massobreloslunes

lunes, 26 de septiembre de 2011

Friki blog de escalada

Pues eso, que he abierto un friki blog de escalada. En realidad es más para mí que otra cosa, como un álbum de recuerdos escaladores, y no sé si le interesará a quien no le mole ese tema. Pero para aquellos que sois superfans y tal, pues os dejo la dirección por si le queréis echar un ojo.

No hay mañana, escalada novata extrema. Hu ha, gente.

domingo, 25 de septiembre de 2011

La inocuidad sentimental

Voy a dejar de numerar los post, porque me estoy fumando algunos días y esto es un cachondeo. Pero seguiré escribiendo todos los días, que conste.

Hoy he llegado de Grazalema a eso de las nueve. He pasado un finde muy, muy bueno. De estos que son tan buenos que mejor no escribes mucho sobre ellos porque va a parecer que quieres fardar ante el mundo de que tu vida es guay y, en realidad, vosotros mejor que nadie sabéis que mi vida tiene sus más y sus menos.

La cosa es que cuando he soltado la mochila y me he dado una ducha tipo lavado prequirúrgico, me he acordado de que justo antes de irme a escalar bajé el primer capítulo de la nueva temporada de Anatomía de Grey. La felicidad me ha inundado de golpe. Lo peor del verano es el parón de las series, pero se compensa en otoño, cuando los nuevos capítulos que van apareciendo en seriesyonkis maquillan tu depresión estacional.

Grey suele salir el jueves por la noche, así que el año pasado me bajaba el capítulo el sábado por la mañana, me hacía un súper desayuno de paleocrepes y me lo veía más a gusto que un arbusto. Me requeteencanta esa serie por varios factores. El primero es que hay una cantidad de tíos buenos indecente, que encima va aumentando en cada temporada. Yo soy de las que piensa: si hay actores guapos, para qué los vas a poner feos. Además, los personajes pereza se han marchado y el argumento no deja de mejorar.

Pero el año pasado, cuando estaba aquí en Cádiz un poco sola y un poco desubicada de la vida, me daba la impresión de que la verdadera razón por la que veía Grey era por la intensidad. Cuando uno observa a otros personajes vivir en el drama como si no hubiera un mañana, tus neuronas espejo se lo curran de tal manera que te parece que la que lo está viviendo eres tú. Tú te enamoras, salvas vidas, amputas piernas en momentos críticos y estás ahí observando la vida, la muerte, el surgir del amor y los corazones rotos, oh-ah-uh. Con la diferencia de que, en realidad, tú estás tirada en tu sofá chaiselonguero comiendo paleocrepes y sintiéndote segura.

Durante los últimos años he pasado bastante tiempo creyendo que era una loca peligrosa en lo que se refería a las cuestiones sentimentales. La lié tanto y de formas tan diversas que pensaba que era una bomba de relojería oculta bajo un montón de pelo rubio. Así que creo que una parte de mí creía que si experimentaba las emociones así, a salvo bajo mi mantita, no sólo yo estaría segura, sino que también los demás lo estarían. Quería ser inocua y no quería sufrir, y me encantaba mi ración de tíos buenos y sentimientos precocinados de los sábados por la mañana.

Han pasado cuatro meses desde la última vez que vi Grey. De hecho, había partes del argumento que ni recordaba. El de hoy ha sido un capitulazo doble maravilloso, con un mega accidente y mogollón de muertos, drama, sangre, peleas, rupturas, reconciliaciones y de todo. Yo estaba cansada y un poco dolorida, que el recuento de lesiones post escalada de este finde está siendo abundante. Y mientras escogía un esmalte de uñas para reemplazar el que llevaba, y que estaba hecho polvo de arañar roca, he pensado en la de cosas que han cambiado desde el último capítulo de la última temporada. Ha cambiado que no es por la mañana y no estoy sola en casa viendo paleocrepes; es domingo por la noche y he tenido uno de esos findes de tobillos sucios que significan vida feliz.

Además han cambiado dos cosas. La primera es que me he sentido lo suficientemente fuerte como para salir al mundo a vivir emociones de verdad. A que no sean las neuronas espejo las que actúen, sino las otras: los órganos de los sentidos comunicando con el la amígdala, los neurotransmisores dándose una fiesta de dopamina en mi núcleo accumbens y el prefrontal intentando controlar el cotarro sin mucho éxito. Eso tiene sus más y sus menos, porque una no puede cerrar el quicktime player de la vida y volver a sus cosas como si nada, pero es más interesante, y además los tíos buenos son de verdad y los puedes tocar, y eso mola.

La segunda es que ya no me siento como una bomba de relojería. Sé que tengo repercusión en la vida de otra gente, y que al final no tengo más remedio que influir en los sentimientos ajenos. Pero también siento que estoy haciendo lo posible por ser inocua y conservar la buena intención, y que lo estoy consiguiendo bastante bien. Y eso me hace feliz.

Ah, y para quien tenga curiosidad, toca semana de uñas rojas. No tengo claro lo que significa, pero ahí está.

Feliz lunes, queridos lectores. Y gracias. Vosotros sabéis a lo que me refiero.

sábado, 24 de septiembre de 2011

55. El post que nunca estuvo allí

Llevo varios días en los que me está costando bastante escribir. Es el típico caso del elefante en la habitación. Hay un elefante en la habitación de mi mente ocupando todo el espacio, y mientras me empeño en ignorar que existe no puedo ver el resto del mobiliario.

Así que vamos a aprovechar que el elefante en sí está haciendo surf en nosedonde y en teoría no va a mirar este blog hasta el lunes y vamos a explayarnos un poco. Tampoco mucho, porque ya os dije una vez que la primera regla de oro para un bloguero es que si no quieres que alguien lea algo, no lo escribas, punto. Así que elefante: si lees esto, que sepas que en realidad no me importa tanto como para no escribirlo.

Supongo que lo peor de este asunto es el blog. Una vez que ya has decidido poner punto final a algo, una vez que has eliminado móviles, facebooks y fotos, una vez que quieres salir de la vida de alguien y que ese alguien salga de la tuya, ¿qué haces cuando tienes un blog en el que cuentas tus intimidades y que en principio ve todo el mundo? Cuando llegué a la conclusión de que mi amigo A., el que no me habla, no iba a hablarme ya nunca jamás, le pedí que dejara de leerme. No sé si lo hizo, pero a mí la idea me tranquilizaba. Si no lo hizo: hola, A. Llevas casi dos años sin hablarme, así que deja de leer mi blog; no te lo mereces.

La cosa es que es una mierda. Si algo me saca de quicio es la falta de información. Y estar ofreciendo mi información, mi vida, a quien ya me ha dejado claro que no la quiere, me pone de mala ostia. En el sentido de que bueno, está guay leerme, ¿no? Es como la parte buena siempre. La parte corregida y pulida, la parte optimista pero fuerte y divertida y a la vez siempre bajo control de mí. La parte creativa y loca, pero loca en plan guay, rollo entrañable. Luego está la yo real, que supongo que no es ni de lejos tan guay, o quizá también es guay pero tiene sus historias. Es desordenada, tiene pesadillas y chirría los dientes cuando duerme. Cuando la yo real no interesa pero la yo literaria sí, es como si se abriera en mí una falla de incomprensión, un crack en mi cerebro de yo esto no lo entiendo, por qué una cosa sí y otra no, cuando en realidad sé perfectamente que mi escritura y yo no somos la misma cosa. Lo que pasa es que mi escritura no tiene contras, no exige nada, sólo está ahí para quien quiera disfrutarla y punto.

Y aun así, me jode. Me jode seguir dando cuando sé que no voy a recibir. Me entran ganas de ponerle contraseña al puto blog, aunque sea unas semanas, hasta que se me pase este cabreo y estas ganas de no escribir nada más nunca porque qué queréis que os diga: a veces se harta una de ir por la vida con el corazón en las manos. A veces echo de menos darle un poco más de uso a mi caja torácica. Pero no quiero ponerle contraseña, me parece un rollo. Quiero que esto esté abierto porque es como ha estado siempre y es la forma en que me gusta escribir y vivir. Me gusta que luego venga Elsa y me diga que el otro día escuchó a una amiga de su madre utilizar la expresión "flequillo venganza". Me parece super guay, no sólo por el masajito en el ego, sino porque es curioso y divertido que tus miserias se extiendan por ahí y diviertan y conmuevan a los demás.

Así que ésa es la disyuntiva. O sigues dando indiscriminadamente, en cuyo caso sientes que se te está quitando el derecho a una intimidad que en realidad no tienes, porque a ver, Marina, corazón, por eso escribes un blog y no un diario, seamos serios... o das un poco menos, y en ese caso lo que se te está quitando es el derecho a la apertura y a crear unos lazos que también te pertenecen. Odio muchas cosas, pero sobre todo odio sentir que no puedo ser como soy o escribir como quiero. Sentir que soy demasiado intensa, que doy demasiado, que escribo post muy largos y doy abrazos muy fuertes y me pego demasiado al otro mientras duerme. Que me despierto demasiado contenta y como demasiado chocolate y doy demasiados besos con lengua en momentos inapropiados.

Estoy desvariando. He tenido una tarde de mierda. Se me han saltado las lágrimas en la ferretería escuchando a Lady Gaga, tócate los huevos. Menos mal que después he ido a nadar, y casi me ahogo haciendo sprints de 50 metros con una sensación superdesagradable de no querer más que morirme. Pero al final no me he muerto, he entrado en calor, y al salir me dolía el cuerpo un poco más y el corazón un poco menos. Hoy estoy pesimista, de verdad. Hoy pienso que hay un abismo gigante entre los corazones y pienso que sí que hay razones para tener miedo. Que la próxima vez me lo voy a pensar más antes de todo: antes de escribir, de coger el teléfono, de coger un avión o de bajarme los pantalones, porque para acabar como hoy, escribiendo mierda autocompasiva, lloriqueando en el sofá chaiselonguero y pensando que lo prefiero todo antes que este vacío, y que para mí, que vivo entre palabras y me entiendo con ellas, el silencio me parece una ofensa tan grande, tan grande que querría gritar y arrancarte los ojos y partirte las piernas sólo para que te dieras cuenta de lo mucho que me duele.

Este post se autodestruirá el domingo por la noche. Hasta entonces podéis comentar con solidaridad y tal. Os lo agradeceré. No sé si releer el post o colgarlo del tirón. Me voy a dormir y mañana a escalar a Grazalema, así que no creo que publique nada más hasta el domingo por la noche. Me siento mejor, de una forma rara y seguramente transitoria.

Resumiendo: buenas noches.

jueves, 22 de septiembre de 2011

54. El otoño ya llegó

Se ha terminado el verano. Curiosamente, ya he pasado en Cádiz la mitad de mis veranos como PIR. Se han ido dos y me quedan dos. Por una parte me da penita que se termine este verano, porque ha sido lindo. Mucha escalada, mucha playita, poco trabajo y hasta una dosis inesperada de amor y sucedáneos. Por otra, me apetece descansar un poco de toda esta emoción triposa que me ha invadido de un tiempo a esta parte y que empiecen el otoño y la rutina tranquila del curso.

Ahora que trabajo me cuesta cogerle el ritmo a las estaciones. Los años de residencia empiezan a contar a partir de mayo, que es una fecha rarísima. A veces no me acuerdo bien de la época del año en la que estoy y me tengo que plantear por unos segundos si el verano ya ha llegado o cómo de cerca queda la navidad. Es verdad que a medida que te haces mayor los años pasan cada vez más rápido, pero ni me importa ya. Qué más da la edad, qué más dan las marcas que le hace uno al calendario. Si estás en el presente no importa mucho la cantidad de tiempo que tengas detrás o delante.

Tengo propósitos de otoño. El primero es que este año voy a participar en el Nanowrimo. Resumo en una frase y el resto lo miráis en el enlace, ¿vale?: se trata de escribir una novela de 50000 palabras a lo largo de noviembre. Creo que alguna lectora por aquí es nanowrimera (¿Aldery? ¿Coseta?), así que agradecería consejos y sugerencias durante el mes y pico que me queda. La idea me tiene entre divertida y acojonada, porque o no soy capaz de terminar o lo hago y me vuelvo loca, dejo el PIR y me dedico a escribir tirada debajo de un puente, lo que veo inviable porque yo escribo a ordenador y a ver dónde enchufo yo el Mac si me hago transeúnte.

Más proyectos. Seguir escalando. Este verano ha sido mágico en ese sentido. Era como si el universo estuviera a favor de que yo trepara, verídico. La gente que conocía escalaba, todo cuadraba para poder escalar y hasta mi sucedáneo de amor trepaba estupendamente. No sé si la racha de viento trepador seguirá flotando a mi favor, pero tengo claro que quiero comprometerme con este deporte y ver hasta dónde me lleva. Eso mola, porque cuando me haya hecho una chiflada del escalar y vaya por ahí con mi furgo, podré escribir otra entrega de "Por eso me quedé soltera" que se titulará "Pues me quedé soltera porque no hay tíos que escalen, mediten, lean, sean guapos, listos, alegres, dulces, crean en el amor y la tengan grande". Será un gran post.

Otro proyecto... ¿la artesanía? Quizá vuelva a pintar camisetas o a fabricar bisutería con Fimo. Una amiga pone un puesto en el rastro de Vejer una vez al mes y yo ahora tengo mucho tiempo libre. ¿Psicóloga de día, escaladora los findes, perriflauta una vez al mes? ¿Psicoescaliflauta? ¿Escapsicoperra?

Ey, y no olvidemos la Iluminación. Es mortalmente necesario que medite más a menudo. Me encuentro bastante bien, gracias a que el deporte me mantiene tranquila, escribir me mantiene cuerda y la luz de Cádiz me tiene el eje hipotalámo-hipofisiario más feliz que una perdiz. Peeero es verdad que no hay nada como la paz que te da meditar a diario. Entonces es como que todo te da igual, porque tú tienes paz interior y lo demás te la pela. Todo te fascina, la gente te cae bien, te da lo mismo ir que venir y puedes ver el devenir de las cosas en una perspectiva kármica. Es genial, en serio; es una pena que dé tanta pereza sentarse. Pero en estas últimas semanas estoy retomándolo muy poco a poco, y creo que ahora que se va el calor voy a empezar a coger otra vez el ritmo.

Me gustan todos mis proyectos y me gusta el otoño en Cádiz. Baja el calor, se van los turistas, la gente se relaja, cambian la hora y el centro se pone precioso, con las luces de los comercios todavía encendidas cuando se hace de noche. Me apetece comer castañas, ponerme chaquetas y botas, dormir debajo del nórdico y cocinar sopa. Quien inventara lo de las estaciones mola, porque no te aburres.

Y después de esta chorrada de post, que lo he escrito sin ninguna convicción y con unas ganas de irme a dormir que me muero, os deseo buenas noches, un feliz otoño y un bonito viernes.

miércoles, 21 de septiembre de 2011

53. Gema y la lealtad

Reflexiono mucho sobre la función que cumple un psicólogo. Ya os he dicho muchas veces que es una profesión súper extraña: eso de estar ahí diciéndole a la gente cómo vivir la vida. Además, cada paciente es un mundo. A unos les enseñas técnicas y consejitos prácticos y con otros te limitas a escuchar. Con muchos lo importante es la relación que estableces: no tanto lo que le dices como el vínculo que se forma, el hueco que llegas a ocupar en su vida.

Y hoy os voy a contar un ejemplo bonito de eso: el caso de mi paciente antifavorita, a la que vamos a llamar por ejemplo Gema. Igual que os hablaba ayer del cariñito que le cogí a P., que es amor con ansiedad, Gema me aberraba desde el primer momento que entró en la consulta. Era quejica, me llevaba la contraria y se empeñaba en empeorar. Cada vez que veía su nombre en la lista de pacientes del día me amargaba la mañana.

Resumiendo el caso: a Gema no le gustaba su curro y se había dado de baja por ansiedad. Si se le quitaba la ansiedad, tendría que volver al curro y no quería. Ergo, la ansiedad no se le iba a quitar en la vida. Sin embargo, venía a la consulta a pedirme que yo se la quitara, colocándome en lo que llamaremos "El doble vínculo de quiero seguir de baja para siempre y a la vez encontrarme bien, arréglalo", y que es muy común en la sanidad pública.

A medida que pasaba el tiempo, el asunto se complicaba. Gema iba desarrollando síntomas nuevos y terribles, como despersonalizarse mientras cuidaba a los niños en el parque, tener mini desmayos conduciendo el coche o sufrir violentos ataques de pánico cuando la inspección médica le obligó a volver a trabajar. Además, me pedía una media de siete informes al mes. También la veía psiquiatría, y por supuesto ningún fármaco le hacía efecto: el prozac le daba sueño, los tranquilizantes se lo quitaban y le aparecían toooodos los efectos secundarios de toooodos los prospectos.

Después de seis meses de tratamiento infructuoso, yo me dedicaba a sentarme frente a Gema con la barbilla apoyada en la mano, a asentir con cara de comprensión y a intentar meter baza en el relato de sus desdichas con sugerencias que ella inmediatamente contradecía. Yo no tenía claro para qué le servía venir a la consulta, pero sabía que iba a seguir en tratamiento forever, por el tema de la baja y porque entre medias de todo esto se le había ocurrido llevar a juicio a su empresa, al SAS, al INSS y a todo quisqui por reincorporarla y posteriormente despedirla. Y claro, para el juicio necesitaba estar en tratamiento psicológico y necesitaba (más) informes.

Cuando yo pensaba que Gema no me podía dar más motivos para odiarla a muerte, va y me trae una carta del juzgado donde se me convoca como perito de la acusación para el juicio que había emprendido contra medio Cádiz. Marronazo del quince. Yo nunca había estado en un juicio y me daba miedito, y además tampoco tenía claro si declarar contra mi empresa (el SAS) era ético o beneficioso para mí. Lo consulté con mi jefe y me dijo que yo podía negarme por incompatibilidad de intereses, pero que hiciera lo que quisiera. Entonces Gema me miró con sus ojos claros que siempre estaban mustios y me dijo:
- Si tú no vienes, el juicio no servirá de nada y no podré reclamar.

Así que me dio lástima. Pensé que a mí qué más me daba ir que no ir. Y fui al juicio. Para colmo, Gema me regañó por estar allí con menos de diez minutos de antelación, a pesar de que tuvimos que esperar como tres horas a que nos hicieran pasar. Como experiencia fue curiosa. Al final lo único que tuve que hacer fue ratificar los dos mil millones de informes que le había hecho a Gema y declarar un par de cosas. Gracias a mis visionados de Ally McBeal y mi aplomo natural, creo que no se dio mal la cosa. Una vez pasado el trago, Gema me medio agradeció el gesto, en medio de sus ansiedades y despersonalizaciones, y la cosa quedó ahí.

Dejé de currar el el Equipo del Averno, derivé a Gema a otra psicóloga y me quedé más a gusto que un arbusto.

Y si habéis tenido la paciencia de llegar hasta aquí, tranquilos, que la parte bonita llega en breve.

De los ciento cincuenta pacientes que me comí en el año que me explotaron como a una esclava trabajé en el Equipo, Gema fue la que me dejó peor sabor de boca. Me caía muy, muy mal y me sentía inútil. La vi como veinte veces, le escribí miles de informes, supervisé el caso con mi tutora, se lo comenté a mis compañeros. Intenté todas las estrategias que se me ocurrieron, lo hablé con la psiquiatra que llevaba el caso y le mandé metta mientras meditaba. Nada. Cero. Niente.

Dos meses después de cambiar de rotación, cuando estaba en el centro de salud y volvía de tomar café, me encontré a la madre de Gema en la calle. Al principio no me vio y pensé en hacerme la loca, pero estaba intrigada por saber qué había pasado con el juicio, así que me acerqué y la saludé. Charlé con ella un rato y resultó que estaba esperando a Gema, que había entrado en el centro de salud a pedirle nosequé a su médico (apuesto mi cabeza a que era un informe).

En cuanto la vi salir, supe que estaba mejor. Caminaba erguida, estaba más llenita y parecía casi despreocupada. Y cuando me vio, oh maravilla, sonrió encantada y siniestra como Miércoles Adams en la segunda peli. De verdad que sólo había visto sonreír a Gema una vez, cuando le felicité la Navidad, y me dieron casi escalofríos.

Resulta que el juicio había ido mal. Aún no sabía el resultado, pero seguramente iba a perder y nadie le compensaría que la hubieran echado del trabajo, según ella injustamente. Y aun así, estaba contenta y decía encontrarse mejor y estar saliendo adelante. Entonces me miró y me dijo algo que no se me olvidará nunca.
- ¿Sabes lo que marcó el punto de inflexión, Marina?
- Sorpréndeme (casi seguro que no contesté esto, pero lo pensé).
- Cuando viniste al juicio. No sabes lo que significó que alguien hiciera eso por mí. Cuando te pusiste ahí de pie y dijiste que yo realmente estaba mal, que decía la verdad y que me había pasado todo lo que ponías en los informes, sentí que alguien estaba dispuesto a apostar por mí. Significó mucho para mí, de verdad, y te lo agradezco.

Y me dio un abrazo enorme que yo le devolví, porque en el fondo hasta a los pacientes coñazo les coges cariño, aunque sólo sea por el efecto de la mera exposición.

Así que al final me quedó un bonito recuerdo de Gema. No tengo claro cuál es la moraleja de esta historia. Creo que aprendí que la lealtad es importante y puede ser por sí misma terapéutica. Y también que no hay que sobrevalorar, pero tampoco infravalorar, el papel que ocupas en la vida de la gente. Me alegré de verdad de verla mejor y me sentí orgullosa, de mí y de ella. Y la vida siguió, y ahora echo mucho de menos tener pacientes propios y por eso os cuento estas historias, y además acoso a mis expacientes cuando me los encuentro por la calle... pero ésa es otra historia, y debe ser contada en otra ocasión.

martes, 20 de septiembre de 2011

52. Maneras de arreglar un corazón

Como tengo el corazón roto y tal, hoy me he echado una siesta doble, como los whiskys, y después me he sentado en el sofá chaiselonguero y me he dicho: Marinita, Marinita, ¿qué quieres hacer esta tarde? Algo bonito y agradable, que te lo mereces. Al factor bonito y agradable había que sumarle varios condicionantes. El primero es que soy pobre como las ratas, desde que el bodorrio de mi primo me desequilibró el presupuesto del trimestre. El segundo es que hoy ha hecho un levante horrible y no apetecía irse a pasear junto al mar pensando en tirarse por el malecón con piedras en los bolsillos. El tercero es que estoy a dieta baja en carbohidratos, con el doble objetivo de perder los kilos de vacaciones y acabar con el acné del Averno. El cuarto es que me duele el codo.

Total, que no podía ni pasear a lo melancólico, ni atracarme a helado de chocolate, ni nadar, ni darme masajes, ni hacerme la pedicura, ni comerme un muffin de chocolate, ni comprarme unos zapatos preciosos, ni matarme en el roco hasta que se me olvidara la vida, ni nada que se pareciera remotamente a un consuelo para el alma.

Como tenía cita en el centro de salud para que me curaran la quemadura de la pierna, he ido tirando para allá mientras se me ocurría algo. Está guay que te curen, es como que te cuidan y además es gratis, aunque no es tan agradable como los masajes. De hecho, la enfermera me raspa la herida y dice que es mejor que sangre, y encima yo luego en mi casa me quito la venda y me pongo otra pomada que me ha recomendado mi padre porque no me fío de ella. Pero quitando que soy una absurda y que duele, tiene su punto.

Después de la cura, cinco de la tarde, levante del Averno, corazón roto, he hecho lo que hago cuando estoy perdida y no sé dónde meter mi maltrecho cuerpo: me he ido al Corte Inglés. El Corte Inglés me pone de buen humor. No sé por qué, no me pasa en otras tiendas. Creo que es la variedad, poder ir de un sector a otro y vagabundear mirando objetos bonitos de todas las clases y colores. Ni siquiera me hace falta comprar para que me buenrolle.

Primero he estado en la sección de deportes, calibrando si ya tengo los suficientes abdominales como para poder ir por la vida en sujetador Nike (la respuesta es no). Me he encontrado a la madre de una paciente que me ha dicho que su niña está fatal y que lo arregle. Le he dicho que vea la Supernanny, porque yo ya no curro en ese equipo del Averno (mentira, soy patológicamente amable, le he dicho que fijaríamos una cita de despedida y lo arreglaría).

Después, por supuesto, libros. Oh, los libros. Ya he dicho alguna vez que de mi padre sólo me fío en dos cosas: sus recetas y su gusto literario. Me había recomendado "Que empiece la fiesta", de Niccolo Amaniti, un libro en el que no me habría fijado si no fuera de Anagrama. Así que me he empezado a leer el primer capítulo apoyada en una columna. Y cuando me he encontrado (cinco de la tarde, corazón roto, la mayor dosis de cariño de hoy me la ha dado una enfermera, etc. etc.) descojonándome de risa mientras el dependiente me miraba, me he dicho: este libro ha de ser mío. Y me he gastado veinte euros en un libro, siendo como soy pobre como las ratas, tócate los pies.

He pasado de mirar zapatos, y mira que me gustan los zapatos de invierno. Esa obscena variedad: botas altas y bajas, con y sin tacón, con y sin cordones, manoletinas, zapatos con hebillas con o sin tacón, de piel, de ante, de charol, y ya paro que me estoy poniendo nerviosa. Pero es que no pega mirar zapatos de invierno con este calor. Así que me he ido directamente a la tienda del Gourmet a comprar chocolate exótico. Libros y chocolate, que Dios me perdone: ya he dicho que tengo el corazón roto. He dudado un rato entre naranja y fresa con pimienta, y al final me he llevado el de fresa por variar. He caminado entre las estanterías, acariciando las tarrinas de foie y los paquetes de setas desecadas. Luego me he tomado un descafeinado y unas cuantas pastillas de chocolate con fresa y pimienta, que no está mal, por cierto, pero el de naranja sigue siendo un caballo ganador.

Cuando ya me iba me he acordado de P., que es una ex paciente que trabaja allí. Siempre que voy me acuerdo de ella, pero estaba de baja maternal y nunca la encontraba. Hoy he tenido la inspiración de que se había incorporado ya, así que me he ido a buscarla a su sección. Y ahí estaba, toda guapetona post parto. P. es una de las pacientes a las que tengo más cariño. Tiene unas ansiedades de la muerte y hubo que quitarle todas las pastillas porque se quedó embarazada. Así que fue una especie de intervención en crisis, un bonito reto terapéutico, porque no le quedaban más narices que enfrentarse a la vida sin química. Recuerdo consultas al límite, con ella respirando en una bolsa de papel y yo diciéndole "¡Piensa en tu hijo, P.! ¡Piensa en él!".

La saludo superentusiasmada desde lejos, y ella me mira raro y cuando me reconoce también se superentusiasma. Nos abrazamos. Habrá quien se pregunte qué tipo de vínculo establece realmente un psicólogo con sus pacientes. Pues yo a la mayoría termino por quererlos, pero yo me encariño con una escarola, así que no sé si es lo más común. Charlamos, me cuenta que tuvo un parto horroroso, me enseña fotos de su hijo. Me pregunta si voy a volver al equipo, porque ha intentado pedir cita conmigo y no puede. Le explico que ya no trabajo en ese equipo del Averno, pero que si alguna vez me veo obligada a volver será la primera en enterarse.

"Que me acuerdo mucho de ti, Marina. Que no sabes lo que me has ayudado", me dice. "De vez en cuando me encuentro tus papeles por ahí y los releo. Tú no sabes la influencia que ejercéis en la vida de la gente, en serio. Y ya la ansiedad no me paraliza. Sigue ahí, pero no me paraliza, no me da la gana". Nos hemos abrazado tres veces, así que la enfermera ha bajado un puesto en el ranking de personas que me han dado cariño hoy.

Al final creo que el camarero me ha puesto el café con cafeína, así que perdonadme la verborrea. Acabo de ir en bici hasta Cortadura para ver si se me pasaba un poco, pero qué va. De todas formas ha sido un bonito paseo, escuchando Vetusta Morla, cantando cuando no había gente y observando las playas enormes y vacías de Cádiz. La fauna veraneante ya ha dado paso a la gente de aquí, y se nota la diferencia en cantidad y en una cierta intimidad tranquila de los habitantes de la ciudad reencontrándose con ella.

Total, lectores, que entre el chocolate, el libro, mi paciente y la bicicleta, pues ni tan mal. Sí que hay cierta continuidad extraña entre la tristeza y la alegría, Anónimo76. O a lo mejor soy yo y la ciclotimia poseyéndome; el caso es que ha sido una buena tarde, la de hoy.

Siempre hay tiritas, pequeños. Siempre hay tiritas.

lunes, 19 de septiembre de 2011

51. Ser valiente no es sólo cuestión de suerte

Así que reúnes el valor y lo dices. Me bajo aquí. No quiero esto. No eres tú, soy yo, llámalo equis, pero la cuestión es que voy a pasar. Gracias por los momentos, eres estupendo, cuídate mucho. Que te vaya bien.

La sensación es una mezcla entre tener ganas de vomitar, haber cogido la gripe y que se te agarroten los dedos por las ganas de estrangular a alguien.

El momento llega y se va, como todos los momentos, y marca el principio del montón de horas de después. Del montón de horas que tendrán que pasar antes de que empieces a alegrarte de lo que acabas de hacer.

Y entonces cierras los ojos, vuelves a abrirlos y estás sola. Se te caen unas lágrimas rabiosas mientras te acaricias con suavidad el pelo de la nuca. Aguzas el oído, porque estás segura de que en algún lado vas a poder escucharlos. Los aplausos. Las enhorabuenas. Los vítores.

Pero sólo hay silencio, y el zumbido intermitente de la nevera.

Así que te dices que el valor es un gesto ético y estético. Que debe de haber cierta gloria de andar por casa en elegir la victoria a largo plazo.

Con eso te consuelas.

Y te vas a dormir. Qué otra cosa te queda.