massobreloslunes

domingo, 7 de abril de 2013

Convocatoria oficial de Q-Ball, tarta y celebración de las 1000 entradas

Nos vemos mañana a las 17'00 en la parada de metro del retiro que está dentro del parque. Estaré yo. Estarán mis fabulosas amigas Erika, Elsa y Ro. Habrá gente desconocida convocada por couchsurfing. Habrá algún que otro lector que ha anunciado su asistencia (no muchos de momento, me temo, pero al menos ya sabéis que vendrá alguien). Jugaremos a meter pelotas en un cubo con un rastrillo en un juego cuyas reglas están aún en proceso de creación. Comeremos una tarta aún por decidir. Y después, por la noche, caiga quien caiga y esté como esté de embotada mi pobre cabeza pensante, escribiré la entrada número mil de este mi querido blog.

Allí os espero.

Besitos y buenas noches.

miércoles, 3 de abril de 2013

Poesía económica VI: Hacienda strikes again

¡Declaración de la renta
hoy me la has vuelto a jugar!
Esperaba tu respuesta,
y me sales a pagar.

¿En qué clase de universo
injusto y malencarado
con mi sueldo mileurista
le debo pasta al Estado?

Será que cobré la Renta
(maldito sea su recuerdo)
o que a mi chunga casera
pagué el alquiler en negro.

Por tener curro en la crisis
debo estar agradecida
pero pagar ahora a Hacienda
me deja jod... algo herida.

Puedo aprovechar Madrid
para pedir en el metro
o ir a la calle Montera
a menear el esqueleto.

Los planes para mi viaje
se empiezan a perfilar:
pisar suelo americano
y con drogas traficar.

Para colmo, Dios me ignora
y los maromos me evitan
¿Son las celivibraciones,
o el karma, que me castiga?

Menos mal que Muertelandia
me enseña algo verdadero:
que la salud y la vida
no se compran con dinero.

(Posdata: querida muerte
he aprendido la lección.
Déjate ya de chorradas
y que me toque el cupón)


*Nota: ya empezaré mañana con el desafío Moleskiniano; hoy era necesario escribir esto.

martes, 2 de abril de 2013

Retos y celebraciones

Queridos lectores:

Esta es una entrada breve (*edito: sigo teniendo problemas con el concepto de breve) para comunicaros dos cosas.

Primera: sobre la próxima celebración de las mil entradas (ésta es la 997)

Yo quería aprovechar que estoy en Madrid y convocar a quien quisiera a tomar tarta de cerveza negra (que va a ser la elegida para la celebración, me temo que sin glaseado rosa, porque desde que la probé no quiero más que aprender a hacerla y alimentarme sólo de eso). El problema es que incluso a mí me parece raro reunir a unos cuantos desconocidos en torno a mi persona. Es como ¿y de qué vamos a hablar? ¿De mi blog? ¿De mí misma? Luego he pensado en dinámicas grupales y cosas así, pero insisto en que es friki hasta para mis niveles de egocentrismo y alternatividad vital.

Así que lo que voy a hacer es lo siguiente: aprovechando que mi amiga Elsa, que es amor, y mi amiga Erika, que también es amor, organizan un partido de Q-Ball este domingo en el retiro, os convoco a todos los que queráis a uniros a nosotras. No se lo he preguntado a ellas (¿qué opinas, Els?), pero dado que son amor, estoy casi 100% convencida de que no van a tener problema en que invite a los lectores. Luego todos comeremos tarta de cerveza negra y, aunque no tengamos nada de qué hablar, las endorfinas y la glucosa fluirán por nuestra mente y todo dará igual.

¿Qué es el Q-Ball? No lo tengo claro. Es un juego que se han inventado Erika y Elsa. Tiene muchísimas reglas, y se juega con pelotas y rastrillos de playa. Me parece que en algún momento hay que hacer el pino (verídico). Aquellos vergonzosos o no coordinados: tranquilidad. Mi torpeza con una pelota sólo es comparable a mi torpeza al ligar con hombres guapos. Seguro que no se os da peor que a mí.

Creo que la quedada de Q-Ball (Q-dada) es una buena opción. Podéis aparecer si queréis, y si no, pues no. Habrá más gente que tampoco se conocerá entre sí. Erika y Elsa insisto, son amor en estado puro, y yo tampoco estoy mal. No tendremos que buscar tema de conversación, ¡jugaremos al Q-Ball! Si no viene ningún lector, no me sentiré mal porque habrá más gente, e igualmente celebraré y comeremos tarta de cerveza negra. Será genial.

No obstante, lectores: escribir mil entradas (¡¡¡MIL!!!) es un logro sumamente importante para mí. Mucho. Me encantaría que lo celebraseis conmigo.

Segundo: sobre el Reto Moleskine* o Moleskinian Challenge

El otro anuncio del día es que voy a empezar otro reto, estilo Michelian Challenge. Va a durar sólo 21 días, porque si me descuido se me junta con el viaje a Boulder, pero creo que puede estar bien. El tema es que mi creatividad está bajo mínimos, y que tiene que ver también con que ando muy distraída intentando sobrevivir en la jungla capitalicia. Se me ocurren ideas (¡muchas!) y después se me olvidan. Así que voy a proponerme tres cosas:

1) Llevar siempre encima la libreta marca Moleskine roja superguay que me regaló MQEN por mi 27 cumpleaños.
2) Escribir en ella todas las ideas que se me ocurran.
3) Escribir cada noche un post que obligatoriamente sí o sí deberá emerger de la libreta roja.

De esta forma, espero estimular la creatividad y la variedad bloguera, porque últimamente me siento aquí y no hago más que chorrear autocompasión o ambiguas lecciones vitales.

Eso es todo por hoy.

Cuando me entere con todo detalle de la convocatoria oficial de Q-Ball, os la apunto aquí. De entrada, anticipo que será este domingo por la tarde, creo que en el Retiro. No sé si habrá que traer rastrillos y demás o se encargan ellas. Contadme qué os parece.

Besitos y a descansar esas molleras (o a ponerlas en marcha aquellos que me leéis con el café, como si el blog fuera una galleta María cualquiera).

*Esto también es un Míchel tribute. Él sabe de lo que hablo.

domingo, 31 de marzo de 2013

Atascos y desatascos

Estoy atascada en un túnel en mitad de Despeñaperros. Llevo siete horas metida en el autobús y, con suerte, me quedan otras tres. No me importaría demasiado si tuviera un enchufe, pero un capítulo de Anatomía de Grey y un artículo de 3200 palabras sobre la asertividad se han comido casi entera la batería de mi Mac. Apuro los restos con la pantalla al mínimo y escribo en gris clarito para que nadie pueda leerlo.


Antes de ayer quedé con Elsa y con Ro para tomar un té. Eso ya lo conté en elpost que escribí esa noche, de hecho. Lo que pasa es que me dispersé hablando de tronos y de cristos y no me centré en lo importante. Lo importante es que al acabar el té, Elsa y yo caminamos juntas hasta su casa a través de las calles abarrotadas del centro. Yo me terminaba las pipas que había comprado con mi madre por la mañana. Las pipas me saben a yo misma hace diez años, cuando las comía sentada en un banco a la salida del colegio. Málaga me sabe a pipas y al olor de la sal del mar en el aire.

Hablamos del alcohol. Poco después de empezar a meditar, dejé de beber, pero hace un par de años que volví poquito a poco a las andadas. “Has pasado de no beber nada a beber... normal, ¿no?” me pregunta Elsa con prudencia. Puedo escribir sobre Elsa durante todo el tiempo que me queda dentro de este autobús y será difícil que os hagáis una idea de cómo es. Está como cincuenta reencarnaciones por delante de cualquier persona que conozca. Es un ser de luz. Ayer tomábamos café en el balneario a la caída del sol. Yo observaba su cara tranquila recortada contra el mar. “Qué guapa eres, Elsita – le decía – y cuánto te quiero”. Ella se reía. “Tú también eres muy guapa, Mopi, y también te quiero mucho”.

Elsa no bebe alcohol. Ni come carne. Ni se enfada nunca; se ha enfadado hace dos semanas por primera vez en su vida y ha decidido que es muy desagradable y que no lo va a hacer más. “Yo acepto que la gente a mi alrededor beba – me explica -, pero no me gusta nada”.

Yo intento justificarme. Le digo que beber es el menor de mis problemas. Que tomarme un par de cañas los martes y los jueves a la salida del roco, y una copa de vino si salgo a tapear algo con los del curro, o quizá un gin tonic si piso de puntillas la noche madrileña es, de verdad, el menor de mis problemas. Porque no tiene que ver con beber, sino con estar como no quiero estar, donde no quiero estar, con quien no quiero estar. Le explico toda la historia de mi disociación, y de esta sensación que tengo desde hace unas cuantas semanas de que debería sacudir mi vida desde los cimientos y no puedo hacerlo.
Subo a casa de Elsa a mear el batido de yogur que he pedido en la tetería. Nos espera Tahira, preciosa en su vestido de lana marrón, toda sonrisas y rizos rubios en mitad de la cocina. A sus casi veinte meses, Tahira me cae bien. Tiene las ideas claras y no llora cuando se cae. “Es una tía dura -le digo a Elsa -. Acabará como aventurera, o como reportera de guerra”.

Mientras vuelvo caminando a casa de mi abuela, un pensamiento me golpea en la frente. Mi vida es un desastre, pienso, un desastre total y verdadero, y yo no voy a beber más. Lo decido sobre la marcha, aunque me dé miedo volverme marciana y sepa que van a apetecerme las cañitas madrileñas durante toda la primavera. Pero lo decido porque no tiene tanta importancia y, al mismo tiempo, tiene un montón de importancia. Quizá no sea el último de mis problemas, ni tampoco el primero: quizá sea la oportunidad de poner en marcha todo lo demás. Al mismo tiempo, no puedo hacer algo que a mi amiga Elsa le parece mal, y sé que esto no lo va a entender nadie que no la conozca, pero yo lo entiendo.

Como si escribir hubiera liberado algún tipo de energía, el atasco se ha deshecho, y el autobús recorre tranquilo la autovía en dirección a Madrid mientras yo visualizo un futuro de tónicas, mostos y cervezas sin alcohol. Es mucho más difícil cambiar la vida sin sacudirla, permanecer comprometida con lo que te importa y construir tu autenticidad poco a poco y en mitad del mundo. Sé que estoy muy mística últimamente, y escribir en gris clarito sin revisar lo anterior tampoco ayuda, pero tengo que mantener la confianza. Nunca la he perdido, en realidad: no lo olvidéis nunca. En mitad de la desesperación y de la felicidad; entre tormentas y calmas; aburrida, entusiasmada y con el corazón roto... nunca he perdido la esperanza de que si continúo aquí sentada, poniendo una palabra detrás de otra y un post detrás de otro, algo sucederá. Irán encajando las piezas. Colocaré el número suficiente como para verle un sentido al conjunto. Así que aquí sigo, paso tras paso, post tras post.

sábado, 30 de marzo de 2013

Semana Santa


Estoy en Málaga, sentada en el cuarto de la chica que cuida a mi abuela, y que ahora mismo está de vacaciones de Semana Santa. Me he venido aquí porque mi abuela se partió la pelvis hace un par de semanas y mi madre está cuidando de ella. Yo ayudo un poco, pero lo justo, la verdad. Ni mi abuela es encantadora ni yo soy la Madre Teresa. No tengo ganas de ayudar a cambiar pañales ni de sentarme con amabilidad a los pies de su cama. Quiero que me dejen tranquila.

Quedo con Elsa y Ro para tomar un té en una tetería del centro. Las calles están abarrotadas de gente en busca de tronos. ¿Queréis saber algo friki de mí? Además de querer ser santa, de pequeña era una verdadera adicta a las procesiones. Mis tíos tenían alquiladas sillas en la Alameda, y yo me pasaba allí los cinco días de la semana, recogiendo cera en una bola cada vez más grande, correteando con mis primos de un lado a otro y observando anonadada a los cristos y a las vírgenes.

Lo de la Semana Santa es complicado de explicar si no vives aquí. Reconozco que resulta bizarrísimo si se ve desde fuera. Desde dentro es más fácil de entender. Quedas con tus amigos, paseas por las calles, ves un par de tronos y te tomas una caña. Te compras una patata asada, o una manzana de caramelo, o un limón cascarúo para tomar con bicarbonato. Esperas durante horas en una esquina para ver una salida o un encierro.

Yo no lo hago, que conste. Hace ya muchísimos años que sólo veo tronos por casualidad. A pesar de eso, y a pesar de que ahora soy atea como el infierno, cuando me cruzo con uno me emociono como una idiota. Es una emoción irracional, que se irradia directamente desde mi cerebro reptiliano. El tema es que a mí la historia de Jesús me da mucha pena. Las procesiones consiguen transmitirme muy bien todo el mensaje. La muerte, la humillación, la desesperación. Mel Gibson no se inventó nada; está todo aquí, en las calles de mi ciudad. No soy creyente, insisto; ni siquiera católica no practicante, ni cristiana a secas. Me parece una historia sin pies ni cabeza. Aun así, veo al Cautivo bajar una avenida entre tambores, con la túnica blanca ondeando en la brisa, las manos atadas delante y la corona de espinas sobre la frente y me da mucha pena, igual que me dan pena las vírgenes llorando porque su hijo se muere.

Cuando era pequeña, siempre pensaba en las formas en que se podía haber evitado la muerte de Jesús. Algo dentro de mí creía que no hacía falta todo aquello, Que si Jesús era el hijo de Dios y lo sabía todo, por qué había elegido como apóstol a Judas. Después buscaba fallos en el guión: Jesús podría haber huido, Pilatos no tendría que haberse lavado las manos. Los latigazos, la cruenta tortura de la cruz; todo eso y, sobre todo, que todo se repitiera una y otra vez sin que se pudiera hacer nada por evitarlo, me conmovía muchísimo.

Igual que me pasa con la navidad, me extraña la Semana Santa porque ya no participo en ella. Con profundo egocentrismo, me pregunto por qué se sigue montando este follón en torno a algo que no me interesa nada. A pesar de todo eso, camino por las calles y sigo conectando. Las sensaciones están almacenadas en mi cerebro. La brisa de principios de primavera, el olor a incienso y a manzanas de caramelo, los niños pequeños que tocan trompetas y tambores de plástico mientras sus padres piensan en cómo esconderlas cuando lleguen a casa.

Es difícil de entender si eres de fuera. Incluso a mí me resulta difícil entenderlo siendo de aquí. Pero una parte de mi cabeza lo va a entender siempre, creo yo. Por gracia o por desgracia.

martes, 26 de marzo de 2013

Rara

Estoy rara. Por si alguien no se había dado cuenta. Estoy y me siento francamente rara. Algunas cosas están cambiando. Y eso está bien, porque escribí hace ya tiempo que me daba la impresión de que esto seguía, y seguía, y era muy bueno, pero no daba más de sí. Ahora algunas cosas están cambiando, no necesariamente para bien y, al mismo tiempo, de la única forma posible.

Cambian cosas. Esta mañana estaba francamente desesperada. Hacía tiempo que no me encontraba tan mal. Mal nivel "no sé cómo cojones voy a aguantar toda la mañana metida en el hospital". Mal nivel ganas de llorar. He llamado a mi madre a media mañana porque no tenía nada que hacer en el curro. Era para verme: dando vueltas por la planta de maternidad, móvil en mano, mientras los pacientes me miraban preguntándose si no tendría nada mejor que hacer. "La vida no puede ir siempre bien, Pitu - me ha dicho mi madre por teléfono -. Seguro que puedes aprender de esto".

Eso espero, porque no estoy bien; de hecho, estoy regular tirando a mal. Como esos personajes de cómic que caminan por ahí con una nube de tormenta sobre los hombros. Sin encontrar la paz en ninguna parte. Y, aun así, siento que las cosas están cambiando, que están alcanzando un nivel nuevo y que eso es bueno. Madrid no me está dejando más remedio que volver a pensar ciertas cuestiones. Continúo buceando sentimientos y buscando la autenticidad. Sigo tratando de unir esas dos partes separadas de mí misma. Trato de comunicarme con los demás desde un núcleo más verdadero e intento disolver el tremendo bloqueo que siento desde hace un tiempo en lo que a relaciones íntimas se refiere. Sustituyo la soledad real, física, por una búsqueda de mi propio espacio interior que, en realidad, puede estar en cualquier parte. En la plataforma móvil del metro. En un rincón de la cafetería de la Casa Encendida. Encima de cualquier plafón del roco.

Es raro, pero no está mal.

No puedo ser mucho más clara que esto. Llevo un par de copas de vino encima; a mi favor diré que han estado cenando unas amigas en casa. En mi cabeza, de nuevo, todo tiene muchísimo sentido. No sé si en la vuestra también. Pero no nos queda otro remedio a todos (a vosotros, a mí), que sentarnos en silencio como frente a la pantalla de un cine. A observar cómo todo esto se despliega. La vida, las experiencias nuevas, las nuevas sorpresas. No tienen más remedio que hacerlo. El cambio es lo único que permanece siempre constante.

viernes, 22 de marzo de 2013

Y entonces va la escalada y te salva la vida



1.

Estoy escalando en San Martín de Valdeiglesias, a una horita justa de Madrid. Es la primera vez que toco roca madrileña, y aún no le he cogido el gusto a este granito frío e inseguro. Aun así, me siento mortalmente feliz de encontrarme en la roca. Hemos salido una compañera del roco y yo, y aunque sólo seamos dos, ya hay cosas que me suenan. Quedar en el bar del pueblo: un sitio que se autodenomina "rey de las tostadas" y en el que conviven los discos de jazz con adornos horteras del Real Madrid. Conducir hasta el sector, y después caminar hacia el pie de vía con mi querida Edelrid Phyton de 80 metros encajada sobre el cuello. El sonido de las cintas tintineando cuando las sacas de la mochila y las colocas en el arnés. Las mariposas en el estómago mientras te calzas los gatos, te encordas y te ajustas la magnesera a la cintura.

Ahora, concretamente, me encuentro lo que podríamos denominar como enmarronada. Llevo dos meses y pico sin pisar la roca, y aunque no voy mal de fuerza gracias al entrenamiento, el coco lo llevo fatal. Miedo es un eufemismo para lo que estoy pasando en este momento. Como siempre, tiene lugar un diálogo en mi cabeza. Es una mezcla entre palabras y sensaciones, entre instrucciones verbales y gestos. Observo los agarres y los pies, sé intuitivamente cómo tengo que colocar el cuerpo para llegar a la próxima posición segura. Sé que sólo me queda el próximo salto de fe. El problema es que la última chapa ya queda por debajo de mis pies, y cuando suba un poco más estaré vendida. No tendré otro remedio que tirar para arriba y chapar de nuevo, o arriesgarme a una caída fea sobre este tramo irregular de la vía.

Desde abajo, mi compañera me anima.
- ¡Recuérdame por qué me gusta la escalada! - le pido. Necesito distraerme, rebajar la tensión.
- ¡Por el chute de adrenalina que te va a dar cuando saques el paso! - contesta ella -. ¡Y por la naturaleza, los paisajes y las cervecitas de después! Y... ¡porque ahora viene la primavera, y los chicos sin camiseta no están nada mal!

Luego me dice que cree que más arriba tengo un canto para la mano, y también que el apoyo que ahora mismo está a la altura de mi cadera parece bueno para el pie. "Pero eso sólo lo puedes saber tú", añade.

En ese momento, un pensamiento me viene a la mente con mucha claridad. De aquí sólo te puedes sacar tú, me digo. Ahora mismo, aquí arriba, no hay nadie más que yo. Es esta experiencia de ahora la que me fascina desde que empecé a escalar. Esta soledad. Esta intimidad profunda. La negociación entre las dos partes de mi mente: la que busca seguridad y confort, que piensa en lo sencillo que sería bajarse ahora a comer bizcochitos All Bran, y la que quiere seguir. La que insiste en que no hay nada malo en parar ahora y la que no me dejaría jamás bajar de una vía a medias mientras me quede fuerza física para terminarla. Sé que sólo tengo que observar, decidir y comprometerme. Y, por último, dar ese pequeño salto de fe.

Al final me sale el paso, y al final es mucho más sencillo de lo que parece. Y ahí estoy, en la siguiente chapa, a dos metros del siguiente paso y del siguiente miedo. Sigue siendo mi responsabilidad. Yo coloco mis cintas, yo decido mis secuencias, yo llego arriba sana y salva, y desmonto la reunión, y quito el material, y bajo al suelo. Mi compañera de cordada es indispensable, pero su ayuda es limitada. En estos momentos es mi vía, la he elegido yo y nadie me ha obligado. Yo seré quien tenga que acabarla.

****

Mientras escribo esto son casi las doce. Creo que es la primera vez en mi vida que he hecho una compra parcialmente tajada. Quiero decir una compra-compra; nada de ir al chino a por macarrones porque necesitas preparar algo en casa para que absorba el alcohol, o a por un par de bolsas de patatas fritas y otra de chuches. Quiero decir meterte en el Carrefour, pasear por las estanterías con una determinación casi cómica y coger yogures, leche, ensalada. Palpar los aguacates para ver cuál está maduro, meterlo en una bolsa y pesarlo en la báscula. Todo esto sin poder evitar que se te escape la risa por los costados de la boca, porque te has tomado dos botellines y medio con tu estómago vacío post-entrenamiento y todo te parece muy divertido.

Ha sido un entrenamiento estupendo. Desde el momento en que caminaba en dirección al roco comiéndome media palmerita de chocolate y tirando la otra media porque hay que cuidar la línea, he sabido que hoy iba a darlo todo. Me han bajado a la parte chunga, con los fuertes. He recuperado mucha fuerza en las dos semanas que llevo escalando después del esguince.

Calentamos cinco minutos en el plafón. Luego hacemos dominadas, abdominales, tríceps. Practicamos el agarre en pinza hasta que no tenemos fuerza ni para abrir las botellas de agua. Después van varias travesías infernales, que parecen prácticamente bloques largos porque no hay ni una presa buena, alternando con descansos activos: dos o tres minutos colgados de un desplome, sosteniéndonos de dos cantos buenos, sacudiendo los brazos mientras respiramos como parturientas. Por último, bloques de techo absurdamente difíciles en los que apenas me meneo.

Aun así, es mágico. No sé explicar por qué. No sé explicar qué tiene la escalada que encaja tanto conmigo. Hoy me sale un paso que no me salía el martes. Quizá sea eso. Quizá incluso en el plano puramente físico, sin filosofías extrañas de guerrero de la roca, el hecho de comprobar que te haces más fuerte, más potente y más ágil con una diferencia de días es alucinante. Quizá son también estos momentos en el plafón, cuando de repente un bloque te sale y, no sólo eso, te sale bonito, y tú te sientes bailar sobre las presas, y piensas que las cosas también pueden ser duras, y sencillas, y elegantes.

Qué os voy a contar. Después terminas, tomas cervezas, haces bromas sobre los panchitos rancios. Te ríes, te tomas más cervezas. Explicas el paso clave de la vía que hiciste el finde anterior, en esa jerga que a los que no escalan les tiene que sonar a chino ("y justo antes de la chapa tienes que agarrarte a una regleta, y después hay un canto medio bueno donde juntas manos, y de ahí subes mucho pies, y ya te lanzas al bueno y chapas"). La cosa degenera, hablas del curro, de la crisis, de los hombres, de las mujeres. Te integras en el humor madrileño ("como le pidas a uno de Madrid que se vaya a tomar una cerveza contigo, se salta la cerveza y te lleva a la cama, eso que tú lo sepas") y afirmas, convencidísima, que tú no has venido de Cádiz a Madrid a tomar bocadillos de calamares y/o sucedáneos de boquerones rebozados con vete-tú-a-saber-qué.

Todo esto para explicar sólo una pequeña parte de todo lo que me ha dado la escalada. Me ha regalado experiencias, amigos, unos brazos nuevos, viajes, una furgo, noches bajo las estrellas, largos ratos en coche llenos de risas, cordadas inesperadas. Me ha solucionado las tardes, los findes y las vacaciones durante los próximos (espero que muchos) años. Me ha dado una inspiración y unos sueños que no pensé que estuvieran al alcance de una patata de sofá como yo, y que no por absurdos son menos bonitos. Pero, sobre todo, me ha dado esto que estoy teniendo ahora, este momento: la capacidad de, en medio de un día de mierda de una semana de mierda de un mes de mierda, tener un lunes cojonudo, o una tarde de jueves cojonuda, y sentir que hay esperanza para casi todo, y después venir aquí, escribirlo, aburrir a muerte a todo el mundo menos a un par de frikis y que me dé exactamente igual.