massobreloslunes

lunes, 5 de septiembre de 2011

39. Vestidos del Averno, toma 2

Bueno, queriditos, no todo va a ser hablar de espiritualidad y cosas profundas, ¿no? Así que, como me quedé a la mitad en las crónicas de un vestido anunciado, voy a terminar hoy de contaros mi lucha por ir a la boda de mi primo como una chica atractiva y casadera.

Después de aberrar contra el sistema en el Corte Inglés, decidí irme a las tiendas de Amancio Ortega, a ver si alguna me sacaba del apuro. Empecé por Mango. En general, Mango me parece un horror. ¿Qué les pasa a sus colores? ¿Por qué están hechos para no favorecer a las mujeres? El invierno pasado tuve que cambiar unos regalos de allí y hubo un momento en que me vi intentando elegir entre mostaza verdoso y butano apagado. Me dije que Mango había alterado mi percepción de lo cromáticamente aceptable y tuve que irme antes de empezar a pensar que el problema lo tenía yo.

Aun así, nada más entrar por la puerta veo un vestido medio mono. Elegante. Manga corta, cuello redondo, parte superior en crudo, inferior en negro y como de encajito. Elegante y audreyhepburniano. Me lo pruebo, me veo mona y aunque no es que esté despampanante de la muerte, me lo llevo, por si acaso. Siempre me quedará el recurso de comprarme unos zapatos preciosos para compensar.




He aquí el vestido. La frontera entre ir elegante y parecerme a mi abuela se difumina peligrosamente.


Unos días después, por probar, fui al Zara. Y allí encontré un vestido que no tenía mala pinta. Violaba dos de mis principios para que los vestidos favorezcan, a saber:
1) Que era palabra de honor.
2) Que sólo lo tenían en dos tonos, a cuál más horrendo: azul petróleo y rosa palo. Si el azul petróleo es chungo, el rosa palo es casi peor. ¿A quién le sienta bien, aparte de a Naomi Campbell? Te hace parecer enferma.

Pero días vagando por las tiendas de ropa me habían enseñado que tendría que tragarme mis principios si quería ir a la boda en algo mejor que unos vaqueros, y también que los vestidos a veces ganan cuando los llevas puestos. Así que me los probé (el rosa y el azul), junto con unos zapatos maravillosos de charol en tono nude, tipo peep toe y de altura travesti.

[Nude = color carne. Peep toe = con el dedo fuera. Lo aprendí en la Cuore]

Me hice un par de fotos calorras con el móvil para enseñarlo por ahí. El azul era terrible, pero el rosa no me disgustaba. Y siempre podía comprármelo y llevarlo con los zapatos de travelo para consolarme.

Así que mostré las dos fotografías a dos especímenes del género masculino. El primero, IA, me dijo que le gustaba el audreyhepburniano, que estaba"muy linda". El segundo, MQEN, me dijo:
- ¿Y por qué no te gusta el rosa? ¡A mí me gusta el rosa! Joer, Peq, es que el rosa... - seguido de resoplido elocuente.

Pensé que prefería estar puntos suspensivos y resoplido a estar linda, sin ánimo de menospreciar la opinión de IA, que conste. Pero es que MQEN sabe lo que mola. Una vez, a la pregunta de "¿El color de este vestido pega con mi piel?" me contestó "No lo sé, pero pega con tus piernas y tus tetas". Me convenció.

Así que me fui al Zara y me volví a probar el vestido rosa y los zapatos de travelo. Una cosa estaba clara: adoración total por los zapatos, a pesar de que estuve a punto de quedarme sin tobillos ya en el probador como cinco veces.

Salgo del probador, me paseo por el pasillo y se me acerca la dependienta, dando suspiros de admiración.

- ¡¡Monísima, monísima, estás monísima!! Espera, que te pruebo un cinturón. No le pega el color, ni la forma, pero es para que te hagas una idea.

¿Una idea de qué? ¿De cómo estropear el vestido?

En esto que sale del probador de al lado una chica, me mira y me dice:
- Yo le metería un cinturón cobre. O me iría a una mercería, pediría una cinta de raso en el tono del zapato y le haría una moña.

[Moña = lazo. Es que no sé si se dice en todas partes o sólo en el sur]

En mi mente se dibujó la secuencia de yo yendo por las tiendas a la búsqueda de un cinturón en tono cobre, o por las mercerías buscando cintas de raso en tono zapatos para hacerme moñas. Improbable como un unicornio. Enarqué las cejas, le agradecí el gesto y decidí que me lo llevaba todo: el vestido rosa palo palabra de honor y los zapatos modelo travesti que, ahora que lo pienso, harán juego con mis manos con venorras de escaladora.

Total, gente, que ya tengo vestido. Como soy medio guapa y los zapatos son preciosos (¿lo he dicho ya?) el resultado me deja bastante contenta. Mi madre me ha dicho que me lleve unas bailarinas para cambiarme, y yo le he contestado que ni muerta me bajo yo de mis tacones a mitad de la fiesta por algo tan efímero y prosaico como el dolor de pies, y más después del entrenamiento que les estoy dando últimamente a base de gatos de escalada.

Además, Erika me ha traído de Hawaii (verídico) un kit de maquillaje BareMinerals, porque su madre trabajaba como representante y le sobraban muestras. Tiene miles de tarritos y de brochas. Las instrucciones vienen en inglés, y parece que las ha escrito una maníaca harta de prozac. Traduzco y cito de memoria.

¡¡¡Saca tu maravillosa belleza brillante y perfecta con BareMinerals en sólo cuatro pasos!!!

1) Aplícate "recién levantada" con la brocha "pura precisión" alrededor de los ojos para un look descansado, fresco y luminoso, como si hubieras dormido en colchones de plumas y ahora brillaras como una estrella matutina.
2) Aplica "falso bronceado" con la brocha "suelta y fabulosa" en las áreas donde te daría el sol, para un look soleado y radiante como salida de las mañanas caribeñas.
3) Aplica "brillo radiante" con la brocha "biselada estupenda" en toda la cara, empezando por la frente y acabando por la barbilla, para un resplandor angelical y reluciente como si miles de ángeles te envolvieran en polvo de estrellas
4) Aplica "velo mineral" incidiendo en la zona T con la brocha "suelta y fabulosa" para un maravilloso acabado mate y eterno que brillará por siempre sobre tu rostro divino.

Y así. De verdad que no sé de dónde saca esta gente los adjetivos. Son como el buscador de sinónimos del Word. Yo quiero algo que básicamente disimule el Acné del Averno sin hacerme parecer Jordi González. Por cierto, mi piel está sorprendentemente bien últimamente y ni siquiera sé por qué. Intuyo que la cura de mis males cutáneos van a ser las vacaciones.

Resumiendo: que esta noche me he dedicado a ponerme uno encima de otro sin orden ni concierto probar cuidadosamente los potingues de BareMinerals, pintarme los ojos, peinarme la melena y aprender a andar con los tacones (que seguro seguro me van a costar un tobillo... sólo espero que no sea mientras camino hacia el estrado para leer). Y ahora estoy escribiendo en el chaise longue con todo el modelé puesto, rollo "Divas de diván", y pensando que ojalá estuviera el tema listo, pero que en realidad me faltan la chaqueta, el bolso, los pendientes y el esmalte de uñas, y que ser mujer es un coñazo, además de muy caro.

Y para los que hayáis tenido la paciencia y solidaridad de llegar hasta aquí, un premio en forma de foto.



No estoy mal ;) La expresión de la cara es rara, lo sé, pero es que tenía que darle al ratón, alejarme sin matarme y poner pose en tres segundos justos. Un estrés.

Hale, ya sólo queda templar la voz, echarle valor y darme después al whisky con naranja como si no hubiera un mañana.

38. Sufrir (y sí, voy a volver a escribir todos los días, ¡viva y bravo!)

A veces me pregunto si mi progreso espiritual es una ilusión de mi cabeza. Por ejemplo, hoy venía caminando hacia mi casa de Cádiz preguntándome si mi moto seguiría sana y salva. Había estado leyendo un libro sobre Vipassana en el tren, y me sentía tan bien y tan superinspirada que pensaba "Bueno, si me la roban me la robaron. Qué le vamos a hacer. Soy TAN ecuánime, y estoy TAN desapegada". En ese momento se me ha enganchado la rebeca de doce euros que me compré antes de ayer en la matrícula de un coche, se ha roto y me he puesto a jurar en arameo. Imaginad: Metro cincuentaytantos de rubia angelical gritando, y cito texualmente, "me voy a cagar en la madre que te parió sesenta pares de veces". Con esto quiero decir que la diferencia entre lo que mi ego cree que ha progresado, o entre lo que sé a nivel intelectual sobre la compasión y la ecuanimidad, y lo que se empeña en hacer mi limitado corazón, es un abismo del tamaño de Dakota.

A pesar de eso, ya os digo: si comparo mis niveles de felicidad y ecuanimidad pre y post Vipassana, es como la diferencia entre ser un chimpancé o ser una ameba. Igual pensáis que exagero, pero qué va. Yo me conozco. Conozco mi mente y sé cuánto sufrimiento es capaz de generar. He vivido mi propio, pequeño y desacogedor infierno personal y sé lo que es estar dentro y estar aunque sea medio fuera.

Cuando pienso en eso del infierno personal, la primera imagen que me viene es Barcelona. Yo acababa de decidir que iba a dejar el periodismo y me disponía a pasar el segundo cuatrimestre terminando algunas asignaturas para convalidarlas como créditos de libre. Quería aprovechar el tiempo que me sobraba para leer, escribir, mejorar el catalán, conocer Barcelona y un largo etcétera.

Entonces me di cuenta de que mientras más tiempo libre tenía, peor me sentía. Mi mente era una mente brutal, dolorosa, hiperactiva y perfeccionista, llena de pensamientos de todo tipo, de exigencias, de ideas, de creencias que cambiaban a cada instante, de rígidos conceptos sobre mí misma... una mente potente pero durísima, incapaz de callarse y que gritaba en mis oídos las veinticuatro horas. Con esa mente dentro de mi cabeza caminaba yo por el campus de la Autónoma en enero, febero y marzo de 2004. Ser consciente de que me había equivocado de carera y dejar la mitad de las clases había abierto una fisura entre lo que era mi vida normal hasta entonces, que encajaba con el molde de estudiante perfecta de primero de periodismo, y una existencia desbandada e incierta con la que no tenía muy claro qué hacer.

Entre clase y clase, vagaba sola por el campus. Daba vueltas por la biblioteca, pero inyectarle más materia a mi cabeza enfebrecida era todavía peor. De repente era consciente de todo lo que no sabía y una angustia existencial gigante me agarraba el pecho y me lo estrujaba. Intentaba pasear, escribía, escuchaba los recopilatorios de música que me grababa MQEN (los Para Peq) y me sentaba en mi almohada a contar mis respiraciones, pero no tenía paz. Nunca. Ni un segundo a lo largo del día.

Intenté rezar. Me iba a la Iglesia del Pi, que está en el Barri Gòtic, a la izquierda de las Ramblas. Es una iglesia preciosa en medio de la ciudad, con un gran rosetón de vidrio de colores por donde entra la luz. Me sentaba allí y rezaba: por favor, Dios, ayúdame, que no puedo más, yo sé que no creo en ti, pero es que es esto o comprarme un perro, o darme a las drogas, no sé, así que ayúdame. Lo de las drogas también lo intenté, por cierto, que le dije a mi compañera de piso que me consiguiera hachís y me lo fumaba en la ventana de mi cuarto, mirando el valle callado y cruel a mis pies. Pero nunca he sido muy de adicciones, y el hachís me mareaba sin que la angustia se fuera.

Hace un tiempo, un compañero de trabajo me preguntaba si alguna vez me había sentido paranoide respecto a los demás, y yo le decía muy segura de mí que no, que por eso me cuesta empatizar con los locos. Ahora estoy recordando que en Barcelona sí que miraba con suspicacia a la gente que caminaba por la universidad, como si ellos supieran algo sobre vivir que a mí se me escapaba. Parecían reposar con relativa calma en la existencia que les había tocado, mientras que a mí me estaba vetado eso. Les escupía en silencio un odio intenso y frío que todavía hoy me asombra.

Después llegó el 11 de marzo. Creo que toda la violencia y la tristeza que se derramaron ese día en el país hicieron que el vaso de mi aguante se volcara en alguna dirección, y decidí largarme. Ni créditos de libre, ni nada. Y en mi casa de Málaga, otra vez, la angustia mortífera. El olor del incienso que me ponía en mi habitación lila mientras intentaba sentir el miedo que me agarrotaba los brazos y las piernas. Respiraba, respiraba, respiraba y trataba de conectar con la sensación de que todo el aire del planeta se desplazaba un poquito cada vez que lo hacía.

Todavía me quedaban tres años, tres, de vida razonablemente normal en Granada, con cantidades ingentes de sufrimiento colándose por sus normales y coloridas esquinas. En primero no me adaptaba, me costó la vida sacarme el carnet de coche y tuve uno de los peores brotes de Acné del Averno que recuerdo. En segundo conocí a J. y caí atrapada en las garras perversas de nuestros comienzos oscuros. En tercero, así por nombrar un ejemplo, las prácticas de Psicología de la Percepción, que eran los martes a las ocho de la mañana, me sumían en un estado de pánico tan grande que apenas podía subir Cartuja, y ni siquiera recuerdo por qué.

Ésa era yo. Mi cabeza era como un túnel de viento. No podía ser feliz ni podía hacer feliz a nadie. Al pobre J., aunque también tenga lo suyo, lo llevaba por el camino de la amargura. Mi relación con él estaba basada en el apego, un miedo intensísimo a que me dejara por su ex y algunos rastros de algo parecido al cariño y la comodidad que nos mantenían unidos. Y lo peor, lo peor de todo eso, es que yo lo intentaba. Lo intentaba muchísimo. No me dedicaba a ver la tele, alcoholizarme y procurar pasar la vida medio qué. Iba a talleres de danza y dibujo, compraba libros de autoayuda, viajaba, veía películas New Age, ¡estudiaba psicología, por el amor de Dios! Tomaba valerianas, infusiones, Hierba de San Juan y pautas cortas de ansiolíticos cuando la cosa se ponía muy, muy mala.

Decidí meditar porque no tenía otro remedio. Cuando la gente me dice que le gustaría hacer un curso pero que no tiene tiempo o no ve el momento, les digo "ya lo encontrarás". Cuando estás muy mal, no tienes otras prioridades. Es como si tuvieras un cáncer y dijeras que no vas a ir a tratarte porque no tienes tiempo o no ves el momento. Cada uno tiene su momento cáncer, e incluso hay gente, como mi espiritualmente muy avanzada amiga Elsa, que es capaz de motivarse para meditar siendo medio feliz. A mí me hizo falta penar tela para reunir el valor necesario, pero al final no me quedaron más cojones. Así fue.

Después de empezar a practicar Vipassana he sido de todo menos perfecta. La he liado tela en muchos sentidos, con muchas personas. Continúo llamando gratuitamente monguers a mis amigas y gruñéndole a mi madre. A veces lloro, a veces como demasiado, hace un año rompí la puerta de un armario en medio de una discusión con mi hermano y sigo siendo gordófoba. Rompo corazones, me dejo romper el mío, mi mejor amigo no me habla y tengo el ego del tamaño de la catedral de Cádiz, pero menos bonito.

Y aun así, la diferencia entre el antes y el ahora es abismal. Enorme. La cantidad de sufrimiento que tenía comparado con el que tengo es como lo que cuentan las parturientas del dolor de parto comparado con el dolor de la inyección para la epidural. Irrisorio. Desestimable.

Sobre todo, ya no estoy desesperada. En general, claro. Tengo mis momentos de pensar que la vida me supera, y que total, tanto esfuerzo para al final morirse y a ver si lo de la reencarnación va a ser un cuento chino y lo que pasa es que te disuelves en la nada y ya está. Pero sé lo que hay que hacer y cómo hacerlo, sé cuál es el túnel y dónde está la luz, y ese conocimiento me da una tranquilidad que es más sólida que cualquier otra cosa que haya tenido.

Así que cuando la gente me pregunta si lo recomiendo... pues claro que lo recomiendo. ¿Cómo no lo voy a recomendar? Si me ha salvado la vida. Lo que pasa es que creo que uno debe hablar poco y hacer mucho. Debe demostrar con su vida y su actitud lo que esto ha supuesto para él. Debe centrarse en transformarse a sí mismo y, a partir de ahí, dar a los demás, ser generoso y compasivo, tener el corazón abierto, aprender, seguir, seguir, seguir. Hablar sobre el tema, o escribir sobre ello, tampoco vale de tanto, sobre todo si no se acompaña con la práctica.

Aun así yo lo escribo, por si os sirve. Me ha salido así. Llevaba una hora intentando postear algo en el blog y todo me parecía basuril, y no sé por qué, escribiendo sobre (algunos de) los momentos más difíciles de mi vida, me estoy sintiendo contenta y plena. Será la alquimia mágica de poner las cosas en palabras. O será que estoy agradecida. Quién sabe.

PD: Casi olvido el link.

viernes, 2 de septiembre de 2011

Más Málaga

Nueve de la mañana.

Últimamente me despierto temprano hasta en vacaciones, como los viejos, aunque no sé si me espabilan el metabolismo o la mala conciencia. Hoy concretamente es la luz, el calor sofocante de la mañana de verano y el ruido de los coches en el barrio donde vive mi abuela. La almohada es horrible. Mi equipaje está esparcido por el sillón y el suelo y mi madre duerme a pierna suelta en la cama de al lado.

Me levanto despacio. Me duele el estómago desde hace días y no soy capaz de dejar de comer chocolate. Tomo un desayuno rápido y semiterapéutico: té mezclado con manzanilla, tostadas con miel de caña, apenas un par de cucharadas de la tarrina de helado de chocolate con trocitos que he encontrado en el congelador. Me tumbo en el sofá. Hace un calor siniestro para lo temprano que es. Leo un libro de Marian Keyes que me compré en la estación de Atocha hace dos días, un best seller inocuo, un libro-droga. La cabrona es divertida y está loquísima. Se merece con creces su bestsellerismo.


Once de la mañana.

Doy vueltas por el Corte Inglés, buscando vestidos para el bodorrio sin mucha convicción. Todos son hórridos, o quizá si ninguno me queda bien yo sea la hórrida, me digo, buscando una solución sencilla tipo navaja de Occam. Llevo puesta la combinación de colores más terrible que se me ocurre. El inesperado nacimiento de mi sobrina me hizo venirme directamente del rudo norte a Málaga, y en mi equipaje sólo hay prendas para el rudo norte o ropa para escalar. Llevo una camiseta fucsia, chanclas rojas con brillantitos que compré en el chino, pantalones con bolsillos marca Quechua, un bolso tailandés naranja y las uñas pintadas de verde. Este esmalte de uñas me hace inusualmente feliz. Camino entre los estantes de ropa cara con mi mejor expresión de "podría ser Julia Roberts en Pretty Woman" para que las dependientas no me vigilen con desconfianza.

Doce de la mañana.

Harta de ropa. Entro a la FNAC. Los libros son mucho más terapéuticos que la ropa, dónde vas a parar. Vago por las distintas secciones. Psicología, espiritualidad, novedades de ficción internacional. Montañismo, crítica literaria, escritura creativa. Agarro los libros de la estantería, me siento en la moqueta con las piernas cruzadas y los leo mientras engullo comprimidos de aerored como si fueran caramelos. Estoy agradecida a los autores por tomarse el tiempo de honrar un tema con semejante cuidado. Cada libro me parece la puerta de entrada a un universo paralelo, a la sensibilidad y el saber ajeno. Hago una pequeña lista mental de los libros que quiero llevarme. Una monografía sobre supervivencia en situaciones límite llamada "Quién vive, quién muere y por qué". Un ensayo psico-filológico sobre la influencia que utilizar unas u otras palabras tiene en nuestra forma de pensar y nuestras emociones. Sherlock Holmes anotado. Los Upanishads. Anagrama.

Tres de la tarde.

Continúo ignorando mi gastritis y almuerzo en el Block House con mi padre. Todo está en tu mente, me digo, y pido gulash con pan de ajo, costillas a la barbacoa y patata con sour cream. Hablar con mi padre es como bailar sevillanas: siempre es lo mismo, pero resulta divertido. Predecible. A la segunda copa de vino empieza a mirarme con los ojos húmedos y a decirme lo orgulloso que está de mí. Cuando pienso que voy a reventar de tanto comer, él quiere pedir postre, y con el azúcar y mi padre me pasa como con el alcohol y con mi primo: no sé decir que no. Cuando le diagnosticaron el melanoma hace unos años desarrolló un apetito hacia los dulces que hasta entonces no tenía, y comparto con él esos momentos de hidratos y glucosa como una engordante forma de amor. Hablamos de libros. Me coge la mano por encima de la mesa y pienso en cómo quiero a este cincuentón tacaño con sobrepeso, que habla mucho y escucha poco, que a veces me hace un hueco en su apretada agenda y come tarta de manzana para conjurar el miedo a la muerte.

Siete de la tarde.

Tahira en mis brazos. Esta niña es crack. Cuando la coges, tu coeficiente intelectual desciende veinte puntos. Sólo puedo sentir su calor pequeñito acurrucado entre mis brazos y mirarla, mirarla, mirarla. Sus ojos cerrados, la red de venas rojizas delante de sus párpados, las manitas con las mismas uñas que Elsa. Es perfecta de principio a fin, y se ha hecho desde la nada dentro de mi amiga. Miro a Elsa con fascinación, como si fuera una máquina enorme y perfecta de fabricar personas. Me pregunto cómo no está aterrorizada de pensar en el resto de su vida llevando el corazón en el cuerpo de Tahira.

Mis amigas ríen, beben puleva de chocolate, fuman en la terraza. Nos peleamos por coger a la niña. Hay un turno bien establecido que, por alguna razón, la PK siempre se salta. Yo digo "¿os acordábais cuando nos peleábamos por quién se apalancaba el porro en vez de por quién se apalancaba al bebé?", y me hace muchísima gracia, aunque no sé si las demás se han enterado de mi chiste en este ambiente de excitación e hiperglucemia.

Diez de la noche.

Voy a visitar a mi amiga Julia. La conocí hace cuatro años cuando curraba de seño. Entre nosotras se ha establecido una de esas amistades limpias y tranquilas en las que nos llamamos cuando podemos, nadie reprocha nada y es como si nos hubiéramos visto el día anterior. Hoy hace una noche de verano cálida y bulliciosa, y cuando me acerco a su piso antiguo cerca de la plaza de la Merced la veo a contraluz, fumando en el balcón. Grito su nombre, me tira las llaves envueltas en un trapo, piso las losas rotas de la escalera con mis chanclas rojas y me envuelve una sensación ligera y estudiantil.

Julia es reguapa, tiene los ojos de un azul tan claro que hace pensar en fotosensibilidad y gafas de sol, es fuerte y buena en todos los sentidos en que se puede serlo. Escucha bien, habla sabiamente y no ha perdido ni un poco del acento argentino que se trajo a España hace diez años. Fumamos tabaco de liar, nos echamos el tarot de Osho y hablamos de tíos en su piso de techos altos pintado de colores.

Dos de la mañana.

Vuelvo a casa caminando por calle Carretería. Sigo llevando los pantalones Quechua, las chanclas y etcétera, y la gente emperifollada que fuma en la puerta de los bares me mira raro. Yo alzo la cabeza y canturreo mientras las imágenes me pasan por la mente a toda velocidad. Me pican los dedos de las ganas de escribir que tengo. Necesidad de conexión a Internet.

Me acuerdo de una noche de fiesta con mi primo y su primera novia, hace como diez años. Estábamos ciegos como piojos en un bar junto a la playa, pasando un frío tremendo por la humedad del sur en invierno, y su novia me abrazaba sin parar en fase de exaltación de la primidad postiza. Entonces me miró a los ojos, con la intensidad clarividente de los borrachos, y me preguntó:
- ¿A ti qué es lo que te mueve, qué es lo más importante en tu vida?

Me quedé pensativa unos segundos. No sabía qué responder a eso. Ella me sacaba cinco años, dos cabezas y tres tallas de sujetador.
- Creo que es escribir - dije. No estaba muy convencida, pero no se me ocurría otra cosa. ¿Qué más podía haber que me moviera? Escribir quizá no era lo mejor, pero era lo único constante.
- Para mí es el amor - me dijo -. Mi amor podría mover montañas.

Me sentí extraña y estúpida, como una aspirante a Miss Mundo que ha contestado mal cuando le preguntan "qué deseo pedirías", que ha dicho "un coche nuevo" en vez de "la paz en el mundo". Sentí que me iba a quedar sola en la vida, solísima. Yo era una adolescente llena de granos y enamorada platónicamente de vete a saber quién, y ella llevaba unos zapatos preciosos y era la novia del chico más guapo y encantador del planeta tierra, a saber, mi primo. Y era porque a ella le movía el amor y a mí escribir.

No sé por qué recuerdo ese episodio hoy, mientras camino por Málaga con las manos metidas en los bolsillos. Tengo ganas de encontrarme a alguien a quien quiera. A alguien de mi pasado, a quien haga mucho que no vea pero a quien me alegre de ver. Quiero encontrarme con alguien y tomarme una cerveza inesperada mientras nos contamos cosas, pero no sucede, y en lugar de eso camino por el centro de Málaga y pienso en cosas. En que mi pasión por la escritura me ayudará a entender todas las demás pasiones. En que si en algún momento no llego a casa y escribo todo esto que se me está pasando por la cabeza, me moriré.

En la puerta del bar ruso que le encantaba a J. hay una chica que canta a voces "I need you baby", o como se llame la canción esa de R&B del anuncio de "Andalucía te quiere". Canta muy bien, y ni siquiera que esté mortalmente borracha hace sombra a ese hecho objetivo. Sigo andando entre tiendas de tatuajes y electrónica barata, que alternan con bares de diseño que se llaman "Rúcula" y "Pomelo". Esta zona es medio chunga, así que camino alejada de los portales y los coches, en alerta, con las llaves en los nudillos estilo puño americano. No estoy asustada; sólo quiero creer que me defendería si alguien intentara atacarme.

Una pareja viene caminando por la carretera, y poco antes de llegar a mi altura se paran y empiezan a besarse con pasión, con detenimiento. Pienso en la secuencia: te paras y te besas, interrumpes el acto cotidiano y externo de andar y te absorbes en besar al otro y el tiempo se para, y me parece precioso. Quiero besarme parada con alguien en mitad de la carretera, me digo. No quiero que me bese; quiero que se pare.

Cruzo el puente sobre el río medio seco para llegar a casa de mi abuela. Entonces pienso que llevo todo el día con un deseo subterráneo y absurdo de andar descalza. No tiene que ver con ir por la vida de hippie trasnochada, ni con que llevar zapatos sea antinatural y malo para lo columna. Tiene que ver con cambiar los límites de sitio, con jugar y sentir de forma distinta. No lo hago porque no quiero que la gente me mire; no porque me dé vergüenza, sino porque no me gusta la imagen de "mira qué alternativa soy yendo descalza por ahí". Pero ahora no hay nadie. Las imágenes se siguen agolpando en mi cabeza. Todo lo que he hecho durante el día de hoy, mezclado con todo lo que he vivido en estos veintiséis años que son enormes y míos, mezclado con la gente de la calle que es a la vez zafia y hermosa. Quieroescribirquieroescribirquieroescribir.

Pienso en J. En que una vez, al principio de conocerle, escribió un post tan largo que lo tuvo que dividir en tres, que a su vez eran infernalmente largos. Al final claudicaba y escribía algo así como "el presentimiento de que mi vida interior sólo es fascinante para mí mismo". Yo ahora tengo ese presentimiento, anticipo en mi cabeza cuando escriba todo esto y lo publique, me pregunto quién llegará al final y por qué, pero me da igual. Quieroescribirquieroescribirquieroescribir.

A mi alrededor no hay nadie. Me saco despacito las chanclas rojas con brillantes falsos, tan horteras como cómodas. Camino por el asfalto con mis piececitos morenos de uñas verdes. Las alcantarillas están frías, las aceras aún retienen el calor del día. El relieve de las losetas hace un poco de daño después de algún tiempo. La parte racional de mi cabeza piensa en pis de perro, colillas y jeringas de heroína. La otra parte siente la piedra, punto. No es algo muy natural, ni tengo ninguna revelación ultrasensorial, ni siquiera es excesivamente agradable. Es solamente distinto.

Y descalza camino, o casi diría que floto, hasta que llego a la casa de mi abuela, caliente y vacía, llena de rosarios y pintalabios resecos, y me meto en una cama horrible con una almohada incomodísima, y duermo el sueño de los justos después de un día al que casi podríamos llamar feliz.

Y hoy lo escribo, y eso me hace más feliz todavía.

miércoles, 31 de agosto de 2011

Momentos

Cuando era pequeña me quemé la yema de un dedo con una cerilla. Lo hice porque quería saber qué se sentía al tocar el fuego. Todavía recuerdo la ampolla que se formó y cómo se metía la arena debajo de la piel muerta cuando empezó a cicatrizar. A veces lo pienso y me sorprende ser capaz de identificar el momento en que descubrí algo tan básico como que el fuego quemaba.

Hoy, con veintiséis años, cuando pensaba que me quedaban pocos instantes de esa simplicidad mágica, he sido capaz de ver el momento justo en que surgía el amor.Cómo en mi corazón, en un lugar donde antes no había nada, ahora hay una llamita potente de un cariño intenso y nuevo que no va a hacer más que crecer.

Hoy he conocido a Tahira.

Enhorabuena, Els. Y gracias.


jueves, 25 de agosto de 2011

El viaje interior y el viaje exterior

Escribir sobre viajar me resulta complicado. Creo que es porque pienso que a los lectores no les va a interesar, ya que cuando la gente me cuenta sus viajes a mí sólo me interesa moderadamente. Eso me lo dijo una vez mi amigo A., el que no me habla, que tenía entre sus virtufectos (palabra que acabo de inventarme y que quiere decir que algo es a la vez una virtud y un defecto) que era muy sincero. Me dijo: "Enséñame las fotos de tu viaje si quieres, pero en realidad las fotos de otra gente me interesan poco". Dejando de lado su crudeza, no le falta razón.

Yo no soy una gran viajera. No sé si es porque no me interesa mucho o porque no he viajado lo suficiente como para que me pique el gusanillo. Decir que viajar no te interesa mucho es como decir que no te gustan los perros: un tabú en nuestra sociedad. Ojo, que no es que no me guste viajar; me gusta un montón. Simplemente, no lo priorizo. En los últimos años he dedicado gran parte de mi tiempo libre y mi dinero disponible a meditar. Mi amiga Elsa dice que a lo mejor ya hemos ocupado muchas vidas pasadas en tener experiencias emocionantes e irnos de fiesta, y que en ésta toca el viaje interior. No tengo ni idea. A mí me ha cuadrado así y ya está.

El tema del viaje interior versus el viaje exterior para mí ha estado claro por lo siguiente: yo no era feliz. Cuando uno no es feliz no importa lo mucho que huya: su infelicidad le perseguirá como su sombra. Creo que ya os he hablado alguna vez de mi gran enemiga existencial la angustia. Estar angustiado es horroroso. Cuando leí "Espartaco", en la parte final, cuando los crucifican a todos en la Via Apia, el autor habla de que hay quien se daba golpes en la cabeza contra el madero para morirse antes. Así me siento yo con la angustia. Quiero golpearme la cabeza contra la pared para que desaparezca. Ahora me pasa menos, pero antes de empezar a meditar tenía épocas en las que me pasaba así semanas. Semanas ininterrumpidas de querer golpearte contra un muro. Imaginadlo.

Cuando tenía veintidós años me di cuenta de que mi vida era estupenda: tenía un bonito piso en el Realejo, un novio moderadamente guay, una carrera que me encantaba, amigos, aficiones, una ciudad soñada y una familia disfuncional a nivel estándar que me quería bastante. Y aun así estaba angustiada. Ahí fue cuando decidí que me iba a meditar y mi vida cambió para siempre. Ahora considero que tuve un montón de suerte. Si mi novio hubiera sido un capullo o mi carrera una mierda, habría pensado que bastaba con cambiar eso para ser feliz. O que necesitaba irme a otro país o a otra ciudad. En lugar de eso, empecé a meditar. Goenka, el industrial birmano que organizó los cursos a los que yo voy, dice algo así en la introducción de un libro sobre Vipassana: "Cuando descubrí la meditación, fue como si toda mi vida hubiera vagado por calles oscuras y de repente alguien hubiera encendido la luz".

Confesión: llevo sin meditar un montón de tiempo. No sé exactamente por qué. MQEN dice que con esto de la meditación dar un paso hacia atrás es dar veinte. Es muy, muy fácil dejarse ir, sobre todo si uno se encuentra moderadamente bien. Mi madre dice que para meditar hay que encontrarse un poquito mal: si te encuentras bien, no meditas porque piensas que no te hace falta, y si te encuentras mal no puedes meditar porque estás muy desequilibrado. Yo ya he dicho que creo que últimamente estoy un poco desequilibrada, pero al menos es un desequilibrio en plan inocuo y guay. También creo que no voy a hacer nada de lo que no esté muy convencida. Meditar es duro de narices. Si no estás convencido se convierte en una tortura. Aun así, yo sé que volveré a meditar. Está ahí. También sé que todo el esfuerzo que he hecho hasta ahora ha dado frutos, aunque tenga que cuidarlos para que no se pochen.

¿A qué venía esto? Creo que al tema del viaje interior y el viaje exterior. De un tiempo a esta parte sí me apetece más viajar por fuera. Creo que estoy más preparada. Cuando uno viaja es fácil ponerse en modo aferrar. Aferrar experiencias, sensaciones, momentos. Estar todo el día con la cámara de fotos en la mano, querer probar todos los platos típicos aunque revientes, machacarse los pies en los museos, arrasar con la tienda de recuerdos. Ahora viajo distinto. Es una buena manera de experimentar la impermanencia, de fluir de una forma diferente. Saber que el sitio en el que estás y las personas a las que conoces se irán relativamente pronto. Encontrar un equilibrio entre aprovechar el tiempo y no asfixiarlo tanto entre los dedos como para que se te muera.

Últimamente también me da vueltas la idea de hacer un Gran Viaje cuando termine el PIR. Claro, que también me molaría hacer un Gran Viaje Interior e irme a vivir a un centro de meditación unos meses. Y también querría escribir una novela. Supongo que ahí está mi tema. La mayoría de la gente elegiría el Gran Viaje Normal. Entre irse tres meses a recorrer Sudamérica e irse tres meses a poner el culo en un cojín, o quedarse un año tecleando en silencio frente a un portátil, estoy convencida de que la mayoría elegiría Sudamérica. A mí el cojín y el portátil me parecen viajes igual de alucinantes. No sé.

Lo que sí sé es que para mí estar bien por dentro es condición indispensable para estar bien por fuera. Cuando tienes paz, la tienes en cualquier sitio, y entonces no es que los viajes molen: es que todo se convierte en un viaje. Y esa es la forma que a mí me gusta de vivir mi vida.

martes, 23 de agosto de 2011

El Mal Vacacional

Mis grandes defectos están todos relacionados con lo mismo. Soy despistada, desordenada y estoy empanada en general. Lo compenso con dos grandes virtudes: la primera es que soy bastante tolerante con los defectos ajenos. No me enfado porque se olviden de mi cumpleaños ni porque la gente llegue tarde cuando queda conmigo. Los ordenados-puntuales-centrados suelen ser bastante tiquismiquis con los demás, rollo "si yo puedo hacerlo, ¿por qué tú no?". Supongo que es como me pasa a mí con la gente torpe. Mi otra gran virtud es que soy una máquina de generar soluciones alternativas (o, como dice mi amigo José Luis, de "arreglarlo"). No me haría falta esa virtud si de entrada hiciera las cosas bien, pero es lo que hay.

Así que cuando ayer, en mi casa de Cádiz, con los sudores chorreándome por mis rubios cabellos, ocho kilos de equipaje absurdo sobre mi modesta espalda y la hora de salida del tren pegada al culo, descubrí que había perdido la tarjeta de embarque de mi vuelo desde Sevilla, no me inmuté.

Tranquilidad en las masas, Marina, me dije. Tienes tres horas entre el tren y el vuelo. Buscas un ciber en Sevilla, imprimes otra vez la tarjeta de embarque y andando. Ahora sal de casa, monguer, que vas a perder el tren después de haberte levantado con cuatro horas de antelación.

Llegué a Sevilla toda zen a pesar de los treinta y muchos grados de calor que asolaban la ciudad. Mi plan era sencillo. Uno: mear (la filtración renal ultrarrápida es otro de mis defectos). Dos: sacar dinero, porque iba sin un duro. Tres: encontrar el ciber. Cuatro: comprar chocolate. Cinco: ir al aeropuerto y vagar por el Duty Free probando colonias caras de las que luego aberrar en silencio.

Ingenua de mí, lectores. Noticias frescas: es más fácil encontrar hielo en el desierto, al Dr. Livngstone o al monstruo del Lago Ness que un ciber en Sevilla, cerca de la estación de trenes y abierto al mediodía. Para colmo, mi tarjeta del banco se había desmagnetizado OTRA VEZ, sospechosamente desde que me compré mi cartera nueva, que aun así me niego a cambiar porque es superbonita.

No pasa nada, me dije. Me envío dinero a mí misma por Hal Cash, que no será la primera vez dado que mi cartera/bolso/Satán se empeñan en desmagnetizarme las tarjetas. Ahora imaginad la estampa: yo, Sevilla, Agosto, mochila. Caminando por las calles sin un céntimo para comprarme ni una cocacola. Luchando contra el servicio de reconocimiento de voz automatizado de mi banco, que se empeñaba en no oírme, no entenderme o colgarme mientras yo gritaba desquiciada: "Quiero que me pasen con un gestor, con un gestor, ¡¡¡con un gestoooor!!".

Conseguí enviarme dinero a mí misma. Encontré un ciber y estaba cerrado. Entré en una tienda de informática por afinidad temática y me encontré al señor más parecido al protagonista de Clerks que he visto en mi vida. Pero en gordo. Y en harto de la vida.
- ¿Sabe dónde hay un ciber?
- Ahí, a la vuelta de la esquina. Lo que no sé es si está abierto.
- No, ya lo he mirado yo y está cerrado. ¿Aquí tienen Internet?
- ¡No! (definición de milisegundo: tiempo que transcurrió entre la palabra "Internet" y la negativa de Gordoclerks).
- Es que necesito imprimir un billete, tengo que irme ya al aeropuerto y estoy a punto de llorar, Gordoclerks, si insistes suficiente quizá te enseñe una teta.

A partir de ahí el corazón de Gordoclerks se ablandó, lo que no mejoró en nada la situación porque 1) para ser informático era la persona más inútil que he visto con Internet y 2) Ryanair, la Compañía del Mal, no me dejaba reimprimir el billete. Total, que me tuve que ir para el aeropuerto descompuesta, sin novio y con cinco kilos menos de peso que me había dejado en forma de sudor chorreante por las calles de Sevilla.

Llegué al aeropuerto pensando con lógica: a ver, yo ya he facturado online. No me pueden cobrar por imprimir. Ya he facturado. El tema es facturar, no imprimir. NO PUEDEN COBRARME POR IMPRIMIR. Me repetía esas frases como un mantra, pero en lo más profundo de mi corazón sabía que no iba a ser tan fácil. Efectivamente, me cobraron por imprimirme la tarjeta de embarque.

Voy a callarme aquí lo que pienso de Ryanair porque en el mismo momento en que dejaba mis cuarenta y tres euros en el mostrador de sus oficinas del Mal decidí que no iban a amargarme las vacaciones con su inmoral política recaudadora. Con mi tarjeta de embarque en la mano me fui al Duty Free, me eché colonia cara y me compré una tableta de chocolate con naranja que me costó un riñón. Claro, que al menos ellos me dieron chocolate a cambio, no como Ryanair, que me cobró por NADA.

Aquí termina la parte de maltrato institucional consustancial a viajar con Ryanair y comienza la parte de "hoy Dios me odia y yo no sé qué le he hecho".

Con mi tableta de chocolate en una mano y un libro de Steinbeck en la otra, me puse en la cola para embarcar en el avión. Era la típica cola tan larga que te preguntas si todos vais a caber dentro o si a los que se pasen con las dimensiones del equipaje los meterán en la bodega después de hacerles pagar un suplemento.

En esto que se me acerca una señora Gallega, Gorda y vestida de Rosa; en adelante, GGR. Conste que ninguno de los tres adjetivos tiene intención de discriminar, sino sólo de dibujaros su estampa de forma más acertada. Esta señora iba acompañada de una Gallega Vieja vestida de Negro, también conocida como GVN o como su Madre. Yo ya las había visto en la cola de facturación y también habían tenido que pagar por imprimir el billete. Eran de estas personas un poco llamativas que sabes que serán problemáticas y que además sabes que te perseguirán todo el viaje. Es un consuelo para mí saber que este tipo de personas, a pesar de lo que puedan decir los prejuicios populares, no siempre son andaluzas.

Total, que se me coloca detrás GGR y empieza a interrogarme.
- ¿Ésta es la cola para Santiago?
- Sí.
- ¿Seguro? Es muy larga.
- Sí, seguro... yo pensaba lo mismo que usted, me he acercado al principio y pone "Santiago" (yo soy amable hasta la muerte, excepto con el servicio de reconocimiento de voz de ING direct).
- No, no, si te creo. Anda, mamá, siéntate ahí mientras avanza la cola - le dijo a la GVN en gallego.

Yo me enfrasqué en la lectura de "Viajes con Charley", que por cierto es un libro que mola mil, y en el comer chocolate indiscriminadamente mientras la señora murmuraba contra Ryanair.

Entonces me dijo:
- Perdona, ¿me puedes mover la maleta mientras voy al baño?
- Claro, sin problema - soy superamable, en serio, tengo un problema con eso.

GGR se mete en el baño, la cola empieza a avanzar y en esto que su madre se me coloca al lado y empieza a observarme con mirada aviesa. Yo caminaba, arrastraba la maleta y la señora anciana se movía detrás de mí y me miraabaaa largamente sin decir nada. Pensé "ya está, me han colocado una maleta-bomba, voy a ser una mártir de la Yihad gallega y esta señora está aquí para asegurarse de que todo va como es debido, porque total, a su edad no tiene mucho que perder".

GGR salió del baño y me aclaró que su madre pensaba que yo le estaba robando la maleta. Sí señora, le estaba robando la maleta despacito para que nadie se enterara y en dirección al avión que también usted va a coger, y de paso me va a detener mirándome de forma insistente hasta que embarquemos. Me encogí de hombros, le di la maleta a GGR y seguí a lo mío.

GGR y GVN se quedaron atrapadas en la puerta de embarque por el tamaño de sus maletas (no me sorprendió) y yo, después de tener que meter todas mis pertenencias en un solo bulto, medir y pesar dicho bulto varias veces, tocarme la nariz con la punta del dedo, enseñar la tarjeta de embarque más cara de la historia y declamar en gallego que adoro a Ryanair y a la madre que le parió, conseguí embarcar. Viva y bravo. Me siento junto al pasillo, coloco mi único bulto de menos de diez kilos de peso a mis pies porque obviamente ya no queda hueco en los portaequipajes y saco mi moleskine para manejar el estrés a base de escribir.

Pues a que no sabéis quién se me sienta al lado, pasillo de por medio. Por supuesto: GGR. Y ¿quién se sienta delante, separada por unos cuantos pasajeros inocentes? Su Madre. Mirándome aviesamente. Pensé en cambiarle el asiento a su madre para que estuvieran juntas, pero estaba tan agotada que me daba perezón, y ahí Dios me castigó por tener el corazón duro cual director de compañía aérea low cost.

El avión empezó a moverse por la pista durante un montón de rato. Siempre que hace eso me imagino que viajamos por tierra sin despegar nunca y me hace mucha gracia la estampa del avión rodando por las carreteras españolas lleno de turistas pobretones y apretados. Al final despegamos, y en esto que GGR saca un enorme abanico verde que contrasta con su enorme camiseta rosa, echa la cabeza hacia atrás y empieza a abanicarse ostensiblemente y a sudar como un pollo. Si algo sé yo como psicóloga del SAS es de señoras con sobrepeso que sudan y se abanican. Ansiosa en crisis de ansiedad fulminante. Pero como estoy de vacaciones, resistí la tentación de gritar "¡¡tranquilos, soy psicóloga!!" y ponerme a darle instrucciones de relajación y me dediqué a mi moleskine.

Y en esto que, sin previo aviso, GGR empieza a vomitar. Mucho. En el pasillo. Preocupantemente cerca de mi único bulto de menos de diez kilos de pso. Ahí tuve que hacer malabarismos éticos para aparentar preocupación y al mismo tiempo apartar mi mochila del camino de la mujer potadora. Cuando terminó y yo ya pensaba que Dios había terminado de reírse de mí, le ofrecí una toallita y agua (amabilidad patológica). Entonces se me cayó la botella de agua y rodó por la pota de GGR (¡¡verídico!!) hasta dos o tres filas de asientos más atrás. Un señor agarró la botella por el tapón y me la devolvió, mientras medio pasaje me miraba con expectación. Yo, muy digna, sequé la botella con una toallita, la coloqué en el suelo y le di una patada secreta.

En esto que se acercan los tripulantes de la compañía del Averno a intentar arreglar aquello con toallas de papel y bolsas de basura.
- ¿Está usted bien? - le preguntó una azafata a GGR.
- Ay, señorita, verá, es que a mí los aviones me dan mucha ansiedad... y además, no me he podido sentar al lado de mi madre... y ¡he tenido que pagar cuarenta euros por la tarjeta de embarque! ¡Y por el exceso de equipaje!

Ahí ya no pude más. Empecé a reírme por lo bajo mientras escribía en mi moleskine y el señor de al lado me miraba como si estuviera loca. Todo el día se agolpó en mi mente (el calor, Gordoclerks, los low cost del Averno, la anciana del Hezbolá gallego y, sobre todo, la indisposición causada por el abuso de poder de Ryanair) y pensé que joder, que la vida es muy, muy graciosa y que a pesar de los cuarenta euros me lo estaba pasando bastante bien.

Un atracón de chocolate con naranja, ocho páginas de moleskine y veinticinco anuncios de Ryanair después llegué a Santiago. Todo era verde, morriñoso y gallego. Crislaquviveensantiago me esperaba en la puerta de embarque como en las pelis. Me encanta que me reciban en las puertas de embarque (no, IA, no es una indirecta) y me recuerda a Love Actually. Me despedí mentalmente de GGR y de GVN.

Seguía misteriosamente contenta. Estaba de vacaciones y me esperaban cuatro días en Santiago y tres días por ahí de furgoneteo escalador. El chocolate con naranja valía lo que costaba. Pero, a pesar de mi optimismo natural, mi amabilidad patológica y mi desapego al dinero, podéis tener muy pero que muy clara una cosa:

La vuelta a Cádiz la hago en autobús.

¡Vacaciones!

Queridos todos:

En primer lugar, muchas gracias por vuestra paciente escucha discursil y por vuestros acertados comentarios. Estoy terminando de pulir el asunto y creo que al final quedará bien. Sobre todo porque en realidad son mi familia, me quieren y estarán bien predispuestos.

Estoy en Santiago de Compostela con Crislaqueviveensantiago. Todo es supergenial y supergallego, incluido el tiempo: me siento como si me hubieran teletransportado al otoño. ¡Hoy he dormido con edredón! Después de la última levantera gaditana amenazando con volverme loca, ha sido fabuloso.

Tengo pendiente contaros cositas, como la especie de gymkana física y emocional a la que me sometieron ayer los de Ryanair, pero estoy aquí de invitada y me parece de mala educación. Así que no sé cuándo podré volver a actualizar. Que conste que no es que no quiera, ¿eh? Yo no necesito vacaciones de mi blog. Lo de darse vacaciones de blog es como darse un descanso de la pareja: si necesitas descansar, será que no te mola tanto, creo yo. Aunque son mis ideas nazis y a lo mejor no todo el mundo las comparte.

Después de esta dosis matutina de incoherencia, voy a vestirme y a prepararme para turistear Santiago física y gastronómicamente. Prometo que si en algún momento de estos días veo un ciber, o si percibo en el ambiente que puedo ponerme a escribir sin que Cris y su chorbo piensen que soy una autista rara, lo haré. Hasta entonces, os quiero tela y os extraño más.

Pasadlo bien :D