massobreloslunes

jueves, 9 de octubre de 2008

Santa indiferencia

Queridos blogonautas:

El curso de meditación ha tenido unos efectos muy raros en mí. De repente veo a todo el mundo a mi alrededor como si fueran marcianos haciendo cosas de marcianos. Esto no se debe, como muchos podríais pensar, a que aquello sea un secta ni nada parecido. Sectas a mí. He leído demasiados libros de Gran Angular como para distinguir una a diez kilómetros a la redonda. Creo que más bien se debe a que una se pasa diez días metida ahí en la profunda paz del Dhamma, rodeada de personas estupendas y alegres que sólo tienen como finalidad mejorarse a sí mismas y ayudar a los demás a hacerlo, y el mundo exterior, con sus vicios y sus ansias, le parece un poco raro.

Esto me preocupa. No quiero irme a los Himalayas y meterme a monja. Ni siquiera haciendo como un amigo de mis tíos, que se ha retirado a un monasterio en Francia y ha conseguido que le dejen comer carne, bajarse pelis de Internet y llevarse la bicicleta. Pero hacía mucho tiempo que no tenía esta sensación tan intensa de NO QUIERO ESTAR AQUÍ, NO QUIERO, NO QUIERO. Es como si el entusiasmo (o la ansiedad) de la gente por sus ocupaciones (estudios, trabajos y demás) me pareciera un poco ajeno, y no fuera capaz de incorporarme a esa ola de interés y aplicarla a lo que es mi vida ahora mismo. Aunque tampoco es que haya otra cosa que me apetezca especialmente hacer. Y esto está muy mal, porque meditando intento conseguir ecuanimidad, no esta indiferencia enorme y tristona.

Yo qué sé. Supongo que se me pasará; en cualquier caso, a lo mejor sólo estoy intentando enfocar espiritualmente algo que no es más que una depresión posvacacional como otra cualquiera. O la crisis de fin de carrera. O el otoño. Pero es que ha sido un verano TAN genial. TAN relajado. Y ahora muero TANTO de amor (que sí, que ya lo contaré, pero cuando tenga más tiempo, y ganas, y una buena idea para hacer un post bonito bonito).

En fin. Tranquilidad. Tengo un libro de Paul Auster, una caja de Campurrianas y a la PK en Granada. La vida no puede ser tan mala, después de todo.

martes, 7 de octubre de 2008

Resumiendo

He estado en un curso de Vipassana. Stop. Experiencia estupenda. Stop. De vuelta en Granada. Stop. Sin ganas de empezar el curso y/o la maldita-maldita beca. Stop. Muriendo de amor. Stop. Ya os contaré. Stop. Sin PC en casa. Stop. Se me ha acabado la hora de Internet. Stop. Iremos volviendo a nuestro ritmo habitual. Stop. Si esto fuera un telegrama de verdad, me saldría carísimo. Cambio y corto.

miércoles, 17 de septiembre de 2008

Este verano he dejado de escribir. Ya lo hice otra vez porque sentía que necesitaba darme un respiro, y me sentó bien. En esta ocasión, sin embargo, no hay ninguna razón concreta: simplemente, no tenía ganas. Volví de Italia muy feliz, me fui a meditar y regresé aún más feliz. ¿Quién quería escribir? Hace un tiempo pensé que la relación entre felicidad y literatura tiene forma de U invertida: si soy muy feliz o muy desgraciada, no escribo. Necesito una cantidad moderada de desdicha que me dé el primer impulso, pero no tanta como para abrumarme y quedarme bloqueada en mi pena.

Por otra parte, a veces tengo dudas sobre si la escritura es buena o mala para mí. Quiero decir, que todo esto de tener un blog, de crear un personaje que soy yo y no soy yo al mismo tiempo, de buscar mi verdad aun al precio de partir (o resquebrajar) corazones ajenos, no sé si me acerca a la felicidad o me aleja de ella. Y yo soy de las que entre la felicidad y el arte, prefieren la felicidad. Así que me pregunto si escribir es conciencia o ego, ignorancia o iluminación. Si deforma las proporciones de la confusión existencial o, por el contrario, arroja un poco de luz sobre la oscuridad de estar vivo. Si me siento bien cuando escribo porque me hace bien, o es autocomplacencia transitoria.

Por otra parte, el amor.

El amor es como una importante misión de guerra. Uno se pasa toda la vida esperando a que se la asignen y, cuando por fin llega el momento, no sabe si estará a la altura. El problema no es el amor; es que lo que exige de nosotros es tan grande, tan valiente y tan suicida que la mayoría no queremos ni sabemos darlo. Entonces nos conformamos con sucedáneos de medio pelo con los que trampeamos, más o menos, la angustia de nacer y morir solos en este mundo tan raro. Y yo, de momento, no estoy a la altura. Me doy cuenta una y otra vez, y lo intento, y me equivoco, y a veces pienso que sólo voy a poder amar a alguien que, de vez en cuando, pueda prestarme el amor que a mí me falta y ponerlo por los dos.

Llevo un rato con las manos suspendidas sobre el teclado, pensando en cómo pretendo unir lo primero que he escrito con lo último, la escritura con el amor (por no hablar de Paul Auster, que realmente ha sido quien ha inspirado todo esto con su hermosa última novela, "El hombre en la oscuridad"). He empezado el post sin saber muy bien qué quería decir y me he hecho un poco la picha un lío.

Después de pensarlo unos minutos, se me ocurre que a lo mejor escribo porque no sé amar. Si supiera amar, a los demás y a mí misma; si mi corazón fuera compasivo y mi mente estuviera tranquila; si no necesitara que nadie me convenciera de que soy única, especial, maravillosa, y de que sube al cielo cuando me toca y llora mi ausencia... si no pasara todo eso, no tendría que escribir, porque no necesitaría demostrarme que dentro de mí hay una corriente de energía tranquila y potente, que no tiene principio ni tiene fin, que está ahí corriendo como el agua del subsuelo y sólo espera a que yo saque el pico y me ponga a buscarla.

Hago una pausa y localizo en mi estantería la libreta que me regaló J. cuando cumplí 21 años. Las tapas son de cartón de maqueta, y en una de las hojas centrales ha escrito una frase parecida a lo que he dicho antes: "Las capacidades son como una capa de agua en el subsuelo: no pertenecen a nadie, pero hay que cavar para encontrarlas". La frase no es suya, sino de Natalie Goldberg, pero me resulta curioso que la eligiera para incluirla en la libreta, rodeada de pozos dibujados a lápiz con su trazo delicado y nervioso. Como si profetizara que a lo largo de nuestra intensa y tumultuosa relación, yo necesitaría a menudo escribir para encontrar agua bajo mis pies, porque él (o yo cuando está él, mejor dicho) me había dejado muerta de sed.

Escribo porque cuando lo hago soy invencible y nadie puede hacerme daño. Y esto no es un tópico, aunque lo parezca. Nunca me ha preocupado registrar mis cuentos, porque no me da miedo quedarme sin ideas, igual que nunca se me ha ocurrido que mi pareja pueda aburrirse de mí (tendré otros defectos, pero no soy, insisto, NO SOY aburrida). Si alguien registrara todo este blog a su nombre, abriría otro y seguiría escribiendo.

Nota: Con este último párrafo se me ha vuelto a ir la olla y llevo tres horas intentando acabar el post, así que lo voy a dejar como está.

martes, 9 de septiembre de 2008

Amor Fatal: Una obra en un acto

PERSONAJES

ÉL

ELLA

EL BRUJO

El escenario es más bien sencillo, con estética de proyecto de audiovisuales. Hay una mesa con un ordenador, preferentemente un Mac. El Brujo lleva el pelo corto, gafas de pasta, camiseta blanca y vaqueros de diseño. Está sentado frente al ordenador y su expresión es seria, contenida. Durante los primeros minutos sólo se escucha el click del ratón.

Entran Él y Ella. Son guapos, jóvenes, y van vestidos de forma sencilla, con ropa favorecedora pero poco estridente.

ÉL: (tímidamente) Hola...

El Brujo continúa con su trabajo.

ÉL: (un poco más fuerte) ¡Perdone!

El Brujo, sin apartar la vista de la pantalla, levanta una mano indicándoles que esperen. Después de unos minutos de silencio en los que Él y Ella se miran y gesticulan, como si pensaran en irse, el Brujo habla.

BRUJO: Contadme.

ELLA: Esto... ¿podemos sentarnos?

BRUJO: ¿Tú ves sillas?

ELLA: (ofendida) Entiendo... (dirigiéndose a Él) Mira, casi mejor nos vamos.

ÉL: (a Ella, poniéndose un dedo sobre los labios) Shhh... (Al Brujo) No le haga caso. Necesitamos su ayuda de verdad... Nos hace usted mucha falta.

BRUJO: Adelante, decidme.

ELLA: Verás, tú, Brujo, o como te llames...

ÉL: (interrumpiéndole) Mejor hablo yo, ¿vale?

ELLA: Vale... (se cruza de brazos, un poco enfurruñada).

ÉL: Pues verá, señor Brujo... perdone que le llame así, es que no sé su nombre.

BRUJO: Lo del nombre es un poco como lo de las sillas. Continúa.

ÉL: Pues resulta que nosotros tenemos un amor fatal.

BRUJO: ¿Cómo de fatal?

ELLA: Pues fatal... fatal, vaya.

ÉL: (dirigiéndose a Ella) Tampoco exageres... (al Brujo) digamos que bastante, lo suficiente.

ELLA: Fatal de juntarnos y separarnos y volvernos a juntar, y pelearnos y decir que lo nuestro no tiene futuro, y vernos a escondidas, y quedar para tomar café y acabar en la cama.

ÉL: Fatal como la poesía: "ni contigo ni sin ti tienen mis males remedio".

ELLA: O como la canción: "No debía de quererte..."

ÉL: "...y sin embargo..."

ELLA: Pues eso.

BRUJO: Entiendo... Y entonces, queréis cambiarlo por...

ÉL: Pues no lo tenemos muy claro.

ELLA: Habíamos pensado que a lo mejor tenía ud. un catálogo, o algo así.

BRUJO: ¿Un catálogo? Pero ¿tú qué te crees que es esto? ¿IKEA?

ELLA: Vale, vale, perdón...

ÉL: Entonces... No sé, ¿un amor normalito?

BRUJO: Define "normalito".

ÉL: Veamos... un amor de quererse normal, supongo. De cogerse de la mano, de ir a comer a casa de los suegros...

ELLA: Uno de "hasta la muerte nos separe".

EL: Eso, justamente eso.

BRUJO: No sé si sois conscientes de lo que eso implica.

ELLA: Tranquilidad, supongo, ¿no?

ÉL: Sabemos que perderemos un poco de emoción...

ELLA: ... pero es que no podemos más.

BRUJO: Permitidme que os enseñe algo.

El Brujo se levanta de la mesa. Él y Ella dan un paso hacia atrás. El Brujo utiliza un pequeño mando para proyectar una película en la pared del fondo. La película muestra a Él y Ella en diversas situaciones bucólicas: paseando de la mano, viendo la televisión abrazados en el sofá, intercambiando regalos en una mesa de restaurante mientras suena la música de un violín. Él y Ella ponen expresión de horror, pero se aprietan la mano en señal de apoyo.

BRUJO: (apagando el proyector) Ahora que sabéis lo que os espera, ¿estáis seguros de que queréis seguir?

Él y Ella se miran y asienten, en silencio.

ÉL: Si le digo la verdad, señor Brujo... esto no es vida.

ELLA: Se llamará amor fatal, pero ni siquiera es amor.

BRUJO: Está bien... puedo hacerlo, pero tendré que formatearos.

ÉL: ¿Qué?

BRUJO: ¿Creéis que podéis tener un amor normalito, como tú lo llamas, con todos esos recuerdos en la cabeza? ¿Qué va a pasar cuando os echéis en cara vuestras peleas anteriores? ¿O cuando deseéis volver a la emoción de lo prohibido, a las mariposas en el estómago?

ELLA: ¡Pero yo no quiero olvidarme de todo!

ÉL: ¿No hay una solución intermedia?

BRUJO: No. O formateamos, o tendréis que montároslo en analógico.

ÉL: ¿Analógico?

BRUJO: Sí, claro. Por el procedimiento de siempre. Hablar, aceptarse, perdonarse, toda esa mierda de autoayuda. Los hombres son de Marte y las mujeres de Venus, ya sabéis. Pero ahí yo ya no puedo ayudaros.

ÉL: Entiendo.

Él y Ella se miran de nuevo, dudosos. Cuchichean entre sí.

ELLA: Pues casi que nos lo vamos a pensar....

ÉL: Sí, la verdad es que sí.

BRUJO: No sois los primeros que lo hacéis. Allá vosotros.

ÉL: Perdone por haber malgastado su tiempo...

ELLA: Eso, perdone.

Pero el Brujo ya ha vuelto a su ordenador e ignora su presencia. De nuevo, sólo se escucha el click intermitente del ratón. Como quien escapa de un peligro inminente, Él y Ella salen del escenario.

lunes, 1 de septiembre de 2008

Sé que os he tenido en ayunas mucho tiempo. Lo sé. Pero un virus maligno ha atacado mi ordenador y lo ha tenido inutilizado durante un tiempo. Esto se ha sumado a la rotura de la antena de la tele (que al final resultó ser "desenchufe de la antena de la tele"), y nos ha tenido todo el verano sumidos en una regresión tecnológica que hemos podido superar gracias a la guitarra de mi hermano y la meditación intensiva.

Ahora estoy en mi facultad, cumpliendo con el absurdo turno de verano de la maldita-maldita beca, y me gustaría escribir algo más, pero hace demasiado calor y mi inspiración está bajo mínimos. Sólo comentaré algo sobre lo mucho que odio la idea de empezar el curso y someterme a los arbitrarios dictados de esos engendros con tesis que se hacen llamar profesores. La única luz que alumbra mi desdichado presente es la de un futuro donde el hippismo inunde mi corazón. Eso y Prison Break, más concretamente el nuevo hombre de mi vida, Wentworth Miller.























El hombre al que elegiría si pudiera elegir a cualquier hombre.


Os quiero. Volveré. Tengo ganas de escribir, pero el mundo está un poco en mi contra.

martes, 19 de agosto de 2008

Grandes inventos, I

Marina: ¿Sabes qué invento patentaría yo?
Mi Querido Ex Novio: Cuéntame.
M: A ver... Yo siempre pido tarrina cuando como helados, ¿no?
MQEN: Sí.
M: Porque no me gusta el barquillo. El barquillo es asqueroso. Pero, al mismo tiempo, reconozco que echo de menos comerme el helado con la lengua, como los cucuruchos. Es como si fuera más un helado-helado. ¿Sabes lo que te digo?
MQEN: Ajá.
M: Entonces, voy a inventar un artilugio que permita comerse el helado a chupadas pero que no sea de barquillo.
MQEN: ¿Un cucurucho de plástico?
M: No, porque entonces cuando te comieras la parte de arriba, se acabó la diversión.
MQEN: Podrías usar una cucharilla.
M: ¡¡No estás entendiendo nada!!
MQEN: ...
M: tendría que permitir comerse el helado chupándolo todo el rato, para ponerse al nivel de placer de un cucurucho.
MQEN: Entonces, un cucurucho de plástico con un agujero en el fondo.
M: Mi primera idea también fue esa, pero luego se me ocurrió algo mejor.
MQEN: Sorpréndeme.
M: ¡Un cucurucho telescópico!
MQEN: ...
M: ¡La Cucurina!
MQEN: ¿Por "cucurucho" y "Marina"?
M: No, por "cucurucho" y "tarrina". Si se parece a "Marina" no es mi culpa, que luego me decís que soy una egocéntrica.
MQEN: Ok.
M: Bueno, el caso es que la cucurina se iría plegando a medida que avanza el helado. Así se podría chupar hasta el final.
MQEN: Muy bien, Peq, pues paténtalo.
M: ¡Eso voy a hacer!
MQEN: ¿Pero tú crees que tendría salida?
M: No lo sé. Es que la gente tiene sus prioridades un poco confundidas.
MQEN: ¿Qué quieres decir?
M: Pues que a lo mejor no le dan tanta importancia a poder chupar el helado aunque no les guste el barquillo. Para mí sí es importante, pero puede que ellos estén bien con sus tarrinas y sus cucharillas.

(Silencio resignado).

MQEN: Yo lo que inventaría es un cucurucho con jamón dentro.
M: ¡Un cucurucho hecho de piquitos con jamón dentro!
MQEN: ¡¡Eso!!
M: ¡El Jamonucho!

Etc.

domingo, 17 de agosto de 2008

El amante del Círculo Polar

Estoy sentada en mi habitación a oscuras e intento sentir con claridad cómo el aire se desliza suavemente por mis fosas nasales. Despido a los pensamientos de mi cabeza, como si apartara con el brazo los objetos de una mesa atestada.
Cuando estoy a punto de entrar en el sexto samadhi, me interrumpe el vibrador del móvil. Aparece en la pantalla la cara sonriente de J., que está en Finlandia de viaje con unos amigos.
- ¡Hola, gorda! - J. siempre parece alegre cuando llama por el teléfono. Eso está en mi lista de "razones para amar a J.", justo debajo de "se levanta de buen humor todos los días" y encima de "casi todas las películas le gustan" -. ¿Sabes desde dónde te llamo?
- ¿Desde Finlandia?
- ¡Desde Laponia! Estoy al lado del Círculo Polar. Y no sé, me he acordado de ti, porque he pensado que esto te encantaría. Todo es verde, hay muchos lagos, es precioso.
- Qué guay – intento aparentar entusiasmo, sonreír hacia el norte de Europa desde mi habitación a oscuras. La voz de J. se escucha tan clara, tan cercana, que me parece absurdo que me esté llamando desde Laponia. La compañía telefónica debería tener un Servicio Realismo, que hiciera sonar la voz del que habla lejana y difusa e intercalara rachas de frío viento polar entre frase y frase. En lugar de eso, el aire acondicionado zumba en mi habitación, y yo no cierro los ojos porque total, estoy a oscuras y el efecto es el mismo.
- Tendrías que verlo, en serio. Es como cuando fuimos a Cantabria, pero como si Cantabria la hubieran extendido por un país entero y la hubieran llenado de lagos.
Me río.
- Ya, te entiendo.
- Y hay un montón de renos. Cruzan por mitad de la carretera, como las vacas de nuestro viaje, ¿te acuerdas?
Pienso en Cantabria, hace exactamente un año. Pasamos diez días juntos. Nos dormíamos abrazados y nos levantábamos juntos por la noche para ir al baño. J. es el único tío que conozco, y casi la única persona, que va más veces al baño que yo. Salíamos de la tienda y caminábamos cogidos de la mano hacia la caseta de duchas del camping, y nos separábamos para entrar cada uno por el lado que le correspondía. De pronto estoy llorando a oscuras, y J. se queda callado a un montón de kilómetros de distancia.
- ¿Qué haces, gorda?
- Nada – digo – que me he emocionado.
- ¿Por los renos? – pregunta, y es una pregunta tan idiota y tan suya que me pongo a llorar más todavía.
- No importa – sollozo –, de verdad, no pasa nada, es que me has pillado en un día tonto.
Hablamos un poco más, me cuenta que allí casi no hay turistas y que la gente les mira como a bichos raros, que intenta desconectar pero piensa en su futuro, que está empezando a tener frío. Yo le escucho y sonrío a través de las lágrimas, y ni siquiera me pregunta qué me pasa porque supongo que lo sabe, y yo también lo sé, y ponerlo en palabras no tiene ningún sentido. Nos despedimos. “Te quiero mucho”, le digo, y es verdad. “Yo también te quiero”, me contesta, y también es cierto.
Es tan corto el amor y tan largo el olvido, que diría Neruda. Mierda de amor, diría yo, que caduca como los yogures y te tiene meses retorciéndote de indigestión y de nostalgia.