No os he contado cómo terminó ayer mi episodio de pensar en el suicidio mientras hacía la compra. Ya os comenté que iba yo por el Carrefour, repartiendo mi atención entre el grado de madurez de los aguacates y la ausencia de sentido de la vida. Trataba de respirar hondo y de quedarme con mis sensaciones. Sonaba bossa-nova en los altavoces; la típica música de quédate con nosotros, remolonea, consume. Compra, compra, compra. A mí me pesaban los huesos mientras pensaba en toda esa comida, que pasaría a formar parte de cuerpos destinados a morir.
(Qué queréis que os diga; tenía un mal día, ayer)
Terminé de llenar la cesta y me puse en la cola. Mientras la gente avanzaba despacio, yo observaba las chucherías y cosméticos expuestos junto a la caja. Había un gel íntimo llamado "Chilli verde"; qué mal nombre, pensé. Llegó mi turno y empecé a poner la compra en la cinta transportadora. Me inclinaba hacia la cesta, cogía un par de cosas y las colocaba con poco cuidado. Entonces, el chico que estaba detrás cogió mi cesta con las dos manos y la levantó. Yo le miré algo extrañada. No sabía si pretendía dejarla sobre las demás cestas, que reposaban apiladas en una columna precaria. No te preocupes, te la sostengo así, ofreció, y mantuvo la cesta en alto hasta que terminé de colocarlo todo.
- A veces es muy difícil, ¿verdad? - me dijo, mientras yo estiraba el brazo para alcanzar la sacarina.
Alcé la cabeza y le miré a los ojos. Era un chico normal, de cara ancha, no muy guapo. Llevaba bermudas y una camiseta de algodón vieja. Me sonreía con una gran compasión.
Traté de devolverle la sonrisa desde detrás de mis pensamientos pro-suicidas.
- Sí - contesté -. A veces es muy difícil.
Y después observé, un poco desconcertada, cómo pagaba su compra (una única y solitaria bolsa de picos), pasaba por mi lado sin despedirse y se marchaba caminando despacio.
jueves, 18 de abril de 2013
miércoles, 17 de abril de 2013
Reflexiones hiperprofundas sobre la vida y la muerte que deberías plantearte seriamente si quieres leer
Estaba yo hoy haciendo la compra en el Carrefour Express cuando me he puesto a pensar en el suicidio. Pero de buen rollo. Nada de "me suicido porque mi sufrimiento es insoportable"; más bien un "me suicido porque total, tarde o temprano me moriré, y cuando lo haga probablemente sea entre indecibles sufrimientos, y para eso casi mejor hacer acopio de algún tranquilizante buenrollero y agilizar los trámites".
No me voy a suicidar. Tranquilidad en las masas. Simplemente trato con toda la fuerza de la que soy capaz de encontrarle un sentido a esto. Cuando trabajas con enfermos terminales, es inevitable preguntarte cómo te quieres morir tú. La gente no se muere como en las pelis: no hace listas, ni viajes increíbles, ni graba casettes para sus seres queridos. Para empezar, porque uno se muere en medio de bastante sufrimiento físico, y no tiene muchas ganas de ese tipo de florituras. Además, la mayoría de la gente tiene tanto, tanto miedo que distribuye su tiempo entre fingir normalidad, negar la realidad y tratar de curarse.
Yo he llegado a un punto de mi vida en el que me daría igual morirme en lo que a sensaciones se refiere. Me refiero a que creo que, más o menos, he vivido todas las que merece la pena vivir. ¿Amor? Check. Dado y recibido. ¿Dolor? Check. Ídem. Mucha diversión. Muchas risas. Amistad, suficientes viajes, éxtasis variados frente a la contemplación de la belleza. Escribir, escalar, mirar a la gente a los ojos, tocar el piano y recibir masajes. Me falta la maternidad, pero tener hijos no me interesa en absoluto ahora mismo; no encuentro razones contundentes para hacerlo, y el sentimiento de amor maternal no me atrae. Demasiado apego y demasiado riesgo, para mí y para mi posible hijo/a. Bastante tengo ya con lo mío.
El amor lo he aparcado. No os lo vais a creer, porque ya sabéis que el 90% del contenido de este blog se resume en "oh, Dios, ¿por qué no tengo novio?". Pero os voy a contar algo. Hace cosa de un mes, en medio de una resaca brutal, me apunté a una web para conocer gente, y con gente quiero decir tíos, y con conocer quiero decir tener sexo. Me habían hablado de una que está muy bien y pensé: por qué no probar. Colgué fotos, respondí cuestionarios y me preparé para esforzarme de verdad por encontrar a alguien. Nada de lloriquear: iba a coger el toro por los cuernos.
En menos de doce horas, conocí a un chico alucinante. Interesante, guapo, listo, divertido. Bloguero, viajero, que estudia psicología y hasta ha hecho un curso de Vipassana. Alucina pepinillos. Hablamos por teléfono. Hablamos por Skype. Quedamos justo después de semana santa. Y bueno, sin entrar en detalles, me di cuenta de repente de que aquello estaba sacando lo peor de mí. Mi parte más desequilibrada, más llena de ansia y apego, más empeñada en encajar al pobre chaval en las expectativas de mi ego. Estaba tan ansiosa de que alguien me sacara de todo el dolor y la tristeza que estoy viviendo este año que no podía ver más allá. No le estaba viendo a él y no estaba sabiendo ocuparme de mí. Tanto tiempo creyendo que soy independiente y es mentira, porque la promesa del amor, sea lo que sea, siempre ha estado ahí como opción. Como el comodín del público. No sé si me explico.
Desde entonces, intento desapegarme de la idea del amor. Del ansia por que llegue alguien y me cure las heridas. No tiene que ver con ese "cuando menos te lo esperes" del que habla todo el mundo. Tiene que ver con que, objetivamente, ya he estado ahí. Ya he tenido relaciones de pareja: enamoramiento, amor, sexo y llámalo X, y NO me ha hecho feliz. No más feliz que ahora. Abandonar la idea de que la felicidad llegaría con un amor perfecto que probablemente no existe es bastante más difícil que dormir sola. Sin embargo, desde que tuve esa revelación, me encuentro bastante bien. Bromeo diciendo que he abrazado el celibato, pero en realidad es bastante cierto. Y no tiene nada que ver con evitar activamente conocer a tíos o tener sexo con ellos (por otra parte, es innecesario, ya que en general son los tíos los que me evitan activamente a mí). Tiene que ver con abrazar de verdad la idea de estar sola y dejar de buscar fuera lo que sólo puedo darme yo.
Y, aunque no os lo creáis, está siendo muy bueno. Mucho más que ese estado de falsa espera despreocupada que mantenía hasta ahora.
Casi todo es bueno con la suficiente conciencia.
Volviendo al tema del suicidio buenrrollante: tiene que haber algo más. Algo más que acumular experiencias y sensaciones como si nuestra vida fuera el muro del facebook. Porque si no, de verdad, esto no tiene ningún sentido. Nos vamos a morir. En serio. Y antes de eso perderemos un montón de cosas y de personas. Llegarán buenos momentos y se marcharán. Conoceremos a gente encantadora que nos dejará de una u otra manera.
¿Cómo quiero morir yo? Quiero morir consciente. Cuando esté terminal, si llego a estarlo, quiero saberlo. Quiero despedirme de los míos y escribir sobre lo que significa saber que vas a morir pronto. Quiero saber que contribuí de forma positiva al mundo y que supuse una diferencia en la vida de la gente. No tengo ni idea de por qué estamos aquí, pero lo cierto es que estamos. Que el sufrimiento es muy real. Es la primera verdad de Buda, y es incuestionable. Así que, ya que estamos, intentemos aliviar ese sufrimiento. Eso quiero hacer yo. La posibilidad de conseguirlo es mi razón principal para no suicidarme de buen rollo.
Aliviar el sufrimiento era también lo que quería antes, supongo, pero ahora es distinto. Creo que ahora estoy llegando al punto de ser capaz de dejar marchar cosas. Expectativas, ideas de cómo debería ser mi vida y aspiraciones más o menos superficiales. En Semana Santa, le decía a Elsa que el camino espiritual (o llámalo X) es muy difícil porque te sientes distinto a todos los demás. "Pero es que yo no quiero NI DE COÑA ser como los demás, Mopi", me dijo ella. Elsa dice últimamente que va a tener cuidado cuando hable conmigo, porque sus palabras me impactan de una forma desmedida. Pero es que tiene tanta razón. No se trata de despreciar a la gente ni de querer ser diferente porque sí. Se trata, y voy a escribir esto en negrita para que no se me olvide a mí, de abandonar la idea de que tener lo que a la gente parece hacerle feliz te va a hacer feliz a ti. Eso es una putada. Porque esa idea es bonita. Te trae consuelo en los momentos de desdicha. Vale, piensas, no soy feliz, pero quizá lo sea cuando (encuentre pareja, consiga trabajo, deje mi trabajo para viajar, tenga más amigos, mejore este puto-tiempo-de-mierda). Pero ¿y si no? ¿y si el camino que sigue el resto a ti no te va a traer más que problemas?
En ese caso, no te queda más remedio que construir tu propio camino.
Y es ahí cuando las cosas empiezan a ponerse interesantes.
No me voy a suicidar. Tranquilidad en las masas. Simplemente trato con toda la fuerza de la que soy capaz de encontrarle un sentido a esto. Cuando trabajas con enfermos terminales, es inevitable preguntarte cómo te quieres morir tú. La gente no se muere como en las pelis: no hace listas, ni viajes increíbles, ni graba casettes para sus seres queridos. Para empezar, porque uno se muere en medio de bastante sufrimiento físico, y no tiene muchas ganas de ese tipo de florituras. Además, la mayoría de la gente tiene tanto, tanto miedo que distribuye su tiempo entre fingir normalidad, negar la realidad y tratar de curarse.
Yo he llegado a un punto de mi vida en el que me daría igual morirme en lo que a sensaciones se refiere. Me refiero a que creo que, más o menos, he vivido todas las que merece la pena vivir. ¿Amor? Check. Dado y recibido. ¿Dolor? Check. Ídem. Mucha diversión. Muchas risas. Amistad, suficientes viajes, éxtasis variados frente a la contemplación de la belleza. Escribir, escalar, mirar a la gente a los ojos, tocar el piano y recibir masajes. Me falta la maternidad, pero tener hijos no me interesa en absoluto ahora mismo; no encuentro razones contundentes para hacerlo, y el sentimiento de amor maternal no me atrae. Demasiado apego y demasiado riesgo, para mí y para mi posible hijo/a. Bastante tengo ya con lo mío.
El amor lo he aparcado. No os lo vais a creer, porque ya sabéis que el 90% del contenido de este blog se resume en "oh, Dios, ¿por qué no tengo novio?". Pero os voy a contar algo. Hace cosa de un mes, en medio de una resaca brutal, me apunté a una web para conocer gente, y con gente quiero decir tíos, y con conocer quiero decir tener sexo. Me habían hablado de una que está muy bien y pensé: por qué no probar. Colgué fotos, respondí cuestionarios y me preparé para esforzarme de verdad por encontrar a alguien. Nada de lloriquear: iba a coger el toro por los cuernos.
En menos de doce horas, conocí a un chico alucinante. Interesante, guapo, listo, divertido. Bloguero, viajero, que estudia psicología y hasta ha hecho un curso de Vipassana. Alucina pepinillos. Hablamos por teléfono. Hablamos por Skype. Quedamos justo después de semana santa. Y bueno, sin entrar en detalles, me di cuenta de repente de que aquello estaba sacando lo peor de mí. Mi parte más desequilibrada, más llena de ansia y apego, más empeñada en encajar al pobre chaval en las expectativas de mi ego. Estaba tan ansiosa de que alguien me sacara de todo el dolor y la tristeza que estoy viviendo este año que no podía ver más allá. No le estaba viendo a él y no estaba sabiendo ocuparme de mí. Tanto tiempo creyendo que soy independiente y es mentira, porque la promesa del amor, sea lo que sea, siempre ha estado ahí como opción. Como el comodín del público. No sé si me explico.
Desde entonces, intento desapegarme de la idea del amor. Del ansia por que llegue alguien y me cure las heridas. No tiene que ver con ese "cuando menos te lo esperes" del que habla todo el mundo. Tiene que ver con que, objetivamente, ya he estado ahí. Ya he tenido relaciones de pareja: enamoramiento, amor, sexo y llámalo X, y NO me ha hecho feliz. No más feliz que ahora. Abandonar la idea de que la felicidad llegaría con un amor perfecto que probablemente no existe es bastante más difícil que dormir sola. Sin embargo, desde que tuve esa revelación, me encuentro bastante bien. Bromeo diciendo que he abrazado el celibato, pero en realidad es bastante cierto. Y no tiene nada que ver con evitar activamente conocer a tíos o tener sexo con ellos (por otra parte, es innecesario, ya que en general son los tíos los que me evitan activamente a mí). Tiene que ver con abrazar de verdad la idea de estar sola y dejar de buscar fuera lo que sólo puedo darme yo.
Y, aunque no os lo creáis, está siendo muy bueno. Mucho más que ese estado de falsa espera despreocupada que mantenía hasta ahora.
Casi todo es bueno con la suficiente conciencia.
Volviendo al tema del suicidio buenrrollante: tiene que haber algo más. Algo más que acumular experiencias y sensaciones como si nuestra vida fuera el muro del facebook. Porque si no, de verdad, esto no tiene ningún sentido. Nos vamos a morir. En serio. Y antes de eso perderemos un montón de cosas y de personas. Llegarán buenos momentos y se marcharán. Conoceremos a gente encantadora que nos dejará de una u otra manera.
¿Cómo quiero morir yo? Quiero morir consciente. Cuando esté terminal, si llego a estarlo, quiero saberlo. Quiero despedirme de los míos y escribir sobre lo que significa saber que vas a morir pronto. Quiero saber que contribuí de forma positiva al mundo y que supuse una diferencia en la vida de la gente. No tengo ni idea de por qué estamos aquí, pero lo cierto es que estamos. Que el sufrimiento es muy real. Es la primera verdad de Buda, y es incuestionable. Así que, ya que estamos, intentemos aliviar ese sufrimiento. Eso quiero hacer yo. La posibilidad de conseguirlo es mi razón principal para no suicidarme de buen rollo.
Aliviar el sufrimiento era también lo que quería antes, supongo, pero ahora es distinto. Creo que ahora estoy llegando al punto de ser capaz de dejar marchar cosas. Expectativas, ideas de cómo debería ser mi vida y aspiraciones más o menos superficiales. En Semana Santa, le decía a Elsa que el camino espiritual (o llámalo X) es muy difícil porque te sientes distinto a todos los demás. "Pero es que yo no quiero NI DE COÑA ser como los demás, Mopi", me dijo ella. Elsa dice últimamente que va a tener cuidado cuando hable conmigo, porque sus palabras me impactan de una forma desmedida. Pero es que tiene tanta razón. No se trata de despreciar a la gente ni de querer ser diferente porque sí. Se trata, y voy a escribir esto en negrita para que no se me olvide a mí, de abandonar la idea de que tener lo que a la gente parece hacerle feliz te va a hacer feliz a ti. Eso es una putada. Porque esa idea es bonita. Te trae consuelo en los momentos de desdicha. Vale, piensas, no soy feliz, pero quizá lo sea cuando (encuentre pareja, consiga trabajo, deje mi trabajo para viajar, tenga más amigos, mejore este puto-tiempo-de-mierda). Pero ¿y si no? ¿y si el camino que sigue el resto a ti no te va a traer más que problemas?
En ese caso, no te queda más remedio que construir tu propio camino.
Y es ahí cuando las cosas empiezan a ponerse interesantes.
lunes, 15 de abril de 2013
Filosofía post-escaladora aplicada a las relaciones humanas, I
Son las once y media de la noche del domingo, y estoy en un tren de cercanías Coslada-Madrid frente a un americano pelirrojo que mide dos metros. El americano en cuestión se llama Patrick y, lo creáis o no, es de Boulder, Colorado. Hemos estado todo el día escalando en San Martín con otro chico, Juan, un canario encantador que no paraba de sacar comida de su mochila y repartirla. Quedamos para hoy a través de Couchsurfing y lo hemos pasado absurdamente bien.
Patrick es muy, muy gracioso. Además, como le explico en mi inglés de serie americana, sus bromas me hacen el doble de gracia, porque entender el humor en otro idioma masajea mi ego. Estamos hablando del sentido de la vida, de Nietzsche y del trabajo de nuestros sueños. Ya lo he vivido otras veces. Vas a trepar con gente más o menos conocida, y a la ida habláis básicamente de escalada estándar: qué vía vas a hacer, cómo es la escuela a la que vas, etc. etc. A la vuelta, sin embargo, el colocón de endorfinas, la oscuridad y el cansancio hacen que la conversación degenere hacia:
1) La escalada, sí, pero en el plano Profundo Existencial, en plan comparar todos los fenómenos de la vida con lo que te pasa en la roca, o decir una y otra vez lo maravilloso que es este deporte y lo que se pierden los que no lo entienden.
2) Intimidades de tu vida amorosa. No me preguntéis por qué.
3) Filosofía extrema o reflexiones sobre la naturaleza humana.
Así que Patrick y yo hablamos de Nietzsche mientras el cercanías rueda despacio. Después, no sé por qué, pasamos al desapego y a mantener el contacto con la gente de tu ciudad cuando te mudas. "A mí me gusta estar realmente aquí", me explica él, y yo asiento con la autoridad que me da pisar mi casa una vez cada seis meses. "Es importante cultivar el desapego".
Es demasiado pronto para explicarle mi teoría del bosom, pero sí comento algo que leí hace tiempo en el blog de Steve Pavlina y que, aunque ni lo entiendo del todo, me parece una bonita idea. Según él, las personas no son más que una manifestación de determinadas cualidades: la amistad, la entrega, el calor o la comprensión. De esta forma, uno no conoce a personas individuales, finitas, sino a las partes de ese todo que es la condición humana, y que muestran esas cualidades en el contacto contigo. Tal y como yo lo entendí, es como si la amistad, o el amor, o llámalo X, fueran la red eléctrica, y las personas los enchufes: uno no se pone triste cuando tiene que abandonar un enchufe, porque habrá otro más allá.
Le explico a Patrick, haciendo malabarismos con mi inglés agotado, que esa teoría por una parte me disgusta, porque me da la impresión de que le quita importancia a la individualidad de la gente; por otra, sin embargo, creo que mi mente necesita gestionar la idea de que el mundo está lleno de personas maravillosas a las que terminarás por perder.
Él asiente, pasándose reflexivo la mano por la barba pelirroja. "Creo que tienes razón - me dice -. Yo tenía una idea parecida. Leí que las personas a las que conoces son la forma en que se manifiestan las circunstancias en cada momento. Pero no estoy del todo de acuerdo. Porque las personas conforman las circunstancias. Son parte de ella".
Sonrío. Pienso en el día de hoy. En estos dos chavales presentándose en Coslada a un domingo a las diez de la mañana para irse a escalar con una desconocida. En las presentaciones, las bromas hispano-americanas, los juegos de palabras. Probar las vías, aprender la jerga en inglés y animar con un entusiasta "c'mon, bro, you gotta it!". El bizcocho que Juan horneó ayer y que ha repartido alegremente justo antes de que Patrick encadenara un bonito 6c con una placa inverosímil. Los tres caminando a las tantas de vuelta hacia la estación de tren, después de aparcar mi furgo; yo: "I'm sorry I had to leave the car here, guys... I know it's annoying". Patrick: "It's part of the adventure".
Después de eso, no sé lo que contesto. Que estoy de acuerdo, por supuesto, y luego aprovecho el inglés para decirle a Patrick algo como: "you are really funny, I like you". "You're also kind of cool", contesta él. Sin duda. Hay que encontrar la manera de gestionar esto. Esta gente a la que conoces, esta gente que sigue llegando cuando pensabas que no había espacio para lo demás. Parte de lo que me fascina de la escalada es que me sigue pasando. Que no se acabó enseguida y que a mi vida le cabe todavía mucha diversión. Con la gente es igual. Sigue pasando. Y espero que nunca deje de sorprenderme.
jueves, 11 de abril de 2013
Qué hacer con
Cuando estás todos los días viendo desgracias (que se dice pronto, hay que joderse), hay preguntas que te haces a menudo y que tienes que encontrar la manera de responder. A saber: ¿qué hacer con esa constatación del sufrimiento? ¿Qué hacer con la sensación de que tú tienes mucha suerte y otros no tienen tanta? ¿Y con tu miedo? ¿Y con todas las reflexiones trascendentes que te vienen a la cabeza a lo largo del día?
Hoy he visto a un paciente al que le están friendo el cuello con radioterapia. Está muy asustado y ha perdido muchos kilos porque no puede comer. El tema es el miedo. Colocamos la desgracia en los demás: nosotros, ellos. Los pacientes graves y los moribundos se sitúan en otro plano de realidad, y parece que con el diagnóstico tiene que venir de serie la aceptación de su condición, y esa sabiduría de enfermísimo grave que nos vende Hollywood. Y la distancia sólo tiene que ver con que es la única forma de apaciguar nuestra inquietud. Pasarlos a otra categoría de humanos, porque si son de otra categoría, eso quiere decir que a mí no me va a pasar nunca. La realidad es que tienen miedo: un miedo que te cagas. Y que al señor mayor con diez mil enfermedades le importa lo mismo su vida que a ti la tuya. Aun así, tú sabes que tienes una mano de cartas mucho más afortunada en esta partida. Qué vas a hacerle. También tú te morirás un día.
Llevo haciéndome esas preguntas desde que empecé la rotación: desde que conocí a mi primer paciente terminal y salí a la calle pensando cómo podía yo seguir viviendo cuando alguien tan cercano estaba a punto de morirse. Sigo viendo terminales y gente que sufre un montón, y ese constante contraste me agota. Yo en el rocódromo, con el corazón latiéndome a toda velocidad después de una vía difícil de pies marcados, abrazándome las rodillas sobre los colchones sucios. Mis pacientes sin poder hablar bien, comerse un bocadillo, subir escaleras sin asfixiarse, planearse la vida más allá del próximo ciclo de quimio, del próximo TAC. Yo sin poder hablar de esto con nadie. Ellos con sus náuseas, sus pelucas y sus lágrimas. Yo incapaz de escribir ficción. Ellos incapaces de imaginarse el futuro.
Lo siento. Siento no ser alegre. Siento escribir sobre esto, porque sigo con la sensación de que entonces los utilizo. En realidad, ellos no son "oncológicos", ni "terminales", ni "moribundos", ni nada. Son personas. Personas que, en su mayoría, me caen bien. Pasa de darte pena que se estén muriendo porque son humanos y empatizas con ellos, a darte pena la posibilidad de que se vayan porque te gustan y no quieres que la tierra les pierda. Porque te lo pasas bien con ellos, hablando en consulta de las cosas importantes, tratando de echar una mano. Sabiendo que los que se van, lo hacen porque les toca, y que a ti también te va a tocar. A veces es como si estar en uno u otro lado de la mesa fuera cuestión de suerte. O cuestión de tiempo.
Ayer le decía al chico con el que quedé para hablar del PIR que la estabilidad es la mentira más grande del mundo. Estabilidad es cuando todo te va bien, y entonces un día te duele la espalda, te hacen una placa, es una metástasis ósea de un cáncer gástrico y a ti te queda un año. Hoy hablaba con un compañero a la salida del roco. "No sé si ir a escalar el sábado - me decía -. La roca me da mucho miedo". También mi padre me pregunta por el viaje a Boulder y me dice que le da miedo. "A mí también, papi - le contesto -, pero es que la vida da miedo".
Supongo que así me contesto a esas preguntas. Me contesto persiguiendo a los pacientes por el hospital para poder verles un rato antes de que les den la quimio. Me contesto escalando. Me contesto yéndome a Boulder y bromeando con la posibilidad de que me descuartice un chalado en cualquier callejón. Me contesto encogiéndome de hombros y repitiéndome una frase que me gusta: cada uno tiene su propio karma. Eso es así.
El sentido de la vida, como dijo Mark Vonnegut a su padre, es ayudarnos unos a otros a cruzar esta cosa, sea lo que sea. Porque esta cosa es jodida. Y mucho.
Hoy he visto a un paciente al que le están friendo el cuello con radioterapia. Está muy asustado y ha perdido muchos kilos porque no puede comer. El tema es el miedo. Colocamos la desgracia en los demás: nosotros, ellos. Los pacientes graves y los moribundos se sitúan en otro plano de realidad, y parece que con el diagnóstico tiene que venir de serie la aceptación de su condición, y esa sabiduría de enfermísimo grave que nos vende Hollywood. Y la distancia sólo tiene que ver con que es la única forma de apaciguar nuestra inquietud. Pasarlos a otra categoría de humanos, porque si son de otra categoría, eso quiere decir que a mí no me va a pasar nunca. La realidad es que tienen miedo: un miedo que te cagas. Y que al señor mayor con diez mil enfermedades le importa lo mismo su vida que a ti la tuya. Aun así, tú sabes que tienes una mano de cartas mucho más afortunada en esta partida. Qué vas a hacerle. También tú te morirás un día.
Llevo haciéndome esas preguntas desde que empecé la rotación: desde que conocí a mi primer paciente terminal y salí a la calle pensando cómo podía yo seguir viviendo cuando alguien tan cercano estaba a punto de morirse. Sigo viendo terminales y gente que sufre un montón, y ese constante contraste me agota. Yo en el rocódromo, con el corazón latiéndome a toda velocidad después de una vía difícil de pies marcados, abrazándome las rodillas sobre los colchones sucios. Mis pacientes sin poder hablar bien, comerse un bocadillo, subir escaleras sin asfixiarse, planearse la vida más allá del próximo ciclo de quimio, del próximo TAC. Yo sin poder hablar de esto con nadie. Ellos con sus náuseas, sus pelucas y sus lágrimas. Yo incapaz de escribir ficción. Ellos incapaces de imaginarse el futuro.
Lo siento. Siento no ser alegre. Siento escribir sobre esto, porque sigo con la sensación de que entonces los utilizo. En realidad, ellos no son "oncológicos", ni "terminales", ni "moribundos", ni nada. Son personas. Personas que, en su mayoría, me caen bien. Pasa de darte pena que se estén muriendo porque son humanos y empatizas con ellos, a darte pena la posibilidad de que se vayan porque te gustan y no quieres que la tierra les pierda. Porque te lo pasas bien con ellos, hablando en consulta de las cosas importantes, tratando de echar una mano. Sabiendo que los que se van, lo hacen porque les toca, y que a ti también te va a tocar. A veces es como si estar en uno u otro lado de la mesa fuera cuestión de suerte. O cuestión de tiempo.
Ayer le decía al chico con el que quedé para hablar del PIR que la estabilidad es la mentira más grande del mundo. Estabilidad es cuando todo te va bien, y entonces un día te duele la espalda, te hacen una placa, es una metástasis ósea de un cáncer gástrico y a ti te queda un año. Hoy hablaba con un compañero a la salida del roco. "No sé si ir a escalar el sábado - me decía -. La roca me da mucho miedo". También mi padre me pregunta por el viaje a Boulder y me dice que le da miedo. "A mí también, papi - le contesto -, pero es que la vida da miedo".
Supongo que así me contesto a esas preguntas. Me contesto persiguiendo a los pacientes por el hospital para poder verles un rato antes de que les den la quimio. Me contesto escalando. Me contesto yéndome a Boulder y bromeando con la posibilidad de que me descuartice un chalado en cualquier callejón. Me contesto encogiéndome de hombros y repitiéndome una frase que me gusta: cada uno tiene su propio karma. Eso es así.
El sentido de la vida, como dijo Mark Vonnegut a su padre, es ayudarnos unos a otros a cruzar esta cosa, sea lo que sea. Porque esta cosa es jodida. Y mucho.
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miércoles, 10 de abril de 2013
Bosom
Uno de los cambios más curiosos que están ocurriendo últimamente en mi vida es que soy capaz de leer inglés sin (demasiado) esfuerzo. Empecé a comprar libros como una loca cuando me regalaron el Kindle y ahora ahí estoy: pasando anglopáginas con la yema del dedo como si no hubiera un mañana.
Hoy he descubierto una bonita palabra inglesa: bosom. Es el pecho de una mujer, pero en literario es algo así como "el espacio entre el pecho y la ropa, que se utiliza para guardar cosas". Creo que no tiene traducción al castellano. Lo utiliza Natalie Goldberg en "The true secret of writing" (hablando de títulos poco ambiciosos, por cierto) en la expresión "bosom friends". Algo así como amigos muy cercanos.
Cambiemos radicalmente de tercio y movámonos a esta tarde. Son las ocho y estoy sentada en la Libre, mi cafetería favorita de Madriz, hablando con un psicólogo amigo de una amiga que ha venido a preguntarme qué opino del PIR. Estudió la carrera de mayor y no tiene claro si invertir tanto esfuerzo y tiempo, perder su trabajo actual y arriesgarse a encontrarse de aquí a cinco o seis años en la calle y sin nada.
Cambiemos de tercio otra vez. Son las doce de la mañana y estoy sentada delante de M., mi paciente favorita de esta rotación. M. es una persona maravillosa a la que le ha pasado Algo Muy Malo (los lectores de la Guía Práctica Para Evitar al Psicólogo saben de lo que les hablo). Pero es una persona maravillosa. Muy sana, muy sabia, con una gran capacidad para ser feliz. Aprende, reflexiona y tiene un corazón grande. Yo la escuchaba hablar esta mañana y pensaba que tengo que encontrar la forma de agradecerle cómo me está iluminando esta rotación tan oscura.
M. me habla de la disyuntiva entre tener pocos o muchos amigos. Del dolor de mostrar los agujeros del corazón y dejar que los demás te vean a través de ellos. Yo recupero la fábula del huevo, el café y la zanahoria metidos en agua hirviendo. ¿Qué hace el sufrimiento contigo?, le pregunto. ¿Te destruye como a la zanahoria? ¿Te cubre con una coraza de rigidez y dureza, como al huevo? ¿O te permite enriquecer el agua que tienes a tu alrededor, como al café? Como siempre, yo, que tengo tendencia a ser zanahoria, defiendo la capacidad de vincularse. Defiendo la empatía y me acuerdo de un poema que leí hace tiempo en un libro de meditación Vipassana, y que decía algo así como "ojalá mi manta pudiera cubrir el sufrimiento del mundo". M. asiente. Comprende esa sensación.
Volvamos a la cafetería. Le digo al chaval que, aunque para trabajar en la pública haría falta que todos los facultativos presentes murieran de una extraña epidemia y que, aun así, es probable que el ministerio aprovechara para eliminar la psicología clínica de la oferta de servicios, el PIR merece la pena. Le hablo con entusiasmo de lo mucho que me gusta mi trabajo. Le digo que, sobre todo, tiene que pensar en sus pacientes: no en si es la formación que más le conviene a él, o la que le ofrece más posibilidades de mantenerse. Que es su obligación ética pensar en qué es lo mejor que le puede ofrecer a una persona que busca ayuda, y después esforzarse por aprenderlo.
Parezco Juana de Arco.
Después le suelto una de las grandes Frases De Anxo, de estas que él dice sin pensarlo mucho y que a mí me cambian la vida aún no sé si para bien. A saber: "La única manera de suplir nuestras carencias teóricas, técnicas y formativas como terapeutas es matarnos a trabajar".
Ahí lo llevas.
El pobre chico asiente, da un sorbo a su zumo de naranja y papaya y me habla de psicología positiva.
Volvamos al presente. Al bosom.
Yo a veces me preguntaba qué hace uno con tanta gente estupenda que se puede conocer en esta vida. Dónde los guardas. El sábado hablábamos Erika, Elsa y yo de la amistad. "Ésta se muere - decía yo, señalando a Elsa - y se muere un trozo de mí". Es verdad. Podemos hablar del desapego hasta aburrirnos, pero si Elsa (o la PK, o MQEN, o Aran) se van de esta tierra antes que yo, a mí el corazón se me queda cojo hasta que sea yo quien se vaya. No sería dolor, ni tristeza; sería una ausencia insustituible. Eso, como dirían en Cádiz, es así. Y creo que mi capacidad para querer de esa forma es limitada.
Pero está el bosom. En el bosom cabe mucha gente. Se puede ensanchar para llevar en él, bien calentitos, a todos los que alguna vez nos han enseñado cosas. Y, si me apuras, para ser un buen profesional tienes que encontrar la manera de llevar a tus pacientes en el bosom; al menos a algunos de ellos.
M. está en mi bosom.
Porque el corazón es limitado, pero el bosom es infinito.
Y ser PIR es la ostia.
martes, 9 de abril de 2013
Yo estoy aquí, pero mi corazón...
Hace ya más años que el sol, cuando amaba a MQEN en silencio y él me ignoraba, me emborraché como una idiota en la fiesta de graduación de bachillerato. Él estaba en Pamplona, haciendo el examen de ingreso para la Universidad de Navarra, y yo le echaba de menos como llevaba haciéndolo casi un año. Soy experta en echar de menos a gente que nunca ha estado conmigo. El caso es que iba de mesa en mesa, con mi copa de vino malo en una mano, diciéndole a todo el quisiera escucharme: "yo estoy aquí, pero mi corazón... mi corazón está en Pamplona".
Ahora mismo, yo estoy aquí, pero mi corazón está en Boulder.
Leo las guías de viaje que me he comprado (una general, otra de parques naturales), observo una y otra vez el billete de avión y me digo: esto no es real. Supongo que es el efecto Hollywood, pero EEUU me parece más que un viaje en el espacio: es algo así como cambiar de dimensión. En cualquier caso, mi corazón anhela viajar, y viajar sola. Anhela cierto tipo de libertad. Mi corazón está en el lugar en que va a colocarse en un continente, un país, un estado y una ciudad desconocidos. Me apetece salir de aquí, poder estar sola y abierta a nuevas experiencias, relajarme en el presente y metabolizar cosas. El viernes y el sábado pasados no podía hablar bien. No me salía terminar las frases y temí estar quedándome idiota. "Creo que estás procesando cosas - me dijo una compañera -, a nivel subconsciente, o algo así". "Haces demasiado con tu mente, Pitu", opinaba mi madre. Creo que necesito viajar y alejarme de todo esto para darle tiempo a mi cerebro para masticar. Eso, o me estoy quedando de verdad idiota (quién sabe).
El hospital me sigue deprimiendo y sorprendiendo a partes iguales, como lo hace en general mi vida aquí. Estoy pasándolo peor que en mucho tiempo, y también estoy aprendiendo más que en mucho tiempo. Es como cuando en Anatomía de Grey abren las costillas de los pacientes para operarles el corazón (¿toracotomía?) con esa especie de sacacorchos brutal. Así me siento yo, y sin anestesia. Todo el día se ponen sobre la mesa de mi quirófano existencial cosas importantes. La muerte y la salud. Nada se da por sentado. Veo a pacientes que no pueden hablar, o comer, o subir varios tramos de escaleras, o planear su futuro más allá de unos meses. Me obligo cada minuto a volver mi cabeza hacia mi presente afortunado de comida rica, gente encantadora, entrenamientos extremos y un futuro razonablemente extenso.
En estos días raros y madrileños, trato de buscar llaves en mi sufrimiento. Haber salido de mi zona de confort me hace feliz de una forma extraña. Quiero decir, que es como mirar una casa donde todo parece estar muy bonito y ordenado y darse de repente cuenta de la cantidad de basura que hay bajo la alfombra o detrás de los muebles. Me queda tanto por aprender todavía... Aquí mis defensas han bajado, y todo lo que me hacía ser yo y mantener la estabilidad (tener mi espacio, escalar casi todas las semanas, encontrar hueco y tema para escribir cada día, las playas, el sonido del levante entre los edificios del centro...) ha desaparecido y me ha dejado desnuda.
En realidad, todo puede seguir desapareciendo. Conservo mi trabajo, mi cuerpo, mi salud y a la gente que me quiere, pero también eso podría irse. Hoy hablaba con la enfermera de cirugía maxilofacial porque estábamos viendo a un paciente de la planta. "Pierden la cara y pierden su identidad", decía ella. Yo trataba de esforzarme por creer que existe algo más en nosotros además de nuestra cara. Después me imaginaba con la mandíbula abierta, como alguno de los pacientes de allí, o simplemente me recordaba hecha polvo por el acné, y pensaba que sí, que ese algo debe de existir, pero que yo no sé muy bien dónde está.
Si a alguien le quedaba alguna duda de que necesito vacaciones, he aquí estos posts que escribo últimamente. Nada de composiciones bien logradas, con párrafos comprensibles y un bonito final. Escribir aquí en estos días se parece más a caminar a tientas por un espacio que no conozco, como cuando cruzo mi salón por la mañana y no quiero encender la luz para no despertar a Cris. Se parece a un acto de voluntad, o a conducir por una carretera donde sólo puedes ver el trozo de asfalto que alumbran los faros. No tienes claro que haya algo más allá. Simplemente te mueves con toda la confianza que eres capaz de reunir.
En cualquier caso, estoy mejor. Bastante contenta. Aprendiendo sobre hambre y saciedad, riqueza y pobreza, soledad y vínculos. Creciendo mucho. Y pensando en mi futuro más próximo. Porque, insisto: yo estoy aquí, pero mi corazón está en Boulder.
lunes, 8 de abril de 2013
La entrada 1001
Resulta que no he hecho bien la cuenta y que la entrada número 1000 fue la de ayer. Qué poco glamour. En realidad, todo ha ido mal en esta celebración. No he tenido tiempo (ni fuerzas, ni un sitio) para hacer tarta. No he terminado de poner bonito el otro dominio. No he empezado el desafío moleskiniano, a la convocatoria de Q-Ball ha venido UNA lectora (a los demás no os voy a decir que os odio, porque no sería verdad) y la sorpresa que quería preparar también está esperando en lo más bajo de mi lista de tareas.
En cualquier caso, voy a contaros cosas.
Es domingo, siete de abril, y yo estoy en el Retiro con seis personas de procedencia variopinta, intentando como si me fuera la vida en ello que no se me caiga al suelo una pelota de Dora Exploradora. Hemos jugado un rato al Q-Ball (que, por cierto, es probablemente el juego de equipos más grande desde el curling), hemos practicado el pino contra los árboles y ahora nos limitamos a pasarnos la pelota intentando alcanzar un número modesto de toques sin que se caiga al suelo.
Por supuesto, hoy estaba nublado, pero a mitad de la tarde se ha aclarado el cielo y Elsa y yo hemos ido a por helados a un kiosco cercano. Ahora entra una luz dorada a través de los árboles e ilumina el césped verde y las caras de la gente. Yo me siento como si tuviera... bueno, no sé, no me siento como ninguna edad anterior, porque a mí, en realidad, nunca me ha gustado demasiado jugar a nada, y menos con una pelota de por medio. Me sentía torpe y absurda. Igual hace falta crecer y darte cuenta de que tu cuerpo no va a estar siempre a tu favor para valorar este tipo de cosas.
En cualquier caso, éste es un momento feliz. Uno de estos momentos en los que sabes que estás creando bonitos recuerdos para tu álbum personal. Un momento de esos en los que J. diría "¡post!", porque son precisamente la diana inocente de lugares como este blog.
Mientras vuelvo andando a casa, cansada pero contenta, reflexiono acerca de estos momentos y de el poquísimo poder de convocatoria que hemos mostrado esta tarde Erika, Elsa y yo. Ha aparecido una lectora del blog. Un chico de couchsurfing. El resto éramos conocidos o víctimas inocentes amigas de los conocidos. Me pregunto qué se llevan a casa la lectora y el couchsurfer, y si se lo habrán pasado la mitad de bien que yo haciendo el idiota sobre el césped.
Voy pensando en esta entrada y en qué voy a escribir. Ya dediqué unas palabras a algunos lectores cuando alcancé las 50000 visitas. No quiero meterme en una de las mías, tipo "los 100 mejores momentos que el blog me ha traído", porque me conozco y después me paso escribiendo hasta mañana. Quiero encontrar la manera de transmitir lo importantísimo que esto es para mí y, al mismo tiempo, contar qué he aprendido escribiendo mil entradas de blog, si es que he aprendido algo.
Llego a casa y llamo a J. por Skype. Le cuento lo de las mil entradas. "Vaya, mi niña - dice él -. Tienes que estar orgullosísima. Me haces sentir pequeño". Me pregunta si releo el blog a veces y qué siento cuando lo hago. "Siento que soy genial", contesto yo, medio en broma, medio en serio. "Eso no está bien, chiquita. Tienes que ser humilde e intentar mejorar cada día". "Si lo soy, de verdad, pero también pienso que escribo bien. Si no escribiera bien, me dedicaría a otra cosa".
Esa llamada no habría sucedido de no ser por el blog. Si ese chaval moreno y chalado está al otro lado de mi ordenador declarando convencidísimo que me sienta muy bien la coleta, es porque en agosto de 2005 le dio por hacer click en marinainthemiddle* y dejar un comentario. Y no es que mi vida haya sido mejor o peor de lo que podría haber sido sin J., pero sin duda ha sido distinta. Lo que quiero decir es que las decisiones pueden tener un impacto enorme, y que escribir tiene un impacto enorme.
No tengo claro si mi vida cambia el blog o es el blog el que cambia mi vida. El caso es que le estoy tan agradecida. De verdad. Lo que no es más que un canto al ego, digo yo, porque el blog soy yo y punto, así que supongo que agradecerle cosas no es más que agradecérmelas a mí y a mi gigantesco sentido de la autoimportancia. Pero imagino que le agradezco que me dé esta estructura. Que sea un espacio al que puedo volver.
Volvamos a mi paseo de esta tarde hacia Lavapiés. Pienso que hoy ha sido el primer día de verdadera primavera, con una tarde larga y dorada, correteando al aire libre. Le doy la razón a Erika y a Elsa, que me decían ayer frente al curry de un restaurante indio que no me desanime con Madrid: que lo mejor está por llegar. Me pregunto sobre mi escaso poder de convocatoria y pienso que no tiene nada que ver conmigo. Que la gente tiene mejores cosas que hacer un domingo por la tarde y, sobre todo, que presentarse a jugar con desconocidos a un extraño juego con rastrillos y pelotas es algo que sale bastante de la zona de confort de la mayoría.
Entonces me he dicho que si puedo transmitir una sola lección como bloguera el día que conmemoro (por error) la entrada número 1001 es la siguiente:
La próxima vez que alguien os proponga jugar al Q-Ball en el retiro, decid que sí.
No se trata de jugar al Q-Ball, ni de conocer blogueros, ni de celebrar conmigo las mil entradas. Eso es lo de menos. Se trata de decir que sí. Una vez dije que mi blog era mi manera de escribir sobre las cosas que amo. Hoy pienso que este blog es un sí constante. Un sí a estar viva, al riesgo, a atreverse a hacer cosas, a mirar alrededor, a arrepentirse, a hacer el ridículo, a masajearme el ego, a soltar chorradas, a sentarse aquí delante y sentir como si en vez de cerebro tuviera un limón reseco.
Un sí a conocer a lectores y lectoras. Cuántos momentos, queridos. Tomar cervezas con Fuckowski y sus amigos en el irlandés de la plaza del Siglo. Entrar al museo Picasso con Neikos. Comprar pintaúñas con Laura y remojarnos en el Spa, en la ducha de eucalipto que no huele a eucalipto. Pasar San Valentín con Carmen. Ir con Dani al japonés y lloriquear después en el Lobos porque ya no ponen pipas ni canciones de los Piratas (ni se llama Lobos, siquiera). Mirar libros con el señor M. Tomar gintonics con el otro J. (el lurker) y helados frente al mar con el señor K. Buscar sidrerías con el GPS de Nieves, y después levantarnos de la mesa porque no tienen platos vegetarianos. Jugar al Q-Ball con Marta. Beber vino con Babette, entrenar con Álex, ir al teatro con Elena. Montar un taller de escritura individual con Ángel en mi casa de San Fernando, y después verle trastear la plantilla de Psicosupervivencia en su bonito macbook Air.
Hablar y escuchar a IA. Escalar con él, mirarle con asombro desde el asiento del copiloto, oírle cantar Vetusta, compartir un dulce en un bar cualquiera en un pueblo desconocido de Castilla. Acariciar con los dedos su piel alucinante. Enfadarme con él, reconciliarme con él, seguir hablando y escuchando, entender algunas cosas. Agregarle al facebook, quitarle del facebook, agregarle otra vez al facebook. Esperar que, pese a todo, podamos volver a escalar juntos muchas veces.
Chatear con J. por el messenger (¿os acordáis del messenger?). Cruzarme con él en Rector López Argüeta, de camino a la facultad de políticas: yo con veinte años, sin saber nada de la vida, con las gafas de pasta puestas y una carpeta cruzada frente al pecho. Él con veintisiete, moreno como un tizón, montado en su bicicleta. Mirarle durante uno de los segundos más intensos de mi vida y pensar "es él". Tomar café en el Lisboa, cervezas en su tejado, espaguetis con nata en su cocina, almohaditas con chocolate a la mañana siguiente. Ocultarnos, encontrarnos y volver a empezarlo todo desde el principio. Contar chistes, hacernos masajes, conducir, escribir, leer mientras él terminaba su fin de carrera, cortar corcho para sus maquetas. Dormir, despertar, montar picnics urbanos y piscinas en las tartas ajenas. Perdernos en mitad de la nada, llamarnos en mitad de la noche, hacer fotos de saltos extremos y de edificios que a mí no me interesan un carajo. Dibujar en las plazas del Albayzín. Desayunar. Compartir palomitas. Dejarnos, volver, llorar, gritarnos, darnos sesenta millones de besos y echar sesenta millones de polvos. Querernos lo mejor que hemos sabido.
Con esto quiero decir que las cosas importan, y la gente importa y las decisiones también. Que por supuesto que lo que haces tiene consecuencias, y lo que escribes, y tus llamadas de teléfono, y atreverte a dar un salto al vacío y conocer a la gente. Intimar con la gente es difícil. Te puede cambiar la vida.
Aun así, insisto: decid que sí. Un sí en general. Un sí al Q-Ball. Un sí, me da igual pasar vergüenza porque no conozco a nadie y sí, voy a echar el domingo haciendo el idiota. O voy a aprender a escalar. O me voy por ahí con la furgo a un proyecto absurdo que me he inventado, o me propongo escribir todos los días durante un mes. Un sí, vamos a experimentar, vamos a probar y a abrirnos. El tema es abrirse. Si algo tengo que decir después de escribir mil entradas es que el tema es abrirse todo el rato, cada vez más, y que, al mismo tiempo, nadie os va a recompensar nunca por ello. No hay palmaditas en la espalda, ni una epifanía espiritual duradera: hay un dolor constante y sordo y, en mitad de ese dolor, momentos de una luz aterradora. Como esta tarde. Como todas las otras tardes y como todo lo que nos queda juntos, a vosotros y a mí, con las palabras que me quepan en los dedos.
Es curioso que sean 1001 entradas. Igual que Scherezade, sigo contando historias hasta que sale el sol. Confío en que queráis seguir oyéndolas a la mañana siguiente y no entreguéis mi cabeza al verdugo del olvido o del desinterés. Nunca sabréis lo que os agradezco vuestra clemencia.
Brindad conmigo por 1001 más.
Muchos besos.
*Todos los posts de allí están en este blog, por si os picaba la curiosidad.
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