massobreloslunes

miércoles, 12 de enero de 2011

De semanas y ciclos


La idea me la ha dado él
Pero que conste que ha prometido no denunciarme.


El lunes son legañas en la almohada,
un autobús que siempre llega tarde,
dos zapatos con prisas.
El martes casi nunca pasa nada.
El miércoles es intercambiador
que me huele a parada de autobús
en bar de carretera;
promete el jueves más de lo que entrega.
Llega un viernes de siesta perezosa,
con una noche larga como un látigo
y me echa a patadas hacia el sábado,
un tobogán de libertad fingida
que me deja sentada en el domingo,
aturdida y desnuda,
las persianas cerradas de las calles
gritando al aire azul de la mañana.

Y en la tarde inclemente del domingo,
si como palomitas en el cine,
o escribo en un café poco ruidoso,
o pongo lavadoras,
seguro soñaré con otro lunes
donde sean tus legañas las que miren
detrás de mi almohada.

lunes, 10 de enero de 2011

Reflejo

Estamos en Granada, es invierno y es de noche, y yo voy caminando por el Realejo hacia casa de MQEN. Vamos a meditar y quizá a cenar o a ver una peli. Llevo un gorro feo que me he comprado en los chinos porque hace un frío inmenso, y voy apretujada dentro de un abrigo de mangas demasiado largas.

Entro en Pavaneras y me conquista como siempre la vivacidad de la calle, los bares y tiendas y portales y personas que vibran en la temprana noche de invierno. Antes de girar hacia la iglesia de Santo Domingo hago una parada en la pastelería pija. Cuando voy a meditar a casa de MQEN me gusta llevar un par de muffins de chocolate para comerlas antes de sentarnos. Él hace Chai de especias con leche y un montón de azúcar y nos comemos las magdalenas en su salón oscuro, mientras Jesús trastea con el ordenador o Adri toca el piano con los auriculares puestos.

Cuando entro en la pastelería, el pastelero me sonríe y me saluda. Yo aún no lo sé, pero ese pastelero me va a tirar los trastos sin piedad hasta que un día me invite a entrar con él a la trastienda y yo, espeluznada, no vuelva nunca más a comprarle magdalenas. Pero hoy aún me parece entre simpático y halagador, así que le devuelvo el saludo y la sonrisa.
- Hace frío, ¿no? - me pregunta.
- Sí, bastante.
- Se nota... tienes la nariz colorada.

Y no sé por qué, pero esa constatación me conmueve. No en el sentido presumido de la palabra. No se trata de que se haya fijado en mi cara porque le parezco guapa, a pesar de mi gorro feo y de que el abrigo amenace con engullirme. Se trata de que hasta este momento yo era invisible, una clienta y punto, y de repente él me dice estas palabras, utiliza esa segunda persona del singular tan curiosa, y yo me hago visible, aparezco.

He escrito esta escena y no sé por qué. La recuerdo a veces, así que supongo que la escribo aquí para ver si consigo averiguar qué significa para mí. Pero llevo un rato intentando completar el texto, cerrarlo o llámalo X, y no me sale.

Quiero hablar de lo difícil que es que la gente te vea. Quiero hablar de que a veces paso todo el día en el trabajo y no escucho ni una sola frase que me demuestre que existo. Quiero hablar de que el amor es un preguntar constante y el sufrimiento una ausencia de preguntas, una declamación sin fin, un yo gigantesco.

Quiero hablar de que me sigue pasando lo del pastelero, me conmueven las frases en segunda persona de singular, los "qué haces", "qué vas a cenar", "estás muy guapa". Me veo reflejada por unos segundos, tomo constancia de que existo y me siento tan agradecida que quiero llorar.

Y como es tarde y me quiero ir a la cama, y quién sabe si ésta es la mejor forma de cerrar el post o quizá cualquier otra, lo voy a dejar así.

jueves, 6 de enero de 2011

¿No es bonito pensar hoy...


... en todos los niños en sus camitas, cerrando fuerte los ojos para dormirse antes, con la ilusión de que vengan Los Reyes?

Por mi parte, esta tarde he ido al Carrefour y he comprado:
- Un roscón tamaño mínimo (¿un rosquín? xD).
- Un brik de chocolate a la taza.
- Un brillo de labios.
- Un exfoliante de vainilla y macadamia.
- Un pelapatatas.

He llegado a mi casa, me he tomado medio roscón y una taza de chocolate, he envuelto las demás cosas en papel de regalo y las he colocado en el sofá. Luego lo he espolvoreado todo con caramelos sin azúcar de regaliz y fresa.

Y que no se diga que la ilusión se pierde con la edad.

miércoles, 5 de enero de 2011

El mal capilar II: El Flequillo Venganza

Hoy he ido a la peluquería. Yupi por mí, que trabajo y me puedo permitir ir a la peluquería pija cada dos meses, en lugar de esperar a ahorrar lo suficiente mientras me convierto en un champiñón gigante. He vuelto a Llongueras y no sé por qué, después del episodio del mal capilar. Supongo que por perezón de buscar otra peluquería en Cádiz y por si me tocaba alguna peluquera que no fuera la Nazi Flequillil (En adelante, NF).

Obviamente, había tres peluqueras y me ha tocado la NF. La parte buena es que hoy estaba muy llena la peluquería y no me ha parecido que fuera una tapadera de un negocio de venta de drogas, como la vez anterior.

Yo hoy no estaba por hacerme mala sangre. La NF me ha dado el catálogo de peinados Llongueras, que me sé ya entero y que no sé para qué miro, si en general parece que a todas les hayan cortado el pelo de rapideo para mandarlas a la guillotina. En fin. Le he explicado a la NF más o menos lo mismo que la vez anterior, pero introduciendo una peligrosa innovación. Chachán.

- Nazi Flequillil, te explico: llevo como cinco años con el flequillo más o menos igual y querría innovar. Quiero probar con un flequillo inclinado. Tú sabes: la raya un poco al lado y una línea que descienda suavemente a lo largo de mi frente divina.

La idea que yo tenía en mi mente era más o menos así:


La próxima vez le llevo la foto.


- Claro, claro – ha contestado la NF en un tono sospechosamente sumiso.

Ha empezado a texturizarme la cabeza como una chalada, lo cual está guay, porque la última vez no me texturizó y tuve que texturizarme yo en casa con unas tijeras de cocina, que tiene huevos si has pagado treinta y cinco pavos para que te corten el pelo. Yo levantaba de vez en cuando la vista del Hola y me iba gustando el resultado.

[Inciso: yo no sé por qué la gente dice que ir a la peluquería le sube la moral. Personalmente, cada vez que paso más de cinco minutos leyendo una revista del corazón acabo deprimidísima porque Halle Berry me saca veinte años y está bastante más buena que yo, porque nunca tendré la cara de Natalie Portman y porque Carlota Casiraghi está de vacaciones en el Caribe mientras yo me caliento los pies con una bolsa de cereales. Fin del inciso.]

Y hemos llegado a la parte delicada. El flequillo. Me lo ha recortado levemente de forma inclinada y luego ha empezado a secarme.

- ¿Podrías dejarme el flequillo más corto?

- Sí, sí, lo miramos en seco.

Me tendría que haber callado, porque la asertividad en la peluquería, como ya expliqué, tiene una reserva limitada, y para qué desperdiciarla cuando el flequillo me lo pensaba mirar en seco. Me ha empezado a secar tirándome del pelo como si me odiara, pero el resultado molaba bastante y me he dejado hacer.

Entonces hemos llegado al flequillo. Me lo ha recortado un poco y me ha preguntado qué tal, en un derroche de humildad anormal en su especie.

- ¿Me lo podrías dejar más corto? - Ahora sí, asertividad: haz tu aparición.

Y aquí la cagamos. Porque en ese momento entra en acción el Flequillo Venganza (en adelante, FV). El FV se define como aquel flequillo que te dejan las peluqueras cuando el primero que te hicieron no te ha gustado. Es un rollo “con que no te gusta, ¿eh? Pues ahora te vas a cagar”.

Cuando me ha enseñado el resultado, me he dado cuenta de que tenía dos opciones.

1) Decirle que no me gustaba y arriesgarme a un flequillo aún más vengador. Un nivel de venganza muy superior, un Kill Bill de los flequillos. He temblado sólo de pensarlo.

2) Callarme como una perra e intentar arreglarlo en casa.

Obvio que he escogido la opción 2. Las otras peluqueras revoloteaban a mi alrededor diciéndome que había quedado divina de la muerte, y de hecho el resto del corte está bastante chulo. Supertexturizado. Sin embargo, el Flequillo Venganza... bueno, es muy vengador.

Así de vengador:



Por el amor de Dios, ¿qué coño es esto? ¿Por qué no hay dos pelos de la misma longitud? ¿Por qué es como si una rata furiosa me hubiera estado dando mordiscos en el flequillo?

Lo peor es que volveré.

Aunque sólo sea por tener temas para el blog.

martes, 4 de enero de 2011

Vicente, Psicólogo Interno Residente en... ANSIEDAD


NOTA 1: El programa no me dejaba poner las tildes, pero sabéis que yo sé ponerlas. Espero.
NOTA 2: A veces los pacientes llaman "doctor/a" a los psicólogos. Es un localismo pintoresco y no tiene nada que ver con la envidia de pene que los psicólogos sentimos hacia los médicos.

lunes, 3 de enero de 2011

Para Steve Jobs



Me quiero comprar una carcasa para mi Macbook. Fue idea de Luna, mi R externa que, además de fabulosa, es cuidadosa y dulce, y no le gusta que los objetos se estropeen. La carcasa es de color, así que protege y a la vez adorna, y deja pasar la luz evitando que el portátil se dañe.

Me pregunto si no podrían inventar algo parecido para el corazón. Algo que permita usarlo con confianza, sin miedo a que se raye, sin impedir que la luz lo atraviese.

Después pienso que quizá tendrían que empezar por inventar un iHeart. Un corazón blanco y bonito, eficiente y de diseño, con un montón de aplicaciones útiles y compatible con todo tipo de programas.

Que le durara mucho la batería e inmune a los virus.

Que no se quedara nunca colgado.

sábado, 1 de enero de 2011

Día D


Me despierto el día de año nuevo con restos de pintalabios rojo, la cabeza embotada y los pies fríos. En mi casa estamos solos mi perro y yo, y él lleva un rato a los pies de la cama, esperando a que me despierte para abrirle la puerta de la calle.

Me levanto de la cama porque me meo, mientras me pregunto cómo es posible tener resaca sin haber bebido una gota. Desayuno un poco de pan con queso y un vaso de vitamina C efervescente y me echo un neobrufén al coleto. Luego abro el grifo de la bañera. Feliz baño nuevo, pienso para mí, y me río sola, encantada de haberme conocido.

Mientras se llena la bañera toco un poco el piano, mirando mis dedos torpes de uñas rojas sobre el teclado polvoriento. Pobre piano desafinado y solitario. Me siento una mezcla entre espesa y paranoide mientras canturreo escalas y piso los pedales con los pies desnudos. Luego enciendo la chimenea con un tronco gigante y un montón de pastillas y echo unas cuantas ramas de romero que arranqué el otro día de un matojo. Romero romero. Que se vaya lo malo y entre lo bueno.

La bañera ya está llena, y yo transporto el portátil con cuidado, desafiando a la humedad y a la mala suerte. No sé qué voy a poner, pero sé que será Quique. Ayer por la noche, mientras mis amigas y yo jugábamos al Bang vestidas de vaqueras (unas más que otras), alguien dijo que tienes que empezar el año como quieres que sea el resto del tiempo, y al final, tu sabes, todo se reduce a Quique.

Así que barajo opciones. No quiero empezar un año Daiquiri. Es un buen disco para un baño, pero lleva demasiada tristeza .El Salitre me gusta mucho. Es muy Cádiz, muy viento de poniente y verano y olor a sal en el aire, pero justo por eso no me pega ponerlo aquí, en Málaga, lejos de la bahía y de la playa de la Caleta. En Ajuste de Cuentas hay demasiada gente, y no cabríamos todos en la inmensa soledad de la bañera. El Pájaros Mojados sería una buena elección. Sobre todo porque podría sentirme identificada con el primer tema y sus vientos cantando alegres a la resaca.

Luego llego al Kamikazes y algo cambia en mí, como la lucecita que se enciende detrás de mi cerebro falto de sueño. Como si una espada tocara hueso. Kamikazes enamorados no es mi canción favorita de Quique; creo que le falta estribillo. Pero me gusta el concepto. Me siento identificada con la imagen de una amante desquiciada en su particular avioneta en llamas. Sé que voy a estrellarme y no me importa. Después, claro está, así me va.

Así que dejo el Kamikazes y me meto en el agua, disolviendo las sales de baño entre los dedos y preguntándome por qué no hacen la suficiente espuma. Pensando que me gustaría sacar una foto de mis pies sobre el agua, el derecho apoyado en la rodilla izquierda y el otro al fondo, las uñas rojas brillando sobre la loza blanca. Pero ya basta de arriesgar aparatos eléctricos por hoy.

Y escucho a Quique el día de año nuevo, en mi casa solitaria, con el perro tumbado sobre la alfombrilla de ducha, sumergida en sales medio disueltas. Y pienso que a mi vida, como a la canción, a veces le falta estribillo, pero nunca deja de gustarme el concepto.