentido que no hubiera pasado nada si lloraba, porque ellos se lo merecían. Era esa clase de respeto el que estaban pidiendo.

Al terminar les doy las gracias. He aprendido mucho con vosotros, les digo; es hermoso ver cómo os estáis apoyando el uno al otro. Lo estáis haciendo muy bien. Luego salgo a la calle, miro los restos de luz que le quedan al día. Camino hacia la playa, pero un enorme charco del agua que ha dejado al bajar la marea me impide el paso hacia la orilla. Calibro si cruzarlo con mis botas chungas de plástico y decido que no, así que me quedo mirando el mar desde lejos, como una exiliada, mientras los corredores trotan frente a mí por la estrecha franja de arena y las nubes brillan con una luz rosada. Pienso que el mar es enorme y yo soy enorme, y que lo que aprendo cada día, todo esto del sufrimiento y la luz, de la locura y los libros, lo que me da trabajar y escribir y leer y amar, lo que me da escalar cuando escalo porque llevo un mes parada con la mierda del esguince y, en fin, lo que me da esta vida que estoy llevando, es casi tan inconmensurable como lo que tengo ahora delante.

Después camino por la avenida y contrato Internet con ONO, lo cual pega poco con todo el rollo poético de la playa y tal que os acabo de soltar, pero bueno; es lo que hago. Y me meto en una librería a buscar algo que sustituya a "Libertad", de Jonathan Franzen, cuando termine las escasas cien páginas que me quedan; quiero llorar de penita por acabarme el libro. Quiero olvidarlo y empezarlo otra vez de nuevo. Ese libro, lectores, ese libro es como la materialización de por qué me gusta escribir y por qué me gusta leer: por la esperanza de poder hacer algo mínimamente parecido algún día, por compartir el empeño absurdo de iluminar nuestros actos torpes de humanos, los trompazos que nos damos en el camino, con cierta comprensión compasiva que no mejore el mundo pero sí proporcione, por lo menos, una extraña felicidad estética.

Al final me voy a la parte de libros para niños y acaricio los preciosos y enormes cuentos ilustrados. Es increíble el arte y la sensibilidad de los ilustradores infantiles. Está Blancanieves, que te hace estremecerte cuando ves el dibujo de la princesa con los labios muy rojos y los bordes de los párpados también rojos, y todo lo que debería ser una princesa contenido en la pálida belleza de su rostro dormido. Está Alicia goteando agua desde su pelo húmedo y reflejando lo que es ser una niña y a la vez estar seria y ser fuerte y encontrarse asustada. Y siempre que miro estos cuentos pienso en llevarme alguno, pero luego me digo "qué tontería, si ya eres mayor, y si además nadie se va a querer reproducir nunca contigo porque eres una tarada". Pero hoy me decido y me llevo Besos que fueron y no fueron, que es un libro maravilloso de verdad, en el que cada página habla de un aspecto de los besos: La Máquina de dar Besos, el Vertedero de los Besos, los Robabesos, Besos con Superpoderes, y cada uno está acompañado de una ilustración colorida y soñadora. Me lo llevo porque es bonito y porque puedo permitírmelo pero, sobre todo, me lo llevo porque contiene una manera tan divertida y loca de ser y de mirar el mundo, tiene dentro de sus tapas una cantidad tan grande de dulzura y de imaginación que quiero tenerlo cerca por su acaso a mí se me olvida.

Así que me voy a casa con mi cuento enorme y añado un par de libretas de la marca Moleskine (Míchel tribute, él sabe a lo que me refiero) porque la última que compré, en Madrid el día de mi cumpleaños, está llena de textos ilusionados y cursis de cuando conocí a IA, y ahora cada vez que la abro y/o la veo en mi escritorio no es que me entren ganas de quemarla, que también, sino que sencillamente me veo incapaz de seguir escribiendo en ella. Porque estoy tan enfadada. Tan, tan enfadada. Pero la vida debe seguir, y si no sigue en las libretas de antes pues habrá que comprarse libretas nuevas. Y ahora estoy aquí, en casa, con el cuento a un lado del ordenador, lista para echarle un ojo mientras me tomo un colacao de mediaoche. Tengo la casa muy desordenada, pero casi como acto consciente y voluntario: porque lo elijo y porque no me apetece ordenarla, porque quiero que sea más importante sentarme aquí a escribir que fregar los platos. Por eso.

No sé ni sabré nunca si ésta es la mejor versión de la entrada, lo que es como decir la mejor versión de mí misma. Si es mejor que las otras que escribí antes, que también hablaban de libros, de la muerte y de la luz imposible del atardecer de invierno detrás de la playa de la Victoria. Creo que una se cansa de su voz cuando no deja que se filtre toda su verdad por miedo. Y a lo mejor mi verdad de esta tarde no son solo los libros infantiles, ni la reverencia profesional ante el sufrimiento ajeno. La pura verdad es que estoy enfadada de la ostia con IA por joderme mi libreta de cumpleaños. Y no hay mucho que él pueda o quiera hacer por eso, y yo lo siento por los dos, lo siento de una manera tan profunda y rabiosa que no lo puedo expresar muy bien aquí. Hay pocas formas de acabar bien las cosas para todos, Peq, me dice MQEN por el teléfono, y yo lo sé, lo sé y lo siento. En ocasiones la gente se hace daño.

Lo voy a dejar aquí, más que nada porque o voy al baño a quitarme las lentillas o cuando lo haga me voy a arrancar de paso la córnea. Os quiero. Gracias por ser testigos de todo esto. ¿Os lo agradezco suficiente? Igual no. Gracias. De verdad. Leo vuestros comentarios desde el móvil y me sacan sonrisas a lo largo de todo el día. Escribir es genial y leer también. Comprad "Libertad". Comprad cuentos y libretas. Escribid y leed, amad, enfadaros. Que la vida es corta, pero ancha.