massobreloslunes

jueves, 4 de octubre de 2012

Gordos, soledad y novedades sobre el Acné del Averno

En esta vida hay muchas causas por las que luchar, así que elige una y lucha por ella. En mi caso, yo lucho por disminuir la cantidad de sufrimiento mental que tiene que aguantar la gente. Y ahora mismo, en concreto, mientras roto por Endocrino, soy una mujer en una misión, a saber: evitar la cirugía bariátrica.

La cirugía bariátrica, o reducción de estómago, consiste en que después de haber intentado perder peso un montón de tiempo con un montón de dietas bienintencionadas, sin que nadie te ayude a descubrir qué se esconde detrás de ese hambre que te devora, aterrada de vergüenza y de culpa, hundida porque te parece que el mundo no va a entender ni a aceptar nunca a nadie como tú... decides que lo único que puede hacerse contigo es abrirte en canal y cerrarte el estómago. Anular una parte de estómago y otra de intestino, disminuir tu hambre, limitar la absorción de nutrientes y obligarte por cojones a comer como es debido.

La gente adelgaza, ya lo creo que sí. También se desnutre con frecuencia preocupante, tiene diarreas, vomita, desarrolla problemas de imagen corporal, continúa teniéndole miedo a la comida y a su propio apetito. En mi opinión personal, la cirugía bariátrica es un puto drama. Y lo es porque, en realidad, es cierto que ahora mismo es la medida más efectiva contra la obesidad, y es cierto también que la obesidad en sí es un desastre. Para la imagen, la autoestima y la salud. Recordemos que no estamos hablando de personas con unos kilitos de más, sino de hombres y mujeres con ciento veinte, ciento cincuenta, doscientos kilos.

A mí me gustaría evitar aunque fuera una. Como Dios en Sodoma y Gomorra. Sacar a alguien de esa carnicería. Yo estoy convencida de que la relación con la comida es un noventa por ciento coco y un diez por ciento metabolismo, problemas de salud, genética o llámalo X. Hablas con las pacientes y todas te cuentan lo mismo: la ansiedad, la culpa, la vergüenza. Comer por aburrimiento, por impulso, porque "total, qué más me da". El horror de imaginarse una vida a dieta, las miradas de la gente por la calle y los niños que le dicen a la madre "mira, mami, mira ésa qué gorda". Por el amor de Dios: si incluso el MIR que ha entrado hoy a la consulta con la endocrinóloga ha dicho, literalmente, "qué asco de gordos".

Me generan mucha compasión. Igual que yo con mi AA (que, por cierto, creo que ha vuelto; más detalles en unos párrafos), los gordos se ven obligados a llevar su sufrimiento delante de la gente. Han tenido la desgracia de encontrar para consolarse algo que deja huella. Los demás pueden imaginar la cantidad de donuts, galletas y helados que se han comido y no deberían haber comido. Pueden apuntarles con el dedo y decir: "si tan sólo pusieras un poquito más de tu parte".

Como decía, creo que el AA ha vuelto. No puedo decir que me sorprenda, ni tampoco que no me importe. Creo que es el típico rebrote de otoño, combinado con los altos niveles de estrés que tuve que aguantar este verano, combinado con algún tipo de efecto secundario psicosomático de mis complejos y angustias. Así que estoy otra vez liada con lo mismo: que si mis dietas, mis ejercicios, mi relajación, mi paleofrikismo... mis cuatro cosas de sufridora cutánea. Y bueno, el lunes pasado pedí cita para mi médico de cabecera con un plan: pedir una derivación al dermatólogo y, posteriormente, arrastrarme sobre mis rodillas todo lo que hiciera falta para conseguir una receta de Roacután. Verídico. Era algo como "por el amor de Dios, se me está pasando la vida con esta puta enfermedad de los huevos". No podía más. Sencillamente, no podía más: no podía sola.

Puedo entender a los pacientes que se quieren reducir el estómago. Si yo me pudiera trasplantar entera la piel de la cara, lo haría. El problema es que no puedo, y que el Roacután, de hecho, es un tratamiento muy agresivo con muchos efectos secundarios, que te fríe el hígado, te daña las articulaciones, te reseca las mucosas y es tan perjudicial para un posible embarazo que te obligan a firmar un documento asegurando que vas a tomar la píldora. Y si yo realmente fuera al dermatólogo y le llorara por una receta de Roacután, sería un poco bastante hipócrita: dejándome la salud por el camino para tener una cara bonita durante un tiempo variable (porque el AA es como el mar: siempre vuelve).

Así que bueno, es una mierda esto de tener que llevar el propio dolor a la vista de todos. De verdad, es un ascazo. La pérdida de control, la vergüenza, el picor, el miedo. Leí hace poco la experiencia de otra chica con acné que utilizaba la expresión "inflicting my face on people". Algo como infligir mi cara a la gente. Es exactamente así como me siento en los días malos, y es (insisto) un sentimiento de mierda. Aun así, no os creáis; no lo llevo ni la mitad de mal que otras veces. Ando aquí experimentando con la enésima dieta superrestrictiva, durmiendo un montón y procurando tomarme la historia con calma. Ya se curará (o no).

Creo que ya lo conté, pero una de mis líneas de investigación sobre el AA fue la lectura de un libro sobre enfermedades psicosomáticas de la piel llamado Skin Deep. En él hablaba de que los problemas de piel cumplen una función en la vida de la persona, y tenías que buscar cuál era la que pensabas que se identificaba más contigo. Yo elegí dos. La primera era "your skin is playing sexual policeman", es decir: hacer de policía sexual. Creedme que es mucho más fácil pensar que la gente no te quiere por tu piel horrible que porque no les gusta cómo eres. Cuando me siento mal por el AA, ni siquiera me planteo intentar mínimamente ligar con alguien. No miro a los tíos a la cara.

La segunda era "your skin is telling the world you're not perfect". Tu piel le dice al mundo que no eres perfecta. Hay que joderse, pienso yo. ¡Claro que no soy perfecta! Claro que sufro. Sufro porque a veces me siento sola y tengo miedo del futuro, y a veces me da miedo la muerte, o que se me pase la vida, o que nadie más vuelva a abrazarme NUNCA, y la pobreza, y tener que volver a la casa familiar. Me da miedo la enfermedad mental, que toda la gente a la que quiero algún día se alejará o morirá. Me da miedo quedarme sola mientras todo el mundo forma hermosas familias felices, me da mucho, mucho miedo pasarme la vida probando dietas y milagros para librarme de esta puñetera lacra, pendiente de cómo me sientan las cosas, sin ser capaz de salir, tomarme una cerveza y un trozo de pizza, acostarme tarde y dormir poco.

Hoy es uno de esos días en los que me pregunto de qué coño va esto de la radical sinceridad bloguera, y qué clase de placer perverso encuentro en contaros mi vida. No lo sé. Algunas personas lo hacemos. Pienso en Geneen Roth, una autora que escribe precisamente sobre problemas de alimentación y que habla de su vida, sus desamores, sus problemas familiares y sus sentimientos con una crudeza impactante. Algunos lo hacemos. Pienso en cómo me siento cuando la leo y en qué misterioso mecanismo hace que saber que otras personas también pelean dificultosamente para salir adelante te haga sentir mejor.

Al final, lo malo de la gordura, del acné, de la diabetes, de otros mil problemas, otras mil historias de salud, es que nos aíslan. Me hablaba hoy una paciente de cuando le pusieron a dieta siendo niña y de cómo veía a las demás desayunar mientras ella sólo podía tragarse una pastillita verde con un vaso de agua. Dice que cree que lleva desde entonces intentando alimentar la privación de esa niña. Igual que ella quería sentarse a desayunar con las demás, yo a veces sólo quiero poder pedirme un mollete con aceite y un café con leche, y no preocuparme del gluten, del cortisol y la cafeína, de las proteínas y hormonas de la leche, de la inflamación, la hipoglucemia y todas esas mierdas.

Lo malo del AA es el aislamiento. Así que digo yo que esa es la respuesta: por eso lo escribo.

Pero supongo que al final todos estamos solos.

miércoles, 3 de octubre de 2012

Rubifén

Aquella noche había fiesta en casa del Berni, porque los padres se habían ido de crucero a los fiordos noruegos. No me sorprendió ver aparecer a Francesca del brazo del Alber. "Mirad a quién me he encontrado en la heladería", dijo él.

Se veía venir desde el día anterior, cuando el Alber había tirado la pelota de palas en la toalla de la guiri guapa que se bronceaba a solas. Entonces, como siempre, me había preguntado qué se sentiría al ser él. Levantarse por la mañana, mirarse en el espejo y ver lo que veía el Alber cada día: los abdominales marcados, el pelo revuelto, la sonrisa traviesa, los ojos verdes y estrechos. El Chino, le llamábamos de pequeños, pero resultó que aquellos ojos oblicuos a las tías les encantaban. "Tiene mirada de niño, ¿no te das cuenta?", me había explicado una de sus trescientas amantes, mientras yo contenía las ganas de preguntarle si le iba la pederastia.

No es que me gustara la italiana, aunque tenía cierta cualidad serena que me atraía y, sobre todo, unas teta gloriosas asomando debajo del bikini. Simplemente, me jodía aquel guión y el papel que me había tocado en él. Durante todo el verano el Alber había sido el guapo y yo el tímido. Francesca era la guapa. Yo sabía que el guapo se liaba con la guapa, pero que en una peli al final a la guapa le habría gustado más el tímido. En una realidad más compasiva, al menos, habría tenido una amiga menos guapa que se habría enrollado con el tímido. Aquella realidad, sin embargo, era cruda: a la guapa le gustaba inequívocamente el guapo y, además, viajaba sola.

Cuando el Alber me ofreció la pastilla yo ni lo pensé. ¿Qué es?, pregunté justo después de metérmela en la boca. Rubifén, me explicó. Se lo dan a los niños para que estudien mejor. Es como las anfetas, pero más barato. Cojonudo, dije. La fiesta seguía en su apogeo, pero  nosotros tres habíamos coincidido en el porche: ellos dos acurrucados en un columpio colgante, yo en una silla de mimbre de jardín. Francesca se levantó para ir al baño.
- ¿Qué te parece? Está buena, ¿verdad?
- ¿La italiana o la pastilla?
- Anda, Fer, no me jodas.
- Sí, sí, está muy buena. Todas están muy buenas.
- Las italianas están bien. No son como las brasileñas, claro. Ninguna es como las brasileñas. Ya te lo he contado, ¿verdad? Lo del ocho.
- Sí, me lo has contado.
- Es una cosa que aprenden allí, no sé de quién. Igual se lo enseñan las madres, a saber, que allí están todos salidos. Se te colocan encima y...
- Que sí, joder, Alber, que me has contando lo del ocho mil veces.

El Alber se rió. Una risa franca, sonora, casi tan infantil como sus ojos rasgados. Francesca apareció por detrás de la puerta corrediza del porche. Yo empezaba a notar el efecto de la pirula. Era como diez cafés mezclados con la voz de tu madre diciéndote que todo va a salir bien, mezclado con una brasileña cachonda que te ha prometido hacerte el ocho apenas pongas los pies en el dormitorio. El Alber sonreía y Francesca le buscaba el cuello con los labios. Apuesto a que ella también ha tomado, pensé, y después me di media vuelta porque tenía clarísimo que quería bailar.

Pasaron las horas y me acosté porque tenía que acostarme. Todo el mundo había empezado a subir por las escaleras en dirección a la enorme buhardilla acristalada y, sin saber bien cómo, me vi tumbado junto a la pared sobre una mezcla indistinguible de cojines, colchonetas y toallas de playa. Me quedé un rato observando el cielo a través de los cristales. Todo era cojonudo. Yo era uno con el universo. No tenía ningún sueño, pero todas y cada una de esas estrellas era una galaxia entera en sí misma, y yo podía pasarme toda la noche mirando esas galaxias, y eso me hacía feliz. Las conversaciones se fueron apagando, y un rato después todos dormían o fingían dormir. Un par de figuras se hicieron un hueco a mi lado. Giré la cabeza y no podría decir que me sorprendí cuando vi que eran Francesca y el Albert. "Ciao, Fer", soltó ella, y se quedó tumbada bocarriba en silencio, con los ojos cerrados, sonriendo como si se estuviera contando un chiste. Un momento después se giró y empecé a escuchar sonidos acuáticos: el Alber haciéndole a la italiana una endoscopia lingual con todas las de la ley.

No me molestó. Yo era uno con el universo, recordadlo, y aquello era amor, joder, aquello eran mi amigo y una italiana que estaba buenísima dándose amor. El universo tenía sus razones para haberle dado al Alber los ojitos rasgados y los abdominales, y en aquel momento sentía como si tumbado junto a él y a Francesca les estuviera protegiendo. Era un ángel de la guarda

Ella se giró hacia mí con los ojos cerrados. Sí que se han hartado pronto, me dije, pero entonces vi cómo extendía una pierna morena encima del cojín que nos separaba y escuché el roce de la ropa y pensé: joder, y luego ya no pensé nada. Mi cerebro había perdido toda capacidad para el pensamiento discursivo. Entendía de una forma intuitiva y directa que el Alber se estaba follando a la italiana ahí, a medio metro de mi cara. Le levantó la camiseta y apareció una teta que casi dejó oír un "boing", como los del porno manga. Yo estaba tan absorto en esa teta, en la rodilla moviéndose sobre el cojín, en la sonrisa de placidez bajo los ojos cerrados, que me costó un rato darme cuenta de que el Alber me miraba. Estaba concentrado y serio, pero no había ninguna duda: me miraba, y los ojos verdes le brillaban en la oscuridad. Mi capacidad de reflexión seguía detenida, así que yo también le miré muy fijamente, casi esperando una telepatía del follar que me revelara un significado secreto en mitad del silencio nocturno.

Entonces mi mano derecha comenzó a levitar. Lo juro, yo no tuve nada que ver: miré casi divertido cómo viajaba hasta mi polla y empezaba a tocarla, arriba y abajo, arriba y abajo al ritmo de las tetas de Francesca. Ella abrió un momento los ojos y observó cómo me la cascaba con la mirada perdida. El Alber seguía mirándome fijamente a la cara hasta que cerró fuerte los párpados y ahogó una exclamación; se había corrido, y yo tuve que parar un segundo para tomar aire. Todo se quedó quieto, con el Alber respirando fuerte y la italiana tendida, inerte, como muerta. Entonces él la agarró del hombro y la cadera y la giró en un movimiento diestro como una maniobra de salvamento. Todavía tenía bajadas las bragas del bikini.

No hizo falta mucho más. Un toque de barbilla del Alber, un levísimo alzar de cadera de la italiana y, igual que antes había levitado mi mano, ahora mi polla se encaminaba hacia ella como teledirigida. Me corrí mucho antes de lo que habría querido y mucho después de lo que las circunstancias habrían hecho prever. Ni tan mal.

Y bueno, podría haber quedado así la historia, podría ser un mero relato sórdido y drogadicto de un trío o, más bien, de un sexo por turnos. Me habría quedado satisfecho después de correrme con la italiana, porque además creo que ella también se corrió, tocándose por delante con mano experta. Habría quedado satisfecho, ya te digo, y habría dormido como un bendito a pesar del Rubifén, mientras ella se acurrucaba entre los dos, con las estrellas sobre mi cabeza y pensando que era uno con el universo, si no fuera por él. Si no fuera por una media sonrisa que no acababa de entender muy bien. Si no fuera por sus ojos verdes, abiertos frente a mí mucho rato después de que Francesca se hubiera dormido.

martes, 2 de octubre de 2012

Port Aventura

La última vez que viajamos con mi padre fue a Port Aventura. Lo gracioso es que ya habíamos estado allí antes. Yo, concretamente, dos veces: una con mis padres, con los dos, cuando era tan pequeña que no llegaba a la línea que marcaba el límite para montarse en las atracciones peligrosas. Recuerdo cómo miraba de lejos el Dragón Khan, intentando imaginarme el calibre de la experiencia de sentir mi cuerpo manejado en esas direcciones, a esas velocidades. Después volví en el viaje de fin de estudios del colegio y por fin me atreví a subirme en el Dragón Khan, y hasta compré la foto de recuerdo, en la que salimos la PK y yo agarradas de la mano. Era de noche, era nuestro último viaje de la jornada y recuerdo cómo puse todos mis sentidos en aquel momento, intentando cristalizar una felicidad que se me escapaba.

El caso es que mi padre decidió ir allí, no sé por qué. Le había cogido el gusto a las montañas rusas desde que le convencí para probar el Space Mountain, en Eurodisney. Creo que para mi padre las montañas rusas fueron como para mí la escalada: la prueba de que todavía podía ser otro tipo de persona. Continuamos con el Jaguar, en Isla Mágica; si queréis mi opinión, las montañas rusas colgantes están a años luz de las normales. Creo que el balanceo compensa la fuerza centrífuga y la sensación es mucho más descafeinada.

No recuerdo mucho de aquel viaje. Lo que sí recuerdo es que sólo saqué un par de fotos. Mi padre dejó de hacer dos cosas en los viajes cuando se separó: una era poner música en el coche, y la otra hacer fotos de los viajes. Luego, directamente dejamos de viajar todos juntos, pero bueno; eso fue ya hace demasiado tiempo como para ponerme melancólica. También recuerdo que el segundo día compramos unas pulseras rojas que te daban prioridad para montarte en las atracciones importantes: el Dragón Khan, una barca gigante que se tiraba desde un volcán y te ponía chorreando y nosequé otros sitios. Y cuando cruzamos las puertas de entrada con nuestras pulseras en las muñecas, mi padre dijo algo como: "A ver, por favor, que alguien nos vaya apartando pobres", y a mí me hizo mucha gracia.

Me encantaría volver a Port Aventura. No sé si habrá hueco para eso en mi apretada agenda de viajes de escalada/ jippys/ couchsurferos/ low cost, pero en algún punto de mi vida me gustaría gastarme el absurdo precio de la entrada y quizá el absurdo precio de una pulserita de ricos, y entrar en ese universo controlado de experiencias de imitación. Restaurantes que imitan a mexicanos. Espectáculos que imitan las danzas indonesias. Enormes montañas rusas que imitan las mariposas en el estómago, o las emociones, o quizá el amor.

Me gustan mucho, mucho, mucho las montañas rusas. Ninguna otra atracción se les parece: ni las caídas libres, ni las ruedas infernales. Las montañas rusas son un viaje. Va, recordadlo ahora. Cómo te subes, te colocan las protecciones de seguridad y algún empleado desganado les pega un tirón para ver si están bien fijas. Luego eres tú quien se pone a dar tirones para probar mientras subes la primera cuesta, esa que va tan despacito y que te hace plantearte qué coño pintas aquí, pudiendo estar abajo hartándote de nachos de imitación. Te preguntas qué harías si te dieras cuenta ahora de que tus protecciones están sueltas. ¿Te oirían si chillaras? ¿Podrías bajarte y descolgarte por los hierros? Después empieza el recorrido, la velocidad, el miedo controlado y el cielo mezclado con la tierra. Gritar sin censuras; ahora que lo pienso, a lo mejor la gracia de las montañas rusas está en poder gritar.

Recuerdo otra cosa de Port Aventura con mi padre. Volvimos en coche desde Salou hasta nuestro hotel en Barcelona, ya de noche. A mi padre nunca le ha gustado conducir de noche, y creo que de ahí he heredado yo una precaución casi supersticiosa a viajar cuando está oscuro. Mi hermano se había quedado frito en el asiento trasero; me lo imagino tirado con el cuello torcido y la boca abierta, como dormía de pequeño. Mi padre me prohibió dormirme. "Necesito que hables conmigo durante el viaje - me dijo - para no dormirme yo y que no tengamos un accidente". Y no sé de qué hablaríamos: supongo que del Dragón Khan, de lo que queríamos ver en Barcelona o de lo divertido que había sido jugar a ser ricos con nuestras pulseras prioritarias. Pero sí recuerdo las luces en la carretera, la intuición del silencio detrás de los cristales y esa sensación, ahora tantas veces repetida, de que con mis palabras estaba cumpliendo una misión importante.


PD: Me chivó mi hermano hace poco que hay una nueva montaña rusa en Port Aventura y acabo de buscarla en Google. Se llama Shambhala, y aunque me dé pena que a su lado el Dragón Khan parezca hasta pequeñito, me encantaría probar en algún momento sus enormes y salvajes curvas blancas.




domingo, 30 de septiembre de 2012

Más sobre los lunes

¿Alguna vez he explicado por qué este blog se llama así? Seguramente se me haya colado en alguna entrada.

Acabo de pintarme las uñas color café. He hecho un primer intento con el coral, pero resulta que después de quitarme el último esmalte, color azul, también mis uñas han quedado azules y parece que estoy muerta. Y el coral no es lo bastante oscuro para tapar el azul, así que he probado con el café. Pintarme las uñas color café quiere decir que me estoy reconciliando con el otoño. De un año para otro me cuesta recordar lo mal que me sienta la llegada del frío. Estoy muerta de calor, deseando poder dormir con el edredón, y se me olvida de que los cambios de tiempo me ponen los nervios de punta, como a los ancianos.

Mientras se secaban las uñas, he abierto mi ejemplar de "El gozo de escribir". No me había dado cuenta de que estuviera tan viejo ya. Lleva conmigo unos doce años: le ha cambiado el olor de las páginas y las cubiertas están rajadas por los bordes. Lo ojeaba para ver si encontraba un fragmento sobre conocer a los demás. Algo como que un amigo de la autora le decía: este libro debería tener mucho éxito, porque al acabarlo uno siente que conoce a quien lo ha escrito. Quería encontrar ese fragmento a cuenta de la encuesta, porque alguien me ha preguntado sobre su finalidad. La finalidad de este blog, al final, es que me conozcáis; la de la encuesta, más o menos, es conoceros yo a vosotros.

"Conectar con otros, relacionarse con otros, es una de las principales fuentes de satisfacción de la vida", me decía el otro día Anxo mientras conducía hacia Vejer. Es verdad. Yo no sé qué tiene de bueno el vínculo, ni sé por qué a mí me interesa saber de las vidas de otra gente y a otra gente de la mía. Pero es así. Es como tantas otras cosas que no hace falta comprender para saber que son ciertas.

No he encontrado el fragmento que buscaba, pero he aprovechado para releer el capítulo titulado "Más sobre los lunes". Es gracioso, porque como mi blog se llama así desde hace tanto tiempo, se me olvida que el capítulo estaba antes y por un instante pienso que vaya coincidencia.

Siempre he dicho que hablo de los lunes porque me parece que están hechos de una sustancia muy parecida a la vida. Levantarse temprano, el olor de los bares a café y tostadas, el susurro triste del autobús camino del curro. Los rostros serios de la gente, los paseantes voluntariosos junto a la playa, la rutina descolgándose despacio frente a nuestros ojos cansados porque el domingo, para variar, nos acostamos más tarde de la cuenta.

Cuando estaba en Málaga estudiando el PIR, J. siempre me pedía que me quedara a dormir con él los domingos. Decía que la víspera del lunes dormía fatal. Digo yo que el estado de ánimo de tu domingo por la tarde dice mucho de la calidad de vida de tus lunes pero, aún así, yo entendia a J., y solía pasar las noches de los domingos acariciándole la espalda. Él se sobresaltaba un par de veces entre mis brazos y se quedaba frito; a veces se despertaba inquieto a media noche y siempre se alegraba de verme allí.

Hoy ha sido un día muy, muy raro. Ha empezado saliente de guardia, conmigo soñando despierta en la cama de la habitación de residentes. Por la mañana estaba muy triste, nivel de verdad que no puedo sola con esto, entendiendo esto como gestionar mis días sobre la tierra de forma decente. Luego he visto el nuevo capítulo de Anatomía de Grey, que también es como para cortarse las venas: ¿podrías, por favor, Shonda Rhimes, dejar de matar gente de una vez? Menos mal que a las cinco he conducido hasta la casa de mi tío Quique para pasar la tarde dibujando. Ha montado un taller gratuito como protesta pacífica contra la crisis: si me quitan dinero, yo enseño gratis. No es muy práctico como revolución, pero me gusta la idea.

Ahora estoy de vuelta, más tranquila que en toda la semana, y de verdad que todo esto nos lleva a alguna parte. A que más sobre los lunes tiene que ver también con hacer los lunes más tolerables. Quiero escribir para quitarle a los domingos la angustia y poder empezar las semanas extremadamente avionil. Quiero escribir como única arma que me queda ante el miedo y la rutina, porque incluso cuando me parece que estoy exprimiéndome el cerebro como un limón seco, hay una parte de mí que sabe más que yo y que se alegrará de leer esto en el futuro.

Más sobre los lunes porque los domingos por la noche nadie debería estar solo. Y escribir aquí ahora mismo es la única forma que se me ocurre de poner en esa empresa mi granito de arena.

Por último, os enseño mi dibujo de esta tarde. Sí, sé que lo mío es obsesión más que amor; qué le vamos a hacer :)  



Hu ha artístico :D

viernes, 28 de septiembre de 2012

Encuesta de mercado con PREMIO!!!!!!!!!!! (Atraer vuestra atención, lalalalalalaaa)

Queriditos:

En este afán mío de no conflictuarme escribiendo, he dedicado la última hora a algo que tenía ganas de hacer desde hace tiempo: masturbarme crear una encuesta de mercado. Por una parte, me gustaría conocer un poco más el perfil, preferencias y lo que queráis/ tengáis que decir sobre éste mi blog. Por otra parte, estoy pensando en sacar algo escrito más largo y quería saber qué tipo de libro os gustaría más. Así que he diseñado un cuestionario no demasiado largo y salpicado del humor y entretenimiento que me caracteriza, y me encantaría que lo contestarais.

Ahora bien; como no sólo de amables peticiones vive el hombre, ¡¡la encuesta tiene un sorteo y el ganador se llevará un premio!!

[Marina: manipulando mediante el tamaño de fuente desde 1990 (aprox).]

El premio consistirá en un pack de lector de massobreloslunes. Consistente en:
1. Alguno de mis libros favoritos, dedicado y autografiado. El libro se consensuará entre el ganador y yo, más que nada para asegurarme de que no lo ha leído y de que le apetece hacerlo.
2. Una recopilación de textos inéditos en el blog (algunos relatillos, fragmentos de diarios, artículos antiguos y más material interesante que encuentre por ahí).
3. Un pintaúñas de color genial y calidad comprobada + el esmalte de secado rápido de Mavala que cambiará tu vida (si eres tía). Una foto de mis pechos (si eres tío) (bromeo; si eres tío ya buscaremos algo).
3.Una tableta de mi chocolate favorito.

Todo ello enviado a domicilio (o entregado en mano si eres de por aquí cerca), envuelto bonito y con más sorpresas que se me vayan ocurriendo por el camino.

EXTRA: Además, si consigo que más de cincuenta personas completen la encuesta, ME COMPROMETO seriamente (y no como el año pasado) a que dedicaré el NaNoWriMo de este año al libro que salga ganador.

Creo que todo lo anterior es un soborno lo suficientemente potente como para que contestéis. Muahaha.

Pasos a seguir:

1) Contestad la encuesta. Como veréis, hay preguntas que son obligatorias y otras que permiten permanecer en el economato y/o no pronunciarse sobre temas más o menos delicados.

2) La última pregunta es de respuesta libre. Ahí deberéis indicar, además de sugerencias y comentarios:
    a) Vuestro nombre o nick si no os importa no permanecer en el economato.
    b) Una palabra clave si queréis participar en el sorteo pero no queréis que sepa quién sois porque resulta que habéis contestado en todas las preguntas que me odiáis.

3) IMPORTANTE: Si queréis participar en el sorteo, comentad en este post:
   - O bien con vuestro nombre/ nick.
   - O bien con la palabra clave que habéis incluido en la encuesta. Había pensado en un sistema más complejo para verificar luego que el ganador es quien dice ser y no cualquier que dice que fue él quien puso "esternocleidomastoideo" como palabra clave, pero creo que voy a confiar en vuestra buena voluntad. Sencillamente, cuando haga el sorteo anunciaré la palabra clave y esa persona podrá ponerse en contacto conmigo. Si pensáis que así habrá problemas y se os ocurre algún sistema mejor, estoy dispuesta a escuchar.

Y sin más, os dejo con la encuestita. Muchas gracias por vuestra colaboración, ¡no os arrepentiréis!

IMPORTANTE:La fecha límite para contestar será el 14 de octubre (poco más de dos semanas).

[Editado: me comentan que al contestar la encuesta se puede ver el apartado de respuesta libre de los demás. No sé cambiarlo, así que no escribáis ahí nada del tipo "soy tu vecino de enfrente y TE AMO" o "aprovecho para contarte que aunque blogueo como un chico joven y guapo, en realidad soy una monja mayor y parcialmente obesa". Gracias y disculpad las molestias]

jueves, 27 de septiembre de 2012

Heart in a box

Como no me quiero acostar muy tarde, estoy rebuscando entre los post antiguos algo que reciclar. Y, mira tú por dónde, he encontrado este texto. Lo escribí en noviembre de 2011, hace ya casi un año.

Esta entrada es toda ella un spoiler del último capítulo de Anatomía de Grey. Pero vamos, que no spoilerea partes muy importantes, así que aunque os mole la serie y queráis mantener el intríngulis, la podéis leer sin problema.

Resulta que en el capítulo en cuestión Christina Yang, la china fea que ya con el tiempo y la mera exposición no me parece tan fea, está redactando una lista de operaciones de corazón que le gustaría hacer. Para los que no sepáis de qué va la serie, trata de unos cirujanos muy, muy frikis de la cirugía, así que la lista de operaciones de Yang es más o menos como mi lista de maromos ideales o de autores a los que me gustaría parecerme.

Al principio del capítulo, Yang y Altman, su adjunta cardióloga, sacan un corazón para un transplante y lo conectan a una máquina que hace que no deje de latir. El receptor muere antes de poder recibir el corazón, así que Christina tiene que quedarse todo el día vigilando al corazón en la caja mientras hace su lista de operaciones. No sabe cuáles escoger, y entonces el ex jefe, que es mayor y experimentado, le dice que el corazón en la caja tiene la respuesta.

Varias escenas después aparece en la sala Avery, que es algo así como un dios mulato de la cirugía. Está tan increíblemente bueno que seguro que lo han generado por ordenador como a los extraterrestres de Avatar. El caso, que me disperso, es que Avery se encuentra a Yang consultando al corazón en una caja como si fuera un oráculo. Lee una cirugía, mira al corazón latir y decide si la incluirá o no en su lista.

Avery: ¿De qué va esto?
Christina: Es el corazón en la caja. Él tiene la respuesta.
Avery: ¿Cómo puede tener la respuesta un corazón?
Christina: Cuando sacas un órgano para transplantarlo, ¿qué haces?
Avery: Lo pones en hielo.
Christina: Exacto, lo pones en hielo y coges un helicóptero hasta el donante, lo colocas y rezas para que ese órgano frío y muerto vuelva a la vida. Pero él nunca ha dejado de latir. Nunca ha parado de estar caliente. Nunca ha parado de vivir. Es un maldito milagro. Estás sentado enfrente de un milagro. Y, cuando te das cuenta, cambia tu perspectiva. Así que lo que hago es lo siguiente. Miro una cirugía, luego miro el corazón, y si la cirugía no es ni la mitad de increíble que el corazón, no merece mi tiempo. Te hace saber lo que es importante para ti. Eso es lo que hace el corazón en la caja.

Hay que ver cómo hay momentos que te atraviesan en algo tan pueril como Anatomía de Grey. Me he preguntado cuál es el corazón en mi caja.

Ahí me quedé cuando escribí el post. No sabía muy bien cómo terminarlo ni si podía resultar interesante. Y ahora que lo releo pienso que bueno, casi un año después sigo sin haber encontrado el amor, entendido como querer a alguien y que ese alguien también me quiera a mí.

Pero, curiosamente, creo que sí que he encontrado el corazón en la caja. El sitio a donde mirar la próxima vez que quiera saber si lo que tengo entre manos merece la pena.

Y eso es bueno. 

miércoles, 26 de septiembre de 2012

Amigos

- Tienes que leer este artículo - dice Rosa en cuanto escucha entrar a Vicente por la puerta.
- ¿Qué? - él se está quitando la chaqueta y los zapatos, que cambia por unas zapatillas de felpa azul. Entrar en el piso, calentito y recubierto de parqué, es un poco como entrar en un útero.
- Este artículo - Rosa está sentada en la mesa de la cocina. Vicente se agacha un poco, le da un beso breve y levanta los ojos hacia la olla que hierve sobre la vitrocerámica de inducción -. Albóndigas, hay albóndigas.
- Estoy muerto de hambre.

Se desplaza hacia el fondo de la cocina casi como bailando, arranca el pico de la barra de pan que asoma por la panera y abre la olla. Le sorprende un poco que Rosa no le diga que se esté quieto. Claro, que él eso nunca lo ha entendido: si no quieres que coma pan, no compres pan. Lo que no puedes es ir todos los días a por una barra blanca, calentita y crujiente y pedirme que me controle. Que no soy de piedra.
- Dice que la clave para que un matrimonio sea feliz es la amistad. Que llega un punto en el que la pareja tiene que ser más amiga que amante.
- ¿El artículo dice eso?
- Sí.

Vicente se encoge de hombros.
- A ver, qué pasa, por qué pones esa cara, ¿eh? No es tan raro.
- Yo qué sé, Rosa...
- ¿Yo no soy tu amiga?

Vicente la mira ahí sentada en medio de la cocina. Hace apenas unos meses que hicieron la obra y el hijo mayor insistió en que pusieran los muebles en naranja. Demasiado moderno, decía Rosa, pero como no sabe negarse a lo que le pide el niño, naranja lo pusieron. Y ahora él la ve allí, con el vestido ligero que se pone para estar por casa, el pelo recogido en una pinza, sosteniendo la revista en la mano, y le parece un poco extranjera, como deportada.
- A ver, mi amiga, mi amiga... eres mi mujer. Es que amigos es otra cosa.
- Por ejemplo, si tú tienes un problema me lo cuentas a mí primero, ¿no?

Vicente duda si coger otro trozo de pan para mojarlo en las albóndigas. Luego decide que no, que en realidad sí que está bien contenerse un poquito.
- ¿Un problema? Pues sí, claro, ¿a quién se lo voy a contar? ¿Al frutero?
- Vale, pues eso es lo que tienes que hacer. Y yo también. Que tengamos una relación de confianza, de intimidad.

Vicente se rasca la cabeza.
- ¿Viene el niño a comer?
- Desde luego, hijo mío, no se puede hablar contigo de nada, ¿eh? - Rosa se levanta de la mesa, apaga el fuego y saca los platos del aparador para servir las albóndigas. Él coge los cubiertos, los platos y los vasos y los lleva al cuarto de estar.

Almuerzan escuchando la voz del noticiario. Mientras mira a Rosa, Vicente piensa que se ha perdido algo, porque cualquiera diría que se está enfurruñada. Ella también come pan, aunque lo corta en pedacitos muy, muy pequeños, como si no quisiera que su estómago lo viera. La mira debatirse con cada bocado, alternar la carne con la ensalada, rebañar un poquito menos de salsa del que le gustaría, y siente una repentina ternura. Agarra un pedazo grande de pan, lo empapa en salsa y se lo acerca a Rosa.
- Ay, ¿qué haces? Quita, que eso es mucho.
- Venga, boba, abre... di "aaahhh", que viene el avión...

Rosa abre la boca para protestar y Vicente aprovecha para meterle el trozo de pan. Después le pasa un dedo por la barbilla para quitarle la salsa que se le ha quedado en la comisura. Terminan de comer en silencio, pero Rosa tiene un amago de sonrisa privada, como cuando la travesura de un niño te hace gracia pero no quieres que se entere para que no la repita.

Por la tarde no tiene muy claro por qué lo hace, pero cuando baja al estanco a por tabaco y después a la frutería a por unos plátanos que le ha encargado Rosa, Vicente decide que va a comprar también una piruleta roja, de esas en forma de corazón, y con el mismo ánimo valiente que no tiene claro de dónde sale decide llamar a la puerta en vez de abrir con la llave. Cuando aparece Rosa delante con el trapo en la mano, los rizos pegados a la nuca por el sudor y cara de "pero se puede saber quién es a esta hora", extiende la mano con la piruleta como un colegial pelota.
- ¿Quieres ser mi amiga? - le dice.

Y cuando ella coge la piruleta con una mano mientras le sacude suavemente con el trapo, y suelta un "pero qué tonto estás", y después se da la vuelta riéndose otra vez medio en silencio, Vicente piensa que vaya chorradas que escriben las revistas, y que no tiene muy claro si ha pillado bien lo de la amistad, pero que se podría pasar el resto de su vida sonsacándole a Rosa sonrisas secretas, y que a lo mejor con eso ya les basta a los dos.